Página principal

Por nuestra parte, no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído


Descargar 1.56 Mb.
Página32/32
Fecha de conversión21.09.2016
Tamaño1.56 Mb.
1   ...   24   25   26   27   28   29   30   31   32

(213) Yad Vashem. Museo del Holacausto. Discurso de Juan Pablo II en el año 2000

Juan Pablo II, en su visita al Museo el 23 de marzo de 2000 dirigió el siguiente discurso:


Las palabras del antiguo Salmo brotan de nuestro corazón: 
«Me han desechado como a un cacharro inútil. Oigo el cuchicheo de la gente, y todo me da miedo; se conjuran contra mí y traman quitarme la vida. Pero yo confío en ti, Señor, te digo: ¡Tú eres mi Dios!"» (Sal. 31, 13-—15).


  1. En este lugar de recuerdos, la mente, el corazón y el alma sienten una gran necesidad de silencio. Silencio para recordar. Silencio para tratar de dar sentido a los recuerdos que vuelven a la memoria como un torrente. Silencio porque no hay palabras suficientemente fuertes para deplorar la terrible tragedia de la Shoah. Yo mismo tengo muchos recuerdos personales de todo lo que sucedió cuando los nazis ocuparon Polonia durante la guerra. Recuerdo a mis amigos y vecinos judíos, algunos de los cuales murieron, mientras que otros sobrevivieron.

He venido al Yad Vashem para rendir homenaje a los millones de judíos que, despojados de todo, especialmente de su dignidad humana, fueron asesinados en el Holocausto. Ha pasado más de medio siglo, pero los recuerdos perduran.


Aquí, como en Auschwitz y en muchos otros lugares de Europa, nos sobrecoge el eco de los lamentos desgarradores de tantas personas. Hombres, mujeres y niños nos gritan desde el abismo del horror que experimentaron. ¿Cómo podemos dejar de oír sus gritos? Nadie puede olvidar o ignorar lo que sucedió. Nadie puede disminuir su alcance.




  1. Deseamos recordar. Pero deseamos recordar con una finalidad, a saber, para asegurar que no prevalezca nunca más el mal, como sucedió con millones de  víctimas  inocentes del nazismo.

¿Cómo pudo sentir el hombre un desprecio tan hondo por el hombre? Porque había llegado hasta el punto de despreciar a Dios. Sólo una ideología sin Dios podía planear y llevar a cabo el exterminio de un pueblo entero.


El honor que el Estado de Israel ha tributado a los "gentiles justos" en el Yad Vashem por haberse comportado heroicamente para salvar a judíos, a veces hasta el punto de dar su vida, es un reconocimiento de que ni siquiera en la hora más oscura se extinguieron todas las luces. Por eso los Salmos, y toda la Biblia, aunque son conscientes de la capacidad humana de hacer el mal, también proclaman que el mal no tendrá la última palabra. Desde el abismo del dolor y el sufrimiento, el corazón del creyente grita:  "Yo confío en ti, Señor, te digo:  "¡Tú eres mi Dios!" (Sal. 31, 14).




  1. Judíos y cristianos comparten un inmenso patrimonio espiritual, que deriva de la autorrevelación de Dios. Nuestras enseñanzas religiosas y nuestra experiencia espiritual exigen que venzamos el mal con el bien. Recordamos, pero no con deseo de venganza o como un incentivo al odio. Para nosotros, recordar significa orar por la paz y la justicia, y comprometernos por su causa.

Sólo un mundo  en  paz, con justicia para todos, puede  evitar que se repitan los errores y los terribles crímenes del pasado.

Como Obispoobispo de Roma y Sucesor del apóstol Pedro, aseguro al pueblo judío que la Iglesiaiglesia católica, motivada por la ley evangélica de la verdad y el amor, y no por consideraciones políticas, se siente profundamente afligida por el odio, los actos de persecución y las manifestaciones de antisemitismo dirigidos contra los judíos por cristianos en todos los tiempos y lugares. La Iglesiaiglesia rechaza cualquier forma de racismo como una negación de la imagen del Creador inherente a todo ser humano (Gn. 1, 26).




  1. En este lugar de solemne recuerdo, oro fervientemente para que nuestro dolor por la tragedia que ha sufrido el pueblo judío en el siglo XX impulse a nuevas relaciones entre cristianos y judíos. Construyamos un futuro nuevo en el que ya no existan sentimientos anti judíos entre los cristianos o sentimientos anticristianos entre los judíos, sino más bien el respeto mutuo exigido a quienes adoran al único Creador y Señor, y consideran a Abraham su padre común en la fe (Nosotros recordamos:  una reflexión sobre la "Shoah", V).

El mundo debe tener en cuenta la advertencia que nos llega de las víctimas del Holocausto y del testimonio de los supervivientes. Aquí, en el Yad Vashem, la memoria sigue viva y arde en nuestras almas. Nos hace clamar: ”Oigo el cuchicheo de la gente, y todo me da miedo (...). Pero yo confío en ti, Señor, te digo: ”¡Tú eres mi Dios!" (Sal. 31, 13-—15).



(214) Carta a los Sacerdotes
Tal como hemos señalado, queremos unirnos a ellos transcribiendo la homilía del Papa Benedicto XVI en la Misa Crismal del Jueves Santo de este año.
“Queridos hermanos y hermanas:
Cada año la misa Crismal nos exhorta a volver a dar un «sí» a la llamada de Dios que pronunciamos el día de nuestra ordenación sacerdotal. «Adsum», «Heme aquí», dijimos, como respondió Isaías cuando escuchó la voz de Dios que le preguntaba: «¿A quién enviaré? ¿y quién irá de parte nuestra?» (Is. 6, 8). Luego el Señor mismo, mediante las manos del obispo, nos impuso sus manos y nos consagramos a su misión. Sucesivamente hemos recorrido caminos diversos en el ámbito de su llamada. ¿Podemos afirmar siempre lo que escribió san Pablo a los Corintios después de años de arduo servicio al Evangelio marcado por sufrimientos de todo tipo: «No disminuye nuestro celo en el ministerio que, por misericordia de Dios, nos ha sido encomendado»? (2 Co. 4, 1). «No disminuye nuestro celo». Pidamos hoy que se mantenga siempre encendido, que se alimente continuamente con la llama viva del Evangelio.
Al mismo tiempo, el Jueves santo nos brinda la ocasión de preguntarnos de nuevo: ¿A qué hemos dicho «sí»? ¿Qué es «ser sacerdote de Jesucristo»? El Canon II de nuestro Misal, que probablemente fue redactado en Roma ya a fines del siglo II, describe la esencia del ministerio sacerdotal con las palabras que usa el libro del Deuteronomio (Dt. 18, 5. 7) para describir la esencia del sacerdocio del Antiguo Testamento: astare coram te et tibi ministrare.
Por tanto, son dos las tareas que definen la esencia del ministerio sacerdotal: en primer lugar, «estar en presencia del Señor». En el libro del Deuteronomio esa afirmación se debe entender en el contexto de la disposición anterior, según la cual los sacerdotes no recibían ningún lote de terreno en la Tierra Santa, pues vivían de Dios y para Dios. No se dedicaban a los trabajos ordinarios necesarios para el sustento de la vida diaria. Su profesión era «estar en presencia del Señor», mirarlo a él, vivir para él.
La palabra indicaba así, en definitiva, una existencia vivida en la presencia de Dios y también un ministerio en representación de los demás. Del mismo modo que los demás cultivaban la tierra, de la que vivía también el sacerdote, así él mantenía el mundo abierto hacia Dios, debía vivir con la mirada dirigida a él.
Si esa expresión se encuentra ahora en el Canon de la misa inmediatamente después de la consagración de los dones, tras la entrada del Señor en la asamblea reunida para orar, entonces para nosotros eso indica que el Señor está presente, es decir, indica la Eucaristíaeucaristía como centro de la vida sacerdotal. Pero también el alcance de esa expresión va más allá.
En el himno de la liturgia de las Horas que durante la Cuaresma introduce el Oficio de lectura —el Oficio que en otros tiempos los monjes rezaban durante la hora de la vigilia nocturna ante Dios y por los hombres—, una de las tareas de la Cuaresma se describe con el imperativo «arctius perstemus in custodia», «estemos de guardia de modo más intenso». En la tradición del monacato sirio, los monjes se definían como «los que están de pie». Estar de pie equivalía a vigilancia.
Lo que entonces se consideraba tarea de los monjes, con razón podemos verlo también como expresión de la misión sacerdotal y como interpretación correcta de las palabras del Deuteronomio: el sacerdote tiene la misión de velar. Debe estar en guardia ante las fuerzas amenazadoras del mal. Debe mantener despierto al mundo para Dios. Debe estar de pie frente a las corrientes del tiempo. De pie en la verdad. De pie en el compromiso por el bien.
Estar en presencia del Señor también debe implicar siempre, en lo más profundo, hacerse cargo de los hombres ante el Señor que, a su vez, se hace cargo de todos nosotros ante el Padre. Y debe ser hacerse cargo de él, de Cristo, de su palabra, de su verdad, de su amor. El sacerdote debe estar de pie, impávido, dispuesto a sufrir incluso ultrajes por el Señor, como refieren los Hechos de los Apóstoles: estos se sentían «contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús» (Act. 5, 41).
Pasemos ahora a la segunda expresión que la plegaria eucarística II toma del texto del Antiguo Testamento: «servirte en tu presencia». El sacerdote debe ser una persona recta, vigilante; una persona que está de pie. A todo ello se añade luego el servir. En el texto del Antiguo Testamento esta palabra tiene un significado esencialmente ritual: a los sacerdotes correspondía realizar todas las acciones de culto previstas por la Ley. Pero realizar las acciones del rito se consideraba como servicio, como un encargo de servicio. Así se explica con qué espíritu se debían llevar a cabo esas acciones.
Al utilizarse la palabra «servir» en el Canon, en cierto modo se adopta ese significado litúrgico del término, de acuerdo con la novedad del culto cristiano. Lo que el sacerdote hace en ese momento, en la celebración de la Eucaristíaeucaristía, es servir, realizar un servicio a Dios y un servicio a los hombres. El culto que Cristo rindió al Padre consistió en entregarse hasta la muerte por los hombres. El sacerdote debe insertarse en este culto, en este servicio.
Así, la palabra «servir» implica muchas dimensiones. Ciertamente, del servir forma parte ante todo la correcta celebración de la liturgia y de los sacramentos en general, realizada con participación interior. Debemos aprender a comprender cada vez más la sagrada liturgia en toda su esencia, desarrollar una viva familiaridad con ella, de forma que llegue a ser el alma de nuestra vida diaria. Si lo hacemos así, celebraremos del modo debido y será una realidad el ars celebrandi, el arte de celebrar.
En este arte no debe haber nada artificioso. Si la liturgia es una tarea central del sacerdote, eso significa también que la oración debe ser una realidad prioritaria que es preciso aprender sin cesar continuamente y cada vez más profundamente en la escuela de Cristo y de los santos de todos los tiempos. Dado que la liturgia cristiana, por su naturaleza, también es siempre anuncio, debemos tener familiaridad con la palabra de Dios, amarla y vivirla. Sólo entonces podremos explicarla de modo adecuado. «Servir al Señor»: precisamente el servicio sacerdotal significa también aprender a conocer al Señor en su palabra y darlo a conocer a todas aquellas personas que él nos encomienda.
Del servir forman parte, por último, otros dos aspectos. Nadie está tan cerca de su señor como el servidor que tiene acceso a la dimensión más privada de su vida. En este sentido, «servir» significa cercanía, requiere familiaridad. Esta familiaridad encierra también un peligro: el de que lo sagrado con el que tenemos contacto continuo se convierta para nosotros en costumbre. Así se apaga el temor reverencial. Condicionados por todas las costumbres, ya no percibimos la grande, nueva y sorprendente realidad: él mismo está presente, nos habla y se entrega a nosotros.
Contra este acostumbrarse a la realidad extraordinaria, contra la indiferencia del corazón debemos luchar sin tregua, reconociendo siempre nuestra insuficiencia y la gracia que implica el hecho de que él se entrega así en nuestras manos. Servir significa cercanía, pero sobre todo significa también obediencia. El servidor debe cumplir las palabras: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42). Con esas palabras, Jesús, en el huerto de los Olivos, resolvió la batalla decisiva contra el pecado, contra la rebelión del corazón caído.
El pecado de Adán consistió, precisamente, en que quiso realizar su voluntad y no la de Dios. La humanidad tiene siempre la tentación de querer ser totalmente autónoma, de seguir sólo su propia voluntad y de considerar que sólo así seremos libres, que sólo gracias a esa libertad sin límites el hombre sería completamente hombre. Pero precisamente así nos ponemos contra la verdad, dado que la verdad es que debemos compartir nuestra libertad con los demás y sólo podemos ser libres en comunión con ellos. Esta libertad compartida sólo puede ser libertad verdadera si con ella entramos en lo que constituye la medida misma de la libertad, si entramos en la voluntad de Dios.
Esta obediencia fundamental, que forma parte del ser del hombre, ser que no vive por sí mismo ni sólo para sí mismo, se hace aún más concreta en el sacerdote: nosotros no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a él y su palabra, que no podemos idear por nuestra cuenta. Sólo anunciamos correctamente la palabra de Cristo en la comunión de su Cuerpo. Nuestra obediencia es creer con la Iglesiaiglesia, pensar y hablar con la Iglesiaiglesia, servir con ella. También en esta obediencia entra siempre lo que Jesús predijo a Pedro: «Te llevarán a donde tú no quieras» (Jn. 21, 18). Este dejarse guiar a donde no queremos es una dimensión esencial de nuestro servir y eso es precisamente lo que nos hace libres. En ese ser guiados, que puede ir contra nuestras ideas y proyectos, experimentamos la novedad, la riqueza del amor de Dios.
«Servirte en tu presencia»: Jesucristo, como el verdadero sumo Sacerdote del mundo, confirió a estas palabras una profundidad antes inimaginable. Él, que como Hijo era y es el Señor, quiso convertirse en el Siervo de Dios que la visión del libro del profeta Isaías había previsto. Quiso ser el servidor de todos. En el gesto del lavatorio de los pies quiso representar el conjunto de su sumo sacerdocio. Con el gesto del amor hasta el extremo, lava nuestros pies sucios; con la humildad de su servir nos purifica de la enfermedad de nuestra soberbia. Así nos permite convertirnos en comensales de Dios. Él se abajó, y la verdadera elevación del hombre se realiza ahora en nuestro subir con él y hacia él. Su elevación es la cruz. Es el abajamiento más profundo y, como amor llevado hasta el extremo, es a la vez el culmen de la elevación, la verdadera «elevación» del hombre.
«Servirte en tu presencia» significa ahora entrar en su llamada de Siervo de Dios. Así, la Eucaristíaeucaristía como presencia del abajamiento y de la elevación de Cristo remite siempre, más allá de sí misma, a los múltiples modos del servicio del amor al prójimo. Pidamos al Señor, en este día, el don de poder decir nuevamente en ese sentido nuestro «sí» a su llamada: «Heme aquí. Envíame, Señor» (Is. 6, 8). Amén. “

(215) Labor de los Franciscanos

Apéndice

Reportaje Fotográfico


1 Carlos Mº. Heredia, Memorias de un reportero de los tiempos de Cristo. Carlos Mº. Heredia, EDIBESA, 2º edición, página 20.

2 Lc. 24, 30-35

3 I Cor. 1, 1-3

4 4 de junio de 2008.

5 Sal. 122, 1-4.

6 Mt. 19, 29

7 Jn. 6, 16-20

8 Jn. 2, 1-12

9 Magisterio de la Biblia publicada en 1972 por Casa de la Biblia, página 1179.

10 José Julio Martínez, El Drama de Jesús de José Julio Martínez, S.J., Ediciones Mensajero, cap. 20.

11 Ver Véase 2ª Parte, homilía pronunciada por Juan Pablo II el 4 de octubre de 1997 en Río de Janeiro.

12 (FALTA AUTOR Y CIUDAD) La Tierra Santa de Jesús, Ediciones Doko Media, pág.ina, 48.

13 Mt. 2,23

14 Mt. 2, 19-23

15 Lc. 4, 16-22

16 Mc. 1, 21-22

17 Lc. 1, 26-38

18 Jn. 1, 1

19 Ver 2ª Sección, homilía de Juan Pablo II en la Misa misa celebrada en la iIglesia de la Visitación el 25 de marzo de 2000, con motivo del vViaje a Tierra Santa.

20 Historiador judío, nació en Judea alrededor del año 37 d. C.

21 Pablo VI, discurso en Nazaret el 5 de enero de 1964.

22 Ver 2ª Parte el texto de la homilía pronunciada por el cCardenal Joseph Ratzinger en 1992 sobre el silencio de Sansan José.

23 Lc. 2, 51-52

24 Alocución de Benedicto XVI en la plaza de Sansan Pedro el 18 de diciembre de 2005. Ver Véase el texto completo en la 2ª Parte.

25 Mc. 6, 30-46

26 Mt. 5, 1-12

27 Mt. 5, 13 y ss.

28 Mt. 6, 5 y ss.

29 Mt. 6, 7 y ss.

30 Mt. 6, 25 y ss.

31 Mt. 7, 1 y ss.

32 Juan Pablo II, Homilía en el Monte monte de las de Beatitudes el 24 de marzo de 2000.

33 Ver 2ª ParteVease la segunda de la presente obra, homilía de Juan Pablo II en el Hipódromo de Montererico el 2 de febrero de 1985.

34 Kfar Nahum, en hebreo. Para mayor información se recomienda leer la que publica la Orden Franciscana en su página web (www.custodia.org)

35 Jn. 21, 1-17

36 Benedicto XVI, Homilía en Santa María de Luca (Italia) el 14 de junio de 2008.

37 Mc. 4, 35-41

38 Mt. 3, 13-17

39 Lc. 1, 42

40 Lc. 1, 68-79”

41 Jn. 1,26

42 Is. 43, 19

43 Homilía de Juan Pablo II en Ammán el 21 de marzo de 2000

44 Testigos de Esperanza de Nguyen van Thuan, Editorial Ciudad Nueva

45 Discurso de Juan Pablo II el 25 de julio de 2002 en la XVII Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en Toronto (Canadá)

46 Lumen Gentium, 23

47 Lc. 7, 7-8

48 Lc. 18, 14

49 Mc. 9, 2-8

50 Meditación de Juan Pablo II en la Pascua del año 2000

51 Libro Jesús de Nazaret de Benedicto XVI, la Transfiguración, pág, 360

52 Lc. 9, 29

53 Mt. 4, 1-11

54 Libro Jesús de Nazaret de Benedicto XVI, Las Tentaciones, pág, 70

55 Lc. 10, 25

56 Ver 2ª Parte.

57 Lc. 24, 50-53

58 Act. 1, 9-11

59 Jn. 16, 7

60 Jn. 14, 2-4

61 Lc. 11, 1-4

62 Padre Antonio Pacios, sacerdote de los misioneros del Sagrado Corazón, ya fallecido y autor de varios libros.

63 Rom. 8, 26

64 Mt. 7, 11

65 Jn. 3, 1

66 Sansan Juan Crisóstomo, homilía XIV

67 Sal. 138, 8

68 Mt. 5, 16

69 Mt. 6, 3

70 Lc. 22, 42

71 Lc. 10, 27

72 Is. 5, 8

73 Mc. 12, 31

74 Sansan Ambrosio, De Sacramentum, libro 5, capítulo 4.

75 Rom. 8, 26

76 Sansan Juan de la Cruz

77 Lc. 23, 34

78 Mt. 5, 23

79 Mt. 26, 41

80 1 Ped. 5,8

81 Sansan Cipriano, De Oratione Dominica

82 Mt. 26, 41

83 Jn. 17, 15

84 Benedicto XVI, libro Jesús de Nazaret, capítulo sobre el Padrenuestro.

85 Rom. 9, 35-39

86 Jn. 14, 27

87 Lc. 19, 41-44

88 Mt. 23, 37

89 Lc. 21, 39

90 Lc. 21, 37

91 Benedicto XVI, homilía en la Basílica de Sansan Juan de Letrán el 26 de mayo de 2005, con ocasión de la festividad del Corpus Christi

92 Mt. 26, 39-46

93 Ac. 1, 14

94 Ap. 12, 1-2

95 Constitución Munifis centisimus Deus

96 Juan Pablo II, Audiencia General del 9 de julio de 1997

97 Lc. 2, 6-7

98 Lc. 11, 27

99 Jn. 2, 4

100 Mc. 3, 33

101 Jn. 19, 27

102 Lc. 2, 51

103 Romano Guardini, libro El Señor, capítulo I, 2

104 Lc. 1, 45

105 Lc. 2, 8-15

106 Benedicto XVI, Audiencia General de 22 de diciembre de 2006

107 Lc. 23, 50-56

108 Lc. 23, 33-34

109 Romano Guardini, libro El Señor, capítulo V, apartado 14.

110 Lc. 24, 1-6

111 I Cor. 15, 17-20

112 Jn. 16, 32

113 I Cor. 1, 23

114 Lc. 24, 33-35

115 Jn. 20, 22

116 Jn. 16, 33

117 Mto. 26, 39

118 Tomás Moro, La agonía de Cristo, Ediciones Rialp

119 Ver 2ª Parte B. Pascal, Pensamientos, p. 553 (revisar reproducción texto)

120 Mt. 23, 37

121 Mt. 24, 2

122 Dt. 6, 5

123 Mt. 22, 37

124 Is. 66, 1

125 Lc. 10, 42

126 Jn. 5, 1-17

127 Nguyen van Thuan, Testigos de Esperanza, capítulo 8

128 1 Jn. 4, 19

129 Mt. 5, 44-45

130 Jn. 13, 1

131 Jn. 13, 15

132 Benedicto XVI, Ángelus 19 de febrero de 2006

133 Discurso de Juan Pablo II a los ancianos pronunciado en 1999.

134 Lc. 2, 29

135 Sal. 92, 15-16

136 Sal. 71, 17-18

137 Sal. 15, 11

138 Mt. 25, 21

139 Ap. 22, 20

140 Mc. 14, 53-65

141 Jn. 2, 19

142 Jn. 18, 20-21

143 Jn. 18,22-23

144 Mt. 26, 65-66

145 Mt. 23, 23-25

146 Alfred Tennyson poeta inglés (1809 – 1892)

147 Mt. 26, 69-75

148 Ver referencia del cuadro en la 2ª Parte.

149 Mt. 16, 15

150 Lc. 22, 60-61

151 Carlo María Martini, Meditación sobre Sansan Pedro, 1986

152 Mc. 15, 1

153 Unidad de moneda hebrea cuyo valor dependía de la fecha de emisión y de la región.

154 Mt. 27, 3-6

155 Lugar situado al sur de la ciudad de Jerusalén, hacía el sur, y en donde, por servir de punto de descarga de las inmundicias de la ciudad, había siempre encendidas, a efectos higiénicos, grandes hogueras, simbolizando por ello el lugar de los tormentos de ultratumba.

156 Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Capítulo 4, apartado 1

157 Num. 11, 16

158 Lc. 23, 1-2

159 El orden los textos es discrecional de: Mt. 27, Lc. 23 y Jn. 18

160 In Verrem II, 5, 62-67

161 Revista francesa denominada Jerusalem, pág. 464

162 Lc. 22, 19

163 Romano Guardini, El Señor, Capítulo V, apartado 14

164 Paul Claudel, Obra poética

165 J. Ratzinger, Die Ekklesiologie des Zweiten Vatikanums (1986)

166 Tomás Moro, La agonía de Cristo, Cap. 1

167 Ver 2ª Parte, sobre la Asunción de María.

168 Ver 2ª Parte, datos históricos del lugar.

169 Discurso de Juan Pablo II en el Instituto Notre Dame de Jerusalén en marzo de 2000, ya indicado anteriormente

170 Juan Pablo II, Regina Caeli el 25 de marzo de 2003

171 Mt. 26, 26-28

172 Tomás Moro, La agonía de Cristo, Cap. 1

173 Mt. 16, 15-18

174 Mt. 16, 15-19

175 Sansan Agustín, La Ciudad de Dios, 1. 8, c.54

176 Mt. 16, 23

177 Jn. 21, 15-17

178 Jacques Maritain, La Iglesia de Cristo, Cap. VIII

179 Mt. 26, 35

180 Mt. 26, 41

181 Fulton J. Sheen, Vida de Cristo, Cap. 43

182 Nguyen van Thuan, Testigos de Esperanza, Ejercicios Espirituales dados a la Curia Romana en 2000. Publicado por Ediciones Nueva, Cap. 20

183 Lc. 22, 14

184 Jn. 13, 4-5

185 Pensamiento de J.L. Martín Descalzo, Yo creo en la Iglesia. Amor en tres dimensiones.

186 Jn. 6, 48 y ss

187 Jn. 6, 67 y ss

188 I Cor. 11, 23-26

189 Gal. 2, 20

190 J.L. Martín Descalzo, Yo creo en la Iglesia. Por qué ir a Misa, julio de 1987

191 Jn. 13, 34-35

192 Jn. 13, 33

193 Jn. 14, 3

194 Jn. 14, 5 y ss

195 Jn. 14, 26

196 Jn. 14, 18

197 Jn. 16, 29-33

198 Ver 2ª Parte

199 Jn. 19, 13

200 Ver en 2ª Parte la historia del Vía Crucis

201 Jn. 15, 11

202 Jn. 14, 27

203 J. L. Martín Descalzo, Razones para la alegría. Pascua: camino de la luz

204 Lc. 1, 59-64

205 Ver 2ª Parte

206 Ver 2ª Parte

207 Lc. 1, 39-55

208 Ver 2ª Parte Catequesis de Juan Pablo II sobre la vVisitación y el Margificatmagníficat.

209 Ver 2ª Parte, carta sobre el rRosario de Juan Pablo II.

210 Isaías, 56,5

211 Ver 2ª Parte

212 Víktor Frankl, El hombre en busca de sentido, Ediciones Herder, 2004, pag. 12

213 Ver 3ª Parte, discurso de Juan Pablo II en Yad Vashem

214 En la 2ª Parte de incluye el texto de las palabras de Benedicto XVI pronunciadas el 20 de marzo de 2008

215 Ver en Apéndice el texto elaborado por la Orden de Sansan Francisco, en la que se ha querido conservar hasta el formato.

216 2 Cor. 13, 11-13

217 Información de distintas fuentes: (i) La Tierra Santa de Jesús editado por Doko Media, (ii) El evangelio de Jesús de Ediciones Instituto S. Gaetano

218 Lc. 1, 67-79

Crónica peregrinación a Tierra Santa





1   ...   24   25   26   27   28   29   30   31   32


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje