Página principal

Por una verdadera cultura de la vida humana comentario del rector mayor


Descargar 122.83 Kb.
Página2/3
Fecha de conversión21.09.2016
Tamaño122.83 Kb.
1   2   3

5.  Dejémonos guiar por el amor de Dios a la vida

El amor de Dios por la vida nos estimula al compromiso: a testimoniar, proclamar y amar el valor de la vida humana. Juan Pablo II ha escrito: “Es necesario hacer llegar el Evangelio de la vida al corazón de cada hombre y mujer e introducirlo en lo más recóndito de toda la sociedad”.[8] Tal anuncio exige proponer con claridad y decisión el carácter inviolable de la vida.

La vida del ser humano es frágil, precaria y efímera, pero es una realidad sagrada e inviolable. Dios ha infundido su propio espíritu en el hombre, lo ha creado “a su imagen y semejanza” (Gn 1,27). Nadie puede disponer de la vida a su capricho, ni de la propia ni de la de los demás. Esta vida recibida de Dios es el fundamento de la dignidad constitutiva e indestructible de todo hombre, el primer valor en el que se basan y se desarrollan todos los demás valores y derechos.

El mandamiento de Dios es claro e inequívoco: “No matar”  (Ex 20,13). Aunque esté formulado de modo negativo, expresa el sentido fundamental del valor de la vida y sigue estimulándonos a reafirmarlo hoy.

Frente a los numerosos atentados contra la vida adquiere una importancia decisiva el compromiso de promover una educación más sensible al valor de la vida, a su respeto y a su defensa; una educación capaz de ofrecer una visión integral de la vida y de la salud y de aportar sentido ético a la persona. Las nuevas generaciones tienen necesidad de encontrar padres y educadores que sean verdaderos “maestros de vida”. Tienen necesidad de que se les enseñe a ser agradecidos por la vida, a vivir de modo sano y moderado, a asumir la responsabilidad de la propia existencia, a construirla, a integrar fracasos, dificultades, renuncias, sufrimientos, a celebrar la vida y al Dios que nos la da, a vivirla en el amor y en la entrega.

Para cumplir este compromiso es necesario recordar la vocación y la misión de la familia. Su responsabilidad educativa brota de su misma naturaleza y de su misión específica; es decir, el hecho de ser comunidad de vida y de amor y de estar destinada a “custodiar, revelar y comunicar el amor”.[9] La familia anuncia el evangelio de la vida sobre todo educando a los hijos en la veneración por la vida, enseñándolos a ser agradecidos por este don de Dios.

Se trata de un trabajo atento de formación de la conciencia moral. Con su palabra y su testimonio, en las relaciones y en las decisiones cotidianas, la familia puede enseñar, educar y ayudar a vivir los grandes valores de la libertad, del respeto a los demás, de la acogida, del  diálogo, del sentido de la justicia, de la solidaridad, de la entrega de uno mismo. De este modo, con confianza y valor, los padres educarán a sus hijos en los valores esenciales de  la vida humana.

6. Don Bosco amante y promotor de la vida de los jóvenes, sobre todo de los más pobres

Para nosotros, miembros de la Familia Salesiana, el amor y el compromiso por la vida encuentra en Don Bosco un modelo y un maestro.

Desde niño Don Bosco demuestra una gran vitalidad; aprende de su madre, Mamá Margarita, a descubrir la belleza de la naturaleza y de la vida; sabe gozar del esplendor del paisaje, de las colinas y de los campos en flor que rodean “I Becchi”, contempla admirado las noches estrelladas, se aficiona a un pajarito y le cuida con ternura. En todas estas cosas su madre le enseña a descubrir la obra de Dios creador que se preocupa de sus hijos, su sabiduría y su infinito poder y, sobre todo, su amor. De este modo Juan se abre a una visión positiva y providencial de la vida, sabe gozar de los momentos sencillos de la vida campesina y afrontar, sin desanimarse, las dificultades que encuentra desde joven en su misma casa. Con este espíritu trata de comunicar la alegría a sus compañeros, entreteniéndolos los días festivos con una gran variedad de juegos; pero actúa movido siempre por una intención educativa: hacerlos mejores y ayudarlos a cumplir los deberes del buen cristiano. Siendo todavía joven estudiante en Chieri, funda con sus amigos la “Sociedad de la alegría”, cuya primera norma era precisamente la de estar siempre alegres y procurar no ofender nunca al Señor.

Ya sacerdote, recorriendo las calles de Turín y visitando las cárceles, Don Bosco comprende que los jóvenes buscan la felicidad, desean gozar de la vida, sentirse acogidos y apreciados; y si a veces viven sus aspiraciones siguiendo caminos descarriados que los llevan a la cárcel, no es porque sean malos, sino porque no encuentran personas que crean en ellos y que los ayuden a desarrollar positivamente las propias energías y cualidades. Por esto, Don Bosco entrega  su vida en su favor y crea con ellos un ambiente positivo de vida, en el que puedan experimentar la alegría de vivir, con amplias posibilidades de jugar y de divertirse, de formarse y de encontrar trabajo, de sentirse amados, aceptados y valorizados en un clima de familia. El juego, la música, el teatro, las excursiones y los paseos son para Don Bosco instrumentos importantes de educación y camino para conquistar el corazón; y así poder ayudar a estos jóvenes a desarrollar las mejores cualidades, a sentirse capaces de hacer el bien y de hacerse útiles a los demás y a la sociedad. Y de este modo Don Bosco los lleva a conocer y a vivir la amistad con Jesucristo.

Podemos decir que Don Bosco vive con sus jóvenes en Valdocco una verdadera pedagogía de la vida, de la alegría y de la fiesta; es más, los invita a comprometerse ellos mismos a promover entre los compañeros este ambiente. Escribe en la biografía de Francisco Besucco: “Si quieres hacerte bueno practica sólo tres cosas y todo irá bien (...). Helas aquí: Alegría, Estudio, Piedad. Éste es el gran programa, y si lo pones en práctica, podrás vivir feliz y hacer mucho bien a tu alma”. La alegría es característica esencial del ambiente familiar y expresión del cariño, resultado lógico de un régimen basado en la razón y en una religiosidad, interior y espontánea, que tiene su fuente última en la paz con Dios, en la vida de gracia.[10] Por esto, la alegría es para Don Bosco, no sólo un medio para hacer aceptable la seriedad de la educación, sino también  una forma de vida que tiene en cuenta la realidad del muchacho y su deseo de vivir; Don Bosco lo comprende y quiere que se realice plenamente, comprende que la exigencia más profunda del joven es la alegría de vivir, la libertad, el juego, la amistad. Pero, sobre todo, Don Bosco como sacerdote cree profundamente que el cristianismo no es una religión de prohibiciones, sino, al contrario, es la religión de la vida, de la felicidad, del amor; por esto, mediante la pedagogía de la fiesta y de la alegría abre los jóvenes a Jesucristo, los conduce a una relación personal de amistad con Él. Frente a una imagen de vida cristiana que estos jóvenes recibían de la sociedad de su tiempo como de una vida triste, cargada de renuncias y de prohibiciones, una vida poco adaptada a la juventud, Don Bosco les propone una forma de vida cristiana feliz y gozosa.

Don Bosco santificó el trabajo y la alegría. Era el santo de la jovialidad cristiana, de la vida cristiana activa y alegre... Aquí radica su verdadera originalidad. “En un impulso genial de su caridad llena de comprensión humana, convencido de las naturales y honestas exigencias de  la juventud y de la vida sana, Don Bosco santificó, al  mismo tiempo que el trabajo, la alegría, la alegría de vivir, de trabajar, de rezar”.[11]

Don Bosco vive y sabe comunicar a todos sus hijos, colaboradores y amigos una visión positiva e integral de la vida; cree en la bondad y en la dignidad de toda persona humana, sobre todo de todo joven, de modo especial del más pobre y en peligro; escribía: “El educador debe persuadirse de que todos o casi todos estos queridos jóvenes tienen una inteligencia natural para conocer el bien que se les hace, y un corazón sensible, fácilmente abierto al agradecimiento”.[12] Por esto, cree en la capacidad de recuperación de todo joven, en la eficacia del trabajo educativo, cuando es vivido con entrega generosa y se sigue el método de la razón y del cariño.

Los jóvenes abandonados y descarriados debían ser ayudados a encontrar el sentido más elemental de la vida; esto exigía suscitar en ellos el deseo de vivir para ganarse con el trabajo y con el sudor de la frente los medios para mantener, ellos y sus familiares, una vida digna. Para los que vivían con carencias afectivas, Don Bosco se proponía crear un ambiente y una red rica de relaciones familiares y de amistad, capaces de recomponer una vida afectiva llena de intensas implicaciones operativas y emocionales.

Además, Don Bosco estaba convencido de que la fe cristiana y la amistad con Jesucristo constituyen la energía más fuerte y eficaz para sostener el esfuerzo educativo y  para conducir a un estilo de vida alegre y feliz aquí en la tierra y garantizar una felicidad para siempre en la vida eterna. Por esto ponía – y lo proclamaba con claridad – en la santidad el objetivo educativo supremo; no como una meta para algunos privilegiados, sino como un ideal propuesto a todos, como decía en las “buenas noches” que movieron a Domingo Savio a asumir el empeño de la santidad: “Es voluntad de Dios que todos seamos santos; es fácil conseguirlo; a los santos les está preparado un gran premio en el cielo”.[13]

Es constante en él, sacerdote y educador, la voluntad de valorar y de desarrollar cuanto hay de positivo en la vida y en el corazón de cada persona, de promover una vida cristiana capaz de gustar y valorar lo que de humano, de positivo y de noble existe en la vida de cada día y en el corazón de las personas, incluso de las  más desgraciadas, esforzándose al mismo tiempo para abrir la educación y la cultura a Jesucristo, convencido de que sólo en Él puede ser salvada plenamente.[14]

Siguiendo, pues, a Don Bosco, como Familia Salesiana estamos llamados a testimoniar y a anunciar que la vida humana es sagrada e inviolable, y que, por eso, no sólo no debe ser suprimida, sino positivamente protegida y defendida. El valor de la vida es parte integrante del evangelio de Jesús. En una cultura y una civilización que amenaza radicalmente la vida, la Familia Salesiana de Don Bosco debe ser particularmente sensible a un servicio educativo que cuide y acoja toda la  vida y la vida de todos[15]; capaz especialmente de acompañar y proteger, además de la vida en su origen, la vida amenazada de tantos jóvenes que se debaten en la pobreza, en la marginación, en el sufrimiento, en la falta de ideales y en el absurdo. Es, sobre todo, para la vida de estos jóvenes para lo que hemos sido llamados a ser “signos y portadores del amor de Dios”.[16]

7.  Compromiso de la Familia Salesiana en favor de la vida

La Iglesia ha recibido el evangelio de la vida y ha sido enviada a anunciarlo y a hacer que llegue a ser realidad. Tal vocación y misión requiere la acción generosa de todos sus miembros, también de la Familia Salesiana. Juntos, debemos sentir “el deber de anunciar el evangelio de la vida, de celebrarlo en la liturgia y en toda la existencia, de servirlo con las diversas iniciativas y estructuras de apoyo y de promoción”.[17]

Frente a tantas solemnes proclamaciones en favor de la vida, que coexisten al lado de profundas actitudes anti-vida, nuestro servicio educativo-pastoral debe testimoniar y anunciar su valor, y comprometernos en defenderla y en promover una auténtica cultura de la vida.

7.1.  Defender el valor de toda vida humana

La vida humana se ha visto siempre rodeada de peligros, amenazada de violencia y de muerte. Hoy las amenazas a la vida no sólo no han disminuido, sino que están adquiriendo dimensiones alarmantes, siendo incluso programadas de forma sistemática y científica. A veces se llega al punto de considerar expresión de progreso y de civilización la muerte provocada violentamente.

Persisten las antiguas amenazas, fruto del odio, de la violencia o de intereses contrapuestos (homicidios, guerras, masacres), agravadas por el desinterés y por la falta de solidaridad. Al lado de estas formas, está la violencia practicada contra millones de seres humanos que van adelante a duras penas y mueren de hambre, el comercio escandaloso de armas que continúa a pesar de tantas denuncias, la descompensación de los equilibrios ecológicos, la difusión de la droga, los accidentes debidos al tráfico, los atentados terroristas, que causan verdaderos y propios estragos en la humanidad. Desde sus fases iniciales hasta los momentos terminales, la vida humana sufre el  incomprensible asedio de los mismos seres humanos.

Frente a su actual oscurecimiento, es necesario y urgente como nunca defender el valor inviolable y sagrado de toda vida humana. Para ello debemos promover entre nosotros y en los jóvenes una actitud positiva hacia la vida. Esto presupone:



  • Considerar la vida como un don

Con frecuencia la vida es considerada como un producto de la capacidad y del poder del hombre, más que como un don de Dios. Esta mentalidad puramente productiva induce fácilmente a una sutil discriminación respecto de las vidas no deseadas, incómodas o ‘improductivas’: niños no nacidos, ancianos, discapacitados físicos o mentales, vidas defectuosas. Considerar la vida como un don lleva a vivirla en actitud de gratitud, de alabanza y de profunda alegría, a comprometernos a cuidarla y amarla, tratando de desarrollar todas sus virtualidades positivas.

  • Promover una visión integral de la vida

Para todos los seres humanos la vida es mucho más que un simple bienestar material o el progreso económico; la vida es un itinerario hacia la realización personal, una realización que abraza no sólo la actividad material, económica o social, sino  también el progreso en la vida espiritual. La defensa de la vida requiere asumir la responsabilidad de cuidar, amar y desarrollar todas las posibilidades de la vida y de la naturaleza, para conducirla a su plenitud y a la auténtica calidad humana. Vivir con una visión integral de la vida requiere también superar el activismo exagerado, que nos impide cuidar otros aspectos importantes de la vida como el encuentro personal y la amistad, el silencio y la contemplación, la alegría y la belleza, el servicio gratuito.

7.2.  Proteger la vida de los pobres

Preciosa y digna de respeto es toda vida humana. Se sigue de ello que se justifica no sólo la vida sana, útil, feliz, sino también la vida disminuida, la vida en el dolor y en la enfermedad, la del niño no nacido y la del anciano inválido. No sólo es preciosa la vida de los poderosos; lo es también la vida de los pobres y de los abandonados.

Como hijos e hijas de Don Bosco nos sentimos particularmente llamados a proteger y cuidarnos de la vida de tantos jóvenes que deben abrirse un camino en la pobreza, al margen de la sociedad del bienestar. Debemos ser capaces de imaginar y de crear nuevas formas de presencia misionera en el mundo de la marginación y de la exclusión. He aquí algunas sugerencias concretas:


  • Cuidado de los jóvenes en peligro

Toda presencia salesiana debe comprometerse a responder a los crecientes desafíos que nos presentan los jóvenes que viven en la marginación o en situaciones de peligro: muchachos de la calle, sin familia o lejos de ella, jóvenes sin formación y sin trabajo; los inmigrados, sobre todo los jóvenes que llegan solos, sin su familia; jóvenes expuestos a la delincuencia o víctimas de la explotación sexual, y tantas otras situaciones degradantes, en las que la vida humana está expuesta al peligro y a la ofensa.

  • Acompañamiento y ayuda a familias en dificultad

Un cuidado particular merecen las familias que viven graves tensiones o que ya se han roto, familias que encuentran enormes dificultades para educar a sus hijos, y otras en situaciones de malestar. En respuesta al aguinaldo del año pasado han surgido muchas iniciativas de apoyo y de ayuda a los padres en su compromiso educativo, apoyo y orientación de parejas en dificultad, creación de grupos y comunidades familiares, etc. Os invito a continuar en este camino. En el comentario al aguinaldo del año 2006 sugería una serie de actitudes y de intervenciones, que os invito a consolidar. La familia es el ambiente primario para la defensa y la promoción de la vida y, como tal, debe continuar siendo objeto privilegiado de nuestro cuidado pastoral.

7.3.  Educar en el valor de la vida

Para defender y hacerse cargo de la vida es preciso educar en el valor de la vida: “Para ser verdaderamente un pueblo al servicio de la vida debemos, con constancia y valentía, proponer estos contenidos desde el primer anuncio del Evangelio y, posteriormente, en la catequesis y en las diversas formas de predicación, en el diálogo personal y en cada actividad  educativa”.[18]

Es éste un deber que nos compromete a todos: padres, educadores, profesores, catequistas, teólogos. Como ya he indicado, las nuevas generaciones tienen necesidad de encontrar en sus padres, educadores y catequistas verdaderos “maestros de vida”. Buscan en nosotros no sólo ciencia, información o doctrina, sino personas que les muestren un camino positivo de vida y los estimulen y los acompañen en el desarrollo de sus mejores cualidades y posibilidades. Con nuestra vida y en nuestras palabras debemos ser capaces de poner de relieve el valor absoluto de la vida, comprometiéndonos a darle la máxima calidad posible, promoviendo siempre una  actitud de respeto incondicional a las personas, suscitando una visión positiva y de esperanza respecto de ellas y de su futuro, combatiendo todo lo que impide vivir con dignidad y solidaridad. Nuestras actitudes y nuestros gestos de cada día, aunque pequeños y simples, deben ser para los jóvenes una verdadera escuela de vida.

Como educadores debemos también saber despertar en los jóvenes la alegría de vivir, el aprecio por los valores humanos más profundos, el gusto del servicio gratuito a los demás y hacia la naturaleza que nos rodea; debemos suscitar en ellos el sentido de la vida como vocación y como servicio y educarlos para ser ciudadanos responsables y activos en la construcción de una sociedad más  humana, más libre y solidaria.

Otro aspecto importante del compromiso de educar en el valor de la vida es ayudar “a los jóvenes a comprender y vivir la sexualidad, el amor y toda la existencia según su verdadero significado y en su íntima correlación... Sólo un amor verdadero sabe custodiar la vida”.[19] Para ello, es preciso desarrollar una verdadera educación para el amor, según la experiencia típica de Don Bosco y los criterios de su sistema educativo. En la propuesta pastoral que acompañaba el aguinaldo del año pasado se indicaban algunos pasos que dar en este sentido; es importante tomarlos verdaderamente en consideración en todo el camino educativo.

Difícilmente se llegará a un verdadero aprecio por la vida humana si ésta no es apreciada en el ámbito familiar, si en él reina un clima de violencia, si se presenta como signo de progreso la interrupción de una vida incómoda o no deseada, si se vive teniendo como fin la competitividad, el éxito o el poder. La mentalidad y las actitudes se transmiten en sentido positivo o negativo a través del dinamismo cotidiano de la vida familiar. La familia educa o deseduca a través de la palabra y del ejemplo, de las opciones y las decisiones, de las relaciones, los gestos y los signos concretos.

En relación con este compromiso de educar para el valor de la vida os indico algunos ambientes y propuestas educativas que me parece que ofrecen particulares posibilidades, a condición de que dispongan de un auténtico clima de familiaridad. Presento dos: el Oratorio-Centro Juvenil y el Voluntariado.

*   El Oratorio-Centro Juvenil, como ambiente típicamente salesiano, es un ambiente de vida y de acogida gratuita de todos los jóvenes, un espacio para el protagonismo juvenil en el que se aprende a gustar la vida y a comprometerse en favor de ella, un lugar en el que se establece una  relación espontánea y gratuita entre educadores y jóvenes, y en el que unos y otros se implican y se acompañan en un camino de educación y de crecimiento humano y cristiano.

El Oratorio y Centro Juvenil Salesiano debe llegar a ser para los jóvenes un verdadero “laboratorio de vida y de vida cristiana”; el ambiente en que ellos puedan vivir su mundo vital, expresar y desarrollar sus propios valores, su protagonismo, sus relaciones interpersonales; un ambiente en el que encuentren también propuestas educativas positivas y significativas y personas que los acojan y  los acompañen.

Para que el Oratorio salesiano pueda realizar este compromiso por la vida debe asegurar algunas condiciones importantes:

-          ser un espacio abierto, en el que se cuidan las relaciones personales, se favorece el estar juntos, el hablar y comunicarse gratuitamente;

-          favorecer la diversidad de iniciativas significativas para los jóvenes, que correspondan a sus esperanzas y a sus necesidades;

-          crear espacios en los que ellos puedan vivir como protagonistas;

-          promover una presencia activa de adultos y de jóvenes adultos, animadores, que sean para los jóvenes puntos de referencia y de estímulo;

-          ofrecer una propuesta educativa y cultural de calidad;

-          trazar un itinerario de evangelización y de educación en la fe arraigado en la vida del joven.

De este modo, el Oratorio se convertirá en el lugar donde los jóvenes integran y reestructuran los mensajes, experiencias y valores que reciben en los otros ambientes (en familia, en la escuela, en la parroquia, con los amigos, etc.)  y elaboran un estilo de vida significativo para su futuro.

* El voluntariado es una experiencia importante para los jóvenes, sobre todo cuando se plantean el problema de su futuro; puede ser mucho más que una experiencia puntual y pasajera, convirtiéndose en una auténtica escuela de vida, entendida como servicio gratuito y eficaz en situaciones de pobreza y de necesidad. El voluntariado, cuando se realiza con un proceso sistemático de preparación, que va ayudando al joven a madurar las propias motivaciones, y con un acompañamiento personal y de grupo, favorece y desarrolla una opción personal de vida; en el voluntariado los jóvenes adultos aprenden a ser ciudadanos responsables y cristianos comprometidos.

7.4.  Anunciar a Jesucristo como sentido y fuente de vida

El anuncio del evangelio de la vida debe conducir a los jóvenes al encuentro y a la relación personal con Jesucristo, en el que encontrarán el modelo, el camino y la energía para una vida humana plena. Tal vez no ha sido nunca tan urgente como hoy la evangelización, el anuncio de Jesús, frente a un mundo que exalta modelos engañosos y seductores, que no dan ni logran dar un sentido a la vida. Los jóvenes sufren muchas veces un enorme vacío interior, que intentan colmar con el placer, las diversiones, el sexo o la droga, o incluso recorriendo los caminos tortuosos de la violencia y de la delincuencia. Pero ni el placer, ni el consumismo, ni el aferrarse a diversos modos de explotar el instante presente satisfacen sus aspiraciones y sus necesidades. Son también muchos los jóvenes que viven situaciones sociales y económicas de exclusión o graves fragilidades personales, en un mundo cada vez más duro. Es precisamente en estas situaciones donde debe resonar como “buena noticia” el evangelio del Dios amigo de la vida, donde se debe hacer presente a Jesucristo y su propuesta de felicidad.

La evangelización es la mejor propuesta de vida humana plena y feliz. Por esto, debemos comprometernos a realizarla con franqueza y entrega en todos los ambientes juveniles.  Dada la variedad de estos últimos, la evangelización exige propuestas diversas según la situación de los jóvenes a los que nos dirigimos. Indico tres importantes:

-          En los ambientes en que los jóvenes viven en la indiferencia y en la superficialidad de una vida vacía o materialista, les propondremos un camino gradual, que los ayude a descubrir y a apreciar los valores más positivos y más profundos, a experimentar la alegría de la interioridad y del silencio, a despertar la “búsqueda de sentido”, a abrirse a Dios, desarrollando la dimensión religiosa de la vida.

-          En cuanto a los jóvenes que viven una práctica religiosa rutinaria y superficial, o solamente al servicio de los propios intereses y necesidades, los ayudaremos a descubrir la persona de Jesús, a entusiasmarse con Él, hasta promover en ellos una opción personal y decidida a seguirle, comprometiéndose en un itinerario serio de educación en la fe.

-          En cambio, para aquellos que ya forman parte de grupos o movimientos de formación cristiana propondremos un camino sistemático que los ayude a personalizar cada vez más su fe, a celebrarla y a traducirla en vida, hasta una opción vocacional madura de vida cristiana.

Promover estos itinerarios de educación en la fe es la aportación más preciosa y más significativa que podemos ofrecer desde nuestro compromiso en favor de la vida.

1   2   3


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje