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Por nuestra parte, no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído


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En Galilea. Primer día de Peregrinación

Los primeros rayos de sol nos despiertan. El sol que asoma por oriente pinta de azul y blanco las tranquilas aguas del lago Tiberíades. Un paisaje, de nuevo, extraordinario. Son apenas las 6 seis de la mañana. Mis ojos no se separan de la ventana mientras el corazón busca por el horizonte la figura de Jesús. ¡Qué son dos mil años frente a la eternidad! Tomo el programa de hoy: visitaremos Sepphoris, Caná y Nazaret. Interiorizo el programa y me quedo de nuevo dormido hasta la hora del desayuno.


Compartimos el desayuno con otra pareja, ambos periodistas vocacionales, que celebraban sus cincuenta años de matrimonio, y además, hoy era el cumpleaños de la esposa, Isabel. Ellos son animosos, joviales y alegres. Ella me recuerda a mi madre. Destaca la delicadeza en el trato después de tantos años de convivencia. Será casualidad, pero hoy visitaremos Caná, donde Jesús bendijo con su presencia la unión en matrimonio.

Caná de Galilea
Una vez en el autocar se nos anuncia un cambio en el orden del programa: otra de las “casualidades” de la peregrinación, en lugar de visitar primero Sepphoris nos dirigimos a Caná. Sin darnos cuenta se nos acerca el periodista erudito para explicarnos la historia de la ciudad sin dar lugar a que la información la recibiéramos directamente del guía local. Sin mediar, apenas oposición por parte del resto de los periodistas más prudentes, nos informa que en la actualidad la ciudad tiene el nombre de Kefar Kana, situada en la periferia de Nazaret. Prosigue, sin apenas tomar aliento: las excavaciones han permitido descubrir una antigua sinagoga, un piso posterior y un piso de mosaico, demostrando así que, Caná era una ciudad próspera hace más de dos mil años. Posteriormente, los bBizantinos y los cCruzados construyeron iglesias en la ciudad. En 1551, fue erigida una iglesia griego--ortodoxa, que fue reemplazada en 1886 por la actual. La iglesia franciscana, acabada en 1881, fue construidase construyó sobre los restos del antiguo sitio de veneración de Caná.
Justo cuando acabó el ilustrado periodista de hablar, llegamos a la ciudad de Caná, que y tras un corto paseo a pie alcanzamos la iglesia regentada por los franciscanos. Respiramos tranquilos y dejamos que nuestro reportero descansara de tanta vocación histórica.
Hacíamos unas fotos a la entrada de la iglesia mientras aguardamos a que salieran un grupo de turistas. En la parte alta de la entrada exterior existe una placa de mármol con la inscripción: “Nuptiae factae sunt in Cana Galilea et erat mater Jesu IBI.”. Al entrar, un franciscano nos recuerda la necesidad del silencio. Estamos en la casa del Señor.
Tuvimos el privilegio de rezar durante un largo rato casi en exclusividad. Sin tener conocimiento de ello, aparece Mn. Emili, revestido con el alba y un evangelio entre sus manos. Nos lee el pasaje del primer milagro: “Al tercer día hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. Jesús con sus discípulos fue invitado también a la boda. No tenían vino, porque el vino de la boda se había agotado. Entonces la madre de Jesús le dijo.: No tienen vino’. Jesús le dijo: Mujer, a ti y a mí, ¿qué? Mi hora no ha llegado aún. La madre dijo a los sirvientes: Haced lo que Él os diga Había allí seis tinajas de piedra para las abluciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Les dijo Jesús: Llenad de agua las tinajas’. Y las llenaros hasta los bordes. Después les dijo: Sacad ahora y llevad al maestre--sala. Lo llevaron. Cuando el maestre--sala probó el agua hecha vino —–no sabía de dónde era, pero los sirvientes, que habían sacado el agua, sí lo sabían-—, llamó al novio y le dijo: Todos sirven primero el mejor vino, y, cuando se ha bebido bastante, el peor. Tú en cambio has guardado el buen vino hasta ahora’. Tal fue el primer milagro que hizo Jesús, en Caná de Galilea, y manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaúm, Él, su madre, sus hermanos y discípulos, y allí estuvieron unos días”.8
Cuál fue de nuevo nuestra sorpresa cuando Mn. Emili invita a los matrimonios que allí nos encontrábamos a subir junto al altar para hacer la renovación del consentimiento matrimonial. Éramos siete matrimonios que, cogidos de la mano, respondíamos con emoción a la renovación de nuestra vocación. Sentí como la mano de mi esposa apretaba con fuerza la mía. Las lágrimas sustituían el agua de las seis tinajas de hace más de dos mil años. Sólo las gafas de sol hacían disimular innecesariamente la entrega y el amor de mi esposa y el que yo siento por ella. ¡Qué alegría sentir su mano acariciando la mía! El primer día de peregrinación había producido y renovado también el primer milagro: la bendición de Jesús a los esposos. Cantamos a la Virgen de Montserrat como saludo de despedida. Antes de retirarnos a los bancos, nueva sorpresa. Mn. Emili nos va llamando a cada uno para hacernos entrega de un recordatorio de aquel momento, gracias al detalle de uno de los asistentes que, sabiendo la celebración del acto, lo preparó con esmero en Barcelona. Por un lado la imagen de Jesús y María junto a las tinajas llenas de agua. Por el dorso: dos alianzas entrelazadas con la siguiente inscripción:
“Caná de Galilea, Juny 2008. Estem en el mateix lloc en el que Jesús, convidat a unes noces, va fer el seu primer miracle: convertir l’aigua en vi.
Avui els matrimonis que ens acompanyen han fet la renovació de les promeses que van fer el dia del seu casament.
Amb alegria, els amics que us acompanyem en aquest pelegrinatge, pregarem perquè amb l’ajuda de Jesús les vostres gerres s’omplin de: AMOR, RESPECTE, FIDELITAT, PACIÈNCIA, FE”.
Pelegrinatge a Terra Santa

Parròquia Esperit Sant

Juny 2008
Durante un largo rato estuvimos haciendo la acción de gracias arrodillados frente al sagrario. Poco tiempo para tanta emoción.
Uno de los matrimonios exclamó espontáneo si podía besar a su esposa después de la renovación. Nos emocionó también, otro de los matrimonios, el Josep María y María Teresa, que celebraban las bodas de oro. El viaje era el regalo que ellos se habían dado a sí mismos para certificar 50 años de vocación. Dos almas delicadas con las que tuvimos el placer y el gozo de compartir. El día no había hecho más que empezarsólo había hecho que empezar y Dios se nos había presentado como invitado a nuestra boda improvisada.
Ya en el exterior y con los ojos llorosos, nos reunimos algunos de los aficionados periodistas transmitiéndonos mutuamente una misma vivencia. Al cabo de escasos segundos, apareció, cómo no, el historiador impenitente para completar los datos del lugar. El resto nos miramos con el ánimo sufrido sin atrevernos a modificar sus intenciones. En efecto, ajeno al sentimiento que nos embargaba, inició su discurso bien aprendido mientras nos dirigíamos hacia el autocar. Alguno pudo escapar de su relato mientras entraba en una de las muchas tiendas que existen en sus alrededores. El resto, caminábamos deprisa para resguardarnos del sol y de... Y cómo como si el guía fuese un invitado de piedra, tomó la palabra, si bien interrumpida por el periodista prudente, que le advertía advirtiéndole del acuerdo alcanzado ayer por la nochela noche anterior.

La llegada al autocar impidió a nuestro periodista insistir en su empeño. Todos respiramos aliviados. Ya en el interior, uno de los reporteros recuerda en voz baja la figura determinante de María. En efecto, “en la vida pública de Jesús aparece reveladoramente su Madre ya desde el principio, cuando en las bodas de Caná de Galilea, movida a misericordia, suscitó con su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús el Mesías”.9 Con los sentimientos recién vividosa flor de piel y la figura de María, proseguimos el viaje pensando en la obediencia de Jesús a imitación de Dios Padre. Dios confía la salvación y la redención del hombre a la voluntad de María. Ahora, Jesús , adelanta su hora a petición de la Madre.

El paisaje era hermoso y con muy pocas transformaciones a pesar de haber transcurrido más de veinte siglos. Sin formar demasiado la imaginación podíamos adivinar la vida Jesús en estos aquellos parajes. Como dice el sacerdote jesuita José Julio Martínez, en su obra El el Drama de Jesús, la respuesta de Jesús a la petición de María es de asentimiento a los deseos de la madre, mientras que otros creen encontrar una respuesta negativa anulada por la sonrisa y el tono de voz en que fue pronunciadase pronunció. Por la respuesta de Jesús entendemos que cambia sus planes por atender a las súplicas de su madre, siempre atenta a los necesitados. Si ella no hubiera intercedido, Él no hubiese actuado. Ella aceleró su hora. Ella lo puede todo, porque sabe pedir a quien puede darlo todo.

Hay un pasaje en esta obra que determina la vida de Jesús: “Este milagro de Caná forma el paso entre la vida oculta que ha llevado Jesús y la vida pública que va a comenzar. Antes de dejar el santuario sagrado de la familia, da testimonio de gratitud y de su respeto para con aquella dulce madre que ha presidido su juventud. El milagro de Caná es el milagro de la piedad filial, como más adelante la resurrección de Lázaro será el prodigio de la amistad”.10

Los ojos clavados en el paisaje contemplaban a su vez el primer milagro de Jesús. Los matrimonios peregrinos de la parroquia habían tenido un regalo inesperado y, como todo lo inesperado, produce una sensación de mayor alegría. Estaba clara la manifestación de Jesús y de su Madre.

Otro de los periodistas, intuyendo mis pensamientos, se acercó para hacer una puntualización teológica: sSan Juan nunca habla en su evangelio de milagros, sino de signos, de señales. En propiedad y, siguiendo las enseñanzas de sSan Juan, deberíamos hablar que en Caná se produce el primer signo o la primera señal. Hay que saber discernir la atención que ponemos en el agua y en el vino para adentrarnos en la realidad del propio signo. Jesús cada vez que realiza un signo lo identifica con una realidad salvadora. Así, en la multiplicación de los panes, dice: “Yo soy el Pan vivo”. Más tarde cuando recupera la vista al ciego, manifiesta: “Yo soy la Luz del mundo”;, o cuando resucita a Lázaro:, “Yo soy la resurrección y la vida”. Así, Jesús muestra al mundo quién es Él, y busca provocar como respuesta en nosotros la fe.

Agradecí la matización teológica y prometí redactarla en esta cCrónica, sin que ello suponga suplantar la autoridad de los sacerdotes de nuestra parroquia. En cualquier caso, como ellos son los directores del Boston Graphic, siempre pueden ejercer su derecho de a censurar, corregir, modificar o suprimir la propuesta de nuestras crónicas.

Casi llegando a Sepphoris, encontré un sobre cerrado junto a la pequeña mochila que siempre me acompañaba en los trayectos. Iba dirigido al grupo de redactores de esta peregrinación. Lo abrí con sumo cuidado y expectación. En su interior encontré un texto con la indicación: “Para publicar en la 2ª Sección, cuestión que hice por respeto y por su alto contenido teológico.11

El texto que venía en el interior del sobre, correspondía a una homilía de Juan Pablo II, sobre el primer milagro. Ciertamente, el encuentro en Caná, ha hecho resaltar mi propia vocación agradecida recordando la afirmación de Gustave Thibon: “Acoge al ser amado como un don de Dios, no lo confundas nunca con Dios, no lo separes nunca de Dios”. En el altar, con nuestras manos entrelazadas, hemos dadodimos gracias a Dios por el don recibido de nuestra vocación sacramental al matrimonio, y por extensión a los dones recibidos que son nuestras hijas. Este pensamiento y esta oración nos acompañarían ya durante toda la peregrinación.

Sepphoris

Sin darnos cuenta llegamos a Sepphoris situada en lo alto de una colina a 289 m. de altitud, en un hermoso paraje a media altura entre la montaña de Nazaret y la llanura de Netofa o Battof, la bíblica Yiphta. El que surge a sus pies, al norte, y por la que ahora discurre el gran canal del Neguev, llevando el agua desde el lago de Galilea hasta el sediento desierto que se prolonga en el Sinaí.

En este bello entorno natural los romanos construyeron un teatro en el siglo Ii d.C., que hoy se puede ver, rescatado por los arqueólogos, con un aforo de más de 4.500 espectadores. Cerca de él se conserva un palacio del siglo iiiIII, sobre el que más tarde se edificó un torreón, cuya silueta se ve desde todo el espacioso valle de Netofa, desde las alturas de Nazaret y desde Caná de Galilea, como para continuar resaltando en el presente la importancia que en el pasado tuvo este lugar.

Nuestro culto periodista, después de sorprendernos mientras contemplábamos el magnífico paisaje, sacó de su bolsa un libro que acababa de adquirir en el propio autocar para leernos la historia de esta antigua población. Como siempre, uno de los periodistas atentos, le recordó su sección reservada en la 2ª parte de las crónicas. Sonrió de forma muy “expresiva” y poco complacido con el comentario. Sin embargo, en esta ocasión, prometió ser muy breve a cambio de que le dejaran explicar algo sobre la ciudad. Y casi sin tiempo para reaccionar, inició el relato:

“[...] la ciudad de Sepphoris se encontraba en reconstrucción cuando Jesús vivía en Nazaret, a sólo cinco millas de allí. Varias tradiciones cristianas indican que fue la ciudad natal de María, la madre de Cristo, y designan varios edificios que habrían estado relacionados con la vida de sus padres, Ana y Joaquín.

Sepphoris, al ser la capital de la Galilea oOccidental, siempre fuese vio repetidamente invadida por ejércitos beligerantes que buscaban obtener el control de la región. En el invierno del año 38--39 a. C., Herodes el Grande se apoderó de la ciudad durante una tormenta de nieve, en su camino a conquistarhacia la conquista de Jerusalén. Después de su muerte, la ciudad se reveló contra la ocupación romana y fue destruida. Su hijo, Herodes Antipas reconstruyó la ciudad, maás los romanos volvieron a ocuparla durante la primera y segunda revuelta de los judíos, dándole el nombre romano de Diocaesarea. Sólo cuando los líderes judíos prometieron que se abstendrían de intentar liberarse del dominio romano, la su vida de los judíos volvió a presentar cierta apariencia de normalidad.

Después de la destrucción del Templo de Jerusalén, la sinagoga se transformó en el principal lugar de culto, y el Sanedrín —–el Supremo Tribunal judío—– se trasladó a Sepphoris. El Sanedrín, dirigido por el célebre erudito Judá Hanasí, codificó la Ley Oral en el Mishná, estableciendo las bases para el Judaísmo normativo que ha perdurado hasta el día de hoy.

Bajo la dominación bizantina, Sepphoris, vivió un periodo de prosperidad, durante el cual fueron construidas numerosas grandes villas. Muchas de estas residencias de los patricios no han sido aún descubiertas, otras han revelado alguno de los mosaicos más esplendidos del país. Uno de los mosaicos éstos fue titulado: El nacimiento del Nilo y otro, que contiene un rostro de inquietante belleza: La Mona Lisa de la Galilea’.”12

Extenuados por la larga explicación del guía local, a la que hay que sumar la de nuestro periodista particular, regresamos al autocar a refugiarnos de un calor asfixiante mediante la toma de una dosis de aire acondicionado y las consiguientes botellas de agua que, amablemente nos vendía Moti, el choferchófer.

La vivencia de las horas previas vividas en Caná, continuaba residiendo en nuestro corazón, lo cual impedía impidiendo asimilar con mayor rigor la importancia de la ciudad que dejábamos a nuestras espaldas. Rezamos el áÁngelus mientras nos dirigíamos a Nazaret, lugar donde también nos esperaría un extraordinario momento cerca de nuestro Señor.

Nazaret

Los periodistas perdimos la noción del tiempo y del espacio, de tal modo que nos fue imposible reconstruir literariamente el viaje de Sepphoris hasta Nazaret. Particularmente, confieso que notaba aún en mis venas cómo la mano de mi esposa apretaba con fuerza la mía mientras confirmábaamos las promesas del matrimonio. Casi sin respiro alcanzamos el centro de la ciudad aparcando y aparcamos el autocar en la misma plaza donde se encuentra l“La Fuente de la Virgen”, agua que surge del cercano “Pozo de María.”

Inmediatamente el guía nos acerca a dicho lugar, que según la tradición es donde el ángel Gabriel se apareció a María mientras sacaba agua de un pozo. El Pozo de María es el único manantial de Nazaret y los cristianos ortodoxos lo reconocen como el sitio donde tuvo lugar la Anunciación.

Los cruzados construyeron en el siglo XVII la iglesia de Sansan Gabriel sobre los restos de otras tres iglesias, destruida posteriormente por los musulmanes unos cien años después. La actual construcción fue erigida se erigió como iglesia gGriego--oOrtodoxa en el año 1781. Frente a ella, entramos con devoción accediendo al interior por una escalera empinada. Al final se encuentra una cripta con una surgente agua, la cual es el origen de la fuente de María, situada en la calle principal de Nazaret y conectada a un acueducto. De acuerdo con la tradición, fue en dicha fuente donde el Arcángel Gabriel se presentó por primera vez ante María, los robustos muros de piedra de la iglesia de Sansan Gabriel, abrazadas por dos torres cuadradas, dominan la plaza del mercado de la ciudad. La multitud de gente impidió tener disfrutar de un rato de meditación. Fue, en todo caso, el preámbulo espiritual a la visita que posteriormente haríamos a la iIglesia de la Anunciación.

De aquí, recorriendo las callejuelas de la ciudad nos dirigimos a almorzar en a un restaurante local, momento en que nuestro impenitente periodista aprovechó para explicar los detalles históricos de Nazaret. Mientras esperábamos el primer plato, aprovechó para narrar su habitual explicación:

Nazaret se encuentra entre las colinas onduladas de Galilea cubiertas con antiguos olivares, mirando al Valle de Jezreel. Es una de las ciudades más antiguas de Tierra Santa. Las excavaciones arqueológicas en la región descubrieron restos que datan de hace unos 3.000 años, durante la Edad de Bronce.

Nazaret era sólo una pequeña ciudad durante la infancia de Jesús, pero su renombre creció rápidamente después de su muerte. Sus primeros seguidores fueron llamados “nNazarenos” y aún hoy los términos empleados en hebreo y árabe para designar a un cristiano –Notzri notzri y nNazrani– se cree que derivan del nombre de la ciudad, al igual que Jesús es llamado a veces Jesús de Nazaret. Este nombre está relacionado con el versículo que habla del retorno de José con su familia a Nazaret: “Yy vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno”.13

Nazaret encarna la vida oculta de Jesús. Allí le dirige el ángel mientras huía, junto a sus padres, a Egipto: “Pero después de muerto Herodes, he aquí que un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto, diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño. Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel. Pero oyendo que Arquéalo reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir allá; pero avisado por revelación en sueños, se fue a la región de Galilea, y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret”.14

Ya en el postre, nuestro experto en historia, descansó para tomar un café de sabor inusual e imbebible. Sea como fuere, sirvió de excusa para despistarme con la mayor de las delicadezas. Después de una sobremesa comunitaria, nos dirigimos a una Sinagoga donde dice la tradición que Jesús predicó y enseñó el Antiguo Testamento. Todo el grupo nos pusimos alrededor del altar, mientras Mn. Emili leía el evangelio de Lucas: “Vino a Nazaret, donde se había criado. Según su costumbre, entró en la sinagoga en sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le fue entregado el libro del profeta Isaías y, al desenrollarlo salió el pasaje en que estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido; me ha enviado a evangelizar a los pobres, a predicar a los cautivos la liberación, a dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos, a proclamar un año de gracia del Señor. Después enrolló el libro, se lo dio al sirviente y se sentó: todos los ojos en la sinagoga estaban clavados en Él. Y comenzó a decirles: Hoy se cumple ante vosotros esta escritura Todos asentían y se admiraban de las palabras llenas de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José?”.15

En recogimiento, -—después de que Mn. Emili nos explicara el texto del evangelio-—, me estremeció la idea de estar en el mismo lugar donde Jesús enseñaba las escrituras. Jesús iba a la sinagoga el sábado, el día de descanso, el de piedad. Todo judío tenía el derecho de entrar y leer, e incluso hablar sobre lo que había leído. Jesús prodigaba la visita a la sinagoga. “Fueron a Cafarnaúm; y los sábados enseñaba en la sinagoga. Se maravillaban de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.16

La ingratitud se hace presente cuando Jesús comenta el texto de Isaías. Jesús hace un preámbulo de lo que serán las Bienaventuranzasbienaventuranzas pero la gente murmura: “¿No es éste el hijo de José?”, desdeñando su condición de humilde carpintero. El resto del evangelio de Sansan Lucas nos hace pensar en la facilidad que tenemos para condenar.

Jesús padece la curiosidad de la gente; lo confunden con un curandero: le llevan a cojos, ciegos, paralíticos, para que los sane, y por otra parte, la misma gente se confina para condenarlo. ¿Dónde está la sabiduría de Dios, dónde está el mensaje de liberación espiritual? Parece que sólo interesa rentabilizar los “poderes curativos” de Jesús.

Durante el rato de silencio que precedió a las palabras de Mn. Emili, el pensamiento se trasladó a la escena de hace más de 2.000 años. Jesús anuncia la redención apoyándose en el Antiguo Testamento, y así lo hace en las ocasiones que enseña en la sinagoga. Jesús viene a dar cumplimiento a los profetas, a la ley de los judíos. Jesús no pasa a la acción sino a través de la escritura para que le reconozcan antes que por sus milagros. De ahí los signos y señales que siguen a los milagros, a las parábolas. Pero su noticia rompe con el esquema de toda expectativa mesiánica que intenta comprender el designio divino desde las aspiraciones humanas.

La forma como se va a desarrollar esa tarea mesiánica sorprende a quienes esperaban del Mesías una liberación radiante que eliminase de una vez para siempre a la humanidad de todo obstáculo que la hace sufrir. Jesús no elimina el sufrimiento de la vida del ser humano; lo asume y lo sublima convirtiéndolo en acto redentor. Podríamos decir que transforma la condición de toda criatura humana, con todas sus deficiencias, en una condición noble y dignísima al elevarla a la categoría de filiación divina.

Jesús se presenta como el iniciador de ese proceso de filiación, y lo hace de manera eficaz. Jesús es el mismo Hijo de Dios, el predilecto del Padre, que anuncia e inicia esta era de filiación divina en la humanidad. De esta forma, la pluralidad de judíos y gentiles, esclavos y libres,, queda incorporada en la unidad, el Espíritu de filiación que nos ha regalado Cristo Jesús. No anula ni suprime las características peculiares de cada persona humana, sino que la reviste de esa dignidad que nos hace sentirnos unidos e incorporados como los diversos miembros de un mismo cuerpo.

Al cabo de unos minutos encuentro a faltar a mi esposa. Pregunto al guía y me indica que ha regresado al restaurante para ir al baño. Salgo a buscarla con cierto temor a que se pudiera perder por aquellas calles de trazado extraño para uno que vive en una ciudad cuadriculada como Barcelona. En efecto, pasan más de 30 minutos y la búsqueda resulta infructuosa. El resto del grupo se había dirigido a la iIglesia de la Anunciación para celebrar la eEucaristía. Voy y vengo varias veces desde la iglesia al restaurante sin éxito. Me introduzco por otras calles sin encontrarla. Vuelvo a la iglesia y el guía me indica que ya le había advertido que podría perderse. El nerviosismo empieza a apoderarse de mí. Por fin, la veo bajar por la calle perpendicular que accede a la iglesia de la Anunciación. Ambos, recuperados del susto, nos dirigimos deprisa a la iglesia donde ya había empezado la eEucaristía.

El altar está situado en la parte baja de la basílica junto a la entrada de la cripta, formando y forma un arco donde los feligreses gozan de una vista directa a la gruta, donde el ángel Gabriel se le apareció a María. Al llegar, tuvimos que situarnos detrás del altar, sentados junto a la entrada de la gruta. En el interior puede leerse la inscripción: “Verbum caro hiz factum est”, es decir: “Aquí la Palabra se transformó en carne”. Durante la mañana ya la habíamos visitado, pero ahora culminamos la peregrinación del día con la eEucaristía.

Uno de los peregrinos tuvo la finura de trasladarme su vivencia personal para transcribirla en estas crónicas:

He llorado como un niño cuando esta mañana he podido rezar de rodillas ante la gruta. Mi esposa me tomaba la mano sabiendo lo que mi espíritu estaba viviendo. Ella es partícipe de la inmensa alegría de encontrarme ante el lugar donde el aArcángel Gabriel visitó a María. ¡Deseaba tanto este encuentro! Aquí nace la historia de la humanidad. Dios pidiendo pide permiso a la humanidad, al hombre, a través de María, para que el hombre acoja a Dios. No lo hace directamente como Moisés en el Monte Sinaí. Aquí Dios, envía a un ángel para no turbar la voluntad de María.

Gabriel ha sido y continúa siendo el mensajero que ha alimentado mi pluma para escribir a mis hijas y a mí esposa. Con él mantengo ficticios diálogos (en la oración no hay ficción), y escucho su palabra como cuando María recibió el mensaje con humildad y aceptación. Gabriel me ha enseñado a anunciar el evangelio sin respetos humanos pero respetando la voluntad humana. Gabriel, muestra la palabra de Dios en sueños, como anunciando la importancia del recogimiento en la oración. Gabriel borda su misión con la delicadeza de los ángeles. Y aquí, después, de tanto trato con Gabriel, tengo la oportunidad de rezar y llorar de alegría por tanto don recibido.

El nombre de Gabriel significa “Dios es mi Fortaleza. Es el patrón de los niños pequeños a los que Jesús pedía que dejaran que se les acercaran.

En la lectura del evangelio de la mMisa he vuelto a emocionarme por la grandeza de Dios, por la sorprendente humildad de su ser: “Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando donde ella, dijo: ‘Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo’. A estas palabras, ella se turbó y se preguntaba qué significaría tal saludo. El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Concebirás y darás un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Él será grande, será llamado hijo del Altísimo, el Señor le dará el trono de su padre David, reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin’. María dijo al ángel: ¿Cómo será esto, ya que no conozco varón?’. El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño será santo, será llamado Hijo de Dios. Y mira tu pariente Isabel también ha concebido un hijo en su vejez, y la que era estéril está en el mes sexto; porque nada es imposible a Dios’. María dijo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel la dejó”.17

Es el texto donde la complicidad de Dios y el hombre se hacen patentes de una forma sublime. Dios inclinándose se inclina para elevar al hombre. ¡Misterio! ¿Qué hubiese ocurrido si María hubiese dado una respuesta negativa o condicionada? Esta Ésta es la meditación personal que he tenido frente a la gruta. Dios, a través de la Eucaristíaeucaristía, a través de la iIglesia, a través de la oración y los sacramentos, me invita cada día como el ángel lo hizo con María.

¿Y cuál es mi respuesta? Entre el hágase tu voluntad y el ya hablaremos mañana existe una corta distancia. ¡Gracias, Señor, por haberme invitado a rezar frente al “Verbum caro hic factum est”. Sólo Sansan Lucas narra la Encarnación, sin embargo Sansan Juan lo completa de forma teológica: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios”.18

Ha sido una oración también de acción de gracias. Gracias a Dios por enviar a Gabriel. Gracias a Dios por darme como madre a María. Y allí, de rodillas, pensé y oré también por mi madre y la de mi esposa. Ellas dijeron que sí a nuestra existencia, amándonos desde antes de la concepción.

Cada mañana, al salir de casa, tengo por costumbre invocar mi alma al ángel de la guarda con la siguiente oración: “Ángel de Dios, bajo cuya custodia me puso el Señor con amorosa piedad, a mí que soy tu encomendado, alúmbrame, guárdame y defiéndeme. Amén”, que prometo renovar diariamente con mayor fervor. Cada Todas las mañanas mañana recordaré el altar de Nazaret donde María recibió al Ángel Gabriel y pronunció su Fiat.

En este mismo lugar Juan Pablo II, celebró también la Eucaristíaeucaristía, rezando igual que ahora nosotros. El Papa, agradece la propuesta de Dios y la respuesta de María. Es imposible no recordar su homilía, que trasladamos a la 2ª Sección19

Con este texto, ya en Barcelona, finalizo mi vivencia personal que fue más amplia, pero no podemos abusar del espacio disponible. En cualquier caso, recojo en primera persona las palabras finales de Juan Pablo II: [...] pido, ante todo, una gran renovación de la fe: no sólo una actitud general de vida, sino también una profesión consciente y valiente del cCredo”.

Gracias, a la redacción del particular Boston Graphic, por permitirme compartir el vivo sentimiento de fe frente a los pies de la gruta donde Gabriel y María protagonizaron el inicio de la Iglesia.

De nuevo en el autocar regresamos al hotel en Tiberias. Mi inseparable narrador histórico, que apodamos el resto de periodistas como Flavio Josefo Bis,20, en honor del historiador romano, aprovechó antes de rezar el rRosario, para explicarnos algunos detalles adicionales.

Una vez concluido el relato, me hizo notar el olvido de mencionar en la crónica anterior el lugar donde vivió la Sagrada Familia, incluyendo la carpintería de José. Tal vez será porque su figura es muy poco conocida y pasa casi desapercibida en el evangelio. Mn. Emili, en aquel lugar, aprovechó, precisamente, para meditar sobre su figura. Según los evangelios, José era carpintero, pobre y estaba desposado con María al tiempoen el momento de la Anunciación. Fue el padre legal de Jesús, y así lo denominan los evangelios. Con María hizo el viaje de Nazaret a Belén de Judea, con el fin de empadronarse. José, advertido por un ángel, huyó a Egipto con el niño y la madre, de donde volvió, también advertido por un ángel, a Palestina para establecerse en Nazaret. El evangelio de Sansan Lucas es el que da más detalles sobre la vida de José en relación con Jesús.

Aquel lugar, la casa de la Sagrada Familia, nos hacía sentirnos extraños. Lugar humilde y sencillo. Me recordaba an los pequeños pueblos de la Catalunya Cataluña interior, que, con escasos medios, trabajaban para el sustento diario. El trabajo y el esfuerzo eran vividos con alegría y en familia.

Me retiré por unos momentos del grupo apoyándome junto a las escaleras que conducían al taller de Sansan José. Allí pensé en la familia, a cómo habían vivido en la llamada “vida oculta”. Una vida sencilla, una vida cotidiana, una vida en silencio. Mi mente se trasladó a Barcelona, a mi hogar, a cómo de alguna manera también se ha vivido cotidianamente: el trabajo y el cansancio; el dolor y la alegría; la comprensión y la renuncia; el silencio tan elocuente hasta convertirse en una fuente de diálogo. Ante una vida así, como la de la Sagrada Familia, ¿dónde estaba, dónde cabía el pPlan redentor de Dios?

Pero Dios no tiene prisa. Sorprende esta actitud ante la exigencia del hombre moderno frente a sus propios anhelos. La espera de Dios es fruto de la esperanza. El silencio de Jesús, junto a Sansan José y la Virgen María es fruto de la oración. Es toda una lección para un mundo acelerado, nervioso, siempre en movimiento hacia una búsqueda indefinida en un horizonte inalcanzable. Ya en el hotel, repasando bibliografía, acude a mi mano las palabras de Pablo VI, pronunciadas en este mismo lugar hace más de 44 años, recordando las lecciones de Nazaret y de la Sagrada Familia:

Lección de silencio. Renazca en nosotros la valorización del silencio, de esta estupenda e indispensable condición del espíritu; en nosotros, aturdidos por tantos ruidos, tantos estrépitos, tantas voces de nuestra ruidosa e hipersensibilizada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento, la interioridad, la aptitud de prestar oídos a las buenas inspiraciones y palabras de los verdaderos maestros; enséñanos la necesidad y el valor de la preparación, del estudio, de la meditación, de la vida personal e interior, de la oración que Dios sólo ve secretamente.

Lección de vida doméstica. Enseñe Nazaret lo que es la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable; enseñe lo dulce e insustituible que es su pedagogía; enseñe lo fundamental e insuperable de su sociología.

Lección de trabajo. ¡Oh Nazaret, oh casa del "Hijo del Carpintero", cómo querríamos comprender y celebrar aquí la ley severa, y redentora de la fatiga humana; recomponer aquí la conciencia de la dignidad del trabajo; recordar aquí cómo el trabajo no puede ser fin en sí mismo y cómo, cuanto más libre y alto sea, tanto lo serán, además del valor económico, los valores que tiene como fin; saludar aquí a los trabajadores de todo el mundo y señalarles su gran colega, su hermano divino, el Profeta de toda justicia para ellos, Jesucristo Nuestro Señor!”21

Tres lecciones, tres valores en desuso. ¡Te pedimos, Señor, que el silencio de la oración llene de sonido nuestro corazón. Te pedimos, Señor, que nuestro testimonio en el hogar sea ejemplo de las dulces virtudes de la convivencia amorosa. Te pedimos, Señor, que el trabajo sea sólo el medio para el sustento responsable y que nunca usurpe el lugar principal de nuestra vocación!

Con esta petición me uní a Sansan José22 mientras contemplaba su lugar habitual de trabajo. Desde allí santificó el esfuerzo; desde allí honró el silencio de la oración; desde allí fructificó la humildad que vivió la Sagrada Familia; desde allí pronunció el mejor de los discursos sobre la obediencia a Dios; desde allí nos recuerda cuál es el trato entre los esposos; desde allí nos enseña a amar a la familia.

Poco, -—como nos recordaba Mn. Emili en la meditación sobre Sansan José-—, hemos meditado sobre los valores de la vida en Nazaret. Tomemos, por ejemplo, la relación que nos hace el cCatecismo de la Iglesia cCatólica:

(531) Resalta la vida cotidiana sin mayor relevancia. ¡Qué distinta a la del hombre moderno, entre los que me incluyo, llena de protagonismo! Nos recuerda Sansan Lucas “que Jesús estaba sometido a sus padres y que progresaba en sabiduría, en estatura, y en gracias de Dios”.23

(532) Jesús cumple el cuarto mandamiento de honrar a los padres. Es el anticipo de la obediencia que tendrá el Jueves Santo cuando pronuncia: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Recordamos, ahora de forma especial, de nuevo a nuestros padres ya fallecidos, que tuvimos la gracia de Dios de cuidarlos hasta el último suspiro, justo antes de que los ángeles se los llevaran a la presencia de Dios.

Con la emoción dominando el corazón y la mente, concluimos la visita, no sin antes acudir a una de las tiendas típicas de regalos. Después de un rato mirando sin comprar, salí a la calle desde donde se divisaba la iIglesia de SanSan José y la bBasílica de la Anunciación. Era el momento de recordar:


  • Recordé los momentos tan especiales que Jesús, María, Sansan José y Gabriel me habían reservado. Será difícil olvidar esta vivencia tan llena de Dios. Mientras tecleo el texto en el ordenador aparecen unas pequeñas lágrimas de acción de gracias.

  • Recordé, cómo al llegar a la bBasílica, en el patio de entrada, todo el grupo tenía un estado de ánimo pronto a cantar y gozar con María. En efecto, en las paredes laterales había múltiples mosaicos con la Virgen bajo la advocación de innumerables países. Al encontrar la Moreneta, espontáneamente iniciamos el canto del “Virolai”, que llenó el lugar de un sonido angelical, excepto por nuestras voces toscas y desentonadas.

  • Recordé, también, la fachada principal de la bBasílica donde están grabadas las figuras de Gabriel y María, mirándose mutuamente a través de los ojos del aAmor. Esta escena la fotografié en distintas ocasionesvarias veces para retener en la retina digital el misterio de la complacencia de Dios con el hombre. Dios no es un Dios lejano. Dios quiere hacerse hombre morando en el seno de María en lugar de hacerlo en un palacio. Dios confía en la Madre y la Madre lo entrega todo a Dios. ¡Qué lección tan maravillosa sobre la maternidad!

  • Recordé la pérdida de mi esposa horas antes por las calles de Nazaret. ¿Cuál sería la angustia de María y Sansan José cuando Jesús se perdió en Jerusalén? Ellos rezaron para encontrarlo. Nosotros rezamos para que nuestras hijas no pierdan nunca a Jesús. Es el primer día de peregrinación y nuestras hijas han estado presentes en los ratos de oración frente al sagrario, en Caná, en la gruta de la Anunciación, en la casa de Sansan José.

Una vez en el hotel y después de cenar, nos reunimos, al igual que el día anterior, un grupo de reporteros para poner en común las experiencias vividas y perfilar la redacción de nuestro primer día. Surgieron tantas aportaciones que fue necesario acotar el objetivo de las Crónicas, si bien decidimos no recortar la experiencia espiritual. Al fin y al cabo lo importante era volver con la túnica, dejando y dejar en algún lugar la toga romana.

En un momento determinado se produjo un silencio cómo si nadie supiese qué decir. En el fondo cada uno de nosotros vivía en su interior el encuentro personal con Jesús sin percatarse de que estábamos reunidos. Al cabo de unos instantes, el que estaba sentado junto a la ventana que daba al lago Tiberíades se giró y dijo: “Nnos parecemos a Sansan José, que duerme pero permanece atento a la voz del ángel”. A partir de ese instante, con una sonrisa general, se recuperó el diálogo entre nosotros.



  • “El recogimiento, a pesar del grupo numeroso y de la gente que hemos encontrado en los lugares visitados, ha sido una constante”, suspiró uno de los más extrovertidos. “Estoy de acuerdo con todo lo que habéis aportado para este primer día de peregrinación. Pero yo resaltaría el recogimiento y el silencio acogedor en la gruta de la Anunciación.”

  • “Es verdad”, replicó otro peregrino. “Me encontraba en Roma hace aproximadamente dos2 años cuando Benedicto XVI en la alocución del áÁngelus dijo: ‘“Dejémonos invadir por el silencio de Sansan José’.”24 En el ordenador del Hotel hotel buscamos por Internet aquella alocución que incorporamos en la 2ª parte de estas Crónicas para aquellos que desean profundizar sobre el valor del silencio.

A raíz de aquel encuentro en Roma, busco mayores espacios de silencio a semejanza de los de Sansan José. El silencio es indispensable, me decía un sacerdote, para nuestra fe. Con el silencio se comprende lo incomprensible a los ojos de los demás. En el silencio podemos aprender a nacer en el conocimiento de Dios, tal como decía el Cardenalcardenal Newman: “Nunca me arrepentí de haberme callado, pero sí, a veces, de haber hablado”.

Satisfechos por el trabajo realizado, nos retiramos a nuestras habitaciones hasta el día siguiente, dando gracias a Dios por habernos permitido compartir el amor de Dios en Galilea.

Mientras subíamos por el ascensor, alguien preguntó: “¿Ddónde dejaremos la toga romana?”.

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