Página principal

Puntos de vista Ruth Estévez


Descargar 12.2 Kb.
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño12.2 Kb.
Puntos de vista

Ruth Estévez

Las imágenes construídas del mundo y su entorno responden en cada época a los mitos y creencias, y también a los deseos, las especulaciones en forma de ensoñación que nos ayudan a poseer la Naturaleza. Es sin duda durante el Romanticismo donde la construcción imaginaria del paisaje ocupó un lugar privilegiado, adquiriendo personalidad anímica y singularidad épica a través del género pictórico. Lejano y ensimismado, el carácter del paisaje retratado se conformaba como un personaje quasi humano. Esta exclusividad romántica ha sufrido diversas metamorfosis al amparo del medio fotográfico, como consecuencia de una extensión del sentido del paisaje. El espacio fotografiado se ha convertido también en una retrato social colectivo, un mapping del entorno donde el ser humano y sus circunstancias ocupan un papel protagonista, aunque sea también desde la ausencia.

Sin embargo, las fotografías de Pablo López Luz sobre el Acapulco contemporáneo, son una extraña mezcla entre la recuperación distante y grandilocuente del paisaje romántico como elemento onírico y sentimental, y una toma de postura frente al resultado de la acción humana sobre este. Es precisamente en esa miscelánea de sueño idílico aunado a la entropía y decadencia, donde la arquitectura se transforma en un elemento más del paisaje, junto al tiempo y el deterioro.

Acapulco se convirtió en un lugar público sin la categoría de espacio público; carente de una programación urbana, el entorno fue ocupado en un vertiginoso proceso de programación permanente, donde las autoridades comenzaron a imponer sus “normas”, en un estado de excepción sin restricciones para la especulación inmobiliaria. La superposición de capas que invaden las colinas y llanos de Acapulco y las transforman en una manta urbanística, dejan entrever las fisuras de un alfombrado construido a base de retales.

Pero a Pablo López Luz le interesaba algo más detrás de Acapulco que no fuera un mensaje directo en los límites del ocaso y la modernidad fracasada. En un primer momento, López Luz comienza a coleccionar, o mejor dicho a almacenar postales de antaño, para entender cual había sido la construcción del imaginario acapulquense. En ellas, el azul ultramar contrasta con la calidez de la playa, en un paisaje turístico todavía incipiente que coqueteaba con la virginal idea de paraíso perdido. Punto de encuentro para aquellos que buscaban la exclusividad del anonimato, apuntalados al eco optimista de la edad de oro del cine mexicano; o de las carismáticas sonrisas de los astros de Hollywood como Liz Taylor o Johnny Weissmuller, que llegaban a Acapulco con el ánimo desaforado. Espectros de aquello son todavía parte de ese cóctel de exotismo, swing y glamour que cualquiera identifica con Acapulco. La propia revolución cubana hizo trasmutar el rumbo de muchos gringos ansiosos de sol y vida fácil a este espacio a orillas del Pacífico, mucho antes que otros destinos del país y el mal gusto ilimitado le pusieran fin al sueño dorado.

López Luz regresa al retrato idílico trabajando al mismo tiempo entre la idea de realidad y espejismo. El Acapulco soñado reposa todavía en las lindes del imaginario a pesar de que este haya sido progresivamente abolido, perdiendo cualquier indicio de exclusividad. Es precisamente ahí donde López Luz juega con una intención ambivalente. Sus paisajes, de inminente belleza, muestran también los rebordes del prefabricado, como si fuera una exposición de curiosidades y maquetas. El dedo estruja el dispositivo de la cámara y el pegamento se escapa, leve, pero incisivamente en los bordes, dejando una rebaba poco fiable. Terrenos baldíos arrasados, montañas cubiertas por inmuebles, piscinas de formas voluptuosas que, sin embargo, arrasan ya en un pozo sin fondo ante una azul estridente.

Hay algo más que caracteriza este trabajo de López Luz. La primera serie de fotografías aparece desprovista de gente, desviando las huellas humanas que deberían asfixiar este paisaje macro turístico. La lejanía favorece el vaciado, produciendo un territorio a escala, una maqueta perfecta. La aglomeración humana es substancial al paisaje acapulquense, pero la ausencia es el hilo conductor de todas las fotografías. La perfección con la que cada una de las imágenes ha sido retocada, la estilización de la toma, crea la impresión de un punto de vista no humano. Laz zonas turísticas de la costera Miguel Alemán, más que en ruinas, parecen desabitadas, desalojadas, ofuscadas por un exterminio voraz que dejó intactos los inmuebles, escenario de un pueblo fantasma.

Siento en esta toma de distancia, en la necesidad de ver las cosas desde lo alto y a lo lejos, como si el fotógrafo no perteneciera a este universo y lo que observara fuera parte de un espectáculo visual. Esta mirada de López Luz no puede sino recordarme a la “segunda visión” que correspondía al doble aspecto de la Modernidad en el ocaso del Romanticismo. Como Baudelaire en sus Tableaux Parisiens, López Luz observa las torres de apartamentos con una actitud que vacía al paisaje de todo contenido. Algo así como esa conciencia individual ligada a la proliferación de masas urbanas que engendran, según lo comentaba Marc Augé1, una nueva forma de soledad, a pesar del crecimiento demográfico de las ciudades.

El objeto retratado cede al impacto de los efectos y las manipulaciones posteriores al instante de la toma. En la imagen de este Acapulco, ya no interesa el objeto, sino el símbolo que se desprende de él, producto, en gran medida, del maquillaje técnico que lo recubre mediante una autoreferencialidad que apantalla toda posibilidad narrativa. La artificialidad que repite López Luz y que se acerca a la imagen publicitaria de las postales de antaño y actuales, contrasta con la búsqueda de la autenticidad del objeto retratado, de la serie posterior. En estas últimas fotografías que componen la serie el fotógrafo, por primera vez, cambia el punto de vista y se traslada al pie de la calle. Desde ahí retrata todo tipo de espacios, desde la banqueta, como si fuera un turista real. Solo que el objeto retratada dista mucho de ser una búsqueda del “momento Kodak”. Estas tomas cercanas, tampoco buscan mostrar un Acapulco grotesco bajo el marco de la pobreza y el deterioro paulatino. Más bien componen para el espectador un lugar real, cotidiano, convirtiendo el espacio idílico de la postal a vista de pájaro en una ciudad verídica, caminable.

Para entender la obra fotográfica de López Luz, habría que aclarar, o por lo menos llegar a un adjetivo que pudiera identificarse con este paisaje. Este no puede ser un objeto configurado por la naturaleza, ni tampoco una transformación directa de la misma por la acción humana. El paisaje es el reducto de su mirada, el pliegue que permite reconocer en términos culturales y estéticos las cualidades de un territorio. El Acapulco construido desde fuera o la imagen exportada también es parte del imaginario de cualquier acapulquense, aunque en la visión cotidiana, el azul del mar o el verde de las montañas sea levemente más pardo.



Desde lejos, el nombre de Acapulco aún resuena con la misma sonoridad que antaño. No en vano, López luz lo escogió como título de toda la serie, apelando a sus “virtudes cacofónicas”, pobladas de recuerdos o invenciones. Mientras quede como destino lejano y paradisíaco, a quien le importa imaginar si este background de palmeras es solo una quimera. Por eso, el Acapulco que retrata López Luz es una maqueta imaginaria construida bajo la subjetividad consciente de un prototipo cultural, pero también es un espacio a pie de calle, con personas de carne y hueso, un municipio más el Oeste de Guerrero. Acapulco ha cambiado, no cabe duda, ¿pero cómo se explica que la postal más exitosa siga siendo la misma, cincuenta años después? Un clavadista lanzándose de cabeza en La Quebrada, bajo un cielo apantallante y un océano ultramar que poco interesa si forma parte de un retoque fotográfico, o es que al mar le gusta vestirse de gala cuando se le inmortaliza bajo el flash de una cámara.

1 Augé, Marc. Los no lugares. Espacios para el anonimato, una antropología de la sobremodernindad. Ed. Gedisa, 2001, Barcelona. pp. 96-97


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje