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PRÓlogo del autor 10 Febrero de 1977 henry hardy rusia y 1848 13 el erizo y el zorro 28


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INDICE PENSADORES RUSOS

PRÓLOGO DEL AUTOR 10

Febrero de 1977 HENRY HARDY RUSIA Y 1848 13

EL ERIZO Y EL ZORRO 28

HERZEN Y BAKUNIN, Y LA LIBERTAD INDIVIDUAL 72

UNA DÉCADA NOTABLE EL NACIMIENTO 94

III. VISSARION BELINSKY 119

IV. ALEXANDER HERZEN 148

EL POPULISMO RUSO 166

TOLSTOI Y LA ILUSTRACIÓN 175

El joven al hombre (le mediana edad: 204

APAN DICE 225

PARA explicar la revolución rusa a Lady Ottoline Morreli, Bertrand Russell dijo que con todo lo aterra(lOr que pudiera resultar el despotismo bol chevique, acaso fuera el tipo de gobierno más ade cua(lo para Rusia: “se puede entender esto si se pregunta CÓmO gobernar a los personajes de Dos toievski”.

Los liberales de Occidente han coincidido, en buena medida, con esta opinión, sobre todo si se piensa en los “demonios” (le la novela de Dostoievs ki: la intclligentsia radical rusa. El grado de aliena ción de estos hombres respecto a su sociedad y la repercusión que, a su vez, tuvieron sobre ella, cons tituye un fenómeno histórico casi sui generís. Sus dirigentes ideológicos integraron un pequefio gru po, con la coherencia y pasión de una secta reli giosa. Su ferviente oposición moral frente al orden establecido, su auténtico interés y compromiso con las ideas, SU fc en la ciencia y en la razón fueron factores que allanaron el camino de la revolución rusa y confirieron a estos hombres una gran im portancia histórica. Empero, los historiadores ingleses y norteamericanos suelen referirse a ellos con una mezcla de condescendencia y aversión mo ral, pues las teorías que sostuvieron de manera devota y apasionada no fueron originales: las to maron de Occidente y con frecuencia, las com prendieron mal. Por otra parte, una fanática pasión por las ideologías extremas los hizo precipitarse, como a los “demonios” de Dostoievski, en una ciega autodestrucción que resultó igualmente de moledora para su país y para gran parte del mun do. La revolución rusa y sus consecuencias han contribuido a fortalecer la creencia, muy arraigada en los países anglosajones, de que el interés apa sionado por las ideas es un síntoma de desorden moral y mental.

Isaiah Berlin, uno de los pensadores liberales más destacados y lúcidos (le este siglo, ha disentido firme y constantemente de estas ideas. Sus Cuatro ensayos sobre la libertad son contribuciones de primera magnitud al estudio de los problemas fun damentales de la filosofía política. Su originalidad como pensador radica en una combinación de li beralismo inglés y un entusiasmo enteramente eu ropeo por las ideas y sus efectos sobre la práctica política. Sus textos expresan la convicción de que los valores liberales se comprendçn y defienden mejor si se trata de entender el papel de las ideas convertidas en acciones y, en particular, la atrac

* Isaiah Berlin. Libertad y necesidad en la Historia, Re vista de Occidente, Madrid, 1974. En la versión en español se publican el segundo y el tercer ensayo de los cuatro que contiene el original. El cuarto, “J. S. Mill y los fines de la vida”, publica como introducción al libro Ensayo sobre la li bertad de John Stuart Mill, editado por Alianza Editorial.

jÓfl moral e intelectual que ejercieron las que Ç Berlin llama “grandes visiones despóticas”, tanto

de la izquierda como de la derecha. El aporte prin cipal de Berlin a la vida intelectual inglesa ha sido su oposicion permanente a la indiferencia de Inglaterra ante los movimientos intelectuales de Eu ropa en el último mecho siglo. En conferencias y ensayos que han siclo obras maestras de lucidez y claridad, Berlin ha logrado familiarizar a un vas to público con las grandes tradiciones intelectuales europeas, con las ideas y personalidades che algunos che los pensadores más originales del mundo posre nacdntista. Ahora, en los ensayos reunidos por vez primera en este libro, hace lo propio con el fenó meno de la intelligenlsia rusa.

