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Philip k. Dick


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CAPÍTULO VII


En su viaje en helicóptero a Lewistown para conocer a Arnie Kott y tomar con él una copa, el doctor Milton Glaub se preguntó si era cierta su buena suerte. No puedo creerlo, pensó, un punto crucial en mi vida como éste.

No estaba seguro de lo que quería Arnie; la llamada telefónica había sido tan inesperada y Arnie habló tan deprisa, que el doctor Glaub terminó perplejo, sabiendo sólo que tenía que ver con aspectos parapsicológicos y de mentalidad enferma. Bueno, podría contarle a Arnie prácticamente todo lo que sabía sobre ese tópico. Y, sin embargo, Glaub sentía que había algo más profundo en la consulta.

Generalmente, un interés por la esquizofrenia era un síntoma del forcejeo de la propia persona dentro de esa área. Era un hecho que a menudo los primeros signos del crecimiento interno del proceso esquizofrénico en una persona era la incapacidad de comer en público. Arnie habló ruidosamente de su deseo de reunirse con Glaub, no en su propia casa, en la clínica o despacho del doctor, sino en conocido bar y restaurante de Lewistown, el «Willows». ¿Esto era quizás una reacción-formación? Misteriosamente puesto tenso por las situaciones públicas y especialmente por aquellas que entrañaban una función nutritiva, Arnie Kott estaba apoyado cómodamente para recobrar la normalidad que comenzaba a abandonarle.

Pilotando su helicóptero, Glaub pensó en esto; pero luego, por lentas y furtivas etapas, su pensamiento volvió al tópico de sus propios problemas.

Arnie Kott, un hombre que controlaba a los hombres de la Unión; una persona destacada en el mundo colonial, aunque virtualmente desconocido en la patria. Un barón feudal, en realidad. Si Kott va a colocarme en su personal, calculaba Glaub, podría saldar todas las deudas que se habían amontonado, esas terribles facturas de cargo con el veinte por ciento de interés que simplemente parecen estar siempre allí, sin hacerse más pequeñas jamás o desaparecer. Y entonces podríamos comenzar, no entrar en deudas, vivir con nuestros mismos y unos medios grandemente aumentados.

Entonces, también, el viejo Arnie era sueco o danés, o algo así, y no sería necesario para Glaub enmascarar el color de su piel antes de recibir a cada paciente. Además, el hecho que Arnie tenía una reputación de informalidad le servía de incentivo. Milton y Arnie, se tratarían por sus nombres de pila, por sus diminutivos. El doctor Glaub sonrió.

Lo que debía figurarse era que esta entrevista inicial era para ratificar los conceptos de Arnie, escoger y juzgar con sus ideas y no echar agua fría en las cosas, incluso, digamos, si las relaciones del viejo Arnie estaban fuera de lugar. Una cosa en verdad sería desanimar al pobre hombre. Eso no era correcto.

Comprendo tu punto de vista, Arnie, dijo para sí el doctor Glaub, evadiendo la situación mientras pilotaba su helicóptero más o menos cerca de Lewistown. Sí, hay muchas cosas que el mundo desconoce.

Había conocido tantos tipos de situaciones sociales, representando a los tímidos, a las personalidades cerradas en su esquizofrenia que temblaban ante la aparición interpersonal, que esto, sin duda, sería un juego de niños. Y si el proceso esquizofrénico en Arnie comenzaba a disparar con su artillería pesada, Arnie necesitaría apoyarse en él para su supervivencia.



Perra vida, se dijo para sí el doctor Glaub, aumentando la velocidad del helicóptero hasta el máximo.

* * *


Alrededor del «Willows» corría un foso de fresca agua azul. Las fuentes rociaban de líquido elemento el aire y las plantas púrpuras y ámbar y rojo polvoriento alcanzaban grandes alturas, circundando la estructura de cristal de un solo piso. Mientras descendía la gran escalera de hierro forjado negro que conducía al suelo desde el aparcamiento, el doctor Glaub vio a su grupo dentro: Arnie Kott sentado con una sorprendente pelirroja y un amigo vulgar llevando el mono de mecánico y una camisa de lona.

Verdadera sociedad sin clases aquí, reflexionó el doctor Glaub.

Un puente en arco le ayudó a cruzar el foso. Las puertas se abrieron ante él; entró en el vestíbulo, pasó junto al bar, se detuvo para olisquear en presencia de los músicos de jazz y luego se unió a la reunión.

—Hola, Arnie.

—Hola, doctor —Arnie se levantó para hacer las presentaciones—. Dor, este el doctor Glaub, Doreen Anderton. Aquí mí mecánico Jack Bohlen, un auténtico genio. Jack, este es el más famoso psiquiatra, Milton Glaub.

Todos se saludaron con la cabeza y se estrecharon la mano.

—No el mejor —murmuró Glaub, mientras se sentaba—. Todavía está el suizo de Berghölzlei, los psiquiatras existencialistas, que dominan el campo —pero se sentía profundamente agradecido, por muy incierto que hubiera sido el anuncio de Arnie. Notaba que se le enrojecía el rostro de placer—. Lamento que haya tardado tanto en venir a «Willows». Tuve que pasar por encima de Nueva Israel. Bo... Bo... Bosley Touvim... necesitaba mi consejo en un asunto médico que consideraba urgente.

—¡Vaya hombre ese tal Bosley! —dijo Arnie. Había encendido un cigarro, un genuino Óptimo Admiral—. Un verdadero negociante. Pero vayamos a nuestro asunto. Espere, le pediré algo de beber —miró inquisitivamente a Glaub, mientras agitaba la mano llamando a la camarera.

—Escocés, si es que tienen —pidió Glaub.

Cutty Sark, señor —pronunció la camarera.

—Oh, estupendo. Sin hielo, por favor.

—Está bien —dijo Arnie impaciente—. Mire ahora, doctor. ¿Tiene usted el nombre de un esquizofrénico bastante avanzado, para mí, o no? —escrutó con la mirada a Glaub.

—Ejem —murmuró Glaub y luego recordó su visita a Nueva Israel de hacía un ratito—: Manfred, Manfred Steiner.

—¿Algún parentesco con Norbert Steiner?

—De hecho, su hijo. Imagino que no rompo la confianza al decírselo. Está en el Campamento B-G. Es un recluido total, desde el nacimiento. Su madre una personalidad fría, esquizoide, intelectual, haciéndolo todo según las normas del código. El padre...

—El padre está muerto —dijo lacónico Arnie.

—Muy lamentable. Buen tipo, pero depresivo. Ya sabe, fue suicidio. El impulso típico durante una de sus horas bajas. Me extraña que no lo hiciese hace años.

Arnie dijo:

—Me contó usted por teléfono que tenía una teoría acerca de que el esquizofrénico estaba desfasado con respecto al tiempo.

—Sí, es un desplome en su interior del sentido del tiempo —el doctor Glaub les tenía a los tres escuchando y eso le animó a exponer su tópico; resultaba la materia favorita de sus conversaciones—. Todavía tenemos que conseguir una verificación experimental total, pero eso vendrá. —Y entonces, con duda o vergüenza, explicó la Teoría de Berghölzlei, pero como si fuese suya.

Evidentemente muy impresionado, Arnie dijo:

—Interesantísimo —y mirando al mecánico, Jack Bohlen, le preguntó—. ¿Pero pueden construirse cámaras de movimiento lento?

—Sin duda. —Murmuró Jack.

—Y sensores —dijo Glaub—. Para sacar al paciente de la cámara y meterlo en el mundo real. Vista, oído...

—Podría hacerse —dijo Bohlen.

—¿Qué les parece esto? —preguntó impaciente Arnie, pero entusiasmado—. ¿Podría ese esquizofrénico correr tan deprisa, comparado con nosotros, en el tiempo, que actualmente se encontrase en lo que para nosotros es el futuro? ¿Explicaría eso su facultad previdente? —Sus ojos claros brillaron de excitación.

Glaub se encogió de hombros como una forma de indicar que estaba de acuerdo.

Volviéndose a Bohlen, Arnie balbució:

—Eh, Jack, eso es. ¡Maldición, debí ser psiquiatra! Infiernos, disminuirle. Yo diría que acelerarle. Dejémosle vivir fuera de fase en el tiempo, si quiere. Pero consigamos que comparta con nosotros sus percepciones... ¿De acuerdo, Bohlen?

Glaub dijo:

—Ahora, esa es la cuestión. Especialmente en los recluidos, cuya facultad de comunicación interpersonal estaba drásticamente desparejada.

