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¿QUÉ es la política?


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¿QUÉ ES LA POLÍTICA?

Fragmento 1

Agosto de 1950
Hannah Arendt

Título original: Was ist Politik? Aus dem Nachlass. Munich: R. Piper GMBH & Co KG, 1993.

Traducción al castellano por Rosa Sala Carbó. Barcelona: Paidós, 1997; p. 45-51.

¿Qué es la política?


1. La política se basa en el hecho de la pluralidad de los hombres. Dios ha creado al hombre [Mensch], los hombres son un pro­ducto humano, terrenal, el producto de la naturaleza humana. Pues­to que la filosofía y la teología se ocupan siempre del hombre, puesto que todos sus enunciados serían correctos incluso si sólo hubiera un hombre, o dos hombres, o únicamente hombres idénticos, no han en­contrado ninguna respuesta filosóficamente válida a la pregunta: ¿Qué es la política? Peor todavía: para todo pensamiento científico sólo hay el hombre —tanto en la biología o la psicología como en la filosofía y la teología, así como para la zoología sólo hay el león. Los leones serían una cuestión que sólo concerniría a los leones.

En todos los grandes pensadores —incluido Platón— es llamati­va la diferencia de rango entre sus filosofías políticas y el resto de su obra. La política nunca alcanza la misma profundidad. La ausencia de profundidad de sentido no es otra cosa que la falta de sentido para la profundidad en la que la política está anclada.


2. La política trata del estar juntos y los unos con los otros de los diversos. Los hombres se organizan políticamente según determinadas comunidades esenciales en un caos absoluto, o a partir de un caos absoluto de las diferencias. En la medida en que se construyen cuer­pos políticos sobre la familia y se los entiende a imagen de ésta, se considera que los parentescos pueden, por un lado, unir a los más di­versos y, por otro, permitir que figuras similares a individuos se dis­tingan las unas de las otras.

En esta forma de organización, efectivamente, tanto se disuelve la variedad originaria, como se destruye la igualdad esencial de to­dos los hombres. En ambos casos, la ruina de la política resulta del desarrollo de cuerpos políticos a partir de la familia. Con esto ya se da a entender lo que en la imagen de la Sagrada Familia es simbóli­co, la opinión de que Dios ha creado no tanto al hombre como a la familia1.


3. Cuando se ve en la familia más que la participación, esto es, la participación activa, en la pluralidad, se empieza a jugar a ser Dios, es decir, a hacer como si naturaliter se pudiera escapar del principio de la diversidad. En vez de engendrar a un hombre, se intenta, a imagen fiel de sí mismo, crear al hombre.

Desde un punto de vista práctico-político, sin embargo, la fami­lia adquiere su arraigado significado por el hecho de que el mundo está organizado de tal modo que en él no hay ningún refugio para el individuo, para el más diverso. Las familias se fundan como alber­gue y fortificación en un mundo inhóspito y extraño en el que uno desea establecer parentescos. Este deseo conduce a la perversión fundamental de lo político, porque, a través de la introducción del concepto de parentesco, suprime, o más bien pierde, la cualidad fundamental de la pluralidad.


4. El hombre, tal como filosofía y teología lo entienden, sólo existe —o se realiza— en la política con los mismos derechos que los más diversos se garantizan. En esta garantía voluntaria y en la conce­sión de una exigencia de igualdad jurídica, se reconoce que la plura­lidad de los hombres, que deben su pluralidad únicamente a sí mis­mos, tiene que agradecer su existencia a la creación del hombre.
5. La filosofía tiene dos buenos motivos para no encontrar nun­ca el lugar donde surge la política. El primero es:

a) Zoon politikon: como si hubiera en el hombre algo político que perteneciera a su esencia. Pero esto no es así; el hombre es a-po­lítico. La política nace en el Entre-los-hombres, por lo tanto comple­tamente fuera del hombre. De ahí que no haya ninguna substancia propiamente política. La política surge en el entre y se establece como relación. Así lo entendió Hobbes.

b) La representación monoteísta de Dios, a cuya imagen y seme­janza debe haber sido creado el hombre. A partir de aquí, ciertamen­te, sólo pueda haber el hombre, los hombres son una repetición más o menos afortunada del mismo. El hombre creado a semejanza de la soledad de Dios es la base del hobbesiano state of nature as a war of all against all. Es la guerra de uno contra todos los otros, que son odiados porque existen sin sentido — sin sentido para el hombre crea­do a imagen de la soledad de Dios.

La solución de Occidente a esta imposibilidad de la política den­tro del mito occidental de la creación es la transformación de la polí­tica en historia o su sustitución por ésta. A través de la representación de una historia universal la pluralidad de los hombres se diluye en un individuo humano que también se denomina humanidad. De ahí lo monstruoso e inhumano de la historia, que al fin se impone plena y brutalmente a la política.

6. Es tan difícil darse cuenta3 * de que debemos ser realmente li­bres en un territorio delimitado, es decir, ni empujados por nosotros mismos ni dependientes de material dado alguno. Sólo hay libertad en el particular ámbito del entre de la política. Ante esta libertad nos refugiamos en la «necesidad» de la historia. Una absurdidad espan­tosa.
7. Podría ser que la misión de la política fuera elaborar un mun­do tan transparente para la verdad como la creación de Dios. En el sentido del mito judeo-cristiano esto significaría: el hombre, creado a imagen de Dios, ha recibido una fuerza generadora para organizar al hombre a semejanza de la creación divina. Esto probablemente es un disparate. Pero sería la única demostración y justificación posible de la idea de una ley natural.

En la absoluta diversidad de todos los hombres entre sí, que es mayor que la diversidad relativa de pueblos, naciones o razas; en la pluralidad, está contenida la creación del hombre por Dios. Ahí, sin embargo, la política no tiene nada que hacer. Pues la política organi­za de antemano a los absolutamente diversos en consideración a una igualdad relativa y para diferenciarlos de los relativamente diversos.


Fragmento 2a
I. Capítulo: Los prejuicios
a) El prejuicio contra la política y lo que la política es hoy de hecho
En nuestro tiempo, si se quiere hablar sobre política, debe empe­zarse por los prejuicios que todos nosotros, si no somos políticos de profesión, albergamos contra ella. Estos prejuicios, que nos son comu­nes a todos, representan por sí mismos algo político en el sentido más amplio de la palabra: no tienen su origen en la arrogancia de los inte­lectuales ni son debidos al cinismo de aquellos que han vivido demasía-do y han comprendido demasiado poco. No podemos ignorarlos por­que forman parte de nosotros mismos y no podemos acallarlos porque apelan a realidades innegables y reflejan fielmente la situación efectiva en la actualidad y sus aspectos políticos. Pero estos prejuicios no son juicios. Muestran que hemos ido a parar a una situación en que políti­camente no sabemos —o todavía no sabemos— cómo movernos. El pe­ligro es que lo político desaparezca absolutamente. Pero los prejuicios se anticipan, van demasiado lejos, confunden con política aquello que acabaría con la política y presentan lo que sería una catástrofe como si perteneciera a la naturaleza del asunto y fuera, por lo tanto, inevitable. «Tras los prejuicios contra la política se encuentran hoy día, es decir, desde la invención de la bomba atómica, el temor de que la humanidad provoque su desaparición a causa de la política y de los medios de vio­lencia puestos a su disposición, y —unida estrechamente a dicho te­mor— la esperanza de que la humanidad será razonable y se deshará de la política antes que de sí misma (mediante un gobierno mundial que disuelva el estado en una maquinaria administrativa, que resuel­va los conflictos políticos burocráticamente y que sustituya los ejérci­tos por cuerpos policiales). Ahora bien, esta esperanza es de todo punto utópica si por política se entiende —cosa que generalmente ocurre— una relación entre dominadores y dominados. Bajo este punto de vista, en lugar de una abolición de lo político obtendríamos una forma despótica de dominación ampliada hasta lo monstruoso, en la cual el abismo entre dominadores y dominados tomaría unas proporciones tan gigantescas que ni siquiera serían posibles las rebe­liones, ni mucho menos que los dominados controlasen de alguna manera a los dominadores. Tal carácter despótico no se altera por el hecho de que en este régimen mundial no pueda señalarse a ninguna persona, a ningún déspota, ya que la dominación burocrática, la do­minación a través del anonimato de las oficinas, no es menos despó­tica porque «nadie» la ejerza. Al contrario, es todavía más temible, pues no hay nadie que pueda hablar con este Nadie ni protestar ante él. Pero si entendemos por político un ámbito del mundo en que los hombres son primariamente activos y dan a los asuntos humanos una durabilidad que de otro modo no tendrían, entonces la esperanza no es en absoluto utópica. Eliminar a los hombres en tanto que activos es algo que ha ocurrido con frecuencia en la historia, sólo que no a es­cala mundial —bien sea en la forma (para nosotros extraña y pasada de moda) de la tiranía, en la que la voluntad de un solo hombre exi­gía vía libre, bien sea en la forma del totalitarismo moderno, en el que se pretende liberar «fuerzas históricas» y procesos impersonales y presuntamente superiores con el fin de esclavizar a los nombres. Lo propiamente apolítico—en sentido fuerte— de esta forma de dominación es la dinámica que ha desencadenado y que le es peculiar: todo y todos los que hasta ayer pasaban por «grandes» hoy pueden —e incluso deben— ser abandonados al olvido si el mo­vimiento quiere conservar su ímpetu. En este sentido, no contribuye precisamente a tranquilizarnos constatar que en las democracias de masas tanto la impotencia de la gente como el proceso del consumo y el olvido se han impuesto subrepticiamente, sin terror e incluso es­pontáneamente —si bien dichos fenómenos se limitan en el mundo libre, donde no impera el terror, estrictamente a lo político y [lo] eco­nómico.

