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Rafael Fauquié


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Rafael Fauquié

Ramos Sucre: la voz solitaria de un poeta lejano

Ramos Sucre fue un poeta que escribió siempre en prosa.


¿Prosa, poesía: dónde comienzan la una y la otra? Palabra que es, a la vez, prosa y poesía; prosa poética y poesía en prosa... La palabra del poeta es siempre una. Una sola la voz con que interroga al universo.
Una frase de Enrique Bernardo Núñez, “nada es poético hasta que la poesía lo toca”, podría aludir a Ramos Sucre, quien convertía cualquier tópico en poesía porque poética era su manera de nombrar.
Ramos Sucre fue un solitario que, alguna vez, afirmó sentirse prójimo de la humanidad toda; pero que, al mismo tiempo, dijo detestar “íntimamente a mis semejantes, quienes sólo me inspiran epigramas inhumanos”.
Rechazar a quienes, muy corpóreos y reales, nos rodean; y, sin embargo, aceptar interesarnos en la Humanidad, es una contradicción que me recuerda mucho cierta frase que leí una vez a Cioran: "Cuando más nos solicita el hombre, más dejan de interesarnos los hombres". Pasión por la humanidad y desinterés por el vecino: tal vez una de las más nítidas identificaciones de todo genuino misántropo.
Son muchas las razones por las que escriben los poetas: para aferrarse a sus gestos y comprenderse mejor por entre la confusión que pueda rodearlos; para enunciar alguna descubierta verdad; para que la reiteración de lo cotidiano no los sumerja en el vacío; para que sus palabras los confirmen... Pero los poetas escriben, quizá sobre todo, porque escribir es para ellos una forma de juego. Juego sagrado o sacralización de un acto lúdico; una manera como cualquier otra de calificar ese esfuerzo de los poetas por decir lo que quieren decir. Las reglas de ese juego son muy sencillas: alcanzar a dar con la palabra más exacta o precisa para expresar ideas, visiones, sentimientos. El hallazgo de esa palabra perfecta es la meta del juego.
En la obra de Ramos Sucre ciertos signos se repiten: la negación del espacio y el tiempo que lo rodean, la aflictiva verbalización de brillantes mundos irreales... Aislamiento, dolor y fantasía como signos de una estética; formas del soliloquio de un ser humano ante su vida.
Muy fugazmente, me detengo en tres de sus poemas entresacados de cada uno de sus libros: “El elogio de la soledad”, perteneciente a La Torre de Timón; “El superviviente”, de El cielo de esmalte; y “El presidiario”, de Las formas del fuego. Los tres, breves destellos de hallazgos esenciales, entremezclan actitud de vida y condición de escritura. Leemos en “El presidiario”: “La aldea en donde pasé mi infancia no llegaba a crecer y a convertirse en ciudad. Las casas de piedra defendían difícilmente de la temperatura glacial. Habían sido trabajadas conforme a un solo modelo desusado”. La aldea que no llega a ser ciudad; las casas de piedra siempre frías... El poeta no lo dice directamente, pero es obvia su urgencia por huir de ese lugar pequeño, encerrado; de esa geometría de inamovilidad y consunción que lo devora, y que es el punto de partida de eso que Ramos Sucre enuncia en el segundo poema, “El supervivente”: “Yo me insinúo en la muchedumbre de los vencedores y reprendo el desmán y la jovialidad incivil. Mi intepidez en el umbral de la muerte y la asistencia de Virgilio me confieren el privilegio de una vida inmune.” Respuesta de Ramos Sucre a su convicción de habitar un lugar de encierro del que es necesario escapar. ¿El mecanismo de la huida? La escritura, el arte, la belleza. Ellas permitirán al poeta elevarse por sobre el vacío que lo circunda. O llenarlo. O soslayarlo.
Escritura como maravilloso recurso que precisa, sobre todo, de soledad; mucho más que requisito de inspiración, la soledad es actitud, propósito y hasta condición de existencia. La soledad lleva al poeta a convertir su escritura en muro, separación; expresión de autonomía y libertad necesarias. En “El elogio de la soledad”, dice Ramos Sucre que, para muchos, la soledad es “prebenda del cobarde y del indiferente”; pero que para él es: identificación y cercanía con los “santos que renegaron del mundo y que en ella tuvieron escala de perfección y puerto de ventura”. La soledad es un mecanismo que le permitirá no rehuir “mi deber de centinela de cuanto es débil y es bello, retirándome a la celda del estudio...”
Alguna vez escuché a definir la realidad como “obesa”. A esa obesidad o pesadez, Ramos Sucre opuso la “ligereza” de lo irreal o la irrealidad de la fantasía; fantasía de la historia y de los mitos de la historia, ficción de una temporalidad idealizada como apoyo para el poeta encerrado en un aquí y un ahora insoportables. El poeta se sumerge, por su palabra, en la vorágine de su creación; y logra, así, escabullirse de la hostilidad de lo real al mismo tiempo que cumple una apuesta consigo mismo: dominar o aprender a convivir con su sufrimiento. Y es que en Ramos Sucre pareciera como si la aflicción hubiese llegado a ser muchas cosas: una manera de conocer y de crear; pero, también y sobre todo, una manera de vivir.
El 9 de junio de 1930, hace ya setenta y dos años, murió José Antonio Ramos Sucre. Se suicidó al creer que estaba enloqueciendo. Fue, sin duda, la conclusión de una existencia dolorosa, trágica; una de las más peculiares de nuestro paisaje cultural venezolano.

R.F.





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