—Comprendo —dijo Arnie, pero no lo entendió del todo—. Infiernos, sé lo bastante como para ver una salida. ¿Acaso ese tipo antiguo, Carl Jung... no logró descifrar el lenguaje de la esquizofrenia hace años?

—Sí —dijo Glaub—, hace décadas Jung rajó y descifró el lenguaje particular de la esquizofrenia. Pero en la reclusión infantil, como ocurre con Manfred, no hay lenguaje en absoluto, por lo menos en ese lenguaje hablado. Posiblemente, pensamientos particulares totalmente personales... pero sin palabras.

—Silencio —dijo Arnie.

La chica le miró admonitoria.

—Esto es un asunto grave —le dijo Arnie—. Tenemos que conseguir que esos desgraciados, esos chicos recluidos, nos hablen y nos digan lo que saben; ¿no es eso cierto, doctor?

—Sí —dijo Glaub.

—Ese muchacho es huérfano ahora —continuó Arnie—. Me refiero a Manfred.

—Bueno, todavía tiene madre —dijo Glaub.

Agitando la mano excitado, Arnie contestó:

—Pero ellos se preocuparon bastante por el chaval para no tenerlo en su casa; le metieron en ese campamento. Infiernos, le sacaré y le traeré aquí. Y, Jack, ponte a trabajar y construye una máquina que establezca contacto con él... ¿Se da cuenta del cuadro?

Al cabo de un momento Bohlen contestó:

—No sé qué decir —soltó una breve risita.

—Claro que sabe qué decir... ¡infiernos!, debería serle fácil. Usted mismo es un esquizofrénico, como nos dijo.

Interesado, Glaub abordó a Bohlen.

—¿Ese es el caso? —Ya había notado como automáticamente, la tensión esquelética del mecánico, mientras estaba sentado dando sorbos a su bebida, y la rígida musculatura, sin mencionar su construcción histérica—. Pero parece que haga usted pasos enormes para la recuperación.

Alzando la cabeza, Bohlen aguantó su mirada, contestando:

—Estoy del todo recuperado. Fue hace muchos años —tenía el rostro plomizo.

Nadie se recupera del todo, pensó Glaub. Pero no lo dijo; en su lugar, afirmó:

—Quizás Arnie tenga razón. Usted podría empatizar con el recluido, puesto que ese es nuestro problema básico; el recluido no puede desempeñar nuestros papeles, ver el mundo como nosotros y nosotros tampoco podemos ocupar su papel. Así que nos separa un abismo.

—¡Haga un puente para eso mismo, Jack! —exclamó Arnie. Dio palmadas a Bohlen en la espalda—. Inicie su tarea; le colocaré en la nómina.

El doctor Glaub se sintió lleno de envidia. Miró furioso su bebida, escondiendo su reacción. La chica, sin embargo, la vio y sonrió. No le devolvió la sonrisa.

* * *

Contemplando al doctor Glaub sentado enfrente suyo, Jack Bohlen sintió la difusión gradual de su percepción que tanto temía, el cambio en su conciencia que le había atacado de esta manera años atrás en el despacho del jefe de personal de Corona Corporation y que siempre le pareció tener consigo, al acecho.



Vio al psiquiatra bajo el aspecto de la realidad absoluta: Una cosa compuesta de fríos cables e interruptores, no humana en absoluto, no hecha de carne. Las envolturas carnosas sucumbieron y se hicieron transparentes y Jack Bohlen vio el dispositivo mecánico que había más allá. Sin embargo, no dejó que este terrible estado de conciencia se mostrase al exterior; continuó acariciando su bebida; prosiguiendo escuchando la conversación y asintiendo ocasionalmente. Ni el doctor Glaub ni Arnie Kott se dieron cuenta.

Pero la chica sí. Se inclinó hacia él y le dijo en voz baja, al oído.

—¿No se encuentra usted bien?

Jack sacudió la cabeza. No, decía, no me encuentro bien.

—Vayámonos de aquí —susurró la chica—. Tampoco puedo soportarlo —volviéndose hacia Arnie dijo en voz alta—: Jack y yo vamos a dejaros solos. Vamos —cogió a Jack por el brazo y se levantó; él notó los ligeros y fuertes dedos de ella y también se puso en pie.

—No tardéis mucho —dijo Arnie y reanudó su fría conversación con el doctor Glaub.

—Gracias —murmuró Jack mientras caminaban por el pasillo entre las mesas.

—¿Vio usted lo furioso que estaba cuando Arnie dijo que iba a colocarle a usted en la nómina? —preguntó Doreen.

—No. ¿Glaub? —pero no se sorprendía—. No me entero de nada —añadió a guisa de excusa—. Es algo relacionado con mis ojos; puede que sea astigmatismo, debido a la tensión —dijo.

—¿Quiere que nos sentemos en el bar? ¿O prefiere que salgamos? —preguntó la muchacha.

—Salgamos —contestó Jack.

Al poco estuvieron plantados en el puente Arco Iris, sobre el agua. Los peces del río se deslizaban por alrededor, luminosos y vagos, seres semireales, tan raros en Marte como cualquier forma de materia concebible. Eran un milagro en este mundo, y Jack y la muchacha, mirándolos, se dieron cuenta. Y ambos supieron que sentían este mismo pensamiento aun sin tener necesidad de formularlo en voz alta.

—Se está estupendo aquí fuera —dijo por último Doreen.

—Sí —casi no podía hablar.

—Todo el mundo —afirmó Doreen—, ha conocido en un momento u otro la esquizofrenia... si no la ha experimentado en sí mismo. En mi casa fue mi hermano, allá en la patria, mi hermano menor.

—No tardaré en estar bien —dijo Jack—. Yo me encuentro bien.

—Pues no lo está —afirmó Doreen.

—No —admitió él—, ¿pero qué diablos puedo hacer? Usted mismo lo dijo; una vez que se es esquizofrénico siempre se padecerá la esquizofrenia —permaneció entonces silencioso, concentrándose en los brillantes y pálidos peces.

—Arnie le tiene en un gran concepto —dijo la muchacha—. Cuando él dice que su mayor virtud consiste en valorar a la gente, no miente. Jack, se ha dado cuenta de que Glaub está desesperadamente ansioso por venderse y conseguir entrar en el personal de nóminas, aquí en Lewistown. Me imagino que la psiquiatría no rinde beneficios, como pasó antaño; hay demasiada competencia. Aquí, en este puesto de colonos, ya hay unos veinte y ninguno hace un verdadero negocio. ¿Acaso... su condición le causó molestias cuando solicitó permiso para emigrar?

—No quiero hablar de eso, por favor —dijo él.

—Paseemos —sugirió la muchacha.

Caminaron por la calle, por delante de las tiendas, la mayor parte de las escuelas estaban ya cerradas.

—¿Qué es lo que usted vio cuando miró al doctor Glaub, allí en la mesa? —preguntó la chica.

—Nada —contestó Jack.

—Entonces tampoco prefiere hablar de eso.

—Cierto.


—¿Cree que si me lo cuenta empeorarían las cosas?

—No son las cosas; soy yo.

—Quizá sean las cosas —sugirió Doreen—. Quizás haya algo en su visión, que se ha convertido de alguna manera en distorsionada y confusa. No lo sé. Y hemos forzado infernalmente en comprender lo que Clay, mi hermano, veía y oía. Él no podía decírmelo. Conozco que este mundo suyo resultara absolutamente distinto del concepto que tenía el resto de la familia. Se suicidó, como Steiner —hizo una pausa ante un quiosco de periódicos, y miró los diarios, que destacaban en la primera página lo de Norbert Steiner—. Los psiquiatras existenciales piden a menudo que se les permita seguir adelante y acabar con sus vidas; es la única solución, para algunos de ellos... porque sus lecciones se hacen insoportables.

Jack nada dijo.

—¿Resulta terrible? —preguntó Doreen.

—No. Somos... desconcertantes —luchó por explicarse—. No hay modo que uno pueda trabajar con lo que se supone debería ver y saber; se hace imposible continuar en la manera acostumbrada.

—¿No trataría usted a menudo de pretender y... convivir con esa cosa, fingiendo como un actor? —Al no responderle Jack, dijo ella—: Usted trató de hacerlo ahí dentro, ahora mismo.

—Me gustaría engañar a cualquiera —admitió—. Daría cualquier cosa si pudiese seguir actuando, representando un papel. Pero es una verdadera división... no ha habido división hasta entonces; se equivocan cuando dicen que es un fraccionamiento de la mente. Si yo desease continuar entero, sin fraccionarme, hubiera tenido que inclinarme y decir al doctor Glaub... —se interrumpió.

—Continúe —dijo la chica.

—Bueno —prosiguió él, aspirando profundamente—, yo diría: Doctor, puedo verlo a usted bajo el aspecto de eternidad y me doy cuenta que está muerto. Esa es la sustancia de la mórbida y enfermiza misión. No la quiero; no la pedí.

La chica le cogió por el brazo.

—Jamás se lo dije a nadie antes —afirmó Jack—, ni siquiera a Silvia, mi esposa, y a mi hijo David, le vigilo; le miro cada día para asegurarme que no se muestre también en él. No es fácil que esta enfermedad sea transmitida por herencia como con los Steiner. Yo no sabía que tuvieran un chico en el B-G hasta que Glaub así lo dijo. Y son pequeños monstruos desde hace varios años. Steiner jamás dejó escapar una palabra que lo revelase.

—Se supone que tenemos que volver a «Willows» para cenar —dijo Doreen—. ¿Va usted hacerlo? Me parece que sería una buena idea. Mire, usted no tiene que ingresar en el personal de Arnie; puede quedarse con el señor Yee. Posee un hermoso helicóptero. No tiene que renunciar a todo porque Arnie decida que puede emplearle; quizá usted no pueda aprovecharse de él.

—Es un reto interesante; construir un conducto para establecer comunicación entre un chico retraído y nuestro mundo —dijo Jack encogiéndose de hombros—. Creo que hay mucha verdad en lo que dice Arnie. Yo podría ser intermediario, podría hacer aquí un trabajo útil —no le importaba en realidad lo que Arnie quería sonsacarle al muchacho Steiner, según comprendía. Probablemente tiene algún motivo sólidamente egoísta, algo que le proporcionara un beneficio en dinero efectivo. Ciertamente le importaba un bledo.



De hecho lo puedo conseguir de ambas maneras, comprendió. El señor Yee puede prestarme a la Unión de Trabajadores Hidráulicos; a mí me pagaría el señor Yee y él cobraría de Arnie. Todo el mundo sería feliz, ¿y por qué no?, juguetear con la mente rota y el mal funcionamiento de un niño ciertamente era más recomendable que trastear con refrigeradores y cifradores; si el chico sufría algunas de las visiones que yo conozco...

Estaba enterado de la teoría del tiempo que Glaub afirmó ser suya. Lo leyó en un «Scientific American»; naturalmente, leía cualquier cosa sobre esquizofrenia que caía en sus manos. Sabía que tenía origen en Suiza, que Glaub no lo había inventado. Qué rara teoría es, pensó para sí. Y, sin embargo, suena a cierta.

—Volvamos a «Willows» —dijo.

Tenía mucha hambre y sin duda la comida seria excelente.

—Es usted valiente, Jack Bohlen —dijo Doreen.

—¿Por qué? —preguntó él.

—Porque va a regresar al lugar que le molestaba, a la gente que le produjo su visión, como usted dice, de eternidad. Yo no lo haría, huiría.

—Pero —contestó Jack—, esa es la cuestión; está diseñada para hacerlo huir a uno... la visión por ese propósito tiende a anular sus relaciones con otras personas, a aislarle. Si tiene éxito, se terminó la vida como ser humano. Por eso piensan bien cuando dicen que el término esquizofrénico no es un diagnóstico; es una prognosis... no dice nada de lo que uno tiene, sólo cómo terminará. —Y yo no quiero terminar así, se dijo mentalmente. Como Manfred Steiner, mudo y en una institución; yo intento conservar mi trabajo, mi esposa e hijo, mis amistades... miró de reojo a la chica que tenía cogida al brazo. Sí, e incluso deseo conservar los asuntos amorosos, si es que se presenta alguno.



Yo pretendo seguir luchando.

Metiéndose las manos en los bolsillos mientras caminaba, tocó algo pequeño, frío y duro; sacándolo con sorpresas, vio que era el objeto arrugado parecido a la raíz de un árbol.

—¿Qué diablos es eso? —le preguntó Doreen.

Era la bruja de agua que los hombres tristes le regalaron aquella mañana en el desierto; se había olvidado en absoluto de ella.

—Un amuleto de buena suerte —contestó Jack a la muchacha.

—Es terriblemente feo —dijo ella estremeciéndose.

—Sí —asintió Jack—, pero amistoso. Y tenemos este problema, nosotros los esquizofrénicos; captamos la inconsciente hostilidad de las demás personas.

—Lo sé. El factor telepático. Clay lo tenía peor y peor hasta... —Ella le miró de reojo—, hasta la salida paranoica.

—Esa es la peor de nuestra condición, esta conciencia del sadismo16 enterrado, deprimido, y de la agresión en los demás en torno a nosotros, incluso los desconocidos. Yo desearía infernalmente no poseerlo; incluso lo captamos de la gente en los restaurantes... —pensó en Glaub—. Los autobuses, en un teatro. Multitudes.

—¿Tiene usted alguna idea de lo que Arnie quiere averiguar del chico Steiner? —preguntó Doreen.

—Bueno, es la teoría acerca de la predicción...

—¿Pero qué es lo que quiere saber Arnie del futuro? Usted no tiene idea, ¿verdad? Y jamás se le ocurriría intentar descubrirlo.

Así era. No se había mostrado curioso.

—Está usted satisfecho —dijo ella despacio, estudiándole con atención—, le gusta simplemente efectuar su técnica de montar la maquinaria esencial. Eso no está bien, Jack Bohlen, no constituye ninguna buena señal.

—Oh —exclamó él. Asintió—. Es muy esquizofrénico, me imagino, contentarse con una relación puramente técnica.

—¿Se lo preguntará a Arnie?

Se sintió incómodo.

—Es asunto suyo, no mío. Se trata de un trabajo interesante y me gusta Arnie, pero prefiero al señor Yee. Yo simplemente... no quiero entrometerme. Esa es mi manera de ser.

—Me parece que tiene usted miedo. Pero no veo porque... es valiente y de una manera profunda le veo terrible, terriblemente asustado.

—Quizá sea así —dijo, sintiéndose triste.

Juntos regresaron a «Willows».

* * *


Aquella noche, después de que todos se hubiesen ido, incluyendo Doreen Anderton, Arnie Kott se sentó a solas en su sala de estar, resplandeciente. ¡Vaya jornada aquélla!

Había olfateado a un buen mecánico que ya le arregló su inapreciable cifradora y que iba a construir un chisme electrónico para sondear las facultades de vidente de un niño retraído.

Había conseguido, prácticamente gratis, la información que necesitaba de un psiquiatra y luego logró desembarazarse de él.

Así que, en total, había sido un día de excepción. Quedaban únicamente dos problemas: su clavicordio seguía desafinado y... ¿qué otra cosa más? Se le había pasado de la cabeza. Meditaba mientras estaba sentado delante de su televisor, contemplando los combates desde América la Hermosa, la colonia estadounidense17 en Marte.

Entonces se acordó. La muerte de Steiner. Ya no tenía quien le suministrase golosinas.

—Lo arreglaré —dijo Arnie en voz alta. Apagó el televisor y puso en marcha su cifradora; sentado ante ella, micrófono en mano, pronunció un mensaje. Era para Scott Temple, con quien había trabajado en incontables negocios aventurados e importantes; Temple era primo de Ed Rockingham y un buen elemento para conocer... había logrado, a través de un acuerdo de fletes libres con las NU, obtener el control de la mayor parte de los medicamentos que entraban en Marte... ¡Y vaya negociazo el importe total de estos específicos!

Los tambores de la cifradora giraron animadamente.

—¡Scott! —dijo Arnie—. ¿Cómo estas? Eh, ¿sabes lo de ese pobre muchacho Norb Steiner? Mala cosa, quiero decir. Su muerte y todo lo demás. Tengo entendido que estaba mentalmente... bueno... ya sabes cómo. Como el resto de nosotros —Arnie soltó una larga carcajada de tonos duros—. Así que de todos modos nos deja con un pequeño problema... Me refiero, las fuentes de suministro. ¿De acuerdo? Escucha, Scott, viejo amigo. Me gustaría hablar de eso contigo. Estoy en casa. ¿Vendrás a verme? Déjate ver por aquí dentro de un día o dos, para que preparemos los acuerdos precisos. Creo que deberíamos olvidar el mecanismo que estaba empleando Steiner; comenzaremos de nuevo, nos proporcionaremos nuestro pequeño aeródromo en algún lugar apartado, también nuestras propias naves cohetes, cuantas necesitemos y lo que nos haga falta. Hay que seguir importando esas ostras ahumadas, como debiera ser —cerró la máquina y trató de pensar si había algo más que decir. No, ya lo había dicho todo; entre él y un hombre como Scott Temple no era necesaria más palabrería; el trato quedaba cerrado—. Está bien, Scott, muchacho, hasta la vista —dijo por último.

Después de haber quitado el carrete se le ocurrió reproducirlo para asegurarse que había quedado cifrado. ¡Dios qué calamidad si por alguna casualidad alguien escuchaba lo dicho!

Pero no había duda, estaba cifrado y fue obra de su instrumento más querido: la máquina que había colocado las unidades semánticas en una especie de maullidos, parodia de la música electrónica, contemporánea. Arnie, oyendo los silbidos, gruñidos, zumbidos, alaridos, vibraciones, rió hasta que le corrieron las lágrimas por las mejillas; tuvo que ir hasta el cuarto de baño y mojarse la cara con agua fría para serenarse.

Luego, de regreso junto a la cifradora, cuidadosamente marcó la caja que contenía el carrete con las siguientes palabras.

«CANCIÓN DEL ESPÍRITU DEL VIENTO»,


CANTATA DE KARL WILLIAM DITTERSHAND.

Ese compositor, Kart William Dittershand, era el favorito actual en la Tierra entre los intelectuales y Arnie detestaba la música, mal llamada electrónica, del individuo; él mismo era un purista: sus gustos se detenían firmemente en Brahms. Arnie sonrió sin comprender la ironía de haber marcado su mensaje en clave, proponiendo a Scott unirse a él y entrar en la importación de alimentos de lujo en el mercado negro, como Cantata compuesta por Dittershand... Luego llamó a un miembro de la Unión para que llevase el carrete al norte, a Nueva Británica, la colonia en Marte del Reino Unido.

Con eso, a los ocho y media de la tarde, terminó con los negocios del día y Arnie regresó a su televisor para ver el final de las peleas. Encendió otro Óptimo Admiral, extra suave, se arrellanó, suspiró, se relajó.

Ojalá todos los días fuesen como éste, dijo para sí. Podría vivir por siempre si lo fuese. Días como el presente le hacen a uno más joven, no más viejo. Notó como si pudiera esperar cumplir los cuarenta otra vez.

Ya me imagino entrando en el mercado negro, pensó. Y por género pequeño, como latas de gelatinas de fresas salvajes y rebanadas de congrio en escabeche, etc. Pero eso también era vital; para él especialmente. Si este Steiner pensó que matándose me podía golpear donde más duele...

—¡Adelante! —apremió al muchacho de color que estaba recibiendo una paliza en la pantalla de TV—. ¡Levántate, gusano, y dale una buena zurra!

Como si lo hubiese oído, el combatiente negro se reanimó y Arnie Kott soltó una larga y profunda risa de agudo placer.

* * *


En la pequeña habitación del hotel, donde tradicionalmente se quedaba las noches de la semana en Bunchewood Park cuando estaba de servicio, Jack Bohlen se sentó junto a la ventana fumando un cigarrillo y meditando.

Le había vuelto, después de todos aquellos años, lo que temía; tenía que enfrentarse a eso. Ahora no era la angustiosa anticipación, sino actualidad. ¡Cristo!, pensó con tristeza, tienen razón, una vez cae uno enfermo, lo está para siempre. La visita a la escuela pública le había preparado y en el «Willows» apareció y le abrumó, tan intacta y llena como si tuviera otra vez sus veinte años y estuviese en la Tierra, trabajando para Corona Corporation, allá en Redwood City.



Y sé, pensó, que la muerte de Norb Steiner tiene algo que ver. La muerte lo trastorna todo, en especial a las personas, las hace obrar de manera rara y peculiar; instala un proceso radiante de acción y de emoción que busca esta salida, más lejos y más lejos, para abrazar a más personas y cosas.

Será mejor que llame a Silvia, pensó, y vea cómo se las arregla con Frau Steiner y los niños.

Pero no se decidió. De todos modos, pensó, nada puedo hacer por ayudar. Tengo que estar aquí de servicio veinticuatro horas en la ciudad, en donde el señor Yee pueda localizarme. Y ahora, también, he de estar a disposición de Arnie Kott en Lewistown.

Sin embargo, hubo compensación. Una compensación estupenda, profunda, sutil, muy vigorizadora. Su cartera tenía el número de teléfono y la dirección de Doreen Anderton.

¿Debería llamarla esta noche? Me imagino, pensó, buscando a alguien, a una mujer, también, con quien pueda hablar libremente, que comprenda mi situación, que genuinamente deseé oír y no tenga miedo.

Servía de mucho consuelo.

Su mujer era la última persona en el mundo con la que podría hablar de su esquizofrenia; las pocas ocasiones en que lo intentó ella se limitó a desmayarse de miedo. Como cualquier otra persona, Silvia sentía terror ante la idea que esa enfermedad entrase en su vida; ella misma la evitaba con los mágicos encantos de las drogas... como si el Fenobarbital pudiese contener el proceso más perverso y ominoso del alma del hombre. Dios sabe cuántas píldoras se había tragado él mismo durante la última década; lo bastantes como para pavimentar un camino que fuese de su casa hasta este hotel y posiblemente regresar.

Decidió, después de pensar un poco, no llamar a Doreen. Sería mejor dejarla como última salida cuando la cosa se pusiese excepcionalmente dura. Precisamente ahora se sentía bastante plácido. Habría momentos en abundancia en el futuro y muchas necesidades de buscar a Doreen Anderton.

Claro, tendría que tener un cuidado increíble; con toda evidencia Doreen era la amante de Arnie Kott. Pero ella parecía saber lo que hacía y ciertamente conocía a Arnie; debió tenerlo en cuenta cuando le entregó su número de teléfono y dirección y, por lo que importaba, cuando se levantó y abandonó el restaurante.

Confío en ella, dijo Jack para sí. Y para alguien con un ramalazo de esquizofrenia, eso significaba mucho.

Meditando, Jack Bohlen apagó el cigarrillo, se puso el pijama y se preparó para acostarse.

Estaba tapándose precisamente cuando sonó el teléfono de su habitación. Una llamada de servicio, pensó, saltando automáticamente al descolgar.

Pero no lo era. Una voz de mujer le dijo suavemente en oído:

—¿Jack?

—Sí —contestó.



—Aquí Doreen. Simplemente me preguntaba... si estabas bien.

—Estupendo —contestó Jack, sentándose en el borde de la cama.

—¿Crees que podrías venir esta noche a mi casa?

Jack dudó.

—Humm —murmuró.

—Podríamos poner discos y hablar. Arnie me prestó una buena cantidad de antiguos discos estereofónicos LP de su colección... algunos están bastante rayados, pero hay otros que son impresionantes. Es todo un coleccionista, ya sabes; tiene la mayor colección de Bach que hay en Marte. Y ya viste su clavicordio.

Así que era eso lo que había en la sala de estar de Arnie.

—¿No hay peligro? —preguntó.

—No lo hay. No te preocupes por Arnie; no es dominante, si entiendes lo que quiero decir.

—Está bien —contestó Jack—. No tardaré —y entonces se dio cuenta de que no podía hacerlo, porque tenía que estar a mano en caso de que hubiera alguna llamada de reparaciones. Claro que también podía recibirlos a través del teléfono de ella.

—Eso no es problema —dijo la muchacha cuando le explicó la dificultad—. Llamaré a Arnie y se lo diré.

—Pero... —comenzó a decir Jack, anonadado.

—Jack, estás loco si crees que podemos hacerlo de otro modo... Arnie sabe cuanto ocurre en la ciudad. Déjamelo a mí, querido. Le llamaré ahora mismo. Ya puedes venir. Si alguna llamada viene mientras estés en camino, tomaré nota, pero no creo que haya ninguna; Arnie no desea que salgas por ahí arreglando tostadoras a la gente; te desea para sus propios trabajos, para construir esa maquina que permita hablar con el chico Steiner.

—Esta bien —dijo Jack—, no tardaré. Adiós —colgó.

Diez minutos más tarde estaba en camino, volando en el brillante y esbelto helicóptero de la Compañía Yee a través del cielo nocturno de Marte, dirigiéndose hacia Lewistown, al encuentro de la amante de Arnie Kott.

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