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Por una verdadera cultura de la vida humana comentario del rector mayor


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POR UNA VERDADERA CULTURA DE LA VIDA HUMANA

COMENTARIO DEL RECTOR MAYOR

Queridísimos hermanos y  hermanas,  miembros todos de la Familia Salesiana:

Al concluir el año 2006, que ha sido un año de gracia para la Familia Salesiana, con el magnífico don de la declaración de la heroicidad en el ejercicio de las virtudes de Mamá Margarita, con la que ha sido declarada Venerable, y al comienzo del 2007 que se abre ante nosotros rico de esperanza, me pongo en comunicación con vosotros, como hacía Don Bosco, deseándoos plenitud de vida en Cristo, mientras os entrego el programa espiritual y pastoral para este año, que tiene precisamente como tema la vida.

1.  Introducción

El aguinaldo del año pasado suscitó en la Familia Salesiana un gran entusiasmo y ha dado origen a una multitud de iniciativas. Con el aguinaldo de este año querría dar continuidad a los itinerarios iniciados y, al mismo tiempo, abrir nuevos horizontes.

A lo largo de 2006, que habíamos dedicado a trabajar en favor de la familia, hemos vivido el  gran acontecimiento eclesial del “V Encuentro Internacional de la Familia”, en el que se ha reafirmado el valor del amor y de la vida humana, cuyo ámbito privilegiado lo constituye la familia. Las palabras del Papa, dirigidas a centenares de miles de participantes, entre los que estaban muchos miembros de la Familia Salesiana, infunden esperanza y nos comprometen a seguir nuestro camino en defensa de la vida y a la renovación de la familia, cuna de la vida y del amor.

Pero, al mismo tiempo, hemos vivido acontecimientos dramáticos, en los que hemos conocido una vez más el desprecio por la vida humana: las guerras en Iraq y en Medio Oriente, la violencia terrorista, el avance imparable de la emigración, el abuso y la explotación de niños y mujeres, las leyes que aprueban la experimentación con las células embrionales, etc.

Todo esto nos hace ver que el gran don de la vida hoy se encuentra amenazado, como afirmaba el venerado Juan Pablo II dirigiéndose a los jóvenes en la VIII Jornada Mundial de la Juventud: “Con el correr del tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen. Al  contrario, adquieren dimensiones enormes. No se trata sólo de amenazas que provienen del exterior, de las fuerzas de la naturaleza o de los ‘Caínes’ que asesinan a los ‘Abeles’; no, se trata de amenazas programadas de modo científico y sistemático. El siglo XX será considerado como una época de ataques masivos contra la vida, una serie interminable de guerras y una destrucción permanente de vidas humanas inocentes. Los falsos profetas y los falsos maestros han obtenido el mayor éxito posible”.[1]

Frente a tal realidad, no podemos permanecer indiferentes, sobre todo como miembros de la Familia Salesiana, animada por el espíritu del humanismo de San Francisco de Sales, que Don Bosco vivió  y nos transmitió como preciosa herencia educativa. Es un humanismo que nos hace valorar, defender y desarrollar todo lo positivo presente en la vida de las personas, en las cosas  y en la historia, creer en la fuerza del bien y comprometernos a promoverlo, más que a lamentarnos del mal; amar la vida y todos los valores humanos que se encuentran en ella.[2]

Debemos sentirnos interpelados por el Dios amante de la vida. Si la vida humana brota del Espíritu mismo de Dios, si es soplo divino, si hemos sido creados a su imagen y semejanza, necesariamente en nuestra existencia aletea el amor divino. Dios ama todos los seres. No puede odiar nada de cuanto ha creado amorosamente.

Contra lo que pueden pensar los que viven con la oscura convicción de que Dios constituye una amenaza para el ser humano y una presencia opresora, que es preciso eliminar para vivir y gozar más plenamente de la existencia, nosotros queremos proclamar nuestra fe en Dios como el mejor amigo del hombre y el defensor más seguro de su vida. Así se ha manifestado a lo largo de la historia de Israel y así se expresa el autor del libro de la Sabiduría.

“Amas a todos los seres que existen y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas si tú no lo hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia si tú no las hubieses llamado? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. En todas las cosas está tu soplo incorruptible. Por eso corriges poco a poco a los que caen; a los que pecan les recuerdas su pecado, para que se conviertan y crean en ti, Señor” (Sap 11,24-12,2).

Dios da la vida por amor, la mantiene en el amor y la destina a amar. Y es el amor de Dios lo que nos impulsa a amar la vida, a promoverla con un servicio responsable, a defenderla con esperanza, a anunciar su valor y su sentido, especialmente a los jóvenes más débiles e indefensos, a cuantos van a la deriva entre el vacío y la inquietud.

Por esto, propongo a toda la Familia Salesiana dejarse guiar por este Dios amante de  la vida y por su amor por la vida y comprometerse con decisión en la defensa y en la promoción de la vida.

En un momento en el que la vida está especialmente amenazada, como Familia Salesiana nos comprometemos a:

- asumir con gratitud y con alegría la vida como un don inviolable,

- promover con pasión la vida como un servicio responsable,

- defender con esperanza la dignidad y la calidad de toda vida, sobre todo, de la más débil, pobre e indefensa.

Este aguinaldo quiere ser una “reafirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su inviolabilidad, y, al mismo tiempo, una apasionada llamada dirigida a todos y cada uno, en nombre de Dios: respeta, defiende, ama y sirve a la vida, ¡a toda vida humana! ¡Sólo siguiendo este camino encontrarás justicia, desarrollo, libertad verdadera, paz y felicidad!”.[3]



2.  Ambigüedades de la cultura actual de la vida

El Papa Benedicto XVI decía a los sacerdotes de la Diócesis de Roma: “Creo que, en cierto modo, es éste el  núcleo de nuestra pastoral: ayudar a hacer una verdadera opción por la vida, a renovar nuestra relación con Dios como la relación que nos da vida y nos muestra el camino de la vida”.[4]

Por tanto, nuestro primer esfuerzo debe ir orientado a tratar de discernir algunas de las graves contradicciones de la cultura de nuestro tiempo, a captar los interrogantes que pone el modo de vivir del hombre contemporáneo, a valorar lo que hay de positivo en la vida moderna para potenciarlo y a denunciar la “cultura de  la muerte” que amenaza la existencia del ser humano y de su mundo.

* El valor de la vida humana proclamado y defendido, pero también agredido y amenazado

El hombre moderno ha adquirido, indudablemente, una conciencia mucho más viva de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inviolables. Hoy, se reacciona vigorosamente contra la pena de muerte, la tortura, los malos tratos o cualquier ofensa que degrade a la persona. Las legislaciones modernas y las disposiciones sociales recogen, de muchos modos, esta exigencia de respeto a la persona y de defensa de la vida humana.

Pero sería un error ignorar los atropellos que se siguen cometiendo contra lo que se proclama socialmente y lo que se codifica en las leyes... La vida humana es eliminada antes del parto mediante acciones abortivas; y lo mismo sucede en situaciones más o menos terminales, en virtud de una mal entendida “compasión” hacia el enfermo, o de una proclamada “muerte digna” o eutanasia.

Es un escándalo que clama al cielo la existencia de numerosos niños y niñas maltratados o de los que se abusa sexualmente, de mujeres obligadas a prostituirse, explotadas y esclavizadas por grupos organizados al servicio del mercado del sexo.

Particularmente desolador es el espectáculo de tantas personas, especialmente jóvenes, metidos en el vértigo de la droga, del consumo del alcohol, o que se entregan a un estilo de vida frustrado, desordenado e irresponsable.

En una sociedad y en un mundo cada vez más desarrollados, en los que las posibilidades de una vida digna son cada vez más abundantes, crece, a pesar de todo ello, el número de personas excluidas, obligadas a vivir al límite de la subsistencia, naciones y enteros continentes explotados y olvidados, como si se tratara de seres de segunda categoría.



* Calidad de vida: una meta ambigua

Durante mucho tiempo, la preocupación de los pueblos se centró en asegurar las condiciones fundamentales e indispensables para lograr subsistir. Era el único objetivo al que se podía aspirar, cuando no había casi recursos para esperar mucho más. Desde hace algunos años, la calidad de vida se ha convertido en una nueva meta de la sociedad y de los individuos.

Esta preocupación por la calidad la vida puede llevar a consecuencias muy diversas, según la  intención que la anime: si se inspira en una voluntad humanitaria de desarrollar las condiciones más favorables a la expansión y al desarrollo de una vida digna para todos los seres humanos, o,  en cambio, si se convierte en una exigencia absoluta en sí misma, de inspiración utilitarista y hedonista, en base a la cual se mide, se valora y hasta se llega a excluir de la vida a los que no alcanzan un determinado nivel. De este modo se introduce una división, por ejemplo, entre enfermos que son curados con todo tipo de medios, y enfermos con escasa calidad de vida (ciertos discapacitados, ancianos sin familia, enfermos crónicos, etc.) que pueden ser desatendidos y a los que se puede, en el límite, negar una terapia más eficaz. Hay vidas que son consideradas menos importantes o menos útiles, vidas que sobran y que llegan al punto de ser consideradas como una amenaza para el bienestar de los demás y por esto son eliminadas.

Para consentir a unos pocos una alta calidad de vida, con mentalidad hedonista y consumista, se está favoreciendo la degradación y la destrucción del ecosistema planetario (contaminación en sus diversas formas, cambio climático, crisis de los recursos hidráulicos, reducción de la biodiversidad, etc.), favoreciendo un modelo de desarrollo no sostenible y que pone en grave  peligro el futuro de toda la humanidad.



*  Crecimiento de la agresividad destructiva

Al lado de tantos datos que demuestran cómo está creciendo la estima por la vida humana, la consideración por cada viviente y el respeto al ambiente natural, por desgracia aumentan también las manifestaciones de violencia cada vez más grave y destructiva. Pensemos en las guerras y en el comercio de armas que las sostiene, que siguen acumulando millares de víctimas inocentes; como también en los crueles combates entre pueblos y etnias,  que obligan a enteras poblaciones a abandonar los propios hogares y a buscar refugio fuera de la propia patria; como también la creciente violencia xenófoba contra los inmigrantes, que son considerados como un peligro y una amenaza, a los que se explota y a quienes se niega los derechos más fundamentales.

Existen también otras formas de violencia que provienen de una actitud anti-vida, producto de experiencias de frustración de las aspiraciones más profundas de la persona; crece entonces en ella la hostilidad, el rechazo y el odio a la vida de los demás; se destruyen las cosas, se maltratan las personas, se hace daño gratuitamente... Este tipo de violencia es la que domina muchas veces en las bandas juveniles o en grupos que promueven acciones violentas en las calles, etc.

*  Una cultura anti-vida

El aspecto que causa mayor preocupación es la difusión de una forma de pensar, de valorar y de comportarse que aparece como normal, presentada a veces incluso bajo especie de defensa de la libertad, y que, sin embargo, más que defender y promover la vida, la está conduciendo hacia el deterioro, al vacío y, en último término, hacia su misma eliminación. Es lo que el Papa Juan Pablo II llamaba una “cultura de muerte”: “Estamos – escribía - frente a una realidad más amplia, que se puede  considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera ‘cultura de muerte’... Se desencadena así una especie de ‘conjura contra la vida’, que afecta no sólo a las personas concretas en sus relaciones individuales, familiares o de grupos, sino que va más allá llegando a perjudicar y alterar, a nivel mundial, las relaciones entre los pueblos y los Estados”.[5]

Frente a esta situación nos sentimos profundamente interpelados como educadores, que quieren ayudar a los jóvenes a descubrir y promover el valor absoluto de toda vida, sobre todo de la vida humana. He aquí algunos de estos retos e interpelaciones:

- El fundamento último del valor absoluto de toda vida humana.

¿Por qué toda vida humana merece ser defendida y respetada siempre y en cualquier situación y circunstancia? ¿Hay vidas que valen más que las otras?

¿Dónde se encuentra el criterio para determinar que una calidad de vida es verdaderamente digna de la persona humana?



- El reto de la promoción de la vida para todos, sobre todo para los más débiles e indefensos.

¿Es humano que precisamente la gran sensibilidad del hombre contemporáneo respecto de una  vida más plena y mejor se convierta muchas veces en la mayor amenaza para la vida de los más débiles e indefensos?



- El reto de la evangelización en este contexto y en esta cultura.

¿Cómo afrontar esta cultura contraria a la vida y anunciar en ella el “Evangelio de la vida” como fuerza curadora y vivificadora para todos?

¿Cómo promover en nuestras comunidades, en los jóvenes y en la Familia Salesiana un estilo de vida según la propuesta de Don Bosco, que lleve a todos a amar, valorar, defender y promover la vida como don y como servicio?

3.  Implicación de la Familia Salesiana en la defensa de la  vida.

Esta visión de la realidad no sería realista si no pusiésemos de relieve los muchos esfuerzos, compromisos y realizaciones que se están llevando a cabo en todas las partes del mundo por obra de los diversos Grupos de la Familia Salesiana. Como ejemplo, quiero presentaros algunas de las  iniciativas más comunes y significativas en  nuestra Familia, mientras, al mismo tiempo, os invito a conocer, valorar y desarrollar los recursos, iniciativas y posibilidades ya existentes en cada país o región. He aquí una lista, ciertamente incompleta, de iniciativas que atestiguan el compromiso de la Familia Salesiana por la vida:

-          Los movimientos de solidaridad suscitados frente a los grandes desastres sucedidos en estos últimos años (“tsunami”, terremotos, inundaciones, incendios, atentados, guerras...), que demuestran la disponibilidad y la sensibilidad de tanta gente, sobre todo de la gente sencilla, para responder con generosidad a las necesidades de los demás y para defender la vida de los más pobres, infundiéndoles esperanza y futuro.

-          La acogida cotidiana de tantos jóvenes en situaciones de peligro, muchachos de la calle, jóvenes desocupados, etc., por parte de miles de educadores,  que con gran generosidad y sentido salesiano consumen su vida para ayudarlos a superar su situación de marginación y de peligro y poder afrontar con mayor calidad su futuro.

-          Los diversos programas de ayuda a los refugiados y a los inmigrantes que la Familia Salesiana lleva adelante en diversos países, comprometiéndose en su acogida y educación y en ayudarlos a integrarse positivamente en la nueva cultura.

-          Las iniciativas en curso en África, como los programas “Stop au SIDA!” y “Love matters”, para salir al encuentro del drama del SIDA que tortura a este probado continente, condenando a muerte a millones de personas y dejando, al mismo tiempo, millones de huérfanos. La Familia Salesiana pone en acto estrategias preventivas orientadas a informar profesionalmente a los jóvenes sobre el tema y a formar sus conciencias, conscientes de que esta pandemia no se vence con los profilácticos sino con una educación eficaz.

-          Los miles de educadores y educadoras que en las diversas obras y presencias salesianas están comprometidos en la educación de los jóvenes, preparándolos para que puedan insertarse en el mundo del trabajo.

-          El inmenso trabajo humanitario, educativo y de evangelización que se hace en las misiones, y que constituye muchas veces una de las pocas posibilidades de defensa de la vida y de promoción humana integral para millares de personas y para enteras poblaciones.

-          El compromiso generoso en las misiones con una enorme actividad orientada no sólo a preservar la existencia de pueblos indígenas, sino, sobre todo, a su desarrollo, a su reconocimiento público, social, con sus propios derechos de lengua, cultura, cosmovisión, organización social, representación política.

-          El trabajo de tantas familias que con dificultad, pero con dedicación y generosidad, están comprometidas en un esfuerzo cotidiano de educación y de defensa de  la vida.

-          El voluntariado en sus diversas formas: social, misionero, vocacional.

Y otras muchas iniciativas y realidades, que día tras día están construyendo una red que sostiene a un gran número de personas amenazadas y en peligro, y que promueven, con decisión y generosidad, el que se establezca un estilo de vida más humano, solidario y evangélico, creando, de este modo, la “cultura de la vida”.

Creo que con esta gran cantidad y calidad de grupos de personas podemos y debemos afrontar los grandes desafíos que nos presenta hoy la defensa de la vida. El aguinaldo es un estímulo para profundizar la propia vocación por la vida, una invitación a unir las fuerzas y a proseguir en nuestros compromisos para poder responder con creatividad y dinamismo a estos enormes desafíos.

4.  El Dios que ama la vida

  Desde  las primeras páginas del Génesis hasta la última página del libro del Apocalipsis, la Sagrada Escritura manifiesta la fe y la convicción profunda del Pueblo de Dios de que la vida proviene de Dios y es preciso vivirla delante de Él, que la tutela y la protege. Es una bendición de Dios que hace brillar en este don su amor y su generosidad. Es el mayor de los bienes que Dios puede conceder.

Por eso, lo primero que hay que hacer es gozar del mismo hecho de vivir. El primer mandamiento que recibimos de Dios es el de vivir: un mandamiento que no está escrito en tablas de piedra, sino esculpido en lo más profundo de nuestro ser. Nuestro primer gesto de obediencia a Dios es el de amar la vida, acogerla con corazón agradecido, cuidarla con solicitud, desarrollar todas las posibilidades que se encuentran contenidas en ella.

La Biblia pone continuamente de relieve la relación directa de la vida con Dios. La vida del hombre viene de Dios; es, como hacía ver Juan Pablo II, “un don con el que Dios comparte algo de sí mismo con la criatura”.[6] Dios es el único Señor de la vida; el hombre no puede disponer de ella. Vida y muerte están en las manos de Dios: “Él tiene en su poder el hálito de todo viviente y el espíritu de todo ser humano” (Jb 12,10). Toda vida viene de Dios y Dios la protege. No crea al hombre para dejarlo morir, sino para que viva (cfr. Sab 2,23).

    

Precisamente por esto, el Dios de la vida es el “Dios de los pobres”, que apenas logran sobrevivir; es el “Dios de la justicia”, que defiende a los que están amenazados por los abusos y por las injusticias de los fuertes y de los poderosos (cfr. Código de la Alianza, en Ex 21,1 – 23,9). Sólo el Dios fiel a la vida puede revelarse a lo largo de la historia como defensor de la vida del pobre, del débil, de la viuda, del extranjero, del indefenso. Conocer a este Dios significa practicar la justicia que produce vida y luchar contra la injusticia que mata. Creer en Él quiere decir promover la solidaridad con quien sufre y muere abandonado. Escuchar su voz es abrir el oído y el corazón a su constante llamada: “¿Qué has hecho de tu hermano?” (cfr. Gn 4,9-10).



El Dios, que ya en el Antiguo Testamento se revelaba como “amigo de la vida”, se encarnó en Jesucristo. En Él los discípulos han podido ver con sus ojos y tocar con sus manos al que es “Palabra de vida” (cfr. 1 Jn 1,1). Sus palabras y sus gestos están orientados a promover, desde entonces, vida y salud en el ser humano. En efecto, éste fue el recuerdo que quedó de Jesús en la primera comunidad: “Dios ha ungido con la fuerza del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38).

Para Jesús la vida es un don precioso, “más que el alimento” (Mt 6,25). Salvar una vida prevalece sobre el sábado (cfr. Mc 3.4), porque “Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12,27). La defensa de la vida humana es una idea central en el programa del Reino. Los dos aspectos – la proclamación del Reino y el cuidado por la vida del hombre – integran el contenido de su actividad mesiánica, como aparece siempre en los relatos evangélicos: “Jesús recorría toda Galilea... proclamando el evangelio del Reino, curando todas las enfermedades y todas las dolencias del pueblo” (Mt 4,23; 9,35; Lc 6,18). Es más, la actividad curativa es la que mejor caracteriza al Mesías. Es ahí donde más inmediatamente se manifiestan las obras del enviado de Dios: “Los ciegos recobran la vista y los cojos caminan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y el evangelio es anunciado a los pobres” (Mt 11,5).

También en el evangelio de Juan la vida es el valor central. Jesús es portador y garante de una vida “eterna” y definitiva, es decir, una vida que Dios comunica a sus hijos y que tendrá su consumación última más allá de este mundo. Por esto el evangelista nos presenta a Cristo como “el pan de la vida” (Jn 6,35.48), “la luz de la vida” (Jn 8,12); “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6); “la resurrección y la vida” (11,25), hasta tal punto que todo hombre o mujer “que cree en él, aunque muera, vivirá” (Jn 11,25).

Esta vida eterna puede ser experimentada ya desde ahora por el creyente: “quien cree tiene la vida eterna” (Jn 6,47); quien escucha su palabra “tiene la vida eterna... y ha pasado de la muerte a la vida” (Jn 5,24); “quien come su carne y bebe su sangre tiene vida eterna y él lo resucitará en el último día” (Jn 6,54). Pero la experiencia fundamental que garantiza la apertura y la orientación de nuestra vida actual hacia esta salvación eterna es siempre el amor: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El  que no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3,14).

Jesús no sólo aprecia la vida y la defiende, sino también da su misma vida como servicio supremo de amor, a fin de que la humanidad no termine en la muerte y en la destrucción definitiva. “Yo doy mi vida... Nadie me la quita. Yo la doy voluntariamente. Tengo el poder de darla y el poder de volverla a tomar” (Jn 10,17-18). Si Jesús se da a sí mismo hasta la muerte no es ciertamente porque desprecie la vida, sino porque ama mucho la vida y la quiere para todos, también para los más infelices y desgraciados, y la quiere definitiva, plena y eterna.

Esta “vida crucificada” por amor es “escándalo y necedad” según los modelos de vida hoy vigentes en la sociedad. Pero, desde el punto de vista de la fe cristiana, constituye el criterio último de toda vida que quiera ser plenamente humana y no desfigurada o alterada por el egoísmo, por la falta de solidaridad, por la injusticia. Es más, esta “vida crucificada” es para los creyentes la revelación suprema del amor de Dios para con el hombre y de su estima y defensa de la vida humana: es el “Evangelio de la vida”.

Este evangelio culmina en la resurrección. El Dios que resucita a Jesús es un Dios que pone vida donde los hombres ponen muerte. Así lo predican los apóstoles: “Vosotros lo matasteis... pero Dios lo resucitó” (Hch 2,23-24). El  que cree en este Dios resucitador, “Dios de los vivos”, comienza a amar la vida de modo radicalmente nuevo y con un amor total. La fe pascual impulsa al creyente a ponerse de parte de la vida donde ésta se encuentre agraviada, ultrajada o destruida. Su lucha contra la muerte no nace sólo de algún imperativo ético, sino de la fe en este Dios resucitador, que quiere que el hombre participe por siempre de su misma vida divina. “Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también a su fin, a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad San Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: ‘el hombre que vive’ es ‘gloria de Dios’, pero ‘la vida del hombre consiste en la visión de Dios’”.[7]

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