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Primera parte las doctrinas anarquistas el anarquismo como filosof


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La ideología anarquista” de Ángel j. Capelletti

LA IDEOLOGÍA ANARQUISTA*

Ángel J. Capelletti



PRIMERA PARTE
LAS DOCTRINAS ANARQUISTAS


EL ANARQUISMO COMO FILOSOFÍA SOCIAL

El anarquismo, como filosofía social y como ideología, nace en la primera mitad del siglo XX. Igual que el Marxismo, supone pues, la revolución Francesa, el ascenso de la burguesía, la formación de la clase obrera, el nacimiento del capitalismo industrial, tiene sin duda igual que el marxismo una larga prehistoria, pero su formulación explicita y sistemática no puede considerarse anterior a Proudhon.


Aun cuando sus principales representantes como Bakunin y Kropotkin, vincula la concepción anarquista en la sociedad y de la historia con la concepción materialista y evolucionista del universo; aun cuando la mayoría de los teóricos, de Proudhon en adelante, la relación con el ateismo o, para ser más preciso, con el antiteísmo, no puede demostrarse que tal vinculación sea lógica e intrínsecamente necesaria.
De hecho algunos pensadores de singular importancia del anarquismo desconocen y, más aun, contradicen la fundamentación materialista y determinista de la idea anarquista de la sociedad y de la historia. Tal es el caso, en el siglo XX, de Malatesta y Landauer. Tampoco han faltado quienes, como Tolstoi intentaba basar una concepción anarquista en el cristianismo y en la fe, ciertamente adogmática y anticlesiástica, en el Dios evangélico.
Inclusive la absoluta confianza en al ciencia como fuente de conocimientos incontrovertibles acerca del mundo y como sólido fundamentado de la sociedad ideal ha sido objeto de severas criticas en el pensamiento anarquista de nuestro siglo.
También en le marxismo son muchos los filósofos que desvinculan hoy totalmente el materialismo histórico (esto es, la concepción que Marx desarrolló sobre la sociedad y la historia) y el materialismo dialéctico (es decir, la filosofía de la naturaleza, que es, sobre todo obra de Engels).
Así como no faltan en nuestra época quienes pretenden encontrar en el Marxismo un método de investigación e interpretación de la sociedad, que se que se puede aplicar prescindiendo de cualquier concepción del mundo y de la vida, tampoco han faltado quienes pretenden reducir al anarquismo en un mero fermento revolucionario o a una mera conciencia critica de la izquierda. Esto implica, sin duda, minimizarse significado con el pretexto de universalizarlo y de justificar su necesidad en el mundo actual.
Cosa muy distinta es el reconocimiento de que, en la actualidad, diversas ideas que son típicamente anarquistas o que han surgido históricamente en el contexto de la doctrina y de la praxis anarquista han sido asumidas por la izquierda marxista, y aun por los partidos democráticos, liberales o populistas, o han dado lugar a corrientes autónomas con finalidades determinadas y parciales. Tal es por ejemplo, el caso de la autogestión, hoy inscrita en el programa de muchos partidos socialistas Europeos tal es el caso del antimilitarismo, que ha generado el movimiento de los objetores de conciencia en los estados unidos y en Europa occidental. Un trasfondo anarquista, no muy claramente definido pero no por eso menos real y actuante, está presente en muchos grupos juveniles y de la llamada <> en movimientos contestatarios, feministas, antirracista, ecologistas, etc.


EL ANARQUISMO COMO IDEOLOGÍA

Un problema bastante discutido entre los historiadores y politólogos es el carácter de clase de la ideología anarquista. En el pasado los marxistas sin excepción se empeñaban en presentar el anarquismo ya como una ideología de los pequeños propietarios rurales y de la pequeña burguesía (artesanos, etc.) ya como una ideología del lumpen proletariat. El propio Marx trataba a Proudhon como un petit-bourgeois y a Bakunin como un <>. Hoy algunos marxistas más lucidos o menos dogmáticos reconocen que el anarquismo ha sido y es una de las alternativas ideológicas de la clase obrera.


Si de algo sirviera recordar que Proudhon era hijo de un tonelero y de una sirvienta, mientras Marx lo era de un prospero abogado Y Engels de un rico industrial. Pero entonces tendríamos que traer a colación también el hecho de que Kropotkin era un príncipe de las más antiguas estirpes nobiliarias del imperio Ruso y que Bakunin era también miembro de una aristocrática familia, vinculada con altos dignatarios de la corte del zar.
Lo cierto es que allí donde el anarquismo floreció y logró influencia decisiva sobre el curso de los acontecimientos, sus huestes estaban mayoritariamente integradas por obreros y campesinos. Varios ejemplos podrían traerse, pero el más significativo es, sin duda, el de España.
Bien sabido es que, pase al esfuerzo y al disciplinado tesón de los enviados de Marx y de los discípulos de Pablo iglesia, la clase obrera española, en al medida en que tuvo alguna ideología consiente, fue mayoritariamente anarquista (al menos entre 1870-1940). No todos las regiones y provincias de España, sin embargo, el anarquismo arraigó con igual fuerza. Sus principal baluarte de fue, indiscutiblemente, Barcelona. Ahora bien, Barcelona era la ciudad mas industrializada y, por consiguiente, la de mayor población obrera en la península. La conclusión es clara no se puede dudar de que el anarquismo es allí la ideología de la clase obrera, y ello no sólo porque la mayor parte de los trabajadores industriales la han abrazado como propia, sino también por que tal ideologías es el motor principal (si no único) de todos los cambios auténticamente revolucionarios que allí se producen. Pero es cierto también que en muchas regiones el anarquismo es profesado por las masas de los campesinos sin tierra y que en esas regiones en nombre del anarquismo se realiza todo cuanto de revolución de hace.
Más aun, inclusive el lumpen proletariat ha abrazado a veces el anarquismo, sobre todo en los momentos de gran agitación social y de efervescencia revolucionaria (lo cual no quita que otras veces se haya puesto al servicio del fascismo).
¿Quiere esto decir, entonces, que el anarquismo es una ideología poli clasista? Quiere decir que, aunque surge, se desarrolla y alcanza su mayor fuerza dentro de la clase obrera, es una ideología de tas las clases oprimidas y explotadas en cuanto tales, mientras sean capaces de liberarse sin oprimir o explotar a otras clases, quiera decir que, si bien halla ante la clase obrera su protagonista, corresponde asimismo a otras clase sometidas e inclusive puede extenderse a minorías discriminadas. En esto se muestra el carácter amplio y no dogmático del anarquismo: no tendría ninguna dificultad en aceptar que la clase obrera puede, en determinadas circunstancias históricas, dejar de ser la protagonista de la revolución y que su bandera pueda ser recogida por otra clase o por un sector de otra clase. Las ideas de Marcuse a este respecto, que tanto escandaliza a la ortodoxia marxista, no son una herejía ni siquiera una novedad para el anarquismo. Dentro de la misma clase obrera son los sectores más explotados, las victimas de los mayores rigores del sistema capitalista y de la más cruel represión político-militar lo que, en general, se inclinan más hacia el anarquismo.

El marxismo, por el contrario, encuentra sus mejores adeptos sobre todo en las capas medias y altas de la clase obrera, entre los obreros especializados, alfabetizados, entre los semi-técnicos y los casi letrados y desde luego, entre quienes renuncian a la opción pequeño burguesa por la aspiración más o menos consiente la funcionariado en el presunto estado <>.




SOCIEDAD Y ESTADO

<> no significa en modo alguna ausencia de orden o de organización. Los pensadores anarquistas, desde Proudhon, opusieron el orden inmediatamente, surgido de la vida misma de la sociedad, de la actividad humana y del trabajo, al orden trascendente, externo, impuesto desde afuera por la fuerza física, económica o intelectual. El primero, que no sólo el único autentico sino también el único sólido y duradero, supone la supresión del segundo, falaz y esencialmente inestable. En esta oposición se basa la aparente paradoja Proudhoniana: la libertad no es la hija del orden sino su madre.
Aunque en un momento dado se produjo un debate bastante violento entre los anarquistas partidarios de la organización por un lado y los enemigos de la misma por otro, la disputa se refería, más bien al tipo de organización deseable y a al participación de los anarquistas en los sindicatos. Nadie casi nadie ha desconocido la necesidad de una organización; todos los anarquistas, sin excepción, se han pronunciado contra cualquier organización artificiosa, impuesta y, sobre todo, vertical; no quiere decir, tampoco, negación de todo poder y de toda autoridad: quiere decir únicamente negación de todo poder permanente y de toda autoridad instituida, o en otras palabras, negación del estado.
Los anarquistas pueden admitir perfectamente la intrínseca autoridad del médico en lo que se refiere a la enfermedad y a la salud pública en general o del agrónomo a lo que toca al cultivo del campo: no puede: aceptar, en cambio, que el médico o el agrónomo que por el hecho de haber sido elegidos por el sufragio universal o impuesto por la fuerza del dinero o de las armas, decidan permanentemente sobre cualquier cosa, sustituyan a la voluntad de cada uno, determinen el destino y al vida de todos. Del mismo modo que las sociedades llamadas primitivas no desconocen el poder (y aun, como quiere Clastres, el poder político), pero se caracteriza esencialmente frente a los pueblos civilizados por ignorar al estado, esto es, el poder político permanente e instituido, los anarquistas aspiran a una sociedad no dividida entre gobernantes y gobernados, a una sociedad sin autoridad fija y predeterminada, a una sociedad donde le poder no sea trascendente al saber y a la capacidad moral e intelectual de cada individuo.
En una palabra los anarquistas no niegan el poder si no ese coágulo del poder que se denomina estado: tratan de que el gobierno, como poder político trascendente se haga inmanente, disolviéndose en la sociedad.
La sociedad, que todos los pensadores anarquistas distinguen cuidadosamente del estado, es para ellos una realidad natural, tan natural por lo menos como el lenguaje. No es el fruto de un pacto o un contrato. No es, por consiguiente, algo contingente, accidental, fortuito. El Estado por el contrario, representa una degradación de esa realidad natural y originaria. Se lo puede definir como la organización jerárquica y coactiva de la sociedad. Supone siempre una división permanente y regida entre gobernantes y gobernados. Esta división se relaciona obviamente con la división de clases y gobernados, implica el nacimiento de la propiedad privada.
El marxismo coincide en líneas generales, con esta última tesis. Pero un grave problema se plantea a este propósito y la solución del mismo vuelve a dividir a marxistas y anarquistas. Para los primeros la propiedad privada y a la aparición de las clases sociales da origen al poder político y al estado. Éste no es sino el órgano o el instrumento con que la clase dominante asegura sus privilegios y salvaguarda su propiedad. El poder político resulta así una consecuencia del poder económico. Éste surge primero y engendra aquél. Hay, por tanto, una relación lineal y unidireccional entre ambos: poder económico (sociedad de clases) poder político (estado). Para los anarquistas, en cambio, es cierto que el estado es el órgano de la clase dominante y que el poder económico genera el poder político, pero éste no es si no un momento del proceso genético: también es verdad que la clase dominante es órgano del estado y que el poder político genera el poder económico, La relación es aquí circular y, sin duda dialéctica (a pesar de que algunos anarquistas como Kropotkin, rechacen toda forma dialéctica): poder económico (sociedad de clases) poder político (estado).
La raíz de todas las diferencias entre marxismo y el anarquismo en lo referente a la idea de la sociedad, del estado, de la revolución, se encuentran precisamente aquí.
Los anarquistas saben (desde Proudhon y Bakunin) que una revolución que pretenda acabar con las diferencias de clase sin acabar al mismo tiempo (y no más tarde) con el poder político y la fuerza del estado está inevitablemente condenada no sólo a consolidar el estado y a tribuirle la totalidad de los derechos, si no también a engendrar una nueva sociedad de clases una nueva clase dominante. En este sentido, las palabras que Bakunin escribiera en su polémica con Marx y la socialdemocracia de su tiempo resultaron proféticas. Algunos marxistas lo reconocen así en nuestros días, obligados por el mismo Marx a confesar que los países llamados <> han sustituido simplemente el clásico capitalismo de la libre empresa por un capitalismo de estado; que el papel de la burguesía ha sido cómodamente asumido, en la URSS, por una clase nueva tecno-burguesa; que las llamadas <>, lejos de superar las limitaciones e incongruencias de la democracia representativa, las han grabado hasta la caricatura, y que de la auténtica democracia directa de los soviets de 1918 no queda hoy sino el nombre irónicamente adosado al nombre de un estado donde no hay ningún tipo de autogestión auténtica.


ESTADO Y GOBIERNO

El principal centro de los ataque de los anarquistas es el estado porque éste representa la máxima concentración del poder. La sociedad está dividida esencialmente por obra del estado; los hombres se encuentran alienados y no pueden vivir una vida plenamente humana gracias, ante todo, a tal concentración de poder. La existencia del poder es algo natural en la sociedad: cada individuo y cada grupo natural dispone de un poder más o menos grande, según sus disposiciones físicas e intelectuales.


Tales diferencias no son nunca, por si misma, demasiado notables. En términos generales puede decirse que la vida social tiende hacerlas equivalentes. En ningún caso el exceso del poder que naturalmente dispone el individuo o un grupo natural basta para establecer un dominio sobre la sociedad y sobre los demás hombres considerados en conjunto.
Sin embargo por causas diferente, y no siempre claramente comprendidas, el poder de los individuos y de los grupos comienza a reunirse ya concentrarse en unas pocas manos. El fenómeno básico que da origen a tal concentración puede describirse como una delegación (que pronto se convierte en cesión definitiva) de los poderes de los individuos y de los grupos naturales (comunidades locales, gremios, guildas, confraternidades, etc.). E n términos éticos cabria describirse tal cesión una actitud de fundamental pereza o cobardía. Desde un punto de vista social debe explicarse así: los hombres (individuos y grupos) ceden a determinados individuos el derecho de defenderse y de usar sus energías físicas, a cambio de ser eximidos del deber de hacerlo. Nace así el poder militar. Ceden también el derecho de pensar, de usar su capacidad intelectual, de forjar su concepción de la realidad y su escala de valore, a cambio de ser relevados de la pesada obligación y del duro deber de hacerlo. Nace entonces el poder intelectual y sacerdotal, Guerreros y sacerdotes exigen al mismo tiempo una partición de los bienes económicos y ante, todo, de la tierra. Y para hacer respetar los derechos que se les han cedido y las propiedades que ipso facto han adquirido, instituyen al estado y la ley, y eligen de su propio seno al gobernante o los gobernantes.
Nace así, junto con las clases sociales y a la propiedad privada, el estado, que en síntesis, cifra y garantía se todo poder y de todo privilegio. Lejos de ser, pues, una entidad universal, imparcial, anónima, el estado es la expresión máxima de los interese de ciertos individuos y de ciertas clases. Lejos de ser la más perfecta encarnación del espíritu, pues nace de la cobardía y se nutre de los más mezquinos intereses.


BUROCRACIA Y PARLAMENTARISMO

La crítica del estado asume una forma particular en la crítica de la burocracia. Y está es sin duda la forma más accesible al público no anarquista, al ciudadano común y ajeno a cualquier ideología política de los grandes centros urbanos e industriales. Por otra parte, también han sometido a crítica a la burocracia muchos pensadores liberales y hasta algunos marxistas. Así, De Tocqueville concuerda con Kropotkin en el análisis de la burocracia francesa.


La burocracia nace del estado y puede decir que se desarrolla dentro de él. No hay estado sin burocracia y ésta extiende sus funciones a medida que el estado se hace más estado, es decir, a medida que éste se hace más centralista y autoritario. En primer lugar, los pensadores anarquistas suelen señalar la irracionalidad de la estructura burocrática; después su naturaleza mecánica opresiva; y, su carácter antieconómico. Durante el antiguo régimen, si el viento derriba un árbol en un camino público -observa Kropotkin- , no se le podía retirar y vender sin haber cinco o seis trámites: con la tercera república es preciso intercambiar no menos de cincuenta documentos. El estado genera así una burocracia de mi9les de funcionarios y gasta en pagarles mimes de millones. Pero la mismo tiempo prohíbe a los campesinos unirse entre si para solucionar sus problemas comunales. Tales observaciones de Kropotkin cobran cada día mayor vigencia, ya que la burocracia crece y se multiplica de año en año, y al mismo tiempo que resulta más ineficaz y parasitaria.
En el siglo pasado, se necesitaban semanas para llegar de Caracas a Buenos Aires, pero podía uno embarcar uno casi sin tramite burocrático alguno; en nuestros días el viaje se hace en unas horas, pero se necesitan semanas para llenar todos los requisitos previos que el estado exige al viajero. Está de más que está impertinencia fastidiosa y tanto más irritable cuanto más pequeño, lejos de haber sido atenuada en los llamados <
>, se han potenciado al máximo: los burócratas han llegado a constituirse allí en la nueva clase dominante, por que, sin haber logrado la propiedad <> de los medios de producción, han concentrado en sus manos los medios de decisión, como bien advierte Cornelius Castoriadis. En los llamados <
>, a su vez, la burocracia como clase no sólo comparte el poder con los dueños de los medios de producción, es decir, con los capitalistas (por lo demás agrupados en grandes empresas transnacionales que equivalen, desde el punto de vista económico, a los estados <>), si no que inclusive se sobrepone a los mismos capitalistas, <> o como <>.
Los anarquistas se han opuesto siempre a la democracia representativa y al parlamentarismo por que consideran que toda delegación del poder por parte del pueblo lleva infaliblemente a la constitución de un poder separado y dirigido contra el pueblo. En el antiparlamentarismo coincidieron, durante un tiempo, con los bolcheviques y los marxistas revolucionarios. Más allá de las posiciones de estos, es que se oponían a la democracia indirecta y a los comicios democráticos por que aspiraban simplemente a imponer la dictadura del proletario (esto es, la dictadura del partido), los anarquistas propusieron siempre como única alternativa la democracia directa. Democracia -piensan- supone burocracia, democracia representativa supone manipulación de la voluntad popular por parte del gobierno y de las clases dominantes; democracia representativa quiere decir de los menos aptos y decisión en manos de los que no saben. ¿Puede acaso un diputado, aun cuando fuera un sabio en algún campo particular (que es difícil que lo sea), opinar y decir con competencia sobre todos los problemas, tanto educativos como financieros, tanto jurídicos como criminológicos, tanto culturales como agrícolas? Y, por otra parte, aun cuando pudiera, aun cuando la tradujera alguna vez.
¿Cómo podría saberse que la seguirá traduciendo siempre? ¿Cómo puede un hombre hacer representar su opinión por un lapso de cuatro o seis años, cuando no puede saber si quiera qué opinara la semana que viene?
Para los anarquistas, la democracia representativa es una ficción, más o menos hábilmente tramada por al burguesía para detentar el poder del pueblo y de los trabajadores. Sólo la democracia directa (en forma de consejos, soviets, asambleas, comunales, etc.), es democracia autentica y merece el nombre (lamentablemente degradado) de democracia popular.


LA REVOLUCIÓN

La existencia de una sociedad de clases está inescindiblemente vinculada, para el anarquismo, con la abolición del estado. Por la razón, el criterio para discernir la autenticidad de una revolución está dado por la real y efectiva liquidación de poder político y del aparato estatal desde el mismo instante en que la revolución se produce. Los anarquistas no han comprendido jamás la teoría marxista del estado como superestructura que caería de por si, como fruto maduro, cuando se instaura el comunismo y desaparecieran loa últimos vestigios de la sociedad de clases. Afirmar como Engels, que en un remoto futuro el estado será relegado al museo de antigüedades, les parece una actitud singularmente evasiva e irrealista. Esto no quiere decir, sin embargo, que para ellos el estado pueda y debe abolirse al día siguiente de la revolución. Ningún pensador anarquista ha defendido tal idea, y contra ella se pronunciaron con claridad Kropotkin como Malatesta. Pero ningún pensador anarquista ha dejado tampoco de insistir la exigencia de iniciar la liquidación del estado junto con y no después de la demolición de la superestructura clasista de la sociedad. La revolución es entendida por los anarquistas no como conquista del estado sino como la supresión del mismo.


Desde un punto de vista positivo, muchos teóricos del anarquismo, como Bakunin y Kropotkin, la conciben simplemente como la toma de posiciones de campos, fábricas y talleres (de la tierra y de los medios de producción) por parte de los productores. Lo cual no excluye, para ellos, la necesidad de defender con las armas la expropiación o, por, mejor decir esta restitución de toda la riqueza a quienes son sus legítimos dueños, puestos que la han creado. Quienes no apelan a la idea de la revolución, como es el caso de Prohudon y sus discípulos, confían de todas maneras en la acción mutualista de los productores, que han de conducir de por si a una autogestión integral y a la liquidación de la idea misma de la propiedad y del estado.


SISTEMAS ECONÓMICOS

Aunque todos los anarquistas, sin excepción, aspiran a la instauración de una sociedad sin clases, no todos están de acuerdo con el régimen de propiedad que debe establecerse en ella. Podría decirse, sin embargo, que tres doctrinas concitaron sucesivamente la adhesión de la mayoría de ello. En un primer momento fue el mutualismo de Prouhdon; después, en una segunda época, predomino el colectivismo de Bakunin; finalmente, en tercer lugar, se impuso mayoritariamente el comunismo de Kropotkin.


Podría añadirse todavía un cuarto momento, en el cual el comunismo no deja de presentarse como forma ideal pero sin que se le considere único y exclusivo sistema compatible con la sociedad sin clases y sin estado. Esta posición es sostenida sobre todo por Malatesta.
El mutualismo, cuyo supuesto es la negación de la propiedad (considerada como ius utendi et abutendi), no niega la <
>, inclusive personal, de a tierra, pero se basa en la idea de que, siendo el trabajo la única fuente de toda riqueza, nadie tiene derecho sino a lo que a producido. La propiedad privada implica el robo apropiación ilegitima y genera el despotismo y la noción de la legitima autoridad estatal. El comunismo es opresión y servidumbre, contradice el libre ejercicio de nuestras facultades y nuestros más íntimos sentimientos, recompensa por igual la pereza y el trabajo, el vicio y la virtud.
La solución del mutualismo consiste en lo siguiente, según lo expresa el propio Prouhdon: 1) Niega la propiedad privada (que es el suicidio de la sociedad); afirma la posesión individual (que es la condición de la vida social); 2) El derecho de ocupar la tierra debe ser igual para todos. Así, el número de poseedores varia, pero a propiedad no puede llegar a establecerse; 3) como todo trabajo humano resulta de una fuerza colectiva, toda la propiedad se convierte en colectiva e indivisa; el trabajo destruye la propiedad; 4) Puesto que el valor de un producto resulta del tiempo y el esfuerzo que cuesta, los trabajadores tienen iguales salarios; 5) Los productores sólo pueden comprarse por los productores y; que la condición de todo cambio es la equivalencia, no hay lugar alguno para lucro o ganancias; 6) La libre asociación, que se limita a mantener la igualdad en los instrumentos de producción y la equivalencia en todos los intercambios, es la única manera forma justa de organizar económicamente la sociedad; 7) Como consecuencia, todo gobierno del hombre por el hombre debe desaparecer: la más alta perfección de la sociedad consiste en la síntesis del orden y al anarquía.
El mutualismo Proudhoniano se basa en al asociación de productores y consumidores reestablece como norma el cambio mutuo, es decir, el trueque de un objeto por otro equivalente, esto es, por otro cuya producción represente el mismo trabajo. Todo cambio se hace a partir de su precio de costo; todo productor tiene quien desee adquirir sus productos; no necesita ningún capital para comenzar el trabajo. Suprimido el lucro, los precios se reducen al mínimo y el método de producción capitalista desaparecerá para ceder su sitio al mutualismo o a la asociación. Con el objeto de promover éste magno y, sin embargo, no violento cambio social, propone precisamente Proudhon la creación del banco del pueblo, que tendrá por meta fomentar el crédito gratuito y mutuo y el intercambio de productos equivalentes entre los trabajadores. El segundo momento es el colectivismo doctrina económica sostenida por Bakunin adoptada, en general, por los antiautoritarios o federalistas dentro, de la primera internacional.
Bakunin que, como Proudhon, rechazaba el comunismo por vinculado a un autoritarismo jacobino (piensa, sobre, todo en los seguidores de Babeuf, en cabet y en Blanqui), es colectivista por que cree indispensable mantener el principio:<>. Supone que el olvido de esta norma no sólo implicaría una injusticia para con lo mejores trabajadores si no también una drástica disminución del producto social: Según la fórmula colectiva, la tierra y los instrumentos de producción deben ser comunes, pero el fruto del trabajo debe ser repartido en proporción de esfuerzo y la calidad del trabajo de cada uno. De está manera, aunque bajo modalidades un tanto diversas, se conserva el régimen de salario.
El colectivismo, que adoptaron luego como meta inmediata los socialdemócratas y que el estado bolchevique pretende haber implantado (aunque no es difícil ver que allí. Por un parte, no hay real correspondencia entre esfuerzo o mérito y salario, y por otra parte no hay verdadera propiedad social de los medios de producción) fue objeto pronto de agudas criticas en el seno de grupos anarquistas.
Surgió así el tercer momento, que es el documento, que es el comunismo cuyo principal (aunque no el primer) representante fue Kropotkin. Esta doctrina económica se impuso a partir de la década del ochenta en Francia (en Italia ya desde el setenta, en España sólo después del novecientos). Su punto de partida es:<>.
Los anarco-comunistas aspiran a suprimir por completo cualquier forma de salario. No sólo la tierra y los medios de producción deben ser comunes, según ellos, sino también el producto. El criterio de distribución está dado por las necesidades reales de cada miembro de la sociedad.
Refutando a los colectivistas que consideran imprescindiblemente para la justicia que cada trabajador reciba una parte del producto proporcional a su propio y personal esfuerzo, los comunistas responden, por boca de Kropotkin; cualquier producto, cualquier bien económico es, en realidad, fruto de la cooperación de todos los trabajadores, tanto del propio país como del extranjero, tanto del presente como del pasado. ¿Cómo se podrá medir y segregar en la gran masa de la riqueza social la parte que corresponde al esfuerzo y a la inteligencia de cada uno? ¿Acaso el mayor esfuerzo y la mayor inteligencia hubiera podido crear sola y sin ningún auxilio una parte, siquiera intima, de aquella riqueza social? Por otro lado. Cuando se trata de valorar el trabajo de cada uno de acuerdo con el costo total de la formación del trabajador (como quiere no sólo Ricardo y Mar, si no también los anarco-colectivistas), los anarco-comunistas se preguntan: ¿Cómo calcular los gastos de producción de la fuerza laboral sin tener en cuenta tal vez un buen obrero cuesta a la sociedad más que un artesano o que un profesional, dado el alto número de hijos de obreros muertos por anemia u otras enfermedades <>? Las discusiones entre colectivistas y comunistas dentro del campo del anarquismo dominaron las dos últimas décadas del siglo pasado y aun de la primera del presente.
Como ellas surgieron posiciones menos rígidas. Así Malatesta, sin dejar de considerar al comunismo como la forma de ideal de organización económica de una sociedad sin estado, adopta una forma muy abierta frente a todas las demás propuestas (mutualismo, cooperativismo, colectivismo, etc.) y se pronuncia el experimento en éste terreno. El cubano-español Tárrida de Mármol, seguido entre otros por Max Nettlau y por Ricardo Mella en su última época, define simplemente un <>.

Los tres sistemas señalados bien podrían entenderse como momentos evolutivos de una misma doctrina que intenta explicar la producción y distribución de los bienes de una sociedad sin clases y sin estado. El mutualismo corresponde al tránsito de una economía agrario artesanal hacia el industrialismo; el colectivismo se plantea en la primera fase del desarrollo industrial y con la inicial expansión del capitalismo; el comunismo se impone se impone ante el cenit de la burguesía, con el auge del imperialismo y el colonialismo, con la internacionalización del capital, en la era de los trusts y de los monopolios.


A los tres sistemas sociales se les presentaron objeciones, nunca entera y satisfactoriamente resuelta. Los comunistas consideran que en el mutualismo y en el colectivismo hay a un residuo de individualismo burgués. Ven en el salario un medio para mantener, en cierta medida una jerarquía socioeconómica y la sociedad de clase. Los colectivistas, por su parte, consideran que el régimen comunista quita todo incentivo al trabajador y que sólo podrá mediante un férreo control estatal. De cualquier manera, aunque estas últimas objeciones pueden ser desechadas, el comunismo, tal como lo conciben los anarquistas, supone una abundancia prácticamente indefinida de vienes y servicios, situación que nada permite esperar en un futuro próximo.

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