Isaiah Berlin se acerca a la intelligentsia para co nocer, en efecto, la forma en que las ideas han sido “vividas” como soluciones a exigencias mora les. En contraste con la mayoría de los estudios relacionados con el tema —emprendidos para con templar y evaluar soluciones políticas a la luz de circunstancias históricas— Berlin se preocupa, so bre todo, por los problemas de tipo moral y social que la intelligentsia se planteaba. Aun cuando sus ensayos sobre las cuestiones rusas se sostienen por sí mismos sin necesidad de anotaciones filosóficas o referencias cruzadas, constituyen igualmente una contribución al tema medular de todos sus escritos de historia intelectual. Su originalidad puede apre ciarse mejor si se le inscribe en este más amplio marco de referencia.

La preocupación central de Berlin ha sido ahon dar en las preguntas fundamentales que condicio nan para él la conducta moral del hombre: ¿Son

tonos los valores compatibles, sin clistincion algu na? ¿Habrá una respuesta definitiva al problema de cómo vivir, o un solo objetivo humano ideal y universal? Dentro de la gran variedad cTe sus estu dios, Berlin ha examinado las raíces históricas y psicológicas que determinan las visiones monistas y pluralistas del mundo. Considera que las gran. cies estructuras totalitarias edificadas sobre cin1ien- tos. hegelianos y marxistas no son engendros terri bles, sino consecuencias lógicas de una idea central en el pensamiento de Occidente: que hay una uni dad fundamental en todo fenómeno, una unidad derivada de un propósito universal. Algunos mo nistas consideran que ese propósito único puede llegar a descubrirse mediante la investigación cien tífica, la religión o la metafísica y que una vez descubierto, dará al hombre la respuesta definitiva acerca de cómo vivir.

A pesar de que las formas extremas de esta fe revisten una visión deshumanizada del hombre como instrumento de fuerzas históricas abstractas y han conducido a las perversiones miás criminales en la práctica política, Berlin subraya que la fe en sí misma no puede descartarse como si fuese sólo un producto de mentes enfermas, ya que es la base de toda una tradición moral y está enraizada en “una profunda e incurable necesidad metafí sica”, surgida cte la sensación de ruptura interior que tiene el hombre y de la necesidad de recupe rar la totalidad perdida. Este anhelo de absoluto expresa, frecuentemente, el apremio (lel hombre por soslayar la responsabilidad de regir su propio des- tino y transferirla a un todo vasto, monolítico e impersona]: “Naturaleza, historia, clase, raza, las

‘duras realidades de nuestro tiempo’, o la evolu ción irresistible de la estructura social que nos absorb e integrará en su tejido neutro, ilimita ]o e indiferente c está al margen de cualquier evalt1h o crítica y en contra (le! cual luchamos hasta nuestra absoluta destrucción.”

El hecho de que el pluralismo sea un fenómeno raro se debe, piensa Berlin, a que las visiones mo nistas de la realidad satisfacen necesidades huma nas fundamentales. El pluralismo no (Jebe confun dirse con el significado que se le ha querido atri hur desde una pOStura liberal, a saber: que todas las posiciones extremas deforman los verdaderos valores, y que la clave de la armonía social y moral se halla en la moderación y el justo medio. El pluralismo concebido por Berlin es una concepción mucho más vigorosa y audaz intelectualniente: re chaza, en definitiva, todo criterio que sostenga la

posilite solución, a través de una síntesis, de todo conflicto de valores y niega qtie todos los fines de puedan ser reconciliados. La naturaleza humana genera una diversidad de valores, sagra dos y fundamentales que, sin embargo, se excluyen unos a otros sin que exista posibilidad de estable cer una relación jerárquica objetiva entre ellos. En suma, la conducta moral supone la difícil al ternativa (le elegir entre valores incompatibles, aunque igualmente deseables, sin la ayuda cTe un criterio universal.

Esta constante incertidumbre moral es, para Ber lin, el precio que debe pagar el hombre por reco nocer la naturaleza verdadera de su libertad: el derecho de cada individuo a decidir su propio des tino frente a la dirección del Estado, la Iglesia o el

Partido. Esto es de importancia capital si adverti mos que las distintas finalidades y aspiraciones hu manas no pueden evaluarse de acuerdo con un cri terio universal, o subordinarse a algún propósito trascendente. Berlin sostiene que aun cuando estas opiniones, características de un pluralismo cohe rente, se encuentran implícitas en algunas tesis humanistas y liberales, pocas veces se enuncian ex presamente ya que su contenido constituye una seria amenaza para la vigencia de algunos de los principios fundamentales de la tradición intelec tual ocidental, los cuales se acatan ciegamente y sin discusión. En sus ensayos acerca de Vico, Ma quiavelo y Hercier, lo mismo que en su Inevitabi lidaci histórica, Berlin indica que los pocos pensa dores que han tolerado el fardo de las consecuen cias de una visión pluralista han debido cargar, igualmente, con la incomprensión de su obra y el menosprecio de su originalidad.

En sus Cuatro ensayos sobre la libertad, Berlin afirma que las visiones pluralistas del mundo han nacido de la claustrofobia que aparece en períodos de estancamiento intelectual y social. Cuando un sentimiento intolerable oprime las facultades hu manas y exige sumisión y conformismo, se genera la necesidad de ‘más luz”, esto es, la ampliación de los campos de responsabilidad individual y de acción espontánea. La historia ha demostrado que en los períodos en que predominan las doctrinas ‘monistas, los hombres tienden a la agorafobia; por otra parte, en los momentos de crisis histórica, cuando la necesidad de elección genera miedos y neurosis, el hombre anhela cambiar las dudas y agonías que provienen de su responsabilidad mo-

‘ ral por visiones deterministas, conservadoras o ra dicales que le ofrezcan “la paz de la prisión, una

placentera seguridad y el sentimiento de haber encontrado, al fin, un lugar en el cosmos”. Berlin observa que nunca como hoy ha sido tan poderoso el anhelo (le seguridad. Sus Cuatro ensayos sobre la libertad son una enérgica advertencia de la ne cesidad de profundizar en n uestras percepciones morales —en la “compleja visión” del mundo— para descubrir así las falacias fundamentales que las sustentan.

Como muchos otros liberales, Berlin cree que esta profundización en nuestras percepciones pue (le lograrse niediante el estudio de los antecedentes intelectuales de la revolución rusa. Sus conclusio nes, sin embargo, difieren de las de ellos. Con el sutil sentido moral que lo llevó a formular inter pretaciones novedosas y radicalmente distintas so bre los intelectuales europeos, Berlin refuta la opinión general del monismo fanático de la inte ltigentsia rusa, y muestra cómo su circunstancia histórica la predispuso hacia una visión del mundo a la vez monista y pluralista. Así, lo fascinante de este movimiento radica en el hecho de que sus miembros más sensibles sufrieron, simultánea y agudamente, claustrofobia y agorafobia, atracción y repudio igualmente interno frente a las ideas mesiánicas. Según Berlin, estos sentimientoS con dujeron a los miembros de la intelligentsia a una

- introspección, que en muchos casos se tradujo en una profética comprensión de los grandes proble mas de nuestro tiempo.

Las causas de la extrema agorafobia rusa que generó una sucesión de doctrinas políticas milena-

1

ristas son bien conocidas: como reacción política al fracaso de la revolución de 1825 que pretendió hacer de Rusia un Estarlo constitucional conforme al modelo de Occidente, la pequeña élitc intelec tual occidentalizada se apartó de su sociedad atra sada. Sin una posibilidad verdadera de dar salida a sus energías, estos hombres canalizaron su idea lismo social en la búsqueda religiosa de la verdad. Utilizando el sistema histórico-filosófico caracterís tico de la filosofía idealista que en ese momento



-oficiaba en Europa, esta élite buscó una verdad unitaria que diera sentido al caos moral y social de su entorno y que la mantuviera firmemente ligada a la realidad.

Berlin señala que el anhelo de absoluto originó, en gran medida, la firmeza y consistencia caracte rísticas de los pensadores rusos: su costumbre de llevar ideas y conceptos basta sus últimas —y a veces absurdas— consecuencias, a pensar que el

-detenerse en un razonamiento sin llegar a sus úl timas conclusiones era signo de cobardía moral y un compromiso insuficiente con la verdad. Pero Berlin insiste en que detrás de esa coherencia había una segunda motivación, más conflictiva. La in telligentsia rusa compuesta por una minoría occi dentalizada, influida, a través de la educación y las lecturas, por la ilustración y por los ideales románticos de libertad y dignidad humana, enfren tada además al despotismo brutal y primitivo de Nicolás 1— reacionó con una claustrofobia social sin paralelo, incluso si se le compara con los países más avanzados de Europa. En consecuencia, la in telligentsia en búsqueda del absoluto empieza por negar los absolutos —las creencias tradicionales,

dogI instituciones políticas, religiosas y socia les— porqr para sus miembros esos absolutos de forman en el hombre la idea de sí mismo y de sus adecu relaciones sociales. En el ensayo Rusia en 18-18, Berlin muestra cómo el fracaso de las revoldmomles europeas de aquel año aceleró en Ru sia el })t0C antes descrito y causó entre los inte lectuales una profunda desconfianza hacia las so luciones políticas 1 p01- los ideólogos más avanzados de Occidente. Para los miembros de la intelligentsia más sensibles moralmente, la con gruencia intelectual significaba, sobre todo, un doloroso proceso de liberación interna al que deiio minaron “sufrimiento hacia la verdad”: el aban dono de toda ilusión reconfortante y de las verda des a medias que tradicionalmente han encubierto o justificado las formas de despotismo social y moral. Todo esto condujo a una crítica trascen dente de las normas cotidianas de conducta polí tica y social, cuya validez es incontrovertible. El tema central de los ensayos que Berlin consagró a los pensadores rusos se refiere fundamentalmente a la cohesión y firmeza y al escepticismo y fe que caracterizaron las ideas de la intelligentsia rusa, así como a los problemas y tensiones que enfrentaron.

Berlin se basa en un gran número de animados retratos de algunos pensadores para demostrar cómo varios de los miembros más destacados de la inte lligentsia se debatieron entre la desconfianza que les producían los absolutos y el anhelo de encon trar algunas verdades únicas que pudieran resolver, (le una vez por todas, los problemas de la conducta nioral. Algunos de esos pensadores fueron final mente vencidos por esa necesidad: al comienzo de su carrera, Bakunin denuncia la tiranía del dogma tismo sobre los individuos y luego termina por exigir la más absoluta sumisión a su propio dogma acerca de la sabiduría del labriego común. Por otra parte, muchos de los jóvenes nihilistas icono clastas que surgieron hacia 1860, terminaron por aceptar incondicionalmente dogmas del más abso luto materialismo. Entre otros pensadores, la ba talla fue más firme y sostenida. El crítico Belinsky es citado frecuentemente como el arquetipo más inhumano y fanático de la inte/ligentsia: a partir de los principios hegelianos deducía —contraria mente a lo que exigían los instintos de la concien cia— que el despotismo de Nicolás 1 fuera aceptado como prueba de la armonía cósmica. Aun así, en un estudio muy conmovedor acerca de Belinsky, Berlin considera que si bien es cierto que la bús queda de fe lo llevó a defender durante algún tiempo una postura tan grotesca, a fin de cuentas su integridad moral le hizo retractarse y cambiar esta torpe visión por otra, intensamente humanista que denunció en los grandes y novedosos sistemas histórico-filosóficos a un Moloch que exige el sa crificio de los individuos en aras de las abstraccio nes ideales. Belinsky resume en sí mismo la para doja de la coherencia y la firmeza rusas: su deseo de encontrar un ideal capaz de resistir cualquier intento que pretendiera destruirle induce a la in telligentsia rusa a trabajar con entusiasmo y clari videncia para destruir las ideas huecas sobre las que se sustentan las soluciones absolutas y univer sales acerca de la sociedad y la naturaleza humana. En un ensayo en torno a la tradición populista imperante en el pensamiento radical ruso del si-

lo XIX, Berlin muestra cómo los populistas, muy vanzados para su tiempo, advirtieron los peligros e implicaciones deshumanizadoras de las teorías liberales y radicales contemporáneas del progreso, que ponían una enorme confianza en la cuantifi cación, centralización y racionalización del progre so productivo.

La mayoría de los miembros de la intelligentsia vio en su crítica sólo una actividad preliminar ten diente a cimentar las bases de las grandes cons trucciones ideológicas. Berlin considera que esta actitud resulta de gran importancia para nuestro tiempo, cuando sólo un pluralismo firme y cohe rente puede proteger la libertad humana contra las depredaciones de los sistematizadores. En su opinión, este pluralismo estuvo plenamente articu lado en las ideas de Alexander Herzen, pensador cuya originalidad ha sido hasta ahora completa mente pasada por alto.

Fundador del populismo ruso, Herzen era cono cido en Occidente como un radical que profesaba una fe utopista bajo la forma de un socialismo arcaico. En sus dos ensayos sobre Herzen y en las presentaciones de sus trabajos más importantes

—Desde la otra ori1la y Memorias y ensamien tos_** Isaiah Berlin ha contribuido a transformar nuestra opinión al señalarlo conio “uno de los tres más grandes pre(licadores moralistas rusos” y autor de algunos (le los más profundos escritos moder nos acerca de la libertad.

* Alexander Herzcn, Obras Filosóficas Escogidas, Edicio nes de Lenguas Extranjeras, Moscú, 1956.

** Alexander Herzen, op. cit. Sólo se publica un breve fragmento.

Así como otros miembros cTe la inteligentsia, Herzen comienza su carrera buscando un ideal, que luego encontró en el socialismo. Creyó que los instintos del campesino ruso lo conducirían a formas de socialismo superiores a las occidentales. Sin embargo, se negó a prescribir su ideal como solución final a los problemas rusos, ya que con sideraba que la búsqueda de semejante solución era incompatible con el respeto a la libertad hu mana. Al comenzar la quinta década del siglo pa sado, en él como en Bakunin, ejercen una gran influencia los jóvenes hegelianos, con su fe en que el camino de la libertad pasa por la negación (le los dogmas, las tradiciones y las instituciones caducas con que habitualmente el hombre se ha esclavizado a sí mismo y a sus semejantes. Herzen se adhirió a este rechazo de los absolutos con una firmeza y congruencia sólo igualadas por Stirner. Atribuyó el fracaso de los anteriores movimientos liberado res a una tendencia fatalmente orientada hacia la idolatría, aun por parte de los más radicales ico noclastas que trataban (le liberar al hombre (le un yugo sometiéndolo a otro. En su rechazo de ciertas formas específicas de opresión nunca fueron muy lejos, y fallaron siempre al atacar su causa común:

la tiranía de las abstracciones sobre los individuos. Como señala Berlin, el combate cTe Herzen contra todas las deterministas filosofías del progreso de muestra hasta qué punto comprendió que “el ma yor pecado que puede cometer un ser humano es tratar de transferir la responsabilidad moral (le sus p hombres, a un orden futuro e impre. decible’’ y santificar crímenes monstruosos en nom bre (le la fe y de lina utopía remota.

Al calificarlo como un pensadom- muy moderno, Berlin subraya el conflicto que mantuvo a Herzen dividido entre los valores incompatibles de igual dad y de excelencia. Herzen reconocía la injusticia de las élites, pero apreciaba la libertad moral e intelectual y la distinción estética (le la verdadera aristO(1 Sin embargo, a (liferencia de los ideó logos de izquierda, al rechazar el sacrificio de la excelefl( ja a la igualdad, comprendió —lo mismo que John Stuart Milis— algo que sólo hoy se ha visto con claridad: que ci punto mecho entre estos valores, representado por la “sociedad de masas” no sólo no es el mejor (le los mundos posibles, sino que frecuentemente, según Milis, resulta una “con glomerada mediocridad”, ética y estéticamente re pugnante, que hunde al individuo en la masa. Con gran convicción y un lenguaje tan claro y compro metido como el del propio Herzeri, Berlin percibe la originalidad (le esta idea y la comunica al lec tor: no hay soluciones generales para problemas específicos o individuales y únicamente hay recur sos temporales que deben basarse en la convicción (le que cada momento histórico es único y responde a necesidades y demandas concretas (le pueblos e i ndjvi d nos.

La investigacjom de Berlin en la búsqueda (le autenticidad (le los pensadores rusos incluye estu dios sobre (los escritores, Tolstoi y Turguenjev en los que refiita una idea erróne y muy generali zada en torno a la relación entre Pensadores y escritores: a saber, que en Rusia el pensamiento ra (lical y la literatur constituyen (los tradiciones dis tintas elacionadas únicamente por su mutua hos tiJj(l La bien conocida aversión de Dostoie

y Tolstoi a la intelligentsia rusa es citada frecues- temente para hacer notar el abismo existente entre los grandes escritores rusos interesados en explorar las profundidades del espíritu humano, y la inte. lligentsia, constituida por pensadores materialistas que sólo abordaban las formas externas (le la exis. tencia social. En sus ensayos acerca de Tolstoi y de Turgueniev, Berlin muestra que su obra sólo puede comprenderse como resultado del mismos conflicto moral que padeció la intelligentsia radil cal. Esos ensayos tienen un doble significado y representan aportaciones significativas a la histo. ria de las ideas: por una parte, son trabajos críticos que muestran la naturaleza de todo lo que nos permite comprender la diferencia fundamental en. tre dos de los más grandes escritores rusos; y por otra, son estudios de los conflictos entre visiones distintas y antagónicas de la realidad.

En su famoso estudio de la visión histórica dc Tolstoi, “El erizo y el zorro”, y en el menos conoci doTolstoi y la ilustración, Berlin señala que la re lación entre la prédica moral de Tolstoi y su visió artística debe entenderse como una titánica luch* entre la visión monista y la visión pluralista de h realidad. El “nihilismo letal” de Tolstoi lo llevi a denunciar la pretensión de teorías, dogmas sistemas, de explicar, ordenar y predecir los coa plejos y contradictorios fenómenos de la historí y de la existencia social; pero la fuerza que 1 impulsó hacia el nihilismo fue su anhelo apasi nado de encontrar una verdad unitaria que ab cara toda la existencia, protegiéndola de cualqui ataque. Por tanto, Tolstoi estuvo sujeto a u permanente contradicción consigo mismo, ya q

ercibía la realidad en toda su complejidad pero mismo tiempo creía en “un todo vasto y unita rio”. En su arte expresa insuperables sentimientos en favor de una variedad irreductible (le fenóme nos pero en su prédica moral defiende la simplifi cación, representada en el solo plano del campesino ruso o de la simple ética cristiana.

En algunos de los pasajes mas VIVOS y revelado res —desde el punto de vista psicológico_ jamás escritos sobre Tolstoi, Berlin muestra cómo su tra gedia fue resultado de la incolnpatibi5idjad entre su exacto sentido de la realidad y sus pobres y raquíticos ideales. Las conclusiones a las que lle garon los escritos de Herzen quedaron demostra das en la tragedia de la vida de Tolstoi: su inca pacidad de armonizar metas y actitudes antagónicas igualmente válidas, no obstante sus desesperados intentos por lograrlo. Este fracaso para resolver sus contradicciones internas revela la estatura mo ral de Tolstoi, aun para aquellos que han misti ficado o rechazado su mensaje.

Pocos escritores parecen haber tenido tan escasa semejanza como To el fanático buscador de la verdad, y Turgueniey, el prosista lírico y poeta de “los últimos encantos de las decadentes casas de campo”. Pero en su ensayo sobre Turgueniev, Ber lin señala que aun cuando por temperamento fue un liberal que rechazó el dogmatismo estrecho y se opuso a las solucionm extremas, en su juventud estuvo profundamente influido por los compromi. Sos morales de sus contemporáneos y por su lucha contra las injusticias de la autocracia.

Turgueniev aceptaba plenamente la idea de su amigo Belinsky de que un artista no puede per

manecer como observador neutral en la batalla entre justicia e injusticia sino que, corno todo hombre decente, debe consagrarse a buscar, esta. blecer y proclamar la verdad. Esto trajo corno con. secuencia que el liberalismo de Turgueniev se con virtiera en algo totalmente distinto del liberalismo europeo ele la época; mucho menos confiado y optimista pero más moderno. En sus novelas, Tur gueniev describe el desarrollo de la intelligentsia y examina las controversias que, a mediados del si glo xix, mantuvieron conservadores y radicales, moderados y extremistas de su país, explorando escrupulosamente y con alto sentido moral, las fuerzas y debilidades de individuos y grupos de las doctrinas que los dominaban. Berlin sostiene que la originalidad del liberalismo ile Turgueniev se basaba en la convicción, compartida por Herzen (aunque él pensó que el populismo de éste era su última ilusión), y contraria a la de Tolstoi y los revolucionarios —cuya constancia Turgueni ev ad miraba— de que no existía una respuesta final a los principales problemas de la sociedad. En una época en que liberales y radicales se sentían segu ros de la inevitabilidad del progreso, cuando las alternativas políticas parecían predeterminadas por fuerzas históricas inexorables —las leyes económicas que gobiernan los mercados o el conflicto de las clases sociales—, únicas responsables de los resulta dos, Turgueuiev advirtió la falsedad de la certidum bre invocada por los liberales para justificar las in justicias del orden existente, o por Jos radicales para justificar su destrucción despiadada e indiscrinu-i

naci a.cales de nuestro siglo, que ha siclo rnagistralmciiw descrito por uno de los pensadores políticos de n sensibilidad moral en nuestros días, Leszek j como la permanente y angustiosa ne cesidad (le elegir entre Sollen y Sein, entre valor hecho:

La misma pregunta se repite continuamente, pero en distintas versiones: ¿cómo podemos evitar que las al ternativas Sol se polaricen en utopismo-opor tunismo, romanticismo-conservadurismo y demencia sin propósito contra el crimen disfrazado de sobrie ciad? ¿Cómo podemos evitar la alternativa final del Escila del deber, que grita sus consignas arbitrarias, y el Caribdis de la sumisión al mundo existente, que se transforma en la aprobación voluntaria de sus más espantosas consecuencias? ¿Cómo evitar la alternativa, (lado el postulado —que consideramos esencial— se gún el cual nunca estamos en posibilidad de medir verdadera y precisamente los límites de la que lla mamos “necesidad histórica”? Finalmente, la falta de respuestas precisas muestra cómo no estamos en con diciones de decidir con certeza qué hechos concretos de la vida social forman parte del destino histórico y qué potencialidades se esconden en la realidad exis tente.

Este planteamiento de Kolakowski acerca del di lema de nuestro tiempo es ciertamente válido; sin embargo, Turgueniev, pensado!’ con caracterís ticas muy diferentes, se enfrentó a este dilema hace más de un siglo. Antes de que los partidarios de las visiones unilaterales, conservadoras o utópicas poseyeran el equipo tecnológico necesario para ex perimentar en un material humano ilimitado, no

,\sí, previó el onthcto de los humanistas radi

era tan difícil como lo es hoy defender la idea de que cualquier visión extrema, o aun intermedia, era toda la respuesta. Isaiah Berlin ha demostrado que en la época en que los pensadores liberales y los ideólogos de izquierda confiaban todavía en la validez de sus sistemas, Turgueniev ya había alcanzado, a través de su obra artística, una visión mucho más rica y compleja.

No haya duda de cuál de los tres personajes des critos es tratado por Berlin con mayor simpatía. Berlin reconoce que no obstante la grandeza moral de Tolstoi, es imposible olvidar su ceguera en los momentos en que abandona la visión humana, ca racterística de su obra, por un dogmatismo repug nante. Asimismo, recuerda que a Turgueniev, pese a la claridad de su visión e inteligencia y su sen tido de la realidad, le faltaron el valor y el com promiso moral que tanto admiraba en la inte lligentsia radical: además, frecuentemente su vaci lación entre las distintas alternativas se produjo en un estado de “melancolía complaciente y be névola”, al fin desapasionada y desinteresada.

Es Herzen el autor con quien Berlin siente mayor afinidad, aunque está de acuerdo cuando Turgue niev dice que Herzen no había podido despojarse de una ilusión: su fe en el campesino ruso. Aunque sin mencionarlo, lo cita al final de su conferencia inau gural Dos conceptos sobre la libertad: “Compren der la validez relativa de nuestras convicciones y sin embargo sostenerlas sin cejar, es lo que distin gue al hombre civilizado del bárbaro.” Herzen que, como lo muestra Berlin, tuvo la visión sutil de un Turgueniev junto con el abnegado com promiso con la verdad digno de un Tolstoi, fue,

en este sentido, al mismo tiempo valeroso y civi lizado. Al comprender que “uno de los desastres modernos más profundos consiste en que el hom bre se halla atrapado por abstracciones, en lugar de realidac Herzen mostró que poseía en alto grado ese coherente pluralismo de visión que, para fsaiah Berlin, es la esencia misma de la sabiduría política.

A menudo se dice de los rusos que su peculiaridad nacional consiste en expresar de manera particu larmente extrema ciertas características universales de la condición humana; y para muchos, el signi ficado histórico de la intelligentsia rusa se deriva del hecho de que sus miembros encarnan el anhelo humano de absolutos, de manera patológicamente exagerada. Los epsayos de Berlin nos presentan una interpretación muy distinta y mucho más compleja de la “universalidad” de esa inteiligentsia, mos trando que por toda una gama de razones históri cas, no encarnó un solo anhelo humano, sino al menos dos, fundamentales y opuestos. El afán de afirmar la autonomía del hombre mediante la revuelta contra la necesidad chocó una y otra vez con su exigencia de certidumbres, dando a sus miembros agudas percepciones de los problemas morales, sociales y estéticos que en el presente si glo han llegado a ser considerados de importancia central.

Si este aspecto de su pensamiento ha despertado tan poca atención en Occidente, ello se debe, en cierta medida, a los manifiestos defectos teóricos de los escritos de la mayoría de los miembros de la in telligentsia. Lo repetitivo, lo incoherente, la prolife

rn ración de ideas mal digeridas de fuentes extranjeras, en los textos de hombres como Belinsky, junto co los desastres políticos de que son responsables, ha hecho que la mayoría de los estudiosos occidentales repitan fervorosamente la famosa frase de Chaa. daev: ‘“Si alguna lección puede dar Rusia al mun. do, es la de evitar a toda costa que su ejemplo se repita”. Pero con un agudo instinto de la calidad, que frecuentemente acompaña al sentido histórico, Isaiah Berlin ha descubierto, más allá (le los de fectos fbrmales de los escritos de la intelligentsia, una pasión moral que es digna de atención y d respeto. Los ensayos reunidos en este libro son un triunfo de la fe que Berlin ha venido predicando a su público desde hace muchos años: el entusias mo por las ideas no es un defecto ni un vicio; por lo contrario, los efectos nocivos de las visiones limitadas y despóticas sólo pueden combatirse efi cazmente por medio de una invariable claridad de visión moral e intelectual, que permita ahondar y exponer las implicaciones ocultas y consecuencias extremas de los ideales sociales y políticos.

Como señala Berlin en sus Cuatro ensayos oáre la libertad, ningún filósofo ha logrado probar o desmentir definitivamente la tesis (leterminista se gún la cual los ideales subjetivos no ejercen nin guna influencia sobre los hechos históricos; cm pero, los ensayos (le este libro, con su profunda percepción de la esencia moral del hombre corno fuente (le 511 humanidad, del modo en que los idea les son ‘vividos” en conflictos internos, delienden, más poderosamente que ninguna demostración 16 gica, la fe que ha imbuido todos los escritos de

LA COMPLEJA VISIÓN DE ISAIAH BERLIN 27

Isaiall Berlin: los hombres son moralmente libres

y mediante las ideas Y convicciones que sostienen

libremente, SOfl capaces de influir, para bien o

para mal, sobre los acontecimientos, mucho más a

menudo de lo que creen los deterministas *

AILEEN KELLY

de Jorge Pinto.

PRÓLOGO DEL AUTOR 29

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