Página principal

¿Qué pasa si nos quedamos sin antibióticos?


Descargar 17.58 Kb.
Fecha de conversión09.07.2016
Tamaño17.58 Kb.
¿Qué pasa si nos quedamos sin antibióticos?

www.wired.com, por Maryn McKenna, nov20/2013

Recientemente, las autoridades sanitarias de Nueva Zelanda anunciaron que la nación quedaba fuertemente en cuarentena al haber experimentado su primer caso mortal, a partir de una cepa de bacterias totalmente resistente a los medicamentos. En el pasado mes de enero, mientras enseñaba inglés en Vietnam, Brian Piscina sufrió una hemorragia cerebral por la que fue operado en un hospital vietnamita. Luego, fue llevado al Hospital Wellington (NZ) en donde las pruebas indicaron que portaba la cepa de una bacteria conocida como KPC-Oxa 48, un organismo que rechaza a cualquier tipo de antibiótico. El microbiólogo clínico, Mark Jones, del Wellington Hospital, dijo en ese momento: "No hay que tocar nada. Absolutamente nada. Es el primer caso que tenemos de una bacteria que es resistente a todos los antibióticos conocidos".


La muerte Brian Piscina es una tragedia dramática. Pero, también es una lección, y por partida doble, pues puso de manifiesto que la resistencia a los antibióticos se puede propagar en cualquier lugar, sin importar las defensas que tengamos, y demuestra que estamos a punto de entrar en una nueva era. Jones, el médico que atendió a Piscina, afirmó: "Este hombre ingresó en la era post-antibióticos". Es una frase que a todo el mundo le provoca rechazo, pero se escucha mucho en estos días, la mayoría de las veces sin que la gente se detenga a considerar lo que realmente puede llegar a significar. Hace un año, empecé a preguntarme cómo sería la vida, si realmente no tuviéramos antibióticos. Me encargaron la edición de un artículo –para lo que me brindaron los resultados de una sólida investigación- sobre la “Red de Información de Alimentación y Medio Ambiente” y la revista “Medium” publicó nuestro informe de 4.000 palabras, titulado: "Imaginando un futuro post-antibióticos" - Una mirada desde el otro lado del milagro de los antibióticos.
Si realmente perdemos la batalla sobre la resistencia a los antibióticos -y créanme, no estamos muy lejos de ello- no sólo perderíamos la capacidad para tratar a las enfermedades infecciosas; eso es obvio. También se nos reduciría la capacidad para poder tratar el cáncer o para trasplantar órganos, porque para hacerlo tenemos que suprimir el sistema inmune, lo que nos haría vulnerables a una infección. Asimismo, no podríamos aplicar ningún tratamiento que se base en un “puerto” permanente situado en el torrente sanguíneo, por ejemplo, la diálisis renal. Tampoco, una cirugía mayor a cavidad abierta, tales como las de corazón, de pulmones o de abdomen. Mucho menos aún, cualquier cirugía en aquellas partes del cuerpo que albergan una población de bacterias: las amígdalas, la vejiga o los genitales. Y, por si fuera poco, serían también impracticables los implantes de prótesis: caderas, rodillas o nuevas válvulas del corazón, así como las cirugías plásticas estéticas, la liposucción o los tatuajes.
Tampoco podríamos tratar con éxito a las personas que sufrieran accidentes traumáticos, como los choques automovilísticos u otros más simples, como cuando un chico se cae de un árbol. Desde luego, también perderíamos la moderna seguridad de los partos, o la cura de raspones o de enfermedades pulmonares. Antes de la era de los antibióticos, 5 de cada 1000 mujeres morían cuando daban a luz; una de cada nueve infecciones en la piel, ocasionaba la muerte; y tres de cada 10 personas que sufrían neumonía, morían a causa de ella.
Y, no menos importante, nos perderíamos, también, una buena parte de nuestro moderno suministro de alimentos baratos, pues la mayor parte de la carne que consumimos en el mundo industrializado se procesa con el uso rutinario de antibióticos, para poder engordar más al ganado y para protegerlo de las condiciones en que se cría. Sin los medicamentos que mantienen al ganado sano, perderíamos entonces la capacidad de aumentar la producción. Si los animales son vulnerables y se enferman, los agricultores tendrían que cambiar sus prácticas y gastando mucho más dinero, lo que reduciría sus márgenes ya estrechos. De cualquier manera, la carne -y los pescados y mariscos, que también son “resucitados” con abundantes antibióticos en los criaderos de peces de Asia- nos costarían mucho más.
Y no solamente la carne, pues los antibióticos se utilizan también en la agricultura, sobre todo en la fruta. En este momento, una versión resistente a los medicamentos por parte de las bacterias llamadas “fuego bacteriano”, ataca a los cultivos de manzanas estadounidenses. Existe actualmente un solo fármaco que permite luchar contra esa enfermedad. Y sabemos que cuando se pierden los cultivos principales de una zona, la economía agrícola local sufre quebrantos.
Si usted ha estado leyendo habitualmente Wired, sabrá que escribo a menudo acerca de la resistencia a los antibióticos en la medicina humana y en la agricultura. Pero algo personal me impulsó con esta historia. Por casualidad, he recibido una copia del obituario de mi tío abuelo, el hermano menor de mi abuelo Joe. Había oído hablar de Joe cuando yo era chica, porque todo el mundo decía que mi padre se parecía a él. Todo lo que sabía de él, es que era guapo, murió joven, y que había algo trágico en su muerte. Él era un bombero de la ciudad de Nueva York, y yo siempre supuse que había muerto en un incendio. Pero estaba equivocada. Murió de una infección, 5 años antes de la penicilina llegara a escena.
La muerte de mi abuelo fue prolongada y terrible, y eso cambió a mi familia para siempre. Setenta y cinco años después, me gustaría pensar que las muertes como la suya no son posibles. Pero lo son, pues como demuestra el acontecimiento de Nueva Zelanda, están sucediendo de nuevo. Tenemos sólo algunas pocas posibilidades para hacer retroceder esta marea de resistencia a los antibióticos, pero no hay mucho margen para errores. Espero que las asumamos⌂.
When We Lose Antibiotics, Here’s Everything Else We’ll Lose Too

