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Por una verdadera cultura de la vida humana comentario del rector mayor


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7.5.  Dar gracias por la vida y celebrarla

Frutos del anuncio del evangelio de la vida son la alegría, la admiración, la alabanza, la gratitud a Dios, amante de la vida, por su don. El anuncio suscita una actitud profunda de celebración del evangelio de la vida. Toda vida, en cuanto don de Dios, tiene no sólo una dimensión de compromiso y de trabajo que desarrollar, sino también de culto. Ya de por sí es manifestación de alabanza, porque toda vida humana es un prodigio de amor. Acogerla constituye ya alabanza y acción de gracias.

Celebrar la vida sugiere e impulsa a cultivar una mirada contemplativa: ante la naturaleza, el mundo, la creación, la vida, para los que muchas veces tenemos actitudes utilitaristas o consumistas; ante las personas, con las que con frecuencia mantenemos relaciones superficiales o funcionales; ante la sociedad y la historia, que tantas veces consideramos sólo según nuestros intereses... Es preciso superar nuestros comportamientos egoístas para lograr una actitud contemplativa, que comporta una mirada en profundidad para captar y admirar la belleza y la grandeza del mundo, de las personas, de la historia. Hay que aprender a acoger, respetar y amar las cosas, las personas, la vida en todas sus formas. Es preciso saber gozar del silencio, aprender la escucha paciente, la admiración y la sorpresa frente a lo imprevisto y a lo inimaginable. Hay que saber hacer espacio al otro, para poder establecer con él una nueva relación de intimidad y de confianza.

Desde esta perspectiva contemplativa surge la alabanza y la oración. Celebrar la vida es admirar, amar y rezar al Dios de la vida, que nos ha entretejido en el seno materno. Significa bendecirle y agradecérselo: “Te doy gracias porque me has hecho portentosamente; porque son admirables tus obras” (Sal 139,14). La vida del hombre constituye uno de los prodigios más grandes de la creación.



7.6.  Preocuparse de la creación con amor

El Dios biófilo (philópsychos es el término usado por Sap 11,26) no ama sólo la vida humana, ama toda vida, porque toda la creación es obra de su amor. Junto al valor y la dignidad de la vida humana, la Sagrada Escritura expresa también, desde las primeras páginas, el reconocimiento explícito de la bondad de la naturaleza: “Dios vio todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gn 1,31). Animales, plantas, firmamento, sol, océanos... todo es bueno, todo tiene valor en sí mismo.

Pero este reconocimiento es real sólo cuando el hombre reconoce la dignidad de la tierra, respeta la naturaleza, acoge y acepta la riqueza inserta en las criaturas. Y sólo este reconocimiento real conduce a la afirmación de  su valor y de  sus derechos y, por consecuencia, a superar el abuso y el saqueo, e invita a un desarrollo respetuoso del ambiente y a una convivencia armoniosa con la naturaleza.

La civilización industrial ha favorecido la producción y la eficiencia, pero con frecuencia ha deshumanizado al hombre, convirtiéndolo en mero productor/consumidor. La cultura de la vida nos lleva a una verdadera actitud ecológica: el amor hacia los seres humanos, los animales y las plantas, el amor a toda la creación, el compromiso de defender todas las señales de vida contra los mecanismos de destrucción y de muerte. Ante las amenazas de explotación desordenada, de opresión de la naturaleza, de desarrollo insostenible, es oportuno recordar las palabras del Gran Capo Seattle: el que hiere la Tierra, hiere a los hijos y las hijas de la Tierra.

La ecología constituye un auténtico signo de la solidaridad humana, que implica obviamente la conservación y el uso de los recursos de la Tierra – afirma la Santa Sede en un documento redactado en preparación a la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible de 2002. Semejante desarrollo debe basarse en “valores éticos, sin los cuales ningún progreso será sostenible”. Por esto, “el concepto de desarrollo sostenible sólo se puede comprender en la perspectiva de un desarrollo humano e integral”. En este sentido pide que se adopte el término de “ecología humana” que “implica asegurar y salvaguardar las condiciones morales en la interacción de los seres humanos con el ambiente”. El cuidado de la familia, la promoción y la protección del trabajo, la lucha contra la pobreza, el desarrollo de la educación y de los servicios sanitarios, la solidaridad entre naciones al servicio de un desarrollo humano integral... son algunos de los elementos que la Santa Sede presenta para una ecología digna de la persona humana.[20]

El cuidado y el amor de la creación, el compromiso/preocupación por la ecología, han de ser promovidos en el cuadro de la vida de cada día, educándonos y educando a los jóvenes a respetar la naturaleza y a cuidarla, a usar de sus bienes (el agua, las plantas, los animales, las cosas...) con moderación y teniendo siempre ante la vista el bien de todos, a suscitar un compromiso positivo de defensa y de desarrollo sostenible de la tierra y de los recursos naturales...  Formar y desarrollar una mentalidad y una actitud ecológica es hoy un elemento importante de una educación integral.

¿Cómo no evocar en este punto a San Francisco de Asís y su Cántico de las Criaturas?

Omnipotente, altísimo, bondadoso Señor,

tuyas son la alabanza, la gloria y el honor;

tan sólo tú eres digno de toda bendición,

y nunca es digno el hombre de hacer de ti mención.

Loado seas por toda criatura, mi Señor,

y en especial loado por el hermano Sol,

que alumbra, y abre el día, y es bello en su esplendor,

y lleva por los cielos noticia de su autor.

Y por la hermana Luna, de blanca luz menor,

y las estrellas claras,  que tu poder creó,

tan limpias, tan hermosas, tan vivas como son,

y brillan en los cielos: ¡loado mi Señor!

Y por la hermana Agua, preciosa en su candor,

que es útil, casta, humilde: ¡loado, mi Señor!

Por el hermano Fuego, que alumbra al irse el Sol,

y es fuerte, hermoso, alegre: ¡loado, mi Señor!

Y por la hermana Tierra, que es toda bendición,

la hermosa madre Tierra, que da en toda ocasión

las hierbas y los frutos y flores de color,

y nos sustenta y rige: ¡loado, mi Señor!

Y por los que perdonan y  aguantan por tu amor

los males corporales y la tribulación:

¡felices los que sufren en paz con el dolor,

porque les llega el tiempo de la consolación!

Y por la hermana Muerte: ¡loado, mi Señor!

Ningún viviente escapa de su persecución;

¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!

¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!

¡No probarán la muerte de la condenación!

Servidle con ternura y humilde corazón.



Agradeced sus dones, cantad su creación.

Las criaturas todas, load a mi Señor.

8. Conclusión: dos textos que compartir.

A modo de síntesis de cuanto he dicho, os presento ante todo el texto elaborado por las diversas tradiciones religiosas reunidas para el IV Parlamento de las Religiones del Mundo en Barcelona en 2004:



OFRECIMIENTO AL MUNDO

Nosotros, ciudadanos y ciudadanas del mundo,

gente del camino, gente que busca,

herederas y herederos del legado de antiguas tradiciones,

queremos proclamar:

que la vida humana es, por sí misma, una maravilla;

que la naturaleza es nuestra madre y nuestro hogar,

y que debe ser amada y preservada;

que  la paz ha de ser construida con esfuerzo,

desde la justicia, el perdón y la generosidad;

que la diversidad de culturas

es una gran riqueza y no un obstáculo;

que el mundo se nos muestra como un tesoro

si lo vivimos desde la  profundidad;

y las religiones quieren ser caminos

hacia tal profundidad;

que, en su búsqueda, las religiones encuentran fuerza y sentido

en la apertura al Misterio inabarcable;

que hacer comunidad nos ayuda en esta experiencia;

que las religiones pueden ser un camino de acceso

a la paz interior, a la armonía consigo mismo y con el mundo,

lo que se traduce en una mirada de admiración, de gozo y de gratitud;

que la gente que pertenecemos a diversas tradiciones religiosas

queremos dialogar entre nosotros;

que queremos compartir con todos

la lucha por hacer un mundo mejor,

para resolver los graves problemas de la humanidad:



el hambre y  la pobreza,

la guerra y la violencia,

la destrucción del medio natural,

la falta de acceso a una experiencia profunda de vida,

la falta de respeto a la libertad y a la diferencia;

y que queremos compartir con todos

los frutos de nuestra búsqueda

de las aspiraciones más altas del ser humano,

desde el respeto más radical de lo que cada uno es

y con el propósito de poder vivir todos juntos

una vida digna de ser vivida.

El segundo texto que os presento a modo de conclusión es, como en los años pasados, una fábula que pone en evidencia la importancia de la actitud positiva ante la vida. Es lo que marca la diferencia entre la cultura de la muerte, en la que podemos vivir sin siquiera darnos cuenta, y la cultura de la vida, que llena de gozo, de color y de generosidad la existencia propia y la de los demás.

Visitando Bielorrusia, quedé gratamente sorprendido por el grupo de jóvenes que encontré en Minsk y por la representación de una historia puesta en escena por ellos. Me gustó tanto y me pareció tan iluminante que me dije: he aquí lo que querría comunicar a toda la Familia Salesiana, he aquí lo que querría hacer con cada miembro de ella: dar mi paraguas amarillo, el que también yo he recibido de Don Bosco.

EL PARAGUAS AMARILLO

Érase una vez un pueblo gris y triste, donde, cuando llovía, todos los habitantes recorrían las calles con paraguas negros. Siempre, rigurosamente, negros.

Bajo el paraguas todos tenían una cara ceñuda y triste... ¡Y no puede ser de otro modo bajo un paraguas negro!

Pero un día que llovía a cántaros, una lluvia más densa que nunca, apareció de improviso un señor algo extravagante que paseaba bajo un paraguas amarillo. Y para colmo, aquel señor sonreía.



Algunos transeúntes lo miraban escandalizados bajo el paraguas negro que los cobijaba, y refunfuñaban:

¡Mirad qué indecencia! Es verdaderamente ridículo con ese paraguas amarillo. ¡No es serio! ¡En cambio, la lluvia es una cosa seria y un paraguas sólo puede ser negro!”.



Otros montaban en cólera y se decían unos a otros: “Pero ¿qué clase de idea es ésa de ir por ahí con un paraguas amarillo? Aquel tipo es sólo un exhibicionista, uno que quiere hacerse notar a toda costa. ¡No tiene nada de divertido!”.

Efectivamente, no había nada de divertido en aquel pueblo, donde llovía siempre y los paraguas eran todos negros.



Sólo la pequeña Natacha no sabía qué pensar. Un pensamiento le bullía en la cabeza con insistencia: “Cuando llueve, un paraguas es un paraguas. Que sea amarillo o negro, lo que cuenta es tener un paraguas que cobije de la lluvia”.

Además, la pequeña se daba cuenta de que aquel señor bajo su paraguas amarillo tenía el aspecto de sentirse perfectamente a gusto y feliz. Se preguntaba el porqué.

Un día, a la salida de la escuela, Natacha se dio cuenta de haber olvidado su  paraguas negro en casa. Sacudió los hombros y se encaminó hacia casa con la cabeza descubierta, dejando que la lluvia empapase sus cabellos.

La casualidad quiso que al poco tiempo se cruzase con el hombre del paraguas amarillo, el cual le propuso sonriendo:

Niña, ¿quieres cobijarte?”.



Natacha dudó. Si aceptaba, todos le habrían tomado el pelo. Pero en seguida tuvo el otro pensamiento: “Cuando llueve, un paraguas es un paraguas. Que sea amarillo o negro, ¿qué importa? ¡Siempre es mejor tener el paraguas que empaparse de lluvia!”.

Aceptó y se metió debajo del paraguas amarillo al lado de aquel señor gentil.

Entonces comprendió por qué era feliz: bajo el paraguas amarillo ¡el mal tiempo ya no existía! Había un gran sol en el cielo azul, donde los pajarillos volaban gorjeando.

Natacha tenía un aspecto tan de asombro que el señor se echó a reír a carcajadas: “¡Ya lo sé! También tú me tienes por loco, pero quiero explicarte todo. Durante algún tiempo, estaba triste también yo, en este pueblo donde llueve siempre. Yo también tenía un paraguas negro. Pero un día, saliendo de mi despacho, me olvidé del paraguas y me encaminé a casa, así como estaba. Mientras caminaba, encontré a un hombre que me ofreció cobijarme bajo su paraguas amarillo. Como tú, dudé porque tenía miedo de ser diverso, de hacer el ridículo. Pero luego acepté, porque tenía aún más miedo de pillar un resfriado. Y me di cuenta – como tú – que bajo el paraguas amarillo el mal tiempo había desaparecido. Aquel hombre me enseñó por qué bajo el paraguas negro las personas estaban tristes: el repitequeo de la lluvia y el negro del paraguas les ponía la cara larga, y no tenían ninguna gana de hablarse. Luego, improvisamente, el hombre se fue y yo me di cuenta de que tenía en la mano su paraguas amarillo. Lo busqué, pero no logré encontrarlo: había desaparecido. Así, he conservado el paraguas amarillo y el buen tiempo no me ha dejado nunca”.

Natacha exclamó:

¡Qué historia! Y ¿no siente empacho en tener el paraguas de otro?”.



El señor respondió:

No, porque bien sé que este paraguas es de todos. Aquel hombre lo había recibido también él sin duda, de algún otro”.



Cuando llegaron a la casa de Natacha, se despidieron.

Apenas el hombre, alejándose, desapareció, la muchachita se dio cuenta de tener en la mano su paraguas amarillo. Pero aquel señor gentil quién sabe dónde estaría ya.

Así Natacha se quedó con el paraguas amarillo, pero ya sabía que pronto habría cambiado otra vez de propietario; habría de pasar a otras manos, para proteger de la lluvia y llevar el “buen  tiempo” a otras personas.

Concluyo renovando mis mejores deseos de un Feliz Año 2007, con el compromiso de ser dignos creyentes de un Dios que ama la vida, mientras junto a Él, como Familia Salesiana, trabajamos por la construcción de una  cultura de la vida.

Don Pascual Chávez Villanueva

Rector Mayor


[1] Juan Pablo II, Discurso durante la Vigilia de Oración para la VIII Jornada Mundial de la Juventud en Denver, del 14-8-1993, en L’Osservatore Romano, 17/18-8-1993.



[2] Cfr. Carta de la Misión de la Familia Salesiana, nn. 9. 10. 16.

[3] Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae (EV), 5.

[4] Al Clero de la Diócesis de Roma. Cuaresma 2006, en L’Osservatore  Romano, 4-03-2006, p. 4 stes.

[5] EV 12.

[6] EV 34.

[7] EV 38.

[8] EV 80.

[9] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris consortio, 17.

[10] Cfr. P. Braido, Prevenir, no reprimir, CCS, Madrid 2001, págs. 356-360.

[11] F. Orestano, citado por P. Braido, o. c. pág. 259.

[12] A. Da Silva Ferreira, Il dialogo tra Don Bosco e il maestro Francesco Bodrato – 1864, RSS 3 (1984) 385.

[13] J. Bosco, Vida del joven Domingo Savio, en Obras fundamentales, BAC, Madrid, 1979, pág. 155.

[14] Cfr. P. Braido, o.c., pág. 255.

[15] Cfr. EV 87.

[16] Constituciones SDB, 2.

[17] EV 79.

[18] EV 82.

[19] EV 97.

[20] Cfr. Documento del Pontificio Consejo de la Justicia y de la Paz con ocasión de la Cumbre mundial sobre el desarrollo sostenible de Johannesburgo (26 agosto – 4 septiembre 2002).


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