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Época de los descubrimientos


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Misioneros de Occidente en China

por Bernadette Li*

St. John’s University

En la “Época de los descubrimientos” Europa se vio arrastrada por las ambiciones de imperio, y por el celo apostólico también, a convertir el mundo no-occidental al Cristianismo. Poseído de aquel espíritu indomable, Matteo Ricci (1552-1610) fue a China y produjo un impacto en la historia occidental y en China. Si bien no fue el primero, pero sí fue el misionero más importante y más admirado de China. Ningún estudio de las actividades misioneras en China estaría completo sin describir a Ricci.


Nacido en Macerata, en Italia central, Ricci entró en la Compañía de Jesús a la edad de 19 años. Luego estudió matemáticas, astronomía, geografía, y otras ciencias en el Colegio Romano. Primero llegó a Macao, continuó luego a Zhaoqing y Shaozhou (ahora Shaoguan). Sin poder entrar en Beijing, se estableció en Nankín. En 1601, le autorizaron la entrada en Beijing.
Sus éxitos son debidos a diversos factores. En primer lugar, se sintió auténticamente interesado por la civilización china, complaciendo a las autoridades y escolares chinos a quienes decía que había llegado a China para estudiar las enseñanzas de sus sabios y beneficiarse de los frutos de la civilización china. Se vestía con los atavíos de los escolares chinos, disfrutaba con la compañía de amigos chinos, y anunciaba incluso que deseaba hacerse chino. Según su entender, las enseñanzas de Confucio eran compatibles con el Cristianismo, si bien se oponía al Budismo y Taoismo. Sostenía que la adoración a los antepasados en China y muchos ritos no eran incompatibles con el Cristianismo, idea que no estaban en disposición de aceptar otros muchos misioneros.
Fascinó Ricci a los chinos con la producción de un “Gran mapa de los mil países”, que ponía a China como el centro del mundo. Introdujo también el primer globo, y determinó la longitud y latitud de algunas de las ciudades orientales de China, iniciando de esta suerte una nueva etapa en la cartografía de China.
Escritor prolífico, Ricci escribió varios libros en chino clásico, con la ayuda de algunos de sus amigos chinos, para difundir sus conocimientos y planes; y sus libros adquirieron amplia circulación entre los literatos chinos. Por ello, hasta el siglo 20, Ricci fue más conocido en China que en Europa.

En su abundante correspondencia, reportajes y diarios a sus superiores y colegas de Europa describía en brillantes términos la altura intelectual china. A la par que Marco Polo fue el primero en referir los esplendores materiales de China; Ricci fue su contrincante en el dominio intelectual y por ello muchos le han considerado como el autor de la sinología occidental.


La misión de los Jesuitas continuó después de la muerte de Ricci. Su conocimiento de las matemáticas, astronomía y, en particular, de la artillería, les hizo indispensables en la decadencia de la corte de los Ming, que se vio amenazada desde el norte por la invasión de Manchuria.
Una vez establecida la dinastía de los Qing de Manchuria en 1644, la misión católica se hizo más influyente, con acceso directo a dos emperadores, Shunzhi (1644-1661) y Kangxi (1662-1722), alcanzando aquello por lo que Ricci había luchado sin conseguirlo, a saber, un lazo personal y directo con el Emperador. En 1645, el jesuita Johann Adam Schall von Bell, conocido en China como Tang Ruowang, fue Director del Bureau of Astronomy, que era una oficina de quinto grado, colocando al hombre de Dios a mitad de la escala de nueve grados en la burocracia imperial China.
Animado por sus superiores jesuitas, Schall aceptó el nombramiento como medio para convertir al pueblo chino a la fe católica, aunque la intención del gobierno chino era tenerle como un técnico útil para la fijación del calendario y fabricación de artillería. Mientras Schall disfrutó del favor y respeto del Emperador, floreció la misión católica. El Emperador Kangxi, que tenía amplios intereses científicos, no sólo nombró al jesuita belga Ferdinand Verbist como sucesor de Schall en la dircción de la Oficina de Astronomía, sino que mantuvo frecuentes discusiones con otros eruditos jesuitas. A algunos Padres les encomendó importantes trabajos, tales como intérprtetes y consejeros diplomáticos. Así que la misión católica floreció con el emperador Kangxi.
A los Jesuitas les siguieron los misioneros Franciscanos, Agustinos y Dominicos, así como sacerdotes seculares de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París, fundada en 1658. Más de 100 misioneros extranjeros estaban en acción y situados en cada provincia de China. En 1663, Beijing sola tenía unos 13.000 católicos. A principios del siglo XVIII, había más de 200.000 convertidos, como el 0,1% de la población total. La población católica procedía principalmente de las clases inferiores.
Ricci y los demás misioneros jesuitas lograron sus éxitos debido en parte a su estrategia de discreción y adaptación a las circunstancias de China. Demostraron respeto a la veneración del Emperador como el Hijo del Cielo, adoración a los antepasados, y otros ritos confucianos. Otras sociedades misioneras, por celotipia, emplearon esta tolerancia contra los Jesuitas, y sus muchas acusaciones acabaron por acarrerar la disolución de la orden jesuítica en China; la Bula papal Ex illa die de 1715 prohibió la tolerancia e insistió en la práctica del catolicismo en China según su tradición europea. Lo cual quería decir que se prohibía a los católicos chinos la práctica de la adoración de los antepasados; ni siquiera el generoso emperador Kangxi podía permitirlo. Por lo tanto, se prohibió la enseñanza cristiana en China. En 1773, con la disolución de la Compañía de Jesús, el catolicismo de China perdió toda su importancia y China también perdió sus lazos con la enseñanza occidental. En las décadas siguientes, mientras Occidente ralizaba grandes progresos en las ciencias, tecnología, y democracia, China cayó en la autosatisfacción, decadencia y degeneración, dejando paso libre a la invasión y penetración imperialistas a mediados del siglo XIX.


Derrotas de China en el siglo XIX

La política del gobierno Qing de desterrar a los misioneros extranjeros continuó hasta 1844. Hasta entonces, unos pocos misioneros habían tratado de entrar en China en secreto; al ser descubiertos y apresados, los ejecutaron o expulsaron. Después de la derrota china por los británicos en la Guerra del Opio, se les abrieron las puertas a los extranjeros por toda la costa oriental de China, gracias a la apertura de los cinco puertos que autorizaba el Tratado de Nanking. Por el Tratado de Wangsia de 1844, los americanos obtuvieron el derecho de construir y mantener iglesias en los cinco puertos. Por otro tratado del mismo año, el de Whampoa, los franceses consiguieron la libre propagación del catolicismo. Estipulaba este tratado que si algún chino causaba desperfectos en cualquier iglesia o cementerio francés, sería castigado por el gobierno local chino. En 1846, el emperador Daoguang publicó un decreto por el que no sólo levantaba la prohibición de predicar el catolicismo sino que devolvía las propiedades de la Iglesia Católica, confiscadas en el pasado. Lo que significó un cambio importante en la política china hacia los misioneros, y en la propagación del cristianismo proscrito durante 120 años. De todas maneras, por entonces, las actividades misioneras estaban restringidas a los cinco puertos, sin serles permitido pasar al interior de China.


En 1858, derrotada otra vez, China se vio forzada a firmar el Tratado de Tientsin con Rusia, América, Inglaterra y Francia, por el que permitía a los misioneros de estos cuatro países llevar la propagación religiosa al imterior de China. En 1860, debió firmar el Tratado de Pekin con Inglaterra, Francia y Rusia, por el que además permitía a los misioneros comprar tierras y construir con toda libertad en todas las provincias de China. Por estos tratados, se autorizaba a los misioneros extranjeros a propagar la fe en todas las partes de China, sin verse sometidos a la juridsdicción china a no ser en caso de extraterritorialidad. Los misioneros no se dieron cuenta de que estas condiciones fueran a crear sentimientos anti-cristianos entre el pueblo chino. Casi cada cláusula contratada referente a los misioneros provocó numerosos y complicados problemas y disputas. Entre 1860 y 1899, se dieron más de 200 casos documentados de disputas misioneras. Éstas no eran producidas tanto por las diferencias doctrinales, esto es, si el cristianismo era compatible con el cofucionismo o no, como por el derecho de propiedad. Por ejemplo, las propiedades de la Iglesia confiscadas anteriormente habían sido transformadas para otros fines, y resultaba difícil, si no imposible, devolvérselas a la Iglesia Católica en su estado primitivo.
En segundo lugar, los misioneros se veían involucrados en las disputas entre los convertidos chinos y las gentes del lugar y obligaban a los gobiernos locales a zanjar las cuestiones a favor de los convertidos, y en algunos casos acusaban injustamente a sus rivales. Apoyados en los gobiernos fuertes y superiores fuerzas militares de sus países de origen, desplegaban aires de superioridad y hasta de arrogancia en sus actitudes y comportamientos. Algunos elementos desleales chinos se aprovecharon de la ocasión afiliándose con los misioneros y el catolicismo en busca de beneficios materiales. Por ello, a muchos oficiales chinos y a la gente les entró miedo y se enemistaron con los misioneros. Al propio tiempo, y debido a los malentendidos y a las supersticiones, hubo obras caritativas llevadas por los misioneros que fueron mal comprendidas por los chinos. Lamentablemente, se identificó a los misioneros en algunos casos con los imperialistas y se vio a los cristianos chinos como extensiones de los poderes extranjeros.
Resumiendo, en la segunda mitad del siglo XIX, los “casos religiosos” (jiaoan) no se han de considerar religiosos como tales; más bien, se hallaban estrechamente ligados con las relaciones extranjeras de China, la decadencia política, el deterioro económico y el malestar social. Para Matteo Ricci y Adam Schall, y para el mundo de antes del siglo XIX, China era un imperio gigante con una cultura refinada; pero, a partir de la Guerra del Opio, se convirtió en un país arruinado y cuanto contenía cayó bajo sospecha o fue eliminado.
La gente, al sentirse humillada y enfrentada a una cruda realidad, tendió a volverse irritable e irracional, lo cual ocurrió a muchos durante la segunda parte del siglo XIX. China entonces fue un volcán, cualquier catalizador podría producir un estallido desatroso.

(Traducción: MÁXIMO AGUSTÍN, C.M.)





* Ph. D. de Columbia University (USA) y profesora de Estudios asiáticos en nuestra Universidad St. John’s University, en Jamaica, Estados Unidos.


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