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Para un agnóstico como yo, el concepto cristiano de redención resulta fascinante


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“Para un agnóstico como yo, el concepto cristiano de redención resulta fascinante”

entrevista a roland joffe, director de there be dragons y la misión/ www.acepresa.com /viernes 18 de marzo de 2011
Ayer 25 de marzo se estrena en España Encontrarás dragones (There Be Dragons), el retorno a la primera división de Roland Joffé, autor de clásicos modernos como Los gritos del silencio o La misión, y de películas notables como La ciudad de la alegría o Vatel. El director, guionista y productor londinense desvela en esta entrevista algunas de las claves de esta producción internacional –mayoritariamente española–, en la que recrea libremente algunos episodios de la vida de san Josemaría Escrivá de Balaguer durante la Guerra Civil española, pocos años después de fundar el Opus Dei.
¿Cuáles han sido sus principales desafíos en esta película?

Por un lado, me ha costado recrear la España de la Guerra Civil. Y, por otro, equilibrar los diversos amores que se entrecruzan en el filme: el amor de un santo hacia Dios y un intenso amor humano en el contexto del odio de una guerra. La película intenta reflejar todos esos aspectos del ser humano, a veces contradictorios, que sólo pueden verse con claridad si se despliegan como una flor.


¿Ha estudiado mucho la vida de San Josemaría?

He leído todo lo que he podido sobre él. Por supuesto, sus biografías, especialmente los tres tomos escritos por Andrés Vázquez de Prada y el testimonio de su sucesor, Álvaro del Portillo. Y también he tenido acceso a sus apuntes íntimos y a diversos diarios de los lugares donde vivió.


¿Y qué le atrajo de él?

Muchas cosas, pero en la película he querido subrayar sobre todo su comprensión hacia todos, su capacidad para superar las discrepancias políticas y huir de la violencia en la defensa de las propias convicciones. Pienso que Josemaría tenía un don para unir, para integrar perspectivas aparentemente contradictorias. Por ejemplo, durante la Guerra Civil española decía a sus jóvenes seguidores: “Es cierto que están persiguiendo a la Iglesia, y que hemos de defendernos. Pero tampoco podemos olvidar las injusticias sociales que existen. Parecen aspectos divergentes, pero Dios nos ha dado un cerebro para encontrar el modo de hacerlos compatibles”.


Haciendo honor a lo que él dijo, en la película su personaje insiste en que nunca hay que olvidar la humanidad de todas las personas. Uno de sus seguidores le pregunta: “¿Aunque estén equivocados?”. Y él responde: “Sí, aunque estén equivocados”. Esa premisa me acompañó en todo momento. No es un eslogan; es una idea muy importante que hay que estudiar a fondo: la plena dignidad de cada persona. En la película no quería adoptar posturas ideológicas, ni señalar con un dedo acusador a unos o a otros. Intenté hallar una forma de sumergirme en la guerra y mostrar dentro de ella a los personajes como auténticos seres humanos, y no como arquetipos políticos o ideológicos.
A cada santo se le exigen respuestas específicas en razón de las circunstancias históricas que le toca vivir. En sus años de formación, Josemaría sintió la presión de las mismas posiciones políticas enfrentadas que luego estallaron en la Guerra Civil. Unas posiciones, por cierto, no muy distintas de las sufrieron los protagonistas de La misión doscientos años antes.
Capacidad de redención

Otro tema que subraya su película es la capacidad humana de redención y santidad, incluso en circunstancias de guerra tan terribles como usted muestra.

La guerra es una especie de brutalidad condensada. No cabe dulcificarla. Pero, para un agnóstico como yo, el concepto cristiano de redención resulta fascinante. Es un mensaje de perdón, de reconciliación, ante el que me quito el sombrero.


Josemaría añadió a ese mensaje la idea de que todo ser humano es capaz de ser santo. Estudiando su vida, uno comprende que un santo no es un supercristiano, un superhéroe que va por ahí con su capa. De hecho, es un ser humano como los demás, pero que es capaz de hacer actos heroicos –de santidad– muy cotidianos, como cuentas que va engarzando en un hilo hasta formar un collar maravilloso.
No son filosofías, sino obras palpables y contabilizables. De modo que un santo es lo más humano que hay. Y todo ser humano está llamado a esos niveles de excelencia, aunque a veces su ego o su odio no se lo permitan ver. En cierto modo, un agnóstico, cuando deja de serlo, lleva a cabo el acto más grande de reconciliación.
Pero usted se declara agnóstico, precisamente. ¿Acaso ha decidido cambiar de postura?

La verdad es que soy un agnóstico que flaquea con frecuencia. Ya mi propia formación británica me dificulta tomarme las cosas demasiado en serio. Cada vez que me acerco a aceptar algo, me entra la risa. Me encantaría que la ciencia demostrara la existencia de Dios; pero la ciencia no va de eso.


En todo caso, mis propias tonterías me hacen consciente de la grandeza de las religiones. Para nada creo que la religión sea algo supersticioso u obsoleto. No se puede ser tan arrogante. Además, ¿cómo sé yo lo que pasa? Me atrae esa idea de la Ilustración del hombre noble, autosuficiente, que se crea a sí mismo. Pero, si la pienso con sinceridad, me resulta una idea burguesa y pedante. En realidad, soy un ser muy pequeño, con muy poca idea de cómo pasan las cosas. Y aquella otra idea ilustrada del perfecto salvaje maleado por la sociedad no me gusta. Los seres humanos no somos perfectos. Es muy arriesgado aceptar lo contrario, como se ha demostrado durante el siglo XX, cuando tantos no perfectos han sido sacrificados por los perfectos.
Me gusta más el mensaje cristiano de que somos débiles, y amamos y somos amados precisamente por nuestra fragilidad y la de los demás. Es como si en un matrimonio ella dijera un día: “He descubierto que mi marido no es perfecto”. Desde el principio habría que reconocer que uno se casa con alguien imperfecto, para que no haya sorpresas ni sensación de traición. Hay un algo muy liberador en esa