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Profesora: Lidia Ferré de Peña


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Arte Egipcio.

Asignatura: Estilos Arquitectónicos y del Mueble II.

Profesora: Lidia Ferré de Peña.

Alumnas: Carolina Chiesa,
Nadia Cisterna.

Año: 2002.

En el arte egipcio, se reúnen la vivacidad de la vida cotidiana y el sentido de la eternidad; originalidad y armonía hacen de ésta una civilización extraordinaria.

Los períodos de desarrollo de la civilización y del arte del antiguo Egipto, abarcaron casi cuarenta siglos. A través de múltiples formas en que se presentó el arte, en épocas y regiones diversas, tanto en tiempos de gloria y riqueza como en los de crisis política y económica, son siempre reconocibles una fantasía y un estilo de carácter constante y perfectamente coherente. De manera que puede hablarse de una unidad fundamental de espíritu y de imaginación que une las obras más antiguas con las de la era cristiana.

Desde éste período predinástico (desde antes de que el rey Menes unificase Egipto en un reino) la civilización egipcia florece con un sello inconfundible, caracterizándose por el culto a los difuntos. A su alrededor gira la mayor parte de las manifestaciones artísticas y sociales del antiguo Egipto.

Los egipcios conocieron a fondo todas las técnicas y lograron obras maestras en cada género artístico: de la arquitectura a la escultura, de la pintura a la cerámica y a la orfebrería. Las obras de arte egipcias se hallan siempre estrechamente ligadas a la vida de la sociedad, sean monumentos u objetos en función de las actividades religiosa o civil, sean representaciones fieles de los acontecimientos y ritos del pueblo. Muchas veces se ha dicho que el arte egipcio expresa el poder del faraón divinizado, las costumbres de la vida pública y privada, y el paisaje y los ambientes, la flora y la fauna de la región. De estos elementos resulta singular su mundo poético y sus creaciones artísticas: el gusto y el respeto por la representación de lo real se unen a la observación de reglas artísticas que imponen complicados símbolos relacionaos con la religión o con las dinastías.

La curiosidad y el interés por todas las formas de la vida diaria parecen exaltados en la representación artística por el pensamiento de la muerte y de la eternidad, que les da una fuerza excepcional y un carácter casi mágico. Cada gesto, la fisonomía, se toma en su aspecto más personal y momentáneo, pero al mismo tiempo bloqueados y fijados para siempre. Desde los objetos de uso común, hallados en las tumbas y en las excavaciones, hasta las colosales estatuas de los faraones-dioses y los monumentales conjuntos arquitectónicos, a través de milenios, el arte egipcio ha tenido siempre este carácter de realidad instantánea y de fantasía fuera del tiempo, unión de lo mutable y lo absoluto.

Desde la prehistoria el pueblo egipcio emprende el camino hacia la realización del imperio faraónico, hallándonos en los milenios V y IV a. C.

En cuanto al paisaje, un cielo casi azul, una vasta tierra asoleada, un gran río portador de vida y también de destrucción, una arena caliente capaz de conservar durante un tiempo increíblemente largo el cuerpo de los difuntos, son los elementos naturales que rodean al pueblo egipcio desde la época más antigua y que nos ayudan a explicar la particular formación espiritual de estos hombres, formación de la que derivan también sus expresiones artísticas. En presencia de dicho paisaje era natural que se sintieran profundamente interesados y atraídos por la naturaleza y que, contemporáneamente, frente a tanta grandeza, el sentido misterioso de la divinidad y de la inmortalidad se hiciera luz en sus mente primitivas. La adoración de la diosa del cielo, del dios Sol, del dios Nilo, etc, es una prueba de ello. Puede decirse lo mismo del culto a los muertos, al que dedicaban un cuidado especial y que era debido a la creencia en una misteriosa continuidad de la vida después de la muerte. Podemos decir, entonces, que es comprensible cómo, ya durante el neolítico, los egipcios se distinguieran como tipo de civilización, de los contemporáneos y pueblos vecinos de las otras regiones de África.



Las tumbas eran objeto de extraordinario cuidado desde el neolítico medio, época en que el cadáver, envuelto en estrechos cueros, era rodeado de dones y ofrendas votivas. La sepultura se hacía fuera de la aldea y, hacia el V milenio, se comenzó a colocar en las tumbas, además de vasos decorados, estatuillas de arcilla, de piedra y de marfil que representaban, sobre todo, imágenes femeninas. Estas, junto con las primitivas sílices astilladas y algunos utensilios de uso doméstico, son la primeras muestra que han quedado del arte egipcio. En ellas, además de la perfección rítmica de la línea, resalta la gran fuerza creadora que las vuelve independientes del sujeto que ha servido de modelo. Mientras el interés por la naturaleza llevaba a loa egipcios a estudiarla y a repetir sus aspectos y motivos, el sentido de lo sobrenatural, presente en ellos, los inducía a llevar a cabo obras que no fueran copia de otra cosa sino que constituyeran una realidad, que tuvieran vida propia, durable en el tiempo; no querían”representar” sino “crear “, y esto sucedía tato en la realización de obras grandes como en la fabricación de objetos de poca importancia.



EGIPTO

 

 

 

 

 

 

Edad Neolítica

5000-3000 a. C. Aproximadamente

predinástico

 

Imperio Tinita

3000-2778 a. C. Aproximadamente

I-II dinastía

 

Capital :Tinis
















 

Antiguo Imperio

2778-2263 a. C.

 

III-VI dinastía

 

Capital: Menfis













 

I edad media




2263-2040 a. C.




VII-X dinastía

 

Imperio Medio

2040-1680 a. C

 

XI-XIV dinastía

Capital: Tebas













 

II edad media

1680-1580 a. C.




XV-XVII dinastía

Nuevo Imperio

1580-1085 a. C.

 

XVIII-XX dinastía

Capital: Tebas













 

Baja Época

 

1085-332 a. C.

 

XXI-XXX dinastía

(reyes libios, reyes etíopes, renacimiento saíta y dominio persa)




 

Época Griega

332-30 a. C.

 

 

Tolomeos

 

Capital: Alejandría.

 

 

 

 

 

El valor de la línea, el equilibrio de la composición y la armonía de los volúmenes, entendidos en sentido geométrico más que espacial, son los elementos empleados para alcanzar este resultado de “creación”, lo cual se encuentra demostrado por numerosas tablillas para cosméticos pertenecientes al período que precedió al imperio, y de las que hay aún ejemplares en los principales museos de Europa. Al principio eran simples tablillas de pizarra o piedra calcárea, con una concavidad central donde se preparaba y molía el cosmético para los ojos. Pero luego se comenzó a decorar la superficie de alrededor de la concavidad, con gran variedad de temas que constituyen una prueba de la fantasía y el espíritu de observación de los antiguos egipcios: palmeras, animales del desierto, monstruos fantásticos alternados con motivos decorativos hallan sitio en la tablilla según un orden de ritmo y sabiduría artística. Junto a éstas encontramos otras tablas, las llamadas “de victoria”, porque el tema es comúnmente la exaltación de un rey y sus hazañas bélicas. En ellas figuraban el botín conquistado, los nombres de las ciudades vencidas y la imagen del rey que las había dominado.

Con éste tipo de tablas se llega a los umbrales del período protodinástico, es decir, a las primeras dinastías de soberanos que fundaron el imperio egipcio. La tabla del rey Narmer, rica en símbolos religiosos relacionados con el culto al soberano, lleva los signos de la unificación de los dos reinos en que se dividía entonces la región: el del Alto Egipto (hacia el interior del continente) y el del Bajo Egipto (en el delta del Nilo). El rey Narmer aparece en diferentes actitudes y sobre su cabeza se encuentran siempre las coronas de ambos reinos.

Los soberanos de las dinastías tinitas unifican los dos reinos del Alto y Bajo Egipto, desarrollándose así el arte egipcio.

En la segunda mitad del IV milenio a. C. El nivel social de la población egipcia aparece ya bastante maduro, como lo demuestran sus primeras expresiones artísticas; y es natural que se encamine hacia una organización más evolucionada, hacia la realización de nuevos ideales. Los soberanos del Alto Egipto eran tinitas (de la ciudad de Tinis, cerca de Abidos). Surgidos de una situación que se presentaba llena de incertidumbres y posibilidades, estos reyes tinitas se mostraron hábiles y audaces. Lograron imponerse no sólo con las armas, sino también apoyándose en el sentimiento religioso. Durante un período que comenzó antes del año 3000 y finalizó alrededor de 2778 a. C. Agregaron a su reino el del Bajo Egipto, organizaron el culto mediante reglas fijas, establecieron el modo de escribir y contar y crearon la estructura administrativa. Los egipcios fijaban el comienzo de su historia en dos dinastías tinitas, y en el soberano Menes, considerado fundador de la ciudad de Menfis, quisieron ver al fundador de la I dinastía del Imperio Egipcio.

Además de reunir los cultos bajo el signo de Horus, representado por el halcón, la monarquía tinita había hecho aparecer a la persona del monarca como sede del espíritu divino (y el poder absoluto de que el rey disponía parecía una confirmación de su divinidad). Esto equivalía a dar un sentido ideal a la vida.

Los elementos artísticos se hacen más claros y ordenados, las obras reflejan ese aire solemne, augusto e inmóvil, que rodearía en la realidad a la persona del emperador para hacerla aparecer en una luz casi sobrehumana. Pertenece a este período la famosa “lápida del rey Serpiente” (o rey Djet, nombre que significa serpiente) de dos metros de altura, que hoy se encuentra en el museo del Louvre. Los relieves que presenta revelan una gran madurez artística, tanto en los detalles como en el conjunto de la composición. Arriba figura el halcón, símbolo del dios Horus, que indica al rey; abajo una serpiente, considerada enseña sagrada, con la que siempre se acompañaba la imagen real. Sobre el fondo se ve el Farao, o sea el palacio real.

Tenemos entonces, en el relieve de la lápida, una primera imagen del palacio del soberano, considerado sagrado como su persona. Se trata de una construcción de ladrillos, cuya fachada está rayada por estrías verticales, interrumpidas por aberturas donde hay columnas que sostienen torres como en una fortaleza. También, las tumbas de los primeros faraones, cerca de Abidos, tienen el mismo tipo de arquitectura. Las tumbas para personajes menos importantes son de tipo más simple: en el interior, un espacio rodeado de algunas celdas, en el exterior, superficies lisas, inclinadas hacia adentro y arriba, y un techo plano. Esta forma de mesa es conocida por mastaba. También surgieron edificios tinitas en el Bajo Egipto, cerca de Menis, ciudad ubicada en el nacimiento del delta.

Con Djoser, fundador de lka III dinastía, la capital de Egipto de traslada a Menfis en 2778 a. C. Desde ese momento comienza el período llamado Antiguo Imperio. Las tendencias del arte no sufren cambios respecto de la época tinita; sólo se refinan y perfeccionan. En los objetos, en los relieves y en los grabados descubrimos una armonía secreta dada por el equilibrio sabio y la simetría de los distintos elementos. El conjunto resulta de una misteriosa fascinación, que es precisamente el objetivo de los artistas. Estos, como el pueblo de Egipto, habían hallado en el régimen de los faraones un ideal en el que creían sinceramente, y ello puede verse en el entusiasmo apasionado con que lo exaltaban en todas sus obras.

Para construir la tumba de Djoser, en Sakkara, se recurrió a Imhotep, el más grande arquitecto que la historia de Egipto recuerda; tan célebre para su pueblo que, después de muerto, fue directamente divinizado. Imhotep se dedicó a la erección del monumento fúnebre a través de diferentes etapas de trabajo. Sobre la mastaba original, cuadrado, superpuesto a un pozo de 28 metros, colocó otros mastabas de dimensiones decrecientes, formándose así una especie de pirámide de cuatro gradas cuya base fue luego alargada en dos direcciones, lo que le permitía elevarse hasta seis gradas.

El edificio, como las demás construcciones del recinto funerario que lo rodeaban, demuestra una maravillosa inventiva y se utilizó, por primera vez, la piedra. Esta tumba ofrecerá el primer asidero para la realización, durante la IV dinastía, de la clásica pirámide egipcia.

El sentido de la eternidad domina en todas las manifestaciones del arte de la IV y V dinastías y termina en las pirámides de Gizeh. Con el primer faraón de la IV dinastía, Snefru, aparece el monumento que representa más que cualquiera otro a Egipto: la pirámide. Desde entonces, y durante todo el Antiguo Imperio, esta original forma arquitectónica constituye el tipo ideal de los sepulcros reales. Surgieron en gran cantidad sobre una faja próxima al desierto occidental, a lo largo de 150 kilómetros, de sur a norte de Menfis. Las más grande, conocidas precisamente como “Las Grandes Pirámides”, fueron erigidas por los faraones Keops, Kefrén y Micernio, cerca de la aldea de Gizeh, próxima a El Cairo.

Las pirámides representan la lógica evolución en el plano técnico y el perfeccionamiento de la construcción con gradas de Djosert, pero tienen un significado simbólico y espiritual profundamente diferente. El arte de la III dinastía tenía el sentimiento de belleza común a todos los hombres: se inspiraba en la maravillosa diversidad de la naturaleza y variaba las formas para tornar más ligeras las masa, sobre todo en arquitectura. Las pirámides, por el contrario, por sus inmensas paredes lisas, suscitan un sentimiento de grandeza impotencia que sobrecoge: las masa son el elemento principal. Se abandona así cualquier sentimiento que pudiera pasar o cambiar. El hombre que la hace construir, considerándola de duración ilimitada, podía juzgar que, de ese modo, conquistaba un poco de eternidad.

En el lado oriental de cada pirámide había apoyado un templo. De éste se descendía por un corredor cubierto (dromos) hasta el templo inferior que constituía el ingreso.

La zona de Gizeh es toda una necrópolis y también en ella se encuentra un villorrio de mastabas para los dignatarios, con sus calles bien trazadas que se cruzan en ángulo recto. La esfinge y las pirámides dominan este paisaje, la mas famosa esfinge es también la más grande: 20 metros de ancho y 73 de largo; este león acostado con cabeza de emperador, agrega un sentido misterioso a la grandiosidad de las pirámides vecinas. El pecho del coloso está cubierto de jeroglíficos.

El régimen del faraón llegaba a sus extremas consecuencias con la VI dinastía. Para aparecer sobrehumano, divino, único, el faraón instauró un régimen de gobierno donde la personalidad del individuo no tenía valor alguno; cada súbito debía olvidarse de sí mismo para sentirse parte de un toso a cuya cabeza se hallaba el faraón. El mismo arte, como consecuencia, no podía expresarse individualmente; debí limitarse a celebrar la grandeza del reino y del faraón que lo personificaba y no los sentimientos personales del artista.

Los egipcios habían tenido desde sus orígenes, como el resto de las poblaciones africanas, la creencia de que la muerte era sólo un pasaje a otra vida; estaban convencidos que la inmortalidad era una vida serena y plácida, muy similar a la que se llevaba en la tierra. De ahí sus inquietudes y precauciones para la sepultura, y la voluntad de llevar consigo tesoros, imágenes de siervos, cuando no ocurría que se los sacrificaba en masa para que así acompañasen y pudieran permanecer al servicio de sus amos. A estas precauciones estaban ligadas las que se denominan “cabezas de sustitución” halladas en las tumbas y cuya función no se ha logrado establecer, hasta ahora, de un modo suficientemente satisfactorio. Tal vez sirvieron para guiar el ka, nombre egipcio que indicaba el espíritu vital del difunto, al reencuentro del propio cuerpo. Estas cabezas fuera de todo ornamento convencional, muestran claramente la madurez artística que alcanzó la escultura de este período.

Una de las reglas para representar la persona humana era la “frontalidad”, o sea la igualdad de las dos partes de la cabeza y del cuerpo respecto de una línea central que va de la frente a la ingle. Otra regla consistía en repetir una determinada medida en la cabeza y en el cuerpo. Ejemplos de estas reglas son las estatuas del príncipe Rahotep y de su mujer Nofret.

Toda la escultura de la IV dinastía muestra que los artistas respetaban con mística convicción la dirección impuesta por el régimen faraónico, pero sin traicionar las exigencias del arte, tanto más profundas y complejas. Ejemplo de ello es la estatua de Kefrén.

Quizás la pintura usada para colorear estatuas y relieves haya sido apenas considerada un arte en sí, además es un género que no resiste el paso del tiempo. De este lejano período (la dinastía duró de 2723 a 2563 a. C.) nos han llegado pocos ejemplos de pinturas. Una famosa reliquia son “las ocas de Medum”, friso que pertenecía a la tumba de Itet, en Medum, y al que se lo designó de tal manera, en razón del lugar de su procedencia. Los egipcios se destacaron siempre por su acierto en retratar animales, dada su innata capacidad realista. A pesar de la estilización y de los colores sin reflejos ni sombras que llenan espacios precisos, la misma línea vivaz del perfil resalta por el encuentro de dos superficies, una coloreada y cien definida en el tema, y otra uniforme e indefinida en el espacio.

Con la V dinastía (2563-2423) la escultura llega a notables resultados. El célebre “escriba” del Louvre es la obra maestra de la tendencia geométrica: las famosas son las logradas con volúmenes rigurosamente exactos y geométricos; sin embargo, de este mismo equilibrio surgen milagrosamente una vitalidad y una naturalidad maravillosas. En el relieve, arte menos relacionado con lo sagrado y lo celebrativo, los artistas dan libertad a su fantasía. Inventan nuevas variaciones sobre temas y motivos tradicionales y se abandonan a la observación de la vida cotidiana, obteniendo obras plenas de gracia.

Así como se multiplican las estatuas de los grandes personajes, se multiplican sus construcciones. Entre los santuarios, los más notables son los del dios Ra, cuyo culto se había convertido en religión de estado.

Los faraones proseguían la construcción de las pirámides porque eran éstas las formas tradicionales de los sepulcros, pero habían perdido el sentido de su verdadero significado: el sentido de la eternidad. Para confirmar la pérdida, las pirámides de este período han desaparecido.

Después de un período de crisis el Imperio egipcio resurge en toda su grandeza con la capital ahora instalada en Tebas. El arte de esta época, que fue llamada Imperio Medio, se enriquece con una más profunda y compleja humanidad.

Mientras crecían en importancia los dignatarios y los sacerdotes, disminuía la fe en la divinidad del faraón. La crisis comenzada en la VI dinastía desembocó en una rebelión popular, en la violencia, en el caos económico y la disolución , de la que surgió un nuevo Estado. En el largo lapso de 2263-2040 a. C. se sucedieron las dinastías VII, VIII, IX y X, que reinaron sólo de nombre. El arte tuvo un período de decadencia.

El país fue unificado de nuevo, tras el largo lapso de decadencia del Antiguo Imperio, por los príncipes de Tebas, del Alto Egipto, que fundaron la XI dinastía (2133-1992 a. C.). El período de crisis culminó en la victoria definitiva del rey Mentuhotep, en el año 2040 a. C. y comenzó el Imperio Medio o Primer Imperio Tebano. Este rey construyó, en Deir-el-Bahri, cerca de Tebas, un santuario, con un conjunto de terrazas, patio y pórticos, adosado a las paredes rocosas y con una pirámide que lo remata. De este templo proviene la singular estatua del soberano que puede parecer tosca a primera vista, pero en realidad hace concordar la maciza monumentalidad de las esculturas de las primeras dinastías, con la vivacidad y el interés por las características personales, revelados en el período subsiguiente.

El interés del artista se fue apartando de la idea abstracta del faraón divinizado para fijarse en el hombre común y en sus problemas concretos. El arte del Imperio Medio se acerca más a la realidad cotidiana y se hace más sensible a los sentimientos humanos; frecuentemente los personajes retratados en las estatuas revelan una nota de grave y pensativa humanidad, como el célebre Sesostris III de El Cairo. Algunas imágenes femeninas tienen vestiduras y expresiones de extraordinaria gracia, como la elegante portadora de ofrendas. La arquitectura del Imperio Medio es admirable por la sobriedad de sus estructuras y buen gusto decorativo, como en el templete de Sesostris, en Karnak.

Por segunda vez la solidez del imperio faraónico es minada por una grave crisis política, pero de ella resultarán, dos siglos más tarde, las nuevas fuerzas pertenecientes a la XVIII dinastía.

Como sucedió con el Antiguo, también el Imperio Medio tuvo un brusco final. Mientras en el orden interno, con la XIII dinastía, el gobierno se debilitaba manifiestamente, en el externo, poblaciones nómadas invadían, saqueaban y destruían el territorio. Luego del orden se pasó al caos, de la seguridad del futuro a la obscuridad, a la incertidumbre. Caía el mito faraónico; la población, formada durante siglos en una fe ciega en el propio soberano, en emplear todas sus energías por el triunfo del faraón y de Egipto como imperio, como unidad ideal y eterna, se encontraba repentinamente librada a su propia suerte, sin alguien o algo en quien creer. Este período de crisis parecía destinado, en principio, a afianzar ese sentimiento de libertad individual, tan preciosos para el ser humano, que había sido completamente sofocado bajo el régimen faraónico. En cambio, para enfrentar a los invasores extranjeros, llamados “Hicsos”, se desarrolló un vigoroso sentimiento nacionalista que permitió al pueblo egipcio expulsarlos, conducido por los valerosos príncipes de Tebas, que fueron los fundadores de la XVIII dinastía.

El imperio egipcio renace por segunda vez de sus propias cenizas, y nunca ha aparecido más espléndido que en la época siguiente a la crisis. Nos encontramos alrededor del año 1580 a. C. Tebas es la capital del Nuevo Imperio, que toma este nombre a partir de la XVIII dinastía. Se alternan en el trono soberanos que unen a la ambición, el coraje, el ingenio y el amor a la cultura y al arte. La región que rodea a Tebas se enriquece con templos inmensos y suntuosos, con tumbas reales de paredes pomposamente decoradas. La escultura, la pintura y las artes menores alcanzan un virtuosismo y una perfección estilística que no habían tenido semejante en las épocas precedentes.

De 1511 a 1480 a. C. empuñó firmemente las riendas del imperio egipcio la reina Hatshepsut, mujer inteligente y de amplia visión, que se preocupó especialmente por fortificar y embellecer el interior para dar seguridad y comodidad a todo el país. El nombre de Hatshepsut está ligado al templo que la reina hizo construir en Deir-el-Bahri, junto a una colina. Es una construcción imponente y armoniosa, embellecida por hileras de columnas de un gusto que parece casi anticipar las mas hermosas construcciones griegas. Cada elemento del edificio es atentamente estudiado con el propósito de fundir la arquitectura con el ambiente natural.

El maravillosos florecimiento arquitectónico continúa con los soberanos siguientes. Thotmés III, el rey guerrero que con sus armas impuso el dominio egipcio sobre muchas regiones, eternizó el recuerdo de sus hazañas en el templo de Karnak, dedicado al dios Amón. Además de decoraciones y relieves que representan escenas de guerra, hay en el templo inscripciones sobre las paredes que narran las victorias del rey durante las 16 campañas que condujo. A la construcción, iniciada en el Imperio Medio y sucesivamente desarrollada por los soberanos de la XVIII dinastía, Thotmés agregó nuevos edificios que conservan las mas bellas cualidades del templo de Deir-el-Bahri: equilibrio de conjunto, elegancia, sobriedad que modera el lujo, etc. A Amenofis III, que reinó entre 1408 y 1372 a. C., se debe el templo, de un esplendor sin igual, dedicado a las tres divinidades: Amón, Mut y Jonsu. Construido en la localidad de Luxor, no lejos de Karnak, es todo un triunfo de marmóreas columnas desmochadas en el aire, con una composición y subdivisión de espacios de elegancia inigualable. Del templo funerario del mismo rey han quedado, aislados, los llamados “Colosos de Memnón”, dos estatuas gigantescas que dominan la llanura de Tebas con un efecto singular. Los antiguos los consideraban una maravilla digna de ser vista aunque fuera menester un viaje largo para ello.

Si existiese una característica común a todos los escultores que trabajaron bajo la dependencia de los soberanos de la XVIII dinastía ella es el virtuosismo técnico que demostró en cada una de sus obras. Las esculturas de esta época se valen de todas las conquistas del arte precedente y revelan la misma dignidad y austeridad que poseían las figuras de las dinastías IV y V. Pero a estas características tradicionales se agrega la limpieza y una exactitud en la composición, típicas de toda civilización que ha llegado a su cima y, como consecuencia, no está lejos de su declinación. A veces, en cambio, el virtuosismo es sutil de por sí, y la pureza de la forma no responde a exigencia interior alguna, por lo que la obra es ría; una demostración más de habilidad y nada más. De muchos soberanos de esta dinastía nos llegan imágenes en el acto de ofrendar o de rendir un devoto homenaje a la divinidad, entre ellos fueron representados en esa actitud, Amenofis II, Thotmés III y otros faraones.

Con el Nuevo Imperio también la pintura, que durante as primeras dinastías había sido descuidada, alcanza un extraordinario desarrollo. Todas las paredes y las bóvedas de las tumbas están adornadas, y esto responde, sobre todo, a que la piedra blanda, en que eran excavadas las tumbas en los alrededores de Tebas, no se prestaba a la incisión o al relieve. Por este motivo la decoración era hecha necesariamente mediante la técnica pictórica. Las escenas de la vida, que aún hoy encantan al visitante que se interna en la necrópolis tebana, figuran entre las obras maestras del arte egipcio. Dibujadas con línea ágil, magistralmente llevada por los artistas, toman vida -en las paredes rocosas- imágenes de graciosas y sonrientes muchachas, vivaces figuras de animales, sugestivas representaciones de dioses y diosas y complicados arabescos hechos con plantas y flores. Lo que más agrada y sorprende en estas pinturas es el frescor de los episodios inspirados en los ritos y costumbres de la sociedad egipcia. Escenas de caza, de pesca, de fiestas con entretenimientos musicales, escenas de sepultura o funciones sagradas, todo el complicado mundo de la época de los grandes faraones halla su expresión más verídica y espontánea en esta serie de pinturas sepulcrales que acompaña al difunto en su paso al más allá, y mantiene en derredor del muerto la atmósfera familiar y los aspectos más dulces y agradables de la vida.

Con Amenofis IV, la XVIII dinastía atraviesa por una nueva fase que, por el nombre de su capital, el-Amarna, es llamada amarniana. Esta dejará sus huellas en las siguientes civilización artística.

En la plenitud de este períodos tan próspero, el hijo de Amenofis III, ya asociado por su padre al trono y convertido en rey con el nombre de Amenofis IV, advirtió la inminencia de un peligro de naturaleza esencialmente política. : la creciente influencia de los sacerdotes de Amón. El templo dedicado a este dios, a su esposa Mut y a su hijo, la divinidad lunar Jonsu, erigido por Amenofis III, era el centro de la vida nacional.

Amenofis IV previó en este hecho un elemento disgregante que disminuía la fe del pueblo en los faraones. En consecuencia intentó una reforma religiosa: en primer lugar procedió a quitar importancia a los templos, considerados sitios de adoración del dios Amón.

Este rey advirtió además el progresivo materialismo que invadía la vida egipcia y la paulatina desapareció de los ideales que habían sostenido el Imperio. Comprendió que el pueblo egipcio, en todas sus clases sociales, se dedicaría a la simple búsqueda del bienestar y se limitaría a practicar superficialmente la religión perdiendo así cohesión y vigor.

Hizo construir una nueva capital, a mitad del camino entre el Alto y el Bajo Egipto, y la llamó Aquetatón (del nombre Atón, el dios sol que debía sustituir a Amón en el culto oficial. De los edificios que adornaban esta ciudad nada ha quedado, porque habían sido construidos con materiales que se prestaban a un trabajo rápido pero poco durable. En cambio, las obras de arte halladas entre las dispersas ruinas de la ciudad, representan un momento singular y completamente nuevo en la historia del arte egipcio.

Con Amenofis IV, que en honor de Atón quiso llamarse Aquenatón, maduraron las tendencias latentes en el arte egipcio desde el Imperio Medio. La célebre cabeza de Nefertiti es un ejemplo de nueva belleza artística. El artista es un observador profundo y logra no sólo reproducir los rasgos exteriores –o los sentimientos que aparecen en la expresión del rostro- sino la estructura interna, la armonía de los músculos y de la osamenta. De la vibración interior, nacida del conjunto de estos elementos armónicos entre sí, deriva la indudable fascinación de Nefertiti, la sensibilidad de ese retrato movil y vivo como debía ser el modelo. Otras esculturas, singularmente expresivas en los rasgos, revelan la madurez alcanzada por el arte de Tell-el-Amarna. Y la armoniosa dulzura de algunas figuras de princesas y doncellas, la delicada femineidad lograda en el modelado, la naturalidad y la gracia sin par de las actitudes son toques de elevadísima calidad entre las más bellas realizaciones del Nuevo Imperio.

Yerno de Aquenatón y Nefertiti, Tutankamón subió al trono a los nueve años y reinó hasta los dieciocho, cuando una muerte prematura truncó su existencia. Con él, Tebas vuelve a ser la capital, el culto de Amón resume la supremacía y, al menos en apariencia, el imperio vuelve a las condiciones anteriores a la edad de Tell-el-Amarna. La herencia artística de aquella época, breve pero florida y rica en innovaciones, no podían agotarse en tan breve tiempo. Los testimonios que siguieron constituyen una prueba. Sensibilidad e inteligencia en la interpretación, delicadeza y habilidad en la ejecución, caracterizan el arte de las postrimerías de la dinastía XVIII. La elegancia y el refinamiento se revelan especialmente en las artes menores que, en este período, dejan auténticas obras maestras de artífices insignes.

Los ejemplos más espléndidos de este arte decorativo, obra de maestros que tal vez no tienen igual en la historia de todos los tiempos, provienen del tesoro de Tutankamón: una profusión de oro, marfiles y piedras preciosas. Del sarcófago de Tutankamón, descubierto por Howard Carter en 1922, surgieron tres féretros: uno exterior de madera, otro intermedio de madera y láminas de oro y una interior de oro macizo que en la actualidad se conserva en el museo de El Cairo. En este se hallaba el cadáver momificado del difunto, con el rostro cubierto por la máscara áurea llena de gemas, que reproducía sus rasgos. En la pequeña cámara contigua a la del sepulcro estaba el tesoro: estatuas del rey en distintas actitudes, en gran parte de oro, estatuillas de divinidades, cofrecillos preciosos, el asiento del soberano y una cantidad de brazaletes y otras joyas. Es el único tesoro faraónico que ha sido hallado intacto, y esto explica por qué Tutankamón se ha vuelto el más célebre de todos los faraones. Su nombre se halla ligado a una edad de esplendor en la que Egipto se adhirió por completo al gusto de la suntuosidad y pompa típicamente orientales. Y los soberanos que le sucedieron, Ay y Haremhab, continuaron estas tradiciones. Así, en una atmósfera de fausto y de gloria, concluyó esta época de la historia y de la civilización egipcia que fue la XVIII dinastía.

Los Ramsés y los Seti de las dinastías XIX y XX son los últimos grandes faraones del antiguo Egipto. Con ellos la esplendorosa parábola del imperio egipcio comienza ya su lenta declinación.

Mientras vivió Haremhab, el último soberano de la XVIII dinastía, los más altos cargos del estado estaban reunidos en las manos de Paramessu, general descendiente de una familia de oficiales. Este, a la muerte de Haremhab, se convirtió sin oposición alguna en faraón, con el nombre de Ramsés I. Así se originó la XIX dinastía. Tanto Ramsés I como sus sucesores inmediatos se mostraron soberanos iluminados, no sólo hábiles sino geniales políticos, amantes de la cultura y de las artes. En su época, que se llamó “de los Ramésidas”, se produjo un gran renacimiento arquitectónico al que se debe una serie de espléndidas construcciones, cuyas estructuras repiten los modelos de las edades precedentes, pero grandiosamente desarrollados.

Este florecimiento de nuevos edificios corresponde sobre todo al Alto Egipto, es decir, a la zona sur del país; mientras para dominar mejor las poblaciones limítrofes, la capital política del reino se había trasladado a Tanis, en el Bajo Egipto, Tebas se mantenía como el centro cultural y artístico de la nación, y tanto los templos como las construcciones funerarias se erigían preferentemente en los alrededores de la ciudad.

El interés por las construcciones sagradas en esta época responde a que, a partir de la XVIII dinastía y como monumento conmemorativo del faraón difunto, el templo es separado de la tumba propiamente dicha. Aquel constituye un edificio en sí y es concebido tanto más solemne y fastuoso cuanto que está destinado a honrar no sólo la memoria del faraón sino a algunos de los principales dioses de la religión egipcia. Imponente en su estructura y riquísimo en sus decoraciones es el templo de Seti I, en Abidos. Con Ramsés II son agrandados y completados: el templo nacional dedicado a Amón, en Karnak, y el de Amón, Mut y Jonsu, en Luxor. En Tebas es erigido el templo funerario del soberano, conocido con el nombre de Ramesseum. En Abu Simbel, Nubia, surge el originalísimo edificio sagrado dedicado a varias divinidades, entre las que se halla el mismo Ramsés II.

El número y la grandeza de los edificios construidos en esta época inducen a considerar la arquitectura de este período como la más típica y representativa de todo el imperio egipcio. En realidad no es así, porque las dinastías XIX y XX no tuvieron un espíritu nuevo que animase las expresiones artísticas, sino que retomaron inteligentemente y llevaron al más deslumbrante desarrollo todas las fórmulas y modelos de épocas anteriores, a partir del Imperio Medio. En el Ramesseum y en Abu Simbel encontramos la profusión de decoraciones, las estructuras elaboradas, los sorprendentes efectos logrados y las finezas estilísticas típicas de todo período concluyente de una gran civilización artística. Es el momento que se puede definir como “barroco” y que indudablemente todavía produce obras de elevada calidad, pero que ya anuncia la aproximación de una crisis.

A partir de la dinastía XVIII las tumbas reales eran excavadas en la roca, cerca de Tebas, en el sugestivo Valle de los Reyes. Entre las más grandes y significativas está la tumba de Seti I, adornada con relieves de diseños finísimos y colores estupendos. Las tumbas de las dinastías XIX y XX nada tienen que envidiar a las de XVIII. Los artistas que las pintaron poseían no sólo fantasía libre y vivaz, espíritu de observación y buen gusto, sino una consumada técnica, una insuperable maestría, fruto de una excelente educación artística madurada durante siglos. En estos artistas se encuentre tan estilizada pureza de línea, tanta pulcritud en los dibujos y en la aproximación de los colores, que, aunque parezca paradójico, resultan fríos a causa de su misma perfección.

No se puede permanecer indiferente ante la genialidad con que ha sido realizada, por ejemplo, la composición de las escenas en la tumba de Ramsés VI (XX dinastía. El largo cuerpo de Nut, la diosa del cielo, encuadra la escena de la navegación nocturna del sol; el vivo contraste de las tintas aumenta sabiamente el sentido mágico de la escena. La habilidad decorativa de esta escuela pictórica se observa también en muchas obras menores, como estelas y cofrecillos de madera pintados, sarcófagos con escenas funerarias representadas en su superficie y objetos varios vivamente coloreados.

En el campo de la escultura notamos una reacción frente a la escuela amarniana, que se desarrolló en la última fase de la XVIII dinastía. Los escultores vuelven a celebrar a sus soberanos con las mismas formas de austera grandeza, con la misma perfección de rasgos que habían caracterizado las imágenes de los faraones del Antiguo Imperio. La estatua de Ramsés II, en el Museo Egipcio de Turín, revela el equilibrio y la divina serenidad, atributos inmutables del faraón, pero, en la mirada y en los rasgos, se refleja una nueva sensibilidad, índice del cambio de los tiempos.

La declinación del imperio egipcio, y del mundo artístico al que dio vida, es como un espléndido crepúsculo de luz que tarda en desaparecer y donde a veces surgen deslumbrantes resplandores.

En el siglo XI a. C., con los últimos ramesidas, la unidad del imperio egipcio vacila. La XXI dinastía, constituida por sacerdotes de Amón, reina en Tebas mientras en el Bajo Egipto, en Tanis, suben al trono jefes militares de estirpe líbica. Poco después el imperio vuelve a unirse con Bubastis por capital; pero la solidez es sólo aparente. En el siglo VIII a. C. los asirios amenazaban la independencia egipcia y sólo a costa de encarnizadas guerras, una dinastía etíope, la XXV, sube al trono faraónico y logra imponer su autoridad sobre todo el territorio del Nilo. A ésta sucede la dinastía sática (de la ciudad de Sais, sobre el delta del Nilo, que se ha convertido en capital); pero los persas, guiados por Cambises, se hallan a ñas puertas, y en 525 Egipto es conquistado. El período de dominio persa tendrá fin sólo con las victoriosas campañas de Alejandro Magno, a cuya muerte se instalará en el trono egipcio la estirpe de los Ptolomeos. Príncipes de gran visión, sabios y circunspectos, los Ptolomeos supieron devolver a la atormentada tierra egipcia prosperidad y esplendor, y también los emperadores romanos que conquistaron Egipto en 30 a. C. supieron gobernar el país con perspicacia y buen sentido. La mezcla de razas y pueblos diferentes, las múltiples y profundas influencias de distintas civilizaciones, habían dejado una señal de indeleble en el ánimo y en el arte egipcios. Desde ese momento se podía hablar de civilización de Egipto, pero no más de civilización ni de arte faraónicos.