Sin embargo, los prejuicios contra la política, la idea de que la po­lítica interior es una sarta fraudulenta y engañosa de intereses e ideo­logías mezquinos, mientras que la exterior fluctúa entre la propagan­da vacía y la cruda violencia son considerablemente más antiguos que la invención de instrumentos con los que poder destruir toda vida or­gánica sobre la Tierra. Por lo que concierne a la política interior, es­tos prejuicios son al menos tan antiguos —algo más de un centenar de años— como la democracia parlamentaria, la cual pretendía re­presentar, por primera vez en la historia moderna, al pueblo (aunque éste nunca se lo haya creído). En cuanto a la política exterior, su na­cimiento se dio en las primeras décadas de la expansión imperialista a fines del siglo pasado, cuando los estados nacionales, no en nombre de la nación sino a causa de sus intereses económicos nacionales, em­pezaron a extender la dominación europea por toda la tierra. Pero lo que hoy da su tono peculiar al prejuicio contra la política es: la huida hacia la impotencia, el deseo desesperado de no tener que actuar eran entonces todavía prejuicio y prerrogativa de una clase social restrin­gida que opinaba como Lord Acton que el poder corrompe y la po­sesión del poder absoluto corrompe absolutamente2. Que esta con­dena del poder se correspondía completamente con los deseos todavía inarticulados de las masas no lo vio nadie tan claramente como Nietzsche en su intento de rehabilitarlo —aunque él, de acuer­do con el sentir de la época, también confundió, o identificó, el poder [Macht], que un único individuo nunca puede detentar porque surge de la actuación conjunta de muchos, con la violencia [Gewalt], de la que sí puede apoderarse uno solo.




1 Arcaísmo por: Dios habría creado no al hombre sino más bien a la familia.

2 John Emerich Edward Dalberg Acton en una carta a Mandell Creighton, 5 de abril de 1887: «Power tends to corrupt and absolute power corrupts absolutely». En: id., Essays on Freedom and Power, selecc. e introd. por Gertrude Himmelfarb, Glencoe, III., Free Press, 1948, pág. 364.


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