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Por un morir humano catequesis de adultos


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POR UN MORIR HUMANO
CATEQUESIS DE ADULTOS

Introducción

Se ha dicho rotundamente: "Hoy se muere mal". Nuestra sociedad ha conseguido mejorar las expectativas de vida. Estamos en una cultura de la vida. La muerte, salvo la violenta, desaparece de la vida diaria. Es algo que se silencia, se oculta, se evade: el tabú del diglo XX. Sin embargo, los hombres siguen muriendo y muchos han de recorrer un largo camino hasta el momento final. ¿Cómo lo viven? ¿Qué necesitan? ¿Cómo se les puede ayudar? ¿Cómo superar nuestros miedos ante la muerte? ¿Cómo aprender a morir, como un acto culminante del vivir? ¿Cómo descubrir cuanto enriquece y humaniza la relación con el enfermo terminal? Cómo vivir a fondo ese tiempo que queda?. En definitiva, ¿qué podemos hacer por un morir más humano?. He aquí el reto que se dirige a todos: a quienes asisten al enfermo, a quienes ocasionalmente están junto a un familiar, amigo o conocido en esas circunstancias, a todo ser humano, que, desde que nace, tiene que pasar -antes o después- por ese trance. El que se muera bien o mal es un test que cuestiona cómo están las cosas, no sólo en la sociedad sino también en la Iglesia.
• Esta catequesis pretende ayudar a:
1º Conocer cómo se muere hoy en nuestra sociedad, qué cambios se han producido al respecto, cómo vive el enfermo el proceso de morir, cómo lo viven los que le rodean, qué necesita, qué idea tenemos de la muerte, cómo nos gustaría morir.
2º Descubrir cómo esa realidad del morir puede ser iluminada por la experiencia del Evangelio y de la tradicción viva de la Iglesia.
3º Concretar qué podemos hacer por promover un morir más humano.

1. ¿Como se muere hoy?





Se trata de una realidad compleja. Hay muchos modos de morir. No es lo mismo morir en accidente, de repente o tras larga enfermedad, en casa o en el hospital, de niño o de anciano, de forma natural o de forma violenta, creyendo o no.
Asímismo, se trata de una realidad profunda, que no aflora fácilmente y a la que cuesta llegar. Además, los cambios sociales y culturales conducen al hombre de hoy a vivir de espaldas a la muerte.
Cambios sociales y culturales
* En nuestra sociedad, que valora lo joven, la salud, el éxito y la vida, la muerte es el contra-valor supremo, la negación de la vida, un tema tabú del que se prefiere no hablar, el tabú del siglo XX.
* En nuestros días, todo conduce a la ocultación de la muerte. Antes se moría en casa, rodeado de los seres queridos. Hoy, cada vez más, se muere en el hospital: un 70 por ciento. En este contexto, disminuye o se pierde el contacto inmediato con el moribundo y la muerte.
* La muerte ha cambiado de protagonista. Antes era el propio enfermo. Hoy el final de la vida depende, en muchos casos, de la voluntad o discreción de los médicos. La muerte se convierte así en un problema técnico.
* Ha cambiado también la forma ideal de morir. En otros tiempos, se prefería ver venir la muerte, de modo que uno pudiera prepararse. Hoy se prefiere, en general, una muerte rápida y sin dolor. "¿Se enteró?, ¿se dió cuenta de que se moría?, ¿sufrió mucho?", son preguntas que se repiten.
* El morir y la muerte, salvo la violenta, desaparecen de la vida diaria. Sobre todo en la ciudad, los niños no ven morir ni enterrar a nadie; se aminora o se suprime el duelo; el contacto con el cadaver lo realizan empresas funerarias especializadas; con los velatorios y tanatorios, los muertos no entran en las casas; el luto desaparece; la incorporación al trabajo se hace con rapidez; la incineración, a la que se recurre cada vez más, evita la visita a la sepultura.
* A pesar de toda ocultación, la muerte supone siempre una preocupación latente. Las reacciones ante la misma varían poco, aunque dependen bastante del contexto social, cultural o religioso. La preocupación, la ansiedad y el temor son las reacciones más comunes. Frecuentemente, los funerales no expresan claramente "el sentido pascual de la muerte cristiana" (SC 81).

¿Como vive el enfermo?


No hay dos enfermos iguales. Cada cual vive el proceso del morir a su manera, según sea su carácter, su edad, su historia personal, el tipo de enfermedad que padece, su idea e interpretación de la muerte, las reacciones de los que le rodean (familiares, amigos, personal sanitario...).
Hay, sin embargo, algunas fases por las que, con mayor o menor intensidad, los enfermos suelen pasar en los últimos meses o semanas de vida.
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Distintas fases
• La primera fase, de negación y rechazo de la realidad, dura en general unos días o semanas después de haberse conocido el diagnóstico: "No, no puede ser"... Es un mecanismo de protección, que no debería ser perturbado por un "ayudante" impaciente. Si indicamos a nuestros pacientes que están gravemente enfermos, sin privarles de toda enperanza, les permitiremos superar esta fase inicial.
• Cuando el enfermo deja de rechazar su destino, suele mostrarse muy irritado, tanto con el personal sanitario como con sus familiares. Se pregunta: "Por qué precisamente yo?". A menudo proyecta su enfado o rebeldía sobre las personas que le rodean, también sobre Dios. Si somos capaces de ayudarle a que exteriorice su irritación, se sentirá mejor y molestará menos a los demás.
• Después pasa gradualmente a una fase de sumisión y regateo. Es la fase de las negociaciones, muy frecuentemente con Dios, para que se posponga el fatal desenlace. El enfermo es consciente de lo que le pasa, pero hace promesas y se conforta creyendo en su eficacia; así, negocia "algunos meses más, hasta que los niños hayan dejado el colegio" o "para poder asistir a la boda de su hijo".
• Cuando el enfermo comprueba que su negación, su enfado o sus pactos no le quitan su mal, suele caer en una especie de depresión. Se percata de que esta a punto de perder todas las cosa y personas que ha querido. Deberíamos comprender su situación. Es una fase de tristeza preparatoria y silenciosa, que puede dar paso a la última fase.
• El enfermo acepta con paz y serenidad lo inevitable. Entonces precisa liberarse de todo lo que le une a este mundo y desea quedarse solo. Ya no está interesado en ser sociable, en la comida, o en que una enfermera le inyecte líquidos. Quienes han comprendido que la muerte es una parte integrante de la vida, están mejor preparados para ayudar a quienes no quieren aceptar su naturaleza finita hasta que se ven enfrentados con la amarga realidad. Dra. Kübler-Ross

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Los que rodean al enfermo
Tanto para el personal sanitario, como para los familiares, supone un verdadero trance llegar a saber con certeza el diagnóstico fatal.
A menudo no se trata este tema tan importante con la persona más directamente afectada, el propio enfermo. Se piensa que el conocimiento de una enfermedad incurable significa, en muchos casos, un dolor añadido que se le puede evitar al enfermo ocultándole el alcance de su mal.
En el fondo, muchos lo intuyen, aun cuando no se les haya informado. Si lo que deseamos es refugiarnos en la negación de su dolencia, el enfermo lo capta rápidamente y juega su papel, por temor de ser rechazado.
Sin embargo, si podemos pronunciar palabras tales como "cáncer", "muerte", "grave enfermedad", el enfermo manifiesta sin reservas todos aquellos pensamientos que desea compartir con el objeto de resolver sus problemas pendientes y lograr al fin la aceptación y la paz.
Es cierto que algunos enfermos expresan claramente su voluntad de no ser informados sobre su estado y sobre los tratamientos que se les administran. Debe ser respetados.
Pero muchos no reciben la información a la que tienen derecho, porque los familiares o los profesionales sanitarios presuponen que no quieren saberlo.
Cuando esto sucede, el enfermo es privado de la posibilidad de vivir su propia vida hasta el final y queda a merced de voluntades ajenas en algo que tan directamente le afecta. Tal situación puede llevarle a tener que soportar inútiles terapias agresivas (para enfermos recuperables), alguna vez a la petición desesperada de que le dejen morir o le provoquen una muerte dulce (eutanasia) y, más a menudo, a una callada resignación, muy distinta de la paz y serenidad a la que podría aspirar.
En realidad, el hospital, cuya finalidad es salvar, prolongar la vida y proteger la salud, no se preocupa realmente del morir, ni está estructurado para ello. Así lo reconoce el Consejo de Europa.El dolor es combatido con fármacos y técnicas pero no es abordado en todas sus dimensiones.
Los profesionales sanitarios, cada vez más hábiles en el manejo de aparatos y técnicas, frecuentemente se sienten desarmados e incapaces de establecer una relación humana con el enfermo. No han sido preparados para ello.
Los mismos sacerdotes eluden, a veces, el encuentro personal y profundo, sin máscaras, con el enfermo, refugiándose en sus ritos que se convierten en barreras para una auténtica ayuda.
Y muchos cristianos, cuya fe debería superar el miedo a la muerte, no cultivan durante su vida la fe en la resurrección. Por tanto, no pueden transmitir aquello que no viven.
Total, que el enfermo puede quedar sumido en el abandono, en la incomunicación, en la soledad.
Sin embargo, si echamos una buena y valiente mirada a los propios miedos, a los propios asuntos no resueltos, a las propias penas reprimidas, que a menudo se proyectan sobre el enfermo, podemos liberarnos de todo ello y abrirnos a las necesidades y mensajes de los moribundos.
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* Sabía que él quería hablarme, pero yo siempre lobraga esquivar la situación mediante una pequeña broma o una reconfortante evasiva poco eficaz. El paciente y yo lo sabíamos, pero ante mis desesperados intentos por evadirme, sintió piedad de mí y se guardó para sí mismo lo que hubiera querido compartir con otro ser humano. Y así murió sin molestarme (profesional sanitario).
* Me quedan de uno a seis meses de vida, tal vez un año, pero nadie quiere hablar de esto... Entráis de puntillas en mi habitación para traerme la medicación y tomarme el pulso, y desapareceis una vez cumplida vuestra tarea... No huyáis...Todo lo que necesito es saber que alguien estará a mi lado para coger mi mano entre las suyas cuando lo necesite (Alumna de Enfermería).

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¿Qué necesita

el enfermo terminal?


En la fase final de su vida, el enfermo tiene una serie de necesidades: físicas, psicológicas y espirituales. Cuando ya no es posible curar, se puede aliviar, paliar, consolar.
* El enfermo necesita suprimir o aliviar los dolores físicos y lograr así el mayor bienestar corporal posible. A ello contribuyen diversos cuidados: analgésicos, sedantes, cambio de postura, adecuada nutrición, higiene, sueño, descanso, etc.
* El enfermo necesita confiar en la competencia del personal que le cuida, tener la certeza de no ser abandonado, recibir información periódica y comprensible, ser reconocido como persona, amar y ser amado, ser escuchado, comprendido, acogido y acompañado en cada etapa de su enfermedad, ser respetado en su proceso emocional, quejarse o llorar, hablar o callar, bendecir o blasfemar.
* El enfermo necesita curar las heridas causadas por la toma de conciencia de la propia finitud: miedo, angustia, sensación de impotencia y de abandono, desesperación ante lo desconocido; releer su propia vida y encontrarle un sentido en esa situación; sentirse aceptado y aceptarse; reconciliarse consigo mismo, con los demás y con Dios; despedirse en paz; ponerse confiadamente en las manos de Dios.

Interpretación de la muerte


Sobre cómo se vive el morir, influye mucho la idea que tengamos de la muerte. He aquí algunas interpretaciones más comunes:
* el final, el polvo, la nada

* la separación del alma y del cuerpo

* un gran interrogante, un gran quizá

* el máximo enigma de la vida humana

* nadie ha venido a decirnos lo que hay más allá

* un paso que desemboca en el todo

* un paso que conduce a la reencarnación

* un paso que conduce a la resurrección, a Dios

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Pensadores y poetas de nuestro tiempo. cada cual a su modo, siente e interpretan la muerte:
* "En el hombre hay algo que inaccesible a la muerte" (Garaudy).
* "Es impensable que la muerte sea lo absolutamente último no puede prevale-cer la injusticia del mundo" (Adorno)
* "Amar a una persona es decirle: No morirás" (G. Marcel)
* "Sí, moriré; despacio,

desnudo de lo lo hoy hace mi vida,

quedándome, en la lucha con la muerte,

solo con lo que es mío...

¡Tengo miedo a ese pozo de vacío,

a esa noche sin fondo,

aunque esté Dios detrás! (J.M.Valverde)
* "Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros

cantando.

Y se quedará mi huerto, con su verde árbol

y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azúl y plácido;

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y en el rincón aquel

de mi huerto florido y callado,

mi espíritu errará nostálgico" (J.R.Jiménez)
* "Todo lo que me unía con la vida

deja de ser unión, se hace distancia,

se aleja más, al fin desaparece,

y muerto soy...y nadie me levanta".

(A.González)


* "Pongámoslo todo a salvo. Entreguemos

pronto nuestro lenguaje a este niño,

enseñémosle a decir 'vida',

'humanidad', "esperemos',

enseñémosle a hacer una casa,

una carretera, un camino.

Salvémoslo todo, queda poco tiempo"

(C. Bousoño)

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¿cómo te gustaría morir?
* Enterándome y sin miedo (Nuria Espert)

* Vivo (Antonio Ozores)

* Soñando con la vida (Jorge Valdano)

* Durmiendo (Paula Martel)

* Sin saberlo (María Teresa Campos)

* No me quiero morir. Amo la vida (Lolo Sainz)

* De ninguna manera (Francisco Buyo)

* En paz y sin darme cuenta (Antonio Ferrandis)

* Sin dolor y en paz (Margarita Landi)

* Sano (Juan Tamariz)

* Sin sufrir, sin miedo, en paz (Ana Torrent)

* En paz (Inocencio Arias)

* Sin dolor (Marisa Paredes)

* Nunca y sin darme cuenta (Jordi Estadella)

* Voluntariamente (María Vidaurreta)

* Viva y sin miedo (Mary Carmen y sus muñecos)

ABC Blanco y negro

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UN TEST QUE CUESTIONA COMO ESTAN LAS COSAS


1. ¿Qué cambios sociales y culturales más importantes constatamos en relación con el morir y la muerte?
2. ¿Hemos visto morir a alguien? ¿Qué reacciones hemos percibido en el enfermo, en los familiares, en el personal sanitario y religiosos, en uno mismo?
3. En nuestra experiencia personal o profesional ¿Qué necesidades constatamos en el enfermo terminal?
4. ¿En qué medida la idea e interpretación de la muerte influye realmente en el proceso de morir? ¿Por qué?

5. Poner en común: ¿cómo me gustaría morir?


* en casa/en el hospital.

* de forma rápída, sin enterarme.

* dándome cuenta, pudiendo preparar-me

* informando de lo que me pasa

* voluntariamente

* entregando yo mi vida

* sin dolor, con las atenciones necesarias

* con la fuerza de la oración y de los sacramentos

* con la luz de la Palabra de Dios

* rodeado de los seres queridos

* aprovechando el precioso tiempo que me queda

* afrontando los problemas no resueltos

* sin miedo, con paz y serenidad

* acompañado por la comunidad cristiana

* me gustaria dormirme y no despertar

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2. UN RAYO DE LUZ Y DE ESPERANZA





Habiendo abordado cómo se muere hoy, nos planteamos cómo esa realidad del morir puede ser iluminada por la experiencia del Evangelio y de la tradición viva de la Iglesia, en definitiva, qué luz aporta la Palabra de Dios a la forma de morir y de ayudar a morir.

En las manos de Dios


* El ideal humano del Antiguo Testamento consiste en gozar de la vida el mayor tiempo posible, para morir como Abraham en buena ancianidad, colmado de días (Gn 25,8) y dejando una descendencia abundante.
* Sin embargo, la muerte no siempre significa lo mismo. Es trance amargo para quien goza de bienes o cuando llega en la mitad de la vida (Is 38,3) sin poder consumar el proyecto vital; pero es liberación y descanso para quien vive entre tormentos (Jb 6,9) o para el viejo acabado y lleno de cuidados (Eclo 41,1).

"Mejor vida es morir que vivir muerto" (Quevedo)
* Uno de los aspectos penosos de la muerte es la pérdida de todo lo que se tiene: "Como salió desnudo del vientre de su madre, así volverá allí y nada se llevará del trabajo de sus manos" (Ecl 5,14). Pero más penoso todavía es el apagamiento, progresivo o repentino, de la conciencia de uno mismo: lo que fue.
* El hombre es el único ser consciente de su muerte. Por eso no la ve llegar como algo ajeno, la está aguardando como suya. Puede vivirla desde dentro y convertirla en acto humano. El trance le pertenece. Quizá lo viva así con antelación y aprenda a calibrar el valor de las cosas: "Enséñanos a calcular nueestroa años, para que adquiramos un corazón sensato" (Sal 90, 12)
* En los salmos encontramos muchas situaciones en las que lel creyente se siente atrapado por las fuerzas del mal, empujado hacia las puertas de la muerte. Desde ahí ora a Dios, fuente de vida (Sal. 18 y 36). Se tiene conciencia de que, muchas veces, la comunicación con el que está gravemente enfermo se queda en lo superficial: "Los que vienen a verme, hablan cosas fútiles" (Sal 41,7).
* La vida pasa deprisa, "como una sombra" (Sal 144,4). La reflexión sobre su brevedad y caducidad transcurre por varias etapas, a través de las cuales comienzan a aclararse algunos de los interrogantes más angustiosos de la humanidad: "No fue Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes: El lo creó todo para que subsistiera" (Sb 1,13).
* La muerte como vuelta al polvo (Gn 3,19), es decir, la muerte sin esperanza, es la triste perspectiva del hombre que rompe con Dios: "No hay remedio en la muerte del hombre ni se sabe de nadie que haya vuelto del Hades. Por azar llegamos a la existencia y luego seremos como si nunca hubiéramos sido" (Sb 2,1-2).
* Poco a poco se va abriendo paso la fe en una vida más allá de la muerte: "La vida de los justos está en manos de Dios... La gente insensata pensaba que morían, consideraba su tránsito como una desgracia y su partida de entre nosotros como una destrucción, pero ellos están en paz" (Sr 3,1-3).

Morir sólo es morir. Morir se acaba.

(Martín Descalzo)

La muerte de Jesús

* Jesús se sitúa ante la muerte de manera consciente. La ve venir (Mc 8,3). La acepta libremente: "Nadie me quita la vida, soy Yo quien la da" (Jn 10,18). Es consecuencia de su misión.


* En la última cena, de despedida, Jesús habla de su propia muerte, como de un paso de este mundo al Padre (Jn 13,1). Los discípulos pueden confiar en esto: "En la casa de mi Padre hay muchas moradas" (Jn 14,2).
* Todo ello no le evita a Jesús sentir miedo, tristeza, angustia y soledad ante la muerte (Jn 12,27); ora "con poderoso clamor y lágrimas" (Hb 5,7): "si es posible pase de mí este cáliz" (Lc 22,42); ora en la soledad, mal acompañado por discípulos que se duermen.
* Jesús acepta beber el cáliz hasta el final (Mc 10,38), "obediente hasta la muerte" (Flp 2,8), fiel al Padre, fiel a sí mismo, fiel a su misión. LLegado el momento, no se defiende (Jn 18,36), no cambia su mensaje, cuenta con la fuerza que le viene de Dios.
* Camino del calvario, dice a las mujeres que se duelen y lamentan por él: "No lloréis por mí" (Lc 23,28). Ellas y sus hijos tienen más dolor por delante.
* Ya en la cruz, pronuncia estas palabras: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Sal 22,2). Mientras tanto, todo lo que sucede alrededor supone el cumplimiento del salmo: la burla, la sed, la atadura de manos y pies, el reparto de los vestidos. El salmo desemboca en la confianza: "Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré.
* Al buen ladrón, con quien comparte tan horrible destino, le anuncia la buena noticia que cabe en semejante circunstancia: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23,43).
* Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. También Juan, el discípulo amado. Dice Jesús a su madre: "Ahí tienes a tu hijo". Y al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". Son sus últimas disposiciones (Jn 19,25-27).
* Jesús muere con la conciencia de haber cumplido enteramente su misión: "Todo está cumplido" (l9,30). Muere como ha vivido abandonándose en las manos de Dios: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (lc 23,46).

Los muertos resucitan


* Es parte esencial de la buena nueva de Jesús, una de las señales del Evangelio: "Los muertos resucitan" (Mt 11,5) El Evangelio lanza un desafío al hecho duro, doloroso y desconcertante de la muerte, allí donde la razón se reconoce incapaz de vislumbrar un rayo de luz y de esperanza: ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? (1 Co 15,55).
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Cuentan que San Alberto Magno, un santo de la cristianísima Edad Media, no del secularizado y desgarrado mundo actual, solía preguntarse en su vejez: "¿Es que voy a perdurar?". Pienso que ese hombre se preguntaba tanto por la perduración de sus creencias y sus hábitos hasta su muerte como por la perduración de su existencia más allá de esta vida. Así, al menos, entiendo yo su pregunta, así me la hago a mí mismo y así, como decía el cardenal Newman, mis creencias pueden soportar mis dudas. Y si mi muerte, como hondamente deseo, me permite hacer de ella un acto personal, si no es la súbita consecuencia de un accidente fortuito, al sentirla llegar diré en mi intimidad: "Señor, esta es mi vida. Mírala según tu misericordia. (Laín Entralgo)

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* En realidad, es muy común el error de Marta, que remite al "último día" (no de la vida, sino de la historia) la resurrección de su hermano (Jn 11,24). No se entiende la afirmación de Jesús: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás" (Jn 11,25-26). También a nosotros va dirigida la pregunta: "¿Crees esto?".
* Hay una profunda relación entre la resurrección de Cristo y la nuestra: "Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe" (1 Co 15,16-17). Es algo fundamental. Dios "no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para El todos viven" (Lc 20,38). Más aùn, la vida eterna a la que resucitan los muertos es ya la posesión de los vivos que creen en Cristo. Quien escucha su Palabra "tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida" (Jn 5, 24)
* En el siglo IV, de los mártires se dice que el día de su muerte es "día de nacimiento". San Ignacio de Antioquía (s.II) va camino del martirio con esta fe: "Bueno es que el sol de mi vida, saliendo del mundo, se oculte en Dios, a fin de que en El yo amanezca". Se canta en la liturgia: "La vida de los que en tí creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo". Junto a la fe en Cristo resucitado, confesamos: "Creo en la resurrección de los muertos".
* Para algunos, el problema está en el cómo: "¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida?" (1 Co 15,35). No sabemos el cómo, ni en qué consiste el cuerpo espiritual del que habla San Pablo (1 Co 15,44; ver GS 39), el cuerpo resucitado. La resurrección no es una reanimación del cadáver para volver a la misma vida de antes. Tampoco es una creación de la nada, como si el que muere y el que resucita no fuera la misma persona.
* Sea como sea el modo de la resurrección, creemos que el hombre resucita a imagen y semejanza de Jesús: "Si nuestra existencia está unida a El en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya" (Rm 6,5). Creemos que seremos los mismos y en plenitud, una plenitud que no podemos imaginar: "Ni el ojo vio ni el oido oyó... lo que Dios prepara a los que le aman" (1 Co 2,9). Es algo que sólo puede expresarse por medio de imágenes, de comparaciones, de balbuceos: resucitamos...como el grano que florece en la espiga (1 Co 15,37), como el sol que alumbra un nuevo amanecer, como casa que Dios nos contruye cuando se deshace la nuestra (2 Co 5,1).
* En el misterio de la comunión de los santos, podemos descubrir -de muchas maneras- que a pesar de la muerte muchos viven, como Cristo vive: viven "Con el Señor" (2 Co 5,8), "poseen ya en Dios la vida verdadera" (Gs 18). La relación con ellos no se interrumpe; al contrario, se robustece; ellos interceden por nosotros (LG 49). Es la experiencia de Santa Teresa:
"Acaéceme algunas veces ser los que me acompañan y con los que me consuelo los que sé que allá viven, y parecerme aquellos verdaderamente los vivos, y los que acá viven tan muertos, que todo el mundo me parece no me hace compañía" (Vida 38,6).
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Con la entera sinceridad de tu voz - Juan Antonio Vallejo-Nájera - nos lo hiciste saber a tus amigos, sin apenas preprarnos: "Tengo un tumor en el páncreas y me han dado tres meses de vida"...Te rozaron más de cerca los impulsos de Dios, y a ellos te encomendaste para mantener tu árbol herido más sereno (Alfonso Ussía).
Una vez que mi mente estuvo lo suficientemente despejada para darme cuenta de que me encontraba en una clínica, pude dedicar mis esfuerzos a conseguir volver otra vez a mi casa. Creía fervientemente que el estar en casa me daría una nueva vida, más que compartir un cuarto con un enfermo senil a un lado y una plaza vacía al otro...Los que me ayudaron fueron amigos y queridos, vecinos y, ocasionalmente, alguna enfermera contratada. El ambiente era acogedor, era mi hogar. Me animaron a que me ocupara de mis asuntos tanto como fuera posible... Un sacerdote me hizo tomar conciencia de la presencia de Cristo en mi vida. Esto, creo, fue el comienzo del pequeño pero íntimo grupo que se volvió tan significativo para mí aquí, en esta casa (Luisa).

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¿TENEMOS DEFICIT DE EVANGELIZACION?
1. ¿Conocemos testimonios en los que la experiencia de fe ha humanizado el morir humano?

2. ¿Qué nos resulta más significativo del morir de Jesús? ¿Lo llevamos en nuestros cuerpos, por todas partes (2 Co 4, 10)?

3. ¿En qué medida participamos del error de Marta, dejando la resurrección para el último día de la historia?


3. ¿Como promover un morir humano?





Hemos visto cómo se muere hoy y cómo la realidad del morir es iluminada por la Palabra de Dios. Como dicen en el Comunicado los participantes en las XVII Jornadas Nacionaldes de Pastoral de la Salud: Creemos que, aunque difícil, "es posible hoy una muerte humana y digna: sin soledad ni sufrimientos innecesarios; íntima, silenciosa y sencilla; con el consuelo de la compañía y de la fe; consciente; en paz consigo mismo con Dios y con todos los hermanos; aceptada desde la consistencia humana y cristiana de nuestra propia madurez; la muerte propia, consecuente con la vida de cada ser humano; en "su" momento, sin adelantarla ni alargarla con actitudes agresivas y desproporcionadas".
Nos planteamos ahora qué podemos hacer por promover un morir humano. Nos sirve de guía el Plan de la Conferencia Episcopal Española sobre eutanasia y asistencia a bien morir"

1. Educar para vivir el morir.
Vivir el propio morir y la muerte no se improvisa. Requiere una preparación previa. "Todos los hombres deben prepararse para este acontecimiento (el morir) a la luz de los valores humanos y los cristianos, más aún a la luz de la fe" (Documento vaticano sobre eutanasia). Hay, pues, reintroducir con naturalidad el hecho de la muerte en nuestros esquemas mentales y asumir la responsabilidad de llenar de humanidad y compasión el proceso del morir.

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"Buene muerte o mala muerte,

eso es todo, compañero.

Hay que ensayarla despacio,

día a día y tiento a tiento"

Gerardo Diego.

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La comunidad cristiana ha de asumir la necesaria, urgente y delicada tarea de educar para vivir y ayudar a vivir una buena muerte, utilizando para ello los cauces que tiene a su alcance: la catequesis, la predicación, las celebraciones con enfermos, las reuniones de grupos y movimientos, etc.
Para ello conviene llevar a cabo las siguientes acciones:
• Difundir el "Testamento vital" como un medio de evangelización para promover la buena muerte entre los cristianos.
El "testamento vital" que propone la Conferencia EpiscopalEspañola brinda una excelente ocasión para reflexionar sobre la vida, el sufrimiento, el morir y el más allá. Es una profesión de fe en la vida como don de Dios y en la muerte como acontecimiento final de la existencia terrena y como paso que abre el camino a la vida que no se acaba junto a Dios. Manifiesta cómo desea uno morir, pide ayuda para asumir humana y cristianamente la propia muerte y dice que desea prepararse para vivirlo en paz, con la compañía de los seres queridos y el consuelo de la fe cristiana.
• Dar más importancia en los programas de catequesis para todas las edades y en los de formación de los agentes de pastoral, a los aspectos del mensaje cristiano que miran al morir y a la muerte.
La catequesis ha de permitir, incluso a los niños, el abordar la realidad del morir, tomar conciencia de que forma parte de la vida, cultivar las actitudes que facilitarán la aceptación y vivencia de la misma con madurez
• Influir en las "instituciones educativas" para que, ya desde la escuela, se aborden los temas del morir como última etapa de la vida, de la muerte en cuanto fin natural de la misma, y de la asistencia debida a los moribundos y a sus familias.
• Acoger y difundir lo que nos enseñan los enfermos en la etapa final de su vida. Los enfermos nos ayudan a tomar conciencia de nuestro propio miedo a la muerte y también a superarla; a relativizar muchos valores a los que damos, estando sanos, una importancia desmesurada: el éxito, la ambición, el tener, el prestigio, la competitividad; a dar un relieve especial a los valores evangélicos de la bondad, la alegría, el servicio, la ternura, el valor de lo pequeño, la autenticidad, la renuncia.


2. Acompañar para vivir el morir.

No basta con educar para vivir la enfermedad y la muerte. Hay que acompañar al enfermo, a cada enfermo, a morir con dignidad y, si es creyente, a morir en Cristo. Al enfermo le queda un tiempo muy precioso. "La Iglesia que ha estado presente a lo largo de toda la enfermedad, al llegar el momento de la muerte, "no abandona al cristiano, sino que le ayuda a hacer su tránsito a la Vida eterna en unión con Cristo, y lo entrega a la Iglesia celeste por medio de la oración. Su presencia en esos momentos es compañía, consuelo y plegaria"(Ritual de la Unción 82).


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La presencia junto al enfermo

ha de ser:
* acogedora, cercana, cálida y solidaria de su persona y de sus sentimientos.
* que sabe percibir y dar respuesta a las necesidades y reacciones del enfermo en cada fase de su enfermedad.
* profundamente respetuosa para con la persona, sus creencias, sus niveles de fe, su ritmo vital de crecimiento y maduración.
* humilde y pobre, que nos lleva a acercarnos a cada enfermo, no como maestros que van a enseñar, sino como discípulos que desean aprender, que acompañan en silencio, evitando las palabras vacías que nada dicen al que sufre.
* crítica, de todo cuanto dificulta o impide una muerte digna y cristiana.
* creyente y comunitaria, que testimonia y comparte la fe, está abierta a las pequeñas esperanzas y a la Esperanza que Dios nos da en Cristo Jesús, se apoya en la oración, escucha la Palabra, acoge la acción del Espíritu, celebra los sacramentos (Unción, Eucaristía, Penitencia) como signos de la ternura y delicadeza de Dios.

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La familia del enfermo también necesita atención y apoyo: en la etapa que precede a la muerte para afrontar la situación y prepararse para la separación con esperanza, "aceptando sus reacciones, posibilitándole su expresión, caminando a su lado con profundo respeto y ofreciéndole los recursos de la fe"; tras la muerte del enfermo, "hay veces en que una oración serena y sentida será la ayuda mejor para la familia. Otras, será un abrazo, un apretón de manos o la sola presencia física" (La Asistencia Religiosa en el Hospital. nº 109-110).
Para ello, es preciso realizar con empeño las acciones siguientes:
• Concienciar a las comunidades cristianas sobre su responsabilidad de acompañar al enfermo grave y a su familia.
• Revitalizar en las parroquias y en los hospitales la asistencia pastoral a los enfermos terminales y a sus familias.
• Promover la creación de grupos de voluntariado que visiten, acompañen, cuiden y alivien a los enfermos terminales y a sus familias.
• Recuperar la Unción, como el sacramento de los Enfermos, y el Viático, como la Eucaristía del tránsito de esta vida.
3. Humanizar el morir
Humanizar el morir es una gran necesidad. La medicina moderna ha acentuado el predominio de la técnica pero olvida la dimensión humana del enfermo. Hay que humanizar el morir dónde este acontecimiento tenga lugar, es decir, en el hospital, en la propia casa o en las residencias de ancianos e incurables. Humanizar el morir comporta considerar al enfermo como persona responsable y protagonista de su vida, asistirle en todas sus necesidades y crear en torno al mismo un clima de serenidad y de paz. No se podrá humanizar el morir mientras las Instituciones sanitarias sigan dando la espalda a ese hecho y los profesionales sanitarios no tomen conciencia de su tarea insustituíble junto al que lo está viviendo.
Para humanizar el morir proponemos, entre otras, las acciones siguientes:
• Concienciar y pedir a las autoridades sanitarias (Ministerio de Sanidad, Consejerías de Salud..):
- la creación de centros que presten una asistencia integral a los enfermos terminales.
- la creación en los hospitales de aquellas condiciones que favorezcan una buena muerte.
- el desarrollo de programas de asistencia integral al enfermo terminal en su domicilio.
• Impulsar una colaboración más intensa entre el Servicio de Asistencia Religiosa de los hospitales para proporcionar una buena muerte a los enfermos ingresados.
• Dar a conocer y apoyar la medicina paliativa, que pretende aliviar y paliar, cuando ya no es posible curar.
• Impulsar la colaboración de la Iglesia y de sus "instituciones" sanitarias en la atención a los enfermos terminales.
• Apoyar la insustituíble labor de los que asisten al moribundo, reconociendo que dicha labor desgasta y cansa. Es preciso cuidar de los cuidadores.
• Promover "experiencias piloto" de asistencia a domicilio de enfermos terminales.
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En el Arciprestazgo de San Vicente de Paúl de la ciudad de Madrid, que está formado por seis parroquias, se ha promovido y creado un programa de Asistencia Domiciliaria a enfermos en fase terminal, con la ayuda de la Archidiócesis y del Prosac. La asistencia que se presta es integral: médica, psicológica, social, espiritual y religiosa. La asistencia es contínua. La familia es el primero y más importante recurso asistencial para sus familiares enfermos en fase terminal. El programa ayuda a estos familiares, ofreciéndoles formación y apoyo.

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4. Formar para ayudar a vivir el morir
Esta formación ha de ayudar a los asisten y cuidan a enfermo terminal a conocer e integrar sus propios sentimientos y emociones de cara al enfermo y a la muerte, comprender lo que el enfermo terminal está viviendo, identificar las necesidades de los pacientes y de sus familiares, adaptar sus cuidados a las mismas, relacionarse en verdad con los pacientes.
Para ello es preciso llevar adelante las acciones que propone el Plan sobre eutanasia y asistencia a bien morir:
• Promover la inclusión del tema del morir y de la muerte y de la asistencia a los moribundos y sus familias, así como el de la bioética, en los programas de formación de los futuros profesionales sanitarios y en los de formación continuada.
• Ofrecer cauces y medios de formación a los agentes que asisten a los enfermos terminales.
• Facilitar la formación ética de los profesionales sanitarios cristianos que trabajan en este campo.

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Transfigúrame,

Señor, transfigúrame.

Tranpáseme tu rayo rosa y blanco.

Quiero ser tu vidriera,

tu alta vidriera azul, morada y amarilla,

en tu más alta catedral.

Quiero ser mi figura, sí, mi historia,

pero de Tí en tu gloria traspasado.

Quiero poder mirarte sin cegarme,

convertirme en tu luz, tu fuego altísimo... (Gerardo Diego)

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NUESTRO COMPROMISO POR UN MORIR MAS HUMANO
1. ¿Qué estamos haciendo por promover un morir más humano en el campo de la educación, de la asistencia, de la pastoral?
2. ¿Qué podemos hacer a nivel personal, profesional, de grupo, de parroquia o comunidad?


BIBLIOGRAFIA
Kübler Ross E: Sobre la muerte y los moribundos. Grijalbo 1989

- La muerte: un amanecer. Luciérnaga 1990



- Vivir hasta despedirse. Luciérnaga. 1991

Rocamora A y Delgado R: La esperanza en situaciones terminales. Fundación Santa María. Madrid 1984.

Martín Descalzo J.L: Testamento del pájaro solitario. Ed. Verbo Divino 1991

Ranher K: Sentido teológico de la muerte. Herder. Bacelona 1965.

Ruiz de la Peña, J.L.: La muerte, destino humano y esperanza cristiana. Fundación Santa María. 1983

Léon-Dufour, X.: Jesús y Pablo ante la muerte. Edic. Cristiandad 1982

Sporken P: Ayudando a morir. Sal Terrae 1982.

Delisle-Lapierre, I.: Vivir el morir. De la relación asistencial a los cuidados paliativos. Edic. Paulinas. 1986

Jomain, Ch.: Morir en la ternura. Vivir el último instante. Ed. Paulinas 1987

Vimort, J.: Solidarios ante la muerte. PPC. 1990

PROSAC y Departamento Diocesano de Pastoral Sanitaria de Sevilla: El más difícil vi­vir. Elementos para la asistencia al enfermo en situación terminal. 1990

Delegación de Pastoral de la Salud de Barcelona: El enfermo terminal y los profesionales de la salud. Ed. Claret 1990

Equipo de Profesionales Sanitarios Cristianos: Asistencia a domicilio de enfermos terminales. Manual de consulta para el voluntariado y los familiares. PPC 1992

Labor Hospitalaria: Vivir el morir. 1992

Películas sobre el tema
Mi vida es mía.

Derecho a morir.

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