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Philip k. Dick


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CAPÍTULO IV


Cuando David Bohlen estaba construyendo un dique de tierra húmeda al extremo del jardín huerto de la familia, bajo el cálido sol marciano de media tarde, vio cómo bajaba el helicóptero de la Policía de las NU y aterrizaba ante la casa de los Steiner. Supo al instante que algo ocurría.

Un policía de las NU, con su uniforme azul y su casco brillante, bajó del helicóptero y ascendió por el sendero hacia la puerta principal de los Steiner. Cuando dos de las niñas aparecieron el policía las saludó. Luego habló a la señora Steiner, desapareció en el interior y la puerta se cerró.

David se levantó y corrió desde el jardín, cruzando la zona de arena hasta el canal; lo saltó y cruzó el sendero de tierra apisonada en donde la señora Steiner trató sin éxito de cultivar pensamientos y al llegar a la esquina de la casa se tropezó con una de las niñas Steiner; estaba arrancando un tallo de hierba peluda, el rostro blanco. Parecía como si estuviera a punto de ponerse enferma.

—Eh, ¿qué hay de malo? —le preguntó—. ¿Por qué el policía está hablando con tu madre?

La Steiner le miró y luego se alejó corriendo, dejándole plantado.

Apuesto a que sé lo que es, pensó David. El señor Steiner ha sido arrestado por haber hecho algo ilegal. Se sintió excitado y se preguntó qué es lo que habría hecho. Dando media vuelta, regresó por donde había venido, saltó una vez más el canal de agua y por último abrió la puerta de su casa.

—¡Mamá! —gritó corriendo de cuarto en cuarto—, ¿verdad que papá y tú estaban siempre hablando de que el señor Steiner vivía al margen de la ley, me refiero a su trabajo? Bueno, ¿sabes qué ha pasado?

No pudo encontrar por ninguna parte a su madre; debía estar de visita, dedujo. Por ejemplo, en casa de la señora Henessy que vivía muy cerca, hacia el norte, siguiendo el canal; a menudo su madre se pasaba la mayor parte del día visitando a otras damas, tomando café con ellas e intercambiando chismorrerías. Bueno, se lo están perdiendo, declaró David para sí. Corrió hasta la ventana y miró afuera, para asegurarse de que lo veía todo.

Ahora el policía y la señora Steiner habían salido y ambos caminaban lentamente hacia el helicóptero. La señora Steiner se llevaba un gran pañuelo al rostro y el policía la tomaba por el hombro, como si fuese pariente o algo por el estilo. Fascinado, David vio como los dos entraban en el helicóptero. Las niñas Steiner estaban en un grupito; sus rostros parecían raros. El policía se acercó, les habló, luego regresó a la aeronave y al fin se fijó en David. Le hizo un gesto para que saliese y David, sintiendo miedo, obedeció; emergió de la casa, parpadeando al recibir la luz del sol y paso a paso se acercó al agente del casco brillante, del brazalete y del arma en la cintura.

—¿Cómo te llamas, hijo? —preguntó el policía con un acento suave.

—David Bohlen. —Le temblaban las rodillas.

—¿Está en casa tu padre o tu madre, David?

—No —contestó—. Estoy solo.

—Cuando vuelvan tus padres diles que cuiden de los niños Steiner hasta que regrese la señora —el policía puso en marcha el motor del helicóptero y las aspas comenzaron a girar—. ¿Lo harás, David? ¿Has entendido?

—Sí, señor —contestó David, advirtiendo que el policía llevaba un galón azul, lo que significaba que era sueco. El muchacho conocía todas las señales de identidad que utilizaban las diferentes unidades de las NU. Se preguntó a qué velocidad podría viajar el helicóptero policial; parecía una máquina especialmente rápida y deseó poder viajar en ella: ya no tenía miedo del agente y le hubiera gustado seguir hablando más. Pero el policía se marchaba; el helicóptero se alzó del suelo y torrentes de viento y arena nacieron en torno a David, obligándole a dar media vuelta y a protegerse el rostro con el brazo.

Las cuatro niñas Steiner permanecían aún reunidas; ninguna de ellas hablaba. Una, la mayor, lloraba; las lágrimas le caían por las mejillas, pero no emitía sonido. La más pequeña, que sólo tenía tres años, sonrió tímidamente a David.

—¿Queréis ayudarme a terminar mi dique? —les preguntó David—. Podéis venir; el policía dijo que no pasa nada.

Al cabo de un momento la niña Steiner más pequeña se le acercó y luego la siguieron las demás.

—¿Qué os dijo de vuestro padre? —preguntó David a la mayor. Tenía doce años, era mayor que él—. El policía dijo que podías decírmelo —añadió mintiendo.

No hubo respuesta; la chica se limitó a mirarle con fijeza.

—Si me lo dices —continuó David—, no se lo contaré a nadie. Prometo conservarlo en secreto.

* * *

Tomando sol en el patio cercado y emparrado de June Henessy, bebiendo té helado y conversando adormiladamente, Silvia Bohlen oyó la radio desde el interior de la casa dar las últimas noticias de la tarde.



A su lado, June se levantó y dijo:

—Vaya, ¿no es ese el vecino tuyo?

—¡Chist! —exclamó Silvia, escuchando con atención las palabras del locutor. Pero no lo demás, sólo la breve mención; Norbert Steiner, comerciante en alimentos saludables, se había suicidado en una de las calles de Nueva Israel, arrojándose al paso de un autobús. Era el mismo Steiner, de acuerdo; se trataba de su vecino, lo supo de inmediato.

—¡Qué terrible! —exclamó June, incorporándose y abotonándose los tirantes de su traje de baño de algodón—. Sólo le vi un par de veces, pero...

—Era un hombrecillo horroroso —explicó Silvia—. No me sorprende que lo hiciese —y, sin embargo, se sentía asustada. No podía creerlo. Se puso en pie, diciendo—: con cuatro hijos... ¡Ha dejado a su viuda el cuidado de cuatro hijos! ¿No es eso terrible? ¿Qué va a ser de ellos? De cualquier modo, están desamparados.

—Tengo entendido —dijo June—, que comerciaba en el mercado negro. ¿Lo sabes tú? Quizá la ley se cerraba en su torno.

—Me acercaré a la casa y veré si puedo servir en algo a la señora Steiner —anunció Silvia—. Quizá pueda alojar a sus hijos durante una temporada. —¿Pero es eso culpa mía?, se preguntó. ¿Podría haberse suicidado porque le negué aquella agua, esta mañana? Es posible, porque él se encontraba allí; no se había ido todavía al trabajo.

Así que puede ser culpa nuestra, pensó. Del modo en que los tratamos... ¿cuál de nosotros ha sido en realidad amable con ellos y les ha aceptado? Pero es que en verdad se trata de gente horrorosa, chillona, siempre pidiendo ayuda, rogando y tomando prestado... ¿quién podría respetarles?

Entró en la casa, se cambió en el dormitorio poniéndose sus pantalones y su camisa de cuello abierto. June Henessy la acompañó.

—Sí —dijo June—, tienes razón... Tendremos que ayudarla en lo que podamos. Me pregunto si se quedará aquí o si volverá a la Tierra. Yo volvería... Estoy dispuesta prácticamente a regresar en cualquier momento, esto es tan aburrido —reconoció.

Cogiendo su bolso y los cigarrillos, Silvia se despidió de June e inició el camino de regreso canal abajo hasta su propia casa. Llegó sin aliento, a tiempo de ver cómo el helicóptero de la Policía desaparecía por el cielo. Eso era el aviso a la familia, imaginó. En el patio trasero encontró a David con las cuatro niñas Steiner; estaban ocupados jugando.

—¿Se llevaron a la señora Steiner? —preguntó a David.

El muchacho se puso rápidamente en pie y se acercó a ella excitado.

—Mamá, se fue con él: yo me ocupo de las niñas.

Eso es lo que me temía, pensó Silvia. Las cuatro niñas seguían sentadas ante el dique, jugando a un lento juego, patético, con el barro y el agua, ninguna de ellas alzando la vista para saludarla; parecían inertes, sin duda por la sorpresa de enterarse de la muerte de su padre. Sólo la más pequeña mostraba signos de revivir y probablemente no habría comprendido la noticia. Ya, pensó Silvia, la muerte de ese hombrecillo se ha extendido y ha conmovido a las otras y la frialdad se extiende.

Y ni siquiera le tuve simpatía nunca, pensó.

Ver a las cuatro chicas, le hizo enternecerse. ¿Acaso voy a tener que recoger a esas regordetas niñas de clase inferior?, se preguntó a sí misma. El pensamiento de respuesta se abrió paso, echando a un lado cualquier otra clase de consideraciones: ¡No quiero hacerlo!. Sintió pánico, porque resultaba evidente que no le quedaba otro remedio; incluso ahora estaban jugando en su tierra, en su jardín... ya las tenía en su casa.

Esperanzada, la pequeña preguntó:

—¿Señorita Bohlen, podría darnos un poco más de agua para nuestro dique?



Agua, siempre deseando agua, pensó Silvia. Siempre siendo una sanguijuela para nosotros, como si eso de pedir fuese un rasgo innato en ellas. Ignoró a la niña y en su lugar habló a su hijo:

—Entra en la casa... quiero hablar contigo.

Juntos entraron; allá donde las niñas no podían oír lo que hablaran.

—David —dijo—, su padre ha muerto, lo dijeron por radio. Por eso vino la Policía y se la llevó. Tendremos que ayudarles durante una temporada —trató de sonreír, pero le fue imposible—. Sin embargo, por mucha antipatía que tengamos a los Steiner...

David la interrumpió:

—Yo no les tengo antipatía, mamá. ¿Cómo murió? ¿Tuvo un ataque al corazón? ¿Lo mataron los hombres tristes salvajes?

—No importa cómo le sobrevino la muerte; tenemos que pensar ahora en qué podemos hacer por esas niñas —tenía la cabeza vacía; no podía pensar en nada. Sólo sabía que no quería tener cerca suyo a las criaturas—. ¿Qué podríamos hacer?

—Quizá prepararles el almuerzo. Me dijeron que no habían comido, que la mayor estaba a punto de prepararlo.

Silvia salió de la casa y descendió por el sendero.

—Niñas, voy a prepararos el almuerzo para vosotras. Id a vuestra casa —aguardó un momento y luego empezó a dirigirse hacia la vivienda de los Steiner.

Cuando miró hacia atrás vio que le seguía únicamente la más pequeñita. La mayor dijo con voz lagrimosa:

—No, gracias. No tengo hambre.

—Será mejor que comáis —anunció Silvia, pero sintió alivio—. Ven —dijo a la pequeña—. ¿Cómo te llamas?

—Betty —contestó con timidez la niñita—. ¿Podría comer bocadillo de huevo? ¿Y beber cacao?

—Ya veremos si hay —dijo Silvia.

Más tarde, mientras la niña se comía su bocadillo de huevo y bebía sorbos de cacao, Silvia tuvo oportunidad de explorar la casa de los Steiner. En el dormitorio se tropezó con algo que le interesó: la foto de un niño pequeño con ojos grandes, oscuros, luminosos y pelo rizado; parecía, pensó Silvia, una criatura desesperada de algún otro mundo, algún lugar divino y terrible más allá de lo conocido.

Llevando la foto a la cocina preguntó a la pequeña Betty quién era.

—Mi hermano Manfred —respondió Betty, su boca llena de pan y huevo. Luego empezó a reír. Entre las risitas emergieron unas cuantas palabras dudosas y Silvia captó el hecho de que las chicas tenían orden de no mencionar a nadie la existencia de su hermano.

—¿Por qué no vive con vosotras? —preguntó Silvia, comida por la curiosidad.

—Está en un campamento porque no puede hablar —dijo Betty.

—¡Qué vergüenza! —exclamó Silvia y pensó: Sin duda en aquel campamento de Nueva Israel. No me extraña que las chicas tengan prohibido mencionarle; es una de esas criaturas anormales de las que tanto se habla, pero que nunca se ven.

El pensamiento la puso triste. Una tragedia desconocida dentro del hogar de los Steiner; jamás se lo hubiera imaginado. Y fue precisamente en Nueva Israel donde el señor Steiner acabó con su vida. Indudablemente, estaba visitando a su hijo.

Entonces si esto nada tiene que ver con nosotros, decidió mientras regresaba la fotografía en su lugar en el dormitorio, la decisión del señor Steiner se basaba en cosa personal. Experimentó alivio.

Es extraño, pensó, cómo uno siente una inmediata reacción de culpa y de responsabilidad cuando se entera de un suicidio. Si al menos no hubiese hecho esto, o lo otro... podría haberse evitado. Yo tengo la culpa. Y en este caso no fue así, en absoluto; ella era una extraña para los Steiner, sin compartir parte alguna de su vida actual, sólo imaginando, en un arranque de culpabilidad neurótica, que sí tenía relación.

—¿No veis nunca a vuestro hermano? —preguntó a Betty.

—Creo que lo vi el año pasado —contestó Betty dudosa—. Estaba jugando y le acompañaban otros chicos.

Ahora, en silencio, entraron las tres niñas mayores en la cocina y se plantaron junto a la mesa. Por último, la mayor habló:

—Hemos cambiado de idea, nos gustaría comer.

—De acuerdo —contestó Silvia—. Podéis ayudarme a romper los huevos y a pelarlos. ¿Por qué no vais en busca de David y también le daré de comer al mismo tiempo? ¿No seria divertido comer todos juntos?

Asintieron en silencio.

* * *


Subiendo por la calle principal de Nueva Israel, Arnie Kott vio a una multitud delante y a los coches detenidos junto al bordillo y se paró momentáneamente antes de dar la vuelta en dirección a la Tienda de Objetos de Arte Contemporáneo de Anne Esterhazy. Algo ocurre, se dijo para sí. ¿Un robo? ¿Una pelea callejera?

Sin embargo, no tenía tiempo para investigar. Siguió su camino y al poco llegó a la tiendecita moderna que dirigía su ex esposa; con las manos en los bolsillos del pantalón, entró.

—¿No hay nadie? —preguntó jovial.

No había nadie. Anne debió haber salido para curiosear el acontecimiento que provocaba la excitación, se dijo Arnie para sí. No tenía sentido comercial7; ni siquiera cerró la tienda.

Un momento más tarde entró Anne presurosa, sin aliento.

—Arnie —exclamó sorprendida al verle—. Oh, Dios mío. ¿sabes lo que ha pasado? Hace un momento que le hablé: simplemente hablar, quizá no ha pasado una hora. Y ahora está muerto —las lágrimas le llenaron los ojos. Se desplomó sobre un sillón, encontró un Kleenex y se sonó—. Es simplemente terrible —dijo con voz apagada—. Y no fue un accidente: lo hizo deliberadamente —añadió.

—Oh, ¿de modo qué es eso lo que ocurría? —dijo Arnie, deseando haberse acercado y echado un vistazo—. ¿A qué te refieres?

—Posiblemente no le conocías. Tiene un hijo en el campamento; por eso entré en relaciones con él—se frotó los ojos y se sentó durante un rato, mientras Arnie vagaba por la tienda. Por último, dijo—: Bueno, ¿en qué puedo servirte? Me alegro de verte.

—Mi maldita máquina de cifrar se estropeó —explicó Arnie—. Ya sabes lo difícil que es conseguir un Servicio de Reparaciones decente. ¿Qué podía hacer si no venir? ¿Te parece bien almorzar conmigo? Puedes cerrar la tienda un ratito.

—Claro —contestó distraída—. Déjame lavarme la cara. Siento como si me hubiese ocurrido a mí, Arnie. El bus le pasó por encima; lo ha convertido en pulpa, el conductor no pudo parar. Me gustaría almorzar... claro... quiero salir de aquí —entró presurosa en el lavabo y cerró la puerta.

Poco después las dos caminaban por la acera juntos.

—¿Por qué la gente se quita la vida? —preguntó Anne—. Yo sigo pensando, si pude haberlo evitado. Le vendí una flauta para su hijo. Todavía la tenía; la vi con su maleta en el bordillo... nunca se la entregó al niño. ¿Es ese el motivo... tiene que ver algo con la flauta? Me debatí entre la flauta y...

—Basta —le cortó Arnie—. No es culpa tuya. Escucha, sí un hombre quiso disponer de su vida, nada puede evitarlo. Y tu no puedes obligar a una persona a que lo haga; lo lleva en la sangre, en su destino. Vienen meditando hacerlo durante años con anticipación y luego resulta como una inspiración súbita; de repente... ¡paf! ¿lo comprendes? —la rodeó con el brazo y le dio palmaditas cariñosas.

Ella asintió.

—Ahora, quiero decir, tenemos al niño allí en el Campamento B-G, pero eso no nos deprime —continuó Arnie—. No es el fin del mundo, ¿de acuerdo? Seguimos adelante. ¿Dónde quieres comer? ¿Qué te parece ese restaurante de la otra parte de la calle, «El Zorro Rojo»? ¿Algo bueno? Me gustaría comer garbanzos fritos, pero diablos, hace casi un año desde la última vez que los vi. El problema del transporte tiene que resolverse o no emigrará nadie.

—En «El Zorro Rojo» no —dijo Anne—. Odio al hombre que lo dirige. Probemos aquella casita de la esquina: es nueva, no he estado nunca adentro. Tengo entendido que sirven bien.

Mientras se sentaban a la mesa del restaurante, esperando a que les sirvieran la comida, Arnie siguió desarrollando su punto de vista:

—Una cosa, cuando uno se entera de un suicidio, puedes estar seguro: el individuo sabía que no era un miembro útil para la sociedad. Esta es la verdadera realidad a la que ha tenido que enfrentarse, por eso lo hace, sabiendo que uno no es importante para nadie. De eso sí que estoy completamente seguro. Es algo natural... los inútiles se apartan, además, por su propia mano. Así que no perderé sueño jamás cuando me entere de un suicidio y te sorprendería saber cuántas muertes de las llamadas naturales aquí en Marte son en realidad suicidios; me refiero a que es el medio ambiente duro. Este lugar criba, separando a los aptos de los no aptos.

Anne Esterhazy asintió, pero no pareció animarse.

—Ahora este muchacho... —continuó Arnie.

—Steiner —dijo Anne.

—¡Steiner! —se la quedó mirando con fijeza—. ¿Norbert Steiner, el del mercado negro? —alzó la voz.

—Vendía alimentos saludables.

—¡Es ese individuo! —estaba abrumado—. ¡Oh, no, Steiner no! —cielos santo, obtenía de Steiner todas sus golosinas; estaba dependiendo de aquel hombre.

Apareció el camarero con la comida.

—Esto es terrible —dijo Arnie—. Me refiero a realmente terrible. ¿Qué voy a hacer? —Cada fiesta que daba, cada vez que tenía que preparar una comida íntima para alguna persona, es decir, para alguna chica y para él mismo, por ejemplo Marty, o especialmente su última conquista, Doreen... Era condenadamente demasiado para un día; esto y su cifradora, las dos cosas.

—¿Piensas que ha tenido que ver el que fuese de origen alemán? —preguntó Anne—. Ha habido muchas lamentaciones de los alemanes desde aquella plaga de droga. He hablado con unos cuantos que han dicho abiertamente que fue un castigo de Dios por lo que se hizo durante el periodo nazi. Y no eran hombres religiosos, eran comerciantes, uno aquí en Marte, otro en la patria.

—¡Maldito y estúpido Steiner! —exclamó Arnie.

—Cómete lo que te han servido, Arnie —comenzó a desplegar la servilleta—. La sopa parece buena.

—No tengo ganas —dijo él—. No quiero esta porquería —apartó de un empujón el plato de sopa.

—Sigues comportándote como un niño mayor —dijo Anne—. Aún cogiendo tus rabietas —la voz de ella era suave y compasiva.

—¡Infiernos! —dijo él—, algunas veces me parece soportar el peso de todo el planeta... ¡Y tú me llamas niño! —la miró airado.

—No sabía que Norbert Steiner estuviese complicado en el mercado negro —dijo Anne.

—Naturalmente que no lo sabías; ni tú ni tus comités de damas. ¿Qué es lo que sabéis del mundo que os rodea? Por eso estoy aquí... leí el aviso que colocaste en el «Times» y apesta. ¿Has de dejar de emitir esos boletines que lanzas? Repelen a la gente inteligente... Están hechos para chifladas como tú.

—Por favor —dijo Anne—. Come. Y tranquilízate.

—Voy a nombrar a un hombre de mi personal para que cuide tu material antes de que lo distribuyas. Un profesional.

—¿De veras? —dijo ella con suavidad.

—Tenemos un verdadero problema... Carecemos de gente experta que venga de la Tierra; necesitamos técnicos. Nos estamos pudriendo, todo el mundo lo sabe. Nos desmoronamos.

Sonriendo, Anne dijo:

—Alguien ocupará el puesto del señor Steiner. Deben haber otros especuladores del mercado negro.

—Deliberadamente tratas de comprenderme mal y hacerme parecer como un ser codicioso y mezquino, mientras que en realidad soy uno de los miembros más responsables de toda la colonización de aquí y por eso nuestro matrimonio fracasó, a causa de que descargabas sobre mí tus celos y tus ansias competitivas. No sé por qué vine hoy...

—¿Sabes que se ha presentado un proyecto de decreto a las NU para cerrar el Campamento B-G? —preguntó Anne tranquila.

—No —contesto Arnie.

—¿No te apena pensar en que cierren el B-G?

—¡Infiernos! Proporcionaremos a Sam cuidados individuales.

—¿Y qué sucederá a los demás niños de allí?

—Ya cambias de conversación —dijo Arnie—. Escucha, Anne, tienes que prescindir de lo que tú llamas dominación masculina. De verdad, haces más mal que bien. Lamento decírtelo en la cara, pero es cierto. Eres peor amiga que si fueras enemiga, tal y como llevas las cosas. Eres una entrometida, como la mayor parte de las mujeres. Eres... ¡irresponsable! —resopló de ira.

El rostro de ella no mostró reacción; lo que su ex esposo le decía no le causaba efecto.

—¿No puedes mover influencias para ayudar a mantener abierto el B-G? —preguntó ella—. Quizá puedas hacer un trato; quiero que continúe funcionando.

—Una causa —exclamó Arnie con ferocidad.

—Sí.

—¿Quieres mi opinión sincera?



Ella asintió, mirándole con frialdad.

—He estado lamentándolo desde que los judíos abrieron el campamento.

—Dios te bendiga, sincero y honrado Arnie Kott, amigo de la humanidad —contestó Anne.

—Propaga a todo el mundo que tenemos chiflados aquí en Marte, que si se viaja a través del espacio para llegar hasta aquí, uno puede dañar sus órganos sexuales y crear un monstruo que haría parecer a esos niños con aletas alemanes como dignos vecinos propios.

—Eres igual que el caballero que dirige «El Zorro Rojo».

—Simplemente soy realista. Estamos luchando por nuestra vida; tenemos que conservar la emigración de la gente hacia aquí o moriremos, Anne. Ya lo sabes. Si no tuviésemos el Campamento B-G, podríamos anunciar que lejos de las pruebas terrestres de bombas H, que contaminan la atmósfera, no se producen nacimientos anormales. Yo esperaba que fuera así, pero el B-G lo estropea.

—No es el B-G. Son los propios nacimientos.

—Nadie podría investigar y mostrar nuestros nacimientos anormales sin el B-G —contestó Arnie.

—Lo dices sabiendo que no es verdad, porque desearías poder decir a la patria que aquí se está más seguro...

—Claro —asintió él.

—Eso es... inmoral.

—No. Escucha. Tú eres la inmoral, tú y las otras damas. Al mantener abierto el Campamento B-G sois...

—No discutamos; jamás nos pondremos de acuerdo. Comamos y luego vuelve a Lewistown. No puedo aguantar más.

Terminaron la comida en silencio.

* * *

El doctor Milton Glaub, miembro del grupo psiquiátrico del Campamento B-G, prestado por el puesto de colonos de la Unión Interplanetaria de Camioneros, estaba solo en su propio despacho, de regreso del B-G, acabada su labor del día en el establecimiento. En sus manos tenía una factura por los trabajos de reparación hechos en el tejado de su casa el mes anterior. Lo había mantenido sin arreglar, porque eso entrañaba el uso de la rasqueta para mantener libre de arena los alares del tejado, pero finalmente, el inspector de edificaciones le condenó a arreglarlo en el término de treinta días. Por eso tuvo que contratar a los obreros de Conservación de Tejados, sabiendo que no podía pagar, pero careciendo de otra alternativa. Estaba en la ruina. Aquel había sido el peor mes de su vida.



Si al menos Jean, su esposa, gastase menos. Pero la solución no estaba allí, de cualquier manera; la solución estaba en tener más pacientes. La UIC le pagaba un salario mensual, pero por cada paciente recibía una prima adicional de cincuenta dólares; incentivo, se le llamaba. En la actualidad, significaba la diferencia entre las deudas y el crédito. Nadie con esposa e hijos podía vivir del salario ofrecido a los psiquiatras y la UIC, como todo el mundo sabía, era especialmente parca en los emolumentos.

Y, sin embargo, el doctor Glaub continuaba viviendo en el puesto de colonos de la UIC; era una comunidad corriente, en ciertos aspectos muy parecida a la Tierra. Nueva Israel, como los otros puestos de colonos nacionales, tenía una sensibilidad explosiva, siempre a punto de estallar. De hecho, el doctor Glaub vivió antes en otra colonia nacional, la de la República Árabe Unida, una región particularmente opulenta en la que mucha vegetación, importada de la patria, se había sembrado para que creciese. Pero, para él, los colonos, constantemente animosos contra las colonias vecinas, primero le parecieron irritantes y luego insoportables. Los hombres, en sus trabajos diarios, meditaban sobre los errores cometidos. Los individuos más encantadores estallaban cuando se mencionaban ciertos tópicos. Y por la noche, la hostilidad tomaba forma práctica; las colonias nacionales vivían para las horas nocturnas. Luego, los laboratorios de investigación, que eran escenarios de experimentos científicos y de mejoras durante el día, eran abiertos al público y máquinas infernales se ponían en funcionamiento... Todo esto realizado con mucha excitación y alegría y con una especie de orgullo nacional.



Al diablo con ellas, pensó el doctor Glaub. Vivían desperdiciando la existencia; se habían traído consigo las viejas disputas de la Tierra... y el propósito de la colonización había quedado olvidado. Por ejemplo, en el periódico de las NU aquella mañana había leído la noticia de un accidente en las calles del puesto de los Trabajadores Eléctricos; el relato periodístico implicaba que la colonia italiana era responsable, puesto que varios de los agresores llevaban los largos y engomados mostachos populares en la colonia itálica...

Una llamada a la puerta de su oficina rompió sus pensamientos.

—Sí —dijo, apartando dentro de un cajón del escritorio la factura de la reparación.

—¿Estas preparado para recibir al Buenmiembro Purdy? —preguntó su esposa abriendo la puerta con gesto profesional, tal y como le había enseñado.

—Que entre el Buenmiembro Purdy —contestó el doctor Glaub—. Sin embargo, espera unos cuantos minutos para que pueda leer su historial clínico.

—¿Has almorzado? —preguntó Jean.

—Claro. Todo el mundo almuerza.

—Pareces cansado —dijo ella.



Mala cosa, pensó el doctor Glaub. Entró en el cuarto de baño, en donde furiosamente oscureció su rostro con el polvo color caramelo de moda. Mejoró su aspecto, pero no su estado mental. La teoría que respaldaba este polvo o maquillaje era que los círculos gobernantes de la UIC eran de ascendencia española y portorriqueña y capaces de verse intimidados si una persona contratada por ellos tenía la piel ligeramente más clara que la suya. Claro que los anuncios no indicaban nada de esa índole; meramente destacaban que «los hombres contratados en el puesto colonial gozarían del clima marciano que tiende a aumentar el tono natural de la piel».

Había llegado el momento de ver a su paciente.

—Buenas tardes, Buenmiembro Purdy.

—Buenas tardes, doctor.

—He visto por el archivo que es usted panadero.

—Sí, cierto.

Una pausa.

—¿Para qué viene a consultarme?

El Buen Miembro Purdy, mirando al suelo y jugando con su gorra, dijo:

—Jamás estuve antes en un psiquiatra.

—No, ya me he dado cuenta de ello.

—Se trata de esa fiesta que da mi cuñado... No soy aficionado a las fiestas.

—¿Se ve usted obligado a asistir? —El doctor Glaub había ajustado en silencio el reloj de su escritorio; marcaba la media hora de plazo que daba a su paciente.

—Es que la han organizado en mi honor. Ellos, ejem, quieren que tome a mi sobrino como aprendiz para que ingrese en la Unión... —Purdy siguió charlando—. Y por la noche no puedo dormir tratando de imaginar cómo salir del lío... Quiero decir que son mis parientes y que no puedo decirles que no. Pero es que tampoco puedo asistir, no me siento lo bastante bueno para eso. Por eso estoy aquí.

—Comprendo —dijo el doctor Glaub—. Bueno, será mejor que me dé detalles de esa fiesta, cuándo y dónde se celebra, los nombres de las personas que asistirán, para que pueda ayudarle.

Con alivio, Purdy buscó en el bolsillo de la americana y sacó un documento perfectamente mecanografiado.

—Seguro que preferiría que fuese usted en mi lugar, doctor. Los psiquiatras descargan mucho a los hombres; no bromeo cuando digo que no puedo dormir pensando en esto —miró con agradecida expresión al hombre que tenía delante, experto en toda clase de relaciones sociales, capaz de marchar por el estrecho y delicado sendero de las complejas relaciones interpersonales que han derrotado a tantos miembros de la Unión durante el curso de los años.

—No se preocupe más por eso —dijo el doctor Glaub—. Porque después de todo, ¿qué es un poco de esquizofrenia? Es decir, ya se sabe lo que uno sufre. Le quitaré de encima toda la presión social y usted podrá continuar con su estado inadaptado crónico, por lo menos durante otros cuatro meses hasta que la próxima demanda abrumadora social exija de sus limitadas capacidades...

Mientras el Buenmiembro Purdy salía del despacho, el doctor Glaub pensaba que ciertamente esto era una forma práctica de psicoterapia, la evolucionada en Marte. En lugar de curar al paciente de sus fobias, uno se convertía en una especie de abogado, colocándose en el lugar de aquel individuo...

Jean llamó dentro del despacho.

—Milt, te telefonean desde Nueva Israel. Se trata de Bosley Touvim.

Oh, Dios, pensó el doctor Glaub. Touvim era el presidente de Nueva Israel; algo iba mal. Apresuradamente cogió el teléfono de su escritorio.

—Aquí el doctor Glaub.

—Doctor —sonó la voz oscura, seria y poderosa—, le habla Touvim. Hemos tenido aquí una muerte, un paciente suyo, creo. ¿Tiene usted la amabilidad de venir volando y ocuparse de esto? Permítame que le dé unos cuantos detalles... Norbert Steiner, alemán occidental...

—Señor, no es paciente mío —interrumpió el doctor Glaub—. Sin embargo, su hijo es... un muchacho retraído del Campamento B-G. ¿Qué quiere decir? ¿Qué ha muerto Steiner? ¡Por todos los cielos, pero si hablé con él esta mañana!... ¿Seguro que es el mismo Steiner? De ser así, tengo un archivo suyo, de toda la familia, a causa de la naturaleza y la enfermedad del muchacho. Con los niños recluidos tratamos de comprender primero la situación familiar antes de empezar ninguna terapia. Sí, iré inmediatamente.

—Se trata de un suicidio —afirmó Touvim.

—No puedo creerlo —contestó el doctor Glaub.

—Llevo media hora discutiendo esto con el personal del Campamento B-G; me han dicho que usted tuvo una larga conversación con Steiner poco antes de abandonar el campamento. En la encuesta, nuestra Policía querrá saber qué indicio, si es que dio alguno, mostró Steiner de estar deprimido. Lo que pudo haber dicho, quizá le diera a usted la oportunidad de disuadirle, impidiéndole que se suicidase, obligándole a sufrir una terapia. Tengo entendido que Steiner no dijo nada que pudiese ponerle sobre aviso acerca de los motivos de su decisión.

—Absolutamente nada —contestó el doctor Glaub.

—Si es así, no tiene porque preocuparse —anunció Touvim—. Simplemente esté preparado para proporcionar el historial clínico del individuo y discutir los posibles motivos que le han impulsado a disponer de su vida. Ya me entiende.

—Gracias, señor Touvim —dijo el doctor Glaub cansino—. Supongo que es posible que se sintiese deprimido por su hijo, pero yo le expliqué la nueva terapia que teníamos preparada; ciframos altas esperanzas en sus resultados. Sin embargo, parecía mostrarse cínico y se cerró; no respondió como yo habría esperado. ¡Pero suicidarse!



¿Qué pasará si pierdo el sueldo del B-G?, se estaba preguntando el doctor Glaub. No puedo hacerlo. Trabajar allí una vez a la semana significaba bastantes ingresos, aunque no le sirvieron para conseguir la seguridad financiera. El cheque del B-G por lo menos amortiguaba las consecuencias de su pobreza.

¿Y por qué no pensó ese imbécil de Steiner en el efecto que su muerte causaría en los demás? Sí, debió tenerlo en cuenta; lo hizo para vengarse de nosotros. Para vengarse... ¿pero de qué? ¿Porque tratamos de curar a su hijo?



Esto es un asunto muy serio, pensó. Un suicidio después de la entrevista con un doctor sobre un paciente. Gracias a Dios que me ha avisado el señor Touvim. Aun así, los periódicos lo husmearán y todos querrán que se cierre el Campamento B-G porque la situación se beneficiará con tal medida.

* * *


Luego de reparar el equipo de refrigeración del rancho lechero de McAuliff, Jack Bohlen regresó a su helicóptero, colocó su caja de herramientas detrás del asiento y se puso en contacto con su jefe, el señor Yee.

—El colegio —dijo el señor Yee—. Tiene usted que ir allí, Jack; sigo sin tener a nadie que enviar para tal misión. Hay un mensaje de su esposa, Jack.

—¿Sí? —estaba sorprendido; a su jefe no le gustaba que las esposas de los empleados telefoneasen y Silvia lo sabía. Quizá le había pasado algo a David—. ¿Puede decirme lo que quería ella? —preguntó.

El señor Yee dijo:

—La señora Bohlen pidió a la telefonista que le informase que un vecino suyo, un tal señor Steiner, se ha suicidado. La señora Bohlen cuida de los hijos de Steiner, y quiere que lo sepa. También preguntó si era posible que usted volviese a casa esta noche, pero yo le dije que lo lamentábamos y que no podíamos prescindir de sus servicios. Debe estar a mano por si se le requiere para alguna reparación hasta fin de semana, Jack.

Steiner muerto, se dijo Jack para sí. Ese pobre sapo inútil... Bueno, quizá sea mejor.

—Gracias, señor Yee —contestó por el micrófono.

Mientras el helicóptero se elevaba desde la escasa hierba de los pastos, Jack pensó: esto va a afectarnos a todos, y profundamente. Era una intuición aguda y fuerte, un presentimiento. Yo no creo haber intercambiado más de una docena de palabras con Steiner y, sin embargo... Hay algo enorme en la muerte. La muerte en sí tiene mucha autoridad. Una transformación tan terrible como la vida misma y mucho más difícil de comprender por nosotros.

Giró el helicóptero en dirección al Cuartel General de las NU en Marte, de camino a la gran y serpenteante entidad que regía sus vidas, el único organismo artificial, la escuela pública; un lugar al que temía más que cualquier otro en su experiencia lejos de la patria.


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