Durante el predominio de los generales libios, los artistas continuaron expresándose según la mejor tradición del Nuevo Imperio. Las obras de esta época, aunque con idénticas finalidades, son a menudo de calidad bastante diferente, ya que mientras muchos se limitaban a meditar sobre las conquistas artísticas precedentes imitando pasivamente se espíritu y creando, por lo tanto, obras de nivel sólo artesanal, otros, aún interpretando el pasado, lo animaban con una inspiración sincera. Es el caso del artista a quien se debe la exquisita escultura que representa a la reina Karomama, de una perfección estilística tan sensible al claroscuro de la luz y a la esfumación de los tintes, tan viva y delicada a la vez, que la convierten en una verdadera obra maestra. Con esta estatua asistimos a los últimos resplandores de este género artístico caracterizado por el extremo refinamiento de las formas y por la atención al más mínimo detalle de efecto que durante este período ya se iba extinguiendo.

Como era de esperar, no tarda en producirse una brusca reacción contra el virtuosismo caligráfico del final del Nuevo Imperio. Bajo los reyes etíopes, que habían soñado llevar a Egipto a las condiciones de su período áureo, el sentido de la grandeza y de la simplicidad del arte antiguo reconquistó a los egipcios y originó un nuevo movimiento artístico. Son testimonio de ello algunas esculturas entre las que figuran las cabeza del funcionario Mentemhet..

Cuando Psamético, rey de Sais, logró expulsar del territorio egipcio a los etíopes y mantener a distancia al mismo tiempo a los asirios y a los babilonios, el imperio reconstituido creó la ilusión de una reconquistada unidad y seguridad que durarían en el futuro. Después de siglos habían retornado al trono príncipes locales que comprendían el espíritu y las exigencias de la población. La vida económica del país era floreciente, y los pueblos enemigos estaban transitoriamente vencidos. El arte podía expresarse libremente y halló un impulso y una enseñanza en el pasado. Los artistas supieron captar, con la mayor fidelidad, las fórmulas y modelos del Antiguo y del Medio Imperio. Pero, mientras el equilibrio geométrico y la abstracta severidad de las formas habían sido primero el fruto de una exigencia espiritual, ahora representaban una regla, un canon riguroso. En este carácter está la diferencia sustancial entre el arte saítico y el del Antiguo Egipto. En el período saíta son muchas también las construcciones arquitectónicas que embellecen sobre todo la zona septentrional del Nilo; pero desgraciadamete casi todas se han ido perdiendo con el paso del tiempo, nos queda como ejemplo un fragmento que representa la fabricación del ungüento de lirios.

La conquista de Egipto por parte de Alejandro el Macedonio tuvo una profunda repercusión también en el campo del arte. , significó la introducción de una gran civilización artística, la griega, en el suelo egipcio. El reencuentro dio origen a diversos géneros de expresiones artísticas: las inspiradas en el arte griego, las de estilo mixto y las ligadas a la tradición egipcia. Los Ptolomeos, últimos faraones egipcios, favorecieron en toda forma el desarrollo artístico durante su reinado. Por todas partes surgieron templos y monumentos, con el agregado de una decoración riquísima y exuberante sobre las estructuras tradicionales de la arquitectura egipcia. Entre las construcciones más hermosa encontramos: el templo de Horus y el de Kom-Ombo. Las influencias griegas y de otras civilizaciones del Mediterráneo con las que se había relacionado, no afectaron la esencia de la tradición egipcia; más bien la enriquecieron con nuevos matices. La producción estatuaria absorbió la sensación de luminosidad y delicadeza propias de la escultura griega, y de esa manera las severas estatuas de los últimos faraones parecen ennoblecerse. Luego también cambió el espíritu egipcio, en virtud del prolongado contacto con diferentes civilizaciones. Convertido en provincia romana, este país tan cargado de años y de pesadas glorias olvidará la época de esplendor de sus faraones, para encaminarse lentamente hacia otro destino.


A modo de resumen veremos las características principales de la época, en cuanto a las expresiones artísticas:

MOBILIARIO: se acostumbraba colocar el mobiliario en la tumba, junto al sarcófago del difunto, los objetos que utilizaba en su vida cotidiana. Estos muebles egipcios que se han logrado conservar y que nos llegan hasta nuestros tiempos, se han colocado en los museos más importantes de Europa (M. de Turín, British Museum de Londres, M Egipcio de Berlín, etc.; pero sobre todo en el museo de El Cairo.

En cuanto a las características de estos muebles, eran cómodos y elegantes, la ostentación estaba moderada por un innato sentido estético, el equilibrio entre refinamiento y suntuosidad fue posible porque el artesanado egipcio se valía de artífices de primer orden. A los egipcios les preocupaban los ensamblajes complejos con refuerzos a base de enclavijados con pequeños cilindros de madera dura, con uniones de caja y espiga y con el sistema de cola de milano. Este mobiliario eran muy variados y rico, no se sentaban en el suelo (según el uso oriental), no se conformaban con esteras, alfombras y cojines; preferían los escabeles, de los que han llegado muchos ejemplares. Tenían formas simples, cúbicas con patas verticales, carentes de respalde o con un pequeño apoyo no más alto de 20 cm. A veces con patas cruzadas en forma de tijera (necesidad de asiento plegable), las estructuras eran simples, las maderas valiosas que compensan aquellas estructuras, y el trabajo era esmerado. A veces las patas terminan en forma de cabeza de anade.

En cuanto a las sillas, el respaldo era algo inclinado hacia atrás, casi siempre se encuentra muy decorado con pinturas, incrustaciones, calados, etc.; las patas verticales tienen garras de león y las posteriores se prolongan verticalmente hasta alcanzar la parte superior del respaldo inclinado, con el fin de proporcionar la máxima solidez a la silla; el asiento era de dos tipos: plano con tiras de cuero entrelazadas, o cóncavo de madera (la concavidad era doble para albergar un almohadón que al insertarse no podía resbalar.

El mueble está estrechamente unido con el estilo de sus monumentos, presenta la misma sucesión de florecimiento y decadencia. Los lechos tenían soportes de pies de león, toro, chacal; la cabecera estaba formada por la testa de dichos animales; los sillones, las sillas, los taburetes, estaban ornamentados con garras o patas de animales revestidos de colores brillantes. Los pies de algunas sillas plegables seguían las líneas de la cola y del cuello de cisne, también había sillones de madera de cedro con incrustaciones de marfil y de ébano, con asiento de junco sólidamente trenzado. Alfombrillas y tapices de colores y a veces revestían los asientos de estos muebles o cubrían el pavimento de las habitaciones. Mesas redondas, mesitas de juego, cajas de diferentes tamaños respondían al esplendor del resto del mueblaje. Los objetos de tocador trabajados en bronce, hueso, madera y su decoración en flores, figuras de animales o humanos, así como vasos preciosos revestidos de esmalte, eran el complemento del lujo interior que desplegaban los faraones y los dignatarios.

El estilo de los muebles demuestra la originalidad del arte egipcio, su apoyo en la naturaleza y la constitución hierática que lo regía. Se observa además un buen tratamiento del color.

Favorece a la buena conservación de los elementos la sequedad del clima.

Podemos encontrar también trípodes, bancos, tronos, taburetillos de tijera; y otros materiales, además de los dichos, para tracear muebles son huesos, marfil de hipopótamo, a veces se tejían los asientos, etc.

Algunos cofrecillos pequeños se hacían de madera de sicomoro y de acacia, los cuales se supone servían de joyeros.

Las camas eran de líneas horizontales y la cabecera a veces era curvada.

Aunque el mobiliario fúnebre fue hecho de piedra, lo mismo que el moblaje ritual (mesas para ofrendas hechas en alabastro, piedra calcárea, granito rojo, basalto y serpentina), y los ataúdes y cajas de momia, no pueden ser considerados verdaderos muebles pero debe destacarse que fueron obra de los carpinteros y ebanistas que también fabricaron los muebles; éstos trabajos muestran la perfección a la que llegaron en este arte.


MÚSICA: la música vocal e instrumental tuvo para los egipcios una excepcional importancia, ya que asociaban un instrumento a la figura de cada uno de sus dioses. Estaba presente en todos los momentos religiosos y tenía un carácter mágico, relacionado con el sistema de estrellas y planetas. Los sacerdotes invocaban a la divinidad con sus cantos, acompañándose de los instrumentos, símbolos de poder.

La música profana también tuvo gran desarrollo, había cantores, instrumentistas y danzantes que habían recibido formación en escuelas apropiadas.

Hay numerosas representaciones en las que la música aparece asociada a acontecimientos de carácter militar.
ARQUITECTURA: - religiosa: pintura mural con escenas de la vida religiosa; glorificación de los dioses y del faraón.


  • real: del faraón; monumental: templos funerarios (suntuosas

tumbas, relieves policromados), variedad de columnas y fustes decorados con figuras en relieve ; pirámides.
ESCULTURA: - ligada a la arquitectura funeraria

  • fuerza extensiva

  • estatuaria monumental

  • estatuas de personajes privados

  • retratos

  • estatuas reales

  • naturalismo

  • tipos: individuales, grupos familiares, triadas reales, pseudogrupos.


PINTURA: cánones: - cuerpo femenino en amarillo claro o rosa

  • cuerpo femenino en rojo oscuro

  • fondos blancos y/o amarillos

  • figura dibujada como si fuese contemplada desde diferentes puntos de vista, esto trae como resultado: equilibrio y armonía

  • rostro de perfil, ojo de frente, tronco frontal desde los hombros hasta las caderas (que son en ¾) y piernas de perfil

  • ritmo y movimiento

  • simetría de la composición

  • jerarquía en la representación

  • naturalismo exagerado (Amenofis IV).


ARTES MENORES: se han conservado sobre todo cerámicas, joyas y muebles, un notable número de objetos en piedra dura y en alabastro. En el Imperio Antiguo existe una gran producción de vasos de todas las formas y dimensiones, sobre todo en alabastro. Ya en tiempos predinásticos, los artesanos habían realizado vasos en piedras de gran dureza. El alabastro sustituyó a las piedras duras y tuvo gran difusión porque se podía trabajar con facilidad. La técnica del oro laminado aplicado a los muebles de madera fue tratada con maestría.

Durante la XII dinastía se introducen en las artes decorativas nuevas técnicas a causa de la influencia extranjera, en particular de Creta y de la costa del Próximo Oriente. Espejos de bronce pulido, con mango en forma de flor de papiro, collares y pectorales en oro granulado con incrustaciones en pastas de vidrio y piedras preciosas, se sitúan entre los productos más indicativos de la madurez conseguida en el trabajo de los metales.

Otro arte que tiene un particular desarrollo en el Imperio Medio es el de la cerámica, con el característico esmalte azul turquesa. Las copas y las figuras de hipopótamo decoradas con flores azules sobre esmalte turquesa son típicas de las XI y XII dinastías.

Durante el Imperio Nuevo se puede hacer una reseña de los objetos hallados en la tumba de Tutankamón, con sus vasos canopes, los cofres pintados con las joyas y el guardarropa del rey, la máscara de oro del faraón, los vasos de alabastro y piedra dura. En cuanto al mobiliario, los tres lechos del rey son de madera labrada y dorada con representaciones de las diosas protectoras. La cama es uno de los muebles más importantes de la casa egipcia, de la que constituye en un cierto sentido su emblema, representando el reposo y refugio por antonomasia. Desde las primeras dinastías se encuentran lechos incrustados con marfil. El dosel era alto, con las patas a modo de pata de animal, de león o de buey, y la parte superior decorada con cabezas de animales recortadas y estilizadas. La silla, con o sin respaldo, copia el esquema de la cama sobre todo en las patas, también en forma de animal. Desde la V dinastía se añade a menudo al sillón un dorsal recto o curvo, no muy alto y siempre más bien rígido. En el Imperio Medio, el respaldo se curva hacia atrás y se rebaja.

La cerámica tiene sobre todo su expresión en la fabricación de figuras funerarias en miniatura, esmaltadas en azul y verde, destinadas a sustituir al difunto en los trabajos más ingratos del más allá, y que a menudo llevan inscripciones.

BIBLIOGRAFÍA

Arte Rama I, Panorama Histórico del Arte, Enciclopedia de las Artes, Editorial Codees S.A., Buenos Aires, 1989.

Historia del Arte, Editorial Norma S.A., Buenos Aires, 1998.

Enciclopedia Temática Océano, Editorial Océano (Emege Industrias Gráficas), Barcelona, España.



Como reconocer el arte egipcio, G. Lise, Barcelona, España, 1980.


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