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Philip k. Dick


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CAPÍTULO I


Desde las profundidades del letargo de Fenobarbital, Silvia Bohlen oyó algo que la llamaba. La viveza rompía las capas en las que se había hundido, dañando su perfecto estado de inconciencia.

—Mamá —volvió a llamar su hijo desde el exterior.

Incorporándose, tomó un trago de agua del vaso junto a la cama; puso sus pies desnudos en el suelo y se levantó con dificultad. El reloj marcaba las nueve y media. Encontró su bata, caminó hasta la ventana.

No debo tomar más de esa droga, pensó. Es mejor sucumbir al proceso esquizofrénico, unirse al resto del mundo. Levantó la persiana; el sol, con su tinte rojizo y polvoriento familiar, llenó su vista y le hizo imposible distinguir las cosas. Se hizo sombra con la mano, llamando:

—¿Qué pasa, David?

—¡Mamá, el que recorre el canal está aquí!

Entonces debe ser miércoles. Asintió, se volvió y caminó insegura de su dormitorio a la cocina, en donde logró poner en marcha una buena y sólida cafetera de fabricación terrestre.

¿Qué debo hacer?, se preguntó para sí. Todo lo tengo preparado. De todos modos, David lo verá.

Se volvió hacia el fregadero y se mojó la cara con agua. El líquido, desagradable y maloliente, le hizo toser. Debería limpiar el depósito, pensó. Arreglarlo, ajustar el flujo de clorina y ver cuántos filtros estaban atascados; quizá no estén todos. ¿No podría hacerlo el viajero de los canales? No, no es asunto de las NU.

—¿Me necesitáis? —preguntó, abriendo la puerta trasera. El aire giró a su alrededor, frío y sofocante con la fina arena; sintió un sobresalto y escuchó la respuesta de David. Estaba enseñado a decir que no.

—Creo que no —gruñó el muchacho.

Más tarde, mientras estaba sentada ante la mesa de la cocina bebiendo café, el plato de tostadas y la mermelada de manzana ante sí, miró hacia fuera al ver al viajero de los canales llegando en su lancha plana que recorría el canal de un modo puramente oficial, sin prisas y, sin embargo, llegando siempre a tiempo. Aquel era el año 1994, segunda semana de agosto. Habían aguardado once días y ahora recibirían su parte de agua del gran canal que pasaba junto a su línea de casas a una milla hacia el norte Marciano.

El viajero del canal había amarrado su lancha en la compuerta y subía a tierra seca, dificultado por su libreta anillada, en la que guardaba sus anotaciones, y sus herramientas para abrir la compuerta. Vestía el uniforme gris salpicado de barro, botas altas, casi pardas. ¿Alemán? Pues no lo era; cuando el hombre volvió la cabeza, advirtió que su rostro era llano y eslavo, y que en el centro del visor de su gorra aparecía una estrella roja. Aquel era el turno ruso; ella se dio cuenta de que había perdido la noción de los cambios.

Evidentemente, no era la única que perdió tal noción de la secuencia rotativa impuesta por las autoridades directoras de las NU. Porque ahora vio que la familia de la casa próxima, los Steiner, habían aparecido en su porche delantero, que estaba preparándose para recibir al viajero del canal: todos los seis, padre y gruesa madre y las cuatro rubias, redondas y ruidosas chicas Steiner.

Ahora estaban cortando el agua de los Steiner.

—Maldición, Mein Herr... —comenzó a decir Norbert Steiner. Pero luego vio la estrella roja y guardó silencio.

Silvia sonrió para sí. Mala cosa, pensó.

Abriendo la puerta posterior, David entró presuroso en la casa.

—¿Sabes, mamá, que el depósito de los Steiner tuvo una filtración anoche y han perdido casi la mitad de su agua? Así que no tienen bastante almacenada para su jardín y se morirán las plantas, según dice el señor Steiner.

Ella asintió y dio el último bocado a la tostada.

—¿Verdad que es algo terrible, mamá? —preguntó David.

—Y los Steiner quieren que les dejen un poco más de agua —añadió Silvia.

—No podemos dejar que muera su jardín. ¿Recuerdas los apuros que pasamos con nuestras vitunias? Y el señor Steiner nos dio ese producto químico que mataba a los escarabajos y prometimos darles parte de nuestras plantas, pero no lo hicimos; se nos olvidó.

Era verdad. Ella lo recordó con un sobresalto culpable; les prometimos... y ellos jamás dijeron nada, aunque debían acordarse. Y David siempre está allá, jugando.

—Por favor, sal y habla con el empleado —rogó David.

—Creo que podríamos darles algo de nuestra agua más tarde, durante el mes —contestó ella—; podríamos pasar una manguera hasta su jardín. Pero no te creas lo de la filtración... Esas personas siempre quieren más ración de la que les dan.

—Lo sé —dijo David, balanceando la cabeza.

—No se merecen más, David. Nadie la merece.

—Es que no saben conservar en marcha su propiedad —dijo David—. El señor Steiner lo ignora todo acerca de las herramientas.

—Eso es cosa suya —se sintió irritable y se le ocurrió que no estaba del todo despierta; necesitaba una Dexmye, o no lograría nunca abrir sus ojos, por lo menos hasta que no fuese otra vez de noche y llegado el momento de otra dosis de Fenobarbital. Acercándose hasta el armarito botiquín del cuarto de baño, tomó la botella de comprimidos verdes, pequeños, acorazonados, la abrió y contó; le quedaban sólo veintitrés, y pronto tendría que abordar el gran tractor bus y cruzar el desierto hasta la ciudad, para visitar la farmacia y reaprovisionarse.

Por encima de su cabeza nació un ruidoso barboteo. El tanque o depósito del tejado, su enorme receptáculo de agua, comenzaba a llenarse. El viajero del canal había terminado de abrir la compuerta; las súplicas de los Steiner habían sido vanas.

Sintiéndose cada vez más culpable, llenó un vaso de agua para tomar su comprimido matutino. Si al menos Jack estuviese más tiempo en casa, se dijo para sí; todo esto es tan vacío. Resulta una forma de barbarismo esta mezquindad a la que nos vemos reducidos. ¿Para qué toda esta tensión y esfuerzo, este terrible interés por cada gota de agua que domina nuestras vidas? Debería haber algo más... Se nos prometió tanto al principio...

Fuerte, desde una casa próxima, el ruido de una radio estalló de pronto; música de baile y luego el locutor dando una misión comercial que hablaba de las excelencias de una marca de maquinaria agrícola.

—...Profundidad y ángulo en las rejas —afirmaba la voz, despertando ecos en el brillante y frío aire matutino—, reajustaje y automatismo para que incluso el agricultor más inexperto pueda...

Volvió la música de baile; la gente había sintonizado una emisora distinta.

El parlotear de los niños creció. ¿Es que va a ser así todo el día?, se preguntó, extrañándose de poder soportarlo. Y Jack, lejos hasta el fin de semana, en su trabajo... Era casi como no estar casada, como no tener hombre. ¿Y para eso emigré de la Tierra? Se llevó las manos a los oídos, tratando de no oír el ruido de las radios y de los niños.

Debería volver a la cama; ahí es donde me encuentro bien, pensó, cuando por fin decidió vestirse para el día que le quedaba por delante.

* * *

En el despacho de su jefe, en la parte de Bunchewood Park, Jack Bohlen hablaba por radioteléfono con su padre en la ciudad de Nueva York. El contacto, a través de un sistema de satélites a millones de millas en el espacio, no resultaba demasiado bueno, como siempre; pero Leo Bohlen pagaba la llamada.



—¿A qué te refieres, a la cordillera Franklin D. Roosevelt? —dijo Jack en voz alta—. Debes de estar equivocado, papá, allí no hay nada... Es una zona absolutamente yerma. Cualquiera que esté en el negocio de los terrenos te lo podrá decir.

Le llegó la voz débil de su padre.

—No, Jack, creo que es buena cosa. Quiero ir, echar un vistazo y discutirlo contigo. ¿Cómo está Silvia y el chico?

—Estupendamente —contestó Jack—. Pero, escucha, no te comprometas, porque es un hecho conocido que cualquier hacienda en Marte lejos de la parte de la red de canales y en funcionamiento, y te recuerdo que sólo están en marcha la décima parte de ellos, viene a ser casi una estafa —no podía comprender cómo su padre, con muchos años de experiencia comercial, especialmente en inversiones de tierra virgen, podía haberse tragado aquella bola. Le asustaba. Quizá papá, en los años que llevaba sin verle, había envejecido. Las cartas decían bien poco; su padre se las dictaba a una de las mecanógrafas de la compañía.

O quizá el tiempo fluía de manera distinta en la Tierra que en Marte; había leído un artículo sobre psicología en las revistas sugiriendo tal cosa. Su padre se habría convertido en una antigua reliquia, chocheante, canosa. ¿Es que había algún modo de impedir la visita? David se alegraría de ver a su abuelo y Silvia le tenía cariño también. Mientras, la débil voz distante contaba noticias de la ciudad de Nueva York, ninguna de ellas de interés. Esto resultaba irreal para Jack. Una década atrás había hecho un terrible esfuerzo para arrancarse de su comunidad en la Tierra y lo logró; no quería oír hablar de ella.

Sin embargo, el eslabón con su padre permanecía y se vio un poco lastimado mientras se produjese el primer viaje de su padre saliendo de la Tierra; siempre quiso visitar otro planeta antes de que fuese demasiado tarde... antes de su muerte, en otras palabras. Vio que estaba decidido. Pero a pesar de las perfecciones de los grandes navíos interplanetarios, el viaje resultaba azaroso. Eso no le molestaba. Nada podría detenerle; en realidad ya tenía hechas sus reservas.

—¡Cielos, papá! —exclamó Jack—, será estupendo que te veas capaz de hacer un viaje tan pesado. Espero que lo soportes. —Sentía dentro de sí resignación.

Enfrente suyo, su jefe, el señor Yee, le miraba tendiéndole un recorte de papel amarillo en el que estaba escrita una llamada de servicio. El flacucho y tranquilo señor Yee, con su corbata de lacito y su traje sencillo... El estilo chino de vestuario rigurosamente enraizado aquí, en un suelo extraño, tan auténtico como si el señor Yee hiciera sus negocios en el barrio bajo de Cantón.

El señor Yee señaló el recorte y luego, solemnemente recalcó su significado: Se estremeció, lo pasó de la mano izquierda a la derecha, se secó la frente y se arregló el cuello de la camisa. Luego consultó el reloj de pulsera con gesto rápido. Una unidad de refrigeración de una granja lechera se había estropeado, según comprendió Jack Bohlen, y la reparación resultaba urgente; se estropearía la leche si el calor aumentaba.

—Está bien, papá —dijo—. Esperamos tu cable —se despidió y colgó—. Lamentó haber estado tanto rato en el teléfono —dijo al señor Yee. Tendió la mano para guardarse un recorte.

—Ninguna persona mayor debería venir —comentó el señor Yee, con su voz plácida pero implacable.

—Está decidido y quiere ver cómo nos desenvolvemos —dijo Jack.

—Y si usted no se desenvuelve también como yo desearía, ¿puede ayudarle? —el señor Yee sonrió con desdén—. ¿Se cree que la familia de usted es rica? Dígale que aquí no hay diamantes. Las NU se los llevaron. En cuanto al aviso que le di: es el refrigerador, según el archivo, fue reparado por nosotros hace dos meses a causa de una queja igual. Creo que la avería está en su motor o en algún conducto. En momentos impredecibles el motor disminuye hasta que el interruptor de seguridad lo corta para impedir que se queme.

—Veré si esos clientes han estado extrayendo energía de su generador por otros usos —dijo Jack.

Resultaba duro trabajar para el señor Yee, pensó mientras subía hasta la terraza en donde estaban aparcados los helicópteros de la compañía. Todo se hacía bajo un sistema racional. El señor Yee actuaba como una maquinaria montada para efectuar cálculos. Seis años atrás, a la edad de 22, calculó que podía dirigir un negocio más provechoso en Marte que en la Tierra. Había una enorme necesidad en Marte de servicios de reparación y mantenimiento de toda clase de maquinarias, puesto que el coste de envío de unidades nuevas desde la Tierra era enorme. Un viejo tostador de pan, que se destinaría para chatarra en la Tierra, debía seguir funcionando en Marte. Al señor Yee le gustó la idea de recuperar maquinaria para el servicio. No aprobaba el desperdicio, habiendo crecido en la atmósfera puritana y frugal del pueblo chino. Puesto que era ingeniero eléctrico en la provincia de Honan, poseía conocimientos. Así que de un modo tranquilo y metódico llegó a la decisión de que para la mayor parte de las personas significaba una avería algo así como una catástrofe emocional; dio los pasos necesarios para emigrar de la Tierra, con la misma indiferencia que hubiera ido a visitar a un dentista para que le colocase un puente de acero inoxidable. Sabía lo lejos que podía ir una vez hubiese iniciado su negocio en Marte. Resultaba un trabajo con escaso margen de ganancias, pero interesante. En los seis años pasados desde 1988 había extendido continuamente su exclusiva de reparaciones para casos de emergencia... En una colonia que todavía tenía dificultades para crecer bajo sus propias bases y reflexionar sus escasos productos, ¿acaso la avería de una máquina no resultaba una emergencia?

Cerrando la puerta del helicóptero, Jack Bohlen puso en marcha el motor y pronto se elevó por encima de los edificios de Bunchewood Park, penetrando en el cielo brumoso del mediodía.

Lejos, a la derecha, un navío enorme, completando su viaje desde la Tierra, se posaba en el círculo más alto del campo receptor para las cargas vivientes. Otras cargas tenían que entregarse a un centenar de millas hacia el este. Este era un transporte de primera clase y al poco sería visitado por aparatos de control remoto que limpiarían a los pasajeros de cualquier virus y bacteria, insecto o semilla nociva que tuviesen adherida; saldrían tan desnudos como cuando nacieron, maldecirían irritados durante ocho horas de pruebas y luego, por último, se les permitiría procurarse por su supervivencia personal, una vez asegurada la supervivencia de la colonia. Incluso alguno podía ser devuelto a la Tierra; aquellos cuyas condiciones implicasen defectos genéticos rodeados por la tensión del viaje. Jack pensó pacientemente en su padre, soportando el proceso de emigración. Tiene que hacerse, hijo mío, diría su padre, fumándose un cigarro y meditando. Era un filósofo cuya única educación formal consistía en siete años en el sistema de escuelas públicas de Nueva York y durante su período más crítico. Es extraño, pensó, cómo se muestra el propio carácter. El viejo estaba en contacto con cierto nivel de conocimiento que le decía como comportarse, no en el sentido social, sino en un modo más profundo y permanente. Se ajustaría a este mundo, decidió Jack. En su breve visita estaría más en armonía con Silvia que yo. En cuanto a David...

Se llevaría igualmente bien abuelo y nieto. Ambos agudos y prácticos y, sin embargo, terriblemente romántico como testificaba el impulso de su padre de comprar tierra en algún lugar de la cordillera FDR. Era una última pizca de esperanza manando eterna en el anciano; aquí se vendió la tierra por casi nada, al no haber compradores, siendo ésta la auténtica frontera que no tenían patentada las partes de Marte habitadas. Por debajo suyo Jack advirtió el canal Senador Taft y alineó su vuelo con respecto a él; el canal le llevaría hasta el rancho lechero de McAuliff, con sus miles de acres de hierba reseca, su antaño valioso rebaño de Jerseys convertido ahora en algo que se parecía poco a sus antecesores gracias al injusto medio ambiente. Esto era habitable en Marte, con su telaraña de líneas, radiando y entrecruzándose, pero siempre apenas adecuadas para sostener la vida. El Senador Taft, ahora directamente bajo suyo, mostraba un verde lujurioso y repelente; era agua depurada y filtrada en sus etapas finales, pero aquí mostraba las secreciones del tiempo, el barro y cieno subyacente y la arena que contamina cuanto toca, lo que convertía al agua en cualquier cosa menos en potable. Sólo Dios sabía cuántos alcalinos había absorbido la población y asimilado ahora en sus huesos. Sin embargo, seguían vivos. El agua no les había matado, por muy parda y llena de sedimentos que estuviera. Mientras, hacia el oeste, las extensiones que estaban aguardando a la ciencia humana para resurgir y experimentar su milagro, se perdían interminables.

