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Pierre guichou


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SALMO 4

Cum invocarem exaudivit me




Dios, fuente única de salvación

y de felicidad verdadera

1. El salmista se explaya libremente en su diálogo, ya con Dios, ya con los fieles desanimados o acaso con los impíos. Ante Dios, que le ha hecho justicia en las pruebas pasadas, expone mi confianza en la prueba presente. A los hombres que piden a los ídolos su felicidad, los exhorta a volver a Dios, el único que puede asegurar la felicidad.

2. Sometido a dura prueba, el fiel apela a Yavé, que siem­pre se ha preocupado de sacarle de la opresión injusta.

3-4. Se dirige a los hombres "duros de corazón", designan­do con esta expresión a los fieles sin verdadero sentido religioso, cuya sede, para los judíos, es el corazón. Sin confianza en Yavé en la prueba, aman y buscan los ídolos que no son más que pura mentira y nada. Mientras que Yavé ha cambiado siempre la situación del salmista afligido, señal de que es verdadero Dios.

5-6. Que tiemblen y dejen de pecar. Que se examinen en sus largas y pacíficas meditaciones nocturnas, tan aptas para las inspiraciones divinas, que traten de aplacar a Dios con sa­crificios según sus deseos, que confíen otra vez en él: El les proporcionará la felicidad anhelada.

7-9. Con poca confianza en Yavé muchos fieles se pregun­tan quién podrá enseñarles, hacerles gustar la felicidad verda­dera, A esta pregunta de los escépticos, el salmista responde con un grito: "Alza, oh Yavé, sobre nosotros tu serena faz", lo que quiere decir: "Dirígenos una sonrisa luminosa, señal de tu benevolencia, muéstranos tu favor y alcanzaremos la felicidad". La luz de la faz de Dios, la sonrisa de su amor benévolo, asegu­ra al salmista un gozo superior a las mayores alegrías munda­nas, a la alegría clásica de las cosechas abundantes. Dios ase­gura a sus amigos y protegidos una paz profunda, la felici­dad completa de alma y cuerpo, que se manifiesta en un sueño apacible.



Dios Padre, única fuente de felicidad

y de salvación para Cristo y los cristianos

1 .El salmo expresa con acierto la confianza y seguridad de Cristo en el sepulcro: en paz espera la resurrección; exhorta a sus enemigos y verdugos a volver a Dios para hallar en él la verdadera felicidad.

Todos los fieles pueden apropiarse este salmo frente a los incrédulos que a su alrededor buscan incansablemente la feli­cidad en fuentes terrenas.

2. Para superar los obstáculos que cierran el camino, he­mos de contar también nosotros ante todo con Dios, defensor justo, sin dejarnos impresionar por los medios utilizados por los mundanos.

3-4. Los mundanos, "duros de corazón", incapaces de po­nerse en manos de Dios cuya providencia paterna desconocen (Mt 6, 33), se dirigen a nuevos ídolos, a medios vanos e inefica­ces para alcanzar la felicidad: dinero, negocios, política, etc.: todo ello nada y mentira. Sólo Dios es quien dirige y tiene en sus manos nuestro destino: ante nuestra petición de socorro, él restablece, a veces con largueza, nuestro bienestar material pero, sobre todo y siempre, nuestra felicidad moral y espiri­tual, como lo prueban las innumerables curaciones milagrosas, el perdón generoso concedido por Cristo: "Buscad... primero el reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura" (Mt 6, 33).

5-6. Los escépticos deben meditar largamente sobre esto para hacer cesar su separación, volver al temor de Dios, y apla­car su cólera, por el sacrificio justo, el de Cristo.

7-9. En la búsqueda afanosa de la felicidad, en la que no han hallado más que desilusiones, muchos no saben ya a quién pedirla. La felicidad la encontramos cuando vemos brillar so­bre nosotros el rostro luminoso y sonriente del Padre celestial y de Cristo, al ver que Dios y Cristo nos rodean de su benevo­lencia y amor infinitos: "Bienaventurados los limpios de cora­zón (sencillos, justos) porque ellos verán a Dios" (Mt 5, 8). Mientras el cristiano permanece digno del amor del Padre y del Hijo, recibe en si el gozo pleno de Cristo, gozo suscitado por la posesión y fruición incesantes de personas verdaderamente amables, las tres personas divinas ( Jn l5, 9 11; 17, 11-13). Es el gozo desbordante de quien ha encontrado un tesoro, una per­la preciosa (Mt 13,44-45), el gozo de Zaqueo acogiendo a Je­sús en su casa (Lc 19, 6), gozo que supera cualquier alegría terrena por su cualidad divina y por su estabilidad (Jn 16, 22). Los bienes terrenos son incapaces de apagar nuestra sed de felicidad "Quien bebe de esta agua volverá a tener sed", dice Jesús a la samaritana (Jn 4, 13).

A este gozo ultraterreno se añade la paz de Cristo, senti­miento sobrenatural de bienestar, de armonía integral que Cris­to suscita y mantiene en nosotros (Jn 14, 27) y que supera toda idea y sentimiento humano (Fil 4, 7). El fruto del espíritu, los electos de la presencia divina en nosotros, son el amor, el gozo, la paz (Gal 5, 22).

Tú pones en mi corazón una alegría mayor

que la del tiempo de copiosa cosecha de trigo, vino y aceite.


SALMO 5




Verba mea auribus percipe, Domine




El justo sólo puede contar

con la atención y el amor de Dios

1. En la áspera lucha de la vida, el salmista va al templo a hablar con Dios. Sabe que Dios no escucha a los malvados, pero tiene conciencia de que él es justo, mientras que sus ene­migos son impíos. Por eso espera que Dios les castigue, y a él le salve...

2-4. El salmista suplica a Yavé que le escuche, pues sólo él es su rey y su Dios, y a él únicamente acude y se confía lleno de esperanza, "ya de mañana", sin cesar.

5-7. Los malvados, infieles de corazón, pueden intervenir en el culto, pero lejos de ser realmente acogidos por Dios como verdaderos huéspedes, Dios los aborrece y se dispone a des­truirlos (Am 5, 21-23; Is 1, 11-16).

8-9. Cuando llega al templo para orar, el salmista está seguro del amor benévolo de Dios, pues le teme, no con temor servil, sino reverencial, hecho de veneración y de sumisión profunda. Que Dios, fuente de la perfección, se digne mante­nerle en el camino de la justicia, único medio de obtener la ayuda divina y con ella el triunfo sobre sus enemigos.

10-11. Sus enemigos son esencialmente malos: su boca es hipocresía, duplicidad; su garganta es un sepulcro abierto, siem­pre presta a devorar a aquél cuya muerte ha causado. Toda esta malicia se encubre con bellas palabras. Que Dios destruya a estos malvados, enemigos del salmista y, más todavía, enemi­gos de Dios.

12-13. Este justo castigo de los malvados alegrará a todos los justos, felices de ver con más claridad que Dios protege al justo con su benevolencia gratuita como con un escudo eficaz.

Como Cristo, el cristiano puede contar

con la providencia del Padre celestial

Después de Cristo, que grita y llora antes de su pasión, y es escuchado por su sumisión (Heb 5, 7), el cristiano no olvida acudir a Dios, dueño de su destino terrestre, para escapar a sus enemigos (Lc 12, 6-7); 2 Cor 1, 8-11). Pero empeñado en una lucha espiritual más importante y más dura todavía, sabrá poner, con sus fórmulas, toda su confianza en la protección di­vina para escapar al cerco de sus enemigos espirituales: el cris­tiano sabe que Dios, dueño absoluto de la historia, no apo­ya a sus enemigos, sino sólo a los justos, lo que le asegura que en último término la victoria final siempre será suya.

2-4. Frecuentemente Dios parece no atender nuestras apremiantes súplicas: quiere forzarnos a una confianza más plena, a un fiarnos solamente de él, queriendo ser él nuestro único rey, nuestro sostén, nuestro Dios y nuestro todo. Ore­mos, pues, sin cesar, "ya de mañana", y sepamos esperar su respuesta con plena confianza.

5-7. A veces nuestros enemigos espirituales (demonios u hombres) obtienen sobre nosotros, o sobre la Iglesia entera, vic­torias efímeras, como si Dios les protegiese contra nosotros... No, Dios no puede realmente conceder su ayuda a estas poten­cias maléficas, aun cuando ellas se escuden en su nombre para perseguirnos (Jn 16, 23). En el momento oportuno, Dios des­truirá a todos los que practican la idolatría y la injusticia.

8-9. El cristiano, al contrario que los malvados hipócritas, objeto continuo del amor del Padre y de Cristo, puede acercar­se a Dios no sólo en su templo terrestre, sino en su morada ce­lestial (Heb 12, 22), con una confianza total en su gracia (Heb 4, 16).

Para llegar y mantenerse en la verdadera justicia, fuente de salvación, el cristiano se apoya sólo en Dios: "Todo lo tengo por estiércol con tal de gozar de Cristo y ser hallado en él no en posesión de mi justicia... sino de la justicia que procede de Dios (Fil 3, 8-10). Nos empuja por el camino superior del amor, por el camino trazado por Cristo Jesús: "Vivid en caridad como Cristo nos amó y se entregó por nosotros" (Ef 5, 2; 1 Cor 12, 31, 13).

10-11. El fin y los procedimientos del demonio y de sus secuaces son siempre los mismos. El mentiroso promete audaz­mente maravillas: "No moriréis; seréis como Dios" (Gen 3, 4-5). Los lobos rapaces se disfrazan de ovejas (Mt 7, 15). Con palabras bonitas siembran la ruina y la muerte: "(el diablo) es homicida desde el principio" (Jn 8, 44). Dios y Cristo, pastores vigilantes de nuestras almas, saben hacer fracasar sus intri­gas: "pues esos falsos apóstoles, obreros engañosos, se disfra­zan de apóstoles de Cristo; y no es maravilla, pues el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. No es, pues, mucho que sus ministros se disfracen de ministros de la justicia; su fin será el que corresponde a sus obras" (2 Cor 11, 13-15).

12-13. La seguridad que le proporciona la protección divi­na, hace nacer en el ánimo del hombre divino, en el amigo de Dios mismo, un gozo constante: "Mientras yo estaba con ellos, yo conservaba en tu nombre a éstos que me has dado, y los guardé y ninguno de ellos pereció, si no es el hijo de la per­dición...'" (Jn 17, 12).

El favor, la benevolencia divina cubre al justo como un escudo: "Por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que me confirió no ha sido estéril, antes he trabajado más que todos ellos, pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo" (1 Cor 15, 10).

Que gocen de tu protección

y puedan en ti regocijarse cuantos te aman.

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