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Philip k. Dick


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CAPÍTULO II


El ex fontanero Arnie Kott, Buenmiembro Supremo de los Trabajadores Hidráulicos, rama del Cuarto Planeta, se levantó de la cama a las diez de la mañana y, como era su costumbre, marchó directamente hacia el baño de vapor.

—Hola, Gus.

—Hola, Arnie.

Todo el mundo le llamaba por su nombre de pila y eso resultaba bien. Arnie Kott saludó con la cabeza a Bill, a Eddy, a Tom y todos le devolvieron el saludo. El aire, lleno de vapor, se condensó en torno a sus pies y rezumó por los tilos del suelo hasta el desagüe. Aquel era un contacto que le complacía: los baños habían sido construidos para que no se recogiese y reaprovechase el agua. El líquido elemento caía sobre la cálida arena y desaparecía para siempre. ¿Quién más podía hacerlo así?, pensó. Veamos si esos ricos judíos de Nueva Israel tienen un baño de vapor que desperdicia el agua.

Colocándose bajo la ducha, Arnie Kott dijo a los amigos que le rodeaban:

—He oído ciertos rumores que quiero comprobar lo antes posible. Ya sabéis que proceden de California, de aquellos portugueses que originalmente conservaban el título en la cordillera FDR y que trataron de extraer de allí mineral de hierro; pero tenía una graduación baja y el coste resultaba prohibitivo. Me he enterado de que han vendido sus acciones.

—Sí, también lo oí yo —todos los muchachos asintieron—. Me pregunto cuanto habrán perdido. Deben haber sufrido un grave quebranto.

Arnie dijo:

—No, me enteré de que han encontrado un comprador que momentáneamente está dispuesto a pagar más de lo que pagaron; después de todos estos años, han sacado beneficio, así que les ha resultado rentable. Yo me pregunto quién puede estar tan loco como para querer esa tierra. Tengo, ya sabéis, algunos derechos de mineral allá. Deseo que comprobéis quién compró esa tierra y qué clase de operación representa o representan. Deseo saber lo que van hacer allá.

—Es bueno saber todas esas cosas. —De nuevo asintió todo el mundo y un hombre, según parece Fred, se destacó de su ducha y marchó chapoteando hasta el vestuario.

—Investigaré eso, Arnie —dijo Fred por encima del hombro—. Lo haré enseguida.

Dirigiéndose al resto de los hombres, Arnie se enjabonó y dijo:

—Sabéis que tengo que proteger mis derechos minerales; puede que venga algún entrometido de la Tierra y convierta esas montañas en, por ejemplo, como un parque nacional para los excursionistas. Os digo lo que oí. Sé que un puñado de oficiales comunistas de Rusia y Hungría, peces gordos, estuvo aquí hace una semana, sin duda para curiosear. ¿Se puede pensar por eso que su plan colectivo fracasó el año pasado y que han renunciado? No. Tienen cerebro de gusano y por eso siempre vuelven, siempre se muestran insistentes. Esos rojos desean establecer una colectividad triunfadora en Marte; prácticamente es su sueño dorado allá en la patria. No me sorprendería que descubriésemos que esos portugueses de California vendieron sus acciones a los comunistas y muy pronto cambiaran el nombre de montañas FDR, que es el adecuado y justo, por algo así como cordillera Joe Stalin.

Todos los hombres se rieron apreciando el chiste.

—Bueno, tengo mucho trabajo hoy para resolver —anunció Arnie Kott, enjuagándose el jabón con furiosos chorros de agua caliente—. Así que no puedo dedicarme más tiempo a este asunto; confío en vosotros para que resolváis. Por ejemplo, he viajado al este, donde tenemos ese experimento sobre melones en marcha, y parece ser que estamos a punto de conseguir un éxito asentándolos y aclimatándolos aquí, en este medio ambiente. Sé que os habéis preguntado cómo va el asunto, porque a todos nos gusta disfrutar de una buena rebanada de melón1 por la mañana para el desayuno, si es que es posible.

—Cierto, Arnie —asintieron los muchachos.

—Pero —continuó Arnie—, tengo algo más en mi mente que melones. Uno de esos chicos de las NU nos visitó el otro día protestando de nuestros reglamentos referentes a los negros. O quizá no debiera decirlo así; puede que debiese emplear la fraseología de los de las NU y decir «restos de la población indígena», o, simplemente, hombres tristes. A lo que él se refería era a nuestra licenciación de las minas propiedad de nuestros colonos para utilizar hombres tristes en pequeña escala, quiero decir, con un mínimo de salario... porque incluso esos tipos de las NU no se proponen en serio que paguemos buenos sueldos a los negros hombres tristes. Sin embargo, tenemos el problema de que no podemos pagar ningún salario mínimo a los negros de esta clase, porque su trabajo es tan poco consistente que nos arruinaríamos, y tenemos que utilizarlos en operaciones menores, ya que son los únicos que pueden respirar allá abajo. No podemos comprar equipo de oxígeno en cantidad para que lo transporten aquí a un precio que no sea ruinoso. Hay una estación de mucho dinero en la patria con esos tanques de oxígeno y compresores. Es como una banda y no vamos a dejarnos embaucar, eso os lo aseguro.

Todos asintieron sombríos.

—Ahora no debemos consentir que los burócratas de la NU nos dicten como dirigir nuestro puesto de colonos —continuó Arnie—. Hemos puesto en marcha operaciones antes que las NU tuviesen a nadie aquí; construimos casas antes de que ellos pudieran disponer de un retrete en algún lugar de Marte, incluyendo toda esa zona disputada en el suelo, que pretenden repartirse los Estados Unidos y Francia.

—De acuerdo, Arnie —sintieron al mismo tiempo los muchachos.

—Sin embargo —dijo Arnie—, existe el problema de que esos melones de las NU controlan las vías de agua y necesitamos líquido; lo necesitamos para transportarlo dentro y hacerlo salir del puesto y como fuente de poder y para beber y cosas por el estilo, como, por ejemplo, bañarnos. Me refiero a que esos individuos pueden cortarnos en cualquier momento nuestra agua; nos tienen cogidos por los pelos.

Terminó su ducha y cruzó por el cálido y húmedo entarimado para recoger una toalla que le tendía su criado. El pensar en las NU le hacía revolvérsele el estómago y su antigua úlcera de duodeno comenzó a arder en su lado izquierdo, casi en el escroto. Comprendió que era mejor desayunar.

Cuando el sirviente le hubo vestido con sus pantalones grises de franela y camisa de cuello abierto, botas de blando cuero y gorra náutica, dejó el baño de vapor y cruzo el pasillo del Edificio de la Unión hasta su comedor, en donde Helio, su cocinero, hombre triste, y el desayuno, le aguardaban. Al poco, se sentó ante una pila de pastelitos calientes y tocino, café y un vaso de jugo de naranja y la edición dominical de la semana anterior del «New York Times».

—Buenos días, señor Kott. —En respuesta al botón que oprimió, una secretaria de la oficina acabada de aparecer, una chica a la que no había visto jamás. No es demasiado guapa, decidió después de una breve mirada de reojo; volvió a leer el periódico. Además, le llamaba «señor Kott». Saboreó su jugo de naranja y leyó lo del navío que había desaparecido en el espacio con trescientas personas a bordo. Era un mercante japonés que transportaba bicicletas. Eso le hizo reír. Bicicletas en el espacio y todas desaparecidas; mala cosa, porque en un planeta con poca masa como Marte, donde no había virtualmente ninguna fuente de energía, excepto el escaso sistema de canales, y donde incluso el petróleo costaba una fortuna, las bicicletas tenía un gran valor económico. Un hombre podía pedalear sin gasto alguno centenares de millas, incluso sobre la arena. Las únicas personas que utilizaban turbinas impulsadas por petróleo para los vehículos, eran funcionarios vitales, como por ejemplo los hombres de los servicios de reparación y mantenimiento y, claro, oficiales importantes como él mismo. Había transportes públicos, naturalmente, como los autobuses-tractor que conectaban un puesto con el siguiente y las zonas residenciales con todo el mundo... Pero funcionaban de manera irregular, dependiendo de los envíos de la Tierra para su combustible. Y hablando personalmente, los autobuses le producían ataques de claustrofobia, por su lento caminar.

Leer el «New York Times» le hizo sentirse durante un rato como si hubiera regresado otra vez a la patria, en Pasadena del Sur; su familia está suscrita a la edición del «Times» de la Costa Occidental y de niño recordaba recogerlo cada día del buzón de correos, allá en la calle bordeada de melocotoneros, aquella cálida y brumosa vía pública recortada por casas de un solo piso y coches aparcados, con cuidados jardines que aguantaban de un fin de semana al siguiente, mostrando sólo indicios de descuido al acercarse cada viernes. Era el césped, con todo su equipo y accesorios, lo que echaba de menos; la carreta de fertilizante, la nueva semilla de hierba, las tijeras cortadoras, la forca de blanca madera... y siempre los aparatos de riego por aspersión2 funcionando a lo largo del verano, mientras lo permitiese la ley. Los que vigilaban allí también se hacían notar. Una vez fue detenido por lavar su coche en un día en que el agua estaba racionada.

Leyendo más en el periódico, tropezó con un artículo sobre una recepción de la Casa Blanca a una tal señora Lizner quien, como miembro de la Oficina de Control del Nacimiento, había efectuado ocho mil abortos terapéuticos y, por tanto, constituía un ejemplo para las mujeres americanas. Vaya vida la de una enfermera o comadrona, decidió Arnie Kott. Es una noble ocupación para las hembras. Giró la página.

Allí, con grandes titulares, había un cuarto de página que él mismo había compuesto, destinada a llamar la atención de la gente invitándola a emigrar. Arnie se arrellanó en su sillón, plegó el periódico y experimentó un profundo orgullo mientras estudiaba el anuncio; tenía buen aspecto, decidió. Con toda seguridad atraería a la gente, si es que esas personas tenían un deseo sincero para la aventura, como insinuaba el anuncio.

En la demanda venía una lista de las especialidades que hacían falta en Marte y la lista resultaba larga, excluyendo sólo a los criadores de canarios y a los proctólogos. Resaltaba lo difícil que era ahora para una persona con sólo un grado de maestría, conseguir trabajo en la Tierra, y los buenos puestos de trabajo que habían en Marte, con magníficas pagas, para los que eran sólo bachilleres en artes.



Eso es otra edad, pensó Arnie. El mismo emigró porque poseía únicamente el bachiller en artes. Todas las puertas se le cerraban y tuvo que ir a Marte como fontanero de la Unión, aunque al cabo de pocos años ya se le podía ver con satisfacción, considerando lo mucho que había madurado. En la Tierra, un fontanero con sólo bachiller en artes, estaría recogiendo langostas muertas en África como parte de la ayuda extranjera de los Estados Unidos. De hecho, su hermano Phil estaba realizando ahora tal tarea; se graduó en la Universidad de California y jamás tuvo ocasión de practicar su profesión, que era la de analista de leches. En su curso se graduó un centenar de analistas de leche, ¿y para qué? No había oportunidades en la Tierra. Era preferible ir a Marte, se dijo Arnie a sí mismo. Podemos utilizar a todo el mundo aquí. Fíjense en los vaqueros, en esos ranchos lecheros de las afueras de la ciudad. Sería necesario efectuar análisis de los productos que obtienen.

Pero la pega del anuncio era simplemente que cuando uno se encuentra en Marte, no tenía nada garantizado, ni siquiera la certeza de abandonar y volver a la patria; los viajes de regreso resultaban muy caros, debido a las poco adecuadas instalaciones de los campos de aterrizaje. Ciertamente, nada se le garantizaba en el asunto de empleo. El defecto estaba en los grandes poderes allá en la patria, China, los Estados Unidos, Rusia y Alemania Occidental. En lugar de respaldar adecuadamente el desarrollo de los planetas, habían dedicado toda su atención a más exploraciones. Su tiempo y sus cerebros y el dinero estaban todos destinados a los proyectos siderales, tales como el vuelo hasta Centaurus, que ya había consumido centenares de millares de dólares y de horas de trabajo. Arnie no concebía que los proyectores sidéreos diesen de comer. ¿Quién deseaba emprender un viaje de cuatro años a otro Sistema Solar que quizá no estaba siquiera allá donde se pensaba?

Y, sin embargo, al mismo tiempo, Arnie temía un cambio de actitud de las grandes potencias terrestres. ¿Y si mañana despertaban y echaban un nuevo vistazo a las colonias en Marte y Venus? ¿Y si miraban los ruinosos perfeccionamientos de allí y decidían que era preciso hacer algo por remediarlo? En otras palabras, ¿qué sería de Arnie Kott cuando las grandes potencias recobrasen la sensatez? Era algo que merecía meditar.

Sin embargo, las grandes potencias no presentaban síntomas de reaccionar. Su sentido de la competencia seguía gobernándolas; en este mismo instante tenían los cuernos trabados, las vidas puestas a dos años luz de distancia para alivio de Arnie.

Siguiendo con la lectura del periódico, llegó a un artículo breve sobre una organización femenina en Berna, Suiza, que se había reunido para insistir una vez más en la necesidad de la colonización.

EL COMITÉ DE SEGURIDAD COLONIAL ALARMADO POR LAS CONDICIONES DE LOS CAMPOS DE ATERRIZAJE DE MARTE.

Las damas, en una petición presentada al Departamento Colonial de las NU, expresaron una vez más su convicción de que en Marte los campos a los que los navíos de la Tierra aterrizaban, estaban demasiado remotos de las zonas habitables y del sistema hidráulico. Los pasajeros en algunos casos se veían obligados a viajar centenares de kilómetros por el desierto y esto afectaba a las mujeres, a los niños y a los ancianos. El Comité de Seguridad Colonial quería que las NU aprobasen un reglamento obligando a los navíos a aterrizar en campos que estuviesen dentro de unos cuarenta y cinco kilómetros de cualquier canal de los llamados mayores.

Buenas personas, pensó Arnie Kott mientras leía el artículo. Probablemente ninguna de esas mujeres había estado jamás fuera de la Tierra; debían saber lo que alguien les escribió en una carta, quizá un pariente retirado en Marte cobrando pensión, y leerían en la Tierra el Libro de las NU y naturalmente se quejaban. Y, claro, también dependían de sus miembros residentes en Marte, una cierta señora Anne Esterhazy; hacía circular, la buena dama, una especie de boletín de noticias en multicopista dirigido a otras animosas señoras de todos los puestos de colonización. Arnie recibía y leía el boletín, llamado, «The Auditor Speaks Back»3, un título que le dejaba boquiabierto. Del mismo modo se quedó al leer un par de líneas insertas entre dos artículos bastante mayores:

«Ruega por la purificación potable». ¡Ponte en contacto con los consejeros carismáticos de la colonia y los testigos de la filtración de agua de quienes debemos sentirnos orgullosos!

Apenas pudo captar el significado de ciertos artículos que solían aparecer en «The Auditor Speaks Back», porque venían redactados con una jerga especial. Pero, evidentemente, el boletín atraía a un público de mujeres devotas que ceñudamente se tomaban a pecho cada párrafo y actuaban según se les pedía. Ahora indudablemente se quejaban, junto con el Comité de Seguridad Colonial de la Tierra, de las tremendas distancias que separaban la mayor parte de los campos de aterrizaje en Marte de las fuentes de agua y los lugares habitados. Estaban haciendo su papel en una de las muchas grandes peleas y, en este caso particular, Arnie Kott logró controlar sus náuseas. Porque de los veinte y pico campos de aterrizaje en Marte, sólo uno quedaba dentro del radio de cuarenta kilómetros de un canal importante y ese era el Campo Samuel Gompers, que servía a su propio puesto de colonos. Si por alguna casualidad la opresión del Comité de Seguridad Colonial era efectiva, entonces todos los pasajeros que viniesen de la Tierra aterrizarían en la zona de Arnie Kott, dando una nueva vida a aquel puesto de colonos.

Quedaba lejos de ser casual que la señora Esterhazy y su boletín y organización en la Tierra abogasen por una causa que resultaría de valor económico incalculable para Arnie. Anne Esterhazy era la ex esposa de Arnie. Seguían siendo buenos amigos y todavía poseían en común cierto número de empresas que fundaron o compraron durante su matrimonio. En bastantes aspectos seguían trabajando en comunidad, aun cuando en terrenos estrictamente personales ya no tenían nada que les uniera. La encontraba agresiva, dominante, masculina, siendo una mujer alta y huesuda de largas zancadas que vestía siempre zapatos planos, una chaqueta de cheviot y gafas oscuras, un gran bolso de cuero colgado del hombro, etcétera... pero era aguda e inteligente y una directora innata. Mientras no tuviese que tratarla fuera del contexto comercial, podía llevarse bien con ella.

El hecho de que Anne Esterhazy fuera antaño su esposa y que siguieran unidos por lazos financieros, no resultaba muy conocido. Cuando deseaba ponerse en contacto con ella no dictaba ninguna carta a alguna de sus taquígrafas del personal del puesto; en vez de eso utilizaba una pequeña máquina de dictado en clave que guardaba en su escritorio, enviando el carrete de cinta a su ex esposa por correo especial. El mensajero dejaba la cinta en una tienda de objetos de arte, propiedad de Anne en la colonia israelí y su respuesta, si había alguna, quedaba depositada del mismo modo en un despacho de una fábrica de cemento en el canal Bernard Baruch, que pertenecía al cuñado de Arnie, Ed Rockingham, esposo de su hermana.

Un año atrás, cuando Ed Rockingham construyó una casa para sí y Patricia y sus tres chicos, adquirió lo inasequible: su propio canal. Tuvo que construirlo en abierta violación de la ley, para su uso particular y extraer agua de la gran red comunal. Incluso Arnie se sintió ultrajado. Pero no hubo denuncias y hoy el canal, modestamente bautizado con el nombre del hijo mayor de Rockingham; transportaba agua a un centenar de kilómetros del desierto, de manera que Ed Rockingham podía vivir en un lugar adorable y tener jardín, piscina y una rosaleda maravillosamente regada. Cultivaba especialmente grandes macizos de camelias, que eran las únicas que sobrevivieron a otras plantas en Marte. Durante todo el día los aparatos de rueda para aspersión rociaban sus macizos, impidiéndoles que se secasen y murieran.

Doce enormes macizos de camelias le parecían a Arnie demasiada ostentación. No se llevaba bien con su hermana ni con Ed Rockingham. ¿Para qué habrán venido a Marte?, se preguntaba a sí mismo. Para vivir con gastos increíbles y esfuerzos descomunales, lo más igual posible a como vivieron en la patria terrestre. Para él resultaba absurdo. ¿Por qué no quedarse en la Tierra? Marte, para Arnie, era un lugar nuevo y significaba vida nueva; vivía con un estilo nuevo. Él y los otros colonos, tanto grandes como pequeños, habían hecho en Marte incontables ajustes minuciosos en un proceso de adaptación a través de múltiples etapas en las que evolucionaron; ahora resultaban criaturas nuevas. Sus hijos nacidos en Marte comenzaban desde allí, criaturas nuevas y peculiares, en ciertos aspectos enigmáticas para sus padres. Dos de sus hijos, suyos y de Anne, vivían ahora en un campamento de colonos del exterior de Lewistown. Cuando los visitaba, le era casi imposible diferenciarlos; le miraban con ojos tristes, como si esperasen a que se marchara. Por lo que podía deducir, los chicos carecían de sentido del humor. Y, sin embargo, eran sensibles; solían hablar siempre de animales y plantas, del propio paisaje. Ambos muchachos tenían mascotas, animalitos marcianos que le parecían a él horripilantes; tipos de gusanos en forma de mantis deliciosas, tan grandes como borriquillos. Esas malditas cosas se llamaban «boxers», porque a menudo se les veía como boxeando, erguidos y en guardia, uno frente a otro, en una batalla tal que finalmente terminaba con la muerte del más débil comido por su contrincante. Bert y Ned consiguieron adiestrar a sus mascotas «boxers» para que hiciesen tareas manuales de ínfimo calibre y que no se comiesen uno a otro. Y las cosas eran sus compañeros; los chicos en Marte se sentían solitarios, bien porque seguían siendo muy pocos y bien porque... bueno, Arnie no lo sabía. Los chicos tenían una expresión como ausente, con sus grandes ojos, como si estuvieran hambrientos de algo que resultaba invisible. Tendían a convertirse en seres retraídos, si se les daba la más pequeña oportunidad, vagando para recorrer los basureros comunales. Lo que traían consigo era de mero valor, para ellos y para los colonos, puesto que consistía en unos cuantos huesos y reliquias quizá de la antigua civilización negra. Cuando volaba con helicóptero, Arnie siempre localizaba a algunos niños aislados, de trecho en trecho, marchando por el desierto, excavando en la roca y en la arena como si intentasen sacar a la superficie de Marte algo que estaba enterrado...

Abriendo con la llave el cajón inferior de su escritorio, Arnie sacó una pequeña máquina de dictar en clave, transistorizada, y la preparó para utilizarla. Dijo por el micrófono:

—Anne, me gustaría reunirme contigo y hablar. Ese Comité tiene demasiadas mujeres y va por mal camino. Por ejemplo, lo que leí últimamente en el «Times» me preocupa porque... —se interrumpió, puesto que la máquina de cifrar lanzó un gemido y se detuvo. Hurgó en ella y los carretes giraron despacio para acabar deteniéndose de nuevo.

Creí que la habían arreglado, pensó Arnie furioso. ¿Es que esos empleados no son capaces de hacer nada bien? Quizá deberían entregarla para la venta en el mercado negro y comprarse, a un precio exorbitante, otra nueva. Parpadeó ante la idea.

La secretaria de la oficina general, aquella de aspecto que no valía la pena ni siquiera mirarla, que permaneció sentada en silencio aguardando, respondió a su gesto de cabeza. Sacó papel y lápiz y comenzó a escribir al dictado.

—Comprendo —anunció Arnie Kott—, perfectamente lo difícil que es mantener las cosas en funcionamiento, sin apenas recambios, y también el modo en que el clima local afecta al metal y a los cables. Sin embargo, estoy harto de pedir que haya un servicio de reparaciones competente en un aparato tan vital como mi máquina cifradora. Necesito tenerla arreglada, eso es todo. Así que si sus muchachos no pueden hacerla funcionar, les despediré y retiraré su licencia para que practique el servicio de reparaciones dentro de este puesto y lo confiaré a un servicio exterior para que nos deje atendidos —hizo un gesto una vez más y la chica dejo de escribir.

—¿Quiere que me lleve la máquina al departamento de reparaciones, señor Kott? —preguntó.

—No —gruñó Arnie—. Márchese, simplemente.

Cuando la chica se fue, Arnie volvió a tomar una vez más su «New York Times» y reanudó la lectura. Allá en la Tierra se podía comprar por casi nada una nueva máquina de aquellas; de hecho, en la patria uno podía... infiernos. Mirando los anuncios... desde antiguas armaduras romanas a abrigos de pieles pasando por equipo de camping, diamantes, navíos cohete y veneno para cangrejos. ¡Cáscaras!

Sin embargo, su proyecto inmediato era ponerse en contacto con su ex esposa sin utilizar la máquina cifradora. Quizá pueda hacerle una visita, se dijo para sí. Buena excusa para abandonar el despacho.

Tomó el teléfono y pidió un helicóptero ordenando que se posase en la terraza del Edificio Unión y luego terminó con los restos del desayuno, se limpió la boca apresuradamente y partió hacia el ascensor.

—Hola, Arnie —le saludó el piloto del helicóptero, un joven de rostro agradable, miembro del equipo de «pilotos generales».

—Hola, hijo —contestó Arnie, mientras el hombre le ayudaba a instalarse en el asiento de cuero que se había hecho fabricar especialmente para él. Mientras el piloto se colocaba delante, Arnie se arrellanó, cruzó las piernas y dijo—: Ahora despega y yo te dirigiré en pleno vuelo. Y tómatelo con calma, por que no tengo prisa. Parece que va a ser un hermoso día.

—Un día verdaderamente bonito —contestó el piloto mientras las aspas del helicóptero comenzaban a girar—. Excepto sobre esa bruma en torno a la cordillera FDR.

Apenas habían remontado el vuelo unos metros, cuando sonó el altavoz del helicóptero.

«Aviso de urgencia. Hay un grupito de hombres tristes que han salido al desierto en el punto de girocompás 4'65003 y se están muriendo por estar expuestos al sol y por falta de agua. Los navíos al norte de Lewistown tienen instrucciones de dirigir sus vuelos hacia ese lugar a toda la velocidad posible, para prestarles ayuda. La Ley de las Naciones Unidas requiere a todas las naves comerciales y particulares que acudan».

El anuncio se repitió en la voz briosa del locutor de las NU hablando desde el transmisor de las NU en el satélite artificial que orbitaba en el firmamento.

Viendo que el helicóptero cambiaba de rumbo; Arnie dijo:

—Oh, sigue, hijo mío.

—Tengo que acudir, señor —contestó el piloto— es la ley.

¡Cáscaras!, pensó Arnie con disgusto. Tomó nota mental de hacer que despidiesen al muchacho o que al menos le suspendiesen de empleo y sueldo tan pronto regresasen de su viaje.

Ahora se encontraban por encima del desierto, viajando a buena velocidad hacia el punto dado por el locutor de las NU. Negros hombres tristes, pensó Arnie. Tenemos que dejar todo cuanto estemos haciendo para sacarlos del lío, ¡los muy estúpidos!... ¿es que acaso no pueden cruzar trotando su propio desierto? ¿No han llevado haciéndolo sin nuestra ayuda durante cinco mil años?

* * *

Mientras Jack Bohlen comenzaba a descender su avión de reparaciones de la Compañía Yee hacia el rancho lechero de McAuliff, captó el aviso urgente del locutor de las NU, parecido a los que Bohlen había oído muchas veces antes y que nunca dejaba de producirle escalofríos.



«...Grupo de hombres tristes que están en el desierto abierto —informaba la voz— ...están muriendo por efectos del sol y la falta de agua. Los navíos al norte de Lewistown....».

Ya lo tengo, dijo para sí Jack Bohlen. Cortó su micrófono, puso en marcha el radiovisor y dijo:

—Navío de reparaciones de la Compañía Yee cerca del punto 4'65003, preparado para responder de inmediato. Llegaré hasta ellos dentro de dos o tres minutos —dirigió su helicóptero al sur, alejándose del rancho de McAuliff, sintiendo una momentánea satisfacción ante la idea del enfado de McAuliff ahora que había visto al helicóptero por encima de su rancho y se imaginaba el motivo de la falta de aterrizaje. Nadie ayudaba menos a los hombres tristes que los grandes rancheros; los miserables nativos nómadas aparecían constantemente en el rancho en busca de comida, agua, ayuda médica y a veces para una simple acción mendicante, y nada parecía más desagradable a los prósperos lecheros que ver mendigar a las criaturas de cuya tierra se habían apropiado.

Otro helicóptero respondió también. El piloto decía:

—Estoy a las afueras de Lewistown en el punto 4'78995 y responderé lo antes posible. Tengo raciones a bordo, incluyendo cincuenta galones de agua. —Dio su identificación y cortó.

El rancho del lechero con sus vacas quedó lejos hacia el norte y Jack Bohlen tenía la vista fija en el desierto abierto, buscando cualquier rastro del grupo de hombres tristes. Seguro que estaban allí. Eran cinco, agrupados a la sombra proyectada por un pequeño promontorio de piedra. No se movían. Probablemente ya estaban muertos. El satélite de las NU, en su vuelo a través del cielo, los había descubierto y, sin embargo, no podía ayudarles. Sus mentores resultaban impotentes. Y nosotros que podemos ayudarles... ¿qué nos importa?, pensó Jack. Los hombres tristes se morían de cualquier forma, los restos de su población quedaban más y más maltrechos y desesperados a cada año que pasaba. Estaban protegidos por las patrullas de las NU. Inútil protección, pensó Jack.

¿Pero qué podía hacerse por una raza que se extinguía? El tiempo de los nativos en Marte había pasado ya mucho antes de que el primer navío soviético apareciese en el cielo con sus cámaras de televisión reluciendo, allá en los años sesenta. Ningún grupo humano había conspirado para exterminarles; no fue necesario. Y de cualquier forma, habían constituido una enorme curiosidad al principio. Aquí había un descubrimiento que valía por los centenares de millares de millones gastados en la tarea de alcanzar Marte. Aquí existía una raza extraterrestre.

Aterrizó el helicóptero en la arena plana, cerca del grupo de hombres tristes. Desconectó las aspas, abrió la portezuela y bajó.

El cálido sol de la mañana cayó sobre él mientras caminaba por la arena hacia los inmóviles nativos. Estaban vivos, tenían los ojos abiertos y le miraban.

—Las lluvias caen de mí sobre vuestras valiosas personas —les dijo, el saludo adecuado de los hombres tristes en el dialecto propio.

Al acercarse a ellos advirtió que el grupo estaba formado por una pareja de arrugados ancianos, un joven y la hembra, sin duda marido y mujer, y su hijo. Una familia, evidentemente, que había partido a pie por el desierto, quizá buscando agua o comida. Y, quizás el oasis en el que habían subsistido se había secado. Era un apuro típico de los hombres tristes este término de su epopeya. Aquí yacían, incapaces de seguir más adelante; habían tratado de hacer algo reuniendo montones de vegetales secos y hubieran fallecido pronto de no haberles divisado el satélite de las NU.

Poniéndose despacio en pie, el joven macho nativo hizo una genuflexión y dijo con una voz temblorosa y frágil:

—Las lluvias que caen de tu maravillosa presencia nos dan vigor y fuerzas, señor.

Jack Bohlen arrojó su cantimplora al joven hombre triste, que inmediatamente se arrodilló, desenroscó la tapa y se la dio a la pareja de ancianos. La vieja la cogió y bebió.

El cambio se produjo enseguida. La mujer parecía recobrar vida, cambiar su color gris de la muerte con una rapidez inusitada y perceptible.

—¿Podemos llenar nuestras cáscaras de huevo? —preguntó el joven hombre triste.

Caídos en la arena habían varios huevos de pakat, pálidas cáscaras huecas que Jack advirtió estaban completamente vacías. Los hombres tristes transportaban el agua en estos recipientes; su habilidad técnica era tan mínima que ni siquiera poseían tarros de arcilla. Y, sin embargo, reflexionó, sus antecesores habían construido el gran sistema de canales.

—Seguro —dijo—. Viene otro navío con abundante agua —explicó. Volvió a su helicóptero y sacó su cesto con el almuerzo, regresando con él. Lo entregó al macho joven. La pareja de ancianos se había puesto en pie, trotando hacia él con las manos extendidas.

Detrás de Jack el rugido de un segundo helicóptero se hizo mayor. Estaba aterrizando un gran aparato para dos personas, que al fin se posó, con sus aspas girando lentamente.

—¿Me necesita? —le preguntó el piloto—. Si no, seguiré viaje.

—No tengo mucha agua para ellos —anunció Jack.

—Está bien —contestó el piloto, desconectando las aspas. Bajó con una lata de cinco galones—. Se pueden llevar ésta —le dijo.

Juntos, Jack y el piloto se quedaron contemplando como los hombres tristes llenaban sus cáscaras de huevo con el agua de la lata. Sus posesiones no eran muchas... un carcaj de flechas envenenadas, la piel de un animal para cada uno de ellos; las dos mujeres tenían sus bloques batidores, sus únicas posesiones de valor: sin los bloques no se les consideraban mujeres, porque con ellos preparaban tanto la comida del grano como cualquier alimento que se pudiera conseguir en la caza. Y traían unos cuantos cigarrillos.

—Mi pasajero no está muy de acuerdo conque las Naciones Unidas sean capaces de obligarnos a detenernos y a desviarnos de esta manera —dijo el piloto en voz baja al oído de Jack—. Pero no tienen en cuenta que allá arriba está el satélite y que ven si uno obedece o no. Y el castigo resulta considerable.

Jack se volvió a mirar hacia el helicóptero aparcado. Vio sentado dentro a un hombre corpulento, calvo, bien alimentado, de expresión satisfecha de sí mismo, que miraba sombrío, sin prestar atención a los cinco nativos.

—Hay que cumplir con la ley —dijo el piloto en voz defensiva—. La multa me la pondrían a mí y no a mi pasajero.

Mirando hacia el navío, Jack habló al hombre corpulento y calvo que estaba sentado dentro.

—¿No le hace sentirse bien saber que ha salvado la vida a cinco personas?

El calvo le miró y contestó:

—Querrá decir cinco negros. Yo no le llamo a eso salvar a cinco personas. ¿Y usted?

—Yo sí —dijo Jack—. E intento continuar haciéndolo.

—Adelante, siga de ese modo —afirmó el calvo. Acalorado miró por encima de Jack al helicóptero, leyó las letras que le identificaban y dijo—: ya veremos a dónde le lleva esa manía.

Acercándose junto a Jack, el joven piloto habló presuroso.

—Está usted hablando con Arnie, Arnie Kott. Ya podemos marcharnos, Arnie —subiendo en la cabina, el piloto desapareció dentro del helicóptero y una vez más las aspas comenzaron a girar.

El helicóptero se alzó en el aire, dejando a Jack solo junto a los cinco hombres tristes. Ya habían terminado de beber y estaban comiendo su almuerzo como si se tratara de un excelente manjar. La lata vacía de agua estaba abandonada a un lado. Las cáscaras de huevo repletas estaban ya tapadas. Los hombres tristes no levantaron la vista mientras despegaba el helicóptero. Tampoco prestaron atención a Jack; murmuraron entre sí en su dialecto.

—¿Cuál es vuestro destino? —les preguntó Jack.

El joven hombre triste citó un oasis muy al sur.

—¿Creéis que podréis llegar? —preguntó Jack. Señaló a los ancianos—. ¿Podrán?

—Sí, señor —respondió el joven hombre triste—. Ahora podremos conseguirlo con la comida y el agua que usted y el otro señor nos dieron.



Me pregunto si será posible, se dijo Jack. Naturalmente lo afirmaban, aunque supieran que resultaba una hazaña fuera de su capacidad. Orgullo racial, me imagino.

—Señor —dijo el joven hombre triste—, tenemos un regalo para usted por haberse detenido —y le entregó algo a Jack.

Sus posesiones eran tan escasas que no podía creer que pudieran prescindir de nada. Extendió, sin embargo, la mano y el joven hombre triste puso algo pequeño y frío en ella, un pedacito oscuro y arrugado de sustancia que le pareció como parte de la raíz de un árbol.

—Es un brujo del agua —dijo el hombre triste—. Señor, le llevará hasta el agua, la fuente de la vida, cuando lo necesite.

—Pues a vosotros no os ayudó, ¿verdad? —comentó Jack.

Con una mustia sonrisa el joven hombre triste contestó:

—Señor, nos ayudó; le trajo a usted.

—¿Cómo podréis pasar sin él? —preguntó Jack.

—Tenemos otro. Señor, hacemos brujos del agua —el hombre triste joven señaló a la pareja de ancianos—. Son autoridades.

Examinando con más cuidado al brujo del agua, Jack vio que tenía rostro y unos miembros vagos. Estaba momificado, antes fue una criatura viva de alguna especie: vio sus piernas encogidas, observó las orejas, se estremeció. El rostro era simuladamente humano. Tenía una cara embrujada, sufriente, como si aquel ser hubiera sido asesinado mientras gritaba.

—¿Cómo funciona? —preguntó al joven hombre triste.

—Antaño, cuando uno quería agua, se meaba en el brujo de agua y entonces recuperaba la vida. Ahora no hacemos eso, señor; hemos aprendido de ustedes que mearse es malo. Así que en vez de eso le escupimos y este pequeño brujo lo oye, también casi de igual modo. Eso le despierta y abre los ojos y mira alrededor y entonces abre la boca y convoca al agua. Lo hizo con usted, señor, y con ese otro señor, el grande, que se sentó y no bajó, el señor que no tenía pelo en la cabeza.

—Ese señor es un hombre poderoso —dijo Jack—. Es el rey del Sindicato de Fontaneros de la Unión y posee toda la ciudad de Lewistown.

—Quizá sí —dijo el joven hombre triste—. Por eso no nos detendremos en Lewistown, porque pudimos ver que el hombre que no tiene pelo no nos tiene el menor cariño. Ese es el motivo de que no le hayamos dado un brujo del agua como agradecimiento a su favor, porque él no quería darnos agua; su deseo era contrario a ayudarnos; el regalo vino sólo de sus manos.

Jack dijo adiós a los hombres tristes y regresó a su helicóptero. Un momento más tarde ascendía; debajo suyo, los nativos le agitaban el brazo solemnemente, despidiéndole.

Daré el brujo del agua a David, decidió, cuando vuelva a casa a fin de semana. Podrá mearse en él o escupirle, lo que prefiera, para satisfacer sus caprichos.

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