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Pierre guichou


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SAL M O 15 (16)

Conserva me, Domine

Dios, único tesoro y protector

del verdadero creyente

El salmista, en una situación crítica no precisa, contraria­mente a los que le rodean, que piden la salvación ora a Yavé, ora a los ídolos, no pone su confianza más que en Dios, a quien ha escogido como bien supremo, su guía y protector: sólo de él espera, con ilimitada confianza, ser librado del pe­ligro presente.

1-3. Comienza con una breve oración: "Guárdame, Yavé". Dios debe salvar al que a él recurre, y en él pone su esperan­za. A su alrededor, muchos israelitas, como en tiempos de Elías (1 Re 18, 21) "cojean de los dos pies", inclinándose alter­nativamente ya por Yavé, ya por los ídolos, para pedirles la salvación, protestando alternativamente, con el mismo fervor, su veneración por Yavé aparentemente juzgado como el bien "sumo, y por los ídolos "los santos", los seres divinos, que cons­tituyen toda su alegría.

4. La difusión de estos ídolos, "los débiles" (nombre de desprecio dado a los ídolos por los piadosos, divinidades débi­les, impotentes, auténticas nada), no hace dudar al salmista en su fe en Yavé: nunca tomará él parte en las libaciones, en los-cultos idolátricos. Llegará incluso hasta el extremo de ni nom­brar siquiera su nombre. Nunca acudirá a ellos en demanda de salvación.

5-6. El paralelismo de los dos esticos y el tema de la es­trofa sugieren una corrección en el primer estico: "Yavé, tu repartes mi heredad y mi cáliz". El sentido de la estrofa sería mejor: v. 5: Dios es quien fija la parte, el destino del salmista; v. 6: Dios le señala un lote maravilloso, como lo haría la cuerda del geómetra, en la repartición periódica de las tierras en Israel.

La traducción ordinaria introduce en el salmo una idea nueva, muy elevada: Yavé mismo es la parte esencial de la herencia de su siervo, y su copa, es decir, la fuente de un gozo inebriante para él. Dios, bien supremo del salmista, le asegura, incluso sobre la tierra, un lote magnífico, es decir, una carrera larga y deliciosa, defendiéndole contra todo peligro; es una profesión de confianza en medio del peligro en que se en­cuentra.

7-8. Dios ha guiado siempre a su siervo en el pasado, re­curriendo a veces a los sueños (considerados como cosa divina en el oriente), para iluminar sus "riñones", es decir, su cora­zón, su conciencia más íntima. El salmista, agradecido de esta protección, procura no arrojar a este Dios que cubre su dies­tra (el lado del guerrero no cubierto por el escudo), todos sus puntos débiles.

9-11. En pleno peligro de muerte, este Dios, en quien pone una confianza sin límites, le hace vibrar de alegría hasta en el fondo de su ser; hace que su carne (toda su persona, todo su ser) se sienta segura: no es posible que su Dios le deje mo­rir, ir a los infiernos, ver la fosa en que se pierde de vista a Dios. Todo lo contrario, curándole, lo mantendrá en el cami­no de la vida, permitiéndole seguir en su templo, en presencia de Dios, ante él, a su derecha, para su felicidad completa, pues si el salmista desea la salvación y la salud no es puramente para vivir más, sino para seguir saboreando la comunión es­piritual con Dios, cosa imposible en los infiernos, donde se pierde hasta el recuerdo mismo de Dios. Esta concepción tan alta de la religión, amistad íntima, comunión permanente con un Dios interior, abre el camino para el descubrimiento de la supervivencia humana feliz, continuación en el más allá de una vida espiritual independiente del cuerpo.



El Padre celestial, único tesoro

y protector de Cristo

Según el testimonio de Pedro (Hech 2, 24-32) y de Pablo (Hech 13, 35-37) la situación crítica y la actitud espiritual de este israelita piadoso prefiguran, en el designio de Dios, la situación y la actitud de Cristo en la pasión: el salmo descri­be a Cristo mediante un tipo, una figura. Al leer el salmo podemos escuchar a Cristo paciente expresando su confianza ilimitada en él, tratando también nosotros de entrar en sus mismos sentimientos.

1. Al recitar el salmo 21 en la cruz, Jesús halla una fórmu­la que los judíos pronuncian con él en voz alta:
Se encomendó a Yavé, líbrele él;

sálvele él, pues dice que le es grato (Sal 21, 9; Mat. 27, 43)

Ultrajado, no replicaba con injurias,

y atormentado, no amenazaba, sino que lo remitía

al que juzga con justicia (1 Ped 2, 23).
2-3. Si la antigua idolatría no existía ya en tiempos de Je­sús, los judíos, creyendo apoyarse en Dios mismo, la han sus­tituido por otra, el culto a Satanás: "No somos hijos de pros­titución (la prostitución religiosa, es decir, no somos idólatras): no tenemos más que un padre, Dios", proclamarán...

Pero Jesús les responde enérgicamente: "Si Dios fuese vues­tro Padre, me amaríais... Vosotros tenéis por padre al diablo..." (Jn 8, 41-44). A pesar de las apariencias, son idólatras...

4. Los judíos son siervos de su ídolo tiránico: "Vosotros queréis cumplir las obras de vuestro padre" (Jn 8, 44); forman una generación perversa y adúltera, infiel a Dios, el esposo de Israel (Mt 12, 39).

Cristo, en cambio, rechaza absolutamente cualquier com­promiso con el diablo. El demonio tratará ciertamente de se­ducirle proponiéndole el dominio sobre el mundo y sobre to­dos los reinos de la tierra con la condición de la adoración idolátrica: "Todo esto te daré, si de hinojos me adorares. Díjole entonces Jesús: Apártate, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto" (Mt 4, 9-10).

Rechaza con la misma energía un consejo satánico de Pe­dro que le recomienda no meterse en el camino de la cruz: "Retírate, Satanás" (Mc 8, 33). En Getsemaní, Satanás sufre una derrota semejante: "Padre, hágase tu voluntad" (Mt 26, 42).

5-6. Dios Padre es la herencia, el bien supremo de su Hijo, su cáliz. El Padre se ha dado plenamente a su Hijo: "Todo lo tuyo es mío", declara Jesús (Jn 17, 10). Aun abandonado de todos, Jesús guarda su tesoro esencial: "Yo no estoy solo; el Padre está siempre conmigo" (Jn 16, 32). Esta posesión que le hace gozar siempre íntimamente de la presencia del Padre hace su gozo inalterable (Jn 15, 10-11). Su Padre le asegura su lote, su herencia esencial, es decir, la gloria celestial, el nom­bre divino de "Señor", que es sobre todo nombre, el mundo creado espiritual, sobre el que es constituido como rey: "Lo has coronado de gloria y de honor. Has puesto todo bajo sus pies" (Heb 1, 2, 4, 9; 2, 5-9).

7-8. Jesús tiene, toda su vida, los ojos fijos en el Padre que le indica lo que tiene que hacer (Jn 5, 20) y le enseña lo que tiene que decir (Jn 8, 28; 14, 10). Estando siempre su Padre con él, Jesús nunca cederá; ni Pilatos (Jn 19, 11), ni el mismo prín­cipe de este mundo (Jn 14, 30) tienen poder alguno sobre él si el Padre no se lo da. Dispone soberanamente de su misma vida: "Tengo poder de dar mi vida y de tomarla. Tal es el mandamiento recibido de Dios" (Jn 10, 18).

9-10. Esta solicitud de su Padre mantiene en Cristo un gozo vivo y profundo y una serenidad perfecta ante la muerte.


Mi carne se siente segura;

no dejarás tú mi alma en el sepulcro,

no dejarás que tu santo experimente la corrupción...
Jesús salta de gozo ante la muerte que para él no es des­trucción, sino paso al Padre: "...si me amareis os alegraríais, pues voy al Padre, porque el Padre es mayor que yo" (Jn, 14, 28).

Pedro (Hech 2, 25-28) y Pablo (Hech 13, 34-37) aplican este pasaje a Jesús, con las variantes de la versión griega: "Mi carne misma reposará en la esperanza porque no dejarás mi alma en el Hades, y no dejarás a tu santo ver la corrupción".

El cuerpo de Cristo reposa tranquilo en el sepulcro: la certeza de que su Padre no abandonará su alma en los infier­nos adonde desciende para predicar a las almas allí prisione­ras (1 Ped 4, 19), le asegura de que pronto volverá a la vida y escapará por tanto a la corrupción.

Jesús había recibido esta seguridad de las Escrituras, pro­mesa de su Padre: "Era necesario que se cumpliera todo lo que está escrito en la ley de Moisés y en los profetas y en los salmos de mí. Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras, y les dijo: Que así estaba escrito que el mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos" (Lc 24, 44-46; 24, 25-27). Jesús, pues, no ha obteni­do mía simple prolongación de su vida terrena, sino que por la muerte, ha entrado en una vida inmortal y celeste muy su­perior: "Cristo resucitado de entre los muertos, ya no muere, la muerte no tiene ya dominio sobre él. Porque muriendo, mu­rió al pecado una vez para siempre; pero viviendo, vive para Dios" (Rom 6, 9-10). El sufrimiento y la muerte son un ca­mino que el Padre fija para que su Hijo llegue a la vida y a la gloria; este es el camino que le lleva a sentarse a la diestra de Dios (Mc 16, 19); ungido con el óleo de la alegría que es la gloria divina (Heb 1, 9).



Dios, tesoro y protección del cristiano

"El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues quien quiera salvar su vida, la perderá, y quien pierda la vida por mí y el evangelio, ése la salvará" (Mc 8, 34-35). Los discípulos de Jesús deben reco­rrer el mismo camino que él para llegar al Padre y entrar en la vida eterna: su deseo debe ser siempre conocerle: "Para co­nocerle a él y el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos conformándome a él en la muerte por si logro alcanzar la resurrección de los muertos" (Fil 3, 10-11).

1. Para que nuestro viacrucis sea realmente para nosotros el camino de la vida eterna, lo mismo que fue el de Cristo, y con él, debemos tomar como refugio y defensa a Dios Padre, a quien Jesús ha encomendado a todos sus discípulos: "Padre santo, guarda en tu nombre a éstos que me has dado, para que sean uno con nosotros. Mientras yo estaba con ellos, yo con­servaba en tu nombre a éstos que me has dado, y los guardé, y ninguno de ellos pereció, sino el hijo de la perdición, para que la Escritura se cumpliese. Pero ahora yo vengo a ti y hablo estas cosas en el mundo para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos. Yo les he dado tu palabra y el mundo los aborreció, porque no eran del mundo, como yo no soy del mundo. No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal" (Jn 17, 11-15).

3-4. El mundo incrédulo, y aun muchos cristianos que lo son sólo de nombre, adoran a los ídolos: placeres, gloria, ri­quezas (1 Jn 2, 16). "Porque son muchos los que andan, de quienes frecuentemente os dije y ahora con lágrimas os lo digo, que son enemigos de la cruz de Cristo. El término de ésos será la perdición, su dios es el vientre, y la confusión será la gloria de los que tienen el corazón puesto en las cosas terre­nas..." (Fil 3, 18-19). Otros adoran el poder político, semejan­te a una bestia satánica (Apoc 13, 2), o la ciencia, etc. Nos­otros debemos defendernos de cualquier compromiso con el demonio, el mundo y sus ídolos: "Hermanos, no améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él la caridad del Padre" (1 Jn 2, 15). "No os unáis en yunta desigual con los infieles. ¿Qué consorcio hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué comunidad entre la luz y las tinieblas? ¿Qué concordia entre Cristo y Belial? ¿Qué parte del creyente con el infiel? ¿Qué concierto entre el templo de Dios y los ídolos? Pues vosotros sois templo de Dios vivo, se­gún Dios dijo: "Yo habitaré y andaré en medio de ellos, y seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Por lo cual salid de en medio de ellos y apartaos, dice el Señor; y no toquéis cosa inmunda, y yo os acogeré y seré vuestro Padre y vosotros seréis mis hijos y mis hijas, dice el Señor todopoderoso" (2 Cor 6, 14-18).

Al renunciar al mundo hemos obtenido por Padre a Dios. Todos, pero de manera especial cuantos guardan el celibato eclesiástico, tenemos en este Padre y en las tres personas divi­nas, nuestra herencia (Rom 8, 17), nuestro cáliz, la mejor par­te que no puede sernos arrebatada (Lc 10, 42), el tesoro y la perla preciosa, cuyo hallazgo debe hacernos saltar de alegría: "El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido..., a una perla preciosa" (Mt 13, 44-46).

7-8. También nosotros, como el maestro, y a ejemplo suyo, nos dejamos guiar por el Espíritu de Dios (Rom 8, 14), recha­zamos la sabiduría del mundo para seguir sólo la sabiduría de Dios, el pensamiento de Cristo, sabiduría que siendo aparen­temente debilidad, es, de hecho, fuerza de Dios victoriosa, in­vencible (1 Cor 1-2).

9-10. La fe nos enseña que la única muerte verdadera es la muerte del pecado. Para nosotros, creyentes, la muerte físi­ca no es una muerte verdadera que aniquile definitivamente el cuerpo y la integridad de nuestro ser, sino simplemente un sueño pasajero mientras esperamos despertar para una vida mejor: "El que cree en mí, no morirá eternamente" (Jn 11, 26). La resurrección de Jesús garantiza nuestra resurrección, hasta el punto de que nos dormiremos con la misma seguridad de que despertaremos como él: "Cristo ha resucitado (se ha des­pertado) de entre los muertos como primicia de los que mue­ren" (1 Cor 15, 20).

Confiados en Dios y en Jesús, gozamos también de una paz y de una alegría sin límites.

11. Por la resurrección, Cristo nos introducirá en la Jerusalén celestial. Allí nos saciaremos en el río de las aguas vivas, nos hartaremos con los frutos de los árboles de vida; veremos la faz de Dios y del cordero (Apoc 22, 1-5), y participaremos de las delicias eternas de la boda del cordero: "Alegrémonos y rego­cijémonos; démosle gloria; porque han llegado las bodas del cordero, y su esposa está dispuesta y fuéle otorgado vestirse de lino brillante, puro, pues el lino son las obras justas de los santos. Y me dijo: escribe: Bienaventurados los invitados al banquete de bodas del cordero" (Apoc 19, 7-9).

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