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La polémica existente en Londres sobre la «Armada Invencible»

HUGO O'DONNELL*

EFEMÉRIDE Y

LEYENDA

NEGRA

PREPARATIVOS

Y ACTITUDES

TRADICIONALISTAS


* Madrid, 1948. Jefe de in­vestigación del Museo Naval.



H

ACE 400 años fue lo de «La Invencible» ...que ese absurdo nombre prevaleció en nuestro país sobre las verdaderas de­nominaciones del proyecto de conquista de Inglaterra tales como «Jornada de Inglaterra», «Armada de Inglaterra», «Gran Arma­da» e incluso el no menos pintoresco de «Felicísima Armada» que recibió en los esperanzadores preparativos, y que los ingleses de­nominan simplemente «The Armada», la ARMADA por anto­nomasia.

Pocos hechos históricos han dejado tan profunda huella en los pueblos modernos como éste en el recuerdo e imaginación del inglés, que ha mitificado los personajes y hecho de una propagan­da bélica inicial, a la que se han ido sumando en el transcurso del tiempo nuevos datos sugestivos, una historia paralela que no tiene precedentes más próximos en Europa que los mitos y leyendas medievales. Si por leyenda negra entendemos, como decía Jude­rías, el ambiente creado por los fantásticos relatos que acerca de nuestra Patria han visto la luz pública en casi todos los países; las descripciones grotescas que se han hecho siempre del carácter de los españoles como individuos y como colectividad; la negación o, por lo menos, la ignorancia sistemática de cuanto nos es favorable y honroso en las diversas manifestaciones de la cultura y del arte; las acusaciones que en todo tiempo se han lanzado contra España, fundándose para ello en hechos exagerados, mal interpretados o falsos en su totalidad... la opinión, la literatura, incluso la historia inglesa en materia de la Armada han constituido durante centu­rias, auténtica leyenda negra que de alguna manera ha trascendido desde sus orígenes y en buena parte ha sido admitida en nues­tro propio país, sin el menor espíritu crítico y con morbosa aceptación.

Conforme la efeméride se iba acercando, numerosos organis­mos e instituciones ingleses, tanto públicos como privados, anun­ciaron su participación en muy diversas manifestaciones. En Lon­dres se llevaría a cabo un desfile a pie y en barco de Greenwich a Tilbury, conmemorativo de la revista y arenga de la Reina Isabel I a su ejército; en Plymouth regatas, exposiciones diversas, visitas culturales, acrobacia aérea, espectáculos de luz y sonido, y natural­mente una representación del «game of bowls»; en el «West Country» concursos de obras de arte sobre el tema, bailes de dis-

fraces, banquetes y festivales; a lo largo de toda la costa| de Kynan-ce Cove, en Cornualles, a Berwick-upon-Tweed, se habrían de pre­parar 150 fogatas nocturnas en recuerdo de las alarmas luminosas que anunciaron la presencia de la Gran Armada.

No fueron éstas sin embargo, de todo punto de vista, pero especialmente del científico, las manifestaciones programadas de mayor relieve, sino el anuncio público del National Ma|ritime Mu-seum de preparar una magna exposición con material;nacional y extranjero de primera importancia, y la conocida intención de varios prestigiosos historiadores de revisar en inmediatos ensayos históricos la acción y los personajes. Los corolarios de ambas no iban a resultar ciertamente anodinos.

Los historiadores Victorianos no habían mostrado especial in­terés en modificar la opinión popular sobre estos acontecimientos. Durante un largo período la labor de investigación en fuentes ori­ginales se abandonó, repitiendo los autores tesis y enjores docu­mentales que, sin embargo, llevaron a interpretaciones a veces dispares, que, en cualquier caso, influyeron poco o nada en el sentir nacional sobre el tema.

Las excelentes obras de Hume, Corbett, Laughton, Elliott, Froude, Lewis, Williamson... basaron sus trabajos en importantes colecciones documentales impresas de origen inglés y en la docu­mentación española referente a la materia publicada en la «Colec­ción de Documentos para la Historia de España», las obras de Fernández Duro (1885) y Herrera Oria (1929), así como en algu­nos documentos aportados por el duque de Maura en 1952.

Pese a las nuevas contribuciones e investigaciones él tema no podía darse en absoluto por terminado y, aunque así lo entendie­ron algunos autores, ni su contribución ni su deseo de continuar la labor de archivo, hallaron eco fuera de un reducido grupo de espe­cialistas.

Vivos y aun reforzados los tópicos de Felipe el ambicioso fren­te a Isabel, adalid de libertades; del Goliath español y el David inglés ayudado por la Providencia; del ingenioso Draké y el torpe Medina-Sidonia; de la derrota total y vergonzosa huida: en fin, de la «Armada Invencible», arraigaron al resultar útiles pfeicológica-mente para reforzar los sentimientos patrióticos frente :a las ame­nazas de invasión que ha sufrido la Inglaterra contemporánea por parte de Napoleón y Hitler.

Con el título, «La Derrota de la Armada Invencible» se publica­ba en 1985 y en lengua española, la obra de Garrett Mattingly. En la primera edición de la versión original se había impreso como «The Armada», pero al editor español debió parecerle más sugesti­va la innovación doblemente falsa. El trabajo del historiador era serio y marcaba una nueva etapa que ya habían iniciado y segui­rían otros.

El primer historiador, sin embargo, que afrontaría los grandes tabúes con un auténtico trabajo de investigación, sería Geoffrey Parker de la Universidad de St. Andrews que, en unas;conferen­cias posteriormente publicadas en España, estudiaría un supuesto con sólidas bases arguméntales y documentales: «If th£ Armada had landed...». Su tesis, basada en la superioridad absoluta del



LAS PRIMERAS

POSTURAS

REVISIONISTAS


INCERTIDUMBRE INICIAL Y ENFOQUE

SORPRENDENTE

ejército español en todos los aspectos menos el numérico, era que, caso de haber desembarcado la fuerza de invasión, hubiese cum­plido todos sus objetivos.

En plena preparación de los dos esfuerzos más representativos, la exposición y la labor de investigación anunciada, resultaba difí­cil augurar cualquier tipo de orientación o resultados. Se puede decir que desde los primeros contactos entre el Maritime Museum de una parte, y el Instituto de Historia y Cultura Naval, y el Mu­seo Naval de Madrid, de otra, la Armada española asumió, por su parte, la responsabilidad de llevar a cabo un proyecto de investiga­ción de la documentación original existente, aunque otras pro­puestas de investigación común no fructificasen. Un sector de la prensa inglesa interpretó las dudas oficiales sobre una colabora­ción en esta materia, en el marco de las relaciones hispano-británicas del momento, como falta de objetividad histórica, califi­cando el London Evening Standard «La gran victoria de Sir Francis Drake» como: «...bocado espinoso difícil de tragar al pare­cer para Madrid...».

Estos comienzos poco esperanzadores hicieron aumentar las dudas sobre la oportunidad de colaborar en un tema de por sí sensible, y la posibilidad de traer la exposición a España tras Greenwich y Belfast fue desestimada, así como el alto patrocinio de D. Juan Carlos I compartido con la Reina de Inglaterra.

Como «un silencio ensordecedor en torno a este asunto» fue comentado por el citado periódico y considerada la posición espa­ñola como «resistencia por parte de la tierra de la matanza y de los santos», como llamara a nuestra patria Hilaire Belloc.

Pese a estos malos augurios, el nombramiento de Mía Rodrí­guez Salgado, prestigiosa profesora del London School of Econo-mics, como figura clave de la organización y asesoramiento histó­rico de la exposición, fue acertadamente interpretado desde el principio, como claro exponente de la encomiable intención del Maritime Museum, dirigido por el profesor Ormond, de afrontar el tema con las máximas garantías de respeto y rigor.

Este nombramiento, las primeras conclusiones del equipo de historiadores y la posterior publicación del primer folleto divulga­dor de la exposición, desataron una acre réplica significativamente mantenida por comentaristas de periódicos, y no por historiadores consagrados.

La designación de D. José Puig de la Bellacasa como presiden­te del comité de honor y la colaboración de auténticos héroes vivos como el almirante Lewin, vencedor en Las Malvinas, exas­peró a muchos que quisieron ver en el embajador español al insti­gador de la nueva ola españolista, como en tiempos del «Gunpow-der plot».

Mientras tanto los investigadores llegaban a algunas conclusio­nes; Stephen Deuchar reducía a Francis Drake a su auténtica di­mensión de hábil hombre de mar con antecedentes piráticos, mientras reconocía que las fuerzas inglesas no eran el pretendido David, sino equivalentes, si no superiores a las españolas.

El periódico «Times» resumía las nuevas conclusiones (nuevas al menos para los ingleses) en el sentido de que «La Armada,

según se cree ahora, fue dispersada gracias al mal tiempo», aunque más adelante se lamenta, con argumentos de su propia cosecha, de que bien se podrían permitir los británicos una inocente y ahistóri-ca autogratificación a costa de la Armada.

La profesora Rodríguez Salgado por su parte y tras afirmar que, desde el punto de vista militar y político, la campaña de la Armada no tuvo repercusiones inmediatas y que el poder naval español se recuperó rápida y eficazmente, continuaba dando sor­presas: «no se perdió ningún barco español como consecuencia de combate con el enemigo», «la estratagema de los brulotes de Dra-ke no causó ninguno de los incendios que muestra la iconografía posterior» y dejando en evidencia la manipulación propagandísti­ca, asumida popularmente como verdad incuestionable.

Robert Smith afirmaba tajantemente que la victoria,: si es cier­to que la hubo, había que imputársela al «bloody British Iweather», y el almirante de la flota, Lord Lewin, reduce a su vez la participa­ción de Drake a la de un mando subordinado.

Desde finales de 1987, cuando estas manifestaciones empeza­ron a producirse, estalló una fuerte reacción, especialmente en las ciudades costeras del sur, como más relacionadas con la leyenda de Drake. La encabezaban el alcalde de Plymouth y el organizador de las celebraciones locales y concejal, Reg Scott, a la qué se suma­ron numerosos periódicos.

A. N. Wilson desde el- Daily Mail titulaba su artículo: «Los españoles no pudieron hundir a Drake..., pero 339 años después los británicos están intentando hacerlo para ellos». Tras criticar acerbamente una forma de reescribir la historia en la que habría que hablar de lo bien que luchó Goliath en la ocasión de tenérselas que ver con el pequeño David, amateur en el lanzamiento de pie­dras, de lo tontos que debieron de parecer los arqueros ingleses frente a la espléndida caballería francesa en Azincourt, o de lo embarazoso que puede resultar incluir junto al glorioso nombre de Rommel, el veterano general de primera clase, al chico;de boina que parece ser que llaman «Monty» en El Alamein..., sugiere el traslado de los cuarteles generales del «Maritime» a Madrid.

Con mucha menos calidad y humor periodísticos, el Daily Ex­press no duda en calificar de raqueros, de beneficiarios de naufra­gios y desastres a los «revisionistas», incluido el almirante Lewin, quien, por mucho que haya llegado a la más alta categoría naval, «five ring Admiral», no tendrá, en su opinión, quien cante sus proezas por siglos, como ha ocurrido con su vituperado eamarada Drake, preguntándose, en fin, por qué si Lord Howard, jefe de la flota inglesa en 1588, no se deshizo ni avergonzó de Drake, Lord Lewin, 400 años más tarde, pretende hacerlo.

A principios de año ya no había lugar a dudas sobre la orienta­ción que iba a tener la exposición, tras la aparición de un folleto emitido por el comité organizador en el que se especificaba que ahora, 400 años más tarde, es hora de contar la verdadera historia de la Armada, limpia de mitos y fervores patrióticos. Era el enfo­que por el que la prensa popular había puesto el grito en el cielo, ni más ni menos.



REACCIONES CONTRA EL COMITÉ

ORGANIZADOR Y EL EQUIPO HISTORIADOR

LA MEJOR

EXPOSICIÓN DE

GREENWICH

LA POLÉMICA

EN SUS

ÚLTIMOS

COLETAZOS

La organización no se había dejado impresionar en absoluto por la reacción de la prensa.

El pasado veinte de abril y patrocinada por S. M. la reina Isa­bel II, cuya irepresentación ostentaba el príncipe Carlos, se inaugu­raba la notabilísima exposición conmemorativa de aquella Arma­da que en 1588 envió nuestro Felipe II y que conmovió y sigue conmoviendo a los ingleses de todos los tiempos.

El tratamiento del episodio y la exhibición de objetos españoles estaba presidida por la seriedad en el análisis, la fidelidad a la historia y el respeto a España.

Desde el punto de vista museístico la exposición lógica, didác­tica y ordenada de pinturas, retratos, armas, mapas, monedas, ins­trumentos náuticos, modelos, maquetas, miniaturas, grabados, banderas, joyas, objetos varios, paneles explicativos y representa­ciones escénicas, es modélica y de encomiable buen gusto.

En el prefacio de su excelente catálogo, el director del Museo de Greemyich agradecía el alto valor de las piezas prestadas y la colaboración española sin la que la exposición hubiera pecado de umjaterah'dad.

En el último capítulo del mismo, con el título «After the Ar­mada», la profesora doctora Rodríguez Salgado coronaba la obra con el desarrollo de su tesis, novedosa en la Isla, del resurgimiento naval español posterior a estos acontecimientos, relatando some­ramente el fracaso de la «contraarmada» inglesa del año 89, como una auténtica revancha histórica en la que los ingleses jugaron esta vez el papel de invasores, sufriendo un rotundo fracaso con pérdi­das humanas equivalentes a las de la «Armada», expedición a la que se ha prestado hasta ahora muy poca atención.

Como acertadamente expresaba nuestro Agregado Naval ante un episodio militar de semejante magnitud como la Jornada de Inglaterra;de 1588, cuyo desenlace fue plenamente favorable a Inglaterra,! sería difícil esperar por parte británica un resumen ex­presado con más respeto, dignidad y hasta admiración hacia la Gran Armada.

La grandiosa exposición, considerada dentro y fuera como un verdadero! logro del genio organizador británico, constituyó el me­jor de los argumentos con que acallar las críticas y, pese a algunos comentarios irreductibles, la polémica perdió su virulencia.

La actitud revisionista continuó por parte de otros historiado­res no directamente vinculados al proyecto, llegando Félix Bar-quer a negar todo rigor histórico a hechos admitidos por verídicos y que, aun careciendo de trascendencia, tenían honda aceptación, como la $renga real de Tilbury y las fogatas costeras de alarma, ¡dos de los actos más llamativos, aparte de la propia exposición, del programa de festejos!

Otros historiadores se suman en esta segunda fase de repaso e incluyen a la ya larga relación de espejismos de la imaginación popular, la partida de bolos de Drake en Plymouth Hoe, que Sir Francis, haciendo alarde de genuina flema inglesa, no quiso inte­rrumpir pese a los apremiantes avisos del avistamiento de la flota española.

¡Hasta a los ciudadanos de Plymouth se les pretendía aguar su representación del «game of bowls»!

Resulta más que justificada, aunque sorprende por su pondera­ción, la reacción de un comentarista del Daily Express que poeti­zaba: «Cuando me coloco junto a la estatua de Drake me gusta aún ver el verde campo de juego donde sacó suficiente tiempo para ganar la partida y derrotar también a los españoles».

Todas estas manifestaciones palidecen, sin embargó, ante las conclusiones de Colin Martin y Geoffrey Parker en su libro recién publicado, indicando que si el viento hubiese cambiado, las fuer­zas españolas podrían haberse reagrupado, desembarcado en Kent sin oposición y conquistado Londres; unas galernas procedentes del Oeste y adelantadas para la estación, empujaron a la «Arma­da» hacia Escocia, para hacerla estrellarse en parte contra los acantilados irlandeses. Ni argucias de Drake, ni superioridad ingle­sa, ni plan inviable, sino la vieja tesis de los elementos.

Ante tan apabullante desmitificación surge el humor inglés re­presentado en esta ocasión por «The Guardian»: «The Spanish were beaten by the wather, but it was our weather, wasn't it?».

Aunque la actitud inglesa había sido más que encorniable, los profesionales que se habían manifestado estaban más o menos estrechamente vinculados a una institución, el «Maritirríe», mien­tras la mayor parte de los historiadores consagrados, que en ese culto país son numerosos y despiertan ecos internacionales, per­manecía silenciosa y expectante.

Se hacía necesaria una toma de contacto entre investigadores de ambos países.

Ya hemos señalado cómo la Armada española de siete años a esta parte había estado patrocinando un proyecto de investigación para la ocasión, a través de diversas comisiones responsables de los aspectos más importantes de la empresa.

El fruto de este esfuerzo ha tenido una doble vertiente: la pu­blicación escalonada de una serie de trabajos de tema; concreto (sanidad, comercio, entorno político, medios navales, fuerzas y medios de desembarco...), y la recopilación de un «corpus» de más de 6.000 documentos, cuya edición se está también llevando a cabo con el inestimable apoyo de la Dirección General de Relacio­nes Informativas y Sociales del Ministerio de Defensa, y que irá precedida por un estudio histórico apoyado exclusivamente en esas fuentes primarias.

La visión general que el tratamiento de toda esa documenta­ción podía aportar al estudio del tema, despertó el más vivo inte­rés en los ambientes especializados británicos, organizándose por el Institute of Historical Research, el Instituto de España en Lon­dres, el National Maritime Museum, el Comité Español: de Cien­cias Históricas y el Instituto de Historia y Cultura Naval, sendos coloquios bilaterales entre los pasados días 17 y 22 de mayo. Por parte británica los profesores F. M. L. Thompson, Barker, Adams, Rodríguez Salgado, Israel, Ryan, Scammell, Kamen, y I. A. A. Thompson. Por parte española el contralmirante D. F. Fernando de Bordejé, director del Instituto de Historia Naval y miembro de uno de los grupos de investigación españoles, los profesores Gui-



LA

CONFERENCIA ANGLO-ESPAÑOLA DE

HISTORIADORES Y EL SIMPOSIO SOBRE LA ARMADA

mera Ravina y Martínez Shaw, el capitán de navio D. José Ignacio González-Aller, y el autor de estas líneas.

Un representante holandés, el profesor Schkkenbroek de la universidad de Leiden, aportó una interesante visión de papel de las fuerzas navales y terrestres de las Provincias Unidas.

Sería prolijo enumerar los múltiples temas y conclusiones, pero baste con señalar el cálido clima de comprensión mutua, usual, por otra parte, entre colegas, el mutuo enriquecimiento, la excelentemente acogida y repetidamente alabada contribución es­pañola, que en caballerosa frase del director del Institute of Histo-rical Research, suponía una verdadera aportación trascendente ya que una exposición, por buena que sea, se extingue consigo mis­ma, mientras que una labor de estas características perdurará por siempre.

No nos cabe duda que las nuevas generaciones inglesas tendrán una idea más acorde con la objetividad histórica —más de 100.000 escolares habían visitado la exposición en las dos prime­ras semanas— aunque aún perduren algunos coletazos de viejas intransigencias.

Lo cierto es que, en el tratamiento de este tema, la Gran Breta­ña ha dado una lección al mundo de objetividad y civilización.



«It was the wheather» afirma Mr. Ormond y todo su docto equipo y parece aceptar ya la opinión menos apasionada, mientras en la espaciosa tienda de campaña instalada a la entrada de la exposición y que presiden dos gigantescos «ninots» de Isabel y Felipe, ella colorada como pepona, él con la pierna estirada e in­flamada por la gota, se representa diariamente una «opera buffa» titulada «Gone with the wyndes».



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