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Pierre guichou


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SALMO 6




Domine, ne in furore... miserere




Oración de un enfermo

El salmista, gravemente enfermo, pide a Dios que le trate según su amor y no según su cólera. Además que quien perde­ría, si él muriese, sería el mismo Dios: en el sheol, en los infier­nos, el salmista no podría alabarle... Sus ardientes súplicas me­recen ser escuchadas. De pronto, con una iluminación espiri­tual, el salmista se ve ya salvado, libre de sus enemigos.

2-4. "Señor". El enfermo interpela audazmente a su Dios. Con dos expresiones equivalentes (v. 2) le pide que le castigue sin cólera, pues implícitamente reconoce la legitimidad del castigo divino, de su enfermedad: que Dios, sin embargo, no se la dé en todo su rigor, bajo el golpe de su justa ira; que tenga compasión, que le cure. Sus huesos (símbolo de sus fuer­zas vivas), su "alma" (su vida), está conturbada, deshecha; a punto de morir.

4-6. ¿Hasta cuándo volverá Dios la espalda a su siervo? Que se vuelva nuevamente a él, es decir, que le muestre de nuevo su rostro benévolo, que le salve por su amor. Dios mismo será el primer favorecido por su salud, pues ésta pon­dría nuevas alabanzas en boca del salmista. Mientras que su muerte privaría a Dios de un cantor, ya que, según las ideas de entonces, las almas de los difuntos, aprisionadas en las ti­nieblas del sheol, llevan una vida lánguida, reducidas a tris­tes fantasmas incapaces de pensar en Dios y de alabarle: "Por­que no puede alabarte el sepulcro, no puede celebrarte la muerte, ni pueden los que descienden a la fosa esperar en tu fidelidad. 1 .os vivos, los vivos son los que pueden alabarte, como yo te alabo hoy" (Is 38, 18-19).

7-8. El salmista merece la piedad divina tanto por sus continuas y ardientes súplicas, expresión de su arrepentimien­to y de su confianza, como por las persecuciones de que ha sido objeto: para sus contemporáneos toda prueba representa mi castigo divino e indica implícitamente, a los ojos del pú­blico, a un pecador, considerado desde entonces digno de des­precio y de persecución.

9-11. Un rayo ilumina la noche oscura de su alma: se ve oído y escuchado por Dios, librado de su enfermedad, y, por consiguiente, de su pecado, y por consiguiente, triunfalmente rehabi­litado frente a sus perseguidores, aterrados, confundidos.



Oración del cristiano

en la enfermedad o en el pecado

También el cristiano, después de Cristo y con él, conoce los asaltos del sufrimiento físico, la prueba ruda de la enfermedad que viene a sacudir, zarandear, conmover su ser más íntimo. Sabe que todo dolor está unido, de alguna manera, con el pecado, que marca toda nuestra naturaleza (Rom 6, 6; 8, 3) y sabe aceptarlo. Sabe asimismo que Cristo vino a quitar el pe­cado y su triste fruto, el sufrimiento: numerosos milagros lo atestiguan: "Iré y le curaré" (Mt 8, 7), "quiero, sé limpio" (Mt 8, 3). Este mismo poder se lo dio a los apóstoles: "En cual­quiera ciudad donde entrareis y os recibieren... curad a los en­fermos que en ella hubiere..." (Lc 10, 8-9; cf. Hech 3, 9). Ins­tituyó incluso un sacramento que prolonga sus gestos curativos, el sacramento de los enfermos (Sant 5, 14). Como Cristo (Mc 14, 36), el cristiano puede suplicar legítimamente a Dios que su­prima o reduzca su mal, para poder continuar alabándole y sirviéndole en la tierra: "Que para mí, dice Pablo, la vida es Cristo y la muerte, ganancia. Y aunque el vivir en la carne es para mí fruto de apostolado, todavía no sé qué elegir. Por am­bas partes me siento apretado, pues de un lado, deseo morir para estar con Cristo, que es mucho mejor; por otro, quisiera permanecer en la carne, que es más necesario para vosotros. Por el momento estoy firmemente persuadido de que quedaré y permaneceré con vosotros para vuestro provecho y gozo en la fe, a fin de que vuestra gloria en Cristo crezca por mí con mi segunda ida a vosotros (Fil 1, 21-26).

La muerte física, para el judío, que desconocía la supervi­vencia, era la desgracia suma, de aquí esta súplica. El cristia­no sabe que la enfermedad física verdaderamente no le lleva a la muerte, sino a un sueño transitorio (Jn 11, 4). No teme más que la muerte espiritual y su causa, el pecado, que lleva al hombre, todo entero, cuerpo y alma, a la perdición total y eterna. En este salmo el pecador puede pedir a Dios que le preserve de esta muerte y le libre de la enfermedad que a ella conduce, el pecado.

2-4a. Somos pecadores. Que Dios nos castigue, nos corri­ja, pero sin que deje desbordarse la cólera que merecemos, que nos rechazaría y abandonaría definitivamente, castigo te­rrible, como lo describe san Pablo: "Pues la ira de Dios se manifiesta desde el cielo sobre toda impiedad e injusticia de los hombres, de los que en su injusticia aprisionan la verdad con la injusticia... Por esto los entregó Dios a los deseos de su corazón, a la impureza, con que deshonran sus propios cuer­pos..." (Rom 1, 18-32). Que el Señor tenga piedad de nosotros y sane nuestra debilidad, nuestro ser tan profundamente mar­cado por el pecado y dominado por la ley del pecado: "Pero gracias sean dadas a Dios, porque, siendo esclavos del peca­do, obedecisteis de corazón a la norma de doctrina a que os disteis, y, libres ya del pecado, habéis venido a ser siervos de la justicia"... (Rom 6, 14-23).

4b-6. A pesar de nuestra indignidad, supliquémosle que vuelva a nosotros su rostro compasivo, para librar nuestra alma y salvar nuestra vida espiritual con su amor misericordioso: "...pero Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros. Con mayor razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la ira" (Rom 5, 5-9). ¿No es el pastor amoroso que se afana por encontrar su oveja descarriada, no es el ama de casa obstina­da en recuperar su dracma perdida? (Lc 15, 4-10).

Dios gana salvando a los pecadores, arrancándoles de la muerte: como el padre del pródigo, en cierto sentido tiene ne­cesidad de él para ser plenamente feliz, necesita de él para recibir una alabanza de amor que el infierno no puede ofre­cerle (Ef 1, 3-14).

7-8. Examinándonos en silencio, pronto llegamos a llorar sobre nuestra miseria profunda: sentimos una viva vergüenza ante Dios, cuyo amor generoso hemos herido; sentimos viva confusión ante nuestra propia situación y nos vemos esclavi­zados por opresores, especialmente el tirano, el príncipe im­placable del mundo pecador: "Todo el que comete pecado es siervo del pecado" (Jn 8, 34). "Y vosotros estabais muertos por vuestros delitos y pecados, en los que en otro tiempo habéis vivido, siguiendo el espíritu de este mundo, bajo el príncipe de las potestades aéreas, bajo el espíritu que actúa en los hijos rebeldes; entre los cuales todos nosotros fuimos también con­tados en otro tiempo y seguimos los deseos de nuestra carne, cumpliendo la voluntad de ella y sus depravados deseos, sien­do por nuestra conducta hijos de ira, como los demás" (Ef 2, 1-3). Estas lágrimas debidas a la conclusión y a la tristeza espi­ritual, provocan normalmente un cambio, una revolución in­terior, una ruptura y un estallido de todo el ser que se abre entonces de par en par a la irrupción de Dios y de su gracia como lo vemos en la pecadora presentada por Lucas (Lc 7, 36-50).

9-11. De golpe, por la acción del sacramento de la peni­tencia y de la gracia interior, pecadores, nos sentimos libres de todos los lazos del mal y de los malos: los rechazamos con energía: "¡Lejos de mí todos los obradores de iniquidad!" Dios, por medio de Cristo, nos arranca de la esclavitud: "Confía, hijo; tus pecados te son perdonados" (Mt 9, 2). "Tu fe te ha salvado; vete en paz" (Lc 7, 50). Comienza una vida nueva en el reino de la luz, lejos de toda servidumbre: "...sino ofreceos más bien a Dios como quienes, muertos, han vuelto a la vida, y dad vuestros miembros a Dios como instrumentos de justi­cia" (Rom 6, 12-14; Col 13-14).


Todos mis enemigos sean confundidos.
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