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¿Pueblo, Etnia o Nación? Hacía una clarificación antropológica de conceptos corporativos aplicables a las comunidades indígenas


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¿Pueblo, Etnia o Nación? Hacía una clarificación antropológica de conceptos corporativos aplicables a las comunidades indígenas

Horacio Larraín B.*

El trabajo discute el empleo de diferentes términos grupales entre otros “nación”, “pueblo” y “etnia” buscando el más apto desde el punto de vista antropológico, para ser aplicado, en forma corporativa, a las agrupaciones indígenas de Chile.

Después de hacer un breve recorrido histórico observando el empleo de términos para designar a los grupos étnicos, a partir de los griegos, se examina su uso durante la Colonia y se propone, después de un detenido examen, el término “etnia como el más adecuado para ser usado por la legislación y los propios líderes indígenas por carecer de las implicancias legales y políticas que hacen del término “pueblo” un concepto inconveniente, a pesar del amplio uso que ha tenido en el pasado.



Palabras Claves: Etnia - Comunidades - Indígenas.

This paper discusses, the use of different terms as “nación”, “pueblo” and “etnia” trying to discover the most pertinent one from anthropological angle to be applied, in a corporative sense, to the present ethnic groups in Chile. After a historical review of the use of terms designating ethnic groups or tribes, begginning with the Greeks, the author examines its uso during the Colonial Period and propones, after a detailed discussion, the word “etnia” (or etnía) as the most adecuate one to be used by Legislation as well as by Indian leaders because of its absence of negative legal, political and social connotation. The word “peoples”, widely used so far, has pro ved to be highly inconvenient for the purpose because of possible political miss interpretations.



Key Words: Etnia - Communities - Indians.

Antecedentes

Se ha abierto, con motivo de la discusión acerca de la Nueva Ley de Indígenas, un debate acerca de la denominación que merecen, en forma corporativa, nuestras comunidades indígenas también llamadas “Minorías Etnicas” o simplemente “Grupos Étnicos”. ¿Qué son realmente? ¿Como se les ha denominado a lo largo de la historia, tras el impacto aculturador propio de la conquista y sus secuelas inmediatas? ¿Qué concepto sociológico o antropológico parece ser el más pertinente para designarlos? ¿Qué piensa el nuevo Proyecto de Ley al respecto? ¿Qué piensan las propias agrupaciones indígenas? Y, por fin, ¿qué sugerencia concreta dar, a fin de aplicar el término que menos problemas presente, pero, que a, a la vez, describa acertadamente “el ser y el hacer” de los grupos étnicos en nuestra patria? Si bien este trabajo se refiere directamente a nuestra realidad indígena nacional, es obvio que es aplicable, mutatis mutandis, a todos los grupos indígenas en cualquier parte del mundo.

Los actuales grupos étnicos en el territorio de Chile

En nuestro país, para los efectos de este trabajo, se ha detectado la presencia actual (persistencia hasta el presente) de nueve grupos étnicos. De Norte a Sur: aymaras, atacameños, collas, pascuenses o Rapa Nui, mapuches, pehuenches, huiliches (o huilliches) qawasqar (o alacalufes) y yaganes.

Los grupos de habla mapuche o araucana, se suelen englobar en una sola realidad étnica, la “mapuche”, por cuanto la lengua y la mayor parte de sus tradiciones y costumbres les son comunes. La Ley Indígena actualmente en trámite, así lo postula.

El punto podría discutirse, ya que ellos mismos, es decir los propios pehuenches y huiliches, se auto - identifican como tales y son renuentes a ser tratados de “mapuches”.

El caso de los yaganes es peculiar, pues ya no se puede hablar, en la práctica, de “comunidad yagana” o “pueblo yagán” por cuanto los muy escasos individuos que se auto - reconocen como tales son ya demasiado pocos (probablemente no más de 5 - 6) como para constituir una “comunidad” o una “etnia” en sentido estricto. Los yaganes son una etnia ya prácticamente extinguida.

Un caso más complicado es el que presentan individuos de lengua y cultura quechua insertos en un pequeño rincón del NE de la II Región (poblados de Toconce, Ayquina, Turi, Cupo, Panire, Río Grande), donde se han mezclado con los descendientes de los atacameños y no se auto - definen, corporativamente, como quechuas, a pesar del uso (ya muy reducido) de su lengua. Estos migrantes (y no antiguos ocupantes) proceden de aldeas y pueblos del SW de Bolivia, situadas al E. de las localidad chilena fronteriza de Oyagüe, por donde han solido penetrar subrepticiamente al territorio chileno, desde al menos hace unos 200 años. Tal inmigración es hoy muy escasa.

Detalles de la población, cultura y ecosistema de nuestros diferentes grupos étnicos, pueden encontrarse en Larraín, (1987: 229-241). Aquí ya se denomina a estos grupos como etnias, tal cual postulamos en este trabajo.

¿Cómo debemos denominar a estos grupos étnico - culturales?

O, para ser más precisos, ¿cuál sería la denominación más adecuada desde el punto de vista antropológico y etnológico? Problema aparte - al que nos referiremos después, en el decurso de este artículo - es atacar el problema de la viabilidad concreta de un determinado término, en el sentido de su adopción consciente por la intelligentsia indígena. En principio, aunque el término sea antropológicamente preciso y apto, no quiere decir todavía que haya de ser aceptado socialmente, esto es por las comunidades indígenas involucradas. Sin embargo, para su probable aceptación, se requiere previamente un análisis de su contenido etimológico, así como de su carga sentimental, social, política o religiosa. Este último aspecto es insoslayable, ya que los términos o conceptos se van “cargando” de sentidos de acuerdo al uso que se ha hecho de ellos a lo largo de la historia.

Las expresiones más antiguas

Un buen procedimiento de aproximación a nuestro tema podría ser buscar los términos más antiguos con los que se designaba a grupos humanos que se auto - definían como diferentes. ¿Cómo designaban los griegos o los romanos a las agrupaciones humanas de distinta raza y cultura con las cuales entraban en contacto?

Los griegos del período clásico poseían un término que ‘aplicaban a los que no compartían sus costumbres y poseían otra religión: ethnos Este término en Platón significa “los gentiles”, “los paganos”: (ta éthne). O sea, aquellos grupos que poseen una diferente cultura y religión. El acento en el concepto de “costumbre” aquí es vital. En efecto, ethnos viene del verbo griego etho: acostumbrar. El participio éthon significa ` según su costumbre `. Por lo tanto, lo que singulariza a los diferentes ethnos es el conjunto de sus costumbres. Un ethnos, pues, es una agrupación humana que presenta un conjunto de costumbres diferentes a las del pueblo que se refiere a él.

Por extensión, la voz empieza a aplicarse, como en el filósofo Platón, a grupos de costumbres distintas, máxime religiosas. ¿Por qué religiosas? Probablemente, porque la expresión más notoria en la época, de la diversidad de cultura era la expresión cúltica. Profundicemos algo más en el término ethnos. El diccionario griego - castellano de José María Pabón señala cuatro sentidos, todos muy interrelacionados, de la voz ethnos. El primero, designa “banda, grupo, cuerpo, escuadrón”. El segundo, “rebaño, enjambre”, refiriéndose a agrupaciones animales ; el tercero, “pueblo, raza, linaje, nación” ; y el cuarto, “dase, casta”. Es decir, el término se puede emplear entre agrupaciones humanas o animales. En nuestro caso, obviamente, nos interesan las acepciones tercera y cuarta, que acatan el significado al grupo cultural. Pero sin duda la más certera es la tercera acepción: “pueblo, raza, linaje, nación”.

Como podemos ver, la voz ethnos no tiene una acepción unívoca, o única, sino múltiple. En esta acepción, hay varias ideas íntimamente conectadas: la de poblamiento, la de origen racial, la de descendencia o parentesco y, por fin, la idea de grupo dotado de costumbres distintivas. El sentido de la frase determinaba qué aspecto quedaba destacado con la voz respectiva.

Como lo podemos apreciar, ya en la lengua griega existe un término preciso para designar grupos humanos de origen racial y cultural propio; incluso se señala la pertenencia a un grupo de descendencia común, característica muy propia de las comunidades primitivas: éste es ethnos

Señalemos, de paso, que el término etnia o etnía, hoy en boga en el vocabulario antropológico y lingüístico viene directamente del griego ethnos y posee exactamente sus mismas connotaciones (Pabón; 1967: 173).Ya volveremos sobre este punto.

