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Philip k. Dick


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CAPÍTULO III


Norbert Steiner tenía cierta libertad para ir y venir como gustase, porque era empleado propio. En un pequeño edificio de hierro al exterior de Bunchewood Park fabricaba alimentos saludables, hechos enteramente de plantas minerales domésticas, sin ningún producto químico o preservador, ni tampoco fertilizantes inorgánicos. Una empresa en Bunchewood Park embalaba sus productos en cajas, cartones, tarros y luego Steiner viajaba por todo Marte vendiéndolas directamente al consumidor.

Su beneficio era grande, porque al fin y al cabo carecía de competencia; era el único negocio de alimentos saludables en Marte.

Además, tenía otro negociete. Importaba de la Tierra varios manjares de «gourmet», tales como trufas, «foie gras», caviar, sopa de cola de canguro, queso azul danés, ostras ahumadas, huevos de tortuga, etc., todo lo cual en Marte era ilegal, debido a los intentos de las NU para obligar a las colonias a ser autosuficientes en lo tocante a la producción de alimentos. Los expertos en alimentación de las NU afirmaban que era inseguro transportar comidas por el espacio debido a la posibilidad que los alimentos recibiesen radiaciones dañinas que los contaminasen, pero Steiner era más perspicaz; el motivo real era el miedo a las consecuencias para las colonias en caso de una guerra allá en la patria. Los envíos de alimentos cesarían y a menos que estas colonias fueran autosuficientes, probablemente morirían de hambre, despoblándose en poco tiempo.

Mientras admiraba su razonamiento, Steiner no deseó confirmarlo de hecho. Unas cuantas latas de trufas francesas importadas sigilosamente no harían que los rancheros dejasen de tratar de producir leche, ni impedirían que los rancheros criadores de cerdos, reses y corderos siguieran luchando por hacer rentables sus granjas. Los albaricoqueros, manzanos y ciruelos se seguirían plantando y cuidando, fumigándoles y regándolos, incluso si los tarros de cristal de caviar aparecían en los diversos puestos vendiéndose a veinte dólares cada uno.

En este instante, Steiner inspeccionaba un embarque de latas de «halvah», una golosina turca que había llegado la noche antes a bordo de un navío autodirigido que enlazaba Manila con el diminuto campo de aterrizaje en las zonas yermas de los montes FDR que Steiner construyera utilizando como trabajadores a hombres tristes. El «halvah» se vendía bien, especialmente en Nueva Israel y Steiner, inspeccionando las latas en busca de señales de daños, calculó que podía conseguir por lo menos cinco dólares por pieza. Además, también el viejo Arnie Kott, en Lewistown, le compraba cualquier dulce que Steiner pudiera poner en sus manos, incluidos quesos y conservas de pescados de cualquier índole, sin mencionar el tocino ahumado canadiense que servía en latas de cinco libras, lo mismo que los jamones holandeses. De hecho, Arnie Kott era su mejor cliente individual.

El almacén, en donde estaba ahora sentado Steiner, se alzaba al lado de su pequeño campo de aterrizaje ilegal. Erguido sobre el campo, estaba el cohete que llegó anoche; el técnico de Steiner —pues él mismo carecía de habilidad manual de cualquier especie—, estaba trabajando, preparándolo para su vuelo de regreso a Manila. El cohete era pequeño, sólo de unos siete metros de altura, pero de construcción suiza y muy estable. Por encima, el rojizo sol marciano lanzaba sombras alargadas desde los picachos de la cordillera circundante y Steiner había encendido una estufa de petróleo para calentar el almacén. El técnico, viendo a Steiner mirar por la ventana del cobertizo, agitó la cabeza para indicarle que el cohete estaba preparado para cargarlo, así que Steiner dejó sus latas de «halvah» temporalmente. Cogiendo la carretilla, comenzó a empujar la carga de cajas a través del umbral del cobertizo para salir al suelo rocoso.

—Eso parece que pesa algo más de cien libras —dijo su técnico con aire crítico, mientras Steiner se acercaba empujando la carretilla.

—Son cajas muy ligeras —contestó Steiner. Contenían hierba seca que, en las Islas Filipinas, era manufacturada de tal manera que al final resultaba algo muy parecido al «hachís»4. Se fumaba dentro de una mezcla de tabaco corriente de Virginia y alcanzaba un precio terrible, en los Estados Unidos. Steiner jamás había probado la droga; para él, la salud física y moral eran una sola cosa... creía en sus alimentos saludables y nunca fumaba ni bebía.

Otto y él cargaron el cohete con la mercancía, lo cerraron herméticamente y luego Otto ajustó el sistema de guía para una hora determinada. Dentro de pocos días José Pesquito, allá en la patria, en Manila, descargaría el cohete, repasando el conocimiento de embarque incluido y preparando lo que Steiner necesitase para el viaje de regreso.

—¿Quiere usted llevarme volando? —preguntó Otto.

—Primero voy a Nueva Israel —dijo Steiner.

—Está bien. Tengo tiempo de sobra.

Otto Zitte, por sí mismo, manejó antaño un pequeño negocio de mercado negro; trataba exclusivamente en equipo electrónico, componentes de gran fragilidad y pequeño tamaño, que eran introducidos de contrabando a bordo de los transportes comunes, precisamente en las naves que operaban entre la Tierra y Marte. Y en tiempos pasados intentó importar tales mercancías de gran precio en el mercado negro, como máquinas de escribir, cámaras, magnetofones, pieles y whisky, pero la competencia le echó fuera. El comercio con aquellos artículos de primera necesidad de la vida, vendiéndolos en masa por las colonias, estaba ocupado por los grandes peces gordos profesionales del mercado negro que estaban respaldados por un capital enorme y empleaban un sistema de transportes a gran escala. Y, de cualquier forma, Otto no tenía ninguna afición. Quería ser reparador; de hecho, había venido a Marte con ese propósito, sin saber que dos o tres firmas monopolizaban el negocio de las reparaciones operando como sindicatos exclusivos, al igual que la Compañía Yee, para la que el vecino de Steiner, Jack Bohlen, trabajaba. Otto soportó las pruebas de aptitud, pero no resultó lo bastante bueno. Por tanto, después de un año o así en Marte, se puso a trabajar para Steiner y a dirigir su pequeña operación de importación. Resultaba humillante para él, pero por lo menos no efectuaba ningún trabajo manual en una de las brigadas obreras de las colonias teniendo que salir a sufrir el sol calcinante del desierto.

Mientras Otto y Steiner volvían paseando hasta el cobertizo almacén, el segundo dijo:

—Personalmente no puedo soportar a esos israelitas, aunque tengo que tratar con ellos casi siempre. Su modo de vivir es antinatural, en esos barracones y siempre tratando de plantar huertos, naranjos y limoneros, ya sabes. Tienen la ventaja sobre todos los demás de que allá en la patria vivían casi como lo hacen aquí, con el desierto y apenas sin ningún recurso.

—Cierto —contestó Otto—. Pero hay que reconocerles una cosa; realmente son trabajadores. Entre ellos no hay perezosos.

—Y no sólo eso —afirmó Steiner—, son hipócritas con lo referente a los alimentos. Mira cuantas latas me compran de carne guisada. Ninguno de ellos sigue las leyes dietéticas.

—Bueno, si no quieres que quebranten la ley, no les sirvas —concluyó Otto.

—La cosa es asunto suyo, no mío —dijo Steiner.

Tenía otro motivo para visitar Nueva Israel, un motivo que ni siquiera Otto sabía. Un hijo de Steiner vivía allí, en un campamento especial para los que se consideraban «niños anómalos». El término convenía a cualquier criatura que difiriese de la norma, bien física o psicológicamente, hasta el extremo de no poder ser educado en la escuela pública. El hijo de Steiner era de ese género y durante tres años el instructor del campamento trabajaba con él, intentando adaptarle la comunicación con la cultura humana en la que había nacido.

Tener un chico retraído era una vergüenza especial, porque los psicólogos creían que la tal condición venía de un defecto en los padres, de ordinario un temperamento esquizoide. Manfred Steiner, de diez años, jamás sabía una palabra. Corría de puntillas, gritando a la gente como si las personas fuesen cosas peligrosas y punzantes. Físicamente era un muchacho rubio, desarrollado y de mucha salud y durante el primer año o así los Steiner estaban contentos de tenerle. Pero ahora ni siquiera el instructor del Campamento B-G podía darles ligeras esperanzas. Y por naturaleza, por su empleo, los instructores son siempre optimistas.

—Bien puede que me quede todo el día en Nueva Israel —dijo Steiner mientras en compañía de Otto cargaba las latas de «halvah» en el helicóptero—. Tengo que visitar todos los «kibbutz» del lugar y eso lleva horas.

—¿Por qué no quiere que le acompañe? —preguntó Otto, casi acalorado.

Steiner arrastró los pies, inclinó la cabeza y contestó con tono de disculpa:

—Me entiendes mal. Me gusta la compañía, pero... —durante un instante pensó en decirle a Otto la verdad—. Te llevaré hasta la terminal del tractor-bus y te dejaré allí, ¿de acuerdo? —Se sentía cansado. Cuando llegase al Campamento B-G encontraría a Manfred igual, sin aguantar la mirada de nadie, siempre merodeando por la periferia, más como un animal tenso y alerta que un niño... Apenas valía la pena ir, pero debía de hacerlo.

En su propia mente, Steiner echaba las culpas a su esposa; cuando Manfred era un niño, jamás le hablaba o le mostraba el menor afecto. Habiendo recibido instrucción de química, ella tenía una actitud indiferente e intelectual, inadecuada en una madre. Bañaba y daba de comer a la criatura como si fuese un animal de laboratorio, una rata blanca. Le mantenía limpio y sano, pero jamás le cantaba, reía con él, y utilizaba lenguaje alguno. Así que, naturalmente, se convirtió en un retraído, ¿qué otra cosa podía hacer? Steiner, pensando en eso, se sintió triste. No valía la pena casarse con una mujer que tuviese grado de maestría. Cuando pensaba en el chico de los vecinos Bohlen, gritando y jugando... sentía cierta envidia, pero, claro, estaba Silvia Bohlen, una madre genuina y muy mujer, vital, con atractivo físico, «viva». Cierto, que era dominante y egoísta... tenía un sentido muy desarrollado de lo suyo, de lo propio. Pero por eso la admiraba. No era una mujer sentimental; se mostraba fuerte; por ejemplo, había que considerar la cuestión del agua y su actitud. No era posible desmoronarla, incluso alegando que tenía filtración en su propio tanque de agua y que había consumido el suministro de dos semanas. Pensando en eso, Steiner sonrió de mala gana. Silvia Bohlen no se dejó engañar ni por un momento.

—Entonces, déjeme en el terminal del bus —dijo Otto.

Con alivio, Steiner contestó:

—Perfecto. Así no tendrás que soportar a esos israelitas.

Mirándole de reojo, Otto insistió:

—Le repito, Norbert, que no me importa reunirme con ellos.

Juntos entraron en el helicóptero. Steiner se sentó ante los mandos y puso en marcha el motor. Nada más dijo a Otto.

* * *

Mientras posaban su helicóptero en el Weizmann Field, al norte de Nueva Israel, se sintió culpable de haber hablado mal de los israelitas. Lo había hecho sólo como parte de su alegato destinado a disuadir a Otto de que le acompañase, pero, sin embargo, no es justo; ir resultaba contrario a sus sentimientos auténticos. Una vergüenza, comprendió. Por eso lo había dicho; vergüenza a causa de su hijo tarado en el Campamento B-G... Era algo que podía obligar a un hombre a decir cualquier insensatez.



Sin los israelitas, su hijo carecería de cuidados. No existían en Marte ningunas otras facilidades para los niños anormales, aunque había docenas de instituciones para ellos en la patria, lo mismo que cualquier otra clase de comodidades que uno pudiera imaginar. Y el coste de mantener a Manfred en el campamento era tan bajo que resultaba una mera formalidad. Mientras aparcaba el helicóptero y bajaba, Steiner sintió crecer su sentido de culpabilidad hasta preguntarse cómo podría enfrentarse a los israelitas. Le parecía que podrían leerle el pensamiento, intuir de algún modo lo que había dicho refiriéndose a ellos cuando se encontraba en otra parte del planeta.

Sin embargo, el personal del campo israelí saludó complacido y su sentimiento de culpa comenzó a desvanecerse. Evidentemente, no se le notaba después de todo. Cargado con sus pesadas maletas, cruzó el campo hasta el aparcamiento en donde aguardaba el tractor-bus para llevar pasajeros al barrio comercial de la ciudad.

Ya había subido al vehículo y estaba poniéndose cómodo cuando recordó que no había traído ningún regalo para su hijo. La señorita Milch, la instructora, le había dicho que trajese siempre un regalo, un objeto duradero que sirviese a Manfred para acordarse de su padre después de que éste hubiera partido. Tendré que detenerme en algún lugar, se dijo para sí Steiner. Comprar un juguete, o un juego, quizás. Y entonces recordó que uno de los padres que visitaban a su hija en el Campamento B-G tenía una tienda de regalos en Nueva Israel; se llamaba señora Esterhazy; podría ir allí; la señora Esterhazy había visto a Manfred y comprendía en general a los niños anormales. Sabría qué darle y no haría preguntas embarazosas como: ¿es muy mayor su hijo?

Descendió del bus en la parada más próxima de la tienda de regalos y caminó por la acera, disfrutando de ver las oficinas y establecimientos tan bien cuidados, aunque pequeños. Nueva Israel, en muchos sentidos, le recordaba a la patria; era una verdadera ciudad, más que Bunchewood Park en sí, o Lewistown. Se podía ver a mucha gente, la mayor parte de ella marchando presurosas como si tuviesen negocios que resolver y se empapó de atmósfera de comercio y actividad.

Llegó a la tienda de regalos, con su cartel moderno y sus grandes escaparates de cristal. A no ser por los matorrales marcianos que crecían en un macetón, podría haber parecido un almacén de la parte baja de Berlín. Entró y encontró a la señora Esterhazy de pie tras el mostrador, sonriendo al reconocerle. Era una hembra atractiva aunque matronal, cuarentona, con pelo negro y siempre bien vestida, de inteligente aspecto. Como todo el mundo sabía, la señora Esterhazy era terriblemente activa en los asuntos cívicos y políticos; editaba un boletín y pertenecía a un sinfín de comités.

Tenía un niño en el Campamento B-G y era un secreto conocido sólo por unos pocos de los demás padres y, claro, por el personal del campamento. Era un niño muy pequeño, de sólo tres años, que sufría de uno de los más formidables defectos físicos asociados con la exposición a los rayos gama durante su existencia intrauterina. Le había visto una vez sola; había muchas terribles anormalidades en el Campamento B-G. Al principio le asombró; el niño Esterhazy era tan pequeño y tan despeinado, con unos ojos enormes como los de un lémur. Tenía unos dedos peculiarmente unidos por una especie de tela como la de los patos, como si estuviesen destinados a un mundo acuático. Tuvo entonces la sensación de que era una criatura sorprendentemente aguda en sus percepciones; la estudió con profundo interés, pareciendo alcanzar cierta profundidad en su yo, de ordinario inaccesible, ni siquiera para sí... Le parecía hurgar en sus secretos, pero luego inmediatamente se retiró, aceptándole sobre las bases de lo que había captado.

El niño, según se enteró, era marciano, es decir, nacido en Marte, de la señora Esterhazy y de algún hombre que no era su marido, puesto que ella ya no estaba casada. Eso lo dedujo de su conversación; la mujer actuó sin escándalo alguno. Se había divorciado hacía cierto número de años. Evidentemente, pues, el niño del Campamento B-G había nacido fuera de los vínculos matrimoniales, pero la señora Esterhazy, como muchísimas mujeres modernas, no lo consideraba una desgracia. Steiner compartía su opinión.

Dejando en el suelo sus pesadas maletas, Steiner dijo:

—Que bonita tienda tiene usted aquí, señora Esterhazy.

—Gracias —contestó ella, rodeando el mostrador para salirle al encuentro—. ¿En qué puedo servirle, señor Steiner? ¿Viene a venderme yogurt y gérmenes de trigo? —los ojos oscuros de ella relucieron.

—Necesito un regalo para Manfred —dijo Steiner.

Una expresión suave y compasiva apareció en el rostro de ella.

—Comprendo. Bueno... —se apartó de él, hacia uno de los mostradores—. Vi a su hijo el otro día, cuando visitaba el B-G. ¿Ha mostrado algún interés en la música? A menudo los chicos retraídos disfrutan con la música.

—Siente afición a dibujar. Se pasa todo el tiempo pintando.

La señora Esterhazy tomó un pequeño instrumento de madera, parecido a una flauta.

—Es producto de la localidad. Y, además, muy bien hecho —se lo tendió.

—Sí —dijo Steiner—. Me lo llevaré.

—La señorita Milch utiliza la música como método de llegar a los chicos retraídos del B-G —le aseguró la señora Esterhazy mientras iba a envolver la flauta de madera—. En particular, la danza —se quedó dudando—. Señor Steiner, ya sabe que estoy en constante contacto con el grupo político de la patria. Yo... hay un rumor de que las NU están considerando... —bajó la voz, palideció—. Me sabría mal causarle preocupaciones, señor Steiner, pero si hay algo de verdad en esto, y con certeza parece que la hay...

—Siga —pidió. Pero ahora deseaba no haberse entrado. La señora Esterhazy estaba en contacto con los acontecimientos importantes y eso le ponía intranquilo aunque sólo fuese por saberlo, sin necesidad de oír más.

—Se supone que en las NU haya ahora un debate sobre cierta medida relacionada con los niños anómalos —dijo la señora Esterhazy con voz temblorosa—. Quizá provoque el cierre del Campamento B-G.

Al cabo de un momento, Steiner pudo decir:

—¿Pero por qué? —y se la quedó mirando.

—Temen...., bueno, no quieren ver que lo que ellos llaman «ganado defectuoso» aparezca en los planetas coloniales. Desean conservar pura la raza, ¿no lo comprende? Yo sí y, sin embargo... bueno, no estoy de acuerdo, probablemente a causa de mi propio hijo. No, no puedo estar de acuerdo. No se preocupan en la patria por los niños anormales, porque no sienten para ellos las aspiraciones que experimentan hacia nosotros. Tiene que comprender el idealismo de ansiedad que existe en torno nuestro... ¿Recuerda cómo se sintió antes de emigrar aquí con su familia? Allá en la patria ven que la existencia de niños anormales en Marte es un signo de que uno de los mayores problemas terrestres ha sido trasplantado al futuro, ya que nosotros somos el futuro, por lo menos para ellos, y...

Steiner la interrumpió.

—¿Está usted segura de esa noticia?

—Del todo —ella le miró, la barbilla alzada, sus ojos inteligentes, tranquilos—, No podemos descuidar las precauciones; sería terrible que cerrasen el Campamento B-G y... —no terminó. En sus ojos leyó algo indescriptible. Los niños anormales, su hijo y el de él, serían asesinados por algún sistema científico, indoloro, instantáneo. ¿Quería decirle eso?

—Dígalo —la apremió.

La señora Esterhazy habló:

—Los niños serían puestos a... dormir.

Agitado, contestó:

—Querrá decir que los matarían.

—¡Oh! —exclamó ella—, ¿cómo puede usted hablar así, como si no le importase? —le miró horrorizada.

—¡Cristo! —exclamó él con amarga violencia—. ¡Sí hay algo de verdad en esto...! —pero no le creyó. Quizá porque no quería creerle, porque la cosa resultaba demasiado fantasmal. No, pensó, no podía ser; ella había captado algún rumor histérico. Puede que estuvieran votando algún proyecto para algún aspecto tan esencial de este asunto que quizás afectase al Campamento B-G y a sus niños en cierto modo. Pero ellos, los padres de los niños anormales, siempre habían vivido bajo ese temor. Habían leído los decretos de esterilización de ambos padres y de la castración en casos en que se probara que los elementos genéticos habían sido alterados permanentemente, por regla general en casos de exposición a la radiación gama en una cantidad extraordinaria.

—¿Quiénes, en las Naciones Unidas, son los autores de este decreto? —preguntó.

—Hay seis miembros en el Comité de Sanidad Interplanetaria y de Bienestar que se supone han redactado el proyecto —ella comenzó a escribir—. Aquí tiene sus nombres. Ahora, señor Steiner, lo que me gustaría es que viese a estos individuos y que hiciese saber a quien pueda que...

Apenas la escuchó. Pagó el importe de la flauta, le dio las gracias, aceptó el papel plegado y se dirigió al exterior de la tienda de objetos de regalo.

¡Maldición, como deseaba no haber entrado! ¿Disfrutaba ella contando tales historias? ¿No había bastantes dificultades en el mundo sin que los cuentos de viejas chismosas fueran retransmitidos por las mujeres maduras que no tenían nada que ver con los asuntos públicos?

Pero en su interior, una voz le estaba diciendo: Ella puede tener razón. Hay que enfrentarse a las cosas. Cogiendo las pesadas maletas con fuerza, siguió andando, confuso de su estado, sin darse apenas cuenta de las pequeñas tiendas nuevas por las que pasó mientras se dirigía hacia el Campamento B-G y al hijo que le esperaba.

* * *

Cuando entró en la cúpula acristalada del gran solano del Campamento Ben-Gurion, allí estaba la joven y rubia señorita Milch, con su bata de trabajo y sandalias, toda manchada de arcilla y pintura, con una expresión extraña haciéndola fruncir las cejas. Levantó la cabeza y se apartó un mechón de cabello de la cara, acercándose al visitante.



—Hola, señor Steiner. ¡Qué día hemos tenido! Dos niños nuevos y uno de ellos un verdadero horror.

—Señorita Milch —dijo él— acabo de hablar con la señora Esterhazy en la tienda...

—¿Le habló del supuesto decreto de las NU? —la señorita Milch parecía cansada—. Sí, existe tal decreto. Arnie consigue siempre las mejores noticias, aunque no tengo idea de cómo lo logra. Pruebe de no mostrar ninguna agitación cuando esté con Manfred, si le es posible; se muestra un poco trastornado por los recién llegados de hoy —abrió la marcha para conducir al señor Steiner hasta la sala de juegos en donde su hijo estaba, pero él la alcanzó deteniéndola.

—¿Qué podemos hacer para impedir ese decreto? —preguntó sin aliento. Dejó sus maletas, sosteniendo tan sólo el papel en que estaba envuelta la flauta de madera comprada a la señora Esterhazy.

—Me parece que no podemos hacer nada —contestó la señorita Milch. Siguió adelante hasta la puerta y la abrió. El sonido de voces infantiles llegó, agudo y alto, hasta sus oídos—. Naturalmente, las autoridades de Nueva Israel y de la patria, en la propia Israel, han presentado furiosas protestas, lo mismo que diversos gobiernos. Pero la cosa resulta todavía secreta; el decreto no se ha divulgado y hay que hacer todas las cosas por bajo mano, para no provocar el pánico. Resulta un asunto un poco delicado. Nadie sabe realmente hacia dónde se inclinaría el sentimentalismo público en esto, o si siquiera hay que hacerle caso —su voz, cansada y quebradiza, monótona, sonaba como si estuviera a punto de desplomarse. Pero luego pareció animarse. Le dio unas palmaditas en el hombro—. Creo que lo mejor que podrían hacer, una vez cerrado el B-G, es deportar a los niños anormales a la patria; no creo que vayan tan lejos como para destruirles.

—Les instalaría en campamentos allá en la Tierra —dijo Steiner rápidamente.

—Vamos a buscar a Manfred —anunció la señorita Milch—. ¿De acuerdo? Creo que sabe que hoy es cuando debía usted venir; estaba plantado junto a la ventana, pero claro, lo hace con mucha frecuencia.

De pronto, para su propia sorpresa, Steiner dijo con voz sofocada:

—Me pregunto si quizás están en lo cierto. ¿Para qué sirve tener un niño que no puede hablar o vivir entre las personas?

La señorita Milch le miró de reojo, pero sin pronunciar palabra.

—Nunca podrá desempeñar un empleo —continuó Steiner—. Será siempre una carga para la sociedad, como lo es ahora. ¿No es esa la verdad?

—Los niños retraídos siguen desconcertándonos —dijo la señorita Milch—. Por qué lo son y cómo han llegado a esa condición y cuál es su tendencia de evolucionar mentalmente; cosa que suelen hacer de repente, sin motivo en apariencia después de años completos de fracaso en responder a los estímulos, es cosa que ignoramos.

—Pienso que si hago caso a mi conciencia no puedo oponerme a ese decreto —dijo Steiner—. No después de haberlo meditado. Ahora que pasó la primera impresión... Sería algo justo... Presiento que es justo —le temblaba la voz.

—Bueno —dijo la señorita Milch—. Me alegro que no le dijese eso Anne Esterhazy, porque nunca lo hubiese dejado marchar; le hubiera soltado discursos hasta convencerle para que fuera de su parecer —abrió la puerta de la gran sala de juegos—. Manfred está en aquel rincón —añadió.

Viendo a su hijo desde lejos, pensó Steiner: nunca sabrás cómo mirarle. La gran cabeza bien formada, el pelo rizado, los rasgos hermosos... El muchacho estaba inclinado, absorto en algún objeto que tenía en las manos. Era un chico realmente guapo, con ojos que brillaban a veces burlones, a veces con alegría y excitación... y con una terrible coordinación. El modo en que corría, de puntillas, como si bailase al son de alguna música inaudible, alguna tonada interna de su propio cerebro, cuyo ritmo le mantenía en trance, era sorprendente.

Somos verdaderos seres pedestres comparados con él, pensó Steiner. Plomizos, marchamos como masa, mientras que él danza y salta como si la gravedad no ejerciese en su persona la menor influencia, lo contrario a lo que nos ocurre a nosotros. ¿Podría estar hecho de alguna clase nueva y distinta de átomos?

—Hola, Manny —dijo el señor Steiner a su hijo.

El muchacho no levantó la cabeza ni mostró signo alguno de darse cuenta; continuó atento con el objeto.

Escribiré a los que han redactado el decreto, pensó Steiner, y les diré que tengo un niño en el campamento. Y que estoy de acuerdo con ellos.

Sus pensamientos le asustaron.

Manfred, me has convencido. Mi odio hacia ti sale a la superficie, puesto en libertad por la noticia. Ahora comprendo por qué la debaten en secreto; muchas personas poseen este odio, apuesto a que sí, aunque anida en su interior, sin reconocerlo.

—No te daré una flauta, Manny —dijo Steiner—. ¿Para qué iba a dártela? ¿Te importa algo? No —el muchacho siguió sin dar ninguna señal de escuchar—. Nada —continuó Steiner—. Es como si hablara al vacío.

Mientras Steiner permaneció allí, el doctor Glaub, alto, esbelto, con su bata blanca, llevando su tablero de notas, se acercó. Steiner se dio cuenta de su presencia y se sobresaltó.

—Hay una nueva teoría con respecto al retraimiento —dijo el doctor Glaub—. La elaboró Berghölzlei, en Suiza. Desearía discutirla con usted, porque parece ofrecernos un nuevo camino para abordar a su hijo.

—Lo dudo —contestó Steiner.

El doctor Glaub no pareció oírle, continuó:

—Presume un fallo del sentido del tiempo en el individuo retraído de modo que el medio ambiente que le rodea es tan acelerado que no puede seguir su paso, de hecho, siendo incapaz de percibirlo adecuadamente, precisamente como nos pasaría a nosotros si nos enfrentásemos a un programa de televisión ultraveloz, de modo que los objetos pasasen tan rápidos que fuesen invisibles y el sonido fuese como un murmullo... ¿se da cuenta? Sólo un chirriar en tono alto. Esta nueva teoría colocaría al niño retraído en una cámara cerrada, enfrentándole una pantalla en la que las secuencias filmadas se proyectasen a poca velocidad... ¿comprende? Tanto sonido como video en marcha lenta, tan despacio que usted ni yo no podríamos percibir el movimiento ni comprender los sonidos del lenguaje humano.

Cansino, Steiner dijo:

—Fascinante. Siempre hay algo nuevo en la psicoterapia, ¿verdad?

—Sí —asintió el doctor Glaub—. Especialmente por parte de los suizos; son ingeniosos en comprender los impulsos motores de las personas perturbadas, de los individuos enclaustrados, arrancados de los medios ordinarios de comunicación, aislados... ¿comprende?

—Perfectamente —dijo Steiner.

El doctor Glaub, todavía asintiendo, había seguido avanzando, para detenerse junto a otro padre, a una mujer, que estaba sentada con su niñita, ambas examinando un libro de imágenes en tela.



Esperanzas antes del diluvio, pensó Steiner. ¿Acaso sabe el doctor Glaub que cualquier día las autoridades de la Tierra pueden cerrar el Campamento B-G? El buen doctor trabaja con una inocencia idiota, feliz con sus esquemas.

Caminando tras el doctor Glaub, Steiner aguardó hasta que hubo una pausa en la conversación y entonces dijo:

—Doctor, me gustaría discutir un poco más esa nueva teoría.

—Sí, sí —dijo el médico, excusándose ante la mujer y su niña; se llevó aparte a Steiner, donde pudieran hablar en privado—. Este concepto de la proporción de los tiempos puede abrir una puerta hasta las mentes tan fatigadas por la tarea imposible de la comunicación en un mundo en donde todo ocurre con tanta rapidez que...

Steiner le interrumpió.

—Supongamos que su teoría resulta. ¿Cómo puede ayudar a una función individual? ¿Intenta mantenerlo en una cámara cerrada con la pantalla de imágenes lentas pasando ante sus ojos durante el resto de su vida? Creo, doctor, que ustedes están aquí jugando. No se enfrentan a la realidad. Todos en el Campamento B-G, son muy virtuosos, carecen de malicia. Pero el mundo exterior... no es así. Este lugar es noble, idealista, pero se engañan ustedes mismos. Por eso en mi opinión también engañan a los pacientes; perdóneme por decírselo. Esta cámara cerrada lenta les resume a todos en general, y especialmente a la actitud suya.

El doctor Glaub escuchaba, asintiendo, con una expresión atenta en el rostro.

—Se nos ha remitido equipo práctico —dijo cuando Steiner hubo acabado—. Desde Westinghouse, allá en la Tierra. La comunicación con los demás en la sociedad se conseguía primariamente a través del sonido y Westinghouse nos ha diseñado un grabador de audio que capta el mensaje dirigido al individuo psicótico; por ejemplo, su hijo Manfred... Luego, tras grabar el mensaje en cinta de óxido de hierro, lo reproduce casi al instante para él, pero a velocidad inferior, luego se borra y registra el siguiente mensaje, etc., con el resultado de que se establece un contacto permanente con el mundo exterior, a la propia velocidad del tiempo del enfermo. Y más tarde esperamos tener en nuestras manos un grabador de video que presentará un registro constante, pero lento, de la porción visual de la realidad para el paciente, sincronizado con la parte de audio. Reconocidamente, dará un paso arrancando de su aislamiento y poniéndole en contacto con la realidad y los problemas de comunicación que presenten dificultades... pero estoy en desacuerdo cuando usted dice que es demasiado idealista para resultar útil. Observe la terapia química que se intentó no hace mucho. Los estimulantes extendieron el sentido interior del tiempo de los psicóticos de forma que podían comprender los estímulos que se le introducen, pero nada más que el estimulante perdía efectos, el conocimiento del psicópata disminuía mientras su metabolismo defectuoso recuperaba la anormalidad... ¿comprende? Sin embargo, hemos aprendido mucho de eso; hemos aprendido que la psicosis tiene una base química, no psicológica. Sesenta años de nociones erróneas quedaron trastornadas con un solo experimento, utilizando el amital de sodio...

—Sueños —interrumpió Steiner—. Nunca establecerá contacto con mi hijo —y dando media vuelta, se alejó del doctor Glaub.

* * *


Del Campamento B-G fue en bus hasta un elegante restaurante, «El Zorro Rojo», que siempre le compraba muchas de sus mercancías. Después de acabar el negocio con el propietario, se sentó un rato en el bar, tomándose una cerveza.

El modo en que le había hablado el doctor Glaub... era la clase de estupidez que les había llevado a Marte en primer lugar. A un planeta en donde un vaso de cerveza costaba el doble que un baso de whisky escocés, porque tenía mucha más agua.

El propietario de «El Zorro Rojo», un hombre gordo, pequeño, calvo, con gafas, se sentó cerca de Steiner y dijo:

—¿Por qué está tan triste, Norb?

—Van a cerrar el Campamento B-G —dijo Steiner.

—Bien —contestó el propietario de «El Zorro Rojo»—. No nos hacen falta esos monstruos aquí en Marte; resulta mala publicidad.

—De acuerdo —asintió Steiner—. Por lo menos hasta cierto punto —añadió.

—Es como esos niños con aletas de foca de los años sesenta, cuando se empleaba aquella droga alemana. Tuvieron que ser destruidos todos; hay abundancia de niños sanos y normales nacidos, ¿para qué aguantar a los otros? Si usted tuviese un hijo con brazos extra o sin ellos, deforme, en cierto modo no querría conservarlo vivo, ¿verdad?

—No —contestó Steiner.

No dijo que el hermano de su esposa en la Tierra era un focomelo5; nació sin brazos y utilizó unos artificiales diseñados para él por una empresa canadiense que se especializaba en tales prótesis.

De hecho, nada dijo a aquel hombre porcuno; bebió su cerveza y se quedó mirando con fijeza las botellas de detrás del mostrador. No le gustaba en absoluto aquel tipo y jamás le había hablado de Manfred. Conocía los profundos perjuicios del individuo. No es que fuese raro. Steiner se sentía incapaz de experimentar resentimiento hacia su interlocutor; simplemente estaba cansado y no quería discutir.

—Eso fue el principio —dijo el propietario—. Los niños nacidos en los primeros 60... Hay algunos en el Campamento B-G... me dan asco. Nunca he puesto un píe dentro de ese recinto y no lo haré jamás —aseguró.

—¿Cómo podría estar en el B-G? —preguntó Steiner—. Apenas son anormales; anormales significa únicos en su especie.

—Oh, sí —reconoció el hombre—. Comprendo lo que quiere decir. De todas formas, si los destruyeron hace años no deberíamos tener lugares tales como el B-G, porque en mi cerebro hay un eslabón de enlace directo entre los monstruos nacidos en los años 60 y todos esos que se supone que nacieron desde entonces debido a la radiación; me refiero a que todo se debe a los genes subnormales, ¿no? Ahora me parece que esa teoría la tuvieron los nazis; vieron la necesidad de cortar por lo sano las tendencias genéticas inferiores allá en 1930; previeron...

—Mi hijo... —comenzó Steiner y se detuvo. Y se dio cuenta de lo que había dicho. El hombre porcuno le miró con fijeza—. Mi hijo está allí... —continuó por fin Steiner—. Significa todo para mí como su hijo lo pueda representar para usted. Sé que algún día saldrá a fundirse en la corriente de este mundo real.

—Permítame que le invite a un trago. Norb —dijo el propietario—, para demostrarle lo mucho que lamento lo que he dicho; me refiero, a la forma en que he hablado.

—Si cierran el B-G será una calamidad demasiado grande para que la podamos soportar; me refiero a los que tenemos niños internos. Yo no podría aguantarlo —dijo Steiner.

—Entiendo lo que siente usted —dijo el hombre porcuno—. Comprendo sus sentimientos.

—Entonces, si los comprende es que es superior a mí —afirmó Steiner—, por que yo no saco ningún sentido de ellos —dejó sobre el mostrador el vaso vacío y bajó del taburete—. No quiero beber más —dijo—. Perdóneme, he de marchar. —Recogió sus pesadas maletas.

—Ha estado usted viniendo aquí mucho tiempo —dijo el propietario—, y hemos hablado en abundancia del campamento y jamás me contó que tuviese un hijo interno. Eso no es jugar limpio —ahora parecía enfadado.

—¿Por qué no?

—Diablos, de haberlo sabido no hubiese dicho lo que dije; es usted responsable, Norb... Pudo haber confiado en mí, pero con intención no lo hizo. No me gusta ni pizca —tenía el rostro rojo de indignación.

Llevando sus maletas, Steiner abandonó el bar.

—Hoy no es mi día —dijo en voz alta—. Discuto con todo el mundo; tendré que pasar las horas de mi próxima visita dando excusas... si es que llego a volver. Pero tengo que hacerlo; mi negocio depende de eso. Y he de detenerme en el Campamento B-G; no hay otro remedio.

De pronto se le ocurrió que podía suicidarse. La idea apareció en su mente de golpe, pero como si siempre hubiese estado allí, formando parte de él. Era fácil hacerlo; simplemente bastaba con estrellar el helicóptero. Estoy muy cansado de ser Norbert Steiner, pensó; yo no podía ser Norbert Steiner o vender alimentos en el mercado negro, ni nada por el estilo. ¿Qué motivos tengo para seguir vivo? Soy un inútil con las manos, no puedo arreglar ni hacer nada; tampoco puedo utilizar mi mente, soy un simple vendedor. Estoy cansado del desprecio de mi esposa porque no puedo mantener en marcha nuestra maquinaria hidráulica... estoy cansado de Otto a quien tuve que contratar porque soy un inútil incluso en mi propio negocio.

De hecho, pensó, ¿para qué esperar hasta que regrese al helicóptero? Por la calle venía un enorme y traqueteante tractor-bus, sucio de arena; acababa de cruzar el desierto, procedía de algún lugar viniendo a Nueva Israel con su carga humana. Steiner dejó sus maletas en el suelo y entró corriendo en la calle, dirigiéndose hacia el tractor-bus.

El vehículo hizo sonar la sirena; sus frenos de aire chirriaron. El resto del tráfico se detuvo mientras Steiner corría hacia delante, la cabeza gacha, los ojos cerrados. Sólo en el último momento, con el sonido del claxon tan alto en sus oídos que se le hacía insoportablemente doloroso, abrió los ojos; vio al conductor del autobús mirándole boquiabierto, vio la rueda del volante y el número de la gorra del conductor. Y entonces...

* * *

En el solario del campamento Ben-Gurion la señorita Milch oyó los sonidos de las sirenas y se detuvo en medio de la danza de «Sugar Plum Fairy»6, de la «Suite Cascanueces» de Tchaikovsky que estaba tocando en el piano para que los niños bailaran.



—¡Fuego! —exclamó uno de los niñitos, yendo hasta la ventana. Los demás le siguieron.

—No, es una ambulancia, señorita Milch —dijo otro muchacho desde la ventana—, va hacia la parte baja de la ciudad.

La señorita Milch siguió tocando y los niños ante el sonido del ritmo que venía del piano volvieron a sus sitios. Eran como osos del zoo haciendo gracias para que les tirasen cacahuetes; la magia de la música se los sugería y la señorita Milch les dijo que siguiesen y actuasen como los osos.

A un lado Manfred permaneció sin oír la música, la cabeza gacha, en el rostro una expresión pensativa. Mientras las sirenas bramaron fuertes durante un momento, Manfred alzó la cabeza. Al fijarse en eso, la señorita Milch musitó una plegaria. ¡El muchacho había oído! Aporreó el piano emitiendo la música de Tchaikovsky más fuerte que nunca, sintiéndose alegre: ella y los médicos tenían razón, porque a través del sonido se había establecido contacto con el muchacho. Ahora Manfred marchó lentamente hasta la ventana para mirar hacia fuera; a solas miró los edificios y a las calles de abajo, buscando el origen del ruido que le había despertado, que le había llamado la atención.



Después de todo, las cosas no son tan desesperadas, se dijo para sí la señorita Milch. Cuando su padre se entere, se arrepentirá de haber sentido desánimo.

Siguió tocando, en tono alto y feliz.


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