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Nueva Alianza

PIERRE GUICHOU

Los Salmos

Comentados Por La Biblia




Introducción

El género lírico se halla representado en la Biblia por va­rios poemas e himnos diseminados por los libros históricos y proféticos, y, sobre todo, por las composiciones sapienciales, entre las que se halla el salterio con sus 150 poemas, admirables por su variedad y riqueza.



Autores y fechas de los salmos




Formación del salterio

Una tradición judía tardía atribuye a David, el rey músico, la composición de gran número de estos cánticos. Promotor del culto del arca, el piadoso rey favoreció sin duda el movimien­to sálmico y compuso él mismo algunos cantos de circunstan­cias. Sin embargo, la mayor parte de los salmos procede de autores posteriores y anónimos, simples fieles, escribas de la corte, sacerdotes o cantores del templo, especialistas de la sal­modia. Los salmos se componen durante muchos siglos, en el período turbulento que va desde David hasta la dominación griega, desde el s. x hasta el IV antes de Cristo. Estos cantos, que al principio aparecen aisladamente, se fueron agrupando progresivamente en pequeñas colecciones hasta reunirse en una colección única hacia el s. III antes de Cristo. (Véase Bible de Jerusalén, introducción al libro de los salmos).



Importancia literaria

La composición de los salmos a través de esos siglos tur­bulentos y aun trágicos para Israel, representa un aconteci­miento literario de capital importancia, no sólo porque muchos de ellos son composiciones clásicas, dignas de figurar en las antologías literarias del espíritu humano, sino también por su carácter de documentos históricos y de testimonios humanos muy preciosos. Nos dan a conocer a lo vivo la vida palestinense de aquel largo período, en sus aspectos exteriores, y sobre todo, en su movimiento profundo, ya que a través de ellos, percibi­mos aun hoy las vibraciones violentas o delicadas del alma ju­días, sus emociones ante el espectáculo de la naturaleza creada, ante el choque de los acontecimientos políticos o sociales, agradables o desagradables, y, sobre todo, al contacto con Dios, salvador o juez.


Lugar de los salmos en la economía de la salvación

La aparición de los salmos hebreos —al contrario de los sal­mos paganos, a veces literariamente semejantes— no es sólo un acontecimiento literario puramente humano, casual, sino un hecho divino íntimamente ligado a la economía divina de la salvación del mundo. Este es el aspecto esencial que se debe reconocer en ellos si se quiere captar su auténtico alcance y significado.



Los salmos en la vida, de Israel

Cuando Israel era niño, yo le amé,

yo desde Egipto vengo llamando a mi hijo...

Yo enseñé a andar a Efraím...

fui para él como quien alza una criatura

hasta tocar a sus mejillas,

y me bajaba hasta él para darle de comer... (Os 11, 1-4).
Con la elección de Abrahán y su familia, de Moisés y su pueblo, Dios se forma un pueblo y lo convierte en hijo adop­tivo, cuidando de él como padre: se ocupará de sus necesida­des temporales, pero, especialmente, de su educación espiritual. En realidad Dios se revela a Israel como un Dios paternal, lo mismo que un padre o una madre, por su constante preocupa­ción, a veces, indulgente, en ocasiones severa y ruda. Como un maestro, "enseñándole a andar, apretándole contra sus meji­llas", es decir, dándole signos concretos de su bondad, Dios le hace descubrir progresivamente su perfección paternal, unien­do la bondad con la severidad. Con ello provoca en Israel, su hijo adoptivo, la rica gama de sentimientos que constituyen una piedad verdadera, una religión auténtica.

Yavé no se limita a formar el espíritu y el corazón de Is­rael: como un padre o una madre, le enseña a hablar, a tradu­cir su piedad filial en oración y en cantos; el Espíritu Santo le enseña a cantar a su Dios, sus perfecciones y sus obras, a im­plorar su bondad o su misericordia:


Confiadamente esperé en Yavé,

y se inclinó y escuchó mi clamor.

Puso en mi boca un cántico nuevo,

una alabanza a nuestro Dios (Sal 40, 2 y 4).


El Espíritu hace fijar después los cantos que ha puesto en el corazón y en los labios de los salmistas, pues por sus pala­bras quiere él inspirar a otros fieles los sentimientos que aqué­llos reflejan: por ellas les enseñará e impulsará a cantar a Dios y a implorarle:

Escribid, pues, este cántico,

enseñádselo a los hijos de Israel,

ponédselo en su boca... (Dt 31, 19).


Esta orden de Dios a Moisés y a Aarón vale para todos los salmistas.

Las palabras y las frases que un padre o una madre enseñan a balbucear a sus hijos contienen una profundidad y una ri­queza inaccesibles para sus almas infantiles. Toda obra lite­raria profunda exige una gran cultura para ser comprendida plenamente... Las palabras y los cantos puestos por Dios en labios de Israel sobrepasan la capacidad de este pueblo niño que debe limitarse a balbucearlos sin poder captarlos plena­mente. Los salmos son, en efecto, un eco de la palabra divina celestial, una traducción del Verbo eterno que resuena en Dios como un salmo vivo permanente. Este salmo-tipo presenta una pureza y una sencillez perfectas, ya que consiste en una sola palabra: "¡Abba Papá!". Pero en este grito del corazón que lo dice todo, el Hijo de Dios, Cristo preexistente, concentra la ple­nitud de su piedad filial y de toda piedad que de ella se deriva.

El Espíritu Santo, inspirando los salmos a los judíos piado­sos, adapta a un lenguaje humano múltiple y variado, este inefable salmo celestial: Abba, Papá.
Israel, pueblo espiritualmente niño, hijo sólo adoptivo de Dios, no sería por sí mismo capaz de cantar los salmos con la plenitud de piedad filial que suponen, dado ese su carácter de traducciones del salmo celestial: de aquí que espere un cantor que esté al nivel de estos cantos. Así como la ley y los profe­tas tienden y aspiran a su perfección y realización, que sólo se halla en Cristo, así los salmos, balbuceados por Israel, esperan un cantor capaz de poner en sus fórmulas, eco del canto del Verbo, una piedad filial semejante a la del Verbo; esperan que el mismo Verbo en persona se haga hombre para sintonizar per­fectamente la salmodia de la tierra con la del cielo, fundándolas en la única salmodia perfecta, la que inspira su piedad.

Los salmos en la vida de Cristo

Sorprende y nos lamentamos a veces, que Jesús no nos haya enseñado, además del "Padre Nuestro", otras oraciones, expre­sión de su propia oración. Se debe esto a que el Verbo encar­nado plasmaba ordinariamente su oración, su piedad humana, por rica y plena que sea, en las fórmulas de los salmos, calca­dos por el Espíritu Santo en el canto divino del Verbo y, aptas, por consiguiente, para expresar y contener el canto humano del Verbo encarnado.

Dócil a la ley, a la que ha nacido sometido, Jesús hace de los salmos su oración esencial. Los reza con todo su pueblo, más aún, en nombre de todo Israel, pues él es el verdadero rey de los judíos, el auténtico representante ante Dios de todo Israel, a quien lleva en sí mismo como su cabeza: en él, sin sospechar­lo, Israel alcanza definitivamente su madurez de hijo de Dios, y pone en los salmos la piedad filial que suponen y exigen.

Sin embargo, si Jesús canta los salmos no es por simple ne­cesidad (solidaridad social u obligación moral), sino bajo la pre­sión de su religiosidad personal. Habiendo asumido perfecta­mente la condición terrena de los pecadores, con sus miserias y debilidades (salvo el pecado), y precisamente en la raza de Abrahán, dentro del pueblo judío (Fil 2, 7; Heb 2, 14-16), el Verbo encarnado conoce personalmente la diversidad de situa­ciones humanas, y especialmente, las de los judíos. Conoce momentos de euforia ante Dios, ante los hombres o ante la creación; conoce la angustia que produce la aparente ausencia o indiferencia de Dios o el encarnizamiento de los enemigos... Conoce las pruebas físicas (fatigas, sufrimientos, muerte...) con las pruebas morales que las acompañan. Por esto es el hombre (Jn 19, 5) y el judío perfecto, el rey de los judíos (Jn 19, 19) hombre y el judío-tipo, auténticamente y, a la vez rey, sacer­dote, profeta, sabio, pobre, oprimido, siervo de Dios, siervo do­lorido, abandonado, y condenado a muerte, a pesar de su ino­cencia... El realiza plenamente en su persona todos aquellos personajes que rezaron los salmos, y en su vida realiza todas las situaciones que suponen estas oraciones. No necesita in­ventar formulas nuevas para rezar en estas situaciones, ya que el Espíritu ha preparado para el Verbo encarnado fórmulas humanas calcadas en su canto celestial.

A esto se debe el que Cristo, conservando su libertad para expresarse a veces en fórmulas nuevas, expresa normalmente sus sentimientos con los salmos. Así, por el salmo 39 presenta al Padre el programa de su vida al entrar en el mundo (Heb 10, 5, 10); con los salmos termina la cena, primera misa y primera ordenación sacerdotal (Mc 14, 26). Más aún: en la cruz, cul­men de su vida y de su misión, expresión suprema de su piedad de su religiosidad íntima, emplea el salmo 21 para implorar a su Padre y amonestar a sus verdugos.

El salmo 30 le presta su última palabra de confianza y amor: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Sal 30, 6; Lc 23, 46).

Al expresar su piedad en los salmos, Jesús nos invita a ver en ellos el reflejo fiel de los sentimientos y movimientos de su alma, que nos permite captar al vivo su vida espiritual. El sal­terio, bien comprendido, nos permite también, de alguna ma­nera, completar y precisar el retrato espiritual que los evange­lios nos presentan de Cristo, según sus mismas palabras: "era preciso que se cumpliera todo lo que está escrito en la ley de Moisés y en los profetas y en los salmos de mí" (Lc 24, 44).

Los salmos, oración cristiana

Si han podido acoger y contener la oración de Cristo en sus manifestaciones más hermosas, los salmos pueden acoger y con­tener la nuestra, que se deriva de la suya, más aún, que se iden­tifica con la suya, puesto que nosotros oramos en su nombre, en su persona. En verdad es Jesús mismo quien, de un modo misterioso, continúa orando por la boca de su Iglesia y de sus discípulos, de la misma manera que sigue hablando, sufriendo, salvando, en una palabra, viviendo en todos ellos: "ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2, 20).

Nosotros, continuadores de su oración, nada podemos hacer mejor que emplear sus fórmulas, los salmos. Para que su sal­modia se continúe realmente en nosotros, él nos presta su pie­dad y su vida espiritual, nos pasa de una infancia espiritual a la edad adulta que realiza la plenitud misma de Cristo, el hom­bre fuerte (Ef. 3, 13-14). Provocando y dirigiendo este creci­miento, el Espíritu Santo nos enseña y nos ayuda a salmodiar en nombre de Cristo y en su persona, con una piedad filial cada día más adulta, que introduce en nuestro canto la interpela­ción que lo resume todo: ¡Abba! ¡Papá!: Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita: ¡Abba! ¡Padre! (Gal 4, 6; Rom 8, 15).

Ante estos salmos, aparentemente demasiado simples y po­bres para contener nuestra piedad, pero en verdad capaces de expresarla íntegramente, debemos volvernos a Cristo, el sal­mista perfecto, para decirle: "Señor, enséñanos a orar los sal­mos". Sí, que el maestro venga a enseñarnos a salmodiar sabro­samente como lo pide el salmista (Sal 46, 8), comunicándonos su sabiduría, su gusto de Dios, llenándonos de su propia piedad.

En este ardiente deseo de llegar a salmodiar los salmos sa­boreándolos, podremos sin duda dirigirnos también a la Iglesia en el momento en que ésta está pensando reorganizar la ala­banza divina de los salmos. "Orando, no seáis habladores, como los gentiles, que piensan ser escuchados por su mucho hablar" (Mt 6, 7). Pensando en este aviso del Señor, desearíamos, con todo el respeto, que disminuyese el número de salmos del ofi­cio cotidiano, no por afán de disminuir el tiempo de la salmo­dia, sino por deseo de recitar los salmos más lentamente, con más gusto, con mayor fe y piedad, para mayor gloria de Dios y mayor provecho del alma.

Este libro no pretende otra cosa sino hacer presentir y de­sear el rezo de los salmos en las condiciones descritas, para todos aquellos que diariamente rezan el oficio divino, el mi­nisterio divino de la alabanza, en unión con Cristo resucitado, primer salmista. Este comentario pretende incluso enseñar a todos los cristianos a rezar los salmos, ya que todos ellos deben continuar en la tierra la oración de Jesús y no hay medio mejor para hacerlo que tomar sus mismas fórmulas metiendo en ellas los propios sentimientos. Este trabajo seguramente no aporta nada nuevo a la exégesis de los salmos: utiliza los comentarios recientes siguiendo de cerca las traducciones ya clásicas, la tra­ducción latina del breviario o la traducción de Nácar-Colunga, que el lector debe tener a la vista. El comentario trata de poner de manifiesto el valor de oración que ofrece cada salmo en boca del salmista y en la del pueblo judío, en labios de Jesús y en los nuestros, poniendo de relieve la continuidad discontinua que entre ellos se da: Israel todavía no hace más que deletrear los salmos que Cristo, maestro de coro, canta con toda plenitud con su voz divina y rica de todas las armonías de la piedad fi­lial perfecta. Que nuestras voces, con su gracia, antes de fundir­se con la suya en la salmodia celestial, puedan hacer oír a Dios Padre y a los hombres una salmodia melodiosa, eco puro y fiel del canto del cordero en el cielo (Apoc 15, 3).


N. B. El comentario de cada salmo, a base del Nuevo Testamento, ayudará a comprender fácilmente el uso que de él hace la liturgia.

Cada salmo es comentado íntegramente para que pueda ser estu­diado y sobre todo meditado independientemente.

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