Página principal

Presentacion: defensa de la raza


Descargar 338.34 Kb.
Página2/19
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño338.34 Kb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   19

INTRODUCCION


 

El racismo es viejo como la vida.

Como comportamiento dirigido a eliminar los portadores de taras (ejemplo tipo, las guerras, entre ratas), se encuentra un racismo instintivo en todos los niveles del mundo animal.

habiéndose hecho consciente en el hombre, se lo encuentra ya en la prehistoria, puesto que la agricultura y la crianza de ganado sólo pudieron progresar con medidas deliberadas de selección sobre la base de una larga observación de la naturaleza. Evidentemente se ignoraban las sutilezas de la herencia, pero se adivinaban sus leyes principales y sobre todo, se aplicaban con éxito.

En cuanto a la Antigüedad, recordemos simplemente la exposición de los niños en Grecia, que, así trasponían al hombre métodos probados por los criadores.

Fundada en la herencia, la nobleza medieval se mostró racista a su manera.

Mientras tanto, el pensamiento filosófico había descubierto algunos rastros teóricos de racismo. Estos elemento. se acumulan: ya se encuentran apreciables.

conjuntos en Kant, Goethe o Schopenhauer.

Comienza el momento de los precursores. Fabre d’Olivet, en Historia Filosófica de la Humanidad, comprueba, estudiando los más antiguos textos religiosos y legendarios, que todos relatan el choque de una raza venida del norte (llamada boreana) con otra procedente del sur (llamada sureana), sacando conclusiones de las cuales algunas sorprenden por su clarividencia.

Mientras tanto, nace la biología de la herencia: Mendel es su padre. Darwin saca las primeras conclusiones teóricas de los viejos métodos empleados por los criadores. La antropología toma vuelo con Virschow y Quatrefages.

Paralelamente a los científicos (se encuentran fácilmente sus obras en la literatura especializada), los precursores, utilizando rápidamente los aportes de aquéllos, abren el camino al racismo moderno. Nietzsche desarma los mecanismos de la antiselección en la decadencia moderna. Gobineau hace época analizando la historia desde el ángulo racial, pero su concepción de las “razas puras”, hoy insostenible, lo condujo a un pesimismo desesperado. Vacher de Lapouge, independientemente de Nietzsche pero con más precisión, mostró el papel selectivo de las estructuras sociales.

A continuación de los precursores, los continuadores: Houston Stuart Chamberlain corrige a Gobineau: insiste sobre los factores que contribuyeron a la formación de razas nuevas: aislamiento de una comunidad, selección, mezcla racial antes del aislamiento (dado que toda mezcla no tiene éxito).

En el siglo XX, la genética, abre vastos horizontes.. El estudio de los gemelos establece la enorme importancia de la herencia psíquica.

Francia continúa produciendo autores de primer orden, como G. Montandon, A. Carrel y A. de Chateaubriant. Pero el racismo encuentra medios superio­res de difusión en Alemania y en Italia con el nacionalsocialismo y el fascismo. Günther y von Eickstedt aseguran ante todo la base antropológica del racismo y Rosemberg establece los fundamentos críticos del conocimiento y de la cultura (fue ahorcado en 1946 por los vencedores de la segunda guerra mundial). El aporte italiano es mucho menos conocido; pero sobre este tema vale la pena leer Saggi sulle teorie fetiche e sociali dell’Italia fascista de A. James Gregor (5)que hace justicia a Giovanni Gentile y subraya la originalidad del racismo italiano.

En 1945, la victoria de las democracias fue también la del antirracismo y de sangrientas depuraciones que se prolongaron en el campo de la propaganda con un constante bombardeo.

Sin embargo, René Binet publicaba en Francia en. 1950 su Téorie du Racisme; fue uno de los cinco miembros fundadores del Nuevo Orden Europeo en 1951, y escribió además Socialisme National contre Marxisme(6)). En Alemania, Friedrich Ritter edita él mismo los tres volúmenes de Das offenbarte Leben de los cuales hablamos más adelante. Asimismo Jürgen Rieger editó en 1969 un opúsculo: Rasse, ein Problem auch für une. (7) En Italia, Julius Evola, por sus numerosas obras, mantuvo la antorcha después de la guerra; mencionemos tam­bién los artículos de Gamma en la Legione y los de Pino Rauti en Ordine Nuovo(8). En América, biólogos y antropólogos rechazaron victoriosamente la ofensiva de la UNESCO. Al lado del ya citado Gregor, nombres como Garret, Gates y Swan cruzaron el Atlántico, y pediremos a nuestros amigos del Nuevo Mundo mejor colocados, completar este examen breve y global.

Hoy, pasando por encima de los tabúes del día, los científico se han puesto tranquilamente a trabajar de nuevo, y un equipo todavía restringido de racistas retomó su labor.

Pero las democracias, después del fracaso de las depuraciones y del terror de postguerra, buscarán otras armas contra ideas tanto más peligrosas para ellas que no tienen ninguna para oponerles.

Sentimos curiosidad en saber qué es lo que irán a encontrar.

 

 


PRIMERA PARTE


 

 

COMO SE PLANTEA EL PROBLEMA


 

Critica del conocimiento.

 

La crítica del conocimiento es una disciplina de acceso difícil, porque examinando el grado de validez de nuestras “certezas”, rinde grandes servicios en el análisis de los problemas científicos.



En efecto, las ciencias de la naturaleza se fundan todas, más o menos conscientemente, en actos de fe como la creencia en un mundo exterior (espacio cósmico), en un tiempo objetivo, y en substancias portadoras de cualidades dadas. Puntos que a primera vista parecen evidentes, pero que, cosa curiosa, dan lugar según los autores, a las interpretaciones más contradictorias y a las querellas más espectaculares: por ejemplo los físicos, sobre el número de las dimensiones del espacio y sobe la naturaleza del tiempo.

En tanto que el sabio o científico se propone establecer leyes que permitan explicar fenómenos, sin querer de ninguna manera hacer el papel de metafísico y aún menos de reformador religioso, sus a priori y sus hipótesis de estructura comportan siempre, lo quiera o no, tomas de posición metafísicas y hasta, religiosas. Y helo aquí, en seguida, como blanco de fuertes presiones. Los partidarios de las diversas doctrinas (filosóficas o religiosas) buscan imponerle sus principios y sus hipótesis, a veces por medio de la represión, como lo saben bien, los biólogos soviéticos o los psicólogos americanos que, luego de intervenciones de organizaciones negras, vieron prohibidos sus tests de inteligencia en las escuelas de diferentes distritos urbanos. Así, se impone o se prohibe al científico ciertas experiencias, y para finalizar, se le impone o prohibe ciertos resultados. (9)

En una sana reacción, el sabio buscará a menudo desprenderse de las doctrinas filosóficas religiosas, pero sin lograrlo, por no haber practicado suficientemente la crítica del conocimiento. Es fácil, por ejemplo, hacer aparecer los a piori metafísicos del positivismo que, sin embargo, pretende poner la metafísica de lado.

Vamos entonces los principales resultados de la crítica del conocimiento.

Los escépticos griegos ya habían llevado bastante adelante las investigaciones. Descartes, por una “duda metódica” tímidamente aplicada, pasó al lado de las cuestiones capitales. Pero Kant planteó el problema al cual todos los filósofos ulteriores debieron referirse.

“La acción de un objeto sobre la facultad de representación, en la medida que somos tocados por éste, es la sensación” (10). Tal es la proposición célebre que revolucionó la filosofía.

Kant llama “fenómeno” a la sensación posible encarada abstractamente. El mismo y sus continuadores están bien de acuerdo para afirmar que este fenómeno constituye el elemento de conocimiento inmediatamente dado, pero varias escuelas interpretaron diversamente la proposición citada. Para una, el “objeto” y la “facultad de representación” existen independientemente del fenómeno: es la escuela realista, con la subdivisión que consiste en declarar conocibles: o inconocibles estos términos realmente planteados. Para otra, sólo la “facultad de representación” existe, el “objeto” siendo ficticio y habiendo debido de servir a Kant para expresarse más fácilmente: es la escuela idealista; ella también con sus matices. Para otra más, los dos términos son ficticios, simple comodidad del lenguaje para sugerir lo que es la “sensación” y, el “fenómeno” es la escuela fenomenológica, con el resultado extraño, pero lógico, del solipsismo. Para otra, en fin, la realidad o la irrealidad de los dos términos es problemática: es la escuela perspectivista.

Estas diferentes soluciones al problema planteado por Kant representan las grandes opciones metafísicas posibles, y podríamos mostrar sin dificultad que todas las convicciones filosófico religiosas se relacionan con una o con otra.

Por sus hipótesis de estructura, el científico se coloca generalmente en un realismo calificable de “cándido”, ya que, como el mito, admite la realidad del tiempo, del espacio y de las sustancias, sin interrogarse demasiado sobre el alcance o el fundamento de estos a priori. Su meta no es la metafísica, aunque sus incursiones en ella sean importantes, sino descubrir las leyes que rigen los fenómenos. La meta es la ley científica, y no la hipótesis de estructura, simple instrumento. La ley científica podrá derivar de hipótesis de estructuras diversas o aún contradictorias. La certidumbre científica se apoya sobre la ley y no sobre las hipótesis utilizadas. Hans Vaihinger (11), continuador de Kant y de Nietzsche, comprendió muy bien el papel secundario de la hipótesis y quiere que el científico se prohiba toda conclusión metafísica, aún si las hipótesis lo inciten a hacerlo: si la ley es cierta, porque confirmada por la experiencia, la hipótesis de estructura es siempre problemática. El científico debe decir: “Todo sucede así”, de otra manera sale de su papel.

Es por eso que cuando un especialista en guardapolvo blanco, blandiendo una probeta, o alguna película sobre dinámica de los gases quiere pretender que el espacio tiene una dimensión de más o de menos, que está terminado o que posee la forma de una concha, que la materia tiene tal estructura, que comporta de ahora en más tales partículas nuevas, nosotros tenemos razones para ver allí una amable broma Todas estás hipótesis son válidas en la misma medida que los artífices de cálculo en matemáticas superiores: solo la solución cuenta, es decir la ley científica. Por método el conocimiento del científico se limita al fenómeno y no sabría aportar el mínimo dato sobre lo que Kant llama la trascendencia: el dominio de la “cosa en ”sí”. Y como la «fe” engloba justamente las convicciones que pertenecen a este campo, sucede que ningún laboratorio puede calificar o invalidar las convicciones filosóficas o religiosas: éstas dependen de la conciencia individual y se acercan más al problema de los valores que al del conocimiento.

Inversamente, el doctrinario, el teólogo o el filósofo sobrepasará sus límites sí pretende prejuzgar cualquier resultado científico.

Desde el instante en que su doctrina lo conduce a prever tal comportamiento de los fenómenos, formula una hipótesis y debe someterme al juicio de la experiencia. Toda presión de su parte sobre los científicos, tan frecuente hoy, no es más que una pura y simple barbarie.

Luego, el racismo, fundado en las leyes de la herencia tanto como en los datos de la antropología y de las disciplinas conexas, se dirige a los partidarios de todas las convicciones filosófico religiosas, para que, conscientes de los límites de la fe, acepten la disciplina científica, y a los que poseen todavía el instinto de defender su comunidad natural.

El racismo hace un llamado a la elite biológica de todas las convicciones (12) para un combate contra la decadencia.

 

La herencia

 

No volveremos en detalle sobre los resultados de la biología de la herencia desde Mendel; suponemos que son conocidos. Sin embargo, nos referiremos a las obras de vulgarización. Las de Jean Rostand, por ejemplo, particularmente claras, revelan a la vez al sabio y al artista. (13).



Pero los numerosos resultados adquiridos contrastan con el desencadenar de polémicas. Vitalistas, materialistas, fijistas, evolucionistas, darwinianos y lamarckianos se trenzan en homéricas batallas. Estas controversias provienen en primer lugar de una falta de precisión cuando se plantea el problema. Lo dicho anteriormente permite ya poner a los adversarios en un mismo plano, principalmente cuando invocan las mismas experiencias y las mismas leyes en favor de ‘hipótesis contradictorias. Los métodos científicos no desempatarán jamás a los metafísicos opuestos. Y cuando la controversia se refiere a los hechos, si la experiencia da la victoria a uno de los campos, se debe siempre a que el otro se mostró temerario. Así, los partidarios de un Dios creador caen voluntariamente en el fijismo,. afirmando que las especies, creadas desde el principio, prácticamente no evolucionan. (Por qué Dios no pudo crear las masas protoplásmicas simples de las cuales hablan los transformistas?). Pero, la mosca del vinagre, la planta del conejito y otros organismos ordinariamente inofensivos han desconcertado al fijismo al evolucionar en el laboratorio.

Primero, se supone que una definición de la herencia contribuirá a esclarecer las ideas y a disipar los falsos problemas. Se la ha querido definir como el proceso causal por el cual un organismo se parece a aquél o a aquéllos del cual o de los cuales proviene.

Sin embargo, limitada a eso la definición sería a la vez demasiado amplia y demasiado estrecha. Así, los parecidos debido al medio estarían comprendidos en ella; así, el padre y el hijo, ambos bronceados por el sol de la playa; por eso hay que sustraer de los parecidos los que son provocados por el medio para obtener los hereditarios, lo cual constituye una operación delicada. Inversamente esta definición excluiría los fenómenos de atavismo y de combinación, excluiría también las mutaciones que, si bien no son heredadas, se convierten, en hereditarias. Por eso es importante, desde el punto de vista metodológico precisar los conceptos ‘de herencia’ y ‘medio’ de tal manera que sean perfectamente separados. Si se designa con 100% el conjunto de las causas de tal aspecto individual, debemos tener siempre: H (herencia) +M (Medio) = 100% Todo el problema consiste en determinar el valor de H, siendo su presencia imposible de cuestionar. En efecto, casos muy simples muestran a cualquiera la presencia de fenómenos de herencia: una yegua da a luz a una mula. Este animal difiere de un potrillo, a pesar de la similitud del medio uterino. Y bien, los caracteres por los cuales nuestro animal se parece al asno, diferenciándose también de la yegua, pueden sólo provenir del padre, y las causas de estos parecidos deben encontrarse en el espermatozoide.

Por estas razones, conviene corregir nuestra definición con un segundo elemento: el proceso hereditario que, en una de sus etapas, abraza todos los acontecimientos que se desarrollan en el huevo fecundado; el medio designa el proceso causal que, en la misma etapa, abraza todos los acontecimientos que suceden fuera del huevo fecundado. La separación es por lo tanto aquí perfecta, cualesquiera sean las interferencias que pudieran producirse en etapas ulteriores entre los dos grupos causales.

Con el mismo fin de claridad, llamemos ‘variación’ las diferencias entre el niño y sus padres. Se distinguen tres formas: la modificación, es decir la diferencia debida al medio y que no es hereditaria; la combinación, la diferencia debida al hecho que ciertas características de los padres se excluyen, presentando el niño un aspecto intermedio (color “café con leche” de los mulatos) o compuesto; la mutación, esto es la diferencia debida a causas aún poco conocidas (régimen, clima, influencias cósmicas) y que es hereditaria, distinguiéndose de la combinación por el hecho que constituye un elemento totalmente nuevo, jamas visto en los ascendientes; además, combinaciones y mutaciones se comportan de manera diferente en generaciones ulteriores.

La cosa es clara en el presente. Como un carácter determinado depende de dos factores: la herencia (proceso causal proveniente del huevo fecundado) y el medio (proceso causal proveniente del exterior), lo que hereditario no es enton­ces tal aspecto, sino tal modo de reacción del organismo, que lleva determinado aspecto si el medio no se opone. Sin embargo se podrá, para simplificar, hablar de carácter hereditario en el caso en que la influencia del medio es muy débil y en que el modo de reacción conduce fatalmente al aspecto (por ejemplo: la pigmentación del negro).

Aplicando rigurosamente estos principios precisos, disiparemos muchos malentendidos, como la famosa controversia sobre la “herencia de los caracteres

adquiridos”, fórmula imprecisa, como veremos.

Una teoría proveniente de Lamarck, sostuvo y sostiene aún la herencia de los “caracteres adquiridos”. ¿Qué quiere decir esto? Si se trata simplemente de aspectos surgidos en un momento dado, no hay por qué desesperarse. En este sentido, las mutaciones representan caracteres adquiridos y hereditarios, y la tesis

de los lamarckianos no podría ponerse en duda. Pero ése no es su propósito. Ellos quieren hablar de caracteres físicos o psíquicos, provocados por el medio en un individuo, que se tomarían hereditarios.

Esta controversia llega al paroxismo con la intervención de los marxistas, hostiles a todo privilegio de nacimiento, sea una superioridad física o psíquica resultante del capital hereditario. ¡Se es anticapitalista o no se es! ... Entonces, desdén por todas las concepciones reaccionarias que afirman diferencias irremediables entre individuos y que apuntan a sabotear la regeneración humana por el comunismo! ...

En realidad se trata de saber si, entre las diferentes causas de mutaciones, hay algunas que consisten en una adquisición por el individuo de cierto carácter que pueda producir una mutación en la célula germinal y, en consecuencia, una mutación dirigida, inscribiendo dicho carácter en el código genético. Tal mecanismo es imaginable como inversión de cadena causal. Así, una banda magnética transmite un mensaje a un altavoz, y se escucha una sinfonía; pero, si queriendo copiar un diseño sobre una banda, se olvida de desconectar el altavoz del grabador, éste funciona como micrófono y registra las conversaciones sobre la sinfonía del diseño. De la misma manera: mientras que tal gene producirá tal hormona que, a su vez y si todo y; bien, suscitará tal estructura física o psíquica, inversamente, una estructura nueva, agotando las posibilidades de respuesta del organismo, provocaría un desequilibrio hormonal conduciendo a la transformación de un gene inutilizado o afectado a otro destino, de manera de colmar el desequilibrio. El fenómeno sería del mismo estilo que el desarrollo de un riñón después de la ablación del otro, con la simple diferencia que se trataría del órgano miniatura que es un gene.

Si bien conocemos ciertos factores mutagénicos como los rayos X, la temperatura, el ácido thymonucléico, sabemos aún poca cosa del papel que tienen los diversos procesos normales o patológicos del cuerpo y del alma. A partir de ésto, ante la complejidad de un mecanismo lamarckiano, está claro que la ciencia tiene aún mucho que dilucidar. En otros términos, la controversia es prematura ya que depende de búsquedas ulteriores. En cuanto a los antilamarckianos, que niegan el mecanismo porque no pudieron todavía reproducirlo en laboratorio, su posición parece temeraria.

Desde el punto de vista práctico, la importancia del debate proviene del hecho que el proceso lamarckiano, probado, valorizaría los métodos educativos y la buena conducta, individual, lo que podría, en ciertas condiciones, ejercer una influencia positiva sobre la herencia.

Por otra parte, aún sin lamarckismo, la educación y la buena conducta son importantes ya que son reveladoras de mutaciones favorables a la selección.

Los litigios de este tipo, comunes además, a todas las ciencias de la naturaleza, no deben hacer olvidar los progresos fulminantes realizados en un siglo por la biología de la herencia. Los cromosomas salivales gigantes de la drosófila, ciento cincuenta veces mas largo que los otros, marcaron una etapa importante; hicieron aparecer en el microscopio estriaciones transversales acercándose al número presumido para el total de los genes. Las localizaciones se hicieron posibles. Se trazaron mapas topográficos de los cromosomas... Pero el estudio de los gemelos resultó aún más importante.

Ante las experiencias sobre las moscas o sobre los conejillos (antirrhinum), se podía reconocer que todo esto era muy lindo, pero también dudar que fuera válido para los hombres, sobre todo para su psiquismo. Antes de estudiar los gemelos, se había intentado determinar los factores M y H con el examen de niños de un mismo orfanato, partiendo de la idea que vivían en un medio idéntico y que, en consecuencia, las diferencias existentes entre ellos, provenían exclusivamente de la herencia. Y se encontraba para ésta una preponderancia incuestionable. Pero los detractores cuestionaron la identidad del medio, explicando las diferencias comprobadas por ligeras diferencias. Un niño había ingresado algunos meses más tarde al orfanato; tal otro se encontraba en primera fila mientras que un tercero estaba sentado en el fondo del aula: éste tuvo tal decepción evitada a los demás, y así sucesivamente. La identidad perfecta del medio siendo irrealizable, no se conseguía aislar el factor H con certidumbre. Quedaba entonces por examinar los casos de identidad absoluta de. las herencias, a fin de aislar el factor M, y estudiar los gemelos univitelinos que, como se sabe, son un solo individuo en dos ejemplares. Estos gemelos, criados en medios similares (la misma familia, la misma escuela), presentan, en los tests psicológicos, concordancias próximas al 100%. De donde resulta que la primera conclusión sobre las ligeras diferencias del medio invocadas antes para los huérfanos son por así decirlo despreciables. Además, los gemelos separados desde la infancia y criados en familias diferentes revelarán la influencia máxima del motor M, único responsable posible de las diferencias constatadas, alcanzando casi 20% para un conjunto de tests. Pero así, ante la objeción de que una separación máxima de los medios es irrealizable, otros métodos permiten observar la realidad en forma más precisa. Los gemelos, bivitelinos tienen la misma herencia que los hermanos ordinarios: su comparación con éstos pone en evidencia el papel de la identidad de la edad y del medio uterino. Por otra parte, según que los unos y los otros sean separados o criados juntos, se constatará la, influencia de las variaciones del factor M. Además, la comparación de huérfanos ya mencionada, de misma raza, luego de razas diferentes, permite esta vez hacer variar H. Esta gama de método. conduce a evaluar en casi un 75% el papel de la herencia en las estructuras psíquicas. (14)

El margen de imprecisión que subsiste se debe únicamente a la imprecisión de la misma psicología y de sus test, los cuales descubren diferencias o concordancias sin poder generalmente iniciar sus causas ni su alcance exacto. El test registra fielmente, las variaciones de x y de y, sin dar su valor. Pero algunas simples consideraciones sobre el problema de las tendencias dan ya una luz apreciable.

Si definiéramos el carácter como el conjunto de los aspectos psíquicos irracionales, relativamente estables en un individuo, que influye sobre su comportamiento, el carácter es al alma, lo que la constitución es al cuerpo.

La constitución está determinada en gran parte por la. herencia, pero no de modo total, pudiendo el medio dejar una marca duradera, sobre todo cuando actúa temprano. Sin embargo, la mayoría de los aspectos funcionales físicos duraderos dependen de estructuras somáticas hereditarias. Esto ya constituye una presunción por analogía en favor de una fuerte concordancia entre carácter y herencia, en el sentido que el carácter estaría formado por numerosos elementos hereditarios, ejerciendo el medio una acción de ordenamiento sobre ellos. Se objetó que algunos aspectos duraderos, tales como la avaricia, el coraje, etc., pueden surgir o desaparecer bajo influencias exteriores. Sin ninguna duda existe una educación del coraje, capaz de transformar ciertos cobardes en hombres pasables, pudiendo apresurarse uno en concluir que estos rasgos son exclusivamente función del medio y que a fin de cuentas se puede tener el carácter que se quiere. Se cometería un craso error fundado, en un razonamiento simplista apoyado. sobre una observación superficial, ignorando los muy numerosos casos de cobardía rebeldes a toda educación. El error proviene de que el coraje, por ejemplo, no es un elemento caracterológico simple, sino complejo. En el valiente, la voluntad se encuentra en condiciones de superar el miedo animal de morir. Pero el miedo de morir, siempre presente, es más o menos fuerte, según que el poder psíquico lo favorezca o no por una moral de goce y de confort. Así mismo, la fuerza de voluntad depende de numerosos factores, tales como el ejercicio, las hormonas sexuales (la cobardía de los eunucos es proverbial), tales también como la ausencia o presencia de “inhibiciones”. El coraje, como complejo de tendencias que no estudiaremos aquí en detalle, se presta a la educación, pudiendo ésta favorecer o contrariar tal o tal tendencia y de esa manera invertir la relación de fuerzas entre la voluntad y el miedo de morir. Es éste un hermoso resultado, pero no existe la creación de un solo elemento caracterológico nuevo y aún menos la prueba de que se pueda forjar el carácter como se desee. Al contrario, este breve análisis deja entrever los límites de la educación. Tal inversión es sólo posible si la separación entre las fuerzas psíquicas en presencia no es demasiado grande.

Por otra parte, es bien evidente que el medio no nos enseña a encontrar desagradables las quemaduras, mordeduras o picaduras, ni que la educación sea capaz de hacérnoslas apreciar pues, estas impresiones agradables o desagradables están estrechamente ligadas a numerosas tendencias... Además, nadie pretenderá que el hambre o el deseo sexual se aprenden en la escuela... Sin embargo, se nos objetará que nuestras tendencias musicales nos hacen ir a los conciertos, o que nuestro gusto por el cambio nos hace viajar a China. Siendo las tendencias en cuestión conocidas sólo por la experiencia, no se las aceptará fácilmente como determinadas por la herencia. —Este sofisma, muy corriente, es destruido por los ejemplos más simples. Supongamos a un amnésico. No tiene más ninguna noción del comer o del beber: ¿esto le impedirá tener hambre y sed? Evidentemente no. Supongamos a un niño en una isla desierta, lejos de toda mujer. Esto impedirá la aparición del deseo sexual en la pubertad? No, seguramente. En los dos casos, salta a la vista que la tendencia se manifiesta bajo forma de tensión dolorosa independientemente de su objeto. Y será satisfecha o no, según que el Objeto, es decir el medio adecuado de satisfacción, sea encontrado o no. Toda tendencia comprende una parte irracional: el. “brote”, la “tensión”, la “aspiración”, y una parte racional: el conocimiento del objeto. Sólo esto último depende del medio. La parte irracional de las tendencias, como todo elemento hereditario, apareció un día como una mutación individual. Su extensión a numerosos hombres denota que ha sido un elemento útil o ligada a un elemento útil: de ahí su generalización por selección. Así se considera de interés primordial tener inclinación por la aviación, se necesitarían muy pocos siglos para que todo un pueblo tuviera la pasión del aire. Y si se criara entonces a un niño en un rincón perdido, lejos de todo aeródromo sería horriblemente desgraciado.

Precisamente también que el carácter no agrupa todos los elementos psíquicos hereditarios (lo mismo que la constitución para el cuerpo). Hay aspectos aparecidos tardíamente y sin embargo hereditarios. Los dientes no aparecen en el nacimiento, el instinto sexual, apenas, y sin embargo, nadie piensa en considerarlos como “adquiridos”. Sucede lo mismo con toda una parte de la evolución psíquica, ligada a la edad.

En cuanto a las correlaciones existentes entre aspectos hereditarios físicos y psíquicos, que recién ahora se comienza a estudiar, científicamente, pertenecen a la fisiognomonía. En efecto, los rasgos del rostro, completamente indiferentes a la “lucha por la vida”, deben poseer numerosas correlaciones psíquicas (cf. punto 22 del comentario del Manifiesto socialracista).

La caracterología actual, balbuceante como toda psicología, tiene el mérito de reunir un apreciable material de observación. Puro en ausencia de criterios biológicos suficientes —y podemos prever que será la genética que los dará— las clasificaciones en “tipos” se muestran muy diversas. No porque sean más o menos “falsas” (una clasificación no es nunca falsa), pero ciertamente más o menos adecuada. Cuando conozcamos mejor el detalle de los elementos psíquicos hereditarios, apreciaremos mejor las clasificaciones caractereológicas, las ciclotimias, las esquizotimias de Kretschmer, los extrovertidos y los introvertidos de Yung, los I1 I2, I3, y los S de Yaensch, los “Grundfunktionen” de Pfahler, y tantos otros.

Pero hoy ya sabemos bastante como para considerar el alma (o sea lo más profundo y lo más arraigado que hay en el individuo), como esencialmente hereditaria.

Admitida la herencia psíquica, el racismo deriva de ella. Los que tienen el alma suficientemente parecida para estar predestinados a un mismo combate forman una comunidad racial, debiendo unirse para defender esta comunidad: asegurando primero su supervivencia, luego su ascensión biológica.

 

1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   19


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje