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Pintura visto en Nueva York


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PINTURA




Visto en Nueva York


ALFREDO RAMÓN*

E

L pleno verano no es, preci­samente, la época más ade­cuada para pulsar el ambiente ar­tístico de una ciudad, pero, sin embargo, por estas fechas, Nueva York ofrece motivos de sobrado interés, en cuanto a exposiciones se refiere. Por otra parte, cada año, y lo mismo sucede en Ma­drid, el verano parece cada vez más corto, se interrumpen menos las actividades, y el número de, digamos, nativos que se ausentan, es cubierto, con creces, por los vi­sitantes, los turistas, que cho­rreando cámaras fotográficas por todas partes, invaden museos y exhibiciones con incansable tena­cidad. Además, ya no es la simple foto lo que tratan de obtener, es el vídeo, que nos mira de arriba a abajo, de derecha a izquierda, co­giendo movimientos, ademanes, el ir y venir de la gente. Los que andamos con las manos vacías, paseando solamente nuestra mi­rada, atenta o perezosa, por las obras de arte; indiferentes a que nos «saquen» en las cintas, for­mamos ya parte de los recuerdos del viaje, y somos vistos después en reuniones familiares de Tokio o Yokohama.



* La Granja de San Ildefon­so (Segovia), 1922. Pintor.

En el Museo Metropolitano de Nueva York, aparte de la ri­quísima colección de Pintura que crece constantemente en nuevas y

José Campeche: «Las hijas del gobernador don Ramón de Castro».

amplias salas dedicadas al si­glo XX, dos exposiciones tempo­rales han llamado nuestra aten­ción: la de José Campeche y la de David Hockeney.

José Campeche y su tiempo


O


UIZÁ al público español actual no le suena el nom­bre Tte José Campeche. Produce cierta emoción leer este nombre, hispánico y modesto, en grandes letras impresas en los enormes es­tandartes de las puertas del gran museo neoyorquino. Fue el más importante pintor de Puerto Rico, en la segunda mitad del si­glo xviil, secundario a escala in­ternacional, pero lleno de interés,

si pensamos en su tierra y en su tiempo. Vivió desde 1751 hasta 1809; fue, como puede verse, ri­gurosamente contemporáneo de Goya.

Su madre era de las Islas Cana­rias, su padre, un ex-esclavo ne­gro, Tomás de Rivafucha y Cam­peche (el primer apellido viene su amo, el canónigo don Juan de Ri-vaprecha), que era pintor y dora­dor de la catedral de San Juan. Quizá él fue el primero y proba­blemente el único maestro que José Campeche tuvo.

En la sociedad puertorriqueña de fines del XVIII y principios del XIX, Campeche fue una persona­lidad notoria. Trabajó para la ca­tedral, hizo una gran cantidad de cuadros religiosos para iglesias y conventos, pintó abundantes re­tratos, hizo bocetos para banderas y escudos, diseñó arquitecturas, etc. Sus clientes fueron los obis­pos, los gobernadores, los jefes militares, los aristócratas de la ciudad. Incluso recibió encargos de otras colonias fuera de la isla. Pintó, por ejemplo, para la cate­dral de Caracas.

Un hecho importante en la vida de Campeche, y que influyó en su estilo de pintar, fue la estan­cia de Luis Paret y Alcázar en Puerto Rico, exiliado por orden del Consejo de Castilla desde 1775 hasta 1778. Paret, no lo ol­videmos, representa en la pintura española, el rococó y es uno de los más interesantes (quizá el más) pintores españoles del xvm, después de Goya.

En la exposición pueden verse obras de Paret, tipos puertorri­queños y un interesantísimo «Au­torretrato», en el cual, el pintor, se nos presenta como un campesi­no de la isla. Sombrero de palma, camisa blanca abierta, amplios calzones de rayas, un gran mache­te en la mano, constituyen el atuendo desusado para un fino y

afrancesado pintor dieciochesco. Muestra un decidido interés por lo popular, por lo menos europeo de la isla. Interés que, probable­mente, no tuvo el mismo Campe­che.

