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Philip k. Dick


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CAPÍTULO VIII


David Bohlen sabía que su abuelo Leo tenía mucho dinero y que no le importaba gastarlo. Por ejemplo, antes de partir del edificio terminal de cohetes, el anciano, con su grueso traje, su chaleco y gemelos de oro —era el traje que el muchacho había tratado de divisar, a lo largo de la rampa en donde aparecieron los pasajeros—, se detuvo ante la floristería y compró a la madre del muchacho un ramo de grandes flores azules de la Tierra. Y quiso comprar algo también para David, pero no había juguetes, sólo dulces, que fue lo que compró el abuelo Leo: una caja de un kilo.

Bajo el brazo el abuelo Leo tenía un cartón blanco atado con una cuerda: no había dejado que los empleados del cohete se hiciesen cargo de él y lo colocasen con el equipaje. Cuando abandonaron el edificio terminal y se encontraban ya en el helicóptero de su padre, el abuelo Leo abrió el paquete. Estaba lleno de pan judío y de golosinas; también había carne de buey en rebanadas envueltas en plástico protector, en total kilo y medio.

—¡Cielos! —exclamó Jack encantado—. Viene desde Nueva York. No puedes conseguir esto aquí en las colonias, papá.

—Lo sé, Jack —dijo el abuelo Leo—. Un amigo judío me dijo donde encontrarlo y me imaginé que os gustaría, porque tú y yo tenemos los mismos gustos —lanzó una risita complacida al ver lo felices que había hecho a sus familiares—. Os prepararé un bocadillo cuando lleguemos a casa: será lo primero que haré nada más llegar.

El helicóptero se alzaba ahora por encima del terminal de cohetes y pasó ya a los principios del oscuro desierto.

—¿Qué tal tiempo habéis tenido aquí? —preguntó el abuelo Leo.

—Muchas tormentas —contestó Jack—. Prácticamente nos enterraron, hace poco más o menos una semana. Tuvimos que alquilar equipo de emergencia para excavar.

—Malo —dijo el abuelo Leo—. Deberías construir una valla de cemento, esa misma de que me hablabas en tus cartas.

—Cuesta una fortuna edificar aquí —dijo Silvia—, no es como allá en la Tierra.

—Lo sé —admitió el abuelo Leo—, pero hay que proteger las inversiones propias... la casa es de un gran valor y no os olvidéis que tenéis agua cerca.

—¿Cómo podemos olvidarlo? —exclamó Silvia—, Gran Dios, sin el canal moriríamos.

—¿Es más ancho este año el canal? —preguntó el abuelo Leo.

—Igual —dijo Jack.

David intervino.

—Lo dragaron, abuelo Leo. Yo los vi; los hombres de las NU, utilizaron una gran máquina que extraía la arena del fondo y el agua es mucho más limpia. Así que mi papá cortó el sistema de filtro y ahora cuando viene el vigilante y abren la compuerta de nuestra casa, podemos bombear tan deprisa que papá me ha permitido plantar un nuevo jardín de verduras que puedo regar con el agua sobrante, y tendré maíz y un par de plantas de carlota, pero siempre y cuando no se lo coman los escarabajos. Ya anoche conseguimos maíz. Alzamos una cerca para impedir que esos animalitos entren... ¿cómo se les llama, papá?

—Ratas de arena, Leo —dijo Jack—. En cuanto al jardín de David empezó a producir, vinieron las ratas de arena. Proceden de lejos —extendió las manos para indicar—. Son inofensivas, excepto que comen el equivalente a su peso en diez minutos. Los antiguos colonos nos previnieron, pero tuvimos que intentarlo.

—Es bueno cultivar los propios productos —dijo el abuelo Leo—. Sí, me hablaste del jardín en una de tus cartas, David: mañana me agradará verlo. Esta noche estoy cansado; he hecho un largo viaje, aun cuando los nuevos navíos que tienen; dicen que son más rápidos que la luz, pero no es verdad: aún se tarda mucho en despegar y aterrizar y se sienten fuertes sacudidas. Cerca mío tenía una mujer que estaba aterrorizada al pensar que podíamos abrasarnos; hacía muchísimo calor dentro, a pesar del aire acondicionado. Yo no sé por qué dejan que la gente pase tanto calor, ciertamente que los billetes son carísimos y eso debería compensar. Pero resulta una gran mejora... si uno recuerda el navío que tomasteis vosotros cuando emigrasteis hace años. ¿Cuánto os costo? ¡Dos meses!

—Leo —dijo Jack—, espero que hayas traído tu máscara de oxígeno. La nuestra es demasiado vieja ahora, no inspira confianza.

—Seguro, la tengo en mi maleta parda. No os preocupéis por mí, puedo aguantar esta atmósfera... conseguí que me recetasen un comprimido distinto para el corazón, realmente muy perfecto. Todo mejora en la patria. Claro, está superpoblada. Pero más y más personas emigraron aquí... te doy palabra, hijo. La niebla es cosa mala en la patria, casi le mata a uno.

David intervino:

—Abuelo Leo, el vecino de casa, el señor Steiner, se quitó la vida y ahora su hijo Manfred ha regresado del campamento para niños anormales y mi papá está construyendo un mecanismo para que podamos hablar con él.

—Bueno —dijo el abuelo Leo, con amabilidad. Miró radiante al muchacho—. Es interesante, David. ¿Es muy mayor el chico ése?

—Diez años —contestó David—, pero no puede hablar en absoluto con nosotros, todavía. Sin embargo, papá arreglará la cuestión con su mecanismo y ya sabes las maravillas que hace papá trabajando y para quién trabaja ahora, ¿verdad? El señor Kott, jefe de la Unión de Trabajadores Hidráulicos y de su ciudad; realmente es un hombre muy importante.

—Creo haber oído hablar de él —afirmó el abuelo Leo, con un guiño a Jack que el muchacho captó.

Jack contestó a su padre:

—Papá, ¿sigues aún decidido a hacer ese negocio de comprar tierras en la cordillera FDR?

—Oh, seguro —contestó el abuelo Leo—. Puedes apostar tu vida, Jack. Naturalmente, vine en un viaje sociable, para vernos todos, pero no hubiera podido tomarme tanto tiempo libre de no ser que dedicase parte a este negocio.

—Yo creí que habías renunciado —comentó Jack.

—Vamos, Jack —afirmó el abuelo Leo—, no te preocupes; déjame que me preocupe yo de si hago bien o mal; llevo muchos años ya en el negocio de la compra y venta de terrenos. Tú lo único que tienes que hacer es llevarme hasta las montañas para que eche un vistazo de primera mano. Tengo muchos mapas; y, sin embargo, deseo verlo con mis propios ojos.

—Sufrirás un desencanto cuando lo veas —dijo Silvia—. Es una zona muy desolada, sin agua, apenas existe vida.

—Eso no debe preocuparos ahora —contestó el abuelo Leo sonriendo a David. Dio un codazo al muchacho en las costillas—. Me alegro de ver a un jovencito sano y fuerte y lejos del aire emponzoñado que tenemos en la patria.

—Bueno, Marte también tiene sus inconvenientes —intervino Silvia—. Trata de vivir con agua mala o sin agua en absoluto durante una temporada y lo verás.

—Lo sé —dijo muy serio el abuelo Leo—. Vosotros tenéis valor por vivir aquí fuera. Pero es sano; no os olvidéis de eso.

Debajo de ellos, ahora, relucían las luces de Bunchewood Park. Jack dirigió el helicóptero hacia el norte, tomando el camino de su casa.

Mientras pilotaba el helicóptero de la Compañía Yee, Jack Bohlen miró de reojo a su padre y se maravilló de lo poco que había envejecido, del aspecto vigoroso y sano que tenía Leo, un hombre que había pasado los setenta años. Y, sin embargo, en su trabajo, continuamente, parecía disfrutar más que nunca con la especulación.

No obstante, aunque no lo mostrase, estaba seguro de que el largo viaje en la Tierra había agotado más a Leo de lo que pretendía reconocer. De cualquier forma, ya estaba casi en la casa. El girocompás marcaba 7'08054; estaban a pocos minutos del término del viaje.

Cuando hubieron aparcado en el tejado de la casa y descendido por la escalera, Leo de inmediato cumplió su promesa; en la cocina se puso a trabajar, preparando alegremente a cada uno de ellos un bocadillo de carne de buey con pan judío. Pronto estuvieron todos sentados en la sala de estar, comiendo. Cada cual se sentía tranquilo y relajado.

—No puedes saber el hambre que teníamos de esta clase de comidas —dijo por último Silvia—. Ni siquiera en el mercado negro... —miró de reojo a Jack.

—A veces se pueden comprar alimentos de lujo en el mercado negro —dijo Jack—, aunque últimamente la cosa se ha puesto más difícil. Nosotros no lo hacemos, personalmente. No es por motivos morales, si no porque son demasiado caras esas mercancías.

Hablaron durante un rato, preguntando por el viaje de Leo y las condiciones de la patria. David fue enviado a la cama a las diez y media y luego, a las once, Silvia se excusó y se fue también a dormir. Leo y Jack se quedaron a la sala de estar, sentados aún, los dos solos. Leo dijo:

—¿Podemos salir y echar un vistazo al Jardín del muchacho? ¿Tienes una linterna grande?

Buscando la que empleaba para localizar averías, Jack mostró el camino saliendo de la casa y penetrando en el fresco aire de la noche.

Mientras estaban plantados al borde del sembrado de maíz, Leo le dijo en voz baja:

—¿Cómo os lleváis Silvia y tú estos días?

—Estupendamente —contestó Jack, un poco sorprendido por la pregunta.

—Me parece que hay frialdad entre vosotros dos —dijo Leo—. Seguro que sería terrible, Jack, si os separaseis. Es una estupenda mujer la que tienes, de las que hay sólo una entre un millón.

—Lo reconozco —afirmó Jack incómodo.

—En la patria —continuó Leo—, cuando eras joven, siempre jugabas mucho con las mujeres. Pero sé que ahora has sentado la cabeza ya.

—Cierto —dijo Jack—. Me parece que te estás imaginando cosas y...

—Pareces preocupado, Jack —le interrumpió su padre—. Espero que tu antigua enfermedad, ya sabes a lo que me refiero, no te esté molestando. Hablo de...

—Sé de lo que hablas.

Inquieto, pero decidido, Leo prosiguió:

—Cuando yo era niño no había tantas enfermedades mentales como las que existen ahora. Es un mal de los tiempos; demasiadas personas, demasiadas superpoblación. Recuerdo cuando te pusiste enfermo por primera vez y mucho tiempo antes de eso, digamos cuando tenías diecisiete años, te mostrabas frío con respecto a las gentes, no te interesaban. También estabas malhumorado. Me parece que vuelves a estar así ahora.

Jack miró con ira a su padre. Eso era lo malo de tener visitas de los parientes; jamás podían resistir la tentación de adoptar sus viejos papeles de sabelotodos, de epítomes de la prudencia. Para Leo, Jack no era un hombre mayor con esposa e hijo; era simplemente su hijo Jack.

—Mira, Leo —dijo Jack—. Aquí hay muy pocas personas; es apenas un planeta colonizado todavía. Naturalmente, que la gente es menos gregaria; tienen que ser más impulsados interiormente que en la patria en donde es como dijiste, día tras día, una escena de multitudes.

Leo asintió.

—Humm. Pero eso debería alegrarte más al ver otros seres humanos.

—Si te refieres a ti, estoy muy contento de verte.

—Seguro, Jack —contestó Leo—. Lo sé. Quizás esté sólo cansado. Pero tu no pareces decir mucho; te veo preocupado.

—Mi trabajo —se excusó Jack—. Ese chico Manfred, ese niño recluido... no puedo quitármelo de la cabeza.

Pero, como en los viejos tiempos, su padre podía ver sin esfuerzo a través de sus pretextos, con verdadero instinto paternal.

—Vamos, muchacho —dijo Leo—. Tienes muchas cosas en la cabeza, pero sé como trabajas; tú trabajo es con las manos y yo hablo de tu cerebro, es tu mente lo que se ha vuelto hacia el interior. ¿Puedes conseguir ese asunto de la psicoterapia aquí en Marte? No me digas que no, porque estoy bien enterado.

—No te voy a decir que no —contestó Jack—, pero te diré que es una cosa que no te importa en absoluto.

Junto a él, en la oscuridad, su padre pareció encogerse, aposentarse.

—Está bien, hijo —murmuró—. Lamento haberme entrometido.

Ambos estaban incómodos y en silencio.

—¡Diablos! —exclamó Jack por último—, no nos peleemos, papá. Volvamos a la casa y tomemos una copa y luego acabemos la jornada. Silvia te ha preparado una cama blanda y cómoda en el otro dormitorio; se que necesitas descansar bastante.

—Silvia es muy atenta con las necesidades de la persona —comentó Leo, con una débil nota de acusación hacia su hijo. Luego su voz se ablandó mientras decía—: Jack, siempre me preocupo por ti. Quizá sea anticuado y no comprenda esta... esta enfermedad mental; hoy en día todo el mundo parece tenerla; es vulgar, como la gripe y la polio solían serlo, como cuando éramos niños y casi todos pillábamos el sarampión. Ahora tú tienes eso. Uno de cada tres, lo oí por televisión, lo pasa. La esquizo... lo que sea. Me refiero, Jack, a que la vida es digna de vivirse, que nadie debería dar la espalda a la realidad, como hacen esos esquizofrénicos. No tiene sentido. Tenéis todo un planeta que conquistar aquí. Mañana, por ejemplo, iré contigo hasta la cordillera FDR y me lo enseñarás todo y luego obtendré los detalles sobre los procedimientos legales en el planeta; voy a comprar. Escucha: tu comprarás, también, ¿me oyes? Te anticiparé el dinero —sonrió esperanzado hacia Jack, mostrando sus dientes de acero inoxidable.

—No es mi ramo —dijo Jack—. Pero gracias.

—Yo te escogeré la parcela —ofreció Leo.

—No. No me interesa.

—¿Estás... disfrutando de tu trabajo ahora, Jack, construyendo esa máquina para hablar con el muchacho que no sabe hacerlo? Me parece una digna ocupación; estoy orgulloso de saberlo. David es un chico estupendo y, el hijo, se siente orgulloso de su padre.

—Lo sé —dijo Jack.

—David nos ha mostrado signos de esa esquizofrenia, ¿verdad?

—No.

—No sé de donde sacaste la tuya —dijo Leo—, seguro que de mí no... Amo a la gente.



—Yo también —contestó Jack.

Se preguntó cómo actuaría su padre si conociese lo de Doreen. Probablemente Leo se sentiría mortalmente asombrado; venía de una generación muy rígida, nacido en 1924, hace mucho, muchísimo tiempo. Entonces el mundo era diferente. Se sorprendía de lo rápidamente que su padre se adaptó a este mundo de ahora; un milagro, Leo, nacido en el período floreciente que siguió a la Primera Gran Guerra y que ahora estaba aquí plantado, en el borde del desierto marciano..., pero no comprendería lo de Doreen, de lo vital que era para él mantener un contacto íntimo de esta clase, a cualquier costa; o mejor, casi sin costa.

—¿Cómo se llama ella? —preguntó Leo.

—¿Eh... qué? —balbuceó Jack.

—Yo poseo un poco de ese sentido telepático —dijo Leo con voz sin tono alguno—. ¿No es cierto?

Al cabo de una pausa, Jack dijo:

—Evidentemente.

—¿Lo sabe Silvia?

—No.

—¿Puedo adivinar entonces por qué no me miraste a los ojos?



—¡Cáscaras! —exclamó con fiereza Jack.

—¿Está ella también casada? ¿Posee hijos esa otra mujer con la que te has enredado?

Jack contestó con la voz más nivelada que le fue posible.

—¿Por qué no utilizas tu sentido telepático y lo descubres?

—Yo no quisiera ver a Silvia herida —dijo Leo.

—No lo estará —contestó Jack.

—Mala cosa —afirmó Leo—, hacer todo este camino y descubrir algo por el estilo a esto. Bueno... —suspiró—. De todos modos vengo a mi negocio. Mañana tú y yo nos levantaremos temprano y empezaremos.

—No seas un juez demasiado duro, papá —aconsejó Jack.

—De acuerdo —asintió Leo—. Lo sé, son los tiempos modernos. Tú piensas que jugando así te mantienes bien, ¿verdad? Quizá sí. Quizá sea el único camino hacia la cordura. No quiero decir que no estés cuerdo...

—Sólo defectuoso —corrigió Jack, con violenta amargura. Cristo, mi propio padre, pensó. Qué prueba. Qué tragedia más miserable.

—Sé que saldrás bien —dijo Leo—. Ahora me doy cuenta de que estás luchando; no juegas, no. Lo digo por tu voz... tienes dificultades. Las mismas que tuviste, sólo que al envejecer, te has desgastado... y resulta más duro... ¿verdad? Sí, lo comprendo. Este planeta es solitario. Es maravilloso que todos los habitantes no os volváis locos de remate. Veo por qué deberías valorar el amor allá donde puedas encontrarlo. Lo que necesitas es algo que yo tengo, esta tierra mía; quizá tú puedas encontrarlo edificando tu máquina para esa pobre crío. Me gustaría verle.

—Lo verás —dijo Jack—. Posiblemente mañana.

Se quedaron un rato más y luego regresaron a la casa.

—¿Sigue Silvia tomando droga? —preguntó Leo.

—¡Droga! —Jack soltó una carcajada—. Fenobarbital. Sí, lo toma.

—Una chica tan buena —se lamentó Leo—. Mala cosa que esté tan tensa y se preocupe demasiado. Y, además, ha de ayudar a esa infortunada viuda de la casa de al lado, como me dijiste. —En la sala de estar, Leo se sentó en el sillón favorito de Jack, cruzó las piernas y se arrellanó, suspirando, poniéndose cómodo para continuar hablando... Definitivamente tenía mucho más qué decir, en una diversidad de asuntos, y pensaba decirlo.

* * *

En la cama, Silvia yacía casi perdida en el sueño, con sus facultades disminuidas por la dosis de la tableta de 100 miligramos de Fenobarbital que había tomado, como siempre, antes de acostarse. Vagamente oyó el murmullo de las voces de su marido y su suegro, procedentes del patio; en una ocasión el tono se hizo vivo y ella se sentó, alarmada.



¿Acaso se van a pelear?, se preguntó. Dios, espero que no; confío en que la estancia de Leo no vaya a romper la buena armonía. Sin embargo, las voces bajaron de volumen y ahora ella podía descansar tranquila otra vez.

Seguro que es un viejo estupendo, pensó. Parecido a Jack, aunque más asentado en sus cosas.

Últimamente, desde que su marido comenzó a trabajar para Arnie Kott, había cambiado. Sin duda, por culpa del singular trabajo que se le había confiado; el muchacho Steiner, mudo, recluido, retraído, lo desconcertaba y desde su primera aparición lo había estado lamentando. La vida ya era bastante complicada de por sí. El chaval entraba y salía de la casa, siempre corriendo de puntillas, los ojos continuamente asaeteando, como si viera objetos no presentes, oyera sonidos más allá del alcance normal. Si se pudiera echar atrás el tiempo y se lograse de alguna manera devolver la vida de Norbert Steiner... si al menos...

En su mente drogada vio ella, como un relámpago, cómo el inefectivo hombrecillo partía por la mañana, con sus maletas conteniendo el género, en su papel de vendedor iniciando su ronda, dispuesto a ofrecer yogurt y mermeladas y melaza.

¿Estaba aún vivo en alguna parte? Puede que Manfred le viera, perdido como lo estaba el muchacho —según Jack— en un tiempo desfigurado. ¡Qué sorpresas les esperaban cuando establecieran contacto con el chico y descubrieran que habían remodelado aquel triste y pequeño espectro...! Pero lo más probable es que su teoría sea cierta y que lo que Manfred vea no sea el pasado, sino el momento inmediato posterior al presente, es decir, el futuro. Entonces tendrán lo que quieran. ¿Por qué, Jack? ¿Qué es lo que tú quieres del futuro, Jack? ¿Buscas antes una afinidad entre tú, yo y ese crío? ¿Eso? Oh... Sus pensamientos cedieron el terreno a la oscuridad.

¿Y luego, qué? ¿Volverás a preocuparte por mí, o que? No hay ninguna afinidad entre el enfermo y el sano. Tú eres diferente; tu caso me agobia. Leo lo sabe, yo lo sé. ¿Y tú? ¿Te preocupas?

Se durmió.

* * *

Altos en el cielo revoloteaban describiendo círculos los pájaros carnívoros. En la base del edificio yacían los excrementos. Cogió las boñigas hasta tener entre las manos unas cuantas. Se retorcían y se hinchaban como si tuviesen levadura y supo que dentro habría seres vivos; las transportó con cuidado hasta el vacío corredor del edificio. Una boñiga se abrió, se partió con una hendidura longitudinal, mostrando el espesor capilar de la corteza; se hizo demasiado grande para sostenerla y la dejó apoyada contra la pared. Un compartimiento se mostró al volcarse y en su amplio interior pudo percibir a la criatura que lo habitaba.



¡Basura! Un gusano, enroscado, hecho de placas húmedas, de un blanco ahusado, el gusano interior nacido en el cadáver de una persona. Si al menos los pájaros circundantes en el cielo lo pudieran hallar y devorarlo... Bajó corriendo los escalones, que cedían al posar en ellos sus pies. Faltaban algunas tablas. Vio a través de las rendijas entre las maderas el suelo de tierra inferior, la cavidad, fría, oscura, llena de astillas tan podridas que formaban una especie de polvo húmedo, destruido por la carcoma.

Unos brazos le alzaron, arrojándole a los pájaros revoloteantes; ascendió flotando, cayendo al mismo tiempo. Le comieron la cabeza. Y luego se vio plantado en un puente sobre el mar. Los tiburones asomaban en el agua, sus aletas cortando la superficie. Cogió a uno con su sedal y el pez ascendió del agua con la boca abierta, para tragárselo. Retrocedió, pero el puente se combó, cedió, de modo que las aguas le llegaron a la cintura.

Ahora llovía basura; todo era basura, allá donde miraba nada más veía que basura. Un grupo de aquellos que no le simpatizaban apareció al extremo del puente y le lanzó un aro formado por afilados dientes de tiburón. Fue como una corona. Él era emperador. Le coronaron con el aro, se lo hicieron bajar más allá de su cabeza, hasta el cuello y comenzaron a estrangularle. Anudaron el lazo y los dientes de tiburón le cortaron la cabeza. Una vez más se sintió sentado en la oscuridad, en los lóbregos sótanos, con el aserrín podrido rodeándole, escuchando el chap-chap de las olas de la marea por doquier. Un mundo en el que la basura reinaba y donde él carecía de voz; los dientes de tiburón le habían cercenado las cuerdas vocales.

Yo soy Manfred, dijo.

* * *


—Te aseguro que te sentirás realmente encantada cuando establezcamos contacto con él... quiero decir, cuando consigamos hallar un camino conducente a su interior, así tendremos el futuro... ¿Y dónde te crees que suceden las cosas sino en el futuro? —preguntó Arnie Kott a la chica que estaba a su lado, en la amplia cama de matrimonio.

Agitándose, Doreen Anderton murmuró.

—No te duermas —dijo Arnie, inclinándose para encender otro cigarrillo—. Escucha, ¿sabes qué...? Un especulador de terrenos de gran experiencia vino hoy de la Tierra. En el espaciodromo tenemos a un muchacho de la Unión que le reconoció, aunque, naturalmente, el especulador se inscribió bajo nombre supuesto. Inspeccionamos la documentación del cohete y se nos escabulló el hombre, eludiendo a nuestro empleado. ¡Ya predije que vendrían! Escucha, cuando nos enteremos de todo por el niño Steiner, lo que diga hará volar la tapa que cubre a todo este asunto. ¿De acuerdo? —sacudió a la dormida chica. Dijo—: Si no quieres despertarte, te tiraré ahora mismito de la cama, tal como estás, con el trasero al aire, y no te quedará más remedio que volverte andando a tu casa.

Doreen gruñó, se dio la vuelta, se sentó. En la suave luz del dormitorio principal de Arnie Kott, estuvo sentada, pálida y transluciente, apartándose el pelo de los ojos y bostezando. Un tirante de su camisón le resbaló por el brazo y Arnie contempló apreciativo su alto y duro seno izquierdo, con la gema de su pezón sobresaliendo en el mismísimo centro.



Cielos, vaya chavala que tengo, se dijo Arnie para sí. Ella vale un Potosí. Y ha hecho un sorprendente trabajo manteniendo en su tarea al tal Bohlen e impidiendo que divagara y se nos fuera, como suelen hacer esos esquizofrénicos heterodoxos... Quiero decir que es casi imposible mantenerlos aplicados a una tarea, porque resultan gentes irresponsables y sujetas a multitud de cambios en su humor. El tal Bohlen es un sabio cretino, un idiota capaz de arreglar muchos aparatos y tenemos que apechugar con su idiotez; no nos queda más remedio que aguantar. No se puede obligar a un tipo así; nunca permiten que se les fuerce.

Arnie tomó las sábanas y las echó a un lado, descubriendo a Doreen y sonriendo al verle las piernas desnudas, sonriendo al ver cómo ella se bajaba el camisón hasta las rodillas.

—¿Cómo puedes estar cansada? —le preguntó—. No has hecho nada excepto acostarte. ¿No es eso? ¿Es que acostarte con un hombre es tan agotador?

Ella le miró con los ojos entrecerrados.

—Más no —dijo.

—¿Qué? —exclamó Arnie—. ¿Estás de broma? Acabamos de empezar. Quítate el camisón. —Cogiendo la prenda por la orilla inferior, la subió una vez más; pasó el brazo por debajo del cuerpo de la chica, la alzó y al instante le sacaba el camisón por la cabeza. Lo depositó en la silla de junto a la cama.

—Voy a dormir —dijo Doreen, cerrando los ojos—. Si a ti no te importa.

—¿Y por qué iba a importarme? —respondió Arnie—. Seguirás aquí, ¿no? Despierta o dormida, estás toda aquí, en carne... ¡y qué carne!

—Ooooh —protestó ella.

—Lo siento —la besó en la boca—. No quería hacerte daño.

Doreen dobló la cabeza; estaba dispuesta a dormirse. Anne se sintió ofendido. Pero, ¡qué diablos!, ella, de todos modos, nunca cooperaba demasiado.

—Cuando termines, vuélveme a poner el camisón —murmuró Doreen.

—Sí, pero aún no termino.

Puedo aguantar una hora más, se dijo Arnie para sí. Quizá, dos. Además, me gusta de esta manera. Una mujer dormida no habla. Lo que lo estropea todo es cuando empiezan a hablar. O cuando emiten gemidos. Nunca pudo soportar los gemidos.

Pensó: Me muero por obtener resultados de ese proyecto Bohlen. No puedo esperar; sé que oiremos algo realmente maravilloso cuando empecemos a escuchar. La cerrada mente de ese chico, ¿qué cantidad de tesoros contendrá? Estar ahí dentro debe ser como hallarse en el país de las hadas, viéndolo todo hermoso, puro y realmente inocente.

Entre sueños, Doreen gimió.

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