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Pierre guichou


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SALMO 9 (10)




Confitebor tibi, Domine... narrabo




Súplica de un oprimido que confía en

la acción de Dios contra los impíos

A pesar de su división en dos poemas en el texto hebreo, este salmo es uno solo por su estilo, sus ideas y por su estruc­tura alfabética, defectuosa sin embargo por la mala conserva­ción del texto. En la primera parte, el salmista oprimido por los impíos, puesto ya a las puertas de la muerte, implora su liberación y, considerándose como atendido y salvado, da las gracias a Dios pidiéndole al mismo tiempo que quebrante a los impíos y paganos.

A (Sal 9) 2-5. El salmista se deshace en alabanzas, narra los favores divinos, con júbilo y música, como si su Dios le hubiera librado ya del peligro. Con una confianza ilimitada en Dios ve ya de antemano perecer a sus enemigos ante la faz de Dios, es decir, ante Dios mismo que se alza contra ellos: ,en su ruma ve él claramente la sentencia de Dios que va a ejer­cer su función de juez para terminar con la injusticia de que es objeto el oprimido.

6-7. Su fe en Yavé salvador se apoya en la historia nacio­nal, tejida de liberaciones maravillosas obradas por Dios en favor de su pueblo elegido (Is 13, 19; Jer 46-51).

8-9. En realidad Yavé no deja de gobernar el mundo: lo gobierna teniendo cuidado de mantener o de restablecer el derecho o la justicia por juicios parciales mientras llega el juicio universal y definitivo, el famoso "día de Yavé":
Atended, pueblos a mi voz... mi justicia se acerca...

mi brazo hará justicia a los pueblos...

¡No temas las afrentas de los hombres...

no te asusten sus ultrajes!

Porque como vestidura los comerá la tina... (Is 51, 4-8).


10-13. Yavé es un refugio seguro para los oprimidos que "conocen" su nombre, y que le buscan. Protege a quienes le "conocen", a quienes le reconocen verdaderamente como Dios, de todo corazón, de espíritu y por toda su vida y a aquellos que le buscan, es decir, los hombres que, siempre pecadores, y por lo mismo separados de Dios, se esfuerzan por acercarse a él, de conciliarse su gracia con una vida santa para ten ci­en él un protector familiar y cercano, un amigo íntimo.

14-15. Seguro de la misericordia divina el salmista se sabe arrancado a las puertas de la muerte: se ve ya a sí mismo can­tando las alabanzas de Dios salvador a las puertas de Jerusalén, ante la asamblea de todo el pueblo fiel.

16-21. Por sus juicios (intervenciones misteriosas de Dios en la historia de Israel), Dios ha vuelto contra los paganos sus propias maquinaciones dirigidas contra los fieles. El libro de Ester expresa con energía este principio de la fe israelita. Que Yavé se digne intervenir también ahora en favor del fiel desgra­ciado juzgando y quebrantando a los impíos para que reconoz­can que Yavé es verdaderamente Dios, dueño supremo e inven­cible, y que ellos no son más que pobres hombres débiles e impotentes.

B (Sal 10). En la segunda parte, el salmista, superando su propia suerte, considera la suerte del pobre, del infeliz clásico, abandonado, sin defensa, en manos del malo audaz e inso­lente. Que Dios salve a este pobre y quebrante al impío que le persigue.

1-2. Dios parece ocultarse a veces y mantenerse apartado cuando sus fieles tienen más necesidad de él para escapar de las maniobras de los impíos. Conducta desconcertante que provoca en el hombre el eterno “¿por qué?”

3-6. El impío realiza sin escrúpulo todos sus proyectos; para él, Dios está encerrado, en su cielo lejano, donde se des­encadena su cólera pero sin que repercuta en el hombre. No hay nada que temer del Dios que está en el cielo. Ateísmo práctico que se cree fundado en su felicidad material y segu­ro de que su mal nunca será castigado.

7-11. Para explotar al pobre y mejorar su condición, el impío recurre audazmente a la astucia y a la violencia: a su juicio Dios mismo debe cerrar sus ojos impotente de proteger eficazmente a los justos, sus clientes.

12-18. El salmista urge a Dios para que proteja al des­graciado: porque se deja injuriar por el impío... En efecto, Dios no abandona al pobre: recoge sus lágrimas en sus divinas manos. Que manifieste su realeza, su dominio quebrantando el "brazo", símbolo de la fuerza, de los malos, disipándolos a ellos mismos.

En realidad, atento siempre a las súplicas de los débiles, hace triunfar sus derechos para que sus fieles no tengan por qué temer a los hombres, seres frágiles sacados de la tierra. Sabe él mantenerse para ser temido.

Confianza de Cristo

Y de los cristianos en Dios Padre

A (Sal 9). Seguro de ser escuchado, Cristo, como el sal­mista, da gracias a Dios de antemano ante la tumba de Lázaro y en todas las circunstancias, en todas las situaciones difíciles: "Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que siempre me escuchas" (Jn 11, 41-42).

Con él, con el salmista, sepamos poner nuestra confianza en Dios hasta esta audacia tranquila, tomando a la letra la pa­labra que Cristo nos dirige: "Quien pide, recibe (de Dios, sin falta); a quien llama, se le abre (Dios le abre)" (Mt 7, 8). No hay excepción: "Tened fe en Dios. En verdad os digo que si alguno dijere a este monte: "Quítate y arrójate al mar, y no vacilare en su corazón, sino que creyere que lo dicho se ha de hacer, se le hará. Por esto os digo: todo cuando orando pidiereis, creed que lo recibiréis y se os dará" (Mc 11, 22-24).

4-5. Dios juzgará tarde o temprano a los opresores temporales o espirituales: con paciencia, espera su conversión para salvarles, reservándose el castigo de la obstinación impenitente, como a los viñadores homicidas (Mc 12).

6-7. La historia de la Iglesia, como la de Israel, ofrece garantías a la confianza de la Iglesia en Dios y en Cristo: "el enemigo ha terminado: ruinas eternas". Cristo ha juzgado a la impía Jerusalén (Lc 21, 20-24), lo mismo que a la gran prostituta, la Roma idólatra (Apoc 19, 2).

8-9. Estos juicios parciales nos aseguran que Cristo Señor está siempre sentado como juez y se prepara a realizar el juicio definitivo y total del mundo, bueno o malo: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y todos los ángeles con él, se sentará sobre su trono de gloria, y se reunirán en su pre­sencia todas las gentes, y separará a unos de otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos…” (Mt 25, 31-46; Apoc 20, 11-15).

10-11. El Señor es un refugio seguro para aquellos que le "conocen", que reconocen al Padre como Dios único y al Hijo como Señor y salvador: "Esta es la vida eterna, eme te conoz­can a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo"

A estos creyentes Jesús les garantiza la protección de su Padre y la suya propia: "Padre santo, guárdalos en tu nom­bre a los que tú me has dado..." (Jn 17, 11). Los fieles gustan de abandonarse en él en sus tribulaciones: "No queremos, her­manos, que ignoréis la tribulación que nos sobrevino en Asia, pues fue muy sobre nuestras fuerzas, tanto que desesperába­mos ya de salir con vida. Aún más, temimos como cierta la sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios, que resucita a los muertos, que nos sacó de tan mortal peligro y nos sacará. En él tenemos puesta la esperanza de que seguirá sacándonos" (2 Cor 1, 8-10; cf. 2 Tim 4, 16-18).

12-13. Debemos celebrar interna y externamente las ma­ravillas de Dios para con nosotros multiplicando nuestras acciones de gracias y acrecentando nuestra fe en aquel que venga la sangre de los suyos: "Justo eres tú, el que es, el que era, el santo, porque así has juzgado. Pues que derramaban la sangre de los santos y de los profetas, tú les has dado a beber sangre; bien se lo merecen. Y oí al altar que decía: Sí, Señor, Dios todopoderoso, verdaderos y justos son tus juicios" (Apoc 16, 5-7; Lc 11, 50-51).

14-15. Debemos imitar al salmista gritando nuestra des­gracia, lanzando a Dios auténticamente gritos de auxilio, ex­presión sincera de nuestra angustia: Ten piedad de mí, Señor; gritos que lleven el sello de una confianza absoluta, tan res­petuosa para Dios, que es objeto de ella: "Tú me libras de las puertas de la muerte".

16-17. Víctimas de la justicia inmanente y trascendente, los impíos ven su maldad que se vuelve contra ellos: "Dadle según lo que ella dio, y dadle el doble de sus obras; en la copa en que ella mezcló, mezcladle el doble; cuando se enva­neció y entregó al lujo, dadle otro tanto de tormento y duelo. Ya que dijo su corazón: como reina estoy sentada, yo no soy viuda ni veré duelo jamás ” (Apoc 18, 6-7).

El fiel alabará a Dios por estos juicios históricos: "Aleluya, salud, gloria, honor y poder a nuestro Dios, porque verdade­ros y justos son sus juicios, pues ha juzgado a la gran ramera, que corrompía la tierra con su fornicación, y en ella ha ven­gado la sangre de sus siervos. Y por segunda vez dijeron: Ale­luya. El humo de la ciudad sube por los siglos de los siglos; cayeron de hinojos los veinticuatro ancianos y los cuatro vi­vientes y adoraron a Dios, que está sentado en el trono, dicien­do: Amén, aleluya" (Apoc 19, 1-4).

18-21. La Iglesia y los fieles particularmente piden a Dios que acelere el juicio final, que establezca el derecho de los justos, y ponga fin al orgullo de los malvados que olvidan su debilidad frente a Dios.

El Apocalipsis termina con la oración que la Iglesia dirige incesantemente, que el Espíritu hace surgir constantemente del corazón de la Iglesia: "El Espíritu y la Iglesia dicen: Ven, oh, sí, ven, Señor Jesús. He aquí que vengo presto, y conmigo mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras. Yo soy el alfa y el omega, el primero y el último, el principio y el fin... Sí, vengo pronto" (Apoc 22, 12-20). A través del tiempo el Se­ñor viene.

B (Sal 10). 1-2. Impotentes ante la astucia del mundo nos impacientamos rápidamente de la lentitud o indiferencia apa­rente de Dios ante nuestras pruebas: "Yo vi debajo del altar las almas de los que habían sido degollados por la palabra de Dios y por el testimonio que guardaban. Clamaban a gran­des voces, diciendo: ¿Hasta cuándo. Señor, santo, verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra?" (Apoc 9-10). Si Dios abandona momentáneamente a sus hijos en manos de los malvados, es para probarles y pu­rificarles como el oro en el crisol y adquirirse el número pre­visto de los elegidos (Apoc 6, 11; 1 Ped 1, 7).

3-6. El malo obtiene a veces algunos triunfos aparentes contra Dios; en su ignorancia de los caminos de Dios deduce inmediatamente su indiferencia o su impotencia total: "No hay providencia de Dios... seguiré en mis trece. No hay peli­gro alguno". Así Roma se creía firme para siempre: "Dijo en su corazón: Como reina estoy sentada, yo no soy viuda ni veré duelo jamás; por eso vendrán mi día sus plagas, la mortandad, el duelo y el hambre, y será consumida por el fuego, pues po­deroso es el Señor Dios que la ha juzgado" (Apoc 18, 7-8).

7-11. Astucia, fraude y violencia son los procedimientos del demonio y del mundo contra la iglesia y contra nosotros; Satanás es el mentiroso número uno, padre de la mentira, homicida desde el principio e instigador de todos los homicidas (Jn 8, 44), el seductor de todo el inundo (Apoc 12, 9), que sabe transformarse en ángel de luz, seguido en esto por sus saté­lites: "Pues esos falsos apóstoles, obreros engañosos, se dis­frazan de apóstoles de Cristo; y no es maravilla, pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. No es, pues, mucho que sus ministros se disfracen de ministros de la justicia; su fin será el que corresponde a sus obras" (2 Cor 11, 13-15). Nuestros ene­migos creen triunfar de nosotros sin peligro, ante la pasividad de Dios: "Dios olvida. Se tapa la cara y no ve nada".

12-14. Levántate, Señor. Dios espera a veces que se le urja. En ocasiones hay que pedirle ayuda con violencia. Está en juego el honor de Dios, ya que su retraso anclaría a los malos en su escepticismo burlón. "Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había asimismo una viuda que vino a él diciendo: Hazme justicia contra mi adversario. Por mucho tiempo no le hizo caso; pero luego se dijo para sí: aunque, a la verdad, yo no tengo temor de Dios ni respeto a los hombres, mas, porque esta viuda me está cargando, le haré justicia, para que no acabe por moler­me. Dijo el Señor: Oíd lo que dice este juez inicuo. ¿Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aun cuando los haga esperar? Os digo que hará justicia prontamente. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?" (Lc 18, 2-8).

15-18. Sí, Dios mira y acoge cuidadosamente, como con mano piadosa, nuestras penas y lágrimas; acoge al niño que se refugia en él. En una visión Juan ve a un ángel poner a los cristianos al abrigo de los perseguidores: llevan palmas en las manos en señal de victoria sobre el mundo (Apoc 7, 9); Dios los protege: "El que está sentado sobre el trono extiende so­bre ellos su tabernáculo. Ya no tendrán hambre, ni tendrán ya sed, ni caerá sobre ellos el sol ni ardor alguno, porque el cor­dero, que está en medio del trono, los apacentará y los guiará a las fuentes de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos" (Apoc 7, 15-17). Cantan anticipadamente la victo­ria de Dios y del cordero, pues el último día "Satanás" solta­do de su prisión saldrá a extraviar a las naciones que moran en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog, a reunirlos para la guerra, cuyo ejército será como las arenas del mar. Subirán sobre la anchura de la tierra y cercarán el cam­pamento de los santos y la ciudad amada. Pero descenderá fuego del cielo y los devorará. El diablo, que los extraviaba será arrojado en estanque de fuego de azufre, donde están tam­bién las bestias y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos" (Apoc 20, 7-10).
Es Yavé rey de los siglos eternos

Nada hay que temer del hombre ni de la tierra


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