La pintura de José Campeche la podemos dividir en dos grupos: la pintura religiosa y los retratos.

En la primera, sigue el estilo del último barroco. Pintaba sin mo­delos vivos, utilizando estampas llegadas de Europa, repitiendo ti­pos y expresiones sentimentales y dulzonas. Frecuentemente exage­ra una rebuscada corrección en las facciones de sus personajes ca­yendo en la monotonía. Sus figu­ras flotan en vaporosas nubes, las composiciones tienden a formar diagonales, los colores son suaves y cálidos. En suma, la habitual re­tórica del barroco religioso del xvm reducido a pequeño tama­ño. Campeche trabajó casi siem­pre en formatos que no rebasan el metro en su lado más largo.

Hay que reconocer que, al final de su vida, las composiciones reli­giosas adquieren más sobriedad y una cierta tendencia a la monu-mentalidad.

Mucho más interesantes son, para nosotros, los retratos.

Al enfrentarse con un modelo concreto, José Campeche nos produce, a veces, la impresión de un pintor casi «naif», por el hiera-tismo y la rigidez de sus figuras, pero profundiza en el carácter de sus modelos, y se encanta y nos encanta con la interpretación mi­nuciosa, deliciosamente descripti­va de sedas, bordados, broches, pendientes, relojes, flores, resuel­tos con hábiles foques de pasta pictórica. Esto, unido a las redu­cidas dimensiones, da a los retra­tos un aspecto como de pequeñas joyas, cuyo detallismo sería fati­gante si el tamaño fuese mayor. Los interiores, con muebles roco­có, están tratados con la misma



Campeche: «Dama a caballo».

cuidadosa minuciosidad. Una re­tórica cortina, que no forma parte del lugar, enmarca con frecuencia el conjunto.

El color en los retratos de Cam­peche posee una calidad como ro­sada, que armoniza con grises y violetas.

En muchas de estas pequeñas piezas el soporte usado es la tabla de madera de caoba, fácil de en­contrar en la isla, y que produce una superficie tersa, esmaltada, sobre la que destacan como ge­mas los gruesos de color.

Es difícil de precisar hasta qué punto influyó en José Campeche la personalidad y el estilo de Luis Paret. Evidentemente hubo una influencia en cuanto al refina­miento del color, y posiblemente en el hecho de una mayor dedica­ción al retrató. En el excelente es­tudio que Rene Taylor publica en el catálogo de la exposición, se se-

ñala el hecho de que, a partir de la estancia de Paret, sube extraor­dinariamente la demanda de re­tratos por parte de la alta socie­dad de Puerto Rico.

La señora del gobernador Du-fresne, de tonos entre el rosa y la siena tostada; el gobernador Ustá-riz, con un bello paisaje urbano de San Juan (donde un grupo de trabajadores pavimentan la capi­tal) visto a través de una ventana; el capitán don Ramón de Carva­jal, gris azulado, sobre un hermo­so paisaje de rosas y verdes; doña María de los Dolores Martínez de Carvajal, en cuyo monumental tocado de plumas y flores se mar­can los tonos azules y rojos del bello conjunto; doña Catalina de Urrutia con su hijo, retrato fino y preciso en sus detalles; forman un grupo que se destaca en la exhibi­ción. Pero, sobre todo, la «Dama a caballo» muestra lo mejor de la personalidad de Campeche: deli­cioso color rosa oscuro, armoni­zado con gris, factura minuciosa y una especie de seria elegancia contenida. Hay ingenuidades de forma, defectos achacables al he­cho de no poder disponer, proba­blemente, del modelo el tiempo necesario, pero ello no estorba para que gocemos de una de las más exquisitas figuras femeninas del xvm hispánico.

La pintura de Campeche nos muestra un mundo típico del An­tiguo Régimen. Los personajes de sus retratos, envarados, seguros de sí mismos, cubiertos de ricos paños, sedas y encajes, con el pelo empolvado de blanco, no conce­den nada a otra cultura que no sea la europea, no están someti­dos a la influencia de un clima, de un ambiente, diferente del de Pa­rís o Madrid. Falta mucho tiempo para que las misteriosas formas de las culturas indígenas apare/­can en el horizonte, trayendo una belleza distinta de la de tradición



clásica. (Por eso es tan sorpren­dente el autorretrato de Paret, como si fuese un contador de caña).

La exposición, organizada por el Museo de Arte de Ponce, cuen­ta con un excelente catálogo con textos y comentarios que consti­tuyen un exhaustivo estudio so­bre José Campeche y el Puerto Rico de su tiempo.


David Hockney

L


A gran Exposición Retros­pectiva dedicada a este pin­tor, nacido en Inglaterra en 1937 y que trabaja actualmente en Los Ángeles, es otro de los aconteci­mientos de este verano en el Mu­seo Metropolitano de Nueva York.

Pero, como ocurre con muchos artistas actuales famosos, al visi­tar la exhibición no podemos evi­tar cierta perplejidad. Esa fama, ¿es merecida? ¿Es, de verdad, pin­tura buena los que vemos? ¿Es algo nuevo, insólito? Preguntas difíciles de contestar.

La exposición es abrumadora. Cuadros, dibujos, fotografías, gra­bados, montajes foto-collage, pro­yectos de espacio escénico, etcéte­ra.

En la pintura hay muchas pie­zas donde el color es agrio, vio­lento, sin que la expresión total de la obra lo justifique. Frecuen­temente existe en estos cuadros una mezcla de elementos pinta­dos en sentido realista, con áreas vacías o figuras rebuscadamente torpes. En mi opinión, no queda resuelto el conjunto; es como una pintura de transición hacia algo que no aparece claro. De mayor calidad, parecen los grandes inte­riores o las escenas de jardín y piscina, con excelentes estudios

de luz y figuras algo hieráticas. Digamos, salvando las distancias, que parece un Sorolla más lamido y quieto, con innecesarias conce­siones a lo «naif», a lo Donanier Rousseau. Dentro de este tipo de obras destaca el gran «Retrato de Mr. y Mrs. Clark».

Son de una evidente originali­dad los montajes-collage de foto­grafías, e impresionan por su grandeza las estupendas maque­tas de espacio escénico, como las dedicadas a «Tristán e Isolda».

David Hockney.

Dejando aparte entusiasmos excesivos o reparos justificados, Hockney es un, artista de calidad. Lo demuestra, sencillamente, con refinadísimos dibujos a lápiz y tinta, como los; retratos de sus pa­dres. Es algo que acontece repeti­damente; cuando olvidamos el afán de novedad, (¿puede haber algo nuevo en;el arte en 1988?), cuando nos olvidamos de las pa­labras antiguo y moderno, apare­ce el Arte de verdad, el de siem­pre: ¡Un buen dibujo!


Paul Klee

O


TRA vez, una pequeña ex­posición de acuarelas en el mismo museo, i nos trae el arte in­creíblemente bello y misterioso de Paul Klee. Creo que este pro­digioso artista es mejor en sus acuarelas. A veces, la densidad de la pasta del óleo parece estorbarle. Su mensaje callado, cargado de sugerencias, nos llega mejor a tra­vés de estos pequeños papeles, le-vamente pintados, como una confidencia dicha al oído, pero que nos abre la sensibilidad a un mundo de infinitas variaciones, aunque discretas y civilizadas.

Dibujos de figuras de mujer


L


A colección Leheman es una de las más sugestivas del museo Metropolitano de Nue­va York. Con fondos de esta co­lección se organizó una preciosa exposición de dibujos de figuras de mujer. Los dibujos, en su ma­yor parte de ! pequeño tamaño, forman un bello conjunto, con

piezas desde el siglo xv hasta el xx. Ante esto, nos preguntamos: ¿Por qué no se prodigan más en Madrid las exposiciones de dibu­jos? Pasamos de la pintura, con frecuencia, enfática, pretenciosa, cargada de grasienta materia, a eso que se llama ahora «obra grá­fica»; sin detenernos en lo que es la verdadera raíz del arte pictóri­co: una hoja de papel, y en la mano un lápiz, un carboncillo o una barra de sanguina. Y con ello, con tan simples elementos, realizan el milagro de captar una personalidad, una vida, un mun­do. Eso es lo que nunca podrá ha­cer el simple aficionado. Eso es lo que distingue al verdadero artista profesional.

En esta exposición no sabemos qué admirar más; si un desnudo de Durero, incisivo, agudo, casi doloroso en su implacable análi­sis; las sensuales formas de las mujeres del xvm francés; o un es­tudio de cabezas de mujer de Adolf Mengel, fresco, humano, conseguido con un simple lápiz sobre una hoja de papel de veinti­cuatro centímetros de largo por quince de alto.

Georges Braque y el Museo de Praga


E


STOS dos nombres encabe­zan las dos exposiciones temporales abiertas, actualmente en el Museo de la Fundación Guggenheim.

La muestra de Braque es muy interesante, sobre todo en lo que se refiere a obras desde 1900 hasta 1930, más o menos. En un pintor como él, que se fue alejando de la Naturaleza, aunque nunca rom­pió con ella, siempre es sugestivo ver cómo al principio de su carre-



ra se enfrenta a la realidad natu­ral. En este sentido destacan, en la exposición, un vigoroso retrato de su abuela y un estupendo di­bujo pequeño, modesto, de los barcos lavaderos del Sena. Ambas obras del principio de nuestro si­glo.

Luego vienen las pinturas fau-vistas con sus verdes y agrias som­bras en las espaldas de sus mode­los; y enseguida, el cubismo. Una obra, anterior en poco tiempo al año 1912: «Guitarra y Fruta», be­llísima, plena de luz, entonada en gris, ocre y siena, nos abre las puertas del estilo. Aparece el cu­bismo analítico, donde la identifi­cación con Picasso es total. La evolución hacia el cubismo sinté­tico está representada por una se­rie de obras que son de lo mejor de la exposición. Son piezas, mez­cla de dibujo y «collage», simples de color (dos o tres colores nada más), que si las comparamos con las análogas hechas por Picasso, parecen tener más reposo. Están como más centradas de composi­ción; hay casi siempre unas for-mas-núcleo, alrededor de las cua­les giran suavemente las líneas geometrizantes del dibujo hasta desaparecer en el blanco de la su­perficie.

Después, desde 1920 aproxima­damente, la obra de Braque se nos muestra en todo su buen gus­to, en su cansado encanto. Como si el cubismo, duro, preciso, cor­tante, lo viésemos reflejado en unas tranquilas aguas a las que una leve brisa hubiese rizado un poco. Las formas se ondulan, los colores se superponen, la trama formal se mantiene, pero relaja­da, la tensión ha descendido. Todo queda elegante, pleno de valores decorativos. Cuando en el conjunto aparecen formas huma­nas, no creo que la obra suba de calidad. ¡Qué lejos estamos del amigo de juventud de Braque! El

violento, distorsionado, destructi­vo Picasso.

El bosque cubista de Braque se ha transformado en un ameno lu­gar armonioso y culto. El bosque cubista de Picasso ha sido talado, quemado por su propio creador. Se ha poblado de monstruos que viven y se agitan entre los colores estallantes y las agydas astillas de los árboles rotos.

El Museo


de Bellas Artes

de Praga


C

ONSISTE esta exposición en una colección de pintu­ras desde fin del xix hasta la mi­tad de nuestro siglo. La exhibi­ción no es nada extraordinaria, pero muestra piezas de interés.

Destacan un magnífico «Auto­rretrato» de Lewis Corinte, semi-desnudo, hirsuto, peludo y enér­gico; una «Operación quirúrgi­ca», de Oppehbeimer, donde médicos y ayudantes parecen bui­tres destrozando las entrañas de un cadáver; una «Virgen», de Klimt, malsana y seductora; unos dinámicos paisajes^ de Praga, de Kokoschka; un delicioso Lantrec; ¡y en la sección francesa, dos obras precubistas de Picasso!

La Colección

de Arte de

la Escuela de Diseño

de Rhode Island

E

STA escuela, independien­temente de su labor educa­tiva, iniciada en 1877, creó un museo que ha crecido rápidamen-

te con donaciones y adquisicio­nes. Con una antología de las obras del museo se ha abierto una exposición en las salas destinadas a tal fin, xdel edificio de IBM.

La exhibición es una de esas en las que todo es bueno, bastante, buenísimo. Los cuadros están en perfecto estado, la iluminación adecuada, el ambiente grato, si­lencioso.

Una vez más contemplamos una serie de estupendas obras francesas; desde Hubert Robert, del que hay una «Fantasía Arqui­tectónica» de monumental belle­za, hasta un típico Monet de Ar-gentenil. Vemos una «Vista de París», de Josephine Zarazin de Belmont, con lacté en el centro, a la luz del crepúsculo, color de miel; uno de esos cuadros que to­dos desearíamos tener en casa. Dos jinetes árabes, de Delacroix cabalgan fogosos a través de un paisaje sorprendentemente verde. Berta Morisot nos mira desde un sofá, ensimismada y tranquila, en un bello retrato pintado por Ma-net. De Apoil (pintor desconoci­do para mí) hay un «Autorretrato con su hijo», dos vigorosas cabe­zas que nos recuerdan a San José con el Niño Jesús, de Ribera. De­gas está representado con una pie­za sencilla de lo más bello de la muestra, una «Saboyana», de cá­lida entonación. Un cuadro de Gerome, pequeño, nos hace ver el patio de un harén, pintado de una forma muy abocetada, donde un borroso eunuco contempla una hermosa mujer que se baña desnuda. La figura está apurada­mente pintada, pulida, termina­da, contrastando su textura de piel tersa con la factura suelta del resto del cuadro. La representa­ción francesa termina con un Ce-

zanne sin terminar, muy intere­sante para estudiar la interpreta­ción de sus formas.

Hay magníficas piezas de pin­tores norteamericanos. Destacan un prodigioso «Retrato de seño­ra», de Merrit Chase, en bellísimo color rosa; y una obra de Sargent que nos recuerda la gama del re­trato de Bernete, pintado por So-rolla. Grises y negros y una cabe­za fina de brillante color, llena de carácter y fuerza. Se trata de un elegante caballero, de avanzada edad, que, según vemos por la eti­queta de identificación, se llama­ba don Manuel García. ¿Quién sería este pulido anciano?

Pero una de las mejores obras de todo el conjunto es un paisaje de la orilla del mar, de Winslow Homer, del año 1900. ¡Qué for­midable pintor del mar! La inter­pretación de las olas contra las ro­cas es prodigiosa. La materia pictórica se convierte en un agua pesada, que casi olemos y que lame y bate las piedras con fuer­za, cubriéndolas con un manto verde y blanco, salino y deslizan­te.

Fuera de la representación francesa y norteamericana, seña­lemos un sencillo retrato de seño­ra de Constable y un encantador Picasso, afrancesado e irónico, de 1901.



La exposición termina con un cuadro de Jackson Pollock, de re­ciente adquisición, de pequeño tamaño pero violento, eléctrico, como casi todas sus obras.

Podemos comentar más cosas sobre la actualidad artística de Nueva York. Una interesantísima exposición de carteles en el mu­seo de Arte Moderno, o un paseo por las galerías del Soho, pero de­jémoslo para la próxima crónica.


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