Los griegos, además, poseían el término “bárbaros” para designar al extranjero, a aquel que no era griego. Los bárbaros por excelencia para los griegos eran los persas, sus enemigos tradicionales. Así “Bárbaros Pólemos” se llamó a la guerra con los persas. Pero el término bárbaro se refería más bien al extranjero, al no-griego, sin describir para nada sus condiciones culturales, raciales o religiosas.

Los romanos adoptarán, a la letra, la acepción del “bárbaro” griego. En efecto, barbari-orum designa “a todos los extranjeros, respecto de los griegos y romanos” (Diccionario Valbuena Reformado, Martínez López; 1880: 107-108).

En este sentido, para los romanos toda la gente fuera de Grecia y Roma (por hipótesis países cultivados o cultos) eran bárbaros y constituían una entidad común que denominaban “Barbaries”. Esta “barbaries” romana hacía especial referencia “a la rudeza, incultura, y tosquedad en las costumbres y en habla” (Diccionario Valbuena Reformado, Martínez López; 1980: 107-108). Esta idea y concepto de barbarie, será la que imperará entre los primeros antropólogos y en particular en Lewis Morgan (1877) cuando acuña su concepto de las tres etapas de desarrollo de la humanidad: la primera, el salvajismo, la segunda, la barbarie; la tercera, la civilización. El bárbaro hablaba y pronunciaba mal las lenguas cultas de la época, el griego y el latín: carecía de su “civilización”.

Será el término bárbaros, por extensión, el que utilizarán preferencia los españoles, tanto en sus Crónicas como en sus Tratados referentes a la cuestión indiana. En efecto, a partir del 1534, y a pocos meses de la conquista del Tawantinsuyo por Francisco Pizarro, el teólogo dominico Francisco de Victoria, una de las máximas lumbreras eclesiásticas de España, señalaba la injusticia de la guerra que se declaraba - so capa de conquista y población - en los territorios de las Indias. Escuchemos este notable texto de Vitoria que maravillosamente coincidirá con los planteamientos del también dominico y máximo defensor de la causa indígena, Bartolomé de Las Casas en su “Cuarta Proposición”:

“Tampoco la demencia impide a los bárbaros ser verdaderamente dueños”. Se prueba considerando que en la verdad de los hechos no son amentes, sino que tienen, a su modo, uso de razón. Es manifiesto que tienen cierto orden en sus cosas, puesto que tienen ciudades debidamente regidas, matrimonios reglamentados, magistrados, señores, leyes, artesanos, mercados, todo lo cual requiere uso de razón. Tienen también una especie de religión y no yerran tampoco en las cosas que para los demás son evidentes. Dios y la naturaleza no les faltan en lo que es necesario para la mayor parte de la especie”.

Y poco más allá agrega:

“De todo lo dicho resulta que los bárbaros eran, sin duda alguna, verdaderos dueños pública y privadamente, del mismo modo que lo son los cristianos de sus bienes, y que tampoco por este título pudieron (o debieron) ser despojados de sus posesiones como si no fueran verdaderos dueños los príncipes y las personas particulares. Y grave cosa sería negarles a ellos, que nunca nos infligieron injuria alguna, lo que no negamos a los sarracenos y judíos, perpetuos enemigos de la religión cristiana....” (De Vitoria; 1947, 62-63).

El término “bárbaros”, en boca de españoles del siglo XVI no significa ausencia de cultura propia o de sabiduría expresada en múltiples formas, como lo dice Vitoria: “tienen cierto orden en sus cosas”. Orden que ve Vitoria en sus ciudades, autoridades, magistrados, señores, leyes, mercados.” Es obvio, entonces, que este término genérico designa grupos de cultura diferente, en su opinión inferior, pero fruto al cabo de la racionalidad que poseen.

El término “bárbaros”, por fin, involucra a todos los grupos étnicos culturales que los españoles han encontrado, en distinto grado de desarrollo, en América. Enfoca a la diferencia de la cultura traída por España, pero señala que ella es fruto de razón y produce ordenamientos jurídicos y sociales notorios por los cuales no pueden ser tratados de “amentes”, como pretendería Ginés de Sepúlveda, otro dominico español que jamás conoció América y propiciaba su esclavitud, apoyándose en la autoridad de Aristóteles.

El término, pues, nada implica en el terreno de la diversidad racial, pero sí apunta a la diversidad cultural de los grupos americanos respecto a los españoles. Más aún, hay claros indicios de referencia a su organización social, ya que se señala existencia de señores, magistrados y artesanos entre ellos.

El uso del término colonial “Nación”

Mucho antes de la constitución de los estados nacionales o naciones modernas, nacidas al calor de las revoluciones sociales iniciadas en Europa con la Revolución Francesa, las entidades étnicas llevaban, desde los albores de la Edad Media, una vida relativamente autónoma, pero siempre dentro de conglomerados políticos cambiantes que conocemos como reinos, o monarquías o principados.

El uso de la voz “nación” para señalar específicamente a agrupaciones étnico-culturales, es muy anterior al empleo político del término en su connotación actual. La aparición, desde fines del siglo XVIII y comienzos del XIX de las Naciones o Estados modernos, empezará a desplazar rápidamente el empleo colonial del término, de carácter mucho más antropológico - cultural y carente de connotaciones políticas en términos de fronteras, constituciones y ejércitos. Así, habrá distintas “naciones” en España, Francia o Alemania, mucho antes de la constitución de los Estados o Naciones modernas que portan estos mismos nombres.

Son los cronistas españoles, especialmente Cieza de León, Garcilaso de la Vega, Sarmiento de Gamboa o Santacruz Pachacuti, los que, para el área peruana o ecuatoriana, nos entregarán informaciones bastante precisas acerca del uso del término “naciones”. Es harto interesante constatar que el uso de la voz “nación” se extenderá hasta el último cuarto del siglo XVIII en las descripciones geográficas propias de los Diccionarios del jesuita Giandomenico Coleti. (1771) y de don Antonio de Alcedo y Herrera (1789). Durante todo este período, el empleo del término será idéntico y nada tendrá que ver con el uso posterior o actual, propio de un período histórico de definición de los estados modernos.

Algunos textos de Cieza de León, cronista temprano del Perú, nos ilustrarán al respecto.

Hablando de grupos indígenas del norte del actual territorio del Ecuador, señala:

“También comarcan con estos pueblos e indios de los Pastos, otros indios y naciones, a quienes llaman los Quillacingas. (Cieza de León, 1947: 385).

“Hay cosas tan secretas entre estas naciones de Indias....” (hace referencia a las costumbres rituales y funerarias de los grupos étnicos Pastos y Quillacingas) (Cieza, ibídem; subrayado nuestro).

Pastos y Quillacingas, grupos étnicos bien conocidos del Norte del Ecuador, que fueron las últimas tribus septentrionales conquistadas poe el Incario, son, pues, descritas como “naciones”. Veamos dos descripciones de los historiadores, autores de los más famosos diccionarios geográficos del siglo XVIII que nos ilustran exactamente acerca del empleo de la voz “naciones”:

“Carangues (Carangii): Nación bárbara que existió antiguamente al norte del Reino de Quito....” (Coleti; 1771: 1-96) .

“Pimampiro: este pueblo de indios de la nación Pimampiro, de quien tomó el nombre.” (Alcedo y Herrera; 1786-89: 196).

Por estos y similares textos, que se puede recoger por centenas, podemos concluir con claridad que “naciones” y grupos étnicas resultan ser prácticamente sinónimos. Curiosamente, a pesar del antiquísimo uso del término ethnos en formas sustantivadas o adjetivadas, que se remonta a la antigüedad clásica, no hemos detectado su uso en el mundo colonial americano. En resumen, “nación” designa para los cronistas y escritores españoles de los siglos XVI al XVIII a grupos étnicos bien definibles en términos de su equipamiento cultural, social y ritual-ceremonial, que se auto-distinguen de sus vecinos (otras “naciones”). Frecuentemente se distinguirán por su lengua, pero no necesariamente por su origen racial (raza). Así, el mismo Cieza de León señala la existencia de varias “naciones” entre los Quillacinga, lo que parece aludir a la existencia de distintas tribus, con señores y autoridades propias y, posiblemente, diferencias dialectales observables.

No piensa de modo distinto el cronista mestizo peruano, Garcilaso de la Vega (a mediados del siglo XVI). Al analizar a los grupos distintos

que pueblan las cinco provincias (como el dice) del Reino de Quito, señala allí las existencia de tres naciones en dicho territorio: los Quitus, los Carangues y los Quilacus (Larrain; 1984). Garcilaso, pues, no constituye una excepción en su época en el modo de referirse a las agrupaciones indígenas, a las que siempre rotulará “naciones”. Larrain (1984: 108-109) señala que entre los cinco cronistas consultados para escrutar y definir la existencia de grupos étnicos en la Sierra Norte del Ecuador, aparece el nombre de ocho “naciones”. Estos son los Quillacingas, Pastos, Tuzas, Miras, Quilacos, Carangues, Cayambes y Quitus. Estos son los grupos indígenas que jugarán un importante papel político en lo sucesos que tuvieron lugar en la sierra septentrional ecuatoriana en el siglo XVI. Todos los cronistas señalarán claramente que cada una de estas “naciones” tenía pueblos o aldeas que formaban parte de las mismas. En la época que nos ocupa, pues, no es la voz “pueblos” la que designa a las agrupaciones étnico - culturales, sino la voz “naciones”.

Por entonces, no se observa indicación alguna acerca de la diferenciación racial de las “naciones”. La raza es un concepto antropológico que recién empezará a pensarse hacia fines del siglo XVIII o comienzos del siglo XIX, cuando los primeros sociólogos y antropólogos, por las experiencias de terreno habidas en África, Asia o América, distinguirán a los grupos por sus rasgos morfológicos. Recién hacia fines del siglo XIX se inicia un interés antropológico por la diferenciación racial de la especie humana en los diversos continentes. Y serán los etnólogos y geógrafos los que propiciarán su estudio y análisis.

En este mismo sentido, por razón de la época en que escribe, Fray Bartolomé de las Casas, dominico, gran defensor de los indios americanos, empleará la palabra “naciones”:

“Nuestra religión cristiana es igual y se adapta a todas las naciones del mundo y a todas igualmente recibe, y a ninguna quita la libertad ni sus señoríos, ni mete debajo de servidumbre so color ni achaques de que son siervos a natura, o libres, como el reverendo obispo [se refiere a Juan Quevedo, obispo del Darién] parece significar.” (Hanke; 1958:31).

Sin la menor duda, el sentido que Las Casas otorga al término “naciones” coincide con el de grupos étnicos dotados de cultura y religión propia diferente de la cristiana que traen los españoles. “Naciones” que poseen sus propias autoridades (“señores”) y forma de organización y que no pueden ser dominados por el sistema de conquista ni menos desposeídos de sus bienes y señores. Así lo sostendrá Las Casas en la polémica teológica de Valladolid que sostiene con Ginés de Sepúlveda en 1550.

Las Casas se empeña, en su famosa obra La Destrucción de las Indias, en demostrar la forma cómo los españoles, en particular mediante el sistema de la Encomienda indiana, iban destruyendo las “naciones” indígenas, no sólo en las islas de Caribe, sino también en Tierra Firme. Intentará, sin éxito, en las costas de Venezuela, realizar su viejo sueño de cristianizar “naciones” indígenas, mediante la predicación del Evangelio por misioneros especialmente seleccionados y motivados, y con prohibición de acceso a los españoles.

El nacimiento de las naciones modernas en América a partir de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos (1773) y la subsiguiente Declaración, uno tras otro, de la Independencia en los paises latinoamericanos a partir de 1810, va creando una identificación entre los nacientes Estados y la “Nación”. Las respectivas Constituciones Políticas consagrarán el uso de la voz “Nación”, como expresión de la gran unidad nacional. La constitución de la “nación chilena” apagará muy pronto la mantención del concepto de “naciones” aplicado a las agrupaciones indígenas del país, de lengua y cultura diferente. A partir de entonces, será imposible hablar de “varias naciones” en un país que ha logrado su soberanía política y ha impuesto su unidad territorial en 1884, sobre las cenizas de las “naciones” indígenas al sur de los ríos Malleco y Toltén. Las “naciones” araucanas ya no serán dueñas de la tierra que

poblaron sus ancestros, se les concederá “mercedes de tierras”, cuyos lindes se fijarán cuidadosamente por jefes de familias, y se destinará las tierras vacas para la colonización. (Lipschutz; 1956 y Bengoa; 1987).

El Uso Moderno del término “Nación”

Un breve recorrido tras el concepto de “nación”, tal como lo trae el Diccionario de la Lengua Española, editado por la Real Academia Española (edic. 1984) no indica las siguientes acepciones: 1. “Conjunto de los habitantes de un país regidos por el mismo gobierno”, 2. Territorio de ese mismo país”. 4. “Conjunto de personas de un mismo origen étnico y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común” (1984: letra N: 943).

En términos muy semejantes, se expresa el Diccionario Ilustrado de la Lengua Española, de la Nueva Enciclopedia Sopena:

“1. Conjunto o totalidad de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno. 2. Territorio del mismo país 4. Conjunto de personas que tienen el mismo origen étnico, hablan generalmente la misma lengua y están ligadas por una historia común.” (1958, IV: 103).

Lo interesante en ambos Diccionarios es que prima, indiscutiblemente, el concepto de “Nación” como equivalente a Estado. Sólo en cuarto lugar, aparece la acepción antigua que veíamos en uso durante todo el período colonial. En esta noción de Estado-Nación poco o nada interesa el origen étnico o la lengua o la religión que se profese. Lo que importa es la existencia de un gobierno único que rige, en un territorio definido, al conjunto de sus habitantes, sin importar su origen, cultura, costumbres o religión.

Si comparamos la acepción 1 con la acepción 4 en ambos Diccionarios, veremos que en la primera no se acentúa “lo común” en términos de historia, tradición o cultura, mientras que en la acepción 4 estos elementos son decisivos.

Aquí subyace, en nuestra opinión, el problema mismo de la falta identidad de los Estados-Naciones modernos. ¿Con qué se identifican sus habitantes si no tienen ancestro común, historia común, tradición o culto común, parentesco común? Por eso resulta, en la historia más reciente, el quiebre de la identidad en los grandes Estados-Naciones, como lo hemos visto en Rusia, en Yugoslavia o en Checoslovaquia. El moderno Estado o Nación sufre, hoy por hoy, de crisis de identidad. ¿Cuál será el camino para lograrla?

No deja, pues, de ser muy sugerente el hecho de que las definiciones actuales de “Nación” hayan omitido del todo el componente cultural común, el origen histórico o la tradición común. Simplemente porque en la mayoría de las Naciones, éstos no existen o son extraordinariamente endebles.

Por lo tanto, es evidente que el término “nación” ya no nos sirve para identificar a nuestras agrupaciones étnico-culturales por haber perdido totalmente su sentido primigenio y haber adquirido otro, de carácter eminentemente político administrativo. Las “naciones” en el sentido moderno del término, parecerían condenadas a desaparecer en el largo plazo, sea por efecto de la globalización o planetarización que se empieza a observar a nivel mundial con la aparición de enormes conglomerados supranacionales, (Comunidad Económica Europea y otros) sea por la búsqueda creciente de las identidades regionales o locales que estallan por todas partes destruyendo los Estados, muchos de ellos ficticios creados como resultado de “pactos” o convenios tras guerras entre ellos.

Hasta hace no muchas décadas, hablábamos de la “nación francesa” o de la “nación alemana” o de la “nación inglesa” subentendiendo en buena parte la connotación histórico -cultural que le servía de base. Hoy importa cada vez menos este basamento cultural común; las enormes migraciones realizadas al interior de los países a partir de países más pobres (caso de Alemania invadido por turcos, españoles o griegos), tienden a aflojar los vínculos histórico-culturales al desaparecer el ancestro común tanto racial como culturalmente). Y la “nación deja cada vez más de ser el lugar donde se “nace” para pasar a ser el lugar donde se “está” (Estado) o donde se “vive”. Ya no importa donde se nace ; importa donde se reside o vive. Y este cambio comporta enormes diferencias y plantea profundas interrogantes, en términos de identidad o auto-afirmación valórica.

Empleo del término “Pueblo”, o “Pueblos”

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