By Maryn McKenna, 11.20.13

This week, health authorities in New Zealand announced that the tightly quarantined island nation — the only place I’ve ever been where you get x-rayed on the way into the country as well as leaving it — has experienced its first case, and first death, from a strain of totally drug-resistant bacteria. From the New Zealand Herald:
In January, while he was teaching English in Vietnam, (Brian) Pool suffered a brain hemorrhage and was operated on in a Vietnamese hospital.

He was flown to Wellington Hospital where tests found he was carrying the strain of bacterium known as KPC-Oxa 48 – an organism that rejects every kind of antibiotic.


Wellington Hospital clinical microbiologist Mark Jones (said): “Nothing would touch it. Absolutely nothing. It’s the first one that we’ve ever seen that is resistant to every single antibiotic known.”
Pool’s death is an appalling tragedy. But it is also a lesson, twice over: It illustrates that antibiotic resistance can spread anywhere, no matter the defenses we put up — and it demonstrates that we are on the verge of entering a new era in history. Jones, the doctor who treated Pool, says in the story linked above: “This man was in the post-antibiotic era.”
“Post-antibiotic era” is a phrase that gets tossed around a lot these days, most of the time without people stopping to consider what it might really mean. A year ago, I started wondering what life would be like, if we really didn’t have antibiotics any more. I was commissioned and edited by got research support from (editing to make clear that they didn’t give me a grant; they don’t do that) the fantastic Food and Environment Reporting Network, and today Medium publishes our 4,000-word report, “Imagining a Post-Antibiotics Future” — a view from the far side of the antibiotic miracle.

If we really lost antibiotics to advancing drug resistance — and trust me, we’re not far off — here’s what we would lose. Not just the ability to treat infectious disease; that’s obvious.


But also: The ability to treat cancer, and to transplant organs, because doing those successfully relies on suppressing the immune system and willingly making ourselves vulnerable to infection. Any treatment that relies on a permanent port into the bloodstream, for instance, kidney dialysis. Any major open-cavity surgery, on the heart, the lungs, the abdomen. Any surgery on a part of the body that already harbors a population of bacteria: the guts, the bladder, the genitals. Implantable devices: new hips, new knees, new heart valves. Cosmetic plastic surgery. Liposuction. Tattoos.
We’d lose the ability to treat people after traumatic accidents, as major as crashing your car and as minor as your kid falling out of a tree. We’d lose the safety of modern childbirth: Before the antibiotic era, 5 women died out of every 1,000 who gave birth. One out of every nine skin infections killed. Three out of every 10 people who got pneumonia died from it.
And we’d lose, as well, a good portion of our cheap modern food supply. Most of the meat we eat in the industrialized world is raised with the routine use of antibiotics, to fatten livestock and protect them from the conditions in which the animals are raised. Without the drugs that keep livestock healthy in concentrated agriculture, we’d lose the ability to raise them that way. Either animals would sicken, or farmers would have to change their raising practices, spending more money when their margins are thin. Either way, meat — and fish and seafood, also raised with abundant antibiotics in the fish farms of Asia — would become much more expensive.
And it wouldn’t be just meat. Antibiotics are used in plant agriculture as well, especially on fruit. Right now, a drug-resistant version of the bacterial disease fire blight is attacking American apple crops. There’s currently one drug left to fight it. And when major crops are lost, the local farm economy goes too.

If you’ve been reading here a while, you’ll know that I write about antibiotic resistance, in human medicine and in agriculture, all the time (and wrote a book about it). But something personal propelled me into this story. By random chance, I received a copy of the obit of my great-uncle, my grandfather’s younger brother Joe.


I’d heard about Joe as I was growing up, because everyone said my father resembled him. All I knew was that he was good-looking, and died young, and there was something about his death that was tragic. He was a New York City fireman, and I always assumed he’d died in a fire. I was wrong. He died of an infection, 5 years before penicillin came on the scene.
Joe’s death was protracted, and terrible, and it changed my family forever. Seventy-five years later, we would like to think that deaths like his are impossible. But they aren’t; as the story from New Zealand shows, they are happening again. We have a few chances left to turn back the tide of resistance — but only a few, and not much room for mistakes. I hope we take them⌂.


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje