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Por nuestra parte, no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído


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Santificado sea tu nombre
Frente al mMuro de las Lamentaciones, paseando y observando a los judíos cómo rezaban, me vino a la mente la segunda parte de la oración. ¿Qué necesidad tuvo Jesús de incluir esta afirmación?, me pregunté para mí. Como dice Sansan Agustín, “¿no es santo, ya?, y si lo es, ¿a qué pedirlo?”.
Continuaba paseando, observando y buscando respuesta a esta simple pregunta. De repente, me di cuenta de que ninguno de los judíos allí presentes evitaban la mirada curiosa de los turistas como yo. Su fe era patente y visualizada. Estaban dando testimonio de su fe.
En un acto tan simple comprendí que Jesús me apremiaba al testimonio, a proclamar, a evangelizar, a santificar su nombre hoy tan denostado. ¿Cómo trato yo, se pregunta el Papa Benedicto XVI, el santo nombre de Dios?
Santificado sea tu nombre corresponde con a los dos primeros Mandamientosmandamientos de la Ley de Dios dada entregada a Moisés. Hoy, en el nombre de Dios, se cometen los más grandes horrores inimaginables. Hoy, el nombre de Dios, se ha sustituido por los becerros de oro que el mundo nos ofrece mientras esperamos no sé qué. Mi vida, puede estar muy cerca del olvido, aunque sea transitoriao y sustituido entretenida por pequeños placeres que considero irrenunciables.
Al redactar estas notas, tomé el Ccatecismo Rromano de 1566, promulgado por Sansan Pio V, del que conservo una edición de 1975. Sobre este aspecto, el Ccatecismo enumera por qué pedimos la santificación del Nombre de Dios: (i) para que todos los hombres sean bautizados, (ii) para que los pecadores se arrepientan, (iii) para que Dios infunda su luz en todas las almas, (iv) para que todos amen a la IglesiaiIglesia, y (v) para que nuestra conducta sea la de un buen hijo.
Desde que leí estas recomendacionesEstas recomendaciones, desde que las leí, las he incorporado a mi oración personal, y doy gracias a Dios por habérmelas descubierto en un lugar ajeno y atípico. “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”68

Venga a nosotros tu reino
En la capilla del Dominus Flevit tuve presente algo que parecía obvio y que sin embargo le llevó a Jesús a llorar por la ciudad de Jerusalén. Su reino de amor lo habían convertido los hombres en un desierto. Pensé en el joven rico y lo difícil que resulta llevar el reino de Dios a mi propia alma. ¡Qué arduo cumplir las palabras de Mateo: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas se os darán por añadidura”69
Me vino a la memoria la primera de las Bienaventuranzasbienaventuranzas que habíamos meditado hacía apenas dos días: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. La lucha entre el cuerpo y el espíritu es una constante en mi vida. La dicotomía de nuevo entre la acción y la rectitud de intención; entre los buenos pensamientos y la omisión. Decía Sansan Cirilo que sólo un corazón puro puede decir con firmeza: venga tu reino.
Te pido, Señor, un corazón puro, para que tú Reino impregne mi voluntad y sienta el deseo de pedir que venga también a todos nosotros. A los que creen y a los que no creen; a los que necesitan y los que creen no necesitar. Haz, Señor, que sienta el ansiía de amar en a los otros.

Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo
Al llegar a este punto tuve que relegar la meditación para cuando regresara a Barcelona. Volvía a dar vueltas sobre el mismo círculo: ¿Cuál es la voluntad de Dios? ¿Cómo convertir la tierra en el cielo? No disponía de más tiempo. Este viaje estaba resultando como una especie de ejercicios espirituales sin los ingredientes de espacio y tiempo adecuados. Sin embargo, por contenido, era de materia sobreabundante. No quería que la reflexión se convirtiera en un sermón escrito más o menos riguroso. No hay ejercicios sin examen de conciencia que no concluyan con el compromiso personal.
Unas semanas más tarde, frente al ordenador y haciendo la invocación al Espíritu Santo, pedí luz para discernir más allá de la teoría bien estudiada y poco aprehendida. Como la providencia es el seguro contra mis previsiones calculadas, cayó en mis manos una oración de Sansan Cipriano que resume mi anhelo:
“La voluntad de Dios es lo que Cristo ha cumplido y enseñado. La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, la modestia en la palabra, la justicia en las acciones, la misericordia en las obras, la disciplina en las costumbres, no causar perjuicio, soportar las ofensas, conservar la paz con nuestros hermanos, amar a Dios con todo el corazón… no preferir nada a Cristo, porque Él nos ha preferido a todo”.
Cerré el ordenador volando dejando volar mi pensamiento hasta eal mMonte de Olivos, y recordé recordando las palabras de Jesús: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”70
Desde entonces, en el examen de conciencia incorporo a modo de pregunta personal la oración de Sansan Cipriano: la humildad en mis actos; el testimonio de mi fe; la modestia en las palabras; la justicia de mis obras; la disciplina en las costumbres incluidos los ratos de ocio; no herir ni de palabra ni de pensamiento; soportar interiormente lo que creo que pueden ser ofensas aunque no lo sean; conservar y cosechar la paz; y sobre todo amar a Dios con todo el corazón “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”71
Danos hoy nuestro pan de cada día
Reconozco que esta petición me resulta más cómoda. Jesús piensa en míi sustento y en mis necesidades. Me resulta un consuelo estar frente al sagrario pidiendo al Señor el pan de cada día. Súbitamente me planteo qué significa esperar de sus manos el pan; por qué nuestro y no mío; por qué cada día y no como una renta vitalicia. Mi espíritu es tan contradictorio que a todo pone pegas.
Últimamente pienso cada vez más en la jubilación para retirarme a ese escondido lugar (mi amado pueblecito del Pirineo) donde trabajar en una era y tener tiempo para leer y escribir en compañía de mi esposa. Para ello me preocupa el nivel de renta. Mi ocupación no se limita al díapresente, es el mañana permanente.
Confío en mi trabajo, en mi esfuerzo profesional que haga posible acceder a ese deseo cada vez más profundo. Temo que tanta aspiración acabe atentando contra la esperanza. Sin embargo, Jesús me enseña a dirigirme a Dios suplicando el pan de cada día.
Para continuar meditando sin errar, sobre esta parte de la oración, me ayudé de varios libros que guiaran mis eternas dudas hacia sendas liberadas de escollos. Sin darme ningún un respiro, en uno de los libros encontré la cita de Isaías que compelió mi conciencia: “¡Ay de vosotros que añadís casa a casas, que juntáis propiedades a propiedades hasta acabar con todas! ¿Es que vais a ser los únicos propietarios de la tierra?”72
Con Isaías en la mente y los ojos cerrados me entregué concentré frente al atrio del sagrario para depositar alejar la nimiedad del pensamiento previo. ¡Sólo el pobre pide pan! He aquí la primera lección que surgía desde el interior del altar. De nuevo la primera de las Bienaventuranzasbienaventuranzas asomaba ena mi corazón. Pedir desde la pobreza de espíritu es la actitud necesaria para rezar el Ppadrenuestro. Pedir a quien puede dármelo es reconocer a Dios como dador. La pobreza de espíritu junto a la humildad hacen posible que pueda nombrar a Dios como Padre.
Jesús me enseña a pedir por el pan de los otros en el nosotros, sintetizando así las palabras de Jesús a la pregunta de los escribas: “El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”73. Recuerdo que hace ya muchos años, un sacerdote con el que tuve una especial relación espiritual, se lamentaba íntimamente de la soledad de su vocación. Trataba con muchos jóvenes, frecuentaba la asistencia espiritual con mediante confesiones y direcciones espirituales, pero al final del día sentía, en ocasiones, el peso de la soledad. Algunos de los que estábamos cerca de él, le decíamos que rezábamos mucho por sus intenciones y por él mismo. Un día, como en un arrebato emocional, suspiró: “Quiéreme un poco más en mí y menos en el Señor”. Desde aquel día comprendí que el amor al prójimo o es próximo o es una hipocresía. De quée me sirve “rezar” al otro si me aíslo de la presencia más próxima sin acudir a ofrecerle el pan de cada día, que es Dios mismo hecho amor.
El pan de cada día es el mismo Jesús que se entrega en la Eucaristíaeucaristía. ÉEl no da, se me da, para que tenga vida eterna. SanSsan Ambrosio, hablando del pan eucarístico, nos dice: “Si el pan es diario, ¡por qué tu lo recibes sólo una vez al año? Recibe todos los días lo que todos los días te aprovecha y vive de modo que todos los días seas digno de recibirlo”74. Con estas palabras Ambrosio me acababa de descifrar la última expresión “de cada día”. En efecto, durante este viaje estamos teniendo la gracia de Dios de comulgar diariamente. Éste debería ser uno de los provechos de la peregrinación: el ansiía diaria de pedir y tomar el pan de cada día. Sólo así seré capaz de pedir el pan material que me conviene: “No sabemos pedir lo que nos conviene”75
Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden
Perdonad y ser perdonados. El amor y el perdón van unidos inseparablemente. Sentí un gran gozo en el cCenáculo pensando en el amor que Jesús tuvo con sus discípulos la víspera de ser arrestado. El día de Amor Fraterno se materializa el perdón de Dios a los hombres. Sentí un gran gozo y un gran alivio al saberme juzgado por Dios. Porque Dios es aAmor y sólo el amor es capaz de perdonar. “En el ocaso de nuestras vidas seremos juzgados en el aAmor”76
Antes de partir a Israel, el día anterior, acudí al sacramento que menos me gusta y que más me cuesta: la confesión. Mi orgullo y la reincidencia me alejan instintivamente del perdón. Sin embargo, en la oración posterior me consuela que el perdón obligue a Dios al olvido. Este misterio lo he meditado en muchas ocasiones. Aquel pecado, aquellas miserias confesadas desaparecen de la mente de Dios. Dios no tiene memoria, como nos dice el Cardenalcardenal Nguyen Thuan. En el peor de los momentos, en los de máximo sufrimiento humano y espiritual, justo antes de expirar, Jesús continúa perdonando: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”77. El ajusticiado perdona a su verdugo. Definitivamente Jesús no sabe de lógica.
Qué distinta la lógica del mundo y de los hombres. La superación de la culpa y de la ofensa sóolo es posible mediante el perdón y la venganza. Dios olvida el pecado pagando con su propio hijo. Como dijo el Cardenalcardenal Newman: “Dios pudo crear el mundo de la nada con una sola palabra, pero que sólo pudo superar la culpa y el sufrimiento de los hombres interviniendo personalmente, sufriendo Él mismo en su Hijo”.
Dios perdona, pero ¿y yo? En cierta ocasión, en una clase de teología impartida por un profesor a los seminaristas, mientras ellos rezaban el pPadrenuestro, el profesor, al llegar a la parte de la oración que dice: “como también perdonamos a los que nos ofenden”, exclamó en voz alta, dirigiéndose a los alumnos: “¡Mentira! ¡Mentira!” Todos se asustaron por aquella interrupción pero entendieron de inmediato el contenido de la lección con una sola palabra.
Perdonar no es sólo olvidar, exige reparación mediante el amor y el agradecimiento, sólo así podré entrar en la “ilógica" de Jesús y abrazar sus “defectos”. Gracias a la bondad de mis padres, que, me inculcaron la docilidad como expresión amable del amor, me ha servido para aprendí a huir de las ofensas y tenerlas retenidas lo menos posible en mi corazón.
Perdonarad y ser perdonados es la reciprocidad teológica que siempre me cuesta asumir. Pedir perdón a través de un sacerdote escondido tras el confesionario, aún siéndome costoso, lo es menos que perdonar al prójimo que vive al descubierto. “Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda”78
Doy gracias a Dios por sentirme perdonado. El amor supera todas las barreras temporales que fabrico como las murallas que dividen la ciudad de Belén. Sólo el perdón y la reconciliación las harán caer sin necesidad de guerras ni artillería.
No nos dejes caer en la tentación
Mentalmente regresé al desierto de Judá que recorrimos ayer hasta llegar a Jerusalén. Jesús fue tentado después de ayunar durante cuarenta 40 días. Dios permite que su Hijo Jesús sea tentado por el diablo. Jesús, en la oración del pPadrenuestro, me exhorta a no caer en ella, pero nada dice acerca de que la tentación no se presente. Tiene razón Mateo cuando dice: “El espíritu está pronto, pero la carne es débil”79
No son estas cCrónicas un lugar y un espacio para hacer una confesión comunitaria, pero la experiencia personal sabe de la debilidad humana. Como padre, reitero constantemente hasta hacerme pesado, la recomendación a mis hijas de que cuiden los ambientes, las amistades, las ocasiones, las diversiones y un largo etcétera inacabable. Jesús me enseña también a dirigirme al Padre pidiendo no caer en la tentación. La tentación es un hecho real y cotidiano que por su habitualidad frecuencia pasa desapercibidao.
Recuerdo que en unos ejercicios espirituales, el sacerdote antes de iniciar la meditación de la mañana nos entregó un folio con el título: “Elenco muy incompleto de algunos defectos de las buenas personas”. A continuación venía una relación de más de 40 defectos que invitaban a caer en la tentación. La avaricia, la soberbia, la envidia, la ira, la codicia, el rencor, y así hasta completar una lista que pasaba tanto por defectos evidentes como hasta por pequeñas insignificancias que podían convertirse en manifiestos defectos.
Entre Ttentación y pecado es hay una diferencia que no siempre acabo de entender. Subestimar la tentación y al tentador es la primera tentación que puedo aceptar implícitamente sin esfuerzo de oposición. ¿Quién habla hoy de tentación? ¿Quién se atreve a hablar hoy del diablo? Parece un lenguaje anticuado y clerical apolillado. En mi vida, y esta es la única confesión que haré en estas páginas, he podido comprobar la presencia del diablo por medio de los efectos de los llamados defectos de las buenas personas. “Vuestro enemigo el diablo anda rondando, como un león rugiente, buscando a quien devorar”80.
Pero Jesús, me advierte, en la oración del pPadrenuestro, que la solución a la tentación es la oración, de ahí la invitación a pedir explícitamente que no caiga en la tentación. Decía Sansan Cipriano: “El adversario no puede nada contra nosotros sin permiso de Dios. Así, todo nuestro temor, nuestra piedad y nuestra atención deben volverse hacia Dios, porque en nuestras tentaciones el poder del Maligno, depende del poder de Dios”81. Este es mi gran consuelo y la gran advertencia. Sólo en a través de Dios, despojándome de mis pretendidas facultades, es posible alejar la tentación y la caída. “Vigilad y orar, para no caer en la tención”82.

Y líbranos del mal
Mi corazón continuaba en el desierto de Qmram, cerca de donde Jesús fue tentado. Cristo acaba la oración con la petición de librarnos del mal. Ya que el mal, parece decir, es inevitable, pidámosle que nos libremos de él. “Te pido que los preserves del mal”83.
Librarme del Mal es asirme al Bien, por eso Sansan Cipriano afirma que cuando decimos “líbranos del mal” no queda nada más que pudiéramos pedir. El mal se presenta con distintos disfraces y en muchas ocasiones con apariencia de bien, tal como nos explica Benedicto XVI: “... la ideología del éxito, del bienestar, que nos dice: Dios es tan sólo una ficción, sólo nos hace perder el tiempo y nos quita el placer de vivir... cuando hayas perdido a Dios, te habrás perdido a ti mismo; entonces serás tan sólo un producto casual de la evolución, entonces habrá triunfado realmente el ‘dragón’... Pedimos que, por los bienes, no perdamos el Bien mismo; y que tampoco en la pérdida de los bienes se pierda para nosotros el Bien, Dios; que no nos perdamos nosotros: ¡Llíbranos del mal!”84.
He encontrado en mi vida males tan evidentes que son difíciles de sucumbir ante ellos: el asesinato y el robo, por ejemplo. Sin embargo, otros muy sutiles se presentan al más mínimo descuido: la envidia, el odio, el desamor, el placer de los sentidos, y un largo etcétera que podríamos encontrar en el citado elenco citado de Aalgunos defectos de las buenas personas. Y son éestos, los que no hacen ruido;, los que no son estridentes;, los que pasan desapercibidos,; los más peligrosos. Y estos me pueden hacer apartar del amor de Dios. Por ello me aferro a la recomendación de Sansan Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Como está escrito: ‘Por causa tuya somos expuestos a la muerte sin cesar, considerados como ovejas destinadas al matadero’ Pero en todo triunfamos fácilmente gracias a Aquel que nos ha amado. Sí, estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potestades, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”85.

Amén
He meditado en alguna ocasión la palabra aménAmén. La comparo con el Ffiat de María y con la primera de las virtudes cardinales: la Ffe. Cuando recibo la comunión de manos del sacerdote mi respuesta es: amén Amén. Es la despedida de múltiples oraciones. Una oración sin el amén Amén parece una oración incompleta. Aquí, en la iglesia del Pater Noster, cuando rezábamos todos juntos la oración que Cristo nos enseñó, volví a detenerme en esta palabra. El Amén amén es como la rúbrica en un documento, sin ella carece de valor jurídico. Cuando pronuncio amén Amén al final de una oración estoy rubricando con mi voluntad y mis sentidos el firme propósito de llevarlo a cabo en mi vida. No es un simple adorno que embellezca la oración.
Varias han sido las traducciones de la palabra amén Amén, los griegos la traducen como hágase: Hágase. Otros la interpretaron como verdaderamente Verdaderamente y Aquila por fielmente Fielmente. Todas ellas pueden considerarse sinónimos espirituales. Cuando en la mMisa rezamos el cCredo, todos los fieles concluimos con el amén Amén, es decir, asiento y consiento el contenido, lo doy por verdadero verdadero, pido fidelidad fidelidad al magisterio de la Iglesiaiglesia y pido que se haga haga la voluntad del Señor en el seno de la Iglesiaiglesia. Amén, no es una simple palabra.
Cada día, cuando llego o me voy salgo de casa, me despido de la familia dándoles un beso. Es una tradición que heredé de mis padres. No concibo hacerlo de otra manera. No es un acto mecánico, aunque en alguna ocasión pueda estar disgustado o malhumorado. Si alguna vez no lo he hecho, pido perdón desde estas páginas. El beso a mi familia es la demostración afectiva del amor que les tengo, o como dice Sansan Jerónimo a sobre la palabra amén Amén: “Es el sello de la oración”.
Amén, Amén es abandonarse en las manos de Dios, tanto en la oración como en los frutos que de ella espero. Amén Amén es contemplar el amor de Dios. ¡Cuánto me gustaría saber contemplar!, y experimentar así la unión con Dios como la tuvieron los grandes místicos. Mi oración, reconozco, es demasiado discursiva. Allí encuentro el refugio de mi desahogo. Mientras hablo no escucho. No escuchar es contrario a la contemplación. Me esfuerzo, pero mi limitación espiritual es tan profunda que hago infértil los ratos de oración. Por ello, aquí en la gruta de la Iglesiaiglesia del Pater Noster, le volví a pedir al Señor que me enseñara a orar en la contemplación., Ccomo dice Ssanto Tomás de Aquino: “Gustate et videte quoniam suavis est Dominus” (Probar y ver que el Señor es dulce)
Ya en Barcelona, esto me ayudó a profundizar en la lectura del capítulo 14 del evangelio de Sansan Juan, acerca de las promesas del Espíritu Santo y la delicadeza de Jesús cuando les dice a sus apóstoles: “la paz os dejo, mi paz, os doy”86.

Dominus Flevit
Llegamos al lugar denominado Dominus Flevit (el Señor lloró) Dominus Flevit (El Señor lloró), junto al mMonte de los Olivos, desde donde se divisa una extraordinaria vista de las murallas de Jerusalén. A la capilla, -—construida en forma de lágrima por el arquitecto italiano Antonio Berluzzi en 1955 y regentada por los franciscanos-—, se accede a través de un camino de tierra con enormes cipreses en su margen izquierdo. En este lugar, Jesús se detenía con frecuencia cuando visitaba Jerusalén, para orar y descansar.
Nos detuvimos en un mirador frente a las murallas quedando la capilla a nuestra espalda. Después de las fotografías de rigor contemplé aquel hermoso lugar adornado con una gran diversidad de flores. Jesús, visualizó desde aquí su destino más próximo y rezó por él. Se lamentó de la ciudad de Jerusalén por ser tan sorda a la llamada de Dios.
Después de unos minutos entramos en la capilla donde Mn. Emili se dispuso a leer el evangelio. La capilla es preciosa, semicircular y con el altar situado delante de un gran ventanal desde donde se divisa ve la ciudad de Jerusalén. Mientras Mn. Emili lee a Lucas nosotros podemos seguir la lectura y la meditación posterior observando la ciudad igual que hizo Jesús: “Y cuando estuvo cerca, viendo la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: ¡Si conocieras también tú en este día lo que lleva la paz! Mas ahora se ocultó a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti en que levantarán una valla tus enemigos contra ti, y te cercarán y te estrecharán por todas partes, y te arrasarán y estrellarán tus hijos en ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, en razón de no haber conocido el tiempo de tu visitación”87.
Teníamos poco tiempo para contemplar la vivencia de Cristo sobre una ciudad que días después lo recibiría como al Mesías, entrando por la puerta principal de Jerusalén el día de Ramos. Hoy, esta puerta está tapiada por los judíos que aún esperan la llegada del Mesías.
Nos quedamos solos con mi esposa mirando eal sagrario y la ciudad desde la penumbra de la capilla. Recordé por momentos el capítulo 23 de Mateo, uno de los más duros de los cuatro evangelistas, cuando llama raza de víboras y farsantes a los escribas y fariseos. Esa queja amarga está llena de un amor insólito e infinito: “Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que han sido enviados, cuántas veces quise recoger a tus hijos de la manera que la gallina recoge a sus pollitos debajo de las alas, y no quisisteis”88. Jesús, dentro deldenle el llanto y del dolor, muestra su misericordia por acoger a todos como una gallina a sus pollitos: ¡qué gran finura la de Jesús!
Dios nos ama tanto que antes de entregarse llora amargamente por nosotros. Los que somos padres sabemos las láagrimas que en ocasiones surgen por las mejillas como expresión del sufrimiento por alguno de nuestros hijos. La sangre acude rauda a la herida como las lagrimas al sufrimiento. El amor en ocasiones “duele”. Este es el sentimiento de Jesús frente a Jerusalén.
Antes de partir hacia el siguiente lugar, me dirigí al mirador para contemplar la ciudad y la capilla: una frente a la otra. La capilla perpetúa la mirada de Jesús hace 21 siglos. Continúa pidiendo ofreciéndonos acogernos entre sus alas. Me despido emocionado de aquel lugar. Al girarmevolverme, observo que dos togas romanas yacían al pie de la capilla.

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