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T E R E S I A N U M
PONTIFICIA FACULTAS THEOLOGICA

PONTIFICIUM INSTITUTUM SPIRITUALITATS


La Fe

como virtud teologal fundamental

en el Catecismo de la Iglesia Católica

Dissertatio ad Lauream in Instituto Spiritualitatis

Pontificiæ Facultatis Theologicæ Teresianum

Romæ - 2004

Dedico este trabajo,

que resume muchísimas horas

de estudio y elaboración

a aquellos que me han ayudado

a hacerlo realidad:

Al noble pueblo de Atri

que desde el primer momento

me recibió como a un hijo,

me trató como a un padre,

y me alegró con el gozo continuado

del ejercicio del ministerio pastoral,

de los nuevos amigos,

esculpidos para siempre en el corazón

y también con sus montañas y paisajes,

desde el Adriático hasta el Gran Sasso.

Al R.P. Jesús Castellano Cervera,

un maestro del que siempre quisiera ser discípulo.
A mis queridos amigos italianos,

que me sostuvieron con su cercanía y afecto:

Lucia y Paolo, César, Francesca, Angelo, Pío y Federica,

Giampaolo y Alessia, Carmine,

y tantos otros...

A todos los que

desde mi querida Argentina

contaban los días para mi regreso:

mi familia, mis amigos, mis feligreses

(¡también mis ciber-feligreses!),

y a todos los que me arroparon con sus oraciones,

con su permanente afecto,

con la yerba para el mate

y el corazón siempre dispuesto

para el reencuentro.


¡Tuyo es el Reino,

tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor!


ÍNDICE

INTRODUCCIÓN 2

CAPÍTULO PRELIMINAR


El Catecismo de la Iglesia Católica: acerca de su estructura,

y consideraciones generales introductorias. 9



I PARTE: TEOLOGÍA SISTEMÁTICA



INTRODUCCIÓN 16




CAPÍTULO I – LA PROFESIÓN DE LA FE 17

1 – La Fe, hilo conductor de todo el Catecismo,

y columna vertebral del I bloque. 17

2 – Fe: concepto emergente del Catecismo. 20

3 – Fe y celebración, Fe y vida en Cristo, Fe y oración. 25

4 – Conclusiones 28



CAPÍTULO II – LA CELEBRACIÓN DE LA FE 39

1 – Fe y Liturgia. 40

2 – Una liturgia con fibra trinitaria. 48

3 – El Misterio y los misterios de la Fe. 52

4 – Conclusión: sacramentos del Sacramento 58
CAPÍTULO III LA VIDA DE FE 62
1 – Vida de Fe como vida en el Espíritu. 62

2 – El dramático divorcio entre la Fe y la vida. 68

3 – Una Fe no “privada” ni privatizada... 76

4 – Conclusión: mandamientos de la Fe. 82


CAPÍTULO IV LA FE ORANTE 89
1 – Lex orandi, lex credendi. 89

2 – La Fe como fuente de la oración. 94

3 – El “Hoy” como fuente de la oración. 99

4 – Conclusión: vida de oración y vida de Fe. 102



CONCLUSIÓN DE LA Iª PARTE 107




II PARTE: TEMAS TRANSVERSALES DE ACTUALIDAD



INTRODUCCIÓN 109

CAPÍTULO V – LA FE COMO ESCUCHA 110


1 – La obediencia como escucha, y la escucha como Fe 110

2 – Escuchar, o no escuchar: ésa es la cuestión... 117

3 – ¡Ojalá escuchen hoy la voz del Señor!... 121

4 – Conclusión: Amén! 125




CAPÍTULO VI - LA FE COMO CONVERSIÓN 133

1 – La fe como fuerza viva, dinamismo vital. 134

2 – Hallazgo y búsqueda 140

3 – La conversión de la Fe y la conversión a la Fe 145

4 – Conclusión: “Aversio” y “Conversio” en la sensibilidad

contemporánea y en la piedad popular. Cristo, medida de la cultura. 154


CAPÍTULO VII - LA FE Y ALGUNOS DESAFÍOS DE

LA SENSIBILIAD DEL HOMBRE POST-MODERNO 161

1 – El miedo y la religión. 161

2 – El vértigo frente a las definiciones. 166

3 – La alegría de creer. 173

4 – Conclusión: la esperanza de la fe. 181

CAPÍTULO VIII - LA FE Y LA ECOLOGÍA 188

1 – La obra del Creador y la casa de los hombres 189

2 – Ecología y “Economía” 196

3 – Pantocrátor versus panteísmo. 200

4 – Conclusión: la Fe en los “cielos nuevos y tierra nueva” 207

CONCLUSIÓN DE LA II PARTE 214




REFLEXIONES FINALES 216

1 – La virtud de la fe 216

2 – Fundamento divino y humano 219

3 – Frente a una nueva era, una fe renovada 222

4 – Razón de la esperanza, y fundamento para la vida 229


CONCLUSIÓN GENERAL 236
BIBLIOGRAFIA 244
Ut vitam habeant, et abundantius habeant”


INTRODUCCIÓN
La finalidad de mi estudio es poner de manifiesto algunos aspectos de la riquísima doctrina espiritual contenida en Catecismo de la Iglesia Católica,1 y más concretamente aquellos referidos a la fe como virtud teologal cuyo inicio, crecimiento y consumación realiza de modo determinante (aunque no definitivo) la existencia del cristiano.
La referencia a la fe como virtud teologal fundamental quiere situarla en su natural contexto relacional con la Esperanza y la Caridad, para que sea haga más evidente que si la caridad es plenitud, la fe es fundamento, con toda la fuerza y el sentido del concepto. Así, el presente aporte procederá de modo tal que no aísle el rico contexto vital y teológico de la virtud en cuestión.
Convencido de que la riqueza bíblica del tratamiento que se da a la fe en el Catecismo es más que suficiente, mi trabajo intenta poner de manifiesto también este aspecto, en una época donde no pocas veces el primado de un cierto psicologismo tiende a desplazar este supuesto básico imprescindible de toda seria reflexión teológica. Partiendo de la célebre y lapidaria afirmación de la carta a los Hebreos, citada al menos dos veces por el Catecismo,2 que es clara y contundente: “Sin la fe es imposible agradar a Dios” (Hb. 11,6).
Si durante la modernidad la tentación permanente fue la de despreciar la fe desde la razón, cuando no de destruirla al racionalizarla pura y simplemente, el hombre post-moderno corre el riesgo de volverla puramente sentimental, sin consistencia ni contenido, un puro afecto vago y ciego.

2
Frente a estos extremos, me propongo demostrar cómo la proposición de la fe que surge de la presentación del Catecismo de la Iglesia Católica es no sólo teológicamente equilibrada, sino que desde la perspectiva antropológica no deja fuera ninguna dimensión auténticamente humana, ninguna aspiración religiosa de las que se elevan desde lo profundo del corazón humano de todos los tiempos. Y cómo desde la fe se puede encontrar la respuesta más equilibrada incluso frente a desafíos específicos emergentes en nuestro tiempo (Vg. la ecología).


Específicamente, el presente trabajo analiza contextualmente la presentación de la fe católica que surge del Catecismo, pero sin limitarse sólo al primer bloque (que sería el más específico), sino recorriendo de punta a punta el mismo, para permitir que las constantes afloren con más evidencia.
Es por eso que en la primera parte de la tesis tomo el esquema mismo del Catecismo (las cuatro grandes partes del mismo), abordado desde la perspectiva de la fe, con insoslayables subrayados y matices propios (que constituyen incluso esquemáticamente parte de mi humilde aporte); esta primer parte, que llamo sistemática, queda conformada por cuatro capítulos:
I - La profesión de la fe

II - La celebración de la fe

III - La vida de fe

IV - La fe orante


En la segunda parte desarrollo temas transversales que hacen evidente que la “más fundamental” de las virtudes lo es tal no sólo a la hora de cimentar el andamiaje conceptual de la teología (y aquí concretamente del Catecismo), sino - y sobre todo! - a la hora de hace vida la fe en la cotidiana existencia creyente. En esta segunda parte es posible percibir una ulterior subdivisión (que de todos modos no hago esquemáticamente explícita): los dos primeros capítulos recogen ciertas “constantes” en la vida de fe del hombre de todos los tiempos:
V - La fe como escucha (con toda la riqueza bíblica del concepto).

VI - La fe como conversión (en un sentido no restrictivo, no sólo moral)


Los últimos dos capítulos han sido escogidos conjugando algunos de los muchos aportes significativos del Catecismo con algunos rasgos del hombre postmoderno sobre los cuales creo que es preciso apuntar en el espíritu de la Nueva Evangelización:
VII - La fe y algunos desafíos de la sensibilidad del hombre postmoderno (miedos, condicionamientos y fragmentaciones, y principio de unidad interior, de esperanza y alegría)

VIII - La fe y la ecología (una ecología desde la fe).


La importancia en sí del tema elegido no necesita ulteriores aclaraciones, pues la fe es mucho más que un “tema” en la vida del creyente y en la vida de la Iglesia: incluso suponer y afirmar que se trata de una dimensión transversal, visceral en la existencia cristiana, es demasiado poco: la fe es un constituyente elemental, básico, fundamental (con toda la fuerza de la palabra) de la identidad y del obrar del cristiano, hasta tal punto que sin la presencia de la fe la vida cristiana sencillamente no existe. No es casualidad que en nuestro modo de hablar vida cristiana y vida de fe sean prácticamente convertibles.
A lo largo de mis años de ministerio sacerdotal, escuchando y atendiendo al Pueblo Santo de Dios, cada día ha crecido en mí la convicción de que el “tema” de la fe, el “problema” de la fe, las “cuestiones” de fe y todo lo que se desarrolla y gira en torno a la misma es tan profundamente comprometedor en la vida del ser humano que en buena medida (quizás en la mayor medida) todo, desde lo más cotidiano y trivial hasta lo más trascendente y solemne queda profundamente transido por este don de lo alto y la respuesta que genera en el corazón humano.
Destaco este carácter de don de la fe, porque el tema es la fe cristiana, y no está de más recalcarlo, en tiempos de fe “privatizada”, o manufacturada “a imagen y semejanza”... de sí mismo. Fe cristiana que jamás puede ser desgajada - cuando se lo hace, se la destruye en su dinámica específica - de las otras virtudes teologales: la esperanza, que brota como un torrente casi incontenible a partir de la fe, y de la caridad, que le da su forma plena.
Subrayando el aspecto de le fe como don no pretendo sobrevolar o infravalorar la dimensión humana que es de algún modo propedéutica del mismo. En este sentido, mi trabajo seguirá a pie juntillas el planteo mismo del CCE, que parte desde un horizonte amplio, en el cual también se considera la fe en un sentido más lato, como predisposición humana más que como don sobrenatural. Porque este nivel preambular es importante, es esencial en la historia del hombre como ser creyente, y el Catecismo lo asume desde el inicio mismo: “EL HOMBRE ES CAPAZ DE DIOS”.3
Todavía más aún: esta capacidad divina del hombre no queda definida sólo como una firme posibilidad, o como una opción importante y enriquecedora: “Sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar”.4 Sentencia que es claro eco del texto de Gaudium et Spes que el CCE añade inmediatamente: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador”.5
El Catecismo permanentemente procede de tal modo que las tres virtudes teologales aparecen siempre en la inseparable dinámica que las caracteriza. Quizás uno de los párrafos más significativos que se pueda aquí traer a colación sea el que se encuentra en los Nros. 2087-2094: el primer mandamiento (sobre el cual se escucha demasiado poco en las confesiones!!...) aparece directamente presentado en primer lugar como un ejercicio de fe, esperanza y caridad. Durante mi trabajo volveré una y otra vez a situar la fe en este rico contexto vital.
De todos modos, queda en claro que la proposición de la fe que hace el CCE tiene en cuenta el estilo, la sensibilidad y la idiosincrasia del hombre contemporáneo: no se trata - ni remotamente - de una propuesta fundamentalista, en la que un cuerpo doctrinal es propuesto como un puro y simple “depósito” que debe ser a ultranza mantenido “intacto”;6 se trata más bien del esplendor de la Verdad cuya luz se ofrece a todos: lo que se busca es “mostrar serenamente la fuerza y la belleza de la doctrina de la Fe”,7 dice Juan Pablo II refiriéndose al Concilio para presentar el Catecismo casi como un ulterior documento del mismo, y ciertamente en el mismo espíritu.8

Además, el mismo CCE nos ayuda a superar una cierta comprensión “estática” de las virtudes infusas, según la cual las mismas, una vez infundidas en el Bautismo, se poseen casi como quien posee una piedra en su bolsillo, inmutable e inmarcesible, y que “adornará” la vida cristiana de modo más o menos conveniente, según las convicciones o circunstancias.


La fe es parte fundamental de un dinamismo viviente que es la vida espiritual del bautizado, y que puede atravesar tantas vicisitudes cuantas tiene la vida. No en vano ya en el prólogo del CCE, se titula a la tercera parte del mismo “La vida de fe”, y a la cuarta: “La oración en la vida de fe”.9 Más aún: la fe es definida como el comienzo de la vida eterna.10
No hay, por lo tanto, “esquizofrenias” entre la teología y la pastoral: en buena medida, todo el ministerio del sacerdote puede ser definido como acción de suscitar, alimentar, sostener y ayudar a la madurez y plenitud de la fe de sus hermanos.11 Cuando teología y santidad van juntas como debe ser (lo contrario es una desnaturalización que falsea a ambas) se produce una mutua verificación que garantiza y sirve a ambas.
Las fuentes bibliograficas elegidas dan atención preferencial a los trabajos realizados sobre el tema de la fe luego del Concilio Vaticano II, y particularmente la surgida en el entorno y al calor del Catecismo. El alcance en este sentido es, a fuerza de específico, limitado. Sin ignorar la literatura precedente (mucha de la cual preparó la reflexión teológica del Concilio), me he apoyado decididamente sobre aquella que inaugura un nuevo estilo teológico.
Concretamente, el Catecismo mismo constituye la fuente principal de este trabajo, fuente cuya historia y pre-historia, cuya estructura e infraestructura puede conocerse muy bien por diversos motivos: el momento histórico en el cual fue gestado, la iniciativa colegiada que motivó su aparición (concretamente el Sínodo extraordinario con motivo del XX aniversario de la clausura del Concilio), el itinerario y espíritu de la preparación del texto, las nueve versiones previas a la promulgación y las correcciones posteriores, además de las múltiples intervenciones del Magisterio en relación al mismo, y los ricos y variados comentarios de quienes de uno u otro modo han participado en su elaboración, a los cuales he privilegio de modo evidente en la elección de la bibliografía. Este marco señala al mismo tiempo los límites de mi campo de búsqueda y trabajo.
Obviamente, todas las citaciones que hago del CCE se refieren a la versión definitiva (con las correcciones de 1997), pero teniendo especialmente en cuenta la primera edición de 1992, pues una y otra evidencian un particular punto de llegada, y las diferencias entre ambas de algún modo reflejan el espíritu con que fueron recibidas estas enseñanzas, y algunas vicisitudes del momento histórico concreto.
La metodología de trabajo (que pretende ser parte de mi aporte) consiste en realizar una “lectura inteligente y vital” del Catecismo, que trata de espigar, con el mayor cuidado y la mayor fidelidad posible, la rica presentación ofrecida en el mismo, de la cual emerge con fuerza la fe como la virtud teologal fundamental, entendiendo este concepto en el modo más completo y vital posible: no se trata de una fe abstracta, desencarnada, meramente conceptual, ilustrativa o escolástica: es la fe profesada en la liturgia: “Ésta es nuestra fe, le fe de la Iglesia, la que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús nuestro Señor”; es la fe de los mártires de todos los tiempos, la fe que engendra, nutre y sostiene la oración.
Los estudios y comentarios al CCE abundan, pues se trata de una obra lo suficientemente reciente como para justificar un relativo interés sostenido en relación a la misma. Sin embargo, no he encontrado nada que aborde el tema desde mi específica perspectiva. Con mi aporte, muy lejos de agotar el tema, intento esbozar una línea de reflexión que pueda ser ulteriormente profundizada.
Resulta a esta altura claro que mi perspectiva es teológico-pastoral, y que intento aportar y volcar aquí todos los años de ministerio pastoral en los que, en diversos niveles y de distintos modos, me he inspirado en el Catecismo para exponer y trasmitir la fe de la Iglesia, y debo decir que siempre - por gracia de Dios - con óptimo resultado.12

Hay quienes, desde un fundamentalismo cerrado, pretenden que el Concilio Vaticano II no realiza aportes significativos a la teología por tratarse de un Concilio eminentemente “pastoral”... La humilde contribución del presente trabajo quiere avanzar, en la línea del Concilio, en una teología imbuida de la vida misma de la Iglesia, es decir, una teología económica, o si se prefiere, una teología como historia de la salvación. Creo que es precisamente por eso que en el CCE se encuentran tantas citas de los santos de todos los tiempos (aunque privilegiando a los santos Padres), y pasajes de sus vidas que muestran un fe profundamente encarnada en sus existencias, y cuyas enseñanzas quedan refrendadas por su testimonio. Es un camino de reflexión que debe ser siempre enriquecido, pues la mejor teología de la Iglesia no se encuentra en sus libros, sino en su vida.





CAPÍTULO PRELIMINAR

El Catecismo de la Iglesia Católica: acerca de su estructura,

y consideraciones generales introductorias.

Que el CCE contenga cuatro bloques, dedicados a la fe, la celebración de la fe, la vida de fe y la oración en la vida de la fe no es, desde el punto de vista de la organización temática, una novedad absoluta. Ya el Catecismo de San Pío V presentaba esta modalidad.


Juan Pablo II explica el porqué, pero dejando además en claro que un catecismo nunca es una mera repetición de lo ya dicho, o un catálogo actualizado con nuevos pecados, (según se escuchó decir en algunos mass media los días de la presentación del CCE); en cierto sentido un catecismo es siempre antiguo y siempre nuevo (o mejor aún: lo de siempre, siempre nuevo), al ser mediación de una fe que no cambia profesada desde el corazón de un hombre situado en un mundo de permanente cambio:
“Un catecismo debe presentar fiel y orgánicamente la enseñanza de la Sagrada Escritura, de la Tradición viva en la Iglesia y del Magisterio auténtico, así como la herencia espiritual de los Padres, de los santos y santas de la Iglesia, para permitir conocer mejor el misterio cristiano y reavivar la fe del Pueblo de Dios. Debe tener en cuenta las explicitaciones de la doctrina que el Espíritu Santo ha sugerido a la Iglesia a lo largo de los siglos. Es preciso también que ayude a iluminar con la luz de la fe las situaciones nuevas y los problemas que en el pasado aún no se habían planteado.

El Catecismo, por tanto, contiene cosas nuevas y cosas antiguas (Cfr. Mt 13,52), pues la fe es siempre la misma y fuente siempre de luces nuevas.



Para responder a esta doble exigencia, el ‘Catecismo de la Iglesia Católica’, por una parte, recoge el orden ‘antiguo’, tradicional, y seguido ya por el Catecismo de San Pío V, dividiendo el contenido en cuatro partes: el Credo; la Sagrada Liturgia, con los sacramentos en primer plano; el obrar cristiano, expuesto a partir de los mandamientos, y, finalmente, la oración cristiana. Pero, al mismo tiempo, el contenido es expresado con frecuencia de una forma ‘nueva’, con el fin de responder a los interrogantes de nuestra época”.13
Clonación, fecundación in vitro, armas bacteriológicas y químicas, desarrollo ecológicamente sustentable, alimentos transgénicos... Conceptos insospechados hasta hace relativamente poco tiempo, y que hoy ocupan y preocupan al corazón del hombre contemporáneo... y que reclaman una respuesta desde la mirada más totalizante que puede surgir del creyente: precisamente la de la fe.
Hay, además, algo muy importante, sobre lo cual quizás no se reflexiona lo suficiente: me refiero a algo que incluso podría considerarse una traición al espíritu de las enseñanzas del Señor en el Evangelio, y que consiste concretamente en anteponer la actitud moral del hombre a la invitación-iniciativa divina de la fe, y a la fiesta que la misma provoca... Para hacer más gráfico este error: es como si desplazásemos el tercer bloque del Catecismo al primer lugar, antes (y - obviamente - como condición previa) del primer bloque, referido a la fe, y antes también del segundo, referido a la liturgia...
Es muy posible que el pelagianismo, además de una herejía fuerte y peligrosa en algún momento de la historia de la Iglesia, constituya algo así como una tentación permanente en el mundo de la fe; una tentación que a veces se pone armadura, y otras se viste de seda, tratando de encontrar cauce. Hay incluso expresiones inocentes y bienintencionadas, que no pocas veces se constituyen en corolarios catequísticos de esta especie de “pelagianismo moral”, como un eco de esta concepción: cuando se le dice a un niño “Pórtate bien, y entonces Dios te va a querer”, en lugar de “El Señor te ama siempre, y te invita a una respuesta semejante”; cuando el examen de conciencia y la confesión de los pecados no comienzan por el I mandamiento, sino por algún otro; cuando el signo distintivo de nuestras comunidades creyentes no es la acogida cordial sino los requisitos excluyentes, podemos estar seguros de que quizás insensible pero inequívocamente nos hemos trasladado a un ámbito “moral-religioso” (posiblemente más moral que religioso) que ciertamente no es el que brota de las enseñanzas de Jesucristo y que la Iglesia en su Magisterio (concretamente y sin ir más lejos en el Catecismo) quiere reflejar.
Si para un lector menos atento el orden de los bloques del Catecismo no llama particularmente la atención, el creyente descubre ya allí, en el esquema mismo, la admirable jerarquía de verdades, tan fuerte e importante en el cristianismo como débil e inconsistente en la mentalidad “light” de nuestro tiempo. Cito al respecto dos textos significativos del CCE:

“Los vínculos mutuos y la coherencia de los dogmas pueden ser hallados en el conjunto de la Revelación del Misterio de Cristo (Cfr. Cc. Vaticano I: DS 3016: ‘nexus mysteriorum’; LG 25). ‘Existe un orden o `jerarquía' de las verdades de la doctrina católica, puesto que es diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana’ (UR 11)”.14

“El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la ‘jerarquía de las verdades de fe’ (DCG 43). ‘Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos’ (DCG 47)”.15
En esta admirable jerarquía de verdades queda ya en claro en la estructura misma del CCE que la vida moral (que sugestivamente es titulada en el CCE “Vida en Cristo”), no es causa, sino exactamente lo contrario: consecuencia de la fe, una llamada e invitación a la coherencia vital con la misma. El desconocimiento o la subestimación de este orden es el que no pocas veces presenta a la moral cristiana como una utopía, impracticable cuando no incomprensiblemente ridícula y obsoleta.
Por el contrario, en la lógica de la inteligencia iluminada por la fe, y de la fe que busca la inteligencia, a la jerarquía de verdades corresponde una jerarquía de valores, que ayuda a ordenar incluso nuestra oración. Una jerarquía que ayuda a comprender cómo la fe, lejos de ser un indefinido sentimiento subjetivo o una abstracta proyección mental es un supuesto básico que ilumina de modo concreto y práctico la vida del hombre:
“Toda institución se inspira, al menos implícitamente, en una visión del hombre y de su destino, de la que saca sus referencias de juicio, su jerarquía de valores, su línea de conducta. La mayoría de las sociedades han configurado sus instituciones conforme a una cierta preeminencia del hombre sobre las cosas. Sólo la religión divinamente revelada ha reconocido claramente en Dios, Creador y Redentor, el origen y el destino del hombre. La Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la Verdad sobre Dios y sobre el hombre”.16

Jerarquía... Casi una mala palabra para nuestro tiempo. Sin embargo, no se puede no tener una, y el sólo hecho de rechazarla ya establece la posibilidad de una, irracional y sin fundamentos, igual que rechazar un orden en la vida política equivale a provocar la anarquía o la tiranía.


La jerarquización de los temas tiene intrínseca relación con la organicidad de los mismos. Del mismo modo que en una buena catequesis el método y el contenido son distinguibles pero no separables, la disposición de la materia en cuestión permite ya entrever la importancia de la misma.
“De aquí la importancia que, en la elaboración del CEC, se ha atribuido al plan (CEC 13), a la distribución de la materia (Ibíd. 3) es decir, a la división, en partes, de la totalidad doctrinal que se expone. Desde el punto de vista de la lógica interna del todo, tiene sin duda esa importancia que se le asigna. Las partes no son simplemente ‘trozos’, ‘fragmentos’, sino miembros. Además de indicar una diferenciación, una división, se refieren a una totalidad, como unidad. Las partes comparten un todo y se comparten entre sí. Tienen relaciones entre sí y con el conjunto. Por eso no se puede leer una de ellas abstrayendo de las restantes, sino en conexión con ellas. Además de estar partidas, las partes están articuladas. Sus articulaciones permiten pasar de una a otra, de modo que constituyen un movimiento interior al todo, una lógica interna que lo recorre. Reflejan una estructura; dan lugar a un organismo. Nuevamente, el concepto de totalidad no solamente cuantitativa, sino orgánica. En un catecismo, no se trata de un amontonamiento de verdades, simplemente de dar una lista de las mismas. ‘Un catecismo debe presentar fiel y orgánicamente las enseñanza de la Sagrada Escritura...’ (CEC 3)”.17
La constatación de algunas cifras confirman el papel estelar de la fe en la “infraestructura” del CCE:
“La extensión dada a las partes expresa la importancia de su articulación: la primera y la segunda cubren el 62% del texto, casi los dos tercios, mientras que la tercera y la cuarta apenas el 38%. Hay aquí una semejanza con el Catecismo Romano (CR), en el que las dos primeras partes suman 59% y las dos segundas 41%. En ese Catecismo la parte sacramental fue destacada: en vez de ser ubicada dentro del Símbolo, bajo el artículo de la Communio sanctorum, formó una parte propia, las más desarrollada, tomando un 37% frente al 21% del Credo. Esto tuvo dos razones: defender la doctrina sacramental ante la Reforma protestante y evita que el comentario al Símbolo fuera excesivo. Lamentablemente aquel plan de Trento no se respetó en la modernidad, salvo en el Catecismo del III Concilio de Lima, obra que debe mucho a Santo Toribio de Mogrovejo, y a José de Acosta, sj. La mayoría de los catecismos, especialmente los más usados de Astete y Ripalda, siguieron la secuencia Credo-mandamientos-sacramentos, acentuando el moralismo en la catequesis cristiana. En cambio el CEC retoma el orden del CR pero dándole la prioridad al Credo, que funda las restantes partes, e invirtiendo la proporción tridentina concede 39% a la profesión, 23% a la celebración (624 párrafos), 27% a la moral y 11% a la oración”.18
Finalmente: he comenzado mi tesis afirmando que la fe nunca es para el creyente un “tema”, sino una dimensión transversal, una categoría estable y permanente de su vida. Pero en realidad es justo y necesario reconocer aún más: la fe, por presencia o por ausencia, por la certeza vital que implica o la aporía existencial que plantea, emerge desde lo más profundo del corazón del homo religiosus,19 aunque luego pueda ser negada, ignorada, aplastada o “científicamente” descalificada.20
A este respecto, quisiera llamar la atención sobre dos períodos de la historia en los que, de modo diverso (casi opuesto) se hace evidente esta actualidad permanente de los planteos sobre la Fe: la modernidad y la post-modernidad.
En la modernidad se concreta con toda su virulencia el divorcio entre la ciencia y la fe, ejecutado en nombre de la ciencia, pero sin poder deshacerse del todo de la fe: los racionalistas, los empiristas, los idealistas, y sus compañeros de época no reniegan totalmente de la fe, pero no llegan a encontrar el puesto para la misma. El iluminismo, el positivismo, el marxismo intentan estrangular un “instinto” creyente del cual terminan siendo víctimas. Contra todas las previsiones que aventuraban un hombre del tercer milenio que habría superado definitivamente la pueril y oscura etapa de la fe para abrirse definitivamente al primado absoluto de la diosa razón, el hombre post- moderno se encuentra no pocas veces sin la razón y con la necesidad imperiosa de creer, que tantas veces florece en un sentimiento creyente sin fibra, sin fuerza ni consistencia, “light”, que deja en el alma del creyente un sabor a apetito insatisfecho y a búsqueda aún ni siquiera iniciada. La increíble proliferación de tantas formas diversas de superstición, magia, adivinación, hechicería (cuando no directamente el satanismo) y la predicación con relativo suceso de tantas sectas cuyos discursos no resisten ni a la más elemental lógica y sentido común testimonian una efervescencia que brota del hombre, ser religioso, aunque inadecuadamente asumida y canalizada.21 Es, por contraprueba, la constatación lapidaria del CCE: “El hombre es por naturaleza y por vocación un ser religioso. Viniendo de Dios y yendo hacia Dios, el hombre no vive una vida plenamente humana si no vive libremente su vínculo con Dios”. 22
La irrupción de Dios en la historia humana la ha transformado en historia de salvación. Y la capacidad que el hombre tiene de Dios ha quedado directamente interpelada por esta Revelación. El “Hoy” de los tiempos del Señor resuena e interpela en todos los tiempos a todos los hombres: “Dios, que ‘habita una luz inaccesible’ (1 Tm 6,16), quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por Él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos. Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas”.23
Queda claro, para quien quiera ser sincero con su propia conciencia y con Dios que, en el sentido aquí expuesto, la fe no es una variable de la existencia humana, sino un dinamismo fundamental de la misma. O, en otras palabras: no se puede elegir tener o no tener fe, sino en quién o en qué tenerla... Los hechos nos demuestran que no pocas veces quien no cree en Dios y a Dios, termina creyendo en todo y a todo, cuando no - por efecto contrario de sobresaturación - negando todo y a todos, y con el corazón sumido en un hambre infinita de verdad y de bien.

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