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Presentacion: defensa de la raza


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Puntos 34 y 35

 

Es vano lamentarse por esta separación o especular con una convergencia ulterior. Debemos basar nuestros cálculos sobre la situación presente y dejar a las generaciones futuras el trabajo de considerar los cambios eventuales.

En el cuadro de la política de alianza y amistad considerada en el punto 35 será conveniente ayudar a las etnias blancas no arias en la tarea de devolver a sus razas alógenas (negros y mongoloides) a sus tierras de origen y animarlas a conferir el estatuto de pueblos-huésped a sus elementos más mezclados. Además pondremos a su disposición nuestra experiencia en materia de biopolítica.

 

Puntos 36 a 41


 

El interés de las etnias blancas no arias, demasiado débiles numéricamente para subsistir solas frente al mundo de color las obliga a la alianza con los arios; sobre esta base la solución de la vieja y dolorosa ”cuestión judía” es no solamente posible sino deseable para todos. Esta comporta ciertas particularidades.

Hoy, la etnia judía es solo parcialmente semita. Mientras que la rama meridional, los sefardíes, poseen aún alrededor de un 75% de sangre semita, la rama septentrional, los askenazim, sólo tienen un 25%; al atravesar el Sur de Europa oriental, se cargó con elementos turcotartaros y bálticos orientales y luego, con nórdicos al llegar a Europa central. El caso más espectacular fue sin duda el de los khazars, turcotártaros del Sur de Rusia actual, quienes se convirtieron al judaísmo en el siglo IX de nuestra era. Por otra parte, durante toda la Edad media, numerosos perseguidos: criminales, herejes, alquimistas y astrólogos perseguidos por brujería se refugiaron en los ghettos y abrazaron el judaísmo. De ahí la consecuencia paradójica de que cantidad de familias judías actuales no tengan más ni una sola gota de sangre de Abraham en las venas, y que algunas sean totalmente arias.

Es de imaginar los graves problemas planteados por el carácter altamente compuesto de la etnia judía, a quien se presentan las opciones más difíciles. Aunque no nos pertenece decidir en su lugar, podemos sin embargo indicar las que responden mejor a sus intereses superiores.

La más urgente consiste en renunciar al proselitismo, aún en su actual forma moderada, y a los casamientos mixtos. Estas prácticas destinadas a reforzar su influencia en la diáspora, sólo pueden conducir a la pura y simple explosión del pueblo judío debido al aumento continuo de los elementos heterogéneos. Pero como es difícil, aun para el mejor rabino, hacerse obedecer hasta impedir los casamientos mixtos, el estatuto del pueblo-huésped que nosotros proponemos a la diáspora y que prohibe los casamientos mixtos, sirve no solamente a la comunidad aria, sino aún más a la judía. En efecto, al practicar la mezcla los judíos desaparecerían, mucho antes que los arios, simplemente en razón de la desproporción de los efectivos en presencia.

En segundo lugar, y a medida que surjan las oportunidades, sería importante que los grupos de la diáspora se reagruparan en territorios que les ayudaríamos a encontrar y que pertenecerían al Estado de Israel en toda su soberanía. Sin duda estos territorios presentarán el inconveniente de no formar un sólo bloque, inconveniente menor, sin embargo, en la época de los aviones supersónicos. Sólo en ese momento, convertido totalmente en nación, el pueblo judío podrá darse un régimen de selección social positivo capaz de llegar, dentro de 10 o 15 milenios, a una raza judía homogénea, que se sitúe a mitad de camino entre la semita del principio y la aria.

 

Punto 42

 

Repudiamos aquí los conceptos “hedonistas” de la justicia social, particularmente usados por los marxistas, prometiendo la “felicidad” a cada uno, término en seguida interpretado como sinónimo de placer, de goce, de bienes materiales, para desembocar en. todos los vicios, y zozobrar con los estupefacientes. La felicidad, ese jarabe de frambuesas ideal, indigno de las almas viriles, sirve de valor supremo a la decadencia moderna, luego de principal instrumento de corrupción. Hay que volver a colocar el deber en primera fila, consistiendo éste, precisamente, en sacrificar la felicidad, y si preciso la vida. Hay que volver a enseñar a escuchar la conciencia, esa voz de la raza que nos dicta el deber y que devuelve a la palabra honor su papel biológico: toda victoria sobre la decadencia, todo intento del ascenso ario tiene por condición primera la solidez de la palabra honor.



Tampoco hay que creer en un puritanismo lúgubre. La naturaleza misma, ingeniosa, instauró placeres sanos y felicidades tónicas, no tanto fines en sí sino como medios. En el plano social, a los placeres decadentes y engañosos, nosotros opondremos el gozo natural, fuente de fuerza física y psíquica, ese gozo que dan una conciencia limpia y una vida sana. En otras palabras, no se trata de destruir los aparatos de televisión con el pretexto de que hoy sólo sirven para embrutecer al pueblo, sino de mejorar los programas. No se trata de proscribir el lujo, sino de dominarlo.

En el comentario del punto 33 del Manifiesto, hicimos resaltar la importancia de la renovación de las elites, lo que es también un postulado de la justicia social. El individuo no tiene derecho a la felicidad, al bienestar, al confort y a otros juguetes ilusorios, pero sí a los medios de cumplir con su deber, que es poner sus capacidades, y aun, en los casos excepcionales, su genio al servicio de la comunidad racial. El investigador y el artista tienen el deber de crear, y la comunidad tiene el deber de darles los medios materiales de hacerlo, debiendo esta creación apuntar hacia el ascenso biológico del pueblo. En un nivel más modesto, un médico funcionario, encargado de la salud pública, debe tener el derecho de imponer las medidas requeridas en la lucha contra la polución del agua y del aire, mientras que en nuestras democracias decadentes, a falta de base legal está limitado a recomendaciones que nadie escucha.

En fin, vale la pena notarlo, la justicia social se realizará tan bien por medio de tal orden social como dentro de tal otro. El problema comporta varias soluciones. Al lado de una cantidad de regímenes desastrosos, hay una docena que son satisfactorios. Evitemos entonces toda intransigencia sobre estas modalidades, lo que impediría toda colaboración con las fuerzas positivas favorables a la solución B o C. Sin embargo, en su declaración de Barcelona, el Nuevo Orden Europeo expresó su preferencia por el sistema corporativo, pues abreviaría la fase de preparación, por tener ya numerosas experiencias históricas en su activo.

Subrayemos que el punto 42 no da una definición perfecta de la justicia social, pero enuncia las condiciones esenciales: el servicio de la comunidad racial y la renovación de las élites. Al final de cuentas, la noción de “justicia social” se desprende del conjunto de las leyes sociales, cuya elaboración, fácil es imaginárselo, representa una tarea de gran aliento que se extenderá por varias generaciones.

 

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