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Por nuestra parte, no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído


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Instituto Pontificio Notre Dame
Después de las visitas fuimos a almorzar al restaurante del Instituto Pontificio Notre Dame, regentado por los Legionarios de Cristo. Por fin disfrutamos de la comida y de un café expreso aromático hecho por una cafetera italiana. Demasiados días comiendo ensalada como para desaprovechar la ocasión de comer garbanzos estofados, carne de ternera guisada, macarrones y postre variado.
Después de almorzar nos sentamos en una zona reservada junto a la terraza que da a la entrada del imponente edificio, convertido en hospedería, para tomar un exquisito café. Si alguna vez regreso, pido que este sea el alojamiento, muy cerca, por cierto de la pPuerta Nueva que da al barrio cristiano.
En este mismo lugar, concretamente en marzo de 2000, Juan Pablo II reunió a los representantes de las tres religiones de Jerusalén para reflexionar juntos acerca del mensaje de Dios. Ya hemos indicado en otra parte de estas cCrónicas la convivencia y los desencuentros de las tres religiones monoteístas. El Papa quiere aprovechar la ocasión para aunar esfuerzos en la unicidad del mensaje. He aquí algún fragmento de aquel discurso:
“Distinguidos representantes judíos, cristianos y musulmanes:

Para todos nosotros Jerusalén, como indica su nombre, es la "ciudad de la paz". QuizáQuizás ningún otro lugar en el mundo transmite el sentido de trascendencia y elección divina que percibimos en sus piedras, en sus monumentos y en el testimonio de las tres religiones que conviven dentro de sus murallas. No todo ha sido o será fácil en esta coexistencia. Pero debemos encontrar en nuestras respectivas tradiciones religiosas la sabiduría y la motivación superior para garantizar el triunfo de la comprensión mutua y del respeto cordial.


Todos estamos de acuerdo en que la religión debe centrarse auténticamente en Dios, y que nuestro primer deber religioso es la adoración, la alabanza y la acción de gracias. La sura inicial del Corán lo afirma claramente: ”Alabad a Dios, el Señor del universo" (Corán 1, 1). En los cantos inspirados de la Biblia escuchamos esta llamada universal: ”¡Todo ser que alienta alabe al Señor! ¡Aleluya!" (Sal. 150, 6). Y en el Evangelio leemos que cuando nació Jesús los ángeles cantaron: Gloria a Dios en las alturas" (Lc. 2, 14). Ahora que muchos sienten la tentación de vivir su vida sin ninguna referencia a Dios, la llamada a reconocer al Creador del universo y Señor de la historia es esencial para asegurar el bienestar de las personas y el correcto desarrollo de la sociedad.


Si nuestra devoción a Dios es auténtica, exige necesariamente que prestemos atención a los demás seres humanos. Como miembros de la única familia humana e hijos amados de Dios, tenemos deberes recíprocos que, como creyentes, no podemos ignorar. Uno de los primeros discípulos de Jesús escribió: “Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Jn. 4, 20). El amor a nuestros hermanos y hermanas entraña una actitud de respeto y compasión, gestos de solidaridad y cooperación al servicio del bien común. Así pues, la preocupación por la justicia y la paz no es algo que quede fuera del campo de la religión; al contrario, es realmente uno de sus elementos esenciales.


Cada una de nuestras religiones conoce, de una forma u otra, esta regla de oro: ” Compórtate con los demás como quisieras que los demás se comportasenen contigo". Por más valiosa que sea esta regla de conducta, el verdadero amor al prójimo va más allá. Se basa en la convicción de que cuando amamos a nuestro prójimo mostramos amor a Dios, y cuando lo ofendemos, ofendemos a Dios. Esto significa que la religión no admite la exclusión y la discriminación, el odio y la rivalidad, la violencia y el conflicto. La religión no es, y no debe llegar a ser, un pretexto para la violencia, especialmente cuando la identidad religiosa coincide con la identidad cultural y étnica. ¡La religión y la paz van juntas! La creencia y la práctica religiosa no pueden separarse de la defensa de la imagen de Dios en todo ser humano.


Volver a comprometernos en esta tarea, y realizarla en la ciudad santa de Jerusalén, significa pedir a Dios que mire con bondad nuestros esfuerzos y los lleve a buen fin. Que el Todopoderoso bendiga abundantemente nuestros esfuerzos comunes”


Agradezco haber venido a este Instituto Pontificio, no ya por la comida, sino porque sin la visita probablemente no habría leído con atención las palabras de Juan Pablo II a los judíos y musulmanes. Todos alabamos a Dios. El Corán, el Antiguo Testamento y el Evangelio así lo demuestran. ¿Por qué, entonces, separarnos de Dios para combatir contra sus hijos?


Iglesiaiglesia de la Dormición
Por la tarde, después de almorzar, nos dirigimos al Monte Sión, lugar donde pasaríamos el resto del día. En primer lugar fuimos a visitar la Iglesiaiglesia de la Dormición en memoria del eterno sueño de María. Al entrar en la iglesia un grupo italiano está celebrando la Eucaristíaeucaristía. Bajamos a la cripta donde se encuentra en el ábside un mural de mosaico representando a la Virgen y al Niño. En el centro una estatua de María, hecha de cerezo y marfil. La iglesia la regenta los Padres Benedictinos.
La cripta circular es preciosa e inclina el espíritu a contemplar a la Madre de Dios en el momento que entró en el profundo sueño que la trasladaría al cielo sin pasar por la muerte. Estamos solos. El grupo se va colocando alrededor del cuerpo de la Virgen formando una hipotética sardana: todos unidos en torno de la Madre. Mn. Emili inicia el Santo Rosario.
Me sitúo sentado en las escaleras de una de las capillas laterales observando la cara de la Virgen con los ojos cerrados y una paz en el rostro que el artista de la estatua supo destacar. El icono se muestra para acercarme más a Dios y a su Madre. Cierro los ojos como Ella, mientras vamos desgranando las avemarías de cada misterio. No es necesario decirle muchas cosas, solo contemplarla como lo hace un niño pequeño cuando mira a su madre. Ella, en silencio, también guardaba todas las cosas en su corazón mientras contemplaba a su Hijo Jesús.
Un hijo pequeño no puede ofrecerle nada a su madre porque nada tiene. Lo único que puede ofrecer se lo da: su mirada y su sonrisa. Así quisiera estar frente a la Virgen que duerme, mirarla en silencio para no despertarla. Hay una oración preciosa de Paul Claudel que repito en mi interior:
“Es mediodía. Veo la iglesia abierta. Tengo que entrar.

Madre de Cristo Jesús, no vengo a rezar.


No tengo nada que ofrecerte y nada que pedirte.

Vengo sólo, oh Madre, para mirarte.


Mirarte, llorar de felicidad.

Sin decir nada, sino mirando tu rostro,



dejar que el corazón cante en su propia lengua.
No decir nada, sino sólo cantar,

porque el corazón está demasiado lleno”164.
María, antes de partir con el Hijo, permaneció junto a los apóstoles para animarles en la fe. Era la única que conocía desde la Anunciación que Jesús resucitaría. Ella persistió para aliviarles del temor que corría por su cuerpo antes de Pentecostés. Tenía que cuidar de la fe de Tomás; tenía que animar a Pedro a asumir el papel sublime de la Iglesia; tenía que moldear la fe impetuosa de Marta y María Magdalena. La Iglesia incipiente necesitaba de los cuidados de María. Ella tuvo que esperar antes de partir. Les cuidó como Madre cumpliendo así el deseo de Jesús en la cruz: “He ahí a tu madre”.
María es la esperanza de la Iglesia; se inicia con la Encarnación para continuar al pie de la cruz hasta Pentecostés. En un mundo sin anhelos espirituales y sin esperanza, se refugia en el egoísmo pensando que todo está perdido. Contemplar a la Madre es recuperar el sentido de la esperanza. Una madre no hace cálculos, no prevé el futuro, espera, se entrega y calla. Es lo más parecido a la esperanza. Dicen que el director de cine Bertolucci manifestó al final de una película que la felicidad no existía: “Cuando uno ha vivido cincuenta50, sesenta 60 años, hay algo que ya no necesita que le enseñe nadie: que la felicidad es imposible; que el mundo es un antro de sabandijas en el que jamás se encuentra el amor. Yo al menos nunca lo he visto. Salvo en casa de mi madre”.
Incluso Bertolucci reconoce, casi sin darse cuenta, que la felicidad se encuentra en un amor de donación como el de una madre. Contemplo a María dormida y veo en Ella sus virtudes y en su sonrisa la expresión de la felicidad verdadera que emana de un corazón generoso proyectado por el Amor de Dios. La esperanza es posible en la medida que mire los defectos del mundo con los ojos de María, que ahora permanecen cerrados recogiendo la necesidad de sus hijos.
La contemplación de la Madre de Dios se ve interrumpida por un grupo que reclama ostentosamente su espacio teniendo que acabar apresuradamente el Rrosario. Tenemos tiempo, no obstante, para admirar la cripta. Me detengo en una capilla lateral para continuar rezando cuando uno de los peregrinos me pregunta: “¿Qué es la dormición? ¿Murió la Santísima Virgen? ¿Dónde murió?” No cabe duda que las preguntas eran demasiadas profundas como para contestarlas y mucho más para un laico con conocimientos limitados como los míos.
Le expresé con toda humildad que no era capaz de contestar pero que me comprometía a estudiar las respuestas. Para definir la Asunción de María, deberíamos recorrer previamente otros aspectos hasta llegar a entender el misterio: tendríamos que hablar: (i) de la Ppredestinación, (ii) de la mMaternidad dDivina, (iii) de la Inmaculada Concepción, (iv) de María como Madre de todos los hombres, (v) de la vVirginidad de María, (vi) de María como cCorredentora, (vii) de María como mMediadora; y finalmente de María como rReina y sSeñora de cCielos y tTierra. Un objetivo demasiado amplio para un grupo redactor como el nuestro.
Volví a ponerme en oración, cuando uno de los peregrinos que había permanecido atento a la conversación anterior, me dijo: “Ees cierto lo que acabas de decir pero has omitido indicar que María es la Madre de la Iglesia. Recuerda lo que dijo el entonces Cardenalcardenal Ratzinger: “La Iglesia no es un aparato; no es simplemente una institución. Es mMujer. Es mMadre. Es un ser vivo. La comprensión mariana de la Iglesia es el contraste más fuerte y decisivo con un concepto de Iglesiaiglesia puramente organizativao o burocráticao. Nosotros no podemos hacer la Iglesia, debemos ser Iglesia. Sólo siendo marianos somos Iglesia. En sus orígenes, la Iglesia nació cuando el fiat brotó en el alma de María. Éste es el deseo más profundo del Concilio: que la Iglesia despierte es nuestras almas. María nos indica el camino”165.
Me quedé asombrado y pensativo, no sin antes agradecerle la puntualización teológica tan oportuna que acababa de hacer. Acordamos continuar la conversación en la rReunión del eEquipo de rRedacción al final de la noche. Mientras, de pie frente a la Virgen Dormida, pasó por mi mente el error en que tantas veces recae mi piedad mariana. Nadie tiene tantos títulos como María: las letanías del rRosario están repletas de piropos; existen infinidad de oraciones dedicadas a María; cada pueblo, cada nación se encomienda bajo múltiples advocaciones; la Iglesia proclama sus virtudes bajo dogmas de fe. ¿Quién es María realmente? ¿Qué relación tiene María con la redención? ¿Qué es ser mariano? ¿Ser mariano es una devoción más como la que pueda tener a otro santo?
Mi oración a María a veces se reduce a la repetición de avemarías sin conciencia plena de quién es la Madre. Me duele caer en la beatería sin vislumbrar las palabras de María en Caná: “Haced lo que Él os diga. Ciertamente tiene razón Sir Tomás Moro: “Nos quedamos tan contentos diciendo dos o tres palabrejas, cualesquiera que sean, e incluso ésas las susurramos descuidadamente y bostezando con indolencia”166.
El historiador, allí presente, me adujo que la cuestión trascendía al objetivo de las cCrónicas y que la 2ª Parte se dedicaba exclusivamente a cuestiones históricas y culturales, por tanto, no tenían cabida los aspectos que competen a la teología o a la exegesis bíblica. No tuve más remedio que asentir al argumento de nuestro historiador, pero me sabía mal que las inquietudes quedaran sin contestar. Permanecí un rato más en silencio contemplando la figura de María. Al cabo de un instante, justo antes de que el guía nos avisara de que debíamos regresar al autocar, se me “ocurrió” que nada impedía incluir en las cCrónicas un aApéndice sobre cuestiones teológicas en función de las preguntas que fuesens surgiendo, sin querer agotar, por supuesto, la multitud de interrogantes que pudiésemos tener cada uno de los peregrinos.
Ya en el autocar le indiqué al historiador la resolución del rRedactor jJefe de completar las cCrónicas con las notas teológicas. La respuesta la leí en su mirada sin necesidad de que pronunciara palabra alguna. Ahí nació la idea de incluir esta referencia a las preguntas de uno de los peregrinos. No obstante accedimos a relatar en la 2ª Parte, exclusivamente el dDogma de la Asunción,167 ya que intentar contestar todas y cada una de las preguntas hubiese sobrepasado el objetivo real de las cCrónicas.


La Tumba de David
Dentro de la ciudad de Jerusalén, en el cCenáculo, se encuentra la tTumba de David. Al ser día festivo para los judíos, -—celebraban la Pascua-—, el acceso fue dispuesto para que hombres y mujeres lo visitaran por separado. En efecto, dos accesos distintos conducen a la tTumba de David, separada para que no se mezclen los hombres y las mujeres, igual que pasó en el Muro de los Lamentos. En el exterior una multitud de familias judías celebraban la fiesta. En el interior que se accede por varios pórticos, se encuentra en una sala pequeña la que se cree fue la tumba de David, en principio la tTumba de Sansan Esteban. La estancia se encuentra debajo de la sala donde Jesús celebró la Última Cena con sus discípulos el Jueves Santo.
En el interior de la sala y en la antesala múltiples judíos rezaban con el Torá en la mano. Accedimos sin ningún problema, con excepción de hacer fotografías y filmaciones, y con la kipa que nos habían facilitado en la entrada. Según el Antiguo Testamento, David fue enterrado en la colina oriental de la ciudad. La sala llamada Tumba de David es una cámara vacía que contiene un sencillo cenotafio cubierto de terciopelo verde, declarada su lugar de sepultura en el siglo X d.C. Este lugar tuvo especial importancia para los israelíes entre 1948 y 1967 cuando, con la ciudad antigua en manos jordanas y el muro occidental fuera de los límites, la tumba se convirtió en lugar de peregrinación judía. En una sala junto a la tumba de David se ha instalado el Museo del Rey David, con unas desordenadas muestras de hallazgos arqueológicos procedentes del monte Sión y piezas litúrgicas judías.
Atravesando los claustros medievales del edificio que alberga la tumba de David para salir por el otro lado se llega a la Cámara del Holocausto. Sus muros están cubiertos de placas que recuerdan las más de 2000 comunidades judías destruidas por los nazis. Allí se ve una exposición del antisemitismo contemporáneo.
Desde los tiempos de Herodes, la tradición judía situaba sobre esta colina  la fortaleza conquistada por David: la fortaleza de Sión. También los cristianos que se habían establecido en este lugar consideraban que estaban sobre el mMonte Sión. Otra memoria indudablemente unida al mMonte Sión fue la del protomártir Sansan Esteban. En el 415 su cuerpo fue trasladado a este lugar,  hasta que la emperatriz Eudoxia construyó, en el 460, una basílica al norte de Jerusalén, expresamente para acoger sus reliquias.
Después del traslado, los peregrinos recuerdan el lugar como una tumba, llamada por algunos la Tumba de David, haciendo nacer  de este modo la infeliz desafortunada leyenda,  que será en los siglos XIV y XV  una de las razones para la expulsión de los cristianos.

La tradición que relaciona Sión con la Tumba de David se refiere al texto bíblico, sobre todo Re. 2,10, que sitúa en la “Ciudad de David” el lugar de la sepultura del rRey. También Sansan Pedro, en su primer discurso (Act. 2, 29)  después de Pentecostés, proclama que “la tumba de David está todavía entre nosotros”. Esta es  la razón por la que la tumba de David fue localizada en el Sión cristiano y la Iglesiaiglesia de Jerusalén cada año celebraba esta memoria.


La visita fue más turística que religiosa ya que no pudimos permanecer en el interior de la sala a fin de no perturbar la celebración de la fiesta judía. No obstante, la impresión fue la de un lugar triste, con escasa iluminación, a excepción de la sala donde se encuentra el sarcófago cubierto con una tela de terciopelo y la estrella de David bordada.
Cómo no, el imperturbable historiador se había preparado con antelación a la visita y me entregó la correspondiente crónica para incluir en la 2ª Parte, cosa que hicimos con interés ya que es necesario conocer hasta qué punto la situación de los cristianos en la Ciudad Santa es complicada desde hace siglos.168 La coincidencia de los judíos, musulmanes y cristianos con David y Salomón se ha convertido en tema de disputa en lugar de significar un punto de encuentro.
En este viaje, todos coincidimos en que, complementariamente a las vivencias espirituales, se han producido otras de carácter religioso, como es el origen de las tres religiones monoteístas. Recuerdo de nuevo las palabras que Juan Pablo II pronunció en Jerusalén a los representantes de las tres religiones: “La religión no es, y no debe llegar a ser, un pretexto para la violencia, especialmente cuando la identidad religiosa coincide con la identidad cultural y étnica. ¡La religión y la paz van juntas! La creencia y la práctica religiosa no pueden separarse de la defensa de la imagen de Dios en todo ser humano”169.
Y finalmente nos esperaba la visita del al cCenáculo y la Eucaristíaeucaristía.
El Cenáculo
Llegamos con especial emoción hasta el cCenáculo ascendiendo por una escalinata de 30 escalones en el ala meridional de la Iglesiaiglesia de sSanta María de Sión. Allí, recogidos, escuchamos la explicación del guía y la reflexión de Mn. Emili. En este lugar reunió Jesús a sus discípulos el Jueves Santo, les lavó los pies, instituyó la Eucaristíaeucaristía, el sacramento del orden y del perdón, les habló del amor fraterno y se produjo la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés. Hoy es un lugar desangelado y descuidado que los judíos han rechazado ceder a los cristianos. Solo se permite la entrada como un lugar turístico más sin que puedan celebrarse actos religiosos. La reseña histórica queda reflejada en la siguiente reseña de nuestro insistente historiador:

El edificio, identificado como el cCoenaculum o el cCenáculo, es una estructura pequeña de dos pisos dentro de un gran complejo de edificios en la cima del mMonte Sión. El piso superior fue construido por los franciscanos en el siglo XIV para conmemorar el lugar de la Última Cena. Es también identificado como "la sala superior" donde el Espíritu Santo descendió sobre los aApóstoles en Pentecostés (Ac. 2, 2-—3). En la tradición cristiana, la zona de la ciudad en la que se vivía en aquellos tiempos era el actual mMonte Sión (de alguna manera, el nombre geográfico fue transferido del mMonte del Templo a esta colina en el extremo sudoeste de la ciudad, posiblemente por un mal entendido de la lectura de Miqueas 3,12 en el siglo IV, que parecería hablar de dos colinas: "El mMonte del Señor y el de Sión").

La habitación del piso inferior, ddebajo del Cenáculo, contiene un cenotafio que desde el siglo XII es conocido como "la tumba del rey David", si bien el lugar que se menciona como la sepultura del rey estaba en la "cCiudad de David" en la ladera de Ofel (I Rey. 2:, 10). Debajo del nivel del piso actual hay cimientos cruzados, bizantinos y romanos más tempranos. El ábside ubicado detrás del cenotafio se alinea con el mMonte del Templo, lo que inspira la suposición de que esta parte del edificio pudiera haber sido una sinagoga, o inclusive "la sinagoga" mencionada por el pPeregrino de Burdeos en el año 333.

Esta parte del monte formaba parte de la Madre Iglesia de la Sagrada Sión (que aparece en el mosaico del siglo VI, el Mapa de Madaba). Esta basílica fue destruida por los persas el año 614. El mMonasterio cruzado e Iglesiaiglesia de sSanta María del siglo XII fue construido sobre los cimientos de esa iglesia anterior, pero también resultó destruido en 1219 (probablemente en la demolición de las murallas y parapetos que rodeaban la ciudad, ordenada por el sultán ayubita Al-—Muazzam).

La actual cCapilla del cCoenaculum, de estilo gótico, fue construida por los franciscanos a su retorno a la ciudad en 1335. Las aristas de la cúpula del cielo raso son típicas del gótico chipriota. El esculpido mihrab, el nicho de oraciones musulmán, fue agregado en 1523, cuando los franciscanos fueron expulsados del edificio y el recinto fue convertido en mezquita.

La Iglesiaia ha reclamado infructuosamente la devolución del lugar, si bien existe un acuerdo por el que los judíos se comprometen a dotar de seguridad la visita de los fieles a cambio de que la iIglesia cCatólica preserve la historia del lugar. Sea como fuere, una emoción enorme nos embragó al encontrarnos allí reunidos. Desde este lugar recuerdo especialmente a María, la madre de Jesús, ya que aquí se reunió con los apóstoles hasta Pentecostés. Aquí les animó en la fe. Juan Pablo II llega a decir: “Sse puede decir que en el Ccenáculo nació la oración del rRosario, pues allí los primeros cristianos comenzaron a contemplar con María el rostro de Cristo, recordando los diferentes momentos de su vida terrena”170


Lástima que el tiempo era escaso para rememorar los hechos ocurridos en aquel lugar. Nos esperaba la Eucaristíaeucaristía en una iglesia anexa regentada por los franciscanos. No obstante, tuve tiempo para subirme a unas escaleras situadas en una de las esquinas del recinto para contemplar el lugar con la excusa de hacer unas fotografías panorámicas. Y desde allí, me instalé virtualmente en la cronología del Jueves Santo mientras nos dirigíamos a la capilla para celebrar la Eucaristíaeucaristía.
De todos modos recordé la visita de Juan Pablo II el 23 de marzo de 2000 y la única celebración eucarística que se ha podido celebrar después de la expoliación realizada a los franciscanos. Cómo no, recordar recordé también la carta dirigida a los sacerdotes firmada por el Papa en este mismo lugar, donde Jesús instauró el sacerdocio. Recordé también la visita de Pablo VI arrodillado en el cCenáculo en profunda oración al no poder celebrar la Eucaristíaeucaristía. Es impresionante ver también a Juan Pablo II arrodillado ante el altar antes de celebrar la mMisa.
Llegamos a la preciosa capilla de los franciscanos que se accede a través de unas de las callejuelas del conjunto del cCenáculo. Una puerta da acceso a una plaza por la que se llega hasta la capilla. En marzo de 1936 los franciscanos volvieron a vivir a pocos metros del cCenáculo, después de recuperar el viejo “horno” de la familia Dajani (propietaria también del cCenáculo), transformándolo en el convento de Sansan Francisco e Iglesiaiglesia “ad cCoenaculum”. Es este un pequeño oasis de paz y serenidad frente a un lugar lleno de grandes y difíciles sucesos. El área entera del Sión cristiano se encuentra desde el 1948 en manos de las autoridades judías. Todos los edificios de alrededor fueron ocupados por escuelas religiosas judías y el cenotafio medieval de Rey David ha llegado a ser un lugar nacional de peregrinación del pueblo judío.
Y es en este lugar donde se inicia la Eucaristíaeucaristía vivida con una emoción escalofriante. Detrás del altar se encuentra la representación de la Última Cena realizada en bronce con los apóstoles y Jesús en medio de ellos levantando el Pan Eucarístico. En su interior se encuentra el sSagrario. A la derecha una figura de María en a tamaño natural, también de bronce, mirando a Jesús y con la mano dirigiéndose hacía Él, como diciendo: “Haced lo que os diga”.
El evangelio de hoy lo tomamos de Mateo: “Durante la cena tomó Jesús pan, lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: Tomad y comed; éste es mi Cuerpo. Tomó luego el cáliz y, después de dar gracias, se lo dio diciendo: Bebed de él todos, porque ésta es mi Sangre, la sangre de la Nueva Alianza que va a ser derramada por muchos, en remisión de los pecados. Haced esto es memoria mía171.
El evangelio, la homilía, el ofertorio, la eucaristía y la acción de gracias fueron unos momentos espeacialísimos de la presencia de Cristo. Todas las partes de la mMisa fueron vividas junto al cCenáculo. La acción de gracias se prolongó más de lo habitual. La presencia de Jesús era palpable. Nuestro corazón estaba henchido de la gracia de Dios. Participar en aquel lugar de la Eucaristíaeucaristía fue un momento especial. Recordé a los miembros de la pParroquia que tanto deseaban estar aquí y que por circunstancias no pudieron hacerlo. La comunión espiritual nos unía en el mismo lugar. Recordé también a aquellos que comulgan al Señor en circunstancias extremas: a los misioneros que reservan al Santísimo en el interior de calabazas huecas porque no tienen otro lugar para hacerlo; en el Cardenalcardenal Nguyen van Thuan donde sus manos suplían el cáliz y el altar mientras celebraba la Eucaristíaeucaristía recluido en la cárcel por ser católico en un país comunista; o en aquellos que, deseando comulgar, no pueden hacerlo por falta de sacerdotes. El alimento de Pan de Vida se presenta a veces contradictorio.
Paseando con mi esposa, semanas después, por las calles de Barcelona, nos encontramos a un amigo de juventud, hoy sacerdote de la diócesis de Terrassa. Hablábamos del viaje a Tierra Santa, cuando, en un momento determinado, se quejó amargamente del aburguesamiento de los cristianos. Tenemos a Jesús a la carta; podemos elegir el horario y la Iglesiaiglesia donde asistir a mMisa, sin embargo las manos, la ayuda, el testimonio evangelizador llega con cuentagotas a la pParroquia, nos espetó.
Ciertamente, pensamos después, al llegar a casa, que el compromiso de la Eucaristíaeucaristía, no alcanza a veces hasta mi voluntad merodeando simplemente el corazón en un sentimiento epidérmico. Tiene razón otra vez, Sir Tomás Moro, cuando en el inicio de su libro comenta el pasaje de Mto. 26: “Aunque había hablado de tantas cosas durante la cena con sus aApóstoles, sin embargo, y a punto de marchar, quiso acabarla con una acción de gracias. ¡Ah!, que poco nos parecemos a Cristo aunque llevemos su nombre y nos llamemos cristianos.
Nuestra conversación en las comidas no sólo es tonta y superficial, sino que a menudo es también perniciosa, y una vez lleno de comida y bebida dejamos la mesa sin acordarnos de Dios y sin darle gracias por los bienes que nos ha otorgado”172.
Quisiera antes de concluir esta crónica, -—que intuyo se alargará en la reunión del eEquipo de rRedacción previsto para esta noche-—, rezar los sSalmos 113 a 118, los mismos que Jesús cantó con sus discípulos y que eran habituales en la celebración de la Pascua. Sólo unos fragmentos desconexos:
“¡Bendito sea el nombre de Yavé,

desde ahora y para siempre!

De donde sale el sol hasta su ocaso,

sea alabado el nombre de Yavé”


Los ídolos de ellos son solo plata y oro,

de mano de hombre hechura.

Tienen boca y no hablan,

tienen ojos y no ven,

tienen orejas y no oyen,

tienen nariz y no huelen.

Tienen manos y no tocan,

tienen pies y no caminan,

ni un sonido en su garganta.
¡Como ellos sean quienes los fabricaron,

cuantos en ellos ponen su confianza!


¡Aleluya, ¡Dad gracias a Yavé, porque es bueno,

porque es eterno su amor!”


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