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Presentacion: defensa de la raza


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TERCERA PARTE

 

 

COMENTARIOS AL MANIFIESTO SOCIALRACISTA


 
El prólogo

 
Primer párrafo

 

En la sociedad llamada de abundancia, o de consumo, que caracteriza al período posterior a la segunda guerra mundial, y donde las. poblaciones del mundo pretendidamente libre y desarrollado hacen figura de cerdos delante de un comedero bien lleno, muchos no comprenden en qué consiste esta lucha, ley de la vida. En efecto, como nuestros cerdos han precisamente abdicado de todo espíritu de combate a cambio de su comedero, el sentido de la lucha natural no aparece casi en ellos.

Se descuida el hecho de que es siempre posible renunciar a pelear y aceptar una derrota que desemboque tarde o temprano en la desaparición de la raza. En realidad, en cuanto una especie carece de adversario exterior, surge un adversario interior, invisible, y por eso más temible. En cuanto la selección natural se interrumpe, las mutaciones genéticas desfavorables —forzosamente más numerosas que las favorables—, suscitan los degenerados que, a la larga, constituyen el importante desecho biológico de nuestras sociedades “civilizadas”.

Este proceso se manifiesta primero por el hedonismo. Desde el instante en que la degeneración carcomió suficientemente la voluntad de hacerse más fuerte, ésta desaparece, ante el deseo de gozar. Por otra parte, en eso consiste la decadencia, que empieza más o menos con nuestra historia conocida, como lo muestra un atento estudio.

Este diagnóstico, por sombrío como pueda parecer a primera vista, es la condición misma de toda terapia eficaz. Es importante plantearlo, ya que numerosos racistas subestiman la degeneración, y en consecuencia, los efectivos del desecho biológico.

Es entre el desecho y la élite biológica, en las sociedades altamente “civilizadas”, que se desarrolla la lucha natural de la cual depende la decadencia o el ascenso.

 

Segundo párrafo


 

Este imperativo reposa, por otra parte, en la voluntad de combatir de una elite biológica, y, por otra parte, en las leyes de la herencia, las que no se limitan al cuerpo —como muchos antirracistas quisieran hacer creer—, sino que se extienden al alma, como lo establece principalmente el estudio de los gemelos univitelinos. A ejemplo de las estructuras físicas hereditarias observables, existen estructuras físicas invisibles desde el exterior en ausencia de correlación conocida. Desde el interior, al contrario, cada uno las descubre en su propia alma.

 

Cuarto párrafo

 

El dogma de la igualdad humana, hecho célebre por Rousseau (los hombres nacen buenos, pero la sociedad los corrompe) y retomado por Marcuse (la tecnología de la sociedad industrial avanzada aliena al hombre) no explica, por cierto, cómo hombres nacidos buenos han podido crear una sociedad corruptora o una tecnología alienante. En una anticipación notable, Nietzsche respondía a Marcuse: “No es la técnica la que destruye al elemento vital, sino el hombre que es degenerado”. Por otra parte, todo el marxismo se caracteriza por una ignorancia total de la degeneración, del desecho biológico, de la decadencia y de la declinación. De no ser así, Marcuse no llevaría la inconsciencia hasta proponer como metas supremas la “libertad”, la “paz”, la “felicidad”, y hasta condenar el “heroísmo”, para él sinónimo de “brutalidad” (26).

De Rousseau a Marcuse los fanáticos de la igualdad pretenden que el Gran Brujo de los bosquimanos vale tanto como Pascal. (27) En consecuencia, nada mejor que la mezcla de razas. No importa poner el mundo patas arriba. Y que nadie levante la voz; de lo contrario, se lo tratará de racista, término cuyo sentido más claro consiste en arruinar económicamente a los que señala.

 

Quinto párrafo.

 

No se apunta acá hacia la actitud simplemente inteligente de un vencedor humano y pacífico, porque es consciente de sus responsabilidades para con la vida y quiere alejar los conflictos sangrientos. El humanitarismo consiste en sacrificar la defensa de la raza con cuentos ridículos de fraternizaciones igualitarias unilaterales y de pacifismo, y en tirar las armas contando con los buenos sentimientos de los que sí las conservan.



 
Séptimo párrafo

 

Está claro que el instinto de conservación limitado al yo se sitúa en el nivel animal, ya que el hombre, tan lejos como nos remontemos en la prehistoria aparece en sociedad. Observamos, además, una vida social en numerosos animales superiores.

 

Octavo párrafo

 

El término “determinante” tiene aquí un sentido diferencial: las disposiciones interiores de las razas determinan las diferencias en el modo de acción de una sola y misma influyen el exterior.

 

Décimo párrafo

 

Hay que abstenerse aquí de un optimismo darwiniano, según el cual la lucha aseguraría automáticamente la victoria de las mejores. Hay victorias injustas. En efecto, demasiado a menudo las fuerzas de la decadencia han triunfado. Demasiado a menudo, los débiles, los mal avenidos y los degenerados de todo tipo han aplastado bajo el peso de la cantidad a una élite biológica que nunca hubieran podido afrontar con armas equivalentes.



Diferente del primitivo de capacidades modestas pero con la voluntad intacta, el hombre del desecho, sobre todo si dispone de una inteligencia superior se da cuenta de sus taras y de su impotencia para remediarlos Por tanto, si quiere sobrevivir, debe en la medida de lo posible aniquilar dentro de su raza a los individuos menos degenerados que él. Un odio visceral hacia lo que es sano conduce a un fanatismo militante para propagar la corrupción bajo todas sus formas: culto de la droga, de la pornografía, de lo mórbido, de las vanidades, de las debilidades, humanitarismo desvirilizante para uso de los imbéciles, calumnia del heroísmo, falsificación de los más altos valores culturales, apoyo incondicional a las mezclas de razas y hostilidad de principio a toda política biológica. Y este odio consolida en seguida la coalición mundial de los tarados, cuando en un punto del globo se impone una verdadera élite. El desecho biológico reconoció a su enemigo y defiende su pellejo.

Las victorias repetidas de lo infame explican la grave situación actual del mundo ario y subraya la necesidad de mejorar los métodos de combate de las fuerzas sanas. Lejos de afirmar cándidamente la inevitable victoria de los mejores, recordamos que el asenso biológico tiene por condición la lucha victoriosa de los elementos positivos. A éstos corresponde encontrar los medios.

 

El Manifiesto propiamente dicho:

 

Punto 1

 

Los antirracistas se complacen en usar como argumento las diferencias que existen entre los autores, en la definición de las razas y en su clasificación.



Clasificar la humanidad en razas prolonga el trabajo de la botánica y de la zoología. Es decir que, aquí como allá, no se podría hablar de una clasificación verdadera o falsa —ya que tiene una existencia puramente ideal— sino más o menos adecuada. La realidad (las diferencias entre individuos), estará más o menos bien expresada según el sistema.

Esta primera observación tiene su pequeña importancia, pues se trata de evitar el defecto consistente en hacer de la “razas una entidad metafísica tal como Dios o “el alma” de los teólogos. Por definición, la raza es un concepto que agrupa cierto número de hombres que se parecen bastante por su dotación hereditaria física y psíquica. Aparecen así pues los elementos constitutivos del concepto: algunos tienen una existencia ideal (el suficiente parecido) y otros una existencia real (las diversas dotaciones hereditarias). Recordarlo permite rebatir una serie de objeciones. Así, las diferencias de clasificación entre los grandes antropólogos, cuando no son estrictamente terminológicas, se basan en una mayor o menor severidad ante el criterio de suficiente parecido o en un conocimiento imperfecto de la realidad, necesitándose entonces búsquedas complementarias. Por otra parte, si se nos oponen los elementos ideales para negar toda realidad a la raza, simplemente se ignoran los datos científicos de base: los individuos, con sus diferencias hereditarias. No se emplearían argumentos tan ridículos si se hablara de la cría de perros. Pero, por tratarse de hombres, se quisiera, a fuerza de sofismas, cuestionar los conceptos que aplicamos al resto de los seres vivientes.

Pero ¿no sería posible establecer tantas clasificaciones como se deseen? No necesariamente. Se establece el sistema admitiendo cierto número de tipos y repartiendo los hombres en esas categorías, según su parecido mayor con tal o cual tipo. El sistema más adecuado será el que comprenda menos individuos intermedios y en el cual el mayor número posible esté próximo al “tipo”. Además, los individuos que correspondan al “tipo” tienen que ser de raza pura, es decir que, apareados entre ellos, engendren una descendencia similar a ellos mismos (que no haya, por lo tanto, segregación mendeliana). Y esto para que el tipo elaborado no desaparezca demasiado rápidamente de circulación...

Notemos .al pasar: la pureza de la raza contrariamente al prejuicio más extendido, no excluye de ninguna manera mestizajes anteriores; se sabe, en efecto, que razas puras pueden provenir de cruzas.

A la larga, será posible preferir tal sistema de clasificación de las razas humanas a tal otro, ya no centrándose al debate, con lo demás, en las grandes razas, que estarían consolidadas, sino en el detalle de las razas-tipo. Al observar también que las razas, nacen y desaparecen, se comprenderá que el porvenir infaliblemente hará surgir otras nuevas.

 

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