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Philip k. Dick


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CAPÍTULO V


¿Por qué esa escuela pública le ponía nervioso? Examinándola desde lo alto vio el edificio en forma de huevo de pato, blanco contra la oscura y turbia superficie del planeta, aparentemente dejado caer allí a toda prisa; no encajaba en el paisaje circundante.

Mientras aparcaba en la zona prevista a la entrada, descubrió que las puntas de sus dedos las tenía blancas y había perdido el tacto, un signo, familiar para él, indicador de que se encontraba bajo una fuerte tensión. Sin embargo, aquel lugar no preocupaba a David, que era recogido y traído hasta aquí tres días por semana, junto con otros chicos de su grupo escolar. Evidentemente había algún factor en su propia personalidad; quizá porque su conocimiento de las máquinas era tan grande, no podía afectarle la ilusión de la escuela, no podía participar en el juego. Para él, los artefactos de la escuela no eran ni inertes ni vivos; eran ambas cosas en cierto modo.

Pronto estuvo sentado en la sala de espera, con su caja de herramientas al lado.

De una estantería con revistas tomó un ejemplar de «Mundo del Motor» y oyó, con sus oídos adiestrados, un rápido chasquido de conmutador. La escuela había advertido su presencia. Se fijó en qué revista había seleccionado, anotaría cuanto tiempo permanecería sentado leyendo y qué tomaría después. Le estaba midiendo.

Se abrió una puerta y una mujer de mediana edad, llevando un traje de cheviot, sonriéndole, dijo:

—Usted debe ser el mecánico del señor Yee.

—Sí —contestó él, poniéndose en pie.

—Nos alegramos de verle —le hizo un gesto para que la siguiese—. Ha habido mucho jaleo sobre ese Maestro, pero me parece que es en la fase de salida —dando largas zancadas por un pasillo, le mantuvo una puerta abierta para que la alcanzase— del Airado Bedel —dijo ella, señalando.

Lo reconoció por la descripción de su hijo.

—Se estropeó de pronto —le decía la mujer en el oído—. ¿Ve? Precisamente en mitad de su ciclo... bajó por la calle y gritó y luego estuvo a punto de iniciar el movimiento de agitar el puño.

—No conozco el Circuito Principal...

—Yo soy el Circuito Principal —dijo la mujer de mediana edad, sonriéndole mimosa, sus gafas con montura de acero brillantes al centellear los ojos.

—Claro —contestó él, apenado.

—Pensamos que debe ser esto —dijo la mujer, o mejor su extensión peripatética de la escuela, extendiendo un papel doblado.

Desplegándolo, encontró el jeroglífico de diagramas de las válvulas de realimentación reguladoras.

—Esto es una figura autoritaria, ¿verdad? —preguntó—. Enseña al niño a respetar adecuadamente. Un tipo muy autoritario, tal y como son los Maestros.

—Sí —dijo la mujer.

Manualmente reajustó al Airado Bedel y lo puso otra vez en marcha. Después de unos cuantos chasquidos, se puso rojo en el rostro, alzó el brazo y gritó:

—Muchachos, fuera de aquí, ¿entendido? —viendo las peludas patillas temblar de indignación, la boca abrirse y cerrarse, Jack Bohlen se imaginó el poderoso efecto que causaría en un niño. Su propia reacción fue de disgusto. Sin embargo, esta construcción era la esencia del éxito de la maquina de enseñanza; efectuaba un buen trabajo, en conjunción con las otras dos docenas de aparatos colocados, como cabinas en un parque de diversiones, aquí y allá a lo largo de los pasillos que formaban la escuela. Pudo ver la siguiente máquina de enseñanza al doblar la esquina. Había varios niños de pie, respetuosamente, ante ella, mientras el aparato les pronunciaba una arenga.

—...Y entonces pensé —les estaba diciendo con una voz afable e impersonal—, cáscaras... ¿Qué es lo que las gentes pueden aprender de una experiencia como esa? ¿Lo sabe alguno de vosotros? Tú, Sally.

Se oyó la voz de una niñita:

—Ejem, bueno, quizá podamos aprender que hay algo bueno en cada persona, no importa lo mal que actúe.

—¿Qué dices tú, Víctor? —continuó la máquina de enseñanza—. Oigamos lo que opina Víctor Plank.

El muchacho balbuceó.

—Yo diría lo mismo que Sally; la mayor parte de la gente son verdaderamente buenas personas en el fondo si uno se toma la molestia de mirar en realidad. ¿Es eso cierto, señor Whitlock?

Así que Jack estaba escuchando a la Maquina de Enseñanza Whitlock. Su hijo había hablado de ese aparato muchas veces; era su favorito. Mientras sacaba las herramientas, Jack escuchó. El tal Whitlock era un caballero mayor, de pelo blanco, con acento regional, quizá de Kansas... Era amable, dejaba que los demás se expresasen como quisieran; era una variedad permisiva de la Maquina de Enseñanza, con nada del mal genio y gesto autoritarios del Airado Bedel; era, de hecho, tan parecido a Jack como una combinación de Sócrates y Dwight D. Eisenhower.

—Los corderos son graciosos —decía Whitlock—. Ahora, mirad cómo se comportan cuando se les hecha algo de comida sobre la cerca, por ejemplo mazorcas de maíz. Oh, la distinguen desde dos kilómetros de distancia —Whitlock soltó una risita—. Son listos en lo que les concierne. Y quizás eso nos ayudará a comprender lo que es la verdadera listeza; no es haber leído muchos libracos, y conocer palabras largas... es mostrarse capaz de localizar lo que nos conviene. Resulta muy útil ser verdaderamente listo.

Arrodillándose, Jack comenzó a destornillar la parte posterior del Airado Bedel. El Circuito Principal de la escuela estaba de pie plantado, vigilándole.

Sabía que esta máquina obedecería en respuesta a un carrete de la cinta de instrucciones, pero su actuación permitía una abierta modificación en cada etapa, dependiendo del comportamiento de su público. No era un sistema cerrado; comparaba las respuestas de los niños con su propia cinta, luego las conjuntaba, clasificaba y por último contestaba. No había espacio para una única respuesta porque la Máquina de Enseñanza podía reconocer sólo un número limitado de categorías. Y, sin embargo, producía una ilusión convincente de estar viva y ser capaz; era un triunfo de la ingeniería.

Sus ventajas sobre el maestro humano residían en su capacidad para enfrentarse con cada niño individualmente. Patrocinaba más que enseñaba. Una Máquina de Enseñanza podía manejar hasta mil alumnos y jamás confundir alguno con el siguiente; con cada chico de respuestas alteradas captaba una sutil diferencia de personalidad. Algo mecánico, sí... pero infinitamente complejo. Las Máquinas de Enseñanza demostraban un hecho del que Jack Bohlen se daba perfecta cuenta: había una asombrosa profundidad en lo así llamado «artificial».

Y, sin embargo, sentía repulsión hacia las Máquinas de Enseñanza porque toda la escuela pública estaba engranada para una tarea que estaba en oposición con su concepto: la escuela no debía informar o educar, si no moldear y a lo largo de varias líneas limitadas. Era el enlace a su cultura heredada y tenía que fomentarla, en su totalidad, imbuyéndola en los jóvenes. Inclinaba sus pupilos hacia esto; la perpetuación de la cultura era su meta y cualquier desviación especial en los niños podía conducirles a otra dirección que debía descartarse.

Era una batalla, comprendió Jack, entre el alma compuesta del colegio y las almas individuales de los niños y la primera tenía todos los triunfos. Un niño que no respondiese adecuadamente era considerado como retraído, es decir, orientado según un factor subjetivo que tenía precedente en su sentido de la realidad objetiva. Y ese niño terminaría siendo expulsado del colegio; iría, después de eso, a otra escuela distinta, destinada a rehabilitarle; sería internado en el Campamento Ben-Gurion, no se le podía enseñar; únicamente se le podría tratar como enfermo.

La reclusión8, reflexionó Jack mientras destornillaba la parte trasera del Airado Bedel, se había convertido en un concepto suficiente para las autoridades que gobernaban Marte. Sustituía el viejo término de «psicópata» que en su tiempo sustituyó también al «imbécil moral», que había remplazado al «loco criminal». Y en el Campamento B-G, el niño tenía un maestro humano, o mejor aun, «terapéutico».

Incluso desde que su propio hijo entró en la escuela pública, Jack aguardaba enterarse de malas noticias: que el muchacho no podía graduarse según la escala de lo conseguido con que clasificaban las Máquinas de Enseñanza a sus alumnos. Sin embargo, David respondió de corazón a las Máquinas de Enseñanza, es más, alcanzó puntuaciones altas. Al muchacho le gustaban la mayor parte de sus Maestros y volvía a casa encantado con ellos; se llevaba muy bien con los más severos y por ahora resultaba evidente que no tenía problemas... no era un recluido, un retraído, y jamás vería el interior del Campamento B-G. Pero esto no hizo que Jack se sintiese mejor. Nada, había destacado Silvia, le haría sentirse mejor. Sólo dos posibilidades permanecían abiertas; la escuela pública y el Campamento B-G, y Jack sentía desconfianza de ambas. ¿Y por qué? Eso no lo sabía.

Quizá, conjeturó, era porque realmente tenía tal condición como la de recluido, retraído. Era una forma infantil de la esquizofrenia, que mucha gente tenía; la esquizofrenia era una enfermedad grave que tocaba tarde o temprano a casi cada familia. Y significaba, simplemente, que una persona no podía vivir con los impulsos que le implantaron en su interior los miembros de la sociedad. La realidad de la que huye la esquizofrenia, o que jamás se incorporaba en primer lugar, era la realidad de la vida interpersonal, de la vida en una cultura dada con valores marcados; peor resultaba una vida biológica, ni alguna forma de vida heredada, si no «vida que se aprendía». Tenía que ser recogida poco a poco de los que graduaban a uno, los padres y maestros, y las figuras autoritarias en general... de cualquier persona con quien se pusiese en contacto durante sus años formativos.

La escuela pública, entonces, estaba preparada para rechazar a un niño que no aprendiese. Porque lo que el niño aprendía no eran hechos solamente sobre la base de ganar dinero o conseguir una carrera útil. La cosa resultaba mucho más profunda. El chico aprendía que ciertas materias de la cultura a su alrededor tenían que preservarse a cualquier coste. Sus valores tenían como meta alguna empresa objetiva humana. Y para él mismo la nota propia debía ser convertirse en parte de la tradición que se le entregó; mantenía su herencia durante toda su vida e incluso la mejoraba. Se preocupaba. El verdadero sentido de la reclusión, decidió Jack, era el último análisis en la apatía hacia el comportamiento y destino públicos; era una existencia particular llevada adelante como si la persona individual fuese la creadora de todos los valores, más que meramente la usufructuaria de los valores heredados. Y Jack Bohlen no podía aceptar la escuela pública con sus Máquinas de Enseñanza como único arbitro de lo que era o no era de valor, porque los valores de la sociedad estaban en flujo incesante y la escuela pública era un intento de estabilizar tales valores, de ordenarlos en un punto fijado... de embalsamarlos.

La escuela pública, decidió hacía mucho tiempo, era neurótica, quería un mundo en el que no apareciese nada nuevo, en el que no hubiese sorpresas. Y ese era el mundo compulsivo-obsesivo neurótico; no era un mundo saludable en absoluto.

Una vez, un par de años antes, le contó a su esposa la teoría propia. Silvia le escuchó con una atención bastante razonable y luego le dijo:

—Pero no comprendes la cuestión, Jack. Trata de entender. Hay cosas mucho peores que la neurosis —su voz había sido baja y firme y él la escuchó atento—. Estamos empezando a descubrirlas. Ya sabes lo que son. Las has pasado.

Y asintió, porque sabía lo que quería decir su esposa. Él mismo tuvo un interludio psicótico durante sus primeros veinte años. Era común. Resultaba natural. Y, tuvo que reconocerlo, horrible. Hacía parecer a la escuela pública, compulsiva-neurótica, fija, rígida, como un punto de referencia por el que uno podía agradecidamente dirigir su rumbo hacia la humanidad y compartir la realidad. Le hacía comprender por qué una neurosis era un artefacto deliberado, construido intencionadamente para arrancar lo individual o por una sociedad en crisis. Era una invención que se alzaba de la necesidad.

—No abandones la neurosis —le había dicho Silvia y él comprendió. La neurosis era una parada deliberada, un petrificarse a lo largo del sendero de la vida. Por que más allá yacía...

Cada esquizofrénico sabía lo que yacía. Y cada esquizofrénico, pensó Jack, recordaba, como él, su propio episodio.

* * *

Los dos hombres de la otra parte de la habitación le miraron extrañados. ¿Qué había dicho? Herbert Hoover era mucho mejor jefe del FBI de lo que Carrington llegaría a serlo jamás.



—Sé que estoy en lo cierto —añadió—. Aunque les parezca raro —su mente parecía confusa. Bebió un sorbo de cerveza. Todo se le había hecho pesado, su brazo, el mismo vaso; era más fácil mirar hacia abajo que hacia arriba... Estudió el tapetito de la mesa del café.

—Usted no quiere decir Herbert Hoover —afirmo Lou Notting—. Se refiere a J. Edgar...9



¡Cristo!, pensó Jack con desaliento. Sí, había dicho Herbert Hoover y hasta que ellos se lo recalcaron le pareció bien. ¿Qué me pasa?, se preguntó. Siento como si esté medio dormido. Y, sin embargo, me acosté a las diez anoche, he dormido casi doce horas.

—Perdóneme —dijo—. Claro que quise decir... —notó como entorpecida la lengua. Con cuidado dijo—: J. Edgar Hoover —pero su voz sonó turbia y lenta, como una peonza perdiendo su impulso giratorio. Y ahora le era casi imposible levantar la cabeza; se estaba durmiendo donde se encontraba sentado, aquí en la sala de estar de los Notting y, sin embargo, sus ojos no se le cerraban... lo descubrió cuando probó a cerrarlos y no pudo. La atención la tenía clavada en el tapetito. Busca cobijo antes de atacar, leyó. ¿Puedes conducir este caballo? Primera lección gratis, sin compromiso. Rellene el formulario de ingreso. Sin parpadear, siguió mirando con fijeza mientras Lou Notting y Fred Clarke discutían sobre ideas abstractas tales como el recorte de las libertades, el proceso democrático... Oyó todas las palabras perfectamente claras y no le importó escuchar. Pero no sintió deseos de discutir, aun cuando sabía que ambos estaban equivocados. Les dejó que disputaran; era más fácil. Y simplemente ocurrió. Y dejó que ocurriera.

—Jack no está con nosotros esta noche —decía Clarke. Con sobresalto, Jack Bohlen se dio cuenta de que habían centrado en él su atención; tenía que decir o hacer algo ahora.

—Claro que sí —exclamó a costa de un esfuerzo terrible; era como alzarse y elevarse del mar—. Seguid, seguid, seguid, escucho.

—Dios, eres como un muñeco —dijo Notting—. Vete a la cama y acuéstate, por tu bien.

Entrando en la sala de estar, Phyllis, esposa de Lou, dijo:

—Jamás llegarás a Marte en el estado en que te encuentras ahora, Jack —aumentó el volumen del aparato de alta fidelidad; era un moderno conjunto de jazz, vibráfono y contrabajo, o quizá un instrumento electrónico funcionando. La rubia y atrevida Phyllis se sentó en el diván cerca suyo y le examinó.

—¿Jack, estás enfadado con nosotros? Me refiero a que te veo tan retirado.

—Está en uno de sus momentos de malhumor —apuntó Notting—. Cuando estábamos en la mili solía dejarse dominar por ellos, especialmente las noches de los sábados. Permanecía taciturno y silencioso, pensando. ¿En qué piensas ahora, Jack?

La pregunta le parecía rara; no pensaba en nada, tenía el cerebro vacío. El tapetito seguía acaparando toda su percepción. No obstante, era necesario que les dijese lo que estaba pensando; todos así lo esperaban, pacientemente. Así que recurrió a un tópico:

—El aire —dijo—. En Marte. ¿Cuánto tiempo necesitaré para acostumbrarme? Varía entre diversas personas —un bostezo, que jamás cobró verdadero ser, había nacido en su pecho, difundiéndose por sus pulmones y por la garganta. Dejó que su boca quedase en parte abierta; con un esfuerzo logró cerrar las mandíbulas. Dijo—: creo que será mejor que me vaya. Tengo sueño —utilizando todas sus fuerzas logró ponerse en pie.

—¿A las nueve? —le preguntó Fred Clarke.

Más tarde, mientras caminaba hacia su casa en dirección hacia su propio apartamento, a lo largo de las frescas calles de Oakland se sintió mejor, casi estupendamente. Se preguntó qué es lo que había ido mal allá en casa de los Notting. Quizá el aire cargado o la falta de ventilación.

Pero algo fue mal.



Marte, pensó. Había cortado los lazos, en particular con su empleo, había vendido su Plymouth, avisado a su patrón. Y le costó un año conseguir el apartamento; el edificio era propiedad de una Cooperativa de la Costa Occidental, una estructura enorme parcialmente subterránea, con millares de unidades, su propio supermercado, lavanderías, guarderías infantiles, clínica, incluso psiquiatra, allá abajo en la fila de tiendas que quedaba en el nivel subterráneo. Había incluso una Estación de Radio de FM en el piso superior que emitían música clásica escogida por los inquilinos y en el centro se podía encontrar un teatro y una sala de reuniones. Era el más nuevo y enorme de la gigantesca cooperativa de apartamentos... y todo lo había echado por la borda, de pronto. Un día que estaba en la librería del edificio para comprar un libro se le ocurrió la idea.

Después de avisar, recorrió los corredores de la avenida comercial de la finca. Cuando llegó hasta el boletín de anuncios con sus noticias clavadas con chinchetas, se detuvo automáticamente para leerlas. Los niños pasaban corriendo por su lado, camino a la sala de juegos de la parte posterior de la finca. Un aviso largo e impreso, llamó su atención.

AYUDA A EXTENDER EL MOVIMIENTO COOPERATIVO HASTA ZONAS RECIÉN COLONIZADAS. LA EMIGRACIÓN PREPARADA POR LA OFICINA DE LA COOPERATIVA EN SACRAMENTO, EN RESPUESTA AL GRAN NEGOCIO, Y ENORME TRABAJO EN LA EXPLOTACIÓN DE LA UNIÓN DE RICAS ZONAS MINERALES EN MARTE. ¡FIRMA CONTRATO AHORA!

Se parecía mucho a las noticias de la cooperativa y, sin embargo, ¿por qué no?, mucha gente iba. ¿Y qué le retenía a él en la Tierra? Había renunciado a su apartamento cooperativo, pero seguía siendo miembro; aún tenía su parte de acciones y su número de registro.

Más tarde, cuando firmó y estaba en proceso de tratamiento médico y le ponían las inyecciones pertinentes, la secuencia le dejó turbada la mente; recordó la decisión de ir a Marte como lo primero de la serie y luego el renunciar a su empleo y apartamento. Le parecía más racional de esa forma y contar la historia a sus amigos. Pero simplemente no era verdad. ¿Qué era lo cierto? Por casi dos meses había estado vagando, confuso y desesperado, inseguro de todo excepto de que el 14 de noviembre, su grupo, doscientos miembros cooperativos, partirían para Marte y luego todo cambiaría; la confusión desaparecería y vería con claridad, como vio antaño en cierto periodo del pasado. Supo que otrora fue capaz de establecer el orden de las cosas en el espacio y en el tiempo; ahora, por razones que le eran desconocidas, tanto el espacio como el tiempo se habían alterado de manera que no podía orientarse en ninguno de los dos.

Su vida carecía de propósito. Durante catorce meses había vivido con una meta: conseguir un apartamento en el enorme y nuevo edificio de la Cooperativa y luego, cuando lo tuvo, no había nada. El futuro dejó de existir. Escuchó las suites de Bach que solicitó; compró comida en el supermercado y deambuló por la librería y biblioteca pública del edificio... ¿pero para qué? se preguntó a sí mismo. ¿Quién soy? Y su trabajo, su capacidad, se desvanecieron. Eso fue el primer indicio y en ciertos modos el más ominoso de todos; eso era lo que primero le asustó.

Comenzó con un singular incidente que jamás pudo explicar. En apariencia, parte resultó pura alucinación. ¿Pero qué parte? Había estado como soñando y tuvo un momento de pánico abrumador, el deseo de correr, de marcharse a cualquier costa.

Trabajaba en una empresa electrónica de Redwood City, al sur de San Francisco; manejaba una máquina que mantenía el control de calidad en toda la línea de montaje. Su responsabilidad consistía en procurar que esa máquina no se desviase de su concepto de tolerancias aceptables en un solo componente: una batería de helio líquido no mayor que la cabeza de un fósforo. Un día fue llamado a la oficina del jefe de personal de manera inesperada; no sabía por qué deseaban verle y mientras tomaba el ascensor se sintió muy nervioso. Después, lo recordó; su nerviosismo era extraordinario.

—Entre, señor Bohlen. —El jefe de personal, un hombre de buen aspecto con pelo rizado gris, quizás una peluca de moda, le dio la bienvenida en el despacho—. Sólo tardaremos un momentito —miró con agudeza a Jack—. Señor Bohlen, ¿por qué no hace efectivos los cheques de su sueldo?

Hubo silencio.

—¿No los hago? —dijo Jack. El corazón le latía con fuerza, haciendo que todo su cuerpo temblase. Se sintió inseguro y cansado. Yo pensé que sí que lo hacía, murmuró para sí.

—Puede comprarse un traje nuevo —dijo el jefe de personal—, y necesita un corte de pelo. Claro que eso es cosa suya.

Llevándose la mano a la cabellera, Jack palpó, turbado; ¿necesitaba un corte de pelo? ¿Acaso no fue a la peluquería la semana pasada? Quizás había pasado más tiempo. Dijo:

—Gracias —asintió—. Está bien, lo haré. Seguiré sus sugerencias.

Y luego la alucinación, si es que fue, le ocurrió. Vio al jefe del personal bajo una nueva luz. El hombre estaba muerto.

Vio, a través de la piel del individuo, su esqueleto. Estaba cableado, los huesos conectados con fino alambre de cobre. Los órganos estaban reemplazados por componentes artificiales; riñones, corazón, pulmones, todo hecho de plástico y de acero inoxidable, todo funcionando al unísono pero por entero sin vida auténtica. La voz del individuo salía de una cinta, mediante un amplificador y un sistema de altavoces. Posiblemente en algún momento del pasado el hombre había sido real y vivo, pero eso quedaba atrás y la furtiva sustitución tuvo lugar, centímetro por centímetro, progresando de un órgano al siguiente y la estructura entera estaba allí para engañar a los demás. Para engañarlo a él, a Jack Bohlen, de hecho. Se encontraba solo en este despacho; no había jefe de personal. Nadie le hablaba y cuando él mismo murmuraba algo, nadie le oía; era enteramente una habitación mecánica sin vida en donde se encontraba ahora. No estaba seguro de qué hacer; trató de no mirar con demasiada dureza la estructura humanoide que tenía ante sí. Intentó hablar con tranquilidad, con naturalidad, acerca de su trabajo e incluso de sus problemas personales. La estructura quería aprender de él algo. Naturalmente, le dijo lo menos posible, Y todo el tiempo, mientras miraba la alfombra, vio sus cañerías y válvulas y partes en funcionamiento con precisión cronométrica; no pudo dejar de ver con aquella visión de rayos X.

Todo lo que ansiaba era alejarse lo antes posible. Comenzó a sudar; estaba goteando de sudor y temblando y su corazón cada vez latía con más fuerza.

—Bohlen —dijo la estructura—, ¿esta usted enfermo?

—Sí —contestó—. ¿Puedo volver a mi puesto? —dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta.

—Aguarde un momento —dijo la estructura a su espalda.

Fue entonces cuando el pánico lo dominó y corrió; abrió la puerta de un tirón y se precipitó al pasillo.

Una hora más tarde, se encontró vagando a lo largo de una calle desconocida en Burlingame. No recordó el momento de la entrevista y no sabía cómo había logrado llegar allí. Le dolían las piernas. Evidentemente, había caminado kilómetro tras kilómetro.

Tenía la cabeza mucho más clara. Soy un esquizofrénico, se dijo para sí. Lo sé. Todo el mundo conoce los síntomas; es la excitación dinámica con un colorido paranoico: la salud mental de la gente penetra dentro de nosotros, incluso dentro de los niños escolares. Yo soy uno de aquellos. Por eso estaba indagando el jefe de personal.

Necesito cuidados médicos.

* * *


Mientras Jack quitaba la fuente de energía del Airado Bedel y la ponía en el suelo, el Circuito Principal de la escuela dijo:

—Es usted muy experto.

Jack alzó la vista dirigiéndola hacia la figura de hembra de mediana edad y pensó para sí: Es evidente por qué este lugar me pone nervioso. Se parece mucho a mi experiencia psicótica de hace años. ¿Acaso, en aquel tiempo, pude ver lo que ocurriría en el futuro?

Entonces no había escuelas de aquella clase. O si las había, ni las había visto ni conocía su existencia.

—Gracias —dijo.

Lo que le había atormentado desde aquel episodio psicótico con el jefe de personal de Corona Corporation, ¿era esto? ¿Y si no fuese ninguna alucinación? Supongamos que el así llamado Jefe de personal con quien había estado hablando, resultaba una maquina artificial, un aparato como aquellos de enseñanza.

De haber sido ese el caso, entonces «no existía ninguna psicosis».

En vez de psicosis, pensó una y otra vez, quedará más en el orden de una visión, un vistazo de absoluta realidad, despojando al individuo de su fachada. Y eso era abrumador, una idea tan radical, que no podía confundirse con sus puntos de vista ordinarios. Y la conturbación mental nacía de eso.

Alcanzando el cableado descubierto del Airado Bedel, Jack palpó expertamente con sus largos dedos hasta que por último tocó lo que sabía que tenía que estar allí: un conductor roto.

—Creo que ya lo tengo —dijo al Circuito Principal del colegio. Gracias a Dios, pensó, que no son de esos anticuados circuitos impresos, en donde en ese caso hubiese tenido que reemplazar toda la unidad. Cualquier reparación habría resultado imposible.

—Tengo entendido —dijo el Circuito Principal—, que se necesitan muchos esfuerzos para diseñar los problemas de reparación de los Maestros. No hemos tenido mucha fortuna; aunque tampoco podemos quejarnos ya que ninguna interrupción de servicio prolongada ha tenido lugar. Sin embargo, creo que un mantenimiento preventivo es recomendable en todo lo posible; por tanto, me gustaría que inspeccionase a un Maestro adicional que ya ha mostrado señales de avería. Es absolutamente vital para el funcionamiento conjunto del colegio —el Circuito Principal hizo una pausa educada mientras Jack forcejeaba por conseguir que la punta larga del soldador pasase por toda la red de cableados—. Es Amable Papá a quien deseo que usted inspeccione.

Jack murmuró:

Amable Papá —y pensó con acritud: me pregunto si habrá alguna Tía Abuela por aquí. Las dulces decisiones de la Tía Abuela, los relatos para que los niños pequeños queden absortos. Sintió náuseas.

Desde más abajo del pasillo podía oír a los niños discutir de la vida con el Whitlock; sus voces le llegaban mientras estaba acostado de espaldas, manteniendo el soldador por encima de la cabeza y hurgando en los mecanismos del Airado Bedel para mantener la punta de la herramienta en el lugar adecuado.

—Sí —decía Whitlock con su voz absolutamente plácida, jamás alterada—, el mapache es un animalito sorprendente, sí que lo es. Muchas veces he visto a Jimmy «el Mapache». Y es un tipo grande, con brazos potentes y largos, ágiles.

—Yo vi una vez a un mapache —exclamó excitado el muchacho—. Señor Whitlock, yo vi uno, y estuvo cerca de mí.

Jack pensó: ¿Viste a un mapache en Marte?

Whitlock soltó una risita...

—No. Don, me temo que no. No hay mapaches aquí. Tendrías que volver a la vieja Madre Tierra para ver a uno de esos sorprendentes animalitos. Pero lo que yo quiero recalcar es, chicos y chicas, que ¿sabéis cómo el simpático Jimmy «el Mapache» toma su alimento y se lo lleva furtivamente hasta el agua y lo lava? ¿Y cómo nos hace reír el viejo Jimmy cuando el terrón de azúcar se disuelve y no le queda nada que comer? Bueno, muchachos y muchachas, ya sabéis que tenemos aquí mismo en este instante a varios Jimmy «el Mapache»...

—Creo que he terminado —dijo Jack, retirando el soldador—. ¿Quiere que la ayude a arreglar todo esto?

—¿Tiene usted prisa? —preguntó el Circuito Principal.

—No me gusta esa cosa que está hablando allá —dijo. Le ponía tenso y tembloroso, tanto que apenas podía llevar a cabo su trabajo.

Una puerta se cerró, lejos de ellos en el pasillo: el sonido de la voz de Whitlock cesó.

—¿Está así mejor? —inquirió el Circuito Principal.

—Gracias —dijo Jack. Pero sus manos le seguían temblando. El Circuito Principal lo advirtió; se daba cuenta del preciso escrutinio de ella. Se preguntó qué es lo que deduciría aquella maquina de su estado actual.

* * *

La cámara en la que se sentaba el Amable Papá se componía de un extremo de sala de estar con chimenea, diván, mesita para café, una ventana panorámica con cortinas y un sillón en el que el Amable Papá en persona estaba acomodado, con un periódico abierto en el regazo. Varios niños se sentaban atentos sobre el diván cuando Jack Bohlen y el Circuito Principal entraron: los niños escuchaban las explicaciones de la Maquina de Enseñanza y no parecieron darse cuenta de que alguien había entrado. El Circuito Principal despidió a los niños y entonces inició también la marcha.



—No estoy seguro de lo que desea que haga —dijo Jack.

—Revise su ciclo. Me parece que repite partes del ciclo o se atasca; en cualquier caso, consume demasiado tiempo. Debería volver a su etapa inicial en menos de tres horas —una puerta se abrió para que el Circuito Principal pasase y aquella falsa mujer se marchó; se encontró a solas con el Amable Papá y el hecho no le agradó en absoluto.

—Hola, Amable Papá —dijo sin el menor entusiasmo. Poniendo en el suelo su caja de herramientas comenzó a destornillar la placa posterior del Maestro.

Amable Papá dijo con una voz cálida y simpática:

—¿Cómo te llamas, jovencito?

—Mi nombre —contestó Jack, mientras aflojaba la placa, la desprendía y la colocaba a su lado—, es Jack Bohlen y soy padre de familia también, como usted, Amable Papá. Mi hijo tiene diez años, Amable Papá. Así que no me llame jovencito, ¿de acuerdo? —de nuevo volvió a temblar con fuerza y a sudar.

—¡Oh! —exclamó el Amable Papá—. ¡Comprendo!

—¿Qué es lo que comprende? —preguntó Jack y descubrió que estaba casi gritando. Dijo—: Mire, desarrolle todo su ciclo completo, ¿de acuerdo? Si así le es más fácil, siga adelante y pretenda que soy un niño. —Quiero hacer este trabajo y salirme de aquí lo antes posible, se dijo para sí, con las menores molestias. Podía notar las crecientes emociones apilándose en su alma. ¡Tres horas!, pensó con desaliento.

—Pequeño Jackie —dijo el Amable Papá—, me parece que tienes un peso muy grande en tu pecho hoy. ¿Tengo razón?

—Hoy y cada día —Jack encendió su localizador de averías y lo enfocó con su luz al entramado interior del Maestro. El mecanismo parecía moverse ahora adecuadamente, siguiendo su ciclo.

—Quizá pueda ayudarte —dijo el Amable Papá—. A menudo resulta un consuelo si un hombre mayor, más experto, puede escuchar tus penas, compartiendo tus preocupaciones y haciéndotelas más ligeras.

—Ya está bien —asintió Jack, sentándose sobre sus talones—. Le seguiré la corriente; por lo menos tengo que quedarme aquí durante tres horas. ¿Quiere que empiece desde un principio? ¿Desde el episodio en la Tierra cuando yo trabajaba para la Corona Corporation y tuve la oclusión?

—Empieza por donde quieras —dijo con simpatía el Amable Papá.

—¿Sabe usted lo que es esquizofrenia, Amable Papá?

—Tengo alguna idea de lo que se trata, Jackie —contestó el Amable Papá.

—Bien, Amable Papá, es la enfermedad más misteriosa de toda la medicina, eso es lo que creo. Y aparece en una de cada seis personas, lo que significa un alto porcentaje.

—Sí, lo es —reconoció el Amable Papá.

—En un tiempo —dijo Jack, mientras contemplaba el movimiento de la maquinaria—, tuve lo que puede llamarse una esquizofrenia polimorfa simple posicional. Y, Amable Papá, resultó dura.

—Apuesto a que sí —dijo el Amable Papá.

—Ahora, ya sé lo que se supone que debe usted hacer —continuó Jack—, conozco su propósito, Amable Papá. Estamos a mucha distancia de la patria, a millones de kilómetros. Nuestra relación con la civilización allá en la Tierra es tenue. Y mucha gente está asustadísima, Amable Papá, porque a cada año que pasa ese eslabón se hace más débil. Así que esta escuela pública está ajustada para presentar un panorama fijo a los niños aquí nacidos, darles un medio ambiente terrestre. Por ejemplo, esta chimenea. No tenemos chimeneas aquí en Marte; nos calentamos mediante hornos atómicos. Esa ventana panorámica con todo ese cristal... las tempestades de arena la harían opaca. De hecho, no hay ni una cosa en torno suyo que haya derivado de nuestro actual mundo aquí. ¿Sabe usted lo que es un hombre triste, Amable Papá?

—No puedo decir que lo sepa, pequeño Jackie. ¿Qué es un hombre triste?

—Oh, es una de las razas indígenas de Marte. ¿Sabe usted que está en Marte, ¿verdad?

El Amable Papá asintió.

—La esquizofrenia —dijo Jack—, es uno de los problemas humanos más acuciantes que ha tenido que resolver la civilización. Con franqueza, Amable Papá, emigré a Marte a causa de mi episodio esquizofrénico cuando yo tenía veintidós años y trabajaba para la Corona Corporation. Yo me estaba desmoronando. Tuve que trasladarme de un medio ambiente urbano complejo y entrar en otro más sencillo, con toda una frontera de libertad mayor. La presión era demasiado grande para mí; tenía que emigrar o volverme loco. Ese edificio cooperativo; ¿puede imaginarse una cosa que descendiese nivel tras nivel, piso por piso y que ascendiese a la altura de un rascacielos, con gente viviendo allí para que incluso tuvieran su propio supermercado? Me volví loco plantado ante aquella cola de la biblioteca. Todos los demás, Amable Papá, cada individuo de la biblioteca y del supermercado, todos vivían en el mismo edificio que yo. Era una sociedad, Amable Papá, más que un edificio. Y hoy es aun pequeño en comparación con otros construidos. ¿Qué le parece eso?

—Vaya, vaya... —dijo el Amable Papá, sacudiendo la cabeza.

—Ahora mire lo que creo —apuntó Jack—. Pienso que esta escuela pública, y sus máquinas de enseñanza van a crear otra generación de esquizofrenia; los descendientes de personas como yo que se estaban adaptando estupendamente en este nuevo planeta. Van a dividir las almas de estos niños porque les están enseñando a explorar un medio ambiente que no existe para ellos. Ni siquiera existe allá en la Tierra ahora; queda anticuado. Pregúntele a este Maestro Whitlock si la inteligencia no tiene que ser práctica para ser en verdad inteligencia. Yo así se lo oí decir, tiene que ser una herramienta que facilite la adaptación. ¿De acuerdo, Amable Papá?

—Sí, pequeño Jackie, tiene que serlo.

—Lo que debían enseñar ustedes es como tenemos que... —empezó a decir Jack.

—Sí, pequeño Jackie —le interrumpió el Amable Papá—, tiene que ser así —y mientras dijo esto, un diente de la maquinaria pareció resbalar al resplandor de la lámpara localizadora de averías de Jack y una fase del ciclo se repitió.

—Se atascó —dijo Jack—. Amable Papá, tiene un engranaje gastado.

—Sí, pequeño Jackie —dijo el Amable Papá—, tiene que ser así.

—Tiene razón —afirmó Jack—. Es preciso que así sea. Todo ese desgaste con el tiempo, nada es permanente. El cambio es la única constante de la vida. ¿De acuerdo, Amable Papá?

—Sí, pequeño Jackie —contestó el Amable Papá—, tiene que ser así.

Cortando la fuente de energía de la Máquina de Enseñanza, Jack comenzó a desmontar su eje principal, como operación preparatoria para sacar el engranaje gastado.

* * *


—De modo que lo encontró —dijo el Circuito Principal cuando Jack salía media hora más tarde secándose la cara con la bocamanga.

—Sí —contestó él. Estaba exhausto. Su reloj de pulsera le decía que eran las cuatro; una hora más de trabajo le quedaba por delante.

El Circuito Principal le acompañó hasta el aparcamiento.

—Estoy muy satisfecha por la prontitud con que atendió nuestras necesidades —dijo ella—. Telefonearé al señor Yee y le daré las gracias.

Jack asintió y se instaló en el helicóptero, demasiado cansado incluso para decir adiós. Pronto estaba remontando el vuelo; el huevo de pato que era la escuela pública propiedad de las NU se hizo pequeño y lejano, por debajo suyo. Desaparecida su presencia enervante pudo volver a respirar con tranquilidad.

Conectando el transmisor dijo:

—Señor Yee. Aquí Jack; terminé en el colegio. ¿Qué hay ahora?

Al cabo de una pausa la voz pragmática del señor Yee respondió:

—Jack, el señor Arnie Kott, de Lewistown, nos llamó. Ha pedido que le reparemos una máquina cifradora de dictado en la que tiene gran confianza. Puesto que todos los demás de la brigada están ocupados, le envío a usted.

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