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Por el desierto de Zacatecas: de Tanque de Guadalupe a Guadalupe Garzarón, municipio de Concepción del Oro, Zacatecas


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Por el desierto de Zacatecas: de Tanque de Guadalupe a Guadalupe Garzarón, municipio de Concepción del Oro, Zacatecas
Junio de 2009
Curso técnico de exploración I-2009

Asociación de Montañismo de la UNAM

Integrantes: Saúl Aguilar (el H. instructor), Beatriz Álvarez, Jonathan Lozano, Rigoberto Martínez, Samuel Palacios, Rita Pille, Tania Rodríguez, Belén Sáenz de Miera, Benjamín Sosa, Arturo Velázquez, Jerónimo, Patricia

Primer día.

Tanque de Guadalupe - El Durazno.
Cuando arribamos a nuestro punto de partida, todavía se visualizaban en el horizonte las luces de unas cuantas poblaciones asentadas por el camino. Aún no se presentaban los primeros rayos de la aurora, era de madrugada y sólo se percibía la tranquilidad del desierto. Permanecimos en la camioneta, abrumados por la temperatura, el cansancio de un viaje largo y una noche llena de intentos fallidos por conciliar un sueño profundo, varias veces interrumpido por el movimiento, la mala postura o los comentarios atinados de nuestros camaradas.

Con las primeras luces del día, llegó la hora de prepararnos para iniciar la larga travesía. A un costado de la carretera, una ermita en honor a la virgen de Guadalupe daba la bienvenida. Más adelante, los primeros indicios del desierto aparecían en forma de arbustos y cactáceas con sus características espinas, coronadas por las tonalidades anaranjadas, rojizas y amarillas del amanecer.

Al principio sólo dos habíamos decidido bajar de la camioneta. No pasó mucho tiempo antes de que el primer poblador apareciera, era un hombre de edad avanzada, piel cobriza y arrugas en el rostro. “¿Vienen al pellote?”, preguntó, a lo que con sorpresa contestamos, “sólo a caminar por el desierto”, e iniciamos una breve pero muy ilustrativa plática de los alrededores. “Hacia allá atrás de esas lomas se encuentra El Durazno”, nos dijo, “la gente busca unos gusanos de piedra. Yo creo que cuando Dios hizo las cosas, esos animales debieron de haber sido muy malos y los convirtió en piedras. La gente de fuera los compra”. Luego, señalando al oeste de la carretera, continuó, “hacia allá hay unas piedras y unas lomas de donde extraen material de cantera para construcción, ahí pueden encontrarse chuzos [puntas de flecha]. Hace mucho tiempo vivieron personas en ese lugar que dejaron muchas cosas, la gente también las busca para venderlas”. Mientras platicábamos, el resto del grupo se dispuso a abandonar su refugio en la camioneta y comenzó a contemplar los alrededores. Enseguida, el H. Instructor se unió a la conversación para averiguar dónde encontrar a las autoridades de la localidad, con el fin de informar de nuestra presencia y el propósito de nuestra visita. Amablemente y con interés, el hombre nos guió hasta donde nos recibió la autoridad. Una vez hecho el aviso, fue el momento de tomar un refrigerio previo a la caminata, ajustar las mochilas, preparar los utensilios necesarios y protegernos de los rayos del sol.

El primer punto a resolver fue la conformación del equipo que nos guiaría durante el primer día por el desierto, determinaría la ruta y tomaría las decisiones que se requirieran durante el trayecto. Como mejor no podía ser, la dedocracia se puso de manifiesto y el primer equipo quedó conformado. Así, con mochila a la espalda, iniciamos la marcha.

De inmediato, el primer escollo en el camino, determinar el rumbo que debíamos seguir. Era evidente que para poder realizar el recorrido debíamos elegir la mejor de las rutas, sin obstáculos que pudieran representar un peligro para el grupo. Durante los preparativos de la salida, en la oportunidad que tuvimos para observar las cartas correspondientes a la práctica, se había tomado la decisión de viajar de sur a norte, determinando las distancias entre cada uno de los puntos: 20° y 27 km en línea recta de Tanque de Guadalupe al Durazno. Así que nada cambió en nuestro criterio de viajar al norte de acuerdo a la carta. En algún momento consideramos que era mejor opción caminar hacia el noreste desde el punto en el que nos encontrábamos sobre la carretera e interceptar un camino de terracería que aparecía en el mapa, pero caminar esa distancia sobre el asfalto hasta llegar al punto deseado, contribuiría al cansancio y pérdida de tiempo por lo que desechamos esa opción. Además, era más evidente un sendero que se dirigía al norte desde nuestra ubicación hacia dos colinas.

Cada paso nos internaba más al desierto y Tanque de Guadalupe desaparecía a nuestra espalda. Después de cuarenta minutos había desaparecido por completo y sólo se veía una línea oscura, la línea de la carretera por la que habíamos llegado y de la que habíamos partido.

Por fin llegamos a la cima del collado que dividía las colinas. Desde ahí logramos una vista de lo que aún nos esperaba y de lo que restaba a la caminata. Sólo en una porción del horizonte se encontraba una sierra prominente a la distancia, seguramente parte del estado vecino de San Luis Potosí. El paisaje se repetía una y otra vez, la misma vegetación, las mismas condiciones del terreno hacia donde miráramos, y un sol a plomo que a tempranas horas del día ya empezaba a calar en nuestros hombros, el mismo sol que nos acompañaría por tres días más y que tendríamos que sobrellevar para poder llegar a nuestro destino final. Pero no todo eran condiciones difíciles, en medio de la vista que teníamos frente a nosotros, un sendero, el mismo que habíamos visualizado en el mapa, nos esperaba para continuar el recorrido.

Una vez descendidas las colinas, nos incorporamos al sendero que no podía ser más práctico pues nos proyectaba casi en línea recta hacia el norte, y a no más de ocho kilómetros, cortaba por un costado, como un espejismo, una serie de colinas de mayor tamaño ubicadas al pie de una montaña. ¿Qué habría detrás de esa montaña? Sólo nuestros pasos nos lo revelarían.

A pesar de ser el primer día y de no tener mucho tiempo caminando, las condiciones que imperan en el desierto empezaron a hacer sus estragos. A cada oportunidad nos deteníamos para ajustar las mochilas y beber el preciado líquido que transportábamos. En ese momento constatamos algo que en un principio habíamos considerado una exageración: la cantidad de agua que llevábamos se evaporaba en cada sorbo. Sólo lográbamos apaciguar un poco el calor y la necesidad de satisfacer nuestra sed. Cada vez se reducía más la expectativa de terminar con una cantidad considerable de agua al final del día.

Pasado el medio día llegamos finalmente a la base de aquellas colinas que antes habíamos vislumbrado lejanas. Ahí nos detuvimos para recobrar fuerzas. Mientras esperábamos que eso sucediera, refugiados bajo una manta térmica improvisada como sombra, nuestro ánimo no disminuía, a pesar de que apenas nos encontrábamos a un poco menos de la mitad del trayecto planeado para ese día. A partir de ese momento, tendríamos que considerar si seguir el mismo rumbo o determinar un azimut que nos sacara de ese lugar, pues el terreno empezaba a cambiar y una sierra obstruía el horizonte. Las decisiones no fueron fáciles ya que a cada paso que dábamos, el sendero que en un principio se mostraba prometedor, se deterioraba y casi desaparecía entre la vegetación. Cada vez se dificultaba más nuestro paso al franquear cactáceas y arbustos con espinas amenazantes, que aseguraban una dolorosa experiencia. ¿Cómo llegamos a esas circunstancias? Definitivamente por la indecisión de confiar en nuestro instinto. O al menos esa fue la justificación a la que llegó el equipo guía, cuando cual si fuera diablito de pastorela, otro compañero nos persuadió de tomar el camino que hasta ese momento parecía el más transitado, y por consiguiente, el más indicado; aunque el azimut, el mapa y nuestro instinto decían lo contrario.

A pesar de la dificultad, ésta contrastaba con el paisaje que se abría a nuestro alrededor. Cada paso se veía recompensado por inmejorables postales que quedaron documentadas en nuestras cámaras: montañas, vegetación, cactos que florecían, combinación que motivaba la imaginación.

Avanzamos hasta que nuestro rumbo norte se empezó a convertir en este. En ese momento nos detuvimos para mirar a nuestro alrededor y ubicar algunos puntos importantes que pudiéramos distinguir en el mapa. Fue así como a base de triangulaciones encontramos nuestra posición exacta y determinamos llegar hasta un sendero poco más adelante. Ese mismo sendero nos regresaría a nuestro azimut y nos colocaría de nuevo sobre el camino adecuado.

Pronto regresamos al camino original, el cual nos condujo a la cuenca de un río intermitente, completamente seco en esta época y lo bastante amplio como para caminar de cuatro en cuatro sin dificultad. Descansamos un rato, comimos algunas de nuestras provisiones para el recorrido y nos hidratamos. Continuamos la marcha con más dificultad pues el suelo de la cuenca estaba conformado por grava y cantos rodados, material suelto sobre el que los zapatos se hundían, demandando un esfuerzo mayor en cada paso. Fue aquí donde la combinación de factores físicos nos condujo a cometer un error que después nos costaría un regaño: rompimos la Regla de Oro y dividimos el grupo. Algunos avanzamos demasiado rápido y no nos percatamos de que el resto se rezagaba por el esfuerzo de caminar sobre la grava. Los meandros del río y la vegetación dificultaban la visualización de los que venían atrás. Finalmente, la incertidumbre de su paradero nos detuvo. Pasaron al menos diez minutos sin que los demás aparecieran; esto nos obligó a regresar. No más de quinientos metros atrás se encontraba el resto del grupo, que se había detenido para hacer volver a los que iban a la cabeza, al caer en cuenta de que estábamos contraviniendo el protocolo de seguridad.

Después de un breve descanso, retomamos un camino fuera de la cuenca, por un paso entre dos pequeñas sierras. Cuando por fin libramos ese paso, el horizonte se abrió de nuevo; visualizamos montañas y sierras a la distancia. Para ese entonces el sol había bajado su intensidad, la frescura de la tarde empezaba a confortarnos. Nos detuvimos bajo un árbol y nos quitamos las mochilas. Después de un rato y tras haber deliberado sobre el siguiente paso a seguir, concluimos que nuestro destino planeado para ese día, El Durazno, aún estaba distante y el tiempo de luz que nos restaba no era suficiente para completar el recorrido. Era el momento de buscar un lugar para pasar la noche. Además, era necesario reabastecer nuestra agua, pues la que consumimos durante esa primera etapa nos había dejado tan sólo con las reservas que habíamos asegurado para emergencias. Escuchamos ruidos, más bien voces y algunos perros. Por la distancia a la que estábamos de El Durazno, pensamos que seguramente se trataba de pastores que cuidaban el ganado, antes de que el sol llegara al ocaso. El camino sobre el que avanzábamos nos acercó a una casa, la primera después de salir de Tanque de Guadalupe. De nuevo nos detuvimos a deliberar: era el momento de asegurar un lugar para acampar. Algunos del grupo visitamos la casa mientras el resto transportaba las mochilas y las colocaba en el espacio elegido para pasar la noche.

Los que nos dirigimos a la casa, fuimos recibidos por un grupo de perros que la resguardaba. Nuestra presencia los había alertado pero no nos detuvimos ante esos ladridos intimidantes. Del interior de la casa salió una señora, que tras un grito apaciguó a los perros. Algunos se mostraron rebeldes a la orden, y otros tan amistosos que se acercaron con una familiaridad extraña. La señora nos invitó a pasar, estaba ocupada haciendo tortillas a mano ¡Qué delicia! Por si fuera poco ya tenía preparada una canasta con tortas de flor de calabaza. Nos ofreció un taco que por pena nos rehusamos a aceptar. “Estoy esperando a que regrese mi marido de cuidar los animales”, nos dijo. Estaba alistando la cena para cuando regresara. Su casa era una construcción austera, de barro y madera, algunas lonas, mantas y tejas, rodeada por gallineros y corrales. Las gallinas pasaban casi sobre nuestros pies y un chivo berreaba tal vez por nuestra presencia. Cuando le solicitamos agua ella nos ofreció un garrafón de agua purificada que tenía para consumo propio, lo cual nos hizo desistir pues no sería justo abastecernos si la desproveíamos. Pero ella insistió, exponiendo que podría conseguirlo de nuevo en el pueblo. Mientras llenábamos nuestros recipientes con agua, una compañera negoció algunas tortillas para la cena. Después nos despedimos, no sin antes compensar el agua que habíamos tomado. La señora se mostró apenada por el ofrecimiento de dinero, pero consideramos justo el pago y regresamos hacia el lugar del campamento.

Las primeras tiendas ya estaban de pie y los preparativos para la cena también estaban en marcha. Ya con agua para todos, terminamos de levantar el campamento. Estábamos relajados, con cambio de ropa y con una cena preparándose. Nos reunimos y compartimos la experiencia del primer día de viaje. Por lo menos habíamos seguido el rumbo adecuado. Tal vez nos quedamos a unos pasos de El Durazno, pero nos sentíamos satisfechos de lo obtenido en ese día. El sol empezaba a ocultarse y los colores rojizos del ocaso nos proporcionaron una vista magnífica; un atardecer diferente pues las pocas elevaciones al horizonte perpetuaron la luz del sol por más tiempo hasta que la oscuridad se intercaló con algunas luces opacas y las estrellas que comenzaban a aparecer en la atmósfera limpia de nubosidad. Apenas la oscuridad había extinguido los brillos del sol, una luna llena apareció por el este, levantándose entre la sierra e iluminando con una luz clara de tintes azul-plateado. Se cerraba el primer periodo de nuestro recorrido. Obligados por el cansancio, cada uno fue retirándose a su tienda de campaña. Algunos nos quedamos un poco a observar las estrellas y a mirar las luces en el horizonte, seguros de que volveríamos a ver esas luces, más de cerca.


Segundo día.

El Durazno - Morelos.
El segunda día empezamos más tarde de lo acordado, cerca de una hora. Los tres a los que nos tocaba el turno de guiar no habíamos examinado con detalle las cartas durante la jornada anterior, por lo que aún no teníamos definida con precisión la ruta a seguir. Tuvimos que revisar las cartas lo más rápido posible, ante la presión de los demás que esperaban listos en la orilla del camino por el que habíamos llegado la víspera.

No parecía muy difícil llegar a Morelos esa tarde, con lo cual cubriríamos la cuota de kilómetros adecuada para cumplir con nuestro objetivo final. Ya habíamos decidido no desviarnos hacia El Durazno pues llevábamos suficiente agua, así que tendríamos que caminar hacia el noroeste. En el mapa se observaba un camino de terracería, no muy lejos de donde estábamos, que nos llevaría directamente a Mesillas, poblado muy cercano a Morelos. Había que concentrarse en la forma de llegar a ese camino. Con ayuda de la brújula, determinamos la dirección y medimos distancias. Acordamos que debíamos seguir el camino por el que habíamos llegado el día anterior unos cuantos metros más, hasta encontrar un sendero que nos desviaba un poco hacia el oeste y que más adelante entroncaba con el camino de terracería. Después de exponer el plan al grupo, empezamos a caminar.

Había transcurrido apenas media hora, cuando llegamos al sendero que se dirigía hacia el oeste, pero luego de andar pocos metros, éste se acabó. De pronto quedamos rodeados de plantas, con espinas de todos tamaños y formas. Teníamos que consultar de nuevo la carta. No pudimos encontrar el camino que ahí se veía tan claramente pero al menos teníamos buenos puntos de referencia para hacer triangulaciones y determinar el punto exacto en el que estábamos. Claro que eso tomaría tiempo. Tendríamos que detenernos de nuevo un momento. Algunos empezaban a impacientarse y otros incluso se alteraron un poco. Aún no habíamos desayunado. Lo mejor sería aprovechar para comer algo y revisar con más calma la carta.

Pasada media hora, ya desayunados y con las dudas aclaradas sobre nuestra ubicación y los pasos a seguir, reanudamos la marcha. Seguimos aprovechando los puntos de referencia para ubicarnos (los cerros, una antena de microondas) y revisando la brújula para no perder la dirección correcta con lo que finalmente llegamos al camino de terracería que tendríamos que seguir hasta llegar a Mesillas. Eso nos relajó bastante porque ya no había peligro de perderse pero el sol fue inclemente ese mañana. El problema ahora era lo rápido que consumíamos el agua; el calor era sofocante. Cada hora, aproximadamente, nos deteníamos a descansar bajo la escasa sombra de algún mezquite o de las mantas térmicas. En algún momento pasaron un par de camionetas, no más. Íbamos por un camino bastante solitario.

Finalmente llegamos a Mesillas. Lo primero que buscamos fue una tienda para comprar agua pero no había nada que se asemejara. Tampoco había gente a quién preguntarle. Luego de descansar a la entrada del pueblo, caminamos un poco pensando que más adelante encontraríamos alguna tienda. No encontramos ninguna, tampoco encontramos gente. Pero en cambio encontramos una construcción vacía, con un techo que proporcionaba una sombra maravillosa hacia una banca que se extendía a lo largo de la fachada. Todos dejamos rápidamente las mochilas y nos acomodamos en la banca. Por suerte, dos compañeros todavía reservaban energía y fueron en busca de agua. Luego de unos minutos, regresaron con una Coca (ni modo, no pudieron resistirse). Resulta que el lugar donde nos habíamos detenido a la entrada del pueblo era una tienda. Tenía suficiente agua y otras bebidas azucaradas. Llenamos las bolsas de agua y botellas y platicamos un poco con la familia que vivía en la casa que fungía como tienda. Uno de nosotros estaba tan contento que quería quedarse (aunque luego él dijo, que al contrario, que más bien lo queríamos dejar en cada oportunidad que se presentaba).

Mesillas fue el lugar donde se hicieron evidentes las primeras ampollas: uno de los compañeros tenía un par aunque no sentía molestias. Había que tomar una nueva decisión. Quedaba cerca de una hora de sol y diez kilómetros por recorrer; algunos ya estaban muy cansados. Se perfilaban dos opciones. La primera era esperar a que cayera un poco el sol para empezar a caminar la distancia que nos faltaba, con el riesgo de llegar demasiado tarde a Morelos y de que las ampollas empezaran a molestar. La segunda era pedir aventón y llegar a buena hora para descansar y tener suficientes energías para el último día. Los del equipo guía consultaron la opinión de todos y optaron por la segunda alternativa.

Casi no pasaban camionetas, así que pedir aventón tampoco fue fácil, pero después de un par de intentos fallidos, finalmente alguien aceptó llevarnos. Tuvimos mucha suerte porque nos dejaron “encargados” en una casa. En seguida nos ofrecieron prepararnos de comer y obviamente no pudimos negarnos. Los del equipo guía preguntamos ahí mismo por la autoridad del pueblo, para presentarnos y pedir permiso para acampar. Fuimos con la persona que nos señalaron, la cual nos recibió amablemente. Nos dijo que podíamos acampar “donde quisiéramos” pero insistimos en que nos indicara un lugar en específico, donde no molestáramos. El lugar señalado fue una explanada de tierra bajo la sombra de unos árboles. Parecía perfecto.

La comida fue mucho mejor de lo que hubiéramos imaginado. Nos habían preparado sopa, picadillo, huevo, carne con chile y muchas tortillas. Pero la calidez de la familia fue lo mejor. Nos contaron que estábamos estrenando el techo que nos cobijaba en la sala en la que nos recibieron. También nos contaron de un accidente automovilístico terrible que habían sufrido pocos días atrás. Nosotros les contamos de la distancia que llevábamos recorrida, de la que aún faltaba, de los paisajes que no dejaban de sorprendernos a cada paso. Parece innegable que los cielos del desierto son los más hermosos.

Ya con el estómago lleno, fuimos a poner las tiendas, pero justo cuando empezábamos a platicar de lo ocurrido ese día, se acercaron unas personas en una camioneta para preguntarnos si nos íbamos a quedar ahí. Era notorio que por alguna razón no estaban de acuerdo en que nos quedáramos en ese lugar. Les comentamos que la persona que nos habían presentado como la autoridad del pueblo, nos había permitido poner las tiendas ahí, y entonces nos explicaron que el problema es que ese era un paso de animales, que en la noche utilizaban para llegar a los abrevaderos circundantes. Nos acompañaron de nuevo con la persona con la que habíamos hablado antes y finalmente nos señalaron que sería mejor que nos quedáramos en la cancha, la cual se encontraba a unos pasos de ahí. Esa noche dormimos sobre concreto.

Después de la mudanza hacia la cancha, retomamos la plática sobre la experiencia de la jornada, la cual fue interrumpida por el viento que amenazaba con volar las tiendas y que nos acompañó toda la noche. Esa noche aprendimos que pueden caber hasta ocho personas en una tienda para dos (después de que una de las tiendas fuera tomada momentáneamente) pero también aprendimos de nuestros errores: el grupo que guiaría al día siguiente planeó la ruta a seguir antes de ir a dormir, nos la presentaron y acordaron que nos despertarían a las 5 am para empezar a caminar antes de que amaneciera, para aprovechar las horas más frescas del alba.


Tercer día.

Morelos – Guadalupe Garzarón.
¡Al fin, el último día de la expedición! Estábamos a punto de alcanzar nuestro objetivo: Guadalupe Garzarón. De acuerdo a lo planeado, el grupo partió a las 6:30 am, antes de que el sol se levantara por el oriente y dificultara nuestro andar. La mayoría de las lámparas seguían encendidas, dando cuenta de la presencia de cada uno de nosotros.

Los primeros pasos los dimos sobre la carretera hacia Las Huertas, donde buscamos la brecha que nos ayudaría a llegar a Guadalupe Garzarón, casi sin desviaciones. A pesar de que la brecha era inconfundible y fácil de seguir en la carta, en el terreno se encontraban varias posibilidades. Inicialmente, y creyendo que era la opción correcta, tomamos una brecha paralela al camino original. Esta brecha no se encontraba marcada en la carta, de forma que nuestro rumbo fue desviado 47° hacia el este, lo cual provocó que nos perdiéramos. Pasaron varias horas antes de que nos percatáramos de esta situación, hasta que finalmente dimos con un camino adecuado.

El cielo se tornaba rojo y a medida que aumentaban los pasos, el sol se posó para iluminar el horizonte. Las lámparas dejaron de ser necesarias en ese momento y volvieron a nuestras mochilas. La brecha en la que nos conducíamos se encontraba rodeada de arbustos espinosos, cactáceas y pastos muy lignificados; el avance nos llevaba a tomar una decisión en cada momento: izquierda o derecha (había demasiados entronques).

De pronto, la brecha que habíamos estado siguiendo empezó a achatarse hasta que topamos con una barrera de alambre: ahí se terminaba. A base de ingenio logramos cruzarla. Algunos treparon a una roca y la saltaron sin un solo rasguño del alambre de púas, los menos osados descubrimos que uno de los postes que la sostenían se había derrumbado proporcionando un paso más sencillo. Una opción consistía en seguir a través de los arbustos hasta alcanzar el camino ubicado entre Lomas Divisaderos (las puntas de las lomas eran muy claras). Esta fue la propuesta del grupo guía ya que los arbustos eran de altura baja y tenían una separación considerable que permitía caminar sin mucho problema. Además, ésta era la vía más directa. Sin embargo, algunos querían seguir un camino que parecía mejor trazado. El arreglo de ideas tomó tiempo, lo que aprovechamos para almorzar y definir el plan de acción. En ese momento, decidimos hacer una triangulación para ubicar nuestra posición exacta en el mapa.

Finalmente, encontramos la continuación de la brecha por la que habíamos llegado. De nueva cuenta en la expedición, todo iba bien, el rumbo era el correcto. Seguíamos viendo las puntas de las lomas. La brecha nos conducía de buena manera y la temperatura había alcanzado cerca de 35° C.

Después de unos treinta minutos, la brecha comenzó a cambiar de rumbo: no era el indicado. Se presentó una situación similar a la previa al almuerzo, cuando los arbustos dificultaron nuestro avance, pero esta vez nadie consideró a los que teníamos frente a nosotros como un obstáculo para continuar. Faltaba muy poco para el punto que nos habíamos fijado entre las lomas; a lo lejos se apreciaba el camino, el que debimos haber tomado desde el principio.

Luego de algunos descansos, llegamos a entre Lomas. Por fin conseguimos estar en el camino correcto. De aquí en adelante, seguimos hasta encontrar otro camino más grande que llevaba a Guadalupe Garzarón. Con canciones, pláticas y chistes, el trayecto se hizo más ameno. En el camino observamos un alambrado que seguía a lo largo de una brecha perpendicular. Esa brecha parecía no tener fin.

Horas después, encontramos el camino que llevaba directamente a Guadalupe Garzarón. Era la última parte y se decidió tomar un último descanso para que los de atrás alcanzaran al resto, pero cuando los de atrás se emparejaron con los que estábamos a punto de detenernos a descansar dijeron “sigan, sigan, porque si nos detenemos, ya no nos levantamos”. Fue un aliento de ánimo para llegar finalmente al destino. Ya faltaba poco. El H. Instructor nos animaba para no claudicar: “¡corran, ya llegamos, ehhhhh!”. Por fin: Guadalupe Garzarón. El último tramo de tres kilómetros, aunque fue el más extenuante de todos, fue también el que el grupo tenía más ilusión de recorrer.

Una vez en Guadalupe Garzarón (a las 5:40 pm, aproximadamente), el equipo guía cedió el mando al H. instructor. Ahí visitamos a una familia que conocía el H. Lo primero que dijeron al verlo fue “¿¡eres tú?!”. Las sonrisas y abrazos no se hicieron esperar. Todos ingresamos a la morada en la cual tuvimos un recibimiento caluroso y una convivencia muy agradable. El hogar tenía como mascota a un perro Chihuahua que uno de nuestros compañeros domó: lo dejó completamente dormido con sólo acariciar su pelaje. Después de la charla, se determinó que era tiempo de volver a nuestro punto de inicio, Tanque de Guadalupe.

Primero llegamos a la carretera Zacatecas-Saltillo (13 km), gracias a que la familia que visitamos consiguió que nos llevaran en una camioneta. El atardecer tenía un resplandor hermoso, y a medida que se escondía el sol, el cielo se tornaba carmín. Después los aventones resultaron mucho más difíciles de conseguir. Luego de varios intentos fallidos, un autobús finalmente se detuvo sobre la carretera: nos podía llevar hasta San Tiburcio. En el crucero en el que nos dejó conocimos a Juan. Al principio no quería hablar mucho con nosotros pero al final incluso nos invitó a su casa en Matehuala, hacia donde se dirigía. Nos dijo que llevaba muchas horas esperando a que pasara el camión que lo podía llevar hacia allá y que nadie le había querido dar aventón en todo ese tiempo. Un poco desesperanzador porque nosotros debíamos seguir la misma dirección. Lo cierto es que ese crucero estaba muy poco iluminado, así que decidimos probar suerte unos metros más adelante. Unas personas aceptaron llevarnos a “donde estaban las luces”. Frente al lugar donde nos dejaron había unas tiendas de abarrotes con unas camionetas estacionadas a la entrada. Inmediatamente decidimos hablar con las personas de las tiendas para preguntarles cuánto nos cobrarían por llevarnos a Tanque. Ya eran casi las diez de la noche, pero después de escuchar la cifra, decidimos esperar pacientemente a que nos diera aventón una de las muchas camionetas que pasaban frente a nosotros. Desde una de ellas, uno de los pasajeros nos saludó efusivamente: era Juan, ¡había conseguido aventón! En ese momento se ganó el apelativo de Juanete. Pasada más de media hora de espera, finalmente se detuvo un chavo en un coche a hablar con nosotros. Primero nos dijo que no podía llevarnos, pero después de unos minutos, regresó: lo convencimos de llevar a dos compañeros a Tanque para que fueran por la camioneta y nos recogieran. Cerca de la medianoche regresamos todos a Tanque de Guadalupe. El campamento fue colocado en nuestro punto de inicio. Al día siguiente regresaríamos a nuestros hogares.



La última mañana de la expedición, levantamos el campamento y agradecimos a la familia con la que habíamos dejado la camioneta. Luego nos dirigimos a Matehuala. Ahí desayunamos abundantemente y festejamos la feliz conclusión de nuestra travesía por el desierto de Zacatecas.



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