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Philip k. Dick


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CAPÍTULO XIII


Para Otto Zitte fue como si la vida se hubiese abierto una vez más; desde la muerte de Norb Steiner se movía por Marte como en los viejos tiempos, efectuando sus entregas, vendiendo, conociendo gente cara a cara y hablando con ella.

Y más particularmente, ya había encontrado a varias mujeres de buen aspecto, solitarias amas de casa desterradas en sus hogares del desierto, día tras día, añorando compañía... por decirlo de algún modo.

Hasta ahora no le había sido posible visitar la casa de la señora Silvia Bohlen. Pero conocía exactamente donde estaba; la tenía marcada en el mapa.

Hoy efectuaría la visita.

Para esta ocasión se puso su mejor traje: un traje sencillo, inglés, de piel de tiburón que llevaba años sin utilizar. Los zapatos, lamentablemente, eran locales, lo mismo que la camisa. Pero la corbata acababa de llegar de Nueva York, el último grito, brillante y animosos colores; se dividía en lo bajo en una especie de bifurcación como un tridente. Levantándola a la altura de los ojos, la admiró. Luego se la puso y contempló también el efecto que hacía en su persona.

Su largo pelo negro brillaba. Se sentía feliz y confiado. Este día comienza de nuevo para mí, con una mujer coma Silvia, se dijo mientras se ponía su abrigo de lana, cogía las maletas y salía del cobertizo-almacén, ahora convertido en una vivienda del todo confortable, dirigiéndose al helicóptero.

Describiendo un amplio arco condujo el helicóptero por el firmamento en dirección este. Las tristes montañas FDR quedaron atrás; pasó por encima del desierto, vio por fin el canal George Washington en el que se orientó. Siguiéndolo, se acercó al pequeño sistema de canales que se rebifurcaban del principal y pronto se encontró en el empalme de los canales William Butler Yeats y Herodoto, cerca de los que vivía los Bohlen.

Ambas mujeres, pensó, son atractivas, esa June Henessy y la tal Silvia; pero de las dos, prefiero a Silvia; tiene esa cualidad malhumorada, adormecida, que poseen siempre las mujeres muy emocionales. June es demasiado atrevida y decidida; las de su clase hablan y hablan, como sabihondas. Quiero una mujer que sepa escuchar.

Recordó las dificultades en que se había metido antes. Se preguntó cómo sería su marido. Tengo que investigar, dijo para sí. Muchos de esos hombres se toman en serio la vida de pioneros, especialmente los que viven lejos de las ciudades, guardan armas en sus casas, etc.

Sin embargo, ese era el riesgo que corría uno y valía la pena.

Por si se le presentaban dificultades, Otto Zitte llevaba arma propia, una pistolita calibre 22, que guardaba en un bolsillo oculto dentro de una de las maletas. La tenía allí ahora, y cargada.



Nadie se entrometa conmigo, dijo para sí. Si quieren jaleo... pronto lo tendrán.

Animado por ese pensamiento, descendió de su helicóptero, exploró la tierra abajo... no había ningún otro helicóptero aparcado en casa de los Bohlen... y se preparó para aterrizar.

Era esta innata precaución lo que le hizo aparcar el helicóptero a un kilómetro de la casa de los Bohlen, a la entrada de un canal de servicio. Desde allí marchó a pie, gustoso de soportar el peso de la maleta; no tenía otra alternativa. Un número de casas se alzaban entre él y la de los Bohlen, pero no se detuvo en llamar a ninguna puerta; fue directamente por el canal, sin detenerse.

Cuando se acercó a la casa de los Bohlen, disminuyó el paso, recobrando aliento. Miró con cuidado a las casas próximas... De la casa de la derecha llegó el estrépito de niños pequeños. Gente en casa, allí. Así que se acercó a la de los Bohlen desde el ala apuesta, caminando en silencio, oculto de la casa en donde había oído voces infantiles.

Llegó, subió al porche, llamó al timbre.

Alguien le miró desde detrás de las rojas cortinas de la ventana de la sala de estar. Otto mantuvo una sonrisa formal y correcta en su rostro, la que servía para cualquier eventualidad.

La puerta principal se abrió; allí estaba Silvia Bohlen, con su cabello cuidadosamente peinado, carmín en los labios, llevando un suéter y unos pantalones rojos, con sandalias. Las uñas de los dedos de los pies estaban pintadas de brillante escarlata; lo advirtió con el rabillo del ojo. Evidentemente se había arreglado esperando su visita. Sin embargo, ella, como es natural, asumió una pose blanda, indiferente; le miró en altivo silencio, sujetando el pomo de la puerta.

—Señora Bohlen —dijo con su tono más íntimo de voz. Inclinándose, añadió—: he pasado kilómetros de yermo desierto, pero encuentro una justa recompensa en verla una vez más. ¿Le interesaría nuestra especial sopa de canguro? Es increíble y deliciosa, un alimento que jamás conseguirá en Marte a ningún precio. He venido derecho a ofrecérselo, viendo que usted es una mujer calificada y con buen criterio para discernir cuáles son los buenos alimentos que valen la pena sin reparar en gastos —y mientras lanzaba su discursito, avanzó con sus mercancías hacia la puerta abierta. Un poco rígida y dubitativa, Silvia contestó:

—Ejem, entre —abrió del todo la puerta y él de inmediato pasó al interior y dejó las maletas en el suelo, junto a una baja mesita de la sala de estar.

El arco de flechas y el carcaj de un muchacho le llamaron la atención.

—¿Está su hijo? —preguntó.

—No —contestó Silvia, moviéndose nerviosa por la habitación, con los brazos pegados—. Hoy está en el colegio —trató de sonreír—. Y mi suegro se fue a la ciudad; no regresará a casa hasta muy tarde.



Bueno, pensó Otto; comprendo.

—Por favor, siéntese —la apremió—. Así podré mostrarle mis mercancías adecuadamente, ¿no le parece? —con un gesto alcanzó una silla y Silvia se sentó en el borde, los brazos todavía cruzados sobre el pecho, los labios apretados con fuerza.



Que tensa está, observó él. Es un buen signo porque significa que se da plena cuenta del significado de todo lo que ocurre, de mi visita, de la ausencia de su hijo, hecho también demostrado por haber cerrado con cuidado la puerta principal; las cortinas de la sala siguen corridas, todos los detalles son perfectos.

Silvia balbuceó:

—¿Quiere tomar un poco de café? —saltó de la silla y entró en la cocina. Un momento más tarde reapareció con una bandeja en la que había una cafetera, azúcar, leche, dos tacitas de porcelana china.

—Gracias —murmuró él.

Y durante su ausencia había colocado otra silla junto a la de ella.

Tomaron café.

—¿No le da miedo vivir aquí, sola la mayor parte del tiempo en esta región tan desolada? —preguntó.

Ella le miró de reojo.

—Cielos, creo que me he acostumbrado.

—¿De qué parte de la Tierra procede usted?

—San Luis.

—Aquí esto es muy distinto. Una vida nueva, más libre. En donde uno puede librarse de los prejuicios y ser fiel a su mismo; ¿de acuerdo? Las viejas costumbres y hábitos del anticuado Viejo Mundo es mejor que queden olvidadas en su propio polvo. Aquí... —y miró por toda la sala de estar, con sus muebles vulgares; había visto tales sillas, alfombras, muebles auxiliares centenares de veces, en casas semejantes—. Aquí vemos el choque de lo extraordinario46, cómo cobra nuevos aspectos, cómo late, señora Bohlen, al compás de la oportunidad que se presenta ante las personas valientes una sola vez... una tan solo... en toda su vida.

—¿Qué otra cosa tiene usted además de sopa de canguro?

—Bueno —contestó él, frunciendo el ceño interiormente—, huevos de tortuga; buenísimos. Verdadera manteca de vaca. Leche agria. Ostras ahumadas. Mire... traiga usted unas cuantas galletitas corrientes y yo proporcionaré la mantequilla y el caviar, como regalo —le sonrió y se vio recompensado por una radiante y espontánea sonrisa de ella; los ojos de la mujer relucieron de anticipación y se puso en pié impulsivamente para marchar presurosa, como un niñito, a la cocina.

Al poco se sentaron juntos, apiñados sobre la mesa, extendiendo los negros y aceitosos huevos de pescado sobre las galletas.

—No hay nada como el verdadero caviar —dijo Silvia, suspirando—. Sólo lo tomé una vez antes en mi vida, en un restaurante de San Francisco.

—Observe lo otro que tengo —de su maleta sacó una botella—. Húngaro Verde, de las bodegas Buena Vista de California; las bodegas más antiguas de ese Estado.

Tomaron el vino en copas de alto pie (también había traído las copas él). Silvia se arrellanó en el diván, los ojos entrecerrados.

—Oh, cielos. Esto es como una fantasía. No puede suceder realmente.

—Pues sí —Otto dejó la copa y se inclinó sobre ella. Ella respiraba lenta, regularmente, como si durmiera; pero le miraba con fijeza. Sabía exactamente lo que iba a ocurrir. Y mientras él se inclinaba más y más, ella no se movió; no trató de escabullirse.

La comida y el vino, calculó él mientras la abrazaba, en su precio de comerciante, era de casi cien dólares NU; valía la pena, por lo menos para él.

Su vieja historia se repetía. Una vez más, fuera de la escala de la Unión47. Era mucho más, pensó Otto un poco más tarde, cuando habían abandonado la sala de estar para dirigirse al dormitorio, que tenía ya las persianas bajadas, con una difusa y tranquila media luz, silenciosa y acogedora, hecha para que ocurriesen cosas como las que iban a suceder.

—Nada así me ha ocurrido jamás —murmuró Silvia—. Nunca, en toda mi vida —la voz era llena de felicidad y de aquiescencia, como si emergiese desde muy lejos—. Estoy borracha, ¿verdad? Oh, Dios mío.

Durante largo rato, luego, guardó silencio.

—¿Acaso perdí el juicio? —murmuró luego—. Debo estar loca. No puedo creerlo, sé que no es real. ¿Y qué importa, cómo puede una hacer algo malo mientras está durmiendo en un sueño?

Después de eso, no dijo nada en absoluto.

Era exactamente la clase de mujer que a él le gustaba: la que no hablaba mucho.

* * *


¿Que es locura?, pensó Jack Bohlen. Para él era el hecho de que en alguna parte había perdido a Manfred Steiner y no recordaba cómo o cuándo. No se acordó de casi nada de lo de la noche anterior, en casa de Arnie Kott; paso a paso, por lo que le contó Doreen, había logrado tener una imagen de lo que sucedió. Locura... tener que construir la imagen de la vida de uno, haciendo preguntas a los demás.

Pero el lapso en la memoria era síntoma de profunda perturbación. Indicaba que su alma había dado un salto brusco del tiempo, y que esto ocurrió después de un periodo en el que había vivido, varias veces, a un nivel algo inconsciente, y precisamente esa sección era lo que ahora le faltaba.

Se había sentado, comprendió, en la sala de estar de Arnie Kott una y otra vez, experimentando lo que ocurrió la noche anterior; y luego, cuando por fin tuvo lugar la realidad, lo sobrepasó. La perturbación fundamental en el sentido del tiempo, que el doctor Glaub creía que era la base de la esquizofrenia, ahora le embarazaba.

Aquella noche en casa de Arnie tuvo lugar y había existido para él... Pero quedaba fuera de la secuencia.

En cualquier caso, no había modo de restaurarla, porque ahora yacía en el pasado. Una perturbación del sentido del tiempo pasado no era síntoma de esquizofrenia, sino de neurosis compulsiva-obsesiva. Su problema, como esquizofrénico, residía por entero en el futuro.

Y su futuro, como ahora lo veía, consistía principalmente en Arnie Kott y en el ansia instintiva de venganza de Arnie.



¿Qué oportunidades tenemos para oponemos a Arnie?, se preguntó.

Casi ninguna.

Apartándose de la ventana de la sala de estar de casa de Doreen, caminó lentamente hacia el dormitorio y la miró mientras yacía, todavía dormida, en el gran lecho desordenado.

Mientras estaba plantado mirándola despertó, le vio, y le sonrió.

—Tenía el más extraño de los sueños —dijo—. En mi pesadilla yo dirigía la «Misa en Re Menor» de Bach, precisamente la parte del Kyrie. Era un compás de cuatro por cuatro. Pero cuando me encontraba en mitad, alguien vino y me arrebató la batuta y dijo que no era cuatro por cuatro —frunció el ceño—. Pero lo es en realidad. ¿Por qué dirigía así? Ni siquiera me gusta la «Misa en Re Menor» de Bach. Arnie tiene una cinta de esa composición; la reproduce casi siempre, especialmente a última hora de las veladas.

Él pensó en los sueños que había estado sufriendo de vagas formas que se agitaban, que huían; tenían algo que ver con un alto edificio de muchas habitaciones, con buitres o halcones circundando sin cesar por encima. Y una cosa terrible en una alacena... No la había visto, sólo notó su presencia allí.

—Los sueños, de ordinario, se relacionan con el futuro —dijo Doreen—. Tienen que ver con el potencial de una persona. Arnie quiere empezar a crear una especie de orquesta sinfónica en Lewistown; ha hablado con Bosley Touvim, de Nueva Israel. Quizá yo sea la inspectora; quizá significa eso mi sueño —saltó de la cama y se puso en pie, desnuda, esbelta y suave.

—Doreen —dijo con firmeza—. No recuerdo nada de anoche. ¿Qué fue de Manfred?

—Se quedó con Arnie, porque tiene que volver al Campamento B-G, ahora, y Arnie dijo que él lo llevaría. Va casi siempre a Nueva Israel, a visitar a su hijo, a Sam Esterhazy. Irá hoy, él mismo te lo anunció —hizo una pausa para después decir—: Jack... ¿habías tenido tú antes amnesia?

—No —contestó él.

—Probablemente es debido a la sorpresa de pelearte con Arnie; es muy duro para una persona enfrentarse a Arnie, me he dado cuenta.

—Quizá lo sea —admitió él.

—¿Qué hay de un desayuno? —ahora comenzó a ponerse ropas limpias sacadas de los cajones de la cómoda, ropa interior, una blusa—. Prepararé tocino y huevos... delicioso tocino danés en latas —dudó y luego dijo—. Más mercancías del mercado negro proporcionadas por Arnie. Pero son realmente buenas.

—Por mí no hay inconveniente —dijo él.

—Después de que nos acostamos anoche permanecí despierta durante horas preguntándome qué es lo que haría Arnie. Me refiero a nosotros. Creo que será tu trabajo, Jack; creo que hará presión sobre el señor Yee para que te deje marchar. Debes estar preparado para eso. Ambos debemos estarlo. Y, claro, me dejará; eso es evidente. Pero no me importa... te tengo a ti.

—Sí, eso es, me tienes a mí —dijo Jack, como un reflejo.

—La venganza de Arnie Kott —afirmó Doreen, mientras se lavaba la cara en el cuarto de baño—. Pero él es tan humano... No es mezquino. Le prefiero a ese Manfred; realmente no podría soportar a esa criatura. Anoche fue una pesadilla... seguí sintiendo como tentáculos fríos y pegajosos vagando por la habitación y en mi mente... intimidaciones de maldad y de repulsión que no parecían ni estar en mí ni fuera de mí... sólo cerca. Sé de dónde venían —después de un momento terminó—. Era ese niño. Eran sus pensamientos.

No tardó en estar friendo el tocino y calentando café; él puso la mesa y luego se sentaron a comer. La comida tenía buen olor y Jack se sintió mucho mejor, probándola, mirándola y oliéndola y dándose cuenta de la existencia de la chica enfrente suyo, con su pelo rojo, larga, suave y esbelta, hermosa siempre.

—¿Se parece tu hijo a Manfred? —preguntó ella.

—Oh, infiernos, no.

—¿Se parece a ti o a...?

—Silvia —acaba él—. Se parece a su madre.

—Es bonita, ¿verdad?

—Eso diría yo.

—Mira, Jack, cuando estaba acostada despierta y pensando, se me ocurrió; quizás Arnie devuelva a Manfred al Campamento B-G. ¿Qué haría él con una criatura de ésas? Arnie es muy imaginativo. Ahora ese plan de comprar la tierra de la zona FDR ha pasado... Quizá descubra un mundo enteramente nuevo para el sentido de precognición de Manfred. Se me ocurrió a mí... Ríete. Quizá pueda poner en contacto a Manfred con Heliogábalo, el hombre triste doméstico suyo... —ella guardó silencio después, consumiendo el desayuno y con la vista fija en el plato.

—Quizá tengas razón —dijo Jack. Se sentía mal solo al oírla decir aquello. Le pareció muy cierto; era plausible.

—Tú nunca hablaste con Helio —dijo Doreen—. Es la persona más cínica y amargada que conocí jamás. Incluso se muestra sardónico con Arnie; odia a todo el mundo. Quiero decir que tiene un interior verdaderamente retorcido.

—¿Pedí yo a Arnie que se hiciese cargo del muchacho? ¿O fue idea suya?

—Arnie lo sugirió. En principio no estabas de acuerdo. Pero te habías vuelto tan... inerte y retirado. Era tarde y todos habíamos bebido mucho... ¿te acuerdas de eso?

Jack asintió.

—Arnie sirvió ese Jack Daniel’s, etiqueta negra. Debí beber la quinta parte de una botella. —Ella sacudía la cabeza con tristeza—. Nadie más en Marte tiene mejor licor que Arnie; lo echaré de menos.

—No puedo hacer mucho en ese aspecto —dijo Jack.

—Lo sé. Pero está bien. No espero que lo hagas; no espero nada, de hecho. Todo ocurrió tan deprisa anoche; en un minuto estábamos todos en buena armonía, tú, Arnie y yo... luego, de repente, fue evidente que militábamos en bandos opuestos, que jamás volveríamos a estar juntos, por lo menos no como amigos. Resulta triste —se secó los ojos con el canto de la mano. Una lágrima bajó por su mejilla—. ¡Jesús, estoy llorando! —dijo furiosa.

—Si pudiésemos volver y revivir lo de anoche...

—Yo no lo cambiaría —dijo ella—. No lo lamento nada. Y tú tampoco debes de lamentarlo.

—Gracias —contestó Jack. Le cogió la mano—. Haré lo mejor que pueda por ti. Como aquel individuo dijo, yo no soy mucho, pero sí todo cuanto tengo.

Doreen sonrió y, al cabo de un momento, continuó comiendo su desayuno.

* * *


En el mostrador principal de su tienda, Anne Esterhazy preparó un paquete para enviarlo por correo. Mientras comenzaba a redactar la etiqueta, un hombre entró en la tienda; ella alzó la vista, lo vio, un hombre alto delgado, con gafas demasiado grandes para su cara. El recuerdo le produjo disgusto al reconocer al doctor Glaub.

—Señora Esterhazy —dijo el doctor Glaub—. Quiero hablar con usted, si me lo permite. Lamento nuestro altercado; me porté mal y quisiera excusarme.

—¿Qué es lo que desea, doctor? Tengo trabajo —contestó ella con frialdad.

Bajando la voz, el médico habló con un tono rápido y monótono.

—Señora Esterhazy, esto está relacionado con Arnie Kott y el proyecto suyo acerca de un niño anormal a quien sacó del campamento. Necesito que use usted su influencia sobre el señor Kott y su gran celo para las labores humanitarias para procurar que no se realice una crueldad con un inocente esquizoide introvertido, que cayó dentro del plan del señor Kott debido a su línea de trabajo. Ese hombre...

—Espere —le interrumpió ella—. No le sigo —lo hizo pasar para que le acompañase a la trastienda, en donde nadie que entrase podría oírles.

—Me refiero a Jack Bohlen —dijo el doctor Glaub, aun más rápidamente que antes—, que podría convertirse en un psicótico permanente como resultado del deseo de Kott de vengarse, y le pido a usted señora Esterhazy... —siguió y siguió suplicando.

Oh, cielo santo, pensó ella. Otra labor que quieren endosarme... ¿es que no tengo ya bastante?

Pero escuchó; no le quedaba más remedio.

Durante largo rato murmuró el doctor Glaub y gradualmente ella comenzó a construirse una idea de la situación que él trataba de describir. Resultaba claro que sentía rencor contra Arnie. Y, sin embargo... había más. El doctor Glaub era una curiosa mezcla de idealista y de envidia infantil, una especie de persona rara, pensó Anne Esterhazy mientras escuchaba.

—Sí —dijo en un punto—, eso es propio de Arnie.

—Pensé en acudir a la Policía —continuó el doctor Glaub—. O a las autoridades de las NU y luego me acordé de usted, así que por eso vine —la miró, sin ingenuidad, pero con decisión.

* * *


A las diez en punto de aquella mañana Arnie Kott entró en el despacho principal de la Compañía Yee en Bunchewood Park. Un chino de aspecto inteligente, rozando los cuarenta años, se le acercó y le preguntó qué deseaba.

—Yo soy el señor Yee —se estrecharon las manos.

—Quiero hablar de ese muchacho Bohlen, que tengo yo en préstamo de usted.

—Oh, sí. ¿Verdad que es un mecánico expertísimo? Naturalmente, lo es —el señor Yee le miró con aguda precaución.

—Me gusta tanto —dijo Arnie—, que quiero comprarle su contrato —sacó su chequera—. Deme un precio —pidió.

—Oh, tenemos que conservar al señor Bohlen —protestó el señor Yee, alzando los brazos—. No, señor, solo podemos prestarlo, nunca prescindir de él.

—Dígame el precio —insistió Arnie pensando: chino del diablo, granuja comerciante.

—¡Separarnos del señor Bohlen! ¡No podríamos sustituirle!

Arnie aguardó.

Tras meditar, el señor Yee dijo:

—Supongo que podría repasar nuestros archivos. Pero se necesitarían horas para determinar el valor aproximado del señor Bohlen.

Arnie aguardaba con el talonario en la mano.

Después de haber comprado a la Compañía Yee el contrato de trabajo de Jack Bohlen, Arnie Kott regresó volando a Lewistown. Encontró a Helio con Manfred, juntos en la sala de estar. Helio estaba leyendo en voz alta al niño.

—¿Qué significa toda esta jerigonza? —preguntó Arnie.

Helio, dejando el libro, contestó:

—El niño tiene un impedimento oral que yo estoy ayudándole a superarlo.

—¡Estúpido! —exclamó Arnie—, nunca lo superará.

Se quitó el abrigo y se lo tendió a Helio. Al cabo de un momento, el hombre triste de mala gana dejó el libro y aceptó el abrigo; avanzó para colgarlo en el armario de vestíbulo.

Por el rabillo del ojo, Manfred parecía estar mirando a Arnie.

—¿Cómo te va, chaval? —preguntó Arnie con tono amistoso. Dio unas palmaditas en la espalda del muchacho—. Escucha, ¿quieres volver a ese manicomio, al inútil Campamento B-G? ¿O prefieres quedarte conmigo? Te doy diez minutos para que decidas.

Para sí, pensó Arnie: te quedarás conmigo, no importa lo que decidas. Estúpido y fructífero niño, tú y tu bailoteo de puntillas y tu mudez que jamás dice nada. En cuanto a tu facultad de leer el futuro, lo que he obtenido de tu cerebro, que anoche demostró palpablemente sus condiciones, es una nimiedad.

De regreso, Helio dijo:

—Quiere quedarse con usted, señor.

—Claro que sí —afirmó Arnie complacido.

—Sus pensamientos —aclaró Helio—, son para mí tan claros como el plástico y lo mismo le pasa a él con los míos. Ambos somos prisioneros, señor, en una tierra hostil.

Al oír aquello Arnie soltó una larga y sonora carcajada.

—La verdad siempre divierte al ignorante —sentenció Helio.

—Esta bien —dijo Arnie—, así que soy un ignorante. Sólo me reí un poco de tu simpatía por ese chaval, nada más. No te ofendas. ¿De modo que tenéis algo en común los dos? No me sorprende —cogió el libro que Helio había estado leyendo—. Pascal —leyó—. «Cartas provincianas». ¡Cristo en la cruz! ¿Para qué sirve esto? ¿Es de alguna utilidad?

—Los ritmos —dijo Helio con paciencia—. La gran prosa establece una cadencia teatral y mantiene la atención errante del muchacho.

—¿Por qué vaga?

—Por el temor.

—¿Temor de qué?

—De la muerte —contestó Helio.

Serenándose, Arnie dijo:

—Oh. Bueno. ¿Su muerte? ¿O simplemente la muerte en general?

—Este muchacho experimenta su propia vejez, yace a muchas décadas de ahora, en la Casa de Ancianos que todavía no se construye en Marte, un lugar de ruinas más allá de toda expresión. En este lugar del futuro pasa años vacíos y penosos, abrumados... un objeto, una persona, mantenida viva mediante estúpidas normas legales. Cuando trata de fijar sus ojos en el presente, casi de inmediato se ve abrumado por la temida visión de sí mismo una y otra vez.

—Cuéntame lo de la casa de esas viejas personas —pidió Arnie.

—Se construirá pronto —contestó Helio—. Parece un enorme dormitorio para emigrantes a Marte.

—Sí —dijo Arnie, reconociéndolo—. En las montañas FDR.

—La gente llega —dijo Helio—, y se instala, y vive, y arranca a los salvajes hombres tristes de su último refugio. A su turno, los hombres tristes maldicen la tierra, estéril como es. Los colonos terrestres fracasan; sus edificios se deterioran año tras año. Los colonos regresan a la Tierra más deprisa de lo que vinieron aquí. Por último se utiliza el edificio para ese otro uso; se convierte en el hogar para el anciano, el pobre, el senil y el enfermo.

—¿Por qué no habla? Explica eso.

—Para escapar de su terrible visión se retira a los días más felices, días dentro del cuerpo de su madre en donde vivía nada más, sin cambios, sin tiempo, sin sufrimiento. El seno materno, la vida uterina. Él se dirige a sí mismo hacia allí, a la única felicidad que ha conocido. Señor, se niega a abandonar el lugar querido.

—Comprendo —dijo Arnie, creyendo apenas lo que decía su hombre triste.

—Su sufrimiento es como el nuestro, como todas las otras personas. Pero en él resulta peor, porque tiene preconocimiento, cosa que nos falta a nosotros. Es un terrible conocimiento para tenerlo. No me extraña se haya convertido... en negro interiormente.

—Sí, es tan oscuro como tú —afirmó Arnie—, y no exterior, tampoco, si no como dijiste... interiormente. ¿Cómo puedes soportarle?

—Yo lo aguanto todo —contestó el hombre triste.

—¿Sabes lo que pienso? —preguntó Arnie—. Creo que hace más que ver en el futuro. Me parece que lo controla.

Los ojos del hombre triste se volvieron opacos. Se encogió de hombros.

—¿No es verdad? —insistió Arnie—. Escucha, Heliogábalo, bastardo negro; este chaval nos engañó a todos anoche. Lo sé. Y vio por anticipado lo que ocurría y trató de intervenir en ello. ¿Acaso intentaba que no pasase? ¿Pretendía detener al tiempo?

—Quizá —dijo Helio.

—Eso sí que es todo un talento —confesó Arnie—. Quizás podría volver al pasado, como él desea y pueda alterar el presente. Sigue trabajando con él continúa después de esto. Escucha, ¿ha llamado Doreen Anderton o ha venido esta mañana? Quiero hablar con ella.

—No.


—¿Crees que estoy chiflado? Me refiero para imaginarme lo que este chico y sus posibles facultades.

—Se ve usted impulsado por la rabia, señor —dijo el hombre triste—. Un hombre dominado por la rabia puede tambalear en su pasión, tropezando con la verdad.

—¡Qué estupidez! —exclamó Arnie disgustado—. ¿Acaso no puede decir si es sí o si es no? ¿Tienes que hablar tonterías?

—Señor, le diré algo sobre el señor Bohlen, a quien usted desea perjudicar —dijo Helio—. Es muy venerable...

—Vulnerable —le corrigió Arnie.

—Gracias. Es frágil, se le hace daño fácilmente; debería ser fácil para usted acabar con él. Sin embargo, posee un amuleto, que le dio alguien que le quiere o quizá varios que le quieren. El amuleto que es el brujo del agua de un hombre triste. Puede garantizarle la seguridad.

Al cabo de un intervalo, Arnie dijo:

—Ya veremos.

—Sí —murmuró Helio en una voz que Arnie apenas la había oído emplear antes—. Tendremos que esperar y ver qué fuerza sigue viviendo en cosas tan antiguas.

—La fuerza evidente de que tal basura es una cosa carente de valor se ve en ti mismo. Prefieres estar aquí aceptando órdenes mías, sirviéndome la comida y barriendo el suelo y colgándome el abrigo, antes que vagar por ahí fuera en ese desierto marciano donde te encontré. Ahí serías una bestia moribunda, suplicando un poco de agua.

—Humm —murmuró el hombre triste—. Es posible.

—Y que no se te olvide eso —dijo Arnie—. O podías encontrarte otra vez de vuelta a la naturaleza, con tus huevos para transportar aguas y tus flechas, marchando sin ir a ninguna parte —a ninguna parte en absoluto, pensó para sí—. Te estoy haciendo un gran favor, permitiéndote vivir aquí como un ser humano.

A primeras horas de la tarde Arnie Kott recibió un mensaje de Scott Temple. Lo colocó en su descifradora y pronto lo estaba escuchando.

«Localizamos el campo del tipo, Arnie; está en las montañas FDR en efecto. No se encontraba allí, pero acaba de llegar un cohete automático. De hecho, por eso lo encontramos: seguimos la pista dejada por el cohete al descender. De todas formas, el individuo tenía un gran almacén lleno de mercancía, nos la llevamos toda y ahora se encuentra en nuestros almacenes. Hemos plantado un arma tipo A enterrada, y volamos el campo y el cobertizo con todo el equipo que tenía».



Bien hecho, pensó Arnie.

«Y, como dijiste, para que se dé cuenta de quién está en su contra, le dejamos un mensaje. Clavamos una nota en los restos de la torre de orientación del campo de aterrizaje que decía:



«A Arnie Kott no le gusta lo que estás haciendo».

¿Qué te parece eso, Arnie?».

—Me parece estupendo —murmuró Arnie en voz alta, aunque le pareció la palabra un poco... intencionada.

El mensaje continuaba:

«Lo descubrirá cuando vuelva y pensé —es idea mía sujeta a tu corrección—, que podríamos efectuar un viaje allí más tarde, dentro de esta semana, para asegurarnos que no reconstruya. Algunos de esos operadores independientes son bastante escurridizos, como los individuos que el año pasado trataron de instalar su propio sistema telefónico. De todos modos, creo que con eso acabamos con él. Y a propósito, utilizaba el viejo aparato montado por Norb Steiner. Encontramos los archivos con el nombre de Steiner, así que tenías razón. Buena cosa es que hayamos caído de inmediato sobre ese tipo, porque podía habernos proporcionado disgustos».

El mensaje terminaba. Arnie colocó el carrete en su cifradora, se sentó ante el micrófono y respondió.

—Scott, lo hiciste bien. Gracias. Confío que sea lo último que sepamos de ese individuo y apruebo que hayas confiscado sus géneros; podremos emplearlos todos. Déjate caer por aquí alguna tarde y tomaremos una copa.

Detuvo el mecanismo entonces y rebobinó el carrete.

De la cocina venía el sonido apagado e insistente de Heliogábalo leyendo en voz alta a Manfred Steiner. Al oírlo, Arnie sintió irritación y luego su rencor hacia el hombre triste creció. ¿Por qué permitiste mezclarme con Jack Bohlen cuando podías leer la mente del muchacho?, se preguntó. ¿Por qué no hablaste?

Sintió un profundo odio hacia Heliogábalo. Tú también me traicionaste, se dijo para sí. Como el resto, Anne, Jack, Doreen; como todos.

Yendo hasta la puerta de la cocina, gritó:

—¿Estás obteniendo resultados o no?

Heliogábalo bajo el libro y contestó:

—Señor, esto requiere tiempo y esfuerzo.

—¡Tiempo! —exclamó Arnie—. Infiernos, ese es todo un problema. Envíalo de vuelta al pasado, digamos hace dos años, y hazle que compre en mi nombre el Henry Wallace... ¿puedes lograrlo?

No hubo respuesta. La pregunta, para Heliogábalo, era demasiado absurda para considerarla siquiera. Enrojecido, Arnie cerró de un portazo la cocina y regresó a la sala de estar.



Entonces que me envíe a mí al pasado, se dijo Arnie. Esta capacidad de parar el tiempo debía valer algo; ¿por qué no puede conseguir la clase de resultados que necesito? ¿Qué le pasa a todo el mundo?

Me hacen esperar sólo para enojarme, se dijo.

Y, decidió, no voy a esperar mucho más tiempo.

* * *

Para la una de la tarde aún no habían llamado de servicio de la Compañía Yee. Jack Bohlen, esperando junto al teléfono en el apartamento de Doreen Anderton, supo que algo iba mal.



A la una y media llamó el señor Yee.

—Creí que el señor Kott le informaría, Jack —dijo el señor Yee con sus modales prosaicos—. Ya no es mi empleado, Jack, sino de él. Gracias por sus estupendos servicios.

Desmoralizado por la noticia, Jack dijo:

—¿Acaso Kott compró mi contrato?

—Eso mismo, Jack.

Jack colgó el teléfono.

—¿Qué te dijo? —le preguntó Doreen, mirándole con ojos muy abiertos.

—Soy de Arnie.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé —contestó él—. Creo que es mejor que lo llamemos y lo descubramos. No parece como que vaya a ser él quien me llame.



Está jugando conmigo, pensó. Juegos sádicos... divirtiéndose quizás.

—Es inútil telefonearle —dijo Doreen—. Jamás dice nada por teléfono. Tendremos que ir a su casa. Quiero acompañarte; por favor, permíteme que te acompañe.

—Está bien —contestó, yendo hacia el armario para coger su abrigo—. Vamos —dijo a la muchacha por último.

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