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Pierre guichou


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SALMO 2

Quare fremuerunt gentes

Poder indestructible del rey de Israel,

establecido por Dios

El salmo 2 es notable por su cuidada estructura literaria, por su poesía y su progresión dramática, debido a los cambios de escenas y personajes. Cuando Pedro atribuye este salmo a David (Hech 4, 25) no hace más que acomodarse a la opinión judía de su tiempo que asignaba todo el salterio a este rey, como el Pentateuco lo asignaba a Moisés. Por ciertos rasgos estilísticos, algunos exegetas consideran este salmo como protexílico: no existiendo ningún rey contemporáneo, el salmo se re­feriría directa y exclusivamente al futuro rey-mesías, es decir, sería directamente mesiánico. Es más probable que se tratase originariamente de un discurso puesto en labios de un rey de Judá en su entronización, como respuesta a la amenaza de al­gunos vasallos, que acaso se hubieran rebelado durante el in­terregno. En este caso, el poema, mesiánico sin duda alguna, se refiere al mesías, pero sólo a través del rey contemporáneo, tipo del futuro rey-mesías, como lo era todo rey de Israel. Originariamente, pues, el salmo era mesiánico sólo típicamente, pero después del exilio en que se maldecía a los reyes preexílicos, considerados como promotores de la perversión de Israel y por lo mismo de la ruina de Jerusalén y del templo y del des­tierro, los judíos, cuando cantan este poema, acaso modificado, no piensan más que en el mesías, objeto de sus esperanzas: en su espíritu el salmo toma así un sentido directamente mesiánico.

1-3. En oriente, patria de intrigas, la muerte de todo sobe­rano desencadenaba la rebelión de sus vasallos. Los reyes de Israel, a su subida al trono, tuvieron que reprimir insurrecciones entre sus vasallos ocasionales, amonitas, moabitas, idumeos (1 Re 11, 14-25). De la misma manera se preveía insurrecciones a la llegada del mesías. Ezequiel personifica estos insurrectos futuros en la figura enigmática de Gog (Ez 38-39; Zac 14; Mal 3, 13-21). Pero, ¿por qué este tumulto, esta insurrección de los pueblos paganos? ¿Para qué estos esfuerzos de insurrec­ción? Aunque se dirija contra el rey de Israel presente o futuro, lugarteniente visible de Yavé, en realidad va contra Yavé mis­mo, el verdadero rey de Israel, aunque no pueda triunfar.

4-6. Yavé, en su trono celestial, trono trascendente, sím­bolo del poder real indestructible, se divierte y sonríe ante esas intrigas. Esteriliza los esfuerzos de estos insurrectos, que nada pueden contra él, ni contra el rey de Israel, su ungido. Consa­grado, puesto sobre Sión por Dios, este rey israelita tiene ase­gurada la protección celestial todopoderosa.

7-9. El nuevo rey, lomando la palabra a su vez, recuerda el decreto divino que lo constituye rey, el oráculo promulgado por Natán a David en favor de Salomón y de todos sus suce­sores en el trono: "Yavé le edificará casa a ti... Cuando se cumplieren tus días v te duermas con tus padres, suscitaré a tu linaje después de ti, el que saldrá de tus entrañas y afirma­ré su reino" (2 Sam 7, 11-13). Es Dios ciertamente quien cons­tituye a todo rey de Israel v lo adopta así por hijo con un título más fuerte que a todos los demás israelitas: la entronización supone una adopción espiritual: "Yo le seré a él padre y él me será a mí hijo" (2 Sam 7, 14).

El salmista recuerda este oráculo: "Hoy te he engendrado, dice Yavé al nuevo rey, es decir, "yo te hago mi hijo adoptivo". A esta filiación adoptiva Dios une una heredad, el dominio que él se reserva sobre la tierra, sobre Palestina. Este reino insig­nificante se convierte, en la pluma de nuestro poeta (poeta de corte y oriental), en un inmenso imperio. Esta característica, que en el caso del rey de Israel es hiperbólica, se verificará literal­mente en el reino del mesías: la hipérbole contiene una profe­cía concreta.

Representante de Dios, el rey, actual o mesiánico, participa en los poderes reales, de su mandato celeste, hasta el punto de que goza de un poder irresistible, simbolizado en el cetro de hierro. Esta fuerza férrea destruirá cómodamente a los insurrec­tos, vasos de arcilla sin resistencia.

10-12. Como maestro de sabiduría, el salmista invita a la reflexión a los reyes, jueces (gobernadores) rebeldes. Les con­viene más volver a someterse a Dios y, como imagen de esa sumisión, besar humildemente sus pies sometiéndose al nuevo rey antes que provocar la cólera, la venganza real de Yavé y de su rey.

Venturosos los que a él se acogen.

Poder indestructible de Cristo resucitado,

constituido rey por su Padre

El cristiano, con su conocimiento detallado del rey-mesías, puede cantar este salmo cuyas fórmulas evocarán en su espíritu todas las riquezas de Cristo-rey, en sus diversas fiestas litúrgicas.

1-3. Jesús, al venir al mundo, ha encontrado la hostilidad de los poderes humanos. Herodes quiere hacer morir a este niño enemigo, presentado por los magos como "rey de los ju­díos" (Mt 2, 2). Según los apóstoles, que citan nuestro salmo, "juntáronse en esta ciudad contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel para ejecutar cuanto tu mano y tu consejo habían decre­tado de antemano que sucediese" (Hech 4, 27-28). Ante Pilato los judíos reniegan de su vocación de pueblo de Dios, claman­do: "Nosotros no tenemos más rey que al César" (Jn 19, 15). Por este grito de lealtad al César, rechazan al mismo tiempo la realeza de Cristo y la del Padre: "El que me aborrece a mí, aborrece también a mi Padre... sino que me aborrecieron a mí y a mi Padre" (Jn 15, 23-24).

4-6. Para qué tanta agitación. Dios se divierte, después destruye estas locas pretensiones con su tranquila proclama­ción: "Yo he consagrado a mi rey sobre Sión". Este rey es su Hijo Jesús, que ante Pilato se declara rey, con una realeza que no tiene su origen en la tierra, sino en el cielo: "Tú dices que soy rey... Mi reino no es de este mundo" (Jn 18, 36-37). Dios da a Cristo la consagración real ya en la encarnación, pero no se la da plenamente más que en la resurrección ungiéndole con el óleo de la gloria divina, entronizándolo en un trono celestial inamovible, en su mismo trono divino. "Te ungió Dios con el óleo de exaltación...; siéntate a mi diestra... Tu trono, oh Dios, subsistirá por los siglos de los siglos" (Heb 1, 8-13). Personaje famoso, es el "rey de reyes, señor de señores" (Apoc 19, 16). El Señor lo ha constituido sobre el universo, especialmente en y sobre la Iglesia, la Sión espiritual: "Resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo principado... A él sujetó todas sus cosas bajo sus pies y le puso por cabeza de todas las cosas en la Iglesia" (Ef 1, 20-23).

7-9. El oráculo de Natán sólo se verifica literalmente en Cristo, Hijo propio del Padre: "Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado". Este texto puede aplicarse a la generación siempre actual del Verbo en la Trinidad, pero los apóstoles sólo lo apli­can directamente a la unión de su naturaleza humana con la divina, asociación realizada radicalmente por la encarnación y consumada sólo por la resurrección: "Nosotros os anunciamos el cumplimiento de la promesa hecha a nuestros padres, que Dios cumplió en nosotros sus hijos, resucitando a Jesús, según está escrito en el salmo segundo: Tú eres mi hijo yo te engen­dré hoy" (Hech 13, 33; Heb 1, 3-5). Así pues Dios Padre proclama, en el momento de su consagración real, inicial o final, a Jesús por Hijo suyo, como a los reyes de Israel, sus predece­sores en el trono de Israel.

Constituido plenamente rey e hijo, Cristo recibe en heren­cia la jurisdicción universal de Dios sobre el mundo: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra", dice a sus apóstoles después de la resurrección (Mt. 28, 18; cf. Jn 17, 2). "Todo lo pusiste debajo de sus pies... Al decir que "se le so­metió todo", es que no dejó nada que no se le sometiera" (Heb 2, 8; Fil 2, 10; 1 Cor 15, 24-28).

Como el poder de Cristo es divino, su poder real es ilimi­tado, indestructible, y puede llamarse "cetro de hierro", fren­te a los poderes humanos, vasos frágiles de arcilla ante él (Apoc 19, 15). Jesús mismo anuncia que vendrá de improviso, con gloria y poder, a juzgar al pueblo judío (Lc 21, 25-27). El Apocalipsis (5-6) lo presenta tomando en sus manos el libro sellado que contiene el juicio punitivo del imperio romano per­seguidor, y cumpliendo este juicio (Apoc 6, 19), especialmente 19, 11 21. Lo mismo hará con la coalición satánica al fin del mundo: "Entonces se manifestará el inicuo a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca, destruyéndole con la manifestación de su venida" (2 Tes 2, 8).

10-12. El prudente consejo del salmista a los reyes y a los jueces (gobernadores) de la tierra, Gamaliel lo repite a sus co­legas del Sanedrín que quieren sofocar la predicación de los apóstoles, y con ella el recuerdo de Cristo: "Dejad a estos hom­bres, dejadlos; porque si esto es consejo u obra de hombres, se disolverá; pero si viene de Dios, no podréis disolverlo, y quizá algún día os halléis con que habéis hecho la guerra a Dios" (Hech 5, 38-39). Más vale, pues, someterse y salvarse por la obediencia de fe en Jesucristo Señor que tratar de oponer una resistencia vana y fatal. El pueblo judío (Mt 24, 34-35), más tarde el imperio romano (Apoc 18), han sido vencidos por Cris­to, que "pisa el lagar del vino del furor de la cólera de Dios" (Apoc 19, 15) y se la da a beber a sus enemigos obstinados: toda la historia es una prueba...

Venturosos más bien los que a él se abrigan

Poder indestructible de la Iglesia,

asociada a la realeza de Cristo


Por medio de Cristo, el salmo se aplica a la Iglesia y a cada cristiano, puesto que la cabeza extiende a todo su cuerpo y a cada uno de sus miembros el privilegio de la realeza espiritual al propio tiempo que el privilegio desconcertante de sus pro­pias persecuciones.

La víspera de su muerte dirige a sus discípulos avisos que tendrán su confirmación a lo largo de toda la historia: "en el mundo habéis de tener tribulación" (Jn 16, 33). "Si me persi­guieron a mí, también a vosotros os perseguirán" (Jn 15, 20).

Por parte del pueblo judío la Iglesia sufre, desde su adveni­miento, un duro asalto que pretende aniquilarla y que hace pensar en las insurrecciones descritas en nuestro salmo (Hech 4, 25-26). El Apocalipsis nos presenta la terrible coalición forma­da contra la Iglesia por el dragón (símbolo de los cultos ido­látricos): Satanás les permite dar la batalla contra los cristia­nos y condenarles a muerte (Apoc 13). Varios pasajes, finalmen­te, predicen que al fin de los tiempos el anticristo lanzará un último y espantoso ataque contra la esposa del cordero (2 Tes 2, 3; 1 jn 2, 18; Apoc 20, 7-9).

Revoluciones vanas y condenadas al fracaso. La Iglesia y los cristianos participan ya por el bautismo de la unción real de Cristo, en espera de participar más plenamente, comulgando con su gloria real en el cielo: "Al que venciere, le haré sentarse conmigo en mi trono, así como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono" (Apoc 3, 21; cf. Apoc 20, 4; Lc 22, 30).

Asociados a su filiación y a su realeza universal, participa­mos de su poder indestructible y de su lucha victoriosa contra los impíos: "Y al que venciere y al que conservare hasta el fin mis obras, yo le daré poder sobre las naciones, y las apacentará con vara de hierro, y serán quebrantados como vasos de barro" (Apoc 2, 26-27; 19, 14).

Venturoso el hombre que a él se acoge.


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