Los equipos arqueológicos que habían aterrizado en Marte a los principios de los años 70, ansiosamente calcularon las etapas de retirada de la vieja civilización que los seres humanos habían ahora comenzado a reemplazar. No se había instalado nunca en el propio desierto. Evidentemente, como ocurrió con las civilizaciones terrestres del Tigris y del Éufrates, se aferró a lo que podía irrigar sus suelos. La antigua civilización marciana había ocupado una quinta parte de la superficie del planeta, dejando el resto tal y como lo encontró. En la casa de Jack Bohlen, por ejemplo, cerca del empalme del canal William Butler Yeats y el Herodoto, se alzaba casi al borde de la red por la que la fertilidad se alcanzó durante los pasados cinco mil años. Los Bohlen eran recién llegados, aunque nadie pensaba once años atrás, que la emigración decaería de manera tan asombrosa.

La radio del helicóptero emitió ruidos de estática y luego la voz del señor Yee dijo:

—Jack, tengo una llamada de servicio para añadir a la suya. La autoridad de las NU dice que la escuela pública funciona mal y que su propio empleado no está a mano.

Tomó el micrófono Jack y dijo:

—Lo siento, señor Yee... como ya le anuncié, no tengo conocimientos para reparar esas unidades de las escuelas. Será mejor que encargue a Bob o Pete que la arreglen —como ya te dije, zoquete, murmuró para sí.

Con su lógica habitual, el señor Yee contestó:

—Esa reparación es vital y, por tanto, no podemos rechazarla, Jack. Nunca rechazamos ningún trabajo de reparación. Su actitud no es positiva, debo insistir que acepte la tarea. En cuanto sea posible, enviaré a otro mecánico a la escuela para que le ayude. Gracias, Jack —el señor Yee colgó.

Muchas gracias a ti —exclamó acremente para sí Jack Bohlen.

Por debajo suyo veía ahora los principios de un segundo puesto de colonos: esto era Lewistown, el habitáculo principal de la colonia unida de los fontaneros; había sido una de las primeras en organizarse dentro del planeta y tenía sus propios miembros sindicados como mecánicos reparadores; no fomentaba el negocio del señor Yee. Si su trabajo se volvía demasiado desagradable, Jack Bohlen siempre podía hacer las maletas y emigrar a Lewistown, inscribirse en el sindicato y ponerse a trabajar quizá con mejor salario. Pero los últimos acontecimientos políticos en la colonia del sindicato de fontaneros no habían sido de su gusto. Arnie Kott, presidente de los Trabajadores Hidráulicos locales, había sido elegido después de una campaña muy peculiar y de algunas irregularidades en la votación bastante significativas. Su régimen no era de los que apetecían a Jack para vivir; por lo que había visto, el gobierno del viejo tenía todos los elementos de la tiranía de la primera época del renacimiento, con una pizca de nepotismo introducida en él. Y, sin embargo, la colonia parecía ser próspera económicamente. Tenía un avanzado programa de obras públicas y su política fiscal había producido una enorme afluencia de dinero en efectivo en el erario público. La colonia no sólo era eficiente y próspera, sino también capaz de proporcionar empleos decentes para todos sus habitantes. Con la excepción de la colonia israelí al norte, la colonia sindical era la más viable del planeta. Y la colonia israelí tenía la ventaja de poseer duras unidades de choque sionistas, acampadas en el propio desierto, enfrascadas en proyectos de reclamación de todas las clases, desde cultivar naranjas a retinar los fertilizantes químicos. Los de Israel habían reclamado un tercio de todo el desierto ahora bajo cultivo. De hecho, era la única colonia en Marte que exportaba sus productos a la Tierra en cierta cantidad.

La ciudad capital de los trabajadores hidráulicos de Lewistown quedó atrás y luego el monumento a Alger Hiss, primer mártir de las NU; después siguió el desierto puro. Jack se arrellanó y encendió un cigarrillo. Bajo la orden acuciante del señor Yee, se había marchado sin acordarse de llevar consigo su termo de café y ahora notaba su falta. Se adormitó. No me harán trabajar en la escuela pública, dijo para sí, pero con más cólera que convencimiento. Dimitiré. Pero sabía que no lo haría. Iría a la escuela, lucharía con la maquinaria durante una hora o así, dando la impresión de estar reparándola afanosamente y luego Bob o Pete aparecerían y realizarían el trabajo; la reputación de la empresa quedaría a salvo y todos podrían volver al despacho juntos. Cada cual se mostraría satisfecho, incluyendo al señor Yee.

Varias veces había visitado con su hijo la escuela pública. Eso era distinto. David era el primero de su clase, según las máquinas de enseñanza más avanzadas en funcionamiento. Se quedaba hasta tarde, sacando el máximo partido del sistema tutorial del que las NU estaban tan orgullosas. Mirando su reloj, Jack vio que eran las diez en punto. En este instante, mientras recordaba sus visitas y los informes de su hijo, David se encontraba enfrascado con Aristóteles, aprendiendo los rudimentos de la ciencia, o de la filosofía, de la lógica, de la gramática, de la poética y de la física arcaica. De todas las máquinas de enseñanza parecía David preferir la de Aristóteles, lo que resultaba un alivio; la mayor parte de los chicos preferían maestros más amenos en el colegio: Sir Francis Drake (historia inglesa, fundamentos de la fidelidad masculina) o Abraham Lincoln (historia de los Estados Unidos, bases del moderno bienestar y del estado contemporáneo) o sombríos personajes como Julio César y Winston Churchill. Él mismo había nacido demasiado pronto para aprovecharse del sistema escolar tutorial; cuando niño, en clase, se sentaba con otros sesenta colegiales. Y más tarde, en el instituto, se encontró escuchando a un instructor que hablaba por un circuito cerrado de TV a una clase de un millar de alumnos. Si, sin embargo, se le hubiese permitido acudir a la nueva escuela, fácilmente habría localizado a su propio favorito: en una visita con David, el primer día de los padres-maestros, vio que la máquina de enseñanza Thomas Edison y eso le bastó. Le costó a David una hora alejar a su padre del mecanismo.

Debajo del helicóptero, la tierra del desierto daba paso a una pobre y escasa pradera. Una cerca de alambre espinoso marcaba el principio del rancho de McAuliff y también la tierra administrada por el estado de Tejas. El padre de McAuliff había sido un millonario petrolero tejano que financió sus propios navíos para la emigración a Marte; derrotó incluso a la gente del sindicato de fontaneros. Jack tiró el cigarrillo y comenzó a descender el helicóptero, buscando contra el resplandor del sol los edificios del rancho. Un pequeño rebaño de vacas se asustó y galopó alejándose del ruido del helicóptero; las vio esparcirse, esperando que McAuliff, que era un irlandés bajito, de rostro avinagrado con una actitud obsesiva hacia la vida, no se diese cuenta. McAuliff, por buenos motivos, tenía una visión hipocondríaca de sus vacas; sospechaba que toda clase de «cosas» marcianas las hacía enflaquecer, enfermar y disminuir en su producción lechera.

Poniendo en marcha su transmisor de radio, Jack dijo por el micrófono:

—Aquí un navío de reparaciones de la Compañía Yee. Jack Bohlen pide permiso para aterrizar en la pista de McAuliff, en respuesta a su llamada.

Aguardó y luego vino la contestación desde el enorme rancho.

—Esta bien, Bohlen, todo listo. Es inútil preguntar por qué tardó tanto —era la voz resignada, pero gruñona, de McAuliff.

—No tardaré en bajar —anunció Jack, con una mueca.

Al poco descubrió delante los edificios blancos destacando contra la arena.

—Tenemos quince mil galones de leche aquí —le llegó la voz de McAuliff por el altavoz de su radio—. Se estropearán a menos que ponga usted en marcha ese maldito refrigerador y pronto.

—A la orden —contestó Jack. Se puso los pulgares en los oídos e hizo una mueca burlona al micrófono de su emisora.


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