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Principales tendencias de la propiedad raíz en el sur santafesino entre los siglos XVII y XIX por Lía Claudia García Introducción


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Principales tendencias de la propiedad raíz en el sur santafesino entre los siglos XVII y XIX
por Lía Claudia García

Introducción

El sur santafesino está conformado por una dilatada planicie, la cual ha impuesto desde siempre sus propias reglas de juego a quienes optaron por afincarse en ella. Esta región es una de las más fértiles del país tanto por la calidad de sus tierras como la abundancia de agua potable y su excepcional clima. Sin embargo, recién a mediados del siglo XIX la clase dirigente comprendió que su importancia no se basaba tan sólo en ser el paso forzoso de las comunicaciones entre Buenos Aires y el Interior sino que era uno de los sitios más adecuados para el asentamiento de numerosos grupos humanos, ya que allí podían desarrollar cualquier actividad agropecuaria.


En este caso se analizaron los rasgos más sobresalientes que presentaron las diferentes etapas de ocupación efectiva del área a partir de la adjudicación de las primitivas mercedes reales en el siglo XVII y la expansión de la frontera interior. Para continuar con el posterior fraccionamiento de las mismas hasta la aplicación de la legislación que promovió el fomento de la colonización y poblamiento al finalizar el XIX.
Esta breve síntesis constituye parte de un trabajo más extenso sobre el estudio de la relación entre la historia de la población y la agraria en un sector de la provincia. La importancia de esta exposición se basa en que por medio de la compulsa de las fuentes catastrales y notariales se pudo determinar quiénes fueron los dueños de las tierras y cómo fue delineándose la propiedad raíz durante las sucesivas fases de ocupación del espacio rural.
Naturaleza del área

El territorio santafesino está incluido dentro de la gran cuenca sedimentaria que se conoce como la formación Chaco-Pampeana, nombre que proviene de la lengua quechua: "chacus" responde al concepto de la región donde los aborígenes realizaban sus cacerías, y el término "pampa" corresponde al de campo raso.


La región sur se ubica dentro de la Pampa Ondulada, la cual constituye una unidad fisiográfica caracterizada por un relieve irregular, recortado por cañadas, arroyos y ríos. Este aspecto se debe a su activo proceso de disección y modelado superficial, producido por el ascenso diferencial de un bloque del basamento profundo -cratógeno del Macizo de Brasilia- que afectó a toda la pila sedimentaria hasta manifestarse en superficie. De manera que este sector se encuentra delimitado al oeste por la falla de Tostado-Selva-Melincué y al este por la dislocación recorrida por el río Paraná. A su vez se halla fracturado por un sistema de fallas ortogonales que han dado origen a bloques menores que se movieron en forma desigual entre sí.1
La consecuencia fisiográfica más evidente es la existencia de una red de drenaje densa y bien definida, con una marcada orientación de cursos en dirección suroeste-noreste, hacia el Paraná, cuyo trazado pone de manifiesto los movimientos del Cuaternario. El curso más im­portante del área es el río Carcarañá, que presenta una pendiente del 3 %. Mientras que en las nacientes de las cañadas y arroyos el terreno suele ser bastante plano con una inclinación del 0,5 %, y el agua de lluvias puede quedar temporalmente acumulada en la superficie.2
En cuanto a los materiales sobre los cuales se formaron los suelos están representados por sedimentos loéssicos, con importantes tenores de vidrio volcánico que meteoriza en minerales ricos en bases y produc­tores de arcillas expandibles, las texturas dominantes son franco limosas y gradualmente más gruesas hacia el oeste. Encima de esa base se constituyeron los suelos que se caracterizan por ser altamente humíferos, bien desarrollados, con porosidad y drenajes adecuados. Además presentan un color oscuro por el elevado contenido de materia orgánica proveniente de residuos vegetales y animales. La excepción la constituye el sector sudoeste donde la superficie es baja y deficiente su drenaje. 3

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El tipo climático del área, según la clasificación de Thornthwaite, co­rresponde a un subhúmedo-húmedo mesotermal con una temperatura media anual de 16,6 ºC. Las estimaciones pluviométricas muestran un descenso de este a oeste con promedios anuales que varían de 935 a 870 mm. No obstante, existieron años con deficiencias hídricas acentuadas, como consecuencia de la magnitud que adquiere la evapotranspiración y la sequía at­mosférica que es habitual durante la época estival en esta zona. 4


De acuerdo con los rasgos que presentan los suelos y el clima se desarrolló sobre esta superficie el bioma de pastizal que se distingue por ser entre semiduro y tierno, pero esa masa graminosa impedía el crecimiento de ciertas variedades de vegetales. Recién con el asentamiento de los colonos, que comenza­ron a labrar la tierra para ralear a las gramíneas, fue posible que se pudiera sembrar cereales, oleaginosas, al igual que otros tipos de cultivos, sino que también se arraigaran y desarrollarán distintas especies arbóreas.

Avances sobre la frontera interior


Desde el año 1620, aproximadamente, la situación de la ciudad de Santa Fe y sus zonas circunvecinas se hallaban amenazadas por los ataques de los aborígenes procedentes del norte, que al ser buenos cono­cedores del terreno dejaron en desventaja a los españoles. Por ese motivo los hacendados poseedores de suertes de estancias, que proveían a los vecinos de alimentos para su manutención, comenza­ron a interesarse por nuevas zonas con el objetivo de resguardarse de ese flagelo que los azotaba.
A partir de entonces las autoridades virreinales consideraron de suma necesidad poblar las distintas vías de comunicación que unían a las pocas y dispersas aldeas que se hallaban en pleno proceso de consolidación, para contener las permanentes incursiones que realizaban los aborígenes y gente de mal vivir. Fue así como empezaron a repartir las tierras realengas con la finalidad de que sus beneficiarios vigilaran los caminos y ríos navegables, proporcionando una relativa seguridad a quienes se atrevían a alejarse de los centros poblados.

El camino real -a la vera del Paraná- era el que menos protegido estaba de cualquier ataque y a lo largo del mismo surgieron las tres primeras mercedes reales. La primera fracción le correspondió a Alonso Fer­nández Montiel, en 1603, franja de cinco leguas con frente al río Paraná entre el paraje denominado la Matanza y el arroyo Tercero -Ra­mallo-.Luego se emplazó en ella la estancia Los Tres Arroyos, explotada hacia 1645 por Cristóbal Martín de Bethencourt, procediendo de esta hacienda el ganado cimarrón que dio origen a uno de los atractivos de la región.5


A la muerte de Bethencourt la superficie se dividió y una de las fracciones, que abarcaba desde el arroyo Segundo –también conocido como del Medio- hasta el Tercero, le correspondió a José Ontiveros; la segunda incluía el tramo que se extendía entre el arroyo Primero –Pavón- y la Matanza que pasó a manos de Tomás Galloso, quien en 1682 vendió esas tres leguas y 2649 varas a Antonio de Vera y Mujica.6
La segunda merced real fue concedida, en 1633, al General Luis de Nava­rrete, la superficie se extendía desde la desembocadura del Carcarañá hasta la Ca­ñada de Don Lorenzo, pero al no poblarla fue transferida, durante el año 1676, a Antonio de Vera y Mujica. Este predio se vio ampliado cuando se le cedió a este último la lonja restante, abarcando el área situada entre la margen derecha del río Carca­rañá y el arroyo Salinas –Ludueña-, así se convirtió en el mayor propietario del Pago.7

La tercera sección con frente sobre el Paraná, que comprendía los campos que lindaban con el arroyo Salinas –Ludueña- y la Matanza fueron adjudicados, en el año 1689, al Capitán Luis Romero de Pineda, la cual denominaron La Concepción. Tras su muerte la superficie se dividió entre sus hijas Francisca y Juana, al fallecer la primera las tierras fueron traspasadas a su único heredero Luis González Recio. Mientras que Juana Gómez Recio conservó toda la lonja que le dejara en la sucesión su padre en 1696. Desde esa fecha su establecimiento pasó a ser administrado por su yerno Antonio de Alzugaray y su hijo mayor Domingo, a excepción de algunas de las parcelas que le entregara a sus otros descendientes en calidad de dote.


A través de la demarcación de estos otorgamientos se deduce que el valor de las tierras dependía del mayor o me­nor acceso que tuvieran los beneficiados a las corrientes de agua, intere­sán­doles poco o nada el resto de sus confines. De esta forma la frontera interior se extendió, durante el transcurso del siglo XVII hacia el sur del río Carcarañá, zona que desde entonces se la conoció como el Pago de los Arroyos, iniciándose así la primera etapa coloniza­dora al acaparar las tierras mal llamadas "desiertas" o "espacios vacíos", ya que era el lugar que ocupaba el aborigen y el escenario de su nomadismo.

La ocupación efectiva del espacio


De acuerdo con el testimonio que dejó el Obispo de Buenos Aires Joseph de Peralta en su relación sobre la visita pastoral que llevara a cabo en Santa Fe, puede afirmarse que en 1716 se originó el éxodo de los habitantes de la ciudad y campaña por el peligro que significaba la presencia de los guaycurúes y charrúas cerca de sus hogares. Las familias debieron emigrar con unas pocas pertenencias a otros sitios, convirtiéndose el Pago de los Arroyos en uno de los que ofrecía mayor seguridad, porque el Carcarañá era todavía un obstáculo infranqueable para las incursiones de los aborígenes, así fue conformándose la base poblacional de la región.8
En 1719, el hijo de Vera y Mujica vendió todas las fracciones que había heredado de su padre en el Pago. Una de ellas era la que se ubicaba entre el arroyo Primero y La Matanza, la cual fue dividida en cuatro lotes y vendidos a Francisco Miguel de Ugarte, Antonio Montiel, Francisco Valdés y Rodríguez Colares. La segunda comprendía la lonja que se extendía desde la margen norte del arroyo Ludueña hasta el Carcarañá, cuyos compradores fueron los jesuitas y allí fue donde instalaron la estancia San Miguel del Carcarañal.9
Si bien la mayor parte del establecimiento de Bethencourt ya había sido enajenado por sus sucesores, sólo restaba vender la superficie que estaba situada entre los arroyos Primero y del Medio, y fue en 1725 cuando Domingo Agustín de Castro la adquirió. Pero sus descendientes volvieron a transferir toda la hacienda, en 1768, a las familias: Espinosa, Benítez, Roldán y Gómez.
Con la llegada de los jesuitas al Pago comenzó a producirse el lento proceso de transformación del paisaje rural. La matanza indiscriminada de vacunos determinó para entonces la casi extinción del cimarrón y por ende del sistema de vaquerías. La inexistencia de otra alternativa econó­mica obligó tanto a los religiosos como a los demás vecinos de la zona a dedicarse a la cría de ganado bovino, equino y mular, constituyéndose en la base esencial del patrimonio de todos los es­tablecimientos por la gran demanda que exigía el mercado.

Los primeros síntomas del cambio


La importancia que tenía por parte de los propietarios poseer aguadas naturales en sus campos para la cría de ganado, quedó reflejado en las escrituras de las mercedes reales y de sus posteriores divisiones, ya que se fijaba con exactitud cuál era el frente que tenían sobre el Paraná, en cambio sus confines se hallaban indefinidos. En 1740, las autoridades virreinales empezaron a cambiar de modalidad, al fijar los límites respecto del fondo de cada uno de los predios, el primer caso se llevó a cabo en la superficie que Ugarte tiempo antes había comprado a Vera y Mujica, adjudicándole 6 leguas.10

El acceso que tuvieron los vecinos a la propiedad raíz en los Arroyos era un hecho; sin embargo todavía se hallaban dispersos por toda la región, como consecuencia de la falta de un centro que los congregara. En 1741, un año después del deceso de Juana Gómez Recio, sus herederos tuvieron que entregar por deudas contraídas con José Narciso de Suero una lonja que constaba de 7.609 varas de frente al Paraná y 6 leguas de fondo. Dicha superficie fue inmediatamente dividida, y vendida en sucesivas etapas a partir del mismo momento de su adjudicación.


Las primeras 250 varas que vendió Suero las compró Santiago Montenegro, las cuales también las fraccionó: en una edificó su vivienda, varias de ellas las reservó para su hijos, otras fueron adquiridas por Pedro Urraco, Francisco Lucena y Jacobo Rosendo. Entre 1741 y 1773 Suero fue enajenando los demás terrenos entre: Pedro de Acevedo, Juan José Morcillo Baylador, Juan de Alsugaray, José Vergara, Bartolomé Cuevas, Luis Moreira, Paula Delgadillo y Juan Fernández Agüero.11 Fue así como en forma espontánea la población optó por asentarse entorno a la parcela que donara Montenegro para la construcción de una capilla, sitio que se convertirá en el primitivo casco urbano de Rosario.
Al estar toda la superficie sobre el Paraná ya enajenada y por la importancia que iba adquiriendo la región, en 1744, los funcionarios concedieron dos mercedes con frente al arroyo Primero, una a Marcos de Toledo Pimentel -heredada en 1791 por su hermano Antonio- y la otra a Pedro Manuel de Arismendi. El tercero en beneficiarse fue Pedro Franco, a quien se le entregó dos leguas de tierras en las cercanías del arroyo del Sauce, más precisamente en el paraje denominado India Muerta, dicho otorgamiento se relacionaba por el servicio brindado en defensa de la línea de fronteras.
El otro hecho significativo lo constituyó la expulsión de los jesuitas del Río de la Plata, y la posterior subdivisión de la estancia San Miguel por parte de la Junta de Temporalidades de Santa Fe. De esta manera que, en 1775, de los treinta lotes en que se fraccionó el establecimiento, veintidós fueron comprados ese mismo año por vecinos del Pago y de la ciudad de Santa Fe. Entre los nuevos propietarios se encontraban:


  • Con frente al río Paraná, entre la margen norte del Ludueña y la bajada de San Lorenzo: Pascual Farías, Antonio Vásquez, Francisco Villarroel, Cipriano Fernández, Eugenio Vidal, José Seco, Valerio González, Juan José Basualdo, Ramón Ábalos y Mendoza, Francisco Rodríguez y Juan Francisco Aldao.12




  • Con frente al río Carcarañá, desde el Paraná hacia el oeste: Ramón Ábalos y Mendoza, Ventura Andino, Manuel Isasa, Miguel Aguirre, Juan José Morcillo Baylador, Agustín Lucena, Pedro Urraco, José Santos Gaitán, Ramón de Ávalos y Mendoza13, Andrés Gallegos y Pedro de Acevedo.14

Al concluir el siglo XVIII sólo había sido enajenada gran parte de la superficie cercana a los ríos y arroyos, como resultado de la importancia que tenía la zona para la explotación ganadera. Mientras tanto el grupo de poseedores de predios aún era reducido, hasta la mayoría de los maestros de postas residían en tierras fiscales o bien en calidad de agregados en lotes que les habían cedido los hacendados. Si bien existieron algunas excepciones, esa tendencia se proyectará durante la primera mitad del XIX, porque quienes tuvieron mayor acceso a la tenencia de la tierra fueron los descendientes de los antiguos propietarios de la región.15



El colapso regional


Los interminables años en que se desarrollaron las guerras por la independencia y civiles como también el permanente hostigamiento de los pampas, dejaron profundas huellas sobre el paisaje y sus habitantes, ya que lo único que se destacaba eran ocasionales y precarias explotaciones extensivas de ganado. Aunque fueron muchos los esfuerzos para poder reacomodar la situa­ción, la realidad incidió de tal manera en el esquema orgá­nico del área, que ésta permanecerá sin manifestar ningún síntoma de cambio.
Respecto del acceso a la tenencia de la tierra por nuevos propietarios fue muy escasa, sólo se efectuaron algunas ventas de los lotes que la Junta de Temporalidades de Santa Fe no habían logrado efectuar en la centuria anterior. Uno de ellos se hallaba en la jurisdicción de Santa Fe aunque aledaño a Cruz Alta –compuesto de 33 cuerdas con frente sobre el Carcarañá-; no obstante en 1800 las autoridades cordobesas se tomaron la atribución de venderlo a Francisco Barrios, lo cual demuestra que la cuestión limítrofe entre ambas provincias no se había resuelto.16
Como derivación del deterioro del erario público de Santa Fe condujo a sus gobernantes a enajenar, entre 1817 y 1818, un extenso terreno que se extendía entre las adyacencias de la posta de Arequito y la Guardia de la Esquina, sus compradores fueron: Mariano Acevedo, el maestro de postas Simón Fuensalida y José Rodríguez. Otra lonja que los funcionarios vendieron en esos años le correspondió a Felipe Roldán, la cual se emplazaba en las cercanías de la posta de la Candelaria.
Hacia 1845, la modalidad en la adjudicación de los predios ya había cambiado, y a partir de ese año las autoridades se basaban en las denuncias que realizaban algunos pobladores sobre la existencia de tierras fiscales. Un ejemplo fue el de Pedro Angelis, quien compró 14 cuerdas con frente sobre el Paraná, en las proximidades de la bajada de Don Lorenzo.
Pese a los paliativos que se intentaron implementar para revertir la situación de Santa Fe todos eran insuficientes como para solventar el estado improductivo en que se hallaba el territorio. De este modo la provincia será a lo largo de la primera mitad del siglo XIX la más pobre y despoblada del Interior, la única alternativa que tenían sus escasos habitantes era continuar con las mismas pautas productivas de antaño.


Un nuevo punto de partida


Tras el pronunciamiento de Urquiza y la sanción de la Consti­tución Nacional de 1853, el país entró en una nueva etapa donde se trazaron los lineamientos esenciales para al­can­zar el camino de la organización definitiva, incluso cuando Buenos Aires se mantenía escindida del resto del país. Así el antiguo Pago de los Arroyos, que desde 1841 las autoridades provinciales comenzaron a denominarlo departamento Rosario, se convirtió en un lugar preponderante dentro del contexto general, debido a su estratégica ubi­cación geográfica entre Buenos Aires y el Interior.
A partir de ese mo­mento la clase dirigente emprendió la planificación regional para promover un nuevo cambio operativo, se elevó a la villa de Rosario a la categoría de ciudad, y se le asignó la tarea de ser la capital económica de la Confederación. Frente a este ambicioso plan la primera medida que tuvieron que tomar fue la expansión de la frontera interior para brindar una relativa tranquilidad a sus habitantes ante las eventuales incursiones de los aborígenes e incorporar más tie­rras potencialmente productivas para aquellos que desearan asentarse en la región. Este re­quisito esencial fue el que condujo al gobernador Rosendo Fraga entre 1858 y 1869 a organizar sucesivas expediciones contra los pampas, así el límite sur alcanzó la superficie que actualmente comprenden los distritos de Teodolina y Venado Tuerto.

De acuerdo con ese proyecto que se estaba gestando, las autoridades provinciales emprendieron el reordenamiento del registro de la propiedad raíz de la pro­vincia, a través de la creación de un archivo de catastro adecuado, porque existía una gran confusión respecto de los límites de los pre­dios rurales. Para resolver la situación de la mejor forma posible, el gobierno contrató al agrimensor Julián de Bustinza y al in­geniero En­rique Blyth para que efectuaran un exhaustivo relevamiento sobre las condi­ciones en que se hallaban los predios existentes en el de­partamento Rosario.


Esa delicada tarea provocó graves conflictos entre Bustinza-Blyth y los dueños de dichas tierras al prevalecer los intereses particulares de quienes la llevaron a cabo, ya que utilizaron al efectuar las mensuras de los campos una medida que posteriormente se conoció como la "vara de Bustinza", diferenciándose de la que habi­tualmente se empleaba en el país por ser más corta. Este hecho le valió, según el artí­culo 10 del contrato realizado con el gobierno provincial, incorporar a sus cuantiosos bienes algunas de las fracciones que todavía permanecían baldías. Uno de los terrenos que obtuvieron por medio de esa modalidad estaba compuesto de 90 cuerdas con frente sobre el río Carcarañá y a pocos kilómetros del límite con Córdoba.17
También fue común que los propietarios de los campos no tuviesen la documentación que certificara el dominio legal sobre los mismos, pues sus antepasados no habían podido conservarla por la serie de saqueos, incendios y toda clase de incidentes que vivieron en la campaña. Esto motivó numerosos pleitos, cuyos resultados no siempre favorecieron a los damnificados.
Si bien no se había esclarecido la situación en que se hallaban una gran cantidad de propietarios por carecer de los escritos que acreditaran su posesión, en 1857, la Legislatura provincial autorizó al Ejecutivo vender todas las propiedades que aún estaban en poder del fisco para acelerar la co­lonización agrícola. De allí en más Tomás Armstrong, deseoso de formar su propio imperio territorial, al igual que Nicolás Sotomayor y tantos otros empresarios iniciaron una carrera vertiginosa con la finalidad de acaparar la mayor parte de la superficie del departamento Rosario.18
En esa vorágine tampoco se mantuvieron al margen los herederos de los antiguos hacendados, que al mantener las escrituras necesarias, realizaron sus transacciones con el grupo de terratenientes que se estaba conformando, pues el cambio brusco en la valorización de las tierras esta vez los beneficiaba. Una fórmula notarial que se repetía en casi todos los contratos de compra-venta que se llevaron a cabo en esos años era: "... Asegura la otorgante, se lo vende con todas sus entra­das y salidas, derechos, costumbres, pastos, aguadas y servi­dumbres que le correspondan o pueden corresponder por la cantidad de sesenta onzas de oro selladas ...” 19 Esta frase reflejaba el interés que tenían los dueños de vender aquellas tierras a un elevado precio para la época, ya que hasta ese momento poco y nada les había redituado.

Entre dos alternativas

Durante la década de 1850 y 1860 el área no presentaba ningún atractivo particular, sólo existían explotaciones extensivas de ganado, y el proyecto de la clase dirigente parecía como que se iba diluyendo en el tiempo. Mientras los terratenientes se dedicaban a la especulación, al comprar y vender tierras de un día para otro sin desarrollar ninguna actividad en las mismas. La excepción la constituyó la fundación por parte del gobierno provincial de tres colonias sobre terrenos fiscales en la línea fronteriza, una era San José de la Esquina en adyacencias de la posta y guardia, la otra se ubicaba en la cercanías del fuerte de Melincué y se la denominó San Urbano, por último se emplazó en el límite con Buenos Aires a Villa Constitución.



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La iniciativa de aplicar esta nueva experiencia partió del "Gefe Político" del de­partamento Rosario, Nicasio Oroño, quien mucho antes de acceder al Ejecutivo provincial había proyectado promover estos asentamientos pobla­cionales en aquellos lugares con el objetivo de afincar a grupos de familias nati­vas y carentes de recursos. La idea era similar a la que se estaba aplicando en Buenos Aires, por ejemplo con Baradero y Chivilcoy, que consistía en reemplazar a la guarnición fronteriza e incentivar a la población a trabajar la tierra, proporcionándoles el terreno, las semillas y los elementos indispensables para esos menesteres.


Después que el Departamento de Tierras Públicas autorizó al Poder Ejecutivo a ceder las tierras fiscales correspondientes para tales emprendimientos, Oroño desde su cargo de gobernador decretó el trazado de los pueblos. Asimismo, las autoridades se comprometieron a excluirlos de la contri­bución directa, patentes e impuestos por el término de cinco años, debiendo a cambio lograr la defensa y seguridad de la zona.20
Las colonias oficiales en el sur santafesino, en realidad, no obtuvieron en una primera instancia los resultados que sus promotores deseaban alcanzar, porque los poblados se formaron pero los solares destinados a las tareas agrícolas no fueron ocupados hasta que en las décadas siguientes llegara la mano de obra extranjera con la experiencia necesaria para cambiar el paisaje rural.
En 1869, las autoridades santafesinas volvieron a contratar a Bustinza y a Blyth para que confeccionaran un plano catastral de la región sur y así poder comprobar cuál era la situación exacta de la propiedad raíz hasta ese momento. Como se puede verificar en el Plano II gran parte de la superficie departamental se había enajenado, pues de las 740 leguas cuadradas que la integraban sólo 110 permanecían en manos del fisco. Pero sus dueños eran los mismos empresarios que desde 1857 habían iniciado el proceso de concentración de la tierra.
Así que el anhelo de la clase dirigente de colonizar y poblar el área no se había concretado, y menos aún en cuanto a la creación de centros urbanos. Según el primer censo nacional los únicos existentes eran: Rosario, San Lorenzo, Villa Constitución, y los demás núcleos poblacionales por su escaso tamaño no se los ubicaba en esa categoría.

Auge de la colonización privada


Luego del frenesí especulativo de la etapa inicial generada por los altos valores en que se cotizaron las tierras, le siguió el período de la colonización por parte de las empresas privadas. La primera experiencia de este tipo se inició con el trazado del Central Argentino que unió a Rosario y Córdoba, porque la compañía ferroviaria además contempló la formación de colonias agrícolas y la creación de centros urbanos junto a las estaciones.
Las epidemias de cólera que diezmó, especialmente, a la población del sur santafesino entre 1867 y 1868; así también la fiebre amarilla que se propagó en 1870 y 1871 con una magnitud que les obligó a las autoridades nacionales a impedir la entrada de nuevos contingentes de inmigrantes, fueron en definitiva los factores más adversos que debieron enfrentar quienes habían promovido el proyecto colonizador.
Pese al impacto que aquellas enfermedades provocaron sobre estos nuevos emprendimientos, al igual que tantas otras contingencias que tuvieron que revolver los responsables de la Compañía de Tierras del Central Argentino, al comenzar la década de 1870, lograron concretar la fundación y el poblamiento en el sector sur de la provincia de las colonias Carcarañá y Bernstadt. Al mismo tiempo se crearon otras tres colonias:

  • Nueva Italia que fue fundada por Luiggi Petich, cónsul italiano en Rosario, y se emplazó con frente sobre el Paraná entre la cabecera departamental y el pueblo de San Lorenzo.

  • Jesús María se situó a 8 leguas de Rosario, también con frente al Paraná entre el pueblo de San Lorenzo y el río Carcarañá, sus fundadores fueron José María Cullen y Camilo Aldao.

  • Candelaria fue fundada por Carlos Casado y se estableció hacia el noroeste de Rosario sobre la superficie que ocupó la antigua posta que llevaba el mismo nombre que la colonia.21

El éxito de estos centros poblacionales se debió a las gestiones que realizaron sus fundadores para atraer a familias europeas con experiencia en las tareas agropecuarias. La propaganda efectuada en el extranjero dio en un principio tenues resultados, sin embargo así llegaron los contingentes iniciales de suizos, franceses, alemanes, y más que nada italianos. El proceso se incentivó con la promulgación de la Ley del 19 de oc­tubre de 1876 -bajo la presidencia de Avellaneda- que otorgaba una mayor segu­ridad a quienes deseaban establecerse en el país.


El accionar de estos inmigrantes al arribar a las colonias fue intenso hasta que lograron modificar en un corto lapso el paisaje que los rodeaba. La actividad que desarrollaron se basó en la extracción de la masa de gramíneas que cubría la superficie de los lotes que les adjudicaran los administradores, para luego cultivarlos. Entre epidemias, plagas de langostas, inclemencias climáticas y tantos otros inconvenientes por los que atravesaron los habitantes de la campaña, no obstante en poco tiempo más tuvieron la posibilidad de adquirir en cuotas el terreno que trabajaban y convertirse en propietarios.
Desde de entonces se fue generando un nuevo fenómeno en la estruc­tura económica a causa del paulatino incremento de la producción ce­realera del sur santafesino. Más aún cuando colonia Candelaria se convirtió, hacia 1878, en el lugar de donde se extrajo la primera producción de trigo argentino que se exportó a Inglaterra
Los centros urbanos que se crearon junto a las colonias del Central Argentino, fueron los primeros en repetir el tradicional esquema en damero, pero esta vez la cuadrícula estaba seccionada en dos por el trazado de las vías. Este modelo caracterizó a la mayoría de los poblados, que se erigieron como resultado de la vertiginosa expansión de las líneas férreas y de las áreas cultivables.
La idea concebida y lle­vada a la práctica por estos verdaderos pioneros de la colonización con capi­tales privados tuvo en el transcurso de las décadas siguientes la adhe­sión de diversas empresas que conti­nuaron la tendencia progresiva de comprar tierras, parcelarlas, para hacer aprobar sus planos y mensuras por los Departamentos Topográfico y Fiscal, quedando así oficialmente constituidas las colonias agrícolas.
La primera ley de colonización que aprobaron los legisladores provinciales fue en 1884, y tres años después la revocaron por otra disposición, la cual tuvo una gran repercusión porque desde su promulgación se incrementó el proceso iniciado en 1870. En ella se especificaba que toda colonia agrícola quedaba exceptuada de los impuestos de contribución directa y patentes, por el término de tres años, siempre que tuviese una superficie mayor de 25 kilómetros cuadrados, asimismo estaban comprendidos dentro de este privilegio los pueblos que se fundaran sobre las estaciones de los ferrocarriles con tal que su extensión no fuera menor de 130 hectáreas.
Para poder acogerse a los beneficios que establecía la ley de 1887, los fundadores de los pueblos estaban obligados a destinar en cada centro urbano los terrenos para templo, escuela, juzgado de paz, hospital, lazareto y plazas públicas; a dejar calles de veinte metros de ancho que debían ser delineadas en manzanas que tuviesen cien metros por costado. En las colonias los terrenos no podían ser arrendados, aún cuando se practicara la agricultura, no gozarían ningún beneficio sino eran vendidos en concesiones. En general, el acatamiento a dicha estipu­lación no se llevó a cabo, ya que en la mayo­ría de ellas existió un ele­vado porcentaje de arrendatarios y se aprobaron planos de pueblos que nunca existieron, no obstante a nadie se le retiró el privilegio fiscal acordado.22
La falta de cumplimiento de los artículos de aquella disposición también preocupaba a las autoridades santafesinas, como al Gobernador Juan Cafferata, que durante el men­saje pronun­ciado ante las Cámaras Legislativas de 1890 se refirió a las anoma­lías que existían en los establecimientos rurales que fraccio­naban los campos para explotarlos mediante el sistema de arrenda­miento y que errónea­mente se denominaban colonias, porque no aca­taban las exigencias lega­les: "...Para formarse una idea exacta del desarrollo agrícola, es necesario recordar que es importantísima la extensión de tie­rras entregadas al cultivo por los mismos propietarios del suelo que arriendan, en vez de enajenar, y que no es oficialmente conocida por cuanto solo se presentan a la aprobación del Poder Ejecutivo los planos de aquellas Colonias que están destinadas a ser vendidas..." 23
El gobernador era consciente de las irregularidades que se cometían en las colonias agrícolas, al mismo tiempo sabía que no podía implementar medidas severas cuando la provincia se convertía en una esperanza para el país. Ante el colapso económico de 1890, Cafferata, lo calificó como una "crisis de pro­greso", porque en Santa Fe se incrementaba la superficie cultivable, el rendimiento por hectárea era cada vez superior por el mejoramiento del tipo de semilla, aumentaba la calidad de las especies ganaderas, el mercado internacional era favorable, y además no había decaído el espíritu de empresa y trabajo; por ende, las condiciones estaban dadas para que el modelo agroexportador empezara a consolidarse.

Al filo del siglo XX


El ritmo que alcanzó el proceso de colonización entre los distritos rurales que componían la región fue desigual. Esa afirmación se puede corroborar a través del Plano catastral lII correspondiente a 1894, en el cual se puede observar la marcada diferencia exis­tente en el sector sur donde se mantuvieron las gran­des extensiones de tierras con escaso fraccionamiento, porque sus dueños prefirieron destinarlas a la producción ganadera.
Mientras tanto en el resto de la superficie se multiplicaban los centros agrícolas como consecuencia de la ley de 1887 que aún estaba vigente. Pero la principal tendencia que presentaron, durante la última década del siglo XIX, era que el colono no tenía la posibilidad de adquirir la tierra que trabajaba. El aumento del precio de la misma condujo a los propietarios al arrendamiento y a cometer graves abusos por las condiciones que le imponían a quienes optaban por esta alternativa. La falta de una legislación que regulara este sistema, le impedía en la mayoría de los casos que el productor exigiera un contrato escrito.

Respecto de la evolución de los pueblos rurales distó de ser pareja. En una pri­mera etapa varios de ellos atravesaron por circunstancias visiblemente desfavorables, las cuales fueron desapareciendo como derivación del rá­pido desarrollo de la red de transporte que protegió a unos a expen­sas de otros; esa atracción fue ejercida especialmente por aquellas loca­lida­des que habían experimentado un mayor desarrollo comercial.


La forma más fehaciente de comprobar el progreso y crecimiento de cada uno de los centros urbanos que aún perduran en el área, se debió al establecimiento de sus propias autoridades locales, que a tra­vés de la constitución de las Comisiones de Fomento tuvieron la obliga­ción de normar, vigilar y colaborar ante las necesidades más urgentes de la población.
Así fue como se afianzó el movimiento colonizador en el sur santafesino, que provocó la transformación, y posterior fijación de una cierta estabilidad, de la estructura regional de acuerdo al éxito obtenido en cada caso particular, acentuándose a la vez las tendencias moderni­zan­tes tan preconizadas por la clase dirigente de esa época.

Consideraciones finales


Por medio de esta breve exposición se delineó las principales tendencias que presentó la posesión de la tierra, en la región sur de Santa Fe, a lo largo de tres siglos. De manera que a través de la misma se puede comprender los cambios y permanencia que presentaron las sucesivas fases de ocupación efectiva del espacio rural.
En un primer momento se subrayó la importancia que revistió la superficie bajo estudio por su ubicación estratégica y los factores naturales que se transformaron en elementos condicionantes para el asentamiento pobla­cional y la práctica de una actividad agropecuaria intensiva. Pero para comprender la situación que debió enfrentar el hombre ante un ambiente que en apariencia no le ofrecía los medios necesarios de subsistencia, se debió hacer un estudio sobre las distintas etapas de ocupación del espacio para observar cómo se fue modificando el paisaje rural hasta humanizarlo.

El punto de partida de este trabajo fue la demarcación primaria de la región por medio de la apropiación y uso efectivo de la tierra siguiendo esa línea permeable llamada frontera que fue alcanzando su expansión de acuerdo con los ob­jetivos impuestos durante las diferentes etapas de poblamiento. En cada una de ellas se registraron los antecedentes indispensables para vis­lumbrar la evolución que se llevaba a cabo, mientras se articu­laban las distintas instancias que estaban asociadas con las modificacio­nes en el orden productivo que se generaban dentro del área.


El avance de la frontera y el cam­bio de la mentalidad de la clase dirigente, en el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX, se constituyeron en las condiciones esencia­les para propiciar el fomento de la colonización oficial y privada, el incremento de las líneas férreas y la expansión de su superficie cultivable, dándole al antiguo Pago de los Arroyos una nueva fisonomía.

1 Pasotti, Pierina: Interpretación de algunos rasgos morfológicos en el oriente de la llanura pampeana en la Provincia de Santa Fe. Facultad de Ciencias Exactas e Ingeniería de Rosario, Serie A, nº 3. Rosario, 1969. págs 2 a 12. Pasotti, Pierina: La neotectónica en la llanura pampeana. Instituto de Fisiografía y Geología, Facultad de Ciencias Exactas e Ingeniería de Rosario, nº 63. Rosario, 1974. págs 3 a 17.

2 Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria: Cartas de suelos de la República Argentina. Buenos Aires, s/d. pág 9.

3 Ibidem, págs 16 a 19.

4 Bonfils, Constante: Suelos del centro-sur de la Provincia de Santa Fe. En: Sociedad Argentina de Estudios Geográficos: Estudios de Geografía de la Provincia de Santa Fe. Serie especial nº 9. Buenos Aires, 1981. pág 180.

5 El paraje conocido como La Matanza se ubica entre los arroyos Primero y Seco, el cual recibió dicha denominación por ser el lugar donde murió Juan de Garay.

6 Archivo de Protocolos de Escribanos de Rosario: documentos varios. Informe de los terrenos de propiedad pública situados en el Departamento Rosa­rio, realizado por el Agrimensor Julián de Bustinza y el Ingeniero Enrique Blyth en 1856 y planos adjuntos. La vara castellana equivalía a 0,835 metros.

7 Archivo del Museo Etnográfico de Santa Fe: Expedientes Civiles. Tomo 22, Legajo nº 121, años 1720-1726.

8 ARAHM: Colección Mata Linares, Tomo LXVII, 17º parte, Buenos Aires, enero de 1743.

9 Archivo de Protocolos de Escribanos de Rosario: documentos varios. Informe Bustinza-Blyth y planos adjuntos, doc cit.

10 Idem.

11 García, Lía: Las familias propietarias de tierras en el primitivo núcleo urbano de Rosario de Santa Fe. En: Boletín del Centro Genealógico de Córdoba, nº 27. Córdoba, 1998. 197 a 202.

12 El 28 de marzo de 1786, Manuel de Arredondo Regente de la Real Audiencia Pretorial de las Provincias del Río de la Plata, le entregó por Real Cédula a los franciscanos el casco de estancia de San Miguel, donde crearon el Colegio de Misioneros San Carlos de Propaganda Fide, que además atendió a los pobladores establecidos entre ambas márgenes del Carcarañá. Pero debido a la inseguridad y aislamiento que presentaba el área, Félix de Aldao, hijo de Juan Francisco, en 1790, le donó a la Orden una fracción de las tierras heredadas compuesta de un cuarto de legua con frente al Paraná y una de fondo, fue en ese lugar donde se trasladaron los religiosos para fundar el Convento de San Carlos (actual distrito de San Lorenzo).

13 Cabe aclarar que Ramón Ábalos y Mendoza se menciona en tres oportunidades, porque esa era la cantidad de predios por él adquiridos.

14 García, Lía: El proceso de ocupación de ocupación de tierras en un sector del sur santafesino. La estancia San Miguel del Carcarañal y su posterior fraccionamiento. En: II Jornadas Nacionales de Historia Regional. Río Cuarto - Córdoba, 1997. págs 2 y 3.

15 Archivo de Protocolos de Escribanos de Rosario: documentos varios. Informe Bustinza-Blyth, doc cit.

16 La cuerda castellana equivale a 40 varas castellanas, es decir a 83,60 metros.

17 Idem. Durante el siglo XIX se utilizaron distintos tipos de varas: la de Bustinza era de 0,848 metros, la rosarina equivalía a 0,862 metros, la común a 0,866 metros y la cordobesa 0,868 metros.

18 Informe Bustinza- Blyth de 1856, doc cit. Plano Catastral confeccionado por el Agrimensor Julián de Bustinza y el Ingeniero Enrique Blyth en 1869.

19 Archivo de Protocolos de Escribano de Rosario: Escribano Carlos Raymond, 30 de abril de 1858.

20 Archivo General de la Provincia: Archivo de Gobierno: Tomo 24, fol 15 y sigs., año 1862. Archivo de la Legislatura de la Provincia de Santa Fe: Cámara de Diputados, Actas de Sesiones: Tomos 1864 y 1870. Carrasco, Gabriel: Las Colonias de la Provincia de Santa Fe; Santa Fe, 1893.

21 Wilcken, Guillermo: Informe del estado actual de las Colonias Argentinas, presentado a la Comisión Central de Inmigración, 1972. Buenos Aires, 1873. Carrasco, Gabriel: Las Colonias de la Provincia de Santa Fe, doc. cit. Dirección General de Catastro de la Provincia de Santa Fe, Archivo del Departamento Cartográfico: expedientes varios.

22 Tamburini Editores (Compiladores): Recopilación de Códigos y Leyes vigentes en la Provincia de Santa Fe. Rosario, 1935. págs 877 a 889.

23 Comisión Redactora de las Instituciones de Santa Fe: Mensajes del Poder Ejecutivo. Tomo VI. Santa Fe, 1969. pág 318


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