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Portada grandes historias de tesoros de la II guerra mundial


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(Portada)

GRANDES HISTORIAS

DE TESOROS



DE LA II GUERRA MUNDIAL




Kenneth D. Alford




(Contraportada)

Ken Alford es una destacada autoridad en los saqueos nazis. Sus trabajos se han publicado en el New York Times, Los Angeles Times, Time, Newsweek y muchas otras publicaciones informativas extranjeras, entre ellas el London Times y el Toronto Star.





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Lo que han dicho los críticos sobre la obra de Ken Alford



The Spoils of World War II

“Es una tremenda revelación de robos, muchos de ellos cometidos tanto por oficiales de alta graduación como por soldados norteamericanos. Es encomiable el valor de Alford por sacar por fin a la luz todo eso, después de medio siglo de ocultación, en su interesantísimo y bien documentado libro.”


-John Toland, historiador, ganador del premio

Pulitzer y autor de Adolf Hitler.

“El fascinante desembrollo que hace Alford de un encubrimiento militar pone de manifiesto que muchos soldados estadounidenses de la II Guerra Mundial no fueron los grandes libertadores, sino los grandes saqueadores de Europa. En tanto que la victoria y el pillaje van históricamente de la mano, nuestra idea de los heroicos militares americanos, portadores de la seguridad y buena voluntad después de los nazis, cambia al conocer la falta de honradez y codicia de algunos indeseables”.
-Kirkus Reviews
“Alford revela detalladamente hasta qué punto el ejército norteamericano de ocupación saqueó los bienes particulares y los tesoros públicos de los vencidos alemanes después de la II Guerra Mundial. Tropas de merodeadores y sus oficiales robaron en domicilios particulares pinturas, esculturas, joyas, porcelanas, muebles y toda clase de objetos de valor.”
-Publisher’s Weekly

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(Solapa anterior)
La II Guerra Mundial fue el conflicto más devastador de la historia de la Humanidad. En sus titánicas batallas se mató y mutiló a millones de personas y se trasformó el mundo al de hoy. A menudo se ha pasado por alto el hecho de que en la guerra de agresión alemana había un esfuerzo rapaz y calculado para saquear los tesoros históricos de Europa. Cuando la guerra llegó a su término en 1945 las fuerzas de ocupación –incluidas las norteamericanas- continuaron con el pillaje. Las Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial de Ken Alford son la última palabra sobre este fascinante asunto.

Entre septiembre de 1939 y mayo de 1945 las fuerzas armadas alemanas irrumpieron desde Dunkerque hasta Stalingrado y desde Spitzbergen hasta Atenas saqueando oro, plata, dinero, pinturas y otras obras de arte religioso o profano, monedas y millones de libros y documentos. El valor de estas cosas, muchas de las cuales eran piezas únicas irreemplazables, se estima en millones de dólares. Por ejemplo, sólo las obras de arte, rapiñadas bajo la dirección de Adolf Hitler, sobrepasaban en número a las colecciones reunidas del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, el Museo Británico de Londres, el Louvre de París y la Galería Tretiaskov de Moscú.

Hasta hace pco, la implicación estadounidense en la adquisición de estos tesoros ha quedado en gran parte oscura y mal interpretada. El hecho triste y embarazoso es que muchos norteamericanos participaron en el robo generalizado durante las semanas y meses siguientes al final de la guerra. Gran parte de esta actividad fue sancionada favorablemente por el Gobierno de los Estados Unidos. Sólo en obras de arte, las tropas
(continúa en la solapa posterior)

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(solapa posterior, continuación)

norteamericanas se apoderaron de miles de cuadros, esculturas y grabados junto con toneladas de valiosas fotografías y negativos. Grandes cantidades de libros, documentos y colecciones de manuscritos están hoy depositadas en la Biblioteca del Congreso en Washington D.C. por cesión del Ejército de los Estados Unidos. Las autoridades norteamericanas llegaron a permitir el traslado de los mejores caballos de Europa al Nuevo Mundo.

Entre las cuestiones que aclara el estudio de Alford se encuentran:


* El misterio del Salón Ámbar ruso. ¿Se encuentra realmente en manos estadounidenses o está enterrado bajo toneladas de piedras en una mina alemana abandonada?
* La verdad de lo ocurrido realmente a los tesoros de la iglesia de Quedlinburg;
* La escandalosa implicación americana en el robo de las inestimables joyas de la corona de Hesse;
* El extraño viaje de las joyas de la corona imperial del Sacro Imperio Romano;
* Los tesoros enterrados del campo de concentración de Buchenwald;
Y muchas más...
La inquietante situación de estas célebres obras de arte y otros tesoros desaparecidos durante los días finales de la II Guerra Mundial constituye un relato de avidez, codicia, fraudes, engaños y traiciones.

Y aún queda mucho por escribir.

_______________
Sobre el autor: Kenneth D. Alford ejerció mucho tiempo como técnico informático y vicepresidente bancario. Se le consulta frecuentemente para asesorar producciones televisivas referentes a tesoros nazis saqueados y varios de los capítulos de este libro fueron tema de un programa recientemente exhibido en el History Channel También es autor del libro The Spoils of World War II. Ken se ocupa actualmente de ayudar al Gobierno húngaro en la búsqueda de obras de arte perdidas. Reside en el norte de Virginia.
_________________

Ilustración de la sobrecubierta

Las joyas de la corona del Sacro Imperio Romano



Archivo Nacional


Kenneth D. Alford

Grandes Historias de Tesoros
de la II Guerra Mundial


EDITORIAL SAN MARTÍN, S.L.

Edición original, Savas Publishing Company, 2001.



Great Treasure Stories of World War II

por Kenneth D. Alford


Copyright © Kenneth D. Alford
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta edición puede ser reproducida, almacenada en sistema recuperable o transmitida por ningún medio electrónico, mecánico o por cualquier otro sistema sin tener previo permiso del Editor.
Los datos de catalogación están disponibles en la Biblioteca del Congreso de los EEUU.

Traductor: Juan Génova


Copyright © de esta primera edición en español

Editorial San Martín, S.L.

Apartado 97, Arenal,23

28080 Madrid-España




Para Edda

-Índice-
Prólogo i

Introducción y agradecimientos iii



Capítulo 1: La captura por los aliados del oro nazi 1

Capítulo 2: El saqueo de Munich 17

Capítulo 3: Los tesoros de arte de Hermann Göring 23

Capítulo 4: La captura de Hermann Göring 43

Capítulo 5: El pillaje de Berchtesgaden 61

Capítulo 6: Los recuerdos de Sepp Dietrich 77

Capítulo 7: El gobernador militar de Weimar 83

Capítulo 8: El tesoro enterrado en Buchenwald 97

Capítulo 9: Operación Macabre 101

Capítulo 10: Los centros de recogida 111

Capítulo 11: Las joyas de la corona imperial del Sacro

Imperio Romano 129



Capítulo 12: La corona de San Esteban 137

Capítulo 13: El robo de las joyas de la corona de Hesse 147

Capítulo 14: Arte bélico alemán 155

sigue...
Índice (continuación)



Capítulo 15: El pillaje de los fabulosos

caballos europeos 161


Capítulo 16: El regreso de los soldados de Hersbruck 167

Capítulo 17: La colección fotográfica de Heinrich

Hoffmann 171



Capítulo 18: El robo del tesoro de la iglesia de

Quedlinburg 177



Capítulo 19: El mapa del tesoro de Adolf Eichmann 189

Capítulo 20: El misterio del perdido Salón Ámbar 195

Capítulo 21: La Misión de la Biblioteca del Congreso 207
Epílogo 217

Apéndice 219

Notas 223

Bibliografía 229

Índice alfabético 231

Ilustraciones

-Las ilustraciones contenidas en este libro se encuentran en las siguientes páginas:


Origen:
Kenneth Alford: 4, 21 (centro), 22, 37 (arriba), 51, 67, 70 (abajo), 81, 87, 133, 174, 186, 190 (abajo), 192, 198. Colección de Mike y Mark Chenault: 21 (arriba). Ben Curtis: 68 (arriba). Museo de Arte de Dallas: 179, 180, 181, 182. Domgemeinde St. Servatii, Alemania: 187. Forty-fifth Infantry Museum: 20. Global Explorations: 203, 204. Thomas M. Johnson: 49,50,70 (arriba), 71 (abajo) 73 (abajo) 79 (arriba), 175. Kunst zu Weimar (Alemania): 92, 93. Biblioteca del Congreso: 24, 25, 27, 30 (arriba), 208, 212, 213, 214. National Archives: 3, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 18, 19, 21 (abajo), 26, 29, 32, 34, 35, 36, 37 (abajo), 38, 39, 40, 44, 45, 46, 47, 48, 49, 52, 53, 57 (abajo), 62, 63, 64, 65, 66, 69, 78, 86, 94, 98, 99, 100, 102, 103, 104, 106, 108, 109, 112, 113, 114, 115, 116, 117, 121, 122, 123, 124, 125, 126, 127, 128, 132, 134, 135, 138, 140, 141, 142, 144, 145, 148, 149, 150, 151, 152, 153, 162, 163, 165, 166, 168, 169, 172, 173, 191, 193, 201, 210, 211. National Gallery of Art: 118, 119, 120. Mack Stephenson y Robert Waits: 56 (arriba). Colección Ted Savas: 190 (arriba). Anónimas: 68 (abajo) , 84, 197. Keith Wilson: 55. Thomas T. Wittman: 73 (arriba). U.S. Army Center of Military History: 156, 157, 158, 159.

Prólogo


La Segunda Guerra Mundial, cataclismo del siglo XX, se ha documentado tanto en su realidad como en la ficción por muchos escritores en diversos medios de comunicación. Desde las grandes batallas a los horrores de los campos de concentración, pasando por las biografías de personajes pasmosos, la guerra de todas las guerras se ha tratado en todos los aspectos.

En estos últimos años han sido cada vez más los autores que se han ocupado del pillaje con ocasión de la guerra en Europa. Últimamente se ha tratado en las portadas de los periódicos de los bienes e indemnizaciones a los supervivientes de los campos de exterminio de Hitler durante el Holocausto. Las Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial de Ken Alford siguen esta fascinante línea de investigación y registran a fondo no sólo el pillaje nazi de los países ocupados por los alemanes, sino también la implicación norteamericana en el saqueo de los tesoros que se habían confiado a la custodia de sus tropas. Este libro contiene informaciones reveladoras sobre héroes y malhechores en estos ambientes encubiertos, demostrando con meridiana claridad que donde hay oro -u otras riquezas- tiene lugar la codicia, incluso entre gente normalmente honrada y legal.

Las Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial pretenden ser una lectura instructiva y amena, una historia popular que roza lo trágico, lo repulsivo y, a veces, lo cómico, al tiempo que se inserta sin aspereza en la corriente de las acciones y

ii Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial


movimientos de la II Guerra Mundial. No intenta agotar el tema (tarea imposible incluso para el libro más grueso imaginable) sino, más bien, ilustrar con nuestra comprensión de la atmósfera que se respiraba y los motivos de la gente durante los últimos días del inmenso conflicto, por medio de ejemplos y relatos que muestran la avaricia, la codicia y la delincuencia.

Es una lectura apasionante y una valiosa contribución a nuestra comprensión de aquellos días oscuros.
Larry C. Bush

Pensacola Junior College. Milton Campus



Introducción

La Segunda Guerra Mundial fue el conflicto más devastador de la Historia. Además de la amplitud del espacio asolado por el conflicto global, las pérdidas materiales y el desplazamiento de millones de personas, fueron sencillamente pasmosos. La naturaleza de la agresiva campaña librada por Alemania, que invadió gran parte de Europa y Rusia occidental, llevó al pillaje de muchos países. La rapaz adquisición de riquezas por los alemanes no fue una aberración de la codicia humana, sino meramente la continuación de una costumbre ya seguida en anteriores cruzadas o guerras seculares durante sus hostilidades. Lo que distinguió al período 1939-1945 fue la extraordinaria escala a que se hizo y su organizada crueldad.

Entre septiembre de 1939 y mayo de 1945 las fuerzas armadas alemanas irrumpieron en Europa desde Dunkerque hasta Stalingrado y desde Spitzbergen hasta Atenas saqueando oro, plata, dinero, pinturas y otras obras de arte religioso o profano y millones de libros y otros documentos. El valor de estas cosas, muchas de las cuales eran piezas únicas irreemplazables, se estima en millones de dólares. Por ejemplo, sólo las obras de arte, rapiñadas bajo la dirección de Adolf Hitler, sobrepasaban en número a las colecciones reunidas del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, el Museo Británico de Londres, el Louvre de París y la Galería Tretiaskov de Moscú.
iv Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial

Después de la guerra muchas naciones y personas particulares reclamaron indemnizaciones a Alemania por estas pérdidas culturales.

Hasta hace poco, la implicación estadounidense en la adquisición de estos tesoros ha quedado en gran parte oscura y mal interpretada. El hecho triste y embarazoso es que muchos norteamericanos participaron en el robo generalizado durante las semanas y meses siguientes al final de la guerra. Gran parte de esta actividad fue sancionada favorablemente por el Gobierno de los Estados Unidos. Sólo en obras de arte, las tropas norteamericanas se apoderaron de miles de cuadros, esculturas y grabados junto con toneladas de valiosas fotografias y negativos. Grandes cantidades de libros, documentos y colecciones de manuscritos están hoy depositadas en la Biblioteca del Congreso en Washington D.C. por cesión del Ejército de los Estados Unidos. Las autoridades norteamericanas llegaron a permitir el traslado de los mejores caballos de Europa al Nuevo Mundo.

Aunque el Congreso ha aprobado leyes que autorizan la devolución a Alemania de gran parte de este material –amparadas por resoluciones de juzgados federales- la mayoría de los objetos de valor traídos al país continúa en archivos norteamericanos y en fondos privados. Ha habido pocos intentos –si es que hubo alguno- de devolver el botín de guerra. Recientemente se anunció por funcionarios norteamericanos que hay dos toneladas de oro nazi almacenadas en el Banco de la Reserva Federal de Nueva York. Esta declaración sólo se hizo a instancias del senador Alfonse M. D’Amato como consecuencia de sus pesquisas sobre el oro nazi depositado en bancos suizos durante la Segunda Guerra Mundial.

Hace poco, el New York Times y otros distinguidos periódicos han publicado relatos acerca de tesoros rusos tomados a Alemania durante los días finales de la guerra. Según estos artículos, tanto el museo del Hermitage de San Petersburgo como el Pushkin de Moscú tendrían cantidades enormes de cuadros cogidos a los alemanes, quienes, a su vez, los habían saqueado de otros países y colecciones particulares. Pero los rusos no serían los únicos comprometidos en tan indecoroso proceder. Mientras ellos embalaban y enviaban las obras de arte y demás objetos de valor para su viaje hacia el Este, los Estados Unidos orquestaban su propia versión del pillaje de posguerra. Bajo la dirección

del oficial del Ejército norteamericano Gordon Gilkey, por ejemplo, se trasportaron en 1947 unos 11.000 cuadros a Washington D.C., donde quedaron “retenidos permanentemente” en el Pentágono. Los más valiosos de ellos están hoy almacenados en un subterráneo del Centro de Historia Militar de la capital americana. Los saqueado-



Introducción v

res oficiales están comprendidos en categorías que van desde funcionarios gubernamentales hasta individuos particulares, muchos de ellos procedentes de destacados puestos políticos o de la industria privada. Un caso de saqueo afectó incluso al ex presidente Herbert Hoover. Al cesar las hostilidades, Hoover recorrió el mundo en el avión del presidente Harry Truman, llamado familiarmente la “Vaca Fiel”. El irreprochable objetivo de Hoover en este viaje era ocuparse de la amenaza del hambre encontrando algún medio para alimentar a los niños famélicos del mundo. Mientras él se dedicaba a esta noble misión, su personal estaba en Alemania recopilando miles de artículos para la Hoover War Library en la Universidad de Stanford. Uno de ellos fue de diario mecanografiado en 7.000 páginas del ministro de Propaganda alemán Joseph Goebbels. Uno de los ayudantes de Hoover, Frank E. Mason, negoció un acuerdo por valor de 400.000 dólares con la editorial Doubleday por la publicación parcial del diario. Este dinero hubiera sido mejor empleado en ayudar a alimentar a los niños hambrientos. Los Diarios de Goebbels, con introducción del corresponsal de guerra Louis P. Lochner, se publicaron en 1948. El diario original está aún en la Hoover War Library en la Universidad de Stanford. Además de los diarios de Goebbels, el Instituto Hoover adquirió una colección de sus papeles personales fechados entre 1931 y 1945. Los agentes del ex presidente también se hicieron con gran cantidad de documentos que habían pertenecido a Heinrich Himmler y al partido nacional socialista; hasta manuscritos relativos al folclor ario fueron a parar a la Universidad de Stanford.

Se han develado muchos informes que prueban el saqueo autorizado por el gobierno y la indiferencia hacia los bienes culturales por parte de soldados y paisanos. A pesar de que puede haber habido algunos oficiales y organismos bien intencionados, era sencillamente imposible evitar el pillaje generalizado durante el período de enorme desorden que siguió a la Segunda Guerra Mundial. La redistribución de mandos y tropas hacían imposible preservar con seguridad los muchos e importantes museos repartidos por toda Europa. Los alemanes, abrumados por las consecuencias de la guerra, no podían proteger los bienes culturales en sus domicilios, castillos y museos, de los que con frecuencia eran expulsados por personal militar americano. Aunque la adquisición de “despojos de la guerra” haya podido ser común y corriente, permanece el hecho de que el saqueo por las tropas estadounidenses fue ilegal. Ciertamente, algunos soldados ignoraban esto, pero muchos otros arramblaron con lo que pudieron con pleno conocimiento y decisión, tentados por el resplandor de tantos tesoros desparramados en su derredor.

vi Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial

La inquietante situación de estas obras de arte y otros tesoros desaparecidos durante los días finales de la Segunda Guerra Mundial constituye un relato de avidez, codicia, fraudes y traiciones. Gran parte de esa historia se encuentra en este libro.

Y todavía queda mucho por contar.


Agradecimientos

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He de agradecer a muchas personas e instituciones su ayuda para la investigación y confección de este libro. No se habría podido terminar sin su asistencia. Sé que olvidaré alguno, pero ellos saben quiénes son y mi gratitud será eterna.

Especialmente quiero dar las gracias a las siguientes personas: Klaus Goldmann, de Berlín (Alemania); Willi Korte, de Alemania y Silver Springs (Maryland); John Toland, de Danbury (Connecticut); Larry Bush, de Pensacola (Florida); Justicia Militar del Ejercito, de Falls Church (Virginia); Mary B. Dennis, funcionaria de los Archivos Judiciales y Registro de Washington D.C.; John Taylor; Richard Boylan; Rebecca Collier; David Giordano; Vickie Washington.

También quiero hacer extensivo mi reconocimiento a Birch Lane Press por su autorización para utilizar información de su libro World War German War Booty.

Me gustaría agradecer especialmente a mi editor, Thodore P. Savas sus conocimien- tos, su dirección, sus consejos y aliento en este proyecto. Le doy gracias por su apoyo y sus advertencias.

Por último, pero no menos importante, quiero rendir homenaje a mi esposa Edda por su paciencia durante la investigación y redacción de este libro. Sin ese apoyo, la tarea que me había propuesto habría sido imposible.



-Capítulo Primero-
La captura por los aliados del oro nazi1
En 1933 Adolfo Hitler fue nombrado canciller de Alemania. Había culminado una larga y ardua escalada hasta el poder. Hijo de un empleado civil, el futuro führer del Tercer Reich había nacido en Austria en 1889. Tras fracasar en lograr una plaza en la Academia de Bellas Artes de Viena en 1907 y de nuevo al año siguiente, Hitler residió en Viena hasta el estallido de la I Guerra Mundial, alistándose entonces en el Ejército, que lo destinó al frente occidental. Cumplió honorable y valerosamente, fue herido dos veces y ganó la Cruz de Hierro de primera clase. La derrota alemana de 1918 lo afligió profundamente y a partir de entonces se alineó con el ala extrema derecha del Partido de los Trabajadores alemanes, origen del partido nacional socialista.

En 1924, recién salido de prisión por sus actividades radicales, empezó a trasformar el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP) en una organización nacional. En las elecciones de 1930 cosechó unos seis millones de votos y logró 107 escaños en el Reichstag. Con vistas al futuro, ciertos industriales y otros con intereses políticos y dinero empezaron a hacer donaciones a su partido. En 1933 Hitler y los suyos alcanzaron un notable 52 por ciento de votos. Entonces, como canciller de Alemania, actuó rápidamente para consolidar su poder y revivir la industria alemana en general y la militar en particular. Con el antisemitismo como punto de apoyo de su política, trasformó el partido nacional socialista en un movimiento tiránico de masas.


2 Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial


El führer llevó a cabo sus planes con vertiginosa velocidad. En seis años llevó sus tropas a Renania –vulnerando el tratado de Versalles- alteró los límites del tratado naval con Gran Bretaña, se anexionó Austria y ocupó el país de los Sudetes. El Ejército alemán, la Wehrmacht, y su fuerza aérea, Luftwaffe, crecieron en número y poderío. Lo más amenazador, tal vez, fue la firma de un tratado de no agresión con la Unión Soviética, que le dejaba las manos libres para operar en cualquier parte de Europa sin tener que preocuparse de la amenaza bolchevique por el Este.

En septiembre de 1939 Hitler invadió Polonia, provocando la Segunda Guerra Mundial anticipándose a sus propias previsiones al declararle la guerra Gran Bretaña, seguida por Francia. Los polacos fueron rápidamente arrollados, pero los aliados británicos y franceses apenas respondieron más que con amenazas. En la primavera de 1940 las fuerzas de Hitler ocuparon Dinamarca y Noruega y pocas semanas después irrumpieron en Holanda, Bélgica y Francia. Luego se produjo la Batalla de Inglaterra, y pese a su proximidad, Hitler no consiguió la capitulación británica. Movido por su animadversión hacia el bolchevismo volvió su atención a su hasta entonces aliada oriental, la Unión Soviética. La aplastante invasión de junio de 1941 llevó a los victoriosos ejércitos alemanes hasta los suburbios de Moscú, pero la obstinada oposición de los rusos y un invierno adelantado detuvieron a las fuerzas blindadas y de infantería a un paso de la victoria decisiva que pretendían. Mientras las tropas de Hitler se helaban y morían en Rusia, surgieron los japoneses golpeando a los Estados Unidos en Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Con su peor, quizá, metedura de pata estratégica, Hitler declaró la guerra a Estados Unidos, consiguiendo así la ayuda yanqui a los baqueteados rusos y británicos.

A partir de entonces la fortuna tomó un giro decididamente a peor para Alemania. Todo un ejército alemán fue engullido en Stalingrado, en el frente oriental, y el Afrika Corps del mariscal de campo Erwin Rommel fue derrotado en el norte de África. Las ciudades de Alemania empezaron a sufrir el habitual aguijoneo de las bombas lanzadas por los aviones norteamericanos, canadienses e ingleses. Igualmente devastadora fue la pérdida de la crítica batalla del Atlántico, el intento de Hitler de cortar los abastecimientos entre los aliados con sus ufanos submarinos. Cuando los aliados invadieron Francia por Normandía el 6 de junio de 1944 era ya evidente que Alemania no podía ganar la guerra. Menos de un año después, con los rusos combatiendo por las calles de Berlín, Hitler se suicidó en su refugio el 30 de abril de 1945 juntamente con su amante de tantos años Eva Braun, con la que se había casado el día anterior.



La captura por los aliados del oro nazi 3

Había terminado la guerra más devastadora de la Historia. Habían muerto decenas de millones de soldados y civiles, varios millones más habían sido desplazados y la población judía de Europa había sido aniquilada en gran parte con la “solución final”. Además de esta devastación humana, el propósito de Hitler de dominar y controlar Europa y la Unión Soviética había dado como resultado la confiscación por los nazis de gran parte de las obras de arte europeas, de valor incalculable, metales preciosos, joyas y otros bienes.


* * *



(Fotografía)
A principios de 1945 tres millones e soldados aliados desbarataron la línea Sigfrido y acometieron la “Fortaleza Interior” de Hitler, Alemania. Durante esta aplastante ofensiva, el Tercer Ejército del general George Patton irrumpió velozmente en la provincia de Turingia y descubrió el mayor escondite de tesoros de la II Guerra Mundial.

En el interior de la mina Kaiseroda, en el pueblo de Merkers (Turingia) se encontraba el trofeo más valioso de la II Guerra Mundial: el principal escondite de las reservas de oro de Alemania trasladadas desde Berlín a causa de los bombardeos aliados. Además, se llevaron también millones de marcos alemanes, dólares americanos y otras cantidades en papel moneda durante los primeros meses de 1945.

Tras la captura de Merkers los aliados empezaron a oír rumores de recientes movimientos de oro del Reichsbank de Berlín a la mina de Kaiseroda. Los rumores eran persistentes, pero no se localizó ningún testigo hasta la mañana del 6 de abril de 1945.



  1. Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial

Dos policías militares, los soldados Clyde Harmon y Anthony Kline, detuvieron a dos desplazadas francesas de Thionville que estaban incumpliendo una orden que prohibía al personal civil circular por los alrededores del puesto de mando de la 90a División en Keiselbach. Una de ellas estaba embarazada y la acompañaba su amiga en busca de asistencia médica. Tras ser interrogadas por la policía militar en el puesto, ambas volvieron a recorrer los tres kilómetros de vuelta a Merkers acompañadas de un soldado.

Al llegar a Merkers el soldado vio los grandes edificios y los techos de los montacargas de la mina de Kaiseroda. A una sencilla pregunta sobre la naturaleza de aquellas instalaciones las mujeres respondieron inmediatamente que en aquella mina era donde los alemanes habían enterrado sus reservas de oro y los valiosos fondos del Museo Nacional de Arte de Berlín. El oro, añadieron, estaba depositado a quinientos metros de profundidad y habían obligado a personal civil de la localidad, junto con personas desplazadas, a descargarlo y almacenarlo con el dinero. No sabían la cantidad o valor del cargamento, pero una cuadrilla había tardado tres


(Fotografía)

Los accesos a la mina Kaiseroda estaban cubiertos por varios grandes edificios de ladrillo, de cinco pisos, que albergaban grupos electrógenos alimentados con carbón. La energía eléctrica se utilizaba para alumbrado, ventiladores y fuerza motriz para los grandes montacargas de los pozos.




La captura por los aliados del oro nazi 5

días en descargarlo y almacenarlo. El asombrado soldado informó de esta conversación al teniente coronel William A. Russell, oficial de la 90a División, quien se trasladó inmediatamente a la mina Kaiseroda e interrogó a las personas desplazadas que vivían por allí. La curiosa historia que contaron las dos francesas era cierta.

Comprendiendo la importancia de este descubrimiento, y mientras la guerra todavía tronaba en Alemania, el teniente coronel Russell pidió al 712° Batallón de carros que se trasladara a Merkers para guardar el acceso a la mina. Pronto averiguó que la mina era un laberinto de 56 kilómetros de túneles y contaba con cinco entradas. Se despachó a todo el 357o Regimiento de Infantería para proteger la mina. A los pocos días la guarnición de la mina Kaiseroda disponía de compañías reforzadas de infantería, artillería antiaérea, carros de combate, destructores de carros y jeeps armados con ametralladoras de calibre 50.

El sábado 7 de abril, efectivos de la 80a División decidieron examinar el contenido de las galerías. Tras entrar en la mina, el teniente coronel Russell hizo varios intentos de abrir la puerta de la bóveda con un juego de llaves. Al no conseguirlo, trató de derribar la puerta por la fuerza, sin otro resultado que el de romper los tiradores. Desalentado, sugirió hacer un agujero en el muro de mampostería, pero se decidió que sería más fácil abrir con explosivos una entrada a la bóveda a la mañana siguiente. Russell realizó una inspección con su gente examinando una importante colección de arte que se encontró en varios túneles. Al día siguiente, domingo, Russel y el general Herbert L. Earnest, jefe de la 90a División volvieron a la mina. Esta vez los esfuerzos de Russell, al que acompañaban hombres del Primer Batallón del Regimiento de Ingenieros núm. 357, se vieron recompensados.

Los ingenieros intentaron primero hacer un agujero en la pared de mampostería de la bóveda, pero enseguida descubrieron que la barrera era inexpugnable a los picos y palas, por lo que recurrieron a los explosivos. Mientras los hombres esperaban sentados sobre montones de dinero almacenado fuera de la bóveda, la explosión abrió una entrada de unos dos metros y medio por uno. La bóveda tenía unos 23 metros de ancho por 45 de largo y una altura de más de tres y medio. Aunque bien iluminada, carecía de ventilación. Lo que vieron allí los dejó atónitos: acababan de descubrir 260 toneladas de lingotes y monedas de oro y 519.805.802 dólares en efectivo.2

El 8 de abril de 1945, en el palacio de Versalles, en las afueras de París, el coronel Bernard Bernstein, del Estado Mayor del Cuartel General Supremo de la Fuerza Expedi-


6 Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial




(Fotografía)

El tesoro recuperado por el Ejército norteamericano estaba almacenado en filas de sacos separadas las de monedas de las de lingotes de oro unos setenta centímetros. Apiladas al fondo, cientos de maletas, contenían joyas de oro y plata, ornamentos religiosos de incalculable valor, vajillas y cuberterías de plata, y paquetes de billetes. En el centro había unos carriles de vía estrecha.


cionaria Aliada (SHAEF) del general Eisenhower degustaba un tardío desayuno en el comedor de oficiales antes de ir a su despacho con un ejemplar del periódico militar Stars and Stripes bajo el brazo. Antes de empezar su trabajo echó una ojeada a la portada donde aparecía el relato de las tropas americanas y el oro escondido en una mina de sal de Merkers. Entonces sonó el teléfono: era el general Frank J. McSherry, del SHAEF en Reims (Francia). Le dijo que el general Patton había pedido a Eisenhower que se hiciera cargo del tesoro de Merkers y de su custodia. Aquella misma tarde Bernstein se trasladó en una avioneta a Reims para encargarse del tesoro en


La captura por los aliados del oro nazi 7
Se abrieron e inspeccionaron sacos de

monedas de oro. Para examinar su con-

tenido, los norteamericanos tenían que

romper los sellos. Entonces el saco se

abría y su contenido se vertía en un casco (Fotografía)

de acero, se fotografiaba y se devolvía

a su bolsa. Cada bolsa o saco de mone-

das de oro pesaba 36 Kg..

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nombre del comandante general del Ejército de los Estados Unidos en el Teatro de Operaciones de Europa.

Una de las tareas de Bernstein era encontrar un sitio apropiado para almacenar el oro, las obras de arte y el dinero y decidió que el edificio del Reichsbank de Francfort sería un excelente lugar para ello. Así que ese mismo día, 10 de abril, el coronel viajó por carretera los 137 kilómetros que le separaban de Merkers y se presentó en el Regimiento de Infantería núm. 357. Tras una inspección preliminar de la mina Kaiseroda y su contenido, dio instrucciones a los oficiales de llamar a los hombres escogidos por él y asignarles la tarea de contabilizar los valores de la mina.

El infatigable coronel se trasladó después al puesto de mando del Tercer Ejército de Patton, cerca de Merkers, para explicar al general que los tesoros debían llevarse a Francfort tan pronto como fuera posible. Pero Patton se opuso: “No hay ninguna posibilidad de que los alemanes me echen de esta zona; el oro y los demás tesoros estarán seguros en esa mina”.

Pero Bernstein insistió: “No dudo lo más mínimo la exactitud de lo que usted dice, pero según el acuerdo de los Tres Grandes, esta parte de Alemania será ocupada por los rusos cuando cesen las hostilidades y sin duda querremos sacar todo esto de aquí antes de que lleguen”.

Patton se quedó atónito ante lo que decía Bernstein: “No sabía nada de eso” –respondió- “pero haré todo lo posible para facilitar la misión de usted”3. Parece increíble que a aquellas alturas de la guerra Patton no estuviera enterado de la división de Alemania en cuatro zonas por los aliados.




  1. Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial


(Fotografía)

El coronel Bernard Bernstein, director de la División de Finanzas del Gobierno Militar norteamericano es recompensado con una condecoración militar francesa.


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El 11 de abril Bernstein montó un puesto de mando en Merkers. Se llevó allí todo el material de oficina necesario, cocinas, alojamientos y demás. Bernstein no perdió tiempo antes de bajar a la mina para echar una ojeada. Años después explicaba: “Debido a mi experiencia en Hacienda y a mi trabajo para una importante firma de abogados que proporcionaba asesores legales a la antigua Farmers Loan and Trust Company de Nueva York, sabía que lo primero que hay que hacer es preguntarse qué es lo que hay. Asegurarse de que se contabiliza adecuadamente.”4 En su inspección incluyó el examen de algunos tesoros procedentes de museos berlineses, con la presencia del Dr. Paul W. Rave, conservador del Museo de Berlín, para informarle sobre los objetos. Algunas cajas estaban sobre charcos de agua y Bernstein se cuidó de que se pusieran en un lugar más alto en el almacén. Cuando volvió a su alojamiento por la noche se encontró con un recado del general Patton, que le ordenaba encontrarse a la entrada de la mina a las nueve de la mañana siguiente.

El coronel Bernstein y sus hombres ya estaban en la mina mucho antes de esa hora para continuar con el inventario. A las nueve, subió en el montacargas, pero aún no

La captura por los aliados del oro nazi 9
había llegado nadie. De repente apareció la parte delantera de un jeep con una placa con cinco estrellas en círculo. Bernstein se enderezó automáticamente; sabía que sólo había una persona con aquella categoría en aquel teatro de operaciones. Mientras ejecutaba un rígido saludo se encontró cara a cara con las de los generales Dwight D. Eisenhower, George Patton y Omar N. Bradley, los tres oficiales americanos de mayor graduación en Europa, todos en el mismo jeep..

Mientras se dirigían al montacargas para bajar a la mina se les unió el general Manton S. Eddy. El montacargas que los llevaría a la mina estaba suspendido de cables en el interior de un pozo de 500 metros de profundidad.


(Fotografía)

Los generales George Patton (izquierda), Dwight Eisenhower (exminando la maleta) y Omar Bradley (derecha) inspeccionando la bóveda principal. Se tendió un tupido velo sobre su jubiloso hallazgo de 207 cajas y maletas conteniendo miles de coronas dentales de oro y plata, puentes, placas, cuberterías de plata, relojes de bolsillo, gafas, alianzas, perlas, piedras preciosas y billetes varios, restos de las atrocidades nazis.




  1. Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial

Bernstein, empero, no había sido informado de que aquella misma mañana se reuniría con un grupo de generales de la más alta graduación. Por lo tanto, no había relevado al operador alemán del montacargas. Sobre su plataforma de madera meditó para sus adentros: “Había catorce estrellas y un solo coronel en manos de un alemán que pudo haber desbaratado todo el plan en aquel preciso momento. Si aquel alemán que manejaba el montacargas hubiera sido un fanático nadie sabe que hubiera podido ocurrir”.5 Afortunadamente, el operario condujo al grupo con seguridad al interior de la mina. Cuando salían del montacargas en el fondo del pozo y el soldado americano de guardia saludó a aquel rutilante estrellato, todos le oyeron suspirar: “¡Gracias a Dios!.”

Los generales contemplaron las obras de arte, que más tarde se aseguró que constituían como el 25 por ciento de las contenidas en los numerosos museos de arte de Berlín. También examinaron las planchas utilizadas por el Reichsbank para imprimir billetes. Mientras recorrían las galerías, el coronel Bernstein les explicó el

(Fotografía)

El general Eisenhower estaba particularmente interesado en conocer el contenido de la mina. Se sentó sobre una pila de billetes fumando un cigarrillo mientras Bernstein les hablaba a los generales sobre el oro, los billetes de banco y las maletas llenas de botín ocupado a las víctimas de los campos de concentración. El general examinó algunas maletas; una pequeña bolsa de viaje de señora todavía conservaba en su interior el aroma de un perfume.




La captura por los aliados del oro nazi 11


(Fotografía)

El general Eisenhower (frente) con los generales Patton (centro) y Bradley (izquierda) examinando obras de arte que Patton describiría después como “del tipo de las que normalmente se ven en los bares de América”.

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plan para inventariar y sacar el tesoro de la mina Kaiseroda. La visita duró una hora. En un cierto momento Eisenhower se fijó en algo escrito en la pared: estaba en alemán y le pidió a Bernstein que se lo tradujera. Aunque éste no sabía alemán, tenía suficientes conocimientos de yiddish para entender: “El Estado es todo; el individuo, nada”. “Qué doctrina más espantosa” –comentó Eisenhower.

A Patton no le impresionaron las obras de arte. Escribió más tarde en su diario: “Las que vi valdrían, en mi opinión, dos dólares y medio y eran del tipo de las que normalmente se ven en los bares de América”6. Y con eso se refería a cientos de las mejores pinturas del mundo.

En la tarde del 12 de abril de 1945 Bernstein telefoneó al capitán Henry Morgenthau III, hijo del Secretario de Hacienda y miembro del Estado Mayor de


  1. Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial

Patton. Quería tratar con él del tesoro hallado en Merkers, pero Morgenthau no estaba. Bernstein se retiró a descansar a eso de media noche pero poco después un soldado entró y le informó de que Morgenthau respondía a su llamada. La voz que oyó en el teléfono lo desveló del todo: “Supongo que me llama por lo que ha oído en la radio”, decía Morgenthau. Bernstein le dijo que no había estado escuchando la radio. Morgenthau le interrumpió: “El presidente Roosvelt ha muerto”. Bernstein recuerda que colgó y volvió a la cama. Sin poder volver a dormir, se pasó la noche revolviéndose lamentando la muerte del presidente7.

El 14 de abril, diez días después del descubrimiento de la mina Kaiseroda, el tesoro estaba ya dispuesto para el traslado. Se designó al primero de los dos montacargas para el trasporte a la superficie de billetes y otros objetos diversos. El número dos, que se averió y fue reparado por los ingenieros allí destinados, fue el previsto para subir el oro. A las 07:30 se estacionaron treinta camiones de diez toneladas. Se extendieron grandes lonas detrás de cada uno, que se plegaron una vez efectuada la carga para ocultar el oro de la vista. Se dobló la guardia en torno a la mina de sal.
(Fotografía)

Un soldado norteamericano contado billetes de marcos alemanes.



La captura por los aliados del oro nazi 13

(Fotografía)

En 1945 el Foreign Exchange Depository, establecido en el edificio del Reichsbank de Francfort, recibió 78 envíos de oro y almacenó en sus espaciosas criptas 174.391 Kg. de oro en lingotes y 141.035 Kg. en monedas. El coronel Bernstein (a la izquierda, sentado) examina con su personal algunos lingotes almacenados en uno de los 18 seguros compartimentos.


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La carga siguió durante toda la noche. Cada camión se llenó a rebosar para llevarse el enorme cargamento. A medida que el laborioso proceso se iba desarrollando, los conductores y sus ayudantes aprovechaban alguna oportunidad para echar un corto sueño en las cabinas. Finalmente se terminó de cargar a las 07:45. Tres de los camiones estaban atestados de obras de arte mientras que los otros 27 llevaban oro y dinero. Bernstein estaba comprensiblemente nervioso por la seguridad del envío. Primero insistió en que fuera un soldado de escolta delante, con los dos conductores. No satisfecho con esto, pidió al teniente coronel John H. Mason, jefe del Regimiento de Infantería núm. 357 que colocara a uno de sus soldados en la trasera de cada camión para evitar la posibilidad de que saltaran dentro alemanes y robaran parte del oro o del dinero. “Creo que podemos correr el riesgo de los alemanes” -dijo Mason- “estos soldados son muy duros”8. Tenía razón. Con todas las carreteras y sus intersecciones

14 Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial




cortadas a cualquier otro tráfico a lo largo de los 137 Km. hasta Francfort, el convoy llegó al Reichsbank a las 15:45 sin incidentes.

La guardia establecida en el Reichsbank se reforzó con los soldados que escoltaban el convoy; además se incorporaron ocho carros M8 y diez cañones antiaéreos a las defensas existentes. Así, había más de 700 hombres custodiando el oro de Merkers. Con la ayuda de 150 ingenieros militares se inició inmediatamente la descarga, que continuó toda la noche y durante el día siguiente. El Ejército norteamericano se había apoderado de 210 toneladas de oro de la zona asignada a su ocupación por los rusos, la apropiación de oro mayor de toda la historia militar, constituyendo solamente el primer depósito de los 256.377 Kg. de oro del “Allied Gold Pot”. El Reichsbank estaba rodeado de una alambrada de púas y bajo constante vigilancia de los guardias situados en atalayas; por la noche el edificio estaba iluminado con focos.

El general Walter Bedell Smith, jefe de Estado Mayor de Eisenhower, le pidió al coronel Bernstein cinco monedas de oro para confeccionar medallas para el presidente



(Fotografía)

Un soldado monta guardia sobre un camión de dos toneladas cargado con oro para ser devuelto a Francia. Este oro sería una gran ayuda para superar las dificultades financieras de posguerra a este país.





La captura por los aliados del oro nazi 15

Carga del oro holandés, consistente en 209 cajas de



lingotes de oro y 223 cajas de monedas de oro, en

camiones proporcionados por el Ejército de los

(Fotografía) Países Bajos. El coronel Van Limberg, Inspector

General del Ejército holandés, con su perro, al man-

do de la operción.
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Harry Truman, el Primer Ministro Churchill, el general Marshall, el marsical de campo Montgomery y el general Eisenhower. Esta petición cogió al coronel por sorpresa. El Ejército y el Gobierno norteamericano, respondió, tenía la responsabilidad fiduciaria del oro. El general Eisenhower podría ser cuestionado si tomara monedas de oro. Bernstein trataba de negarse de la manera más diplomática posible. No aceptando la negativa, el general Smith pidió al general McSherry que le acompañara desde el Cuartel General Supremo al Reichsbank: tomaría las monedas personalmente. Durante el camino, McSherry advirtió a Smith que el coronel Bernstein había establecido una estrecha vigilancia en torno al edificio y que no era probable que les permitiesen entrar. Enfadado, Smith ordenó al conductor dar la vuelta y regresar al cuartel general.9

La preocupación de Bernstein por la seguridad de la carga se demostró que tenía fundamento. A pesar de que hizo lo que pudo, de la mina Merkers desaparecieron 12.470 dólares americanos en billetes. Durante en transporte de Merkers al Reichsbank de Francfort fueron robados también, además de gran número de monedas de oro holandesas, 468.800 Rechmarks, equivalentes a 46.880 dólares. Pese a la investigación dirigida por el jefe de Asuntos Civiles Europeos, Sección de Numerario, ni los billetes ni las monedas se recuperaron nunca.10 La mayor parte del oro ocupado por el Ejército norteamericano y almacenado en el Reichbank de Francfort fue después distribuido


  1. Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial

entre varias naciones aliadas. Hecho esto, quedaron en el Allied Gold Pot 108.952 libras ( 49.028 Kg.) de oro, valoradas en 45.759.840 dólares de 1947. El autor inició un procedimiento civil intentando obtener información sobre el destino final del oro restante. Pero esos registros están todavía clasificados como “secretos” bajo la Excepción (b) (1) del FOIA 11 y Orden Ejecutiva Presidencial núm. 12356. El ex senador Alfonse M. D’Amato (republicano por Nueva York) trató del destino del oro en su investigación sobre las transacciones de oro nazi en los bancos suizos durante la guerra. (Véase en el Apéndice el cuadro analítico de las actividades alemanas relativas al oro).

Además de la de Kaiseroda, había docenas de minas en la zona inmediata con más de 3.000 Km. de galerías que también se examinaron en busca de tesoros escondidos. Una de las más interesantes fue la mina de sal de Ransbach. La cámara principal de la mina estaba a casi ochocientos metros bajo la superficie. Contenía en torno a un millón de libros de la Biblioteca de Berlín. El primer envío de estos libros se efectuó a mediados de 1944 y mediado el año siguiente se metieron en la mina 200 vagones de ferrocarril llenos de libros. Eran principalmente libros de lectura o informes catalogados como antiguos, raros o valiosos. Algunos contenían mapas, otros manuscritos de obras teatrales u operísticas y partituras musicales del Teatro del Estado. Además había 45 cajones con unos 500 cuadros de fama internacional y gran valor. También había 200.000 trajes de vestuario teatral colgados de largos postes suspendidos del techo.12
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Fachada del edificio y montacargas

de la mina de sal de Ransbach.
(Fotografía)

-Capítulo Segundo-


El saqueo de Munich
El 1 de mayo de 1945 terminada la fase inicial de la batalla por Munich de la 3a División de Infantería de los Estados Unidos, esta ciudad se asignó a la altamente secreta Fuerza T (Task Force) de la Sexta Agrupación del Ejército. La Fuerza T se había organizado en las primeras etapas de la guerra para hacerse con la tecnología alemana, comprendidos patentes y planos de misiles buscadores por infrarrojos, aviones a reacción, cohetes y otras armas modernas de destrucción masiva.

Entre los objetivos de la Fuerza T estaban el Führerbau y el Verwaltungsbau (edificios del führer y administrativo, respectivamente), que se utilizaban como cuartel general del partido nacional socialista y estaban en la reconstruida Königsplatz. Detrás del Führerbau había un edificio más antiguo conocido como Braunes Haus, donde nació el partido nacional socialista. Su estructura sirvió a éste hasta que creció demasiado para encerrarse entre sus paredes. Estos tres grandes edificios estaban enlazados por un amplio sistema de túneles provistos de cocinas, comedores, centros de comunicaciones y almacenes. Todos ellos contenían tales cantidades de recuerdos nazis que un capitán del Ejército los describió diciendo que eran “condenadamente tantos que no puedes revisarlos a menos que estés completamente decidido a fijártelo como objetivo a largo plazo”13. Al final de la guerra el Braunes Haus, o por lo menos la parte edificada sobre el nivel del suelo, había quedado destruida, pero los otros dos edificios estaban indemnes en su mayor


18 Grandes Historias de Tesoros de la II Guerra Mundial



(Fotografía)

Ante la complejidad de la Könspatz, el personal de la Fuera T escribió en esta postal la localización de los edificios.


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parte, excepto las ventanas rotas. El ejército alemán en retirada ya había realizado un pillaje considerable cuando las fuerzas norteamericanas tomaron los edificios. Papeles, efectos personales, fotos y toda clase de objetos estaban esparcidos por los suelos.

El 1.269° Batallón de Ingenieros de Combate entró en Munich después de la 3a División de Infantería y también se agregó a la Fuerza T. La misión de los ingenieros era volar todas las cajas fuertes que se encontraran en las instalaciones capturadas. También tendieron cables para comunicaciones entre los edificios con el puesto de mando de la Fuerza T y montaron guardia dentro y en torno al conjunto. No sabían los hombres del 1.269° Batallón la suerte que habían tenido en su nuevo destino: el dédalo de túneles que se extendía entre los tres edificios estaba atestado de valiosas pinturas, archivos del Partido, objetos de plata y muchas otras cosas valiosas recopiladas por el partido nacional socialista.

Además del 1.269° Batallón de Ingenieros de Combate, también custodiaban los edificios otras unidades de la 45a División de Infantería y del 163° Batallón de Ingenieros de Combate. Los soldados Theodore J. Polski y John A. Fraser entraron en el Führerbau y descubrieron a varios soldados y oficiales de la 45a División de Infantería apropiándose de objetos de plata como recuerdo. El vigilante de guardia parecía no preocuparse por ello y dos capitanes más, un par de coroneles y una capitana




El saqueo de Munich 19

enfermera del WAC14. se unieron al grupo de cazadores de recuerdos. Polski se incorporó también tomando un juego de plata. Cada pieza tenía las iniciales “A.H.” y una esvástica. Fraser se quedó con ocho juegos de cuchillos, tenedores y cucharas. Durante toda esta entusiasta recogida de la enorme colección de plata, los soldados del 1.269° Batallón llenaron varios camiones con objetos del preciado metal y otros recuerdos.

Polski y Fraser volvieron a su destino y mostraron su botín a su jefe, el capitán Sterling F. McKee. Envolvieron cuidadosamente las piezas en una caja y el capitán escribió en su exterior: “Censurado por el capitán McKee”. Polski envió sus 80 piezas de plata a su mujer en St. Paul (Minnesota) y lo mismo hizo Fraser con su botín a su familia.15
(Fotografía)

Aspecto que ofrecía el sótano del Verwaltungsbau (Edificio Administrativo) cuando fue tomado bajo control por el Gobierno Militar de los Estados Unidos.




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