Página principal

Por : Gustavo Fernández


Descargar 193.12 Kb.
Página1/4
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño193.12 Kb.
  1   2   3   4
AUTODEFENSA PSÍQUICA I
 

Por : Gustavo Fernández


µgustavofernandez@email.com§
Artigas 792 (3100) Paraná

Provincia de Entre Ríos

Argentina

µalfilodelarealidad@email.com§

Copyright 2000

 

 



 

Estimados amigos y amigas:

 

El trabajo que ustedes se aprestan a leer decanta reflexiones, investigaciones, anécdotas y, por qué no, vivencias personales de muchos años de deambular por estas temáticas. Sé que no es siquiera necesario explicarles cuántos afanes, cuántas horas robadas al descanso demandó preparar este modesto material que hoy acercamos a ustedes. Es posible que satisfaga sus expectativas. También, es posible que no. En el segundo caso, sólo me resta pedirles disculpas y alentarlos en su búsqueda detrás de objetivos superiores. Pero si, como espero, resulta no sólo del agrado de ustedes sino también de cierta utilidad –sea ésta intelectual o práctica– les transmito entonces la consigna que me llevó a escribirlo, inspirada en su misma accesibilidad (la de ser gratuito y la de estar a disposición no selectiva del lector): motivarles a provocar un efecto multiplicador que beneficie a nuestros congéneres. Así, si sólo tienen ustedes la voluntad de hacer llegar un par de copias a dos amigos, familiares o desconocidos cualesquiera, con el pedido, a su vez, de que ellos se comprometan a transmitirlo a dos –sólo dos– allegados, y así sucesivamente, si, insisto, se sienten ustedes dispuestos a cumplir este único pedido mío, todos aquellos afanes y desvelos quedarán absolutamente gratificados.
 

 Primera parte.

 

INTRODUCCIÓN


 

Existe el criterio entre los habituales escépticos en materia de comentarios ocultistas y parapsicológicos, de que textos de la naturaleza del presente sólo responden a oportunismos comerciales; la gente está sometida a presiones económicas, sociales y psicológicas tan propias de nuestra época que es difícil rastrear antecedentes en décadas anteriores, el estrés y la angustia resultantes de este juego de tensiones yuxtapuestas hacen desesperante la búsqueda de soluciones alternativas.

 

Por otra parte, vivimos en una sociedad netamente fetichista; tal es el condicionamiento que se nos ha dado, que tomamos como una actitud usual buscar las “culpas” de nuestros problemas afuera de nosotros. Y, como cualquier practicante de meditación o Control Mental sabe, la verdadera raíz de nuestros conflictos está dentro de nosotros, tan dentro que anida en nuestro propio inconsciente. En consecuencia, cuando nos inclinamos a buscar a los culpables de nuestras desgracias “afuera” (la educación de papá, la sobreprotección de mamá, un gobierno descarriado...) también tendemos a buscar las soluciones “afuera”: así nos aferramos a símbolos religiosos –es indudable que la gente común siente más fe cuando puede tocar la imagen de una virgen que cuando tiene que visualizarla mentalmente o sentirla, experimentarla afectivamente– a “oraciones” cuyo profundo significado esotérico ignoramos (de hecho, suele no interesarnos) simplemente porque su carácter de rogativa, de pedido, alcanza para satisfacer las necesidades egoístas que nos llevan a acordarnos de Él sólo cuando estamos en apuros.



 

Y cuando los problemas acosan, esta sociedad fetichista tiende a las soluciones mágicas. En este sentido, según los críticos exégetas, debería ubicarse este material.

 

Pero lo cierto es que la realidad de este trabajo es exactamente lo contrario, porque como su propio título lo expresa, es un compendio de técnicas de autodefensa. Es decir, que alimentándose en el más fidedigno conocimiento ocultista, brinda técnicas personales para oponerse al ataque directo sobre nuestra mente. Lo cual equivale a afirmar que el enfrentamiento a la agresión subliminal no depende de mecanismos fetichistas sino de aquellos estrictamente psíquicos. En cuanto a la naturaleza de esos ataques ya nos referiremos a ello más adelante.



 

Lógicamente, comentarios como los que espero de mis detractores caben en mentes que ignoren el gran arcano del Ocultismo: parten de la suposición de que como “no existen” fuerzas psíquicas ni seres astrales o elementales, en consecuencia no pueden existir ataques de ese calibre.

 

No es mi intención demostrar la existencia de esas fuerzas o esos seres. Supongo que quien lee este trabajo ya ha recorrido el suficiente camino como para descubrir cuánto hay de cierto en estas afirmaciones y, al lector interesado, recomiendo la lectura de algunos de los pasajes de mis ensayos sobre Ocultismo.



 

(Nota: Vea la serie de artículos “Fundamentos Científicos del Ocultismo” en la revista semanal “Al Filo de la Realidad”. Para solicitar números anteriores y/o para suscribirse, solicítelo gratuitamente a alfilodelarealidad@email.com)

 

Quizás sirva como reflexión saber que ni siquiera los detractores están a salvo de tales ataques: en el terreno de los principios y leyes esotéricas, aunque no creamos en ellas estamos inexorablemente sujetos a su devenir.



 

Lo que tal vez deberíamos preguntarnos es, ¿por qué somos atacados?. Más allá de la respuesta obvia (“porque existe el Bien y el Mal, porque tenemos enemigos, porque ocupo el lugar, obtengo las cosas o conservo los afectos que otros desearían”) el fondo de la cuestión roza terrenos de naturaleza filosófica tan profunda como la del alcance del libre albedrío; o si el daño que se nos inflige tiene que ver o resulta ser el “pago” de deudas pendientes. De hecho, no somos perfectos, y nadie nos puede asegurar que en algún momento del pasado no nos hemos equivocado, o hemos dejado de actuar correctamente. En síntesis, que hemos obrado mal. Pero para nuestra mecánica de autodefensa, su primera regla, para efectivizarla, nos dice que: los miedos (y las culpas) abren agujeros en nuestra coraza mental, por donde se filtra la agresión.

 

Por ello, debemos imponernos una revisión de nuestros conceptos de Bondad y Maldad y a la luz de estos enfoques reveer nuestra vida y nuestros actos futuros.



 

El Bien, como Absoluto, no existe, como no existe el Mal absoluto. Quizás, ni siquiera valores intermedios. Si Dios es omnipotente, omnisapiente, omnisciente (Todo lo es, ya que es el Todo) entonces también es el Mal. Es Bien y es Mal (el “Abraxas” esotérico) y si existe algo de divino en cada acto de bondad, también existe algo de divino en cada acto de maldad. (“quien mata a un hombre es un asesino, quien mata miles, un conquistador. Pero quien mata a todos es un dios”).

 

De otra forma, sólo sería “medio Dios”, y el poder de las tinieblas sería tan fuerte como El, con lo cual ambos se equilibrarían mutuamente y ninguno podría jamás prevalecer sobre el otro. No habría así Juicio Final alguno, y adorar a uno estaría tan justificado como postrarse ante el otro. Este equilibrio, o anulación mutua de fuerzas, sería totalmente pasivo, y ningún acto de Creación podría surgir de él, lo que precisamente no condice con nuestra imagen de Dios.



 

Supongamos entonces que no existe ni el Bien ni el Mal, sino solamente “estados de consciencia”. Es decir, tomamos consciencia del hecho. Pero estos estados de consciencia son eminentemente, y por definición, receptivos. No son “actos”. Para que haya “acción” (por ejemplo la evolución del hombre, si queremos adjudicársela a un acto divino) debe existir alguna “fuerza” (en el sentido mecánico de la expresión).

 

He aquí lo que debe reemplazar en toda doctrina al Bien y al Mal. Las “tendencias”, definibles como “impulsos”. En el caso referido hemos de identificar al “impulso de Eros” (de vida) y al “impulso de Thánatos” (de muerte) que en Psicología definiera Freud. Pero no cometamos el error de tratar de identificarlos con el Bien y el Mal, ya que esos impulsos existen fuera del subjetivismo implícito en esos términos considerando que, verbigracia, pueden ser equivalentes. Como indígena antropófago, puedo matar a un hombre (Thánatos) para alimentarme, o para adquirir las cualidades de coraje o sabiduría del enemigo muerto (Eros) lo que, en última instancia, es un honor para el caído. Este hecho es, y no puede ser definido como “bueno” o “malo” por la limitada óptica de un marco cultural determinado (en este caso el nuestro, donde solo está “bien” matar cuando lo hacen quienes detentan un papel, visten uniforme u ocupan una circunstancia que los distingue como dueños de la vida y muerte ajenas).



 

Como ejemplo, tomemos el caso de los seres humanos que asesinamos en las guerras: ¿cuántos se ocupan de sepultar al enemigo abatido?. Comparados con los caníbales rituales: ¿quién es más ético; ellos, que primitivamente le rinden un homenaje al contrincante al devorarlo, o nosotros, que tal vez ni siquiera le dediquemos una mirada al cadáver?.

 

Podemos decir entonces que en el hombre actúan “impulsos asépticos”. ¿Y en el Universo?. ¿En la infinita mecánica celeste?.



 

Quizás los mismos, con lo que concluiríamos que todo el Cosmos es un ser vivo: Dios, Abraxas, dios del Bien y el Mal. Del Todo y la Nada. De los extremos opuestos. En síntesis, Dios sería yin-yang.

 

Estos cuestionamientos son de fundamental importancia a la hora de plantearnos si vamos a actuar “correcta” o “incorrectamente”. En el terreno en que nos desenvolvemos, esto hace referencia al efecto deseable (quizás distinto del esperable) en nuestras invocaciones de ayuda. En efecto, ¿podemos tener idea clara del alcance de nuestros actos “buenos” y “malos”?. Dada nuestra imposibilidad de juzgar la naturaleza ética de las acciones (si es que la tienen), la sola intención no basta para “erotizar” o “thanatizar” una acción.



 

Las improvisaciones ocultistas llevan a los ingenuos no a manejar “fuerzas”, “santos”, “entes”, sino a crear las condiciones focales psicoespirituales necesarias para que “energías con motivaciones” (inteligencias) se den cita en el vórtice así creado. Esto es fácil de aceptar si no perdemos de vista la concepción de que el Universo es el todo físico, energético, mental y espiritual. Si hechos físicos pueden crear vórtices físicos (un potente campo magnético atrae todo objeto ferroso, un “agujero negro” atrae toda materia y energía) y crear efectos psicológicos o energéticos colaterales (el mismo efecto electromagnético), ¿acaso un hecho mental no puede movilizar consecuencias mentales?.

 

En este sentido, obsérvese que personalidades sumamente poderosas (políticos, religiosos, deportistas o artistas) suelen nuclear alrededor suyo mentes quizás más débiles, aun cuando tomando individualmente cada una de esas mentes, las mismas tal vez parezcan rebelarse contra ese condicionamiento. Pero vueltas al “campo” de la personalidad potente, se sienten inexorablemente atraídas al vórtice. Volveremos más adelante sobre la cuestión de los vórtices.



 

Ahora bien. Hemos deducido de todo lo anterior que actitudes inicialmente eróticas pueden devenir en thanáticas, y viceversa. Yo me pregunto, entonces: cuando por ejemplo encendemos velas para elevarnos, hacemos oraciones, rogamos en nuestra ignorancia creyentes de una respuesta “superior”, ¿quién nos asegura que no descompensamos algo en algún lugar?. Todo tiene su compensación yin y yang en el Universo, y aunque yo crea estar haciendo algo “bueno”, en algún lado se puede completar su opuesto, es decir, se tiene que detonar la polaridad complementaria, más aún cuando comprendo que si pido ayuda, es que soy incapaz de alcanzar naturalmente lo que deseo. Soy incapaz, reconozco mi inferioridad y la acepto, solazándome en ella.

 

¿A nadie le llamó la atención que en las últimas décadas, pese al “reverdecimiento” espiritual, la violencia y la muerte han avanzado hasta límites insospechados en el mundo?. ¿Cómo podemos estar seguros de que todo ello no es el resultado de la acumulación de polaridades opuestas resultantes de las “buenas intenciones” de gran parte de nuestros congéneres?. Ya lo dice el refrán popular: “el camino del infierno está sembrado de buenas intenciones”.



 

¿Recuerdan el comentario al pasar sobre el libre albedrío?. Piensen en lo siguiente: ustedes pueden desear ayudar a alguien; un amigo, un familiar, enfermo o en dificultades. La intención es loable, qué duda cabe, pero el hecho de tratar de ayudar, vale decir, de intervenir para modificar una circunstancia ajena significa interrumpir dos cosas: por un lado, el propio devenir kármico de ese individuo, y por otro, su libre albedrío, pues si el esoterismo enseña que cada uno debe buscar individualmente su evolución (“al que tiene hambre no le des pescado; enséñale a pescar”) es él quien debe buscar la solución a sus problemas. Además no puede negarse que solucionarle los problemas a otro es una actitud marcadamente involutiva, ya que como enseña una de las leyes fundamentales del Universo, conocida como segunda ley de la Termodinámica o principio de Carnot, “el devenir de la energía y la materia va de lo más organizado hacia la desorganización o la desaceleración inercial” (también llamado principio de entropía) lo que significa que si ustedes dan la solución a otras personas, éstas, imbuídas de facilismo, optarán por depender permanentemente de que ustedes les provean las respuestas.

 

Por otra parte, cuando ustedes ayudan a alguien o le dan un consejo, por ejemplo, sólo pueden estar seguros de una cosa: que la ayuda o consejo facilitados sólo serán aquellos que ustedes tomarían por convenientes en el caso de ser de ustedes el problema; pero como cada ser humano es un ente dinámico con contingencias muy propias, es dable observar que nuestro familiar o amigo necesita soluciones a sus problemas que, en el mejor de los casos, sólo se aemejarán a los nuestros en lo formal. En síntesis: ¿quién puede atribuirse la capacidad casi divina de saber qué es lo más conveniente para otra persona, cuando innumerables veces en la vida ni siquiera somos capaces de discernir qué es lo más conveniente para nosotros mismos?.



 

El Tema de por qué aunque creemos actuar “bien” la vida sólo parece respondernos con disgustos y lágrimas, tiene, desde esta óptica y considerando las leyes kármicas, otro significado. En algunas oportunidades, algunos estudiantes de esoterismo se me han acercado acuciados por una pregunta común: ¿por qué la historia enseña que los “magos negros” (por llamarles de alguna forma) alcanzan el poder más fácilmente que los “magos blancos”?. ¿Y acaso no es lógico?. El brujo alcanza quizás el poder terrenal, dinero y ascendiente social (Dios llamó a Satanás “príncipe del mundo”, porque El le dio el reinado sobre la Tierra) pero indiscutiblemente pierde “posibilidades” espirituales. El mago blanco, en cambio, quizás oscilará más sobre la pobreza o el anonimato, pero en este caso el Reino de los Cielos es de él. Qué tanto le preocupe a estos estudiantes alcanzar (o no) logros materiales sólo indica cuán distantes están aún del sendero correcto. En el caso de quienes no son estudiantes esotéricos (el público en general) esa angustia es tan disculpable como condenable es en quien hizo sus primeros pasos en el territorio oculto. Un viejo adagio chino dice que tanto el imbécil como el sabio cometen los mismos errores. La diferencia es que el sabio los comete una sola vez.

 

Finalmente, unas consideraciones para esos pobres seres que desesperan toda su vida en hacer las cosas perfectas (lo que por naturaleza es un despropósito), acumulando tanta frustración y angustia que al final del camino, sólo la infelicidad adorna su pasado. En este sentido, la Filosofía Hermética enseña que el camino de superación espiritual no pasa por hacer todo “bien” (lo que sería igual a “ser perfecto”) sino por hacerlo “del mejor modo posible”... y no todas las circunstancias de la vida son iguales para todos. A veces es necesario actuar “mal” (para la moral de otros) para que la justicia pueda imperar, para que el efecto acumulativo de este acto beneficie a decenas o tal vez centenares de personas. Como decía swami Vivekananda: ser justo no significa ser perfecto; el “hombre justo” no es el que más medita, el que más trabaja o el que más ayuda. El “hombre justo” es el que medita lo justo, trabaja lo justo y (lo importante es este “y”) ayuda lo justo”. Es decir, el equilibrio.



 

¿Qué es más justo?. ¿Que una persona, por ejemplo, con la vocación de crear un albergue para pobres, o un comedor escolar o un templo, evite perjudicar a un usurero prestamista, con lo cual nunca llevará a cabo su proyecto (y centenares se perjudicarán) pero quedando su consciencia tranquila por no haber “perjudicado” a ése uno?. ¿O hacerlo, permitiendo así seguir adelante sus sueños?. Obsérvese que aquí lo único reprochable no es el acto en sí, sino el propósito: si el perjuicio al usurero se hubiera hecho con el objetivo egoísta de satisfacer un lucro personal, tal vez sí sería criticable, pero ¿puede criticarse cuando lo que se lucra es para el bien de los demás?. Y si agregué ese tal vez, es simplemente por el prurito de que me considero incapaz de juzgar las causas primeras de las acciones de los demás.

 

Y yo pregunto: ¿quién puede?. No un juez, por supuesto; la capacitación universitaria no da la claridad espiritual verdaderamente necesaria para el discernimiento; sólo una preparación esotérica en ese sentido puede proveerlo.



 

Dos aclaraciones finales. La primera: ¿Es magia lo que aquí enseñamos?. La respuesta es sí, siempre y cuando nos atengamos a la definición propuesta por el ilustre Vicente Beltrán Anglada: “Magia es la capacidad de llenar de ideas el vasto campo dinámico de la voluntad hasta convertirlas en formas objetivas que respondan íntegramente a los propósitos del espíritu, sin la acción directa resultante de la manipulación de medios fisicoquímicos o energéticos”.

 

La otra pregunta que pueden hacerse mis lectores es: ¿de dónde provienen mis conocimientos?. Pues de donde deben provenir los conocimientos de todo ocultista: de la erudición libresca y el análisis sobre ello, de la práctica y de la intuición, los registros Akhásicos o la Cábala No Escrita (a este respecto aconsejo remitirse a mi libro “Fundamentos Científicos del Ocultismo”). Llegados a cierta altura del sendero, los esoteristas no estamos seguros de dónde provienen algunos de nuestros conocimientos: simplemente están ahí y luego resultan ser confirmados por el enciclopedismo. Es un proceso muy similar al del iluminismo. Si los escépticos desconfían de este mecanismo, sólo les opongo un encogimiento de hombros: problema de ellos.



 

Mis conocimientos se deben también a mi meditación sobre algunos de los antiguos símbolos de nuestra filosofía. Como bien decía Dion Fortune: “cuando había dudas sobre la explicación de alguna cuestión obstrusa, solían remitirse (los antiguos ocultistas) al jeroglífico sagrado, y al meditar sobre él se descubría lo que otras generaciones habían ocultado allí haciendo lo propio. Los místicos saben bien que si un hombre medita sobre un símbolo con el que otrora, mediante meditación, se asociaron ciertas ideas, obtendrá acceso a esas ideas, aunque ese jeroglífico jamás le hubiera sido explicado por quienes recibieran la tradición oral personal y explayadamente”.

 

Llegamos así a una de las armas principales de la Autodefensa Psíquica o Mental: la Programación Mágica. Que consiste en el uso de símbolos –una figura con significante, también un mito, una imagen religiosa que sincretiza algo trascendente a lo que popularmente se le asigna, etc.– como codificadores. La codificación en matemáticas permite sintetizar datos en un símbolo. De hecho, códigos y símbolos conforman un metalenguaje capaz de decir muchas cosas en poco texto, o, mejor aún, directamente al inconsciente. Como dice mi colega el investigador Roberto Róvere: “La velocidad del desarrollo contemporáneo comprime el lenguaje llevándonos a expresarnos en símbolos. Así, encontrar en una ruta un cartel con un árbol al lado de un tenedor implica un conjunto de asociaciones inconscientes que se traducen en un mensaje tan largo como : “A-X-kilómetros-hay-un-lugar-apto-para-acampar-o-descansar-con-un-modesto-restaurante”. Quizás en esa misma dirección pensaba el psicoanalista argentino doctor Norberto Litvinoff cuando escribió: “un símbolo es una máquina psicológica generadora y transformadora de energías”. De donde concluyo que toda la información encerrada-codificada en un símbolo esotérico pone en marcha poderosas fuerzas mentales tras el objetivo a lograr. En ese sentido, una imagen de San Jorge, una vela, una fragancia, un pentáculo, una visualización psíquica determinada, una oración, son símbolos.



 

 
CONTRA QUÉ LUCHAMOS

 

La experiencia diaria nos demuestra que, siendo el miedo hijo dilecto de la ignorancia, lo que atacándonos puede cruzar nuestras defensas y perjudicarnos, es aquello cuya naturaleza desconocemos. La primera condición para vencer a lo que nos ataca es conocerlo. En consecuencia, antes de estudiar las técnicas defensivas, analicemos cuáles son las naturalezas de nuestros atacantes.



 

Podemos distinguir las siguientes categorías:

 

1)     Larvas astrales

2)     Paquetes de memoria con alto contenido thanático

3)     Otras sectas esotéricas

4)     Técnicas mentales (vampirismo psíquico o energético)

5)     Vórtices psicoespirituales

 

 



Larvas astrales: así como la evolución de la vida en el plano físico nos muestra una increíble diversidad de niveles de complejidad biológica, así en otros planos constitutivos del Universo existe la misma multiplicidad. Un error común en que suele caer el estudiante de estas disciplinas, es suponer que los “seres” (por darles una denominación) que se mueven en el plano astral, son de condición necesariamente superior al hombre, o confundir los planos astrales con los esotéricos.

 

En cada plano (quizás entendamos mejor este concepto asimilándolo a la idea cuasicientífica de “otras dimensiones”) también coexisten seres de distinto grado de evolución. Tomemos el ejemplo de la biología física (por buscar una expresión que designe al mundo percibido por los sentidos básicos) remitiéndonos a los parásitos, ya sean estos animales o vegetales. El parásito vive en condiciones de singularmente egoísta simbiosis, vive a expensas del organismo en que anida, fagocitándolo, creciendo y multiplicándose a su costa, pero siendo incapaz de perpetuarse fuera de él. Su primitivo grado de organización le impide la autosuficiencia o, en el mejor de los casos, sólo subsiste por sí mismo durante lapsos exangües de tiempo.



 

En todos los planos y niveles del Universo existen parásitos; de hecho, deben existir ya que si proclamamos como una ley esotérica el Principio de Correspondencia, es necesario, para que éste exista, que se cumpla en todos los niveles; y cuando afirmamos que en todos los microcosmos existen equivalencias correspondientes a todo cuanto existe en el Macrocosmos, es que sólo este principio podrá afirmarse con validez universal, si precisamente, observamos sus efectos a nivel universal.

 

Entonces tomemos un plano cualquiera. Por ejemplo, el mental o, más exactamente, el inconsciente personal de cada ser humano, para no confundirnos con el Inconsciente Colectivo, ese gran océano mental donde todos boyamos. ¿Es que acaso en el inconsciente personal de cada uno de nosotros puede desarrollarse algo que podamos llamar “parásitos mentales”?. Ya veremos que sí.



 

Todos hemos oído hablar en Psicología de los “complejos”; ese conjunto de factores tanto congénitos como adquiridos que producen alteraciones de conducta. Ahora bien, ¿cómo es que se forma y, lo que es más importante e interesante, cómo se desarrolla?.

 

Supongamos que tomamos un ejemplo a partir de un niño. Como en todo ser humano existen elementos en su personalidad que le son transmitidos genéticamente, formando un conjunto de factores psíquicos propios a toda la humanidad y que conforman lo que llamamos inconsciente colectivo. Esos factores son lo que llamamos arquetipos.



 

El psicólogo suizo Carl Gustav Jung demostró que en realidad anidan en nosotros dos inconscientes; por un lado, el personal o individual, que es lo que define las particularidades tipológicas (carácter y temperamento) de cada uno de nosotros; es el que nos hace diferentes unos de otros. Pero, por otra parte, todos tenemos un inconsciente colectivo, o mejor aún, una parte de él, que compartimos con toda la especie humana.

 

La afirmación de que “todos los hombres somos hermanos entre nosotros” encuentra en Jung una explicación psicológica. Todos integramos una memoria ancestral, racial, una gran mente mundial, como un gigantesco cerebro que se reparte en innúmeras células independientes. Cada uno de nosotros somos una de esas células. Esa mente omnipresente está en todos nosotros. ¿Y cómo sabemos de ella?. Muy sencillo.



 

Todos los seres humanos somos diferentes por acción de nuestros inconscientes individuales. Pero, también, todos tenemos características comunes por nuestro inconsciente colectivo. Estas características son los arquetipos e integran algo así como una cédula de identidad del género humano. Son nuestros rótulos de identificación. Algunos de ellos son:



 

  • el arquetipo del Viejo Sabio (presente cuando afirmamos, por ejemplo, “tal cosa es así –no porque yo lo razoné o así lo concluyo– sino porque lo dijo Fulano de Tal (diplomado por una universidad X)”, o, en un nivel sociocultural menor, “tal cosa debe ser verdad porque lo dijo la radio (o la televisión, o el diario)”. Anteponemos un criterio de autoridad real o supuesto, delegando en un tercero la asunción de la responsabilidad por nuestros decires;

  • el arquetipo de la Gran Madre (la raíz de los cultos a la fertilidad y a la tierra como diosa madre, presente en los fundamentos de todas las religiones, aun las más modernas. Tal el caso del catolicismo donde encontramos una verdadera “raíz pagana” en el culto de la Virgen. Y aunque duela a más de un oído cristiano, debemos aceptar que esto es así, por varias razones: (1) porque el culto a la Virgen como Madre de Dios no es privativo del catolicismo sino, de hecho, anterior en milenios, tanto en oriente como en occidente; (2) porque las Vírgenes adoradas en la Edad antigua y la Baja Edad Media (es decir, cuando aún estaban próximos en el tiempo los orígenes del Cristianismo) eran negras –como las que aún subsisten en muchas partes de Europa, Centro y Sudamérica, como la Virgen de Caá Cupé en Paraguay y está demostrado que es sólo una transposición cultural del culto a Isis y sólo pasan al “color” actual cuando en la alta Edad Media una bula pontificia, eminentemente racista, identifica al “negro” con el demonio (tal el caso de los gatos) para justificar el exterminio de musulmanes y africanos;

  • el temor a la oscuridad (obvio en todos los chicos –y otros que no lo son tanto). El temor a la oscuridad es evidentemente ancestral, remontándose al tiempo en que los homínidos (futuros hombres) cazaban de día, reyes de la pradera, pero en las noches permanecían ocultos y aterrados, en árboles y cavernas, horas en que los animales de presa salían a buscar su alimento y los cazadores pasaban a ser cazados;

  • el temor a lo desconocido (todo ser humano tiene miedo a lo que no conoce, y por extensión puede interpretarse como el temor al cambio. ¿Cuántas veces nos han ofrecido empleos mejor remunerados que el que poseemos, mejor status social, más perspectivas y sin embargo... a último momento algo nos retiene, nos hace dudar, algo intangible... Ya lo dice el refrán popular: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Si ustedes lo analizan, este dicho carece por completo de lógica y sentido. Pero es verdadero, en tanto es popular, inconsciente... y arquetípico);

  • el instinto sexual (obvio en todos los seres humanos);

  • el instinto de poder (también obvio en todos nosotros, así como su antítesis inmediata, el Complejo de Inferioridad);

  • la necesidad mágica (también llamada Necesidad Religiosa) que define esa “religión natural” que anida en el hombre, como en él anida una “moral natural”.

 

El hombre es mágico, vale decir, religioso per se, aunque una educación racional lo convierta en “ateo”, o en lo que a él le parece que es ser ateo, pues siempre se ha formulado las preguntas básicas: ¿Existe Dios?. ¿De dónde venimos?. ¿Hacia dónde vamos?. ¿Hay vida después de la muerte?. Y, muy especialmente, ¿Cuál es la razón, la misión de mi presencia en La Tierra?.

 

Ahora volvamos al ejemplo del niño al que hiciéramos referencia antes de esta digresión sobre arquetipos.



 

En este chico anida, como en todos, el arquetipo del Miedo a lo Desconocido y el Temor a la Oscuridad. Cierto día (¿o deberíamos decir “cierta noche”?) regresa a su casa más tarde que de costumbre y ocurre que alguien, un amigo o familiar, para gastarle una broma pesada, lo espera agazapado detrás de un árbol, enmascarado... sorpresivamente salta a su paso, con el susto subsiguiente del niño.

 

Ya se ha creado un complejo: el hecho traumático se incrusta en la vida psíquica de ese niño, queda allí fijado (del término “fijación”) como una espina que no es extraída. Al paso del tiempo ésta comienza a crear una infección que va extendiéndose, multiplicándose las bacterias que crecen lozanas porque nosotros las alimentamos.

 

Ahora bien. A medida que pasa el tiempo, ese “complejo latente” se va alimentando de las vivencias del sujeto, que tienen correspondencia con el shock inicial. Así el complejo va creciendo a expensas del deterioro de la esfera psíquica del individuo. En cierto modo el complejo comienza a adquirir independencia psíquica como si se tratara de un ser autónomo e infradotado. Así, si no hay tratamiento de por medio, ese complejo comienza a fagocitarnos psíquicamente, polarizando hacia sí todos aquellos elementos del inconsciente que sirvan a su crecimiento (¿recuerdan el comentario de los “vórtices” de la introducción?). Estos complejos son autónomos en cierto grado, dado que no pueden existir sin el sujeto que les dio vida.



 

Estas extensas consideraciones deben sustentar el hecho plausible de aceptar que en el plano astral también existen “parásitos”, que en Ocultismo reciben el nombre de “larvas astrales”.

 

Su origen se encuentra en la sustancia astral que puede constituirse en entidades psíquicamente independientes, constituidas de elementos mentales inferiores y empleando el “cuerpo de los deseos” o cuerpo astral como soporte, algo así como “animales” de otros planos, con cierto grado de malignidad o muy bajo nivel de evolución espiritual en cualquier punto del universo. También, aunque el cuerpo astral se desintegra después de un cierto tiempo de muerto el cuerpo físico que le dio sustento, es posible que algunas “larvas” estén conformadas por el remanente luego de la muerte de un ser humano particularmente thanático, y de hecho, si ese remanente “parasita” la materia astral de otros seres vivos, puede prolongar un cierto tiempo más su postexistencia.



 

No debe confundirse con el “paquete de memoria”, al que nos referiremos más adelante, constituido por remanentes psíquicos; lo que nos enseña que las “larvas astrales” carecen de psiquismo o, en el mejor de los casos, éste no presenta grandes diferencias con el fetal.

 

Esta sustancia astral vaga al azar en planos correspondientes con el nuestro, pero circunstancialmente se siente atraída por ciertas singularidades en su plano (el astral). Esas singularidades son la correspondiente astral de las perturbaciones físicas y/o psíquicas que los seres humanos sufrimos.



 

Vale decir que la existencia de una “enfermedad” física o psíquica creará una discontinuidad en el plano astral que actúa como un señuelo, una llamativa señal para esas larvas que, inexorablemente, se sienten atraídas hacia ella.

 

Así, se ubican en las proximidades del ser afectado, incrementando su propia vitalidad a expensas del cuerpo astral de ese humano, parasitándolo. La sostenida pérdida de materia astral tiene, obviamente, su contraparte en los otros planos del sujeto, incrementando sus problemas físicos o psíquicos, pudiéndole llevar a la muerte.



 

Se generan así los cuadros de “obsesión” y “posesión” a que han hecho referencia todas las religiones. La diferencia entre una situación y otra es que mientras en la “obsesión” la larva astral simplemente consume progresivamente la materia astral de la víctima, en la “posesión” la larva pasa a ocupar el continuun espacio-temporal del sujeto.

 

Entonces, ¿qué ocurre con la supuesta “personalización” en los cuadros de “obsesión” y “posesión”, es decir, cuando el ente adopta nombre o se expresa a través de la víctima?.



 

En realidad, estos casos son mínimos, pero ciertamente graves, pues señalan que la larva astral “capturante”, por decirlo así, ha absorbido o ha sido absorbida por un paquete de memoria thanático o un elemental.

 

Estas monstruosas simbiosis son, por desgracia, perfectamente posibles. En realidad, su existencia es finita, pues tarde o temprano uno terminará reabsorbiendo al otro (en estos casos, las larvas generalmente llevan las de perder), pero si en el ínterin caen en el vórtice generado por la perturbación de un ser humano, doble será el acoso que el mismo sufrirá.



 

Recordemos que las larvas astrales carecen de consciencia o la tienen en un grado muy primario, mientras que los “paquetes” por citar un ejemplo, cuentan con remanentes de la misma, una consciencia-subconsciente casi crepuscular, pero carecen del medio (sustancia) idóneo para manifestarse. Cuentan, entonces, con tres formas de hacerlo. Y sobre esas formas hablaremos en el apartado siguiente.

 

Paquetes de memoria con alto contenido thanático
 

Esas tres formas de manifestarse de los PMT (Paquetes de Memoria Thanáticos) son, respectivamente: (a) a través de la clarividencia de ciertos sensitivos o dotados que, racionalizando su percepción inconsciente a través de los filtros de sus condicionamientos culturales (generalmente bajos) creen ver “fantasmas”. Esos “fantasmas” sólo existen fuera de él o ella en forma de “potenciales energéticos” no visibles al ojo humano. Cuando cree “ver” un fantasma, en realidad lo que está haciendo es “hacer comprensible” lo que percibe inconscientemente (pero no sabe qué es) a través de los cristales de una educación o sistema de creencias determinado.

 

En estos casos, el PMT se “enlaza” a la persona y, si ésta desconoce las técnicas de “desenganche”, corre el riesgo de quedar psicológicamente dependiente de este PMT cuyo “lapso de vida” es, obviamente, muy superior al del sujeto al cual adhiere.



 

Las otras dos formas en que nos pueden perjudicar los PMT consisten en: primero, la consustanciación del PMT con “ectoplasma” emitido por sensitivos. Como todo estudiante de Parapsicología sabe, el ectoplasma es materia (lípidos, células epiteliales y tejido conectivo) que algunos sensitivos exudan por los orificios naturales del cuerpo, a expensas de una descarga de Enpsi (“ENergía PSÍquica”), también conocida como “telergia”.

 

En ocasiones, este ectoplasma toma una forma definida: una mano, un rostro, un cuerpo humano, habiendo sido este un fenómeno muy común en las sesiones mediúmnicas de las tres décadas primeras de nuestro siglo. Este fenómeno recibe entonces el nombre de “ectocoloplasma” o “ideoplastia”.



 

Finalmente, la tercera forma de problemática consecuencia de la acción de un PMT es cuando se asocia con una “larva astral” –situación ya comentada–. Ahora bien, ¿qué es exactamente un PMT?.

 

La primera pregunta que debemos hacernos es obvia: ¿existe algo después de la muerte?. Y aquí voy a regresar a algunos conceptos vertidos en mi ensayo “Parapsicología Aplicada”, texto de estudio en los cursos de Parapsicología por mí dictados.



 

Los parapsicólogos afirmamos que los fenómenos paranormales son producidos (a falta de mejor definición) por una energía no física. Como sabemos, toda energía física, para ser tal, debe cumplir varios axiomas, entre ellos los de que la suma de los efectos debe ser igual a la suma de las causas, y que el cuadrado de su coeficiente debe ser inversamente proporcional a la distancia y el tiempo en que se manifiesta.

 

Veamos un ejemplo para este caso. Enciendo un mechero de gas. Aproximo mi mano. Percibo un determinado índice de calor. Comienzo a alejar mi mano. Cuanto más alejo mi mano, menos calor siento. La energía (calor) es inversamente proporcional a la distancia.



 

Supongamos ahora que en ese mechero caliento un cuchillo, hasta que éste se pone al rojo. Apago el mechero. Cuanto más tiempo pasa, menos calor irradia la hoja. En este caso, la energía es inversamente proporcional al tiempo.

 

Con la energía psíquica, o “enpsi” ello no ocurre. Las experiencias demuestran que el índice de resultados es independiente de la distancia entre los sujetos participantes; así, en una práctica de telepatía por ejemplo, los resultados son altos o bajos así medien cuatro metros o dos mil kilómetros entre ellos. Además, la existencia de los fenómenos de precognición (percepción del futuro) y postcognición (percepción del pasado) demuestra que la relación tiempo-enpsi es inexistente.



 

De ello podemos deducir que esa “energía”, enpsi, se transforma, de alguna manera, luego de muerto el individuo. Si puede proyectarse al futuro, es porque se independiza de su entorno biológico (“nada se pierde, todo se transforma”).

 

Adherimos entonces aquí a la hipótesis del biólogo Jean-Jacques Delpasse: “paquetes de memoria”, incluyendo los primitivos “núcleos de personalidad” del individuo (ya presentes en la gestación fetal), todo ello consecuencia de la transformación de las energías psíquicas a que hemos hecho referencia (enpsi y “libido”, o suma de impulsos eróticos y thanáticos), que luego de la muerte del individuo “escapan” al mismo y sobreviven, atravesando fases de transformación a los que oportunamente haremos referencia.



 

La acción que estos PM por sí solos pueden ejercer en el mundo de los seres biológicamente activos es mínima, y siempre desencadenará en nosotros respuestas de la esfera subjetiva; dicho gráficamente, un “fantasma” no atentará contra nuestras vidas ni solucionará nuestros problemas, pero según priven en él impulsos eróticos o thanáticos actuará influyendo en un sentido u otro, siempre en relación directa y constante con el índice de armonía y equilibrio psíquico que en nosotros existe.

 

De allí que las personas más inestables psíquicamente sean no solamente quienes más fácilmente detectan la presencia de estos “paquetes de memoria”, sino también quienes más sensiblemente son víctimas o beneficiarios de la acción de los mismos. Y aquí deberíamos retrotraernos al problema original de la existencia de Dios.



 

Entiendo que antecede una aclaración: éste no es un tratado monotemáticamente teológico, por lo cual no acompaño esta monografía con todas las informaciones, documentos, juicios y razonamientos que obran en mi poder. Me bastará con exponer la teoría y acompañarla de algunos argumentos lógicos, a fin de hilar la temática. Oportunamente, he de regresar en extensión sobre el tema.

 

Pocas dudas quedan actualmente sobre el origen del Universo. Hace unos veinte mil millones de años, todo se reducía a una inmensa masa de gas, polvo y energía latente. El “núcleo de personalidad fetal”, con sus impulsos primarios. Repentinamente ocurrió lo que los científicos conocen como el “Big Bang”: la primera Gran Explosión, que expulsó energía y materia en todas las direcciones del Cosmos; una indudable reacción erótica.



 

A ello, debió oponerse su contrapartida thanática: la tendencia a la contracción del Universo, y entre ambos su justo equilibrio, lo que hoy llamamos principio de entropía, y que podría formularse (reelaborando el “principio de Carnot” o segunda ley de la Termodinámica) como “la tendencia de toda energía a distribuirse uniformemente en todos y cada uno de los puntos del Universo”. El Big Bang y la entropía son dos caras de la misma moneda. Principio y fin de un proceso que yo llamo de Gestación de Dios. Porque afirmo que Dios ni existe ni deja de existir: Dios está en gestación, re-creándose a sí mismo permanentemente, día a día, segundo a segundo, eón a eón, en cada punto del Universo. Porque cuando toda la materia del Universo se haya transformado en energía y toda esa energía se haya distribuido entrópicamente, el Universo se hallará perfecta y armónicamente equilibrado: el Universo será Yin Yang. Para ese entonces, los “paquetes de memoria” detonados por las criaturas pensantes, cualquiera fuere su origen en ese ex Universo, también se habrán distribuido entrópicamente.

 

Por supuesto a estas consideraciones habría que agregar que dado que el Tiempo (o, para ser más precisos, “el paso del...”) es una concepción meramente humana (a nivel cósmico el tiempo es una energía que fluye en sentido contrario a la materia) el “futuro” o “pasado” de Dios son también el “presente”, lo cual equivale a decir que Dios se gesta (se gestó-se gestará) fuera del Tiempo tal como lo percibimos, ya que al ser el Todo, también Todo el Tiempo es parte de El.



 

He allí el gran papel que hemos de desempeñar: evolucionar eróticamente hasta que, dentro de algunos eones, nos transformemos en Uno con el Universo. Nunca más cierto, entonces, que en cada ser humano anida una chispa divina. El Destino es ser Dios: cuando el Todo sea un Todo pensante, armónico, omnisciente, omnipresente, omnipotente, omnisapiente.

 

Perfectamente fundamentados en la Física moderna, podemos suponer que los “paquetes de memoria” o “almas” eróticas (lo que la Iglesia católica, por caso, llama “almas justas”) impulsadas por una velocidad de escape mayor que las thanáticas (“injustas”) hacia el “borde” del Universo, esperan la dispersión entrópica de las demás. Estas últimas pueden perderse en “agujeros negros”, estrellas que estén colapsando u otros fenómenos cósmicos caracterizados por “capturar” energía, de donde tal vez nazca la primitiva concepción de “infierno”; o atrasando la transformación del “paquete de memoria” en energía entrópica. Puede ocurrir entonces que los paquetes eróticos polaricen la atracción de los paquetes thanáticos, “ayudándoles a evolucionar”, despegándolos de la tierra. He allí, tal vez, el origen del espiritismo, inexacto y plagado de malformaciones de contexto, y si aceptamos la posibilidad científica de que los agujeros negros sean el paso hacia una especie de “universo paralelo”, es posible concebir un co-Universo que sin ser el reducto de la “maldad” sí sería depósito de “paquetes de memoria” aferrados a la materialidad, involucionando.



 

 

  1   2   3   4


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje