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Philip k. Dick


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CAPÍTULO VI


Arnie Kott poseía el único clavicordio de Marte. Sin embargo, estaba desafinado y no podía encontrar a nadie que lo afinara. Por muchas vueltas que se le diera, en Marte no había ni un solo afinador de clavicordios.

Ya llevaba un mes intentando enseñar a su hombre triste doméstico a abordar esa tarea; los hombres tristes poseían un estupendo oído para la música y aquel en particular parecía comprender lo que Arnie deseaba de él. Heliogábalo disponía de una traducción a su dialecto nativo, de un manual acerca del mantenimiento y cuidados de los instrumentos de cuerda y teclado, y Arnie Kott esperaba obtener resultados apreciables en cualquier momento. Pero, mientras, el clavicordio resultaba virtualmente intocable.

De vuelta en Lewistown tras su visita a Anne Esterhazy, Arnie Kott se sentía triste. La muerte del traficante en el mercado negro, Norbert Steiner, era como un sólido golpe bajo y Arnie sabía que tendría que moverse, probablemente de manera drástica y sin precedentes, para compensar la pérdida de proveedor. Eran ahora las tres de la tarde. ¿Qué había sacado de su viaje a Nueva Israel? Sólo unas pocas malas noticias. Anne, como siempre, nunca se dejaba convencer; trataba de seguir sin desviarse en sus campañas y causas de aficionada y que esta tozudez la convirtiera en el hazmerreír de Marte era cosa que a él ni le iba ni le venía.

—Maldito seas, Heliogábalo —exclamó Arnie con furia—, o pones en funcionamiento a ese condenado instrumento o te echo a patadas de Lewistown. Tendrás que volver a comer escarabajos en el desierto con el resto de tu tribu.

Sentado en el suelo, junto al clavicordio, el hombre triste parpadeó, miró de reojo con viveza a Arnie Kott y luego posó otra vez sus ojos en el manual.

—Aquí no se logra nunca arreglar nada —gruñó Arnie.

Todo Marte, decidió, era una especie campo de chatarra; el estado original había sido un estado de perfección y ellos y sus propiedades degeneraron de tal perfecta situación hasta los restos mohosos y deleznables de su existencia actual. A veces sentía como si presidiera un enorme campo de chatarra. Y entonces, una vez más, pensó en el helicóptero de la Compañía de Reparaciones Yee con que se tropezó en el desierto y en el tipo que lo pilotaba. Bastardos independientes, dijo para sí Arnie. Se les deberían rebajar un poco los humos. Pero saben lo que valen. En su cara parece que haya escrito el conocimiento de saberse vitales para la economía del planeta. No nos inclinamos ante ningún hombre, etc. Arnie paseó por la gran sala principal de la casa de Lewistown que mantenía en adición a su apartamento de la Casa de la Unión, ceñudo, las manos en los bolsillos.

Pensemos: ese chico me habló con suma arrogancia, reflexionó Arnie. Debe ser muy buen mecánico para poder mostrarse con ese aire altivo.

Y Arnie pensó también: Acabaré con ese individuo aunque sea lo último que haga en mi vida. No consiento que nadie me hablé así y se salga de rositas.

Pero de los pensamientos habidos acerca del altivo mecánico reparador de la Compañía Yee, el primero de ellos comenzó lentamente a dominar su cerebro, porque era hombre práctico y sabía que era necesario mantener en funcionamiento las cosas. Las normas morales debían quedar relegadas a un segundo término. Aquí no tenemos una sociedad medieval, se dijo Arnie para sí. Si el muchacho es realmente bueno, tiene derecho a decirme lo que se le antoje; lo único que me importa son los resultados.

Pensando eso, telefoneó a la Compañía Yee en Bunchewood Park y no tardó en tener al propio señor Yee en el otro extremo de la línea.

—Escuche —dijo Arnie—, tengo aquí una cifradora averiada y si su personal puede arreglarla, quizá podría servirme de ustedes bajo una base contractual permanente; ¿me entiende?

No había duda de que sí; el señor Yee le entendía, sin confusión posible. Se imaginó toda la escena.

—Le mandaré a nuestro mejor hombre, señor. Enseguida. Y sé que le satisfará plenamente, lo mismo que la Compañía nuestra, que está a su disposición a cualquier hora del día o de la noche.

—Deseo que venga un mecánico en particular —indicó Arnie y describió al hombre que conociera en el desierto.

—Joven, moreno, esbelto —repitió el señor Yee—. Gafas y modales nerviosos. Tiene que ser el señor Jack Bohlen, nuestro mejor hombre.

—Permítame decirle —interrumpió Arnie—, que el tal Bohlen me habló de un modo que no se lo consentiría a nadie, pero después de haber meditado comprendí que lo hizo con toda la razón y cuando lo vea se lo diré a la cara. —Sin embargo, en realidad Arnie Kott no podía recordar cómo ocurrió el incidente—. Ese tal Bohlen parece que tiene una buena cabeza asentada sobre sus hombros —terminó—. ¿Podría tenerle aquí hoy mismo?

Sin dudarlo, el señor Yee le prometió servicio para las cinco en punto.

—Se lo agradezco —afirmó Arnie—. Y no se olvide de decirle que Arnie no guarda rencor a nadie. Claro que entonces me encontraba algo abatido, pero ya pasó. Dígale... —meditó—. Dígale a Bohlen que no tiene nada absolutamente que preocuparse por lo acaecido conmigo —colgó y se arrellanó experimentando una áspera satisfacción por haber cumplido con su deber.

Después de todo el día no se había desperdiciado. Y, además, obtuvo de Anne una información interesante durante su estancia en Nueva Israel. Había puesto sobre el tapete el tópico de los rumores acerca de lo que se gestaba en la cordillera FDR y, como siempre, Anne sabía detalles internos procedentes de la patria, informes sin duda dejados caer entre la cadena de murmuraciones orales... Sin embargo, allí había un núcleo de verdad. Las NU allá en la patria, estaban en el proceso de asestar uno de sus golpes periódicos. Pensaban descender dentro de unas semanas sobre la cordillera FDR y reclamar esos montes como tierras de dominio público, como tierras que no pertenecían a nadie, lo que era palpablemente cierto. ¿Pero para qué querían las NU tan enorme porción de terrenos que no valían absolutamente nada? El chisme que le contó Anne a este respecto era capaz de dejarle perplejo. Una historia sonsacada en Ginebra afirmaba que las NU pretendían edificar un parque enorme y sobrenatural, una especie de Jardín del Edén para atraer a los emigrantes de la Tierra. Otro informe «de buena fuente» aseguraba que los ingenieros de las NU iban a abordar con un ataque final el problema de poner al descubierto las fuentes energéticas de Marte; instalarían una gigantesca planta productora de energía atómica a partir del hidrógeno, única en cuanto a tamaño y amplitud de miras. El sistema hidráulico quedaría revitalizado. Y, con fuentes adecuadas de energía, la industria pesada podría al fin ponerse en movimiento en Marte, aprovechándose de la tierra libre, la ligera gravedad, los bajos impuestos.

Y aun había otro rumor que indicaba que las NU iban a instalar una base militar en la cordillera FDR para estropear los planes generales de parecido concepto que habían estado elaborando los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Fuese cualquiera de estos rumores el que resultara cierto, un hecho destacaba con claridad: ciertas parcelas de terreno en los montes FDR iban a ser muy valiosas, pronto, muy pronto. La cordillera entera estaba ahora libre para la venta en parcelas que variaban de extensión desde medio acre hasta cien mil y a un precio increíblemente bajo. En cuanto los especuladores se olieran los planes de las NU, la cosa cambiaría... y sin duda estos especuladores ya habían comenzado a actuar. Para reclamar tierras en Marte era preciso hallarse en el planeta, no se podía hacer desde la patria... esa era la ley. Así que podía esperarse que los especuladores comenzaran a llegar en cualquier momento, si los rumores llegados a Anne eran correctos. Sería todo como en el primer año de la colonización cuando por doquier se tropezaba uno con especuladores.

Sentándose ante su desafinado clavicordio, Arnie abrió un libro de sonatas de Scarlatti y comenzó a tocar una de sus favoritas, pieza que requería cruzar las manos sobre el teclado y que había ensayado durante infinidad de meses. Era una música fuerte, rítmica, vigorosa y Arnie pulsaba las teclas con deleite, ignorando el inarmónico sonido que producía. Heliogábalo se alejó un poco más para estudiar su manual; el sonido le dañaba los oídos.

—Tengo un «larga duración» de esto —dijo a Heliogábalo mientras tocaba—. Es tan condenadamente viejo y valioso que no me atrevo a tocarlo.

—¿Qué es un «larga duración»? —preguntó el hombre triste.

—Si te lo explicara no lo entenderías. Lo interpreta Glenn Gould. Se grabó hace cuarenta años; lo heredé de mi familia. Perteneció a mi madre. Ese tipo sabía cómo ejecutar estas sonatas. —Su propia manera de tocar le desanimó y renunció a seguir. Nunca sería un buen intérprete, decidió, aun cuando este instrumento estuviera en las mejores condiciones, como antes lo estuvo, cuando lo traje aquí desde la patria.

Sentado en el taburete, pero sin tocar, Arnie pensó una vez más en las doradas oportunidades existentes en las tierras de los montes FDR. Podría comprar en cualquier momento, pensó, con fondos de la Unión. Pero, «¿dónde?». Es una larguísima cordillera; no puedo adquirirla «toda».



¿Quién conoce esa zona?, se preguntó. Probablemente la conocía el tal Steiner, porque, como tengo entendido, es su base de operaciones... o mejor, «era»... ya que sus almacenes se encuentran en un lugar próximo. Y hay exploradores10 que van y vienen. También viven allí los hombres tristes.

—Helio —exclamó—, ¿conoces la cordillera FDR?

—Señor, la conozco —contestó el hombre triste—. He estado en ella. Son montañas frías, vacías y carecen de vida.

—¿Es verdad que vosotros, los hombres tristes, poseéis una roca oracular a la que acudís cuando queréis conocer el futuro? —preguntó Arnie.

—Sí, señor. Los incultos hombres tristes la tienen. Pero es una vana superstición. La roca se llama Dirty Knobby11.

—¿Y nunca la has consultado tú?

—No, señor.

—¿Podrías encontrar esa roca si fuera preciso?

—Sí, señor.

—Te daré un dólar si haces en mi nombre una pregunta a esa maldita Dirty Knobby —prometió Arnie.

—Gracias, señor, pero no puedo hacerlo.

—¿Por qué no, Helio?

—Consultar para otro proclamaría mi ignorancia.

—Cristo —exclamó Arnie disgustado—. Es sólo un juego... ¿No puedes hacerlo? Como broma, claro...

El hombre triste no contestó, pero su rostro moreno mostraba tensión y resquemor. Pretendió reanudar la lectura del manual.

—Vosotros fuisteis estúpidos al abandonar vuestra religión nativa —dijo Arnie—. Con ello demostrasteis vuestra debilidad. Yo no lo habría hecho. Dime cómo puedo llegar hasta la Dirty Knobby y le haré la pregunta personalmente. Sé que vuestra religión enseña que sois capaces de predecir el futuro, ¿y eso qué tiene de peculiar? En la patria tenemos individuos extrasensitivos y algunos de ellos poseen la precognición, pueden leer el futuro. Claro que tenemos que encerrarlos con los demás chiflados, porque es un síntoma de esquizofrenia, si es que sabes lo que eso significa.

—Sí, señor —dijo Heliogábalo—. Conozco la esquizofrenia; es el salvajismo dentro del hombre.

—Claro, es una reversión a los sistemas primitivos del pensamiento, pero, ¿y qué si uno puede leer el futuro? En esos campamentos-manicomio de la patria hay centenares de previdentes... —y entonces se le ocurrió a Arnie Kott una idea. Quizás aquí en Marte hubiese un par de ellos, en el campamento de B-G.



Al diablo, pues, con la roca Dirty Knobby, pensó Arnie. Me dejaré caer por el B-G algún día antes de que lo cierren y me conseguiré un chiflado previdente; le sacaré del campamento y le colocaré en la nómina, aquí mismo en Lewistown.

Yendo hasta el teléfono, llamó al camarero de la Unión, Edward L. Goggins.

—Eddy —dijo cuando el sirviente se puso al aparato— vete a nuestra clínica psiquiátrica, aborda a esos médicos y vuelve con una descripción de cómo es un chiflado previdente, quiero decir qué síntomas muestra y si conocen alguno que esté en el Campamento B-G y a quien podamos conseguir.

—Está bien, Arnie. Lo haré.

—¿Cuál es el mejor psiquiatra de Marte, Eddy?

—Cielos, Arnie, tendré que investigarlo. Los camioneros tienen uno bueno, Milton Glaub. Lo sé porque el hermano de mi esposa es camionero y fue examinado por Glaub el año pasado.

—Supongo que ese tal Glaub conoce perfectamente bien al B-G.

—Oh, sí, Arnie; va allí una vez por semana, todos hacen turnos. Los judíos pagan muy bien, ellos tienen dinero en abundancia. Lo consiguen de Israel, en la patria, ya se sabe.

—Bien, ponte en contacto con ese Glaub y dile que me busque un esquizofrénico previdente para mí lo antes posible. Pon a Glaub en la nómina, pero sólo si es preciso; la mayor parte de los psiquiatras se vuelven locos por dinero en efectivo, ya que ven muy pocos billetes en toda su vida. ¿Comprendido, Eddy?

—De acuerdo, Arnie —el camarero colgó.

—¿Has sido alguna vez psicoanalizado, Helio? —le preguntó Arnie, sintiéndose animado ahora.

—No, señor. Todo el psicoanálisis es una estupidez absurdamente famosa.

—¿Por qué, Helio?

—La cuestión con la que nunca se enfrentan es ¿cómo remodelar12 a la persona enferma? No hay forma, señor.

—No te entiendo, Helio.

—El propósito de la vida es desconocido y, por tanto, su sistema queda oculto a los ojos de las criaturas vivientes. ¿Quién podía decir que quizás esos esquizofrénicos no están en lo cierto? Señor, tienen un valiente porvenir. Se apartan de las cosas simples, que uno puede manejar y convertir en algo práctico; se dirigen interiormente hacia el significado. Por tanto, allá donde yace la noche negra sin fondo, el pozo. ¿Quién puede decir si regresarán? ¿Y si es así, cómo serán, habrán captado una parte del significado? Yo los admiro.

—¡Cristo! —exclamó Arnie, con desprecio—. Eres un monstruo medio educado... Apuesto a que si desapareciese de Marte la civilización humana, volverías entre aquellos salvajes en menos de diez segundos, a adorar ídolos y todo lo demás. ¿Por qué pretendes querer ser como nosotros? ¿Por qué estas leyendo ese manual?

—La civilización humana —contestó Heliogábalo—, jamás abandonará Marte, señor; por eso estudio este libro.

—Será mejor que saques de ese libro el modo de afinar mi maldito clavicordio, o regresarás al desierto, se quede o no se quede en Marte la civilización humana —exclamó Arnie.

—Sí, señor —contestó su hombre triste doméstico.

* * *

Desde que perdió su tarjeta de la Unión y, por tanto, no poder legalmente efectuar su tarea, la vida de Otto Zitte había sido un caos continuo. Con una tarjeta sería ahora un mecánico reparador de primera clase. Por razones que él mismo no comprendía, Otto prefería que los demás creyesen que había fracasado simplemente en las pruebas de aptitud.



Quizás era más fácil pensar de sí mismo como un hombre fracasado; después de todo, el negocio de las reparaciones era casi imposible de abordar... y después de haber entrado en él, ser despedido...

La culpa era suya. Hubo, tres años atrás, un miembro pagado de la Unión, él mismo, con un buen respaldo, en otras palabras, un Buenmiembro de buena fe. El futuro se le abría ante los ojos; era joven, tenía novia y su propio helicóptero, que más tarde vendió; novia que13, sin embargo, aunque no lo supiese en aquel tiempo, la compartía... ¿Y qué podía hacerle retroceder? Nada, excepto posiblemente su propia estupidez.

Había quebrantado una regla de la Unión que era una ley básica. En su opinión era una norma estúpida, pero no obstante... la venganza es mía, dijo el Sindicato Marciano de Reparadores Extraterrestres. ¡Uf!, cómo odiaba a los bastardos; su odio le transformó la vida y se daba cuenta, lo comprendía... pero no podía evitarlo: quería que ese odio continuase. Necesitaba seguir odiándoles, aborrecer la vasta estructura monolítica donde quiera que existiese.

Le habían pillado para que efectuase el servicio de reparaciones socializado.

Y lo infernal del caso es que en aquel momento14 no estaba especializado, porque esperaba conseguir un beneficio. Era sólo un nuevo medio de cargar tarifas a sus clientes y en cierto sentido no tan nuevo, de cualquier manera. En la actualidad, era el sistema más antiguo del mundo, un sistema de cambalache. Pero sus ingresos no podían dividirse, así que la Unión cortó de lleno. Su comercio había sido con ciertas esposas que vivían en regiones remotas, mujeres muy solitarias cuyos maridos se quedaban en la ciudad durante cinco días a la semana, viniendo a casa sólo sábados y domingos. Otto, que era guapo, esbelto, con largo pelo negro peinado hacia atrás, lo pasaba muy bien con una mujer tras otra. Y un marido airado, al descubrirlo, en lugar de matar a Otto recurrió a la Oficina de Contratación de la Unión y presentó una denuncia formal: reparaciones sin compensación según tarifas.

Bueno, con certeza no había ninguna tarifa; lo admitió.

Y así ahora, este trabajo con Norb Steiner, que significaba que prácticamente tenía que vivir en los desiertos de la cordillera FDR, separado de la sociedad durante semanas sin fin, haciéndose cada vez más solitario, más amargado. Había sido una necesidad suya el contacto íntimo personal que le metiera en el jaleo en primer lugar y ahora no había más que mirarle. Mientras estaba sentado en el cobertizo de almacenes esperando a que apareciese el próximo cohete, recapacitó en su vida y reflexionó que incluso ni los hombres tristes serían capaces de vivir como él vivía, aislado de todo. Si al menos hubiesen tenido éxito sus operaciones propias en el mercado negro... Él, como Norb Steiner, fue capaz de recorrer diariamente el planeta, visitando persona tras persona. ¿Era culpa suya que las mercancías que prefiriera importar, fuesen lo bastante golosas como para interesar a los peces gordos? Su criterio había sido demasiado bueno; sus géneros se vendían condenadamente bien.

También odiaba a los grandes contrabandistas, lo mismo que odiaba a los sindicatos. Odiaba a la grandeza de por sí; la grandeza que había destruido el sistema americano de la libre empresa, arruinando a los pequeños comerciantes... De hecho, él mismo había sido quizás el último pequeño comerciante de Sistema Solar. Eso era su crimen verdadero; trató de vivir al modo americano, en lugar de simplemente hablar diciendo que así vivía.

—Atorníllales —se dijo a sí mismo, sentado en un cajón, rodeado por cajas y cartones y paquetes y las piezas de varios navíos cohetes desmantelados que yacían para ser utilizados como recambios. Al exterior del ventanal del cobertizo, las colinas rocosas silenciosas y desoladas, con sólo leves matorrales, secándose y muriendo, extendiéndose a todo lo lejos que podían distinguir los ojos.

Y, ¿en dónde estaba ahora Norb Steiner? Sin duda sentado cómodamente en algún bar o restaurante, o en la íntima salita de estar de alguna mujer, haciendo alabanza a sus mercancías, entregando latas de salmón ahumado y consiguiendo a cambio...

—Que los atornillen a todos —murmuró Otto, levantándose para pasear arriba y abajo—. Si eso es lo que quieren, que lo tengan. Rebaño de animales.

Aquellas chicas israelíes... Ahí es donde estaba Steiner, con un grupo de ellas, de ojos cálidos y negros, de labios gruesos, de senos desarrollados, muy sensuales, que se ponían morenas trabajando en los campos vestidas con cortos pantalones y camisas de algodón ceñidas, sin sostenes, sólo sus grandes y sólidos senos. Por transparencia se les podía ver incluso los pezones, porque la tela mojada se quedaba pegada a ellos.



Por eso no permite que le acompañe, decidió Otto.

Las únicas mujeres que veía aquí en las montañas FDR eran las resecas, torpes y negras mujeres de los hombres tristes, ni siquiera humanas, por lo menos para él. No se dejaba engatusar por los antropólogos que opinaban que los hombres tristes eran del mismo tronco que el Homo Sapiens, que probablemente ambos planetas fueron colonizados hace un millón de años por alguna raza interplanetaria. ¿Esos zoquetes humanos? ¿Dormir con una de las mujeres nativas? ¡Cristo, antes prefería hacer un voto de castidad eterna!

De hecho ahora se acercaba un grupo de hombres tristes, caminando animosamente con los pies descalzos por la irregular superficie rocosa de una colina del norte. En su camino, según observó Otto, de la caza. Como siempre.

Abrió la puerta del cobertizo, esperando a que llegasen hasta él. Cuatro mozos, dos de ellos mayores, una mujer de edad, varios chavales huesudos, llevando sus arcos, sus cachiporras, sus cáscaras de huevo que le servían de mochila.

Deteniéndose, le miraron en silencio y luego uno de los jóvenes dijo:

—Que las lluvias caigan de mí sobre tu valiosa persona.

—Igualmente —contestó Otto, apoyándose contra el cobertizo y sintiéndose torpe, abrumado de desesperanzas—. ¿Qué es lo que quieres?

El muchacho hombre triste extendió un pedacito de papel y Otto, tomándolo, vio que era una etiqueta de una lata de sopa de tortuga. Los hombres tristes se habían comido la sopa, guardando la etiqueta para este propósito; no podían decirle que es lo que querían porque no sabían cómo se llamaba.

—Está bien —dijo—. ¿Cuánto? —levantó los dedos. A los cinco ellos asintieron, cinco latas—. ¿Qué vais a dar? —preguntó Otto, sin moverse.

Una de las jóvenes mujeres se adelantó y señaló aquella parte suya que había ocupado tantísimo tiempo los pensamientos de Otto.

—Oh, Cristo —exclamó Otto con desesperación—. No, basta. Déjalo. Ya no más; no quiero ir jamás —le dio la espalda, camino hacia el cobertizo del almacén y cerró la puerta con tanta fuerza que las paredes temblaron; se dejó caer sobre un cajón de embalaje, la cabeza entre las manos—. Me vuelvo loco —dijo para sí, la barbilla rígida, la lengua tan hinchada que apenas podía hablar. Le dolía el pecho. Y luego, para sorpresa, comenzó a llorar. Jesús, pensó asustado, en realidad me vuelvo loco; me estoy desmoronando, ¿Por qué? Las lágrimas le caían por las mejillas. Hace años que no lloraba. ¿A qué viene todo esto?, se preguntó. Su mente no tenía el concepto; era sólo su cuerpo el que lloraba y se notaba como un espectador del llanto.

Pero le produjo alivio. Con el pañuelo se secó los ojos, la cara y maldijo cuando vio que sus manos parecían zarpas por la rigidez, los dedos engarabitados.

Fuera de la ventana del cobertizo estaban todavía parados los hombres tristes, quizá mirándole; no pudo decirlo. Sus rostros no mostraban expresión, pero estaba seguro que debían haberle visto y probablemente estaban tan perplejos como él. Seguro que es un misterio, pensó. Estoy de acuerdo con vosotros.

Los hombres tristes se reunieron en grupo y conferenciaron y uno de ellos se destacó de los demás y se acercó al cobertizo. Otto oyó como llamaba a la puerta. Yendo a abrir encontró al joven hombre triste plantado tendiéndole algo.

—Esto pues —dijo el joven.

Otto lo tomó, pero por su aspecto no pudo adivinar de qué se trataba. Tenía cristal y metal y graduaciones. Y entonces se dio cuenta de que era un instrumento utilizado en inspección15. En un costado estaban grabadas las palabras de las NU.

—No lo quiero —dijo irritado, devolviéndoselo no sin antes darle vueltas al aparato. Los hombres tristes debían haberlo robado, comprendió. El joven aceptó la devolución estoicamente y regresó con el grupo. Otto cerró la puerta.

En esta ocasión se fueron; espió a través de la ventana mientras ascendían por el sendero de la ladera de la colina. Quedaos ciegos, maldijo para sí. De todas maneras, ¿qué estaba haciendo una Compañía de Exploraciones de las NU en la cordillera FDR?

Para animarse, vagó por el interior hasta encontrar una lata de patas de ranas ahumadas; la abrió, se sentó comiendo displicentemente, sin disfrutar de la golosina en absoluto. Sin embargo, metódicamente acabó el contenido de la lata.

* * *


En el micrófono Jack Bohlen dijo:

—No me envíe, señor Yee... ya me he tropezado hoy con Kott y le ofendí —el cansancio le dominaba.



Naturalmente me tropecé con Kott, por primera vez en la vida y, naturalmente le insulté, pensó para sí. Y con la misma naturalidad, porque así se desarrolló mi vida, me ocurre esto el mismo día en que Arnie Kott decide llamar a la Compañía Yee y pedir servicio. Es típico del jueguecito que yo represento con las fuerzas poderosas e inanimadas de la vida.

—El señor Kott mencionó haberle visto en el desierto —dijo el señor Yee—. De hecho, su decisión de llamarnos se basaba en ese encuentro.

—Es infernal lo que dice —estaba abrumado.

—Yo no sé lo que pasó, Jack, pero no ha ocurrido nada malo. Dirija su navío a Lewistown. Si llega allá antes de las cinco en punto, se le pagará un cincuenta por ciento más. Y el señor Kott, que es una persona generosa universalmente reconocida, está tan ansioso de que funcione su grabadora, que promete una sustanciosa gratificación.

—Está bien —contestó Jack. Era demasiado para rechazarlo. Después de todo, no sabía nada de lo que pensaba Arnie Kott.

No mucho después descendía su helicóptero en el aparcamiento del tejado del edificio de la Unión de Trabajadores Hidráulicos de Lewistown. Un empleado salió y le miró con recelo.

—Mecánico de la Compañía Yee —dijo Jack—. Me llamó Arnie Kott.

—Está bien, camarada —dijo el empleado y le condujo hasta el ascensor.

Encontró a Arnie Kott en una sala de estar muy bien amueblada, tipo terrestre; el hombre gordo y calvo estaba al teléfono y asintió con la cabeza ante la aparición de Jack. El gesto indicó el escritorio, en donde estaba depositada la máquina de dictado cifradora portátil. Jack se acercó al aparato, quitó la tapa, la puso en marcha. Mientras, Arnie Kott continuó con su conversación telefónica.

—Claro que sé que es un talento engañoso. Seguro, hay un buen motivo por el que nadie ha sido capaz de utilizarlo... pero lo que yo pienso hacer es abandonar todo fingimiento de que no existe porque la gente ha sido demasiado torpe durante cincuenta mil años para tomárselo en serio... Lo que yo quiero hacer es probarlo —una larga pausa—. Está bien, doctor. Gracias —Arnie colgó. Se volvió a Jack y dijo—: ¿Ha estado alguna vez en el Campamento B-G?

—No —contestó Jack.

Estaba atareado abriendo la cifradora.

Arnie se acercó y se detuvo a su lado. Mientras trabajaba, Jack notó la astuta mirada fija sobre su persona; le ponía nervioso, pero no podía hacer nada excepto tratar de ignorar al hombre y seguir. Era un poco parecido al Circuito Principal, pensó para sí. Y luego se preguntó, como hacía a menudo, si iba a tener otro de sus hechizos; cierto, había pasado mucho tiempo, pero aquí había una figura potente cerniéndose a su lado, escrutándole y experimentó algo así como la antigua entrevista con el jefe del personal de la casa Corona.

—El del teléfono era Glaub —dijo Arnie Kott—. El psiquiatra. ¿Ha oído usted hablar de él?

—No —dijo Jack.

—¿Qué hace usted? ¿Vive enteramente con la cabeza metida dentro de las maquinas?

Jack alzó la vista, resistiendo la mirada del hombre.

—Tengo esposa e hijo. Esa es mi vida. Lo que hago ahora es un medio de mantener a mi familia —habló tranquilo.

Arnie no pareció ofenderse; incluso sonrió.

—¿Quiere beber algo? —le preguntó Arnie.

—Café, si tiene.

—Lo tengo y auténtico café casero —dijo Arnie—. ¿Negro?

—Negro.

—Sí, tiene usted aspecto de ser aficionado al café negro. Cree que puede arreglar la máquina ahora mismo o, ¿piensa llevársela al taller?



—La puedo arreglar aquí.

Arnie se mostró satisfecho.

—¡Estupendo! En realidad dependo de esa maquina.

—¿Dónde está el café?

Volviéndose, Arnie salió diligente; estuvo trasteando en otra habitación y luego regresó con una cafetera de porcelana que puso cerca del escritorio, junto a Jack.

—Escuche, Bohlen, dentro de pocos momentos vendrá aquí una persona. Una chica. No quiero interferirme en su trabajo. ¿Podrá seguir?

Jack alzó la vista, suponiendo que el individuo se mostraba sarcástico. Pero evidentemente no: Arnie le miraba y luego posó los ojos en la máquina en parte desmontada, interesado en la marcha de la reparación. Ciertamente depende de este chisme, decidió Jack. Era extraño cómo las gentes se aferraban a sus posesiones como si fuesen extensiones de su cuerpo, una especie de hipocondría sobre la máquina. Uno pensaría que un tipo como Arnie Kott podía tirar su cifradora y gastarse el dinero en una nueva.

Entonces sonó un golpe en la puerta y Arnie se apresuró a abrirla.

—Oh, hola —su voz llegó hasta Jack—. Entra. Estoy haciendo que me arreglen mi maquinita.

—Arnie, jamás lograrás que te arreglen la maquinita —contestó la voz de una muchacha.

Arnie soltó una carcajada nerviosa.

—Ah, te presento a mi nuevo mecánico, Jack Bohlen. Bohlen, ésta es Doreen Anderton, nuestra tesorera en la Unión.

—Hola —dijo Jack. Por el rabillo del ojo, no dejó de trabajar, pudo ver que tenía el pelo rojo y una piel extremadamente blanca con ojos grandes y maravillosos. Todo el mundo está en la nómina, pensó con amargura. Que mundo más grande. Que gran Unión tienes aquí para ti mismo Arnie.

—¿Tienes trabajo? —pregunto la muchacha.

—Oh, sí —afirmó Arnie—, estos mecánicos son como gusanitos procurando hacer bien su trabajo; me refiero a los muchachos del exterior, no a los nuestros, que son un rebaño de gandules que se sientan jugando entre sí a nuestras expensas. Acabe con ellos, Doreen. Quiero decir que este tal Bohlen es una ardilla; va a poner en marcha la grabadora y cifradora en cualquier momento, ¿no es verdad Jack?

—Sí —contestó Jack.

La chica dijo:

—¿No me dices hola, Jack?

Parando en su tarea prestó atención a la muchacha; la miró de igual a igual. La expresión de ella era fría e inteligente, con una cualidad burlona que era al mismo tiempo peculiarmente recompensante y enojosa.

—Hola —dijo Jack.

—Vi tu helicóptero en el tejado —dijo la chica.

—Déjale trabajar —intervino con malicia Arnie—. Dame tu abrigo —se plantó tras ella, ayudándola a quitarse la prenda.

La chica llevaba un traje de lana oscuro, evidentemente importado de la Tierra y, por tanto, caro hasta un grado abrumador. Apostaría a que el fondo la Unión ha respaldado plenamente la compra, decidió Jack.

Observando a la chica vio en ella una indicación de un retazo de antigua sabiduría. Bonitos ojos, pelo y piel producían una linda mujer, pero una en realidad excelente nariz era lo que creaba la belleza. Esta chica la tenía: fuerte, recta, dominando sus rasgos, formando la base de las demás características faciales. Las mujeres mediterráneas alcanzan el nivel de la belleza mucho más fácilmente que, digamos, las irlandesas o las inglesas; se dio cuenta que la causa, genéticamente hablando, era la nariz mediterránea. Su propia esposa, Silvia, tenía una alegre y respingona naricilla irlandesa; era lo bastante bonita para cualquier concepto. Pero... ahí estaba la diferencia.

Calculó que Doreen tendría unos treinta años. Y, sin embargo, poseía una frescura que le daba una cualidad estable. La chica seguiría atractiva veinte años más y probablemente ya llevaba otros tantos así; no pudo imaginarla de otra manera. Arnie, invirtiendo en ella, había hecho quizá bien con los fondos que se le confiaron; ella no se desgastaría. Incluso ahora vio madurez en el rostro de Doreen y eso resultaba raro entre las mujeres.

Arnie le dijo:

—Vamos a salir y a tomar una copa. Si tiene usted arreglada la máquina a tiempo...

—Ya está arreglada —había encontrado la transmisión rota y la sustituyó con una de las de su equipo de recambios.

—¡Buen trabajo! —exclamó Arnie, sonriendo como un niño feliz—. Entonces, véngase con nosotros —se volvió la chica y le explicó—. Nos vamos a reunir con Milton Glaub, el famoso psiquiatra; probablemente habrá oído hablar de él. Prometió tomar una copa conmigo. He estado hablándole por teléfono hace un momento y parecía una especie de individuo de gran categoría —dio una palmada sonora en el hombro de Jack—. Apuesto a que cuando aterrizó su helicóptero en el tejado no pensaba poder tomar una copa con uno de los psicoanalistas más conocidos del Sistema Solar, ¿verdad?

—Está bien, Arnie —dijo.

—El doctor Glaub va a proporcionarme a un esquizofrénico —afirmó Arnie—. Lo necesito, necesito sus servicios profesionales —soltó una carcajada, los ojos centelleando, encontrando divertida su propia salida.

—¿De verás? —dijo Jack—. Yo soy esquizofrénico.

Arnie dejó de reír.

—No bromeé. Jamás lo habría imaginado. Lo que quiero decir es que tiene usted un aspecto normal.

Acabando la tarea de montar la cifradora, Jack contestó:

—Y estoy normal. Me curé.

Doreen intervino:

—Nadie se cura del todo de la esquizofrenia —su tono era desapasionado; simplemente afirmaba un hecho.

—Quizá sí —dijo Jack—, si lo que tienen es esquizofrenia posicional.

Arnie le miró con gran interés, incluso con recelo.

—Me está tomando el pelo. Usted trata de ganarse mi confianza.

Jack se encogió de hombros, sintiéndose ruborizar. Volvió la atención por completo a su trabajo.

—No se enfade —dijo Arnie—. ¿De verdad no estaba bromeando? Escuche, Jack, permítame preguntarle; ¿tiene usted alguna habilidad de poder leer el futuro?

Al cabo de una larga pausa, Jack contestó:

—No.

—¿Seguro? —inquirió Arnie receloso.



—Seguro.—Aun deseó haber rechazado la invitación para acompañarles. El intenso interrogatorio le hacía sentirse como desnudo; Arnie le acuciaba demasiado, encorajinándole... pero le resultaba difícil respirar y Jack se trasladó hasta el lado opuesto del escritorio, para colocar más distancia entre él y el fontanero.

—¿Qué le pasa? —preguntó Arnie con viveza.

—Nada —Jack seguía trabajando, sin mirar ni a Arnie ni a la chica. Ambos le estaban contemplando y sus manos le temblaban.

Al poco Arnie dijo:

—Jack, déjeme decirle como llegué a lo que soy. Un talento me subió aquí. Puedo juzgar a la gente y decir cómo son en su interioridad, lo que realmente son: no sólo lo que dicen y hacen. No le creo; apuesto a que me está mintiendo acerca de su predicción. ¿No es eso cierto? Ni siquiera tiene que contestarme —volviéndose a la chica, Arnie dijo—. Pongámonos en marcha; necesito esa bebida. —Hizo un gesto a Jack para que le siguiese.

Dejando sus herramientas, Jack obedeció de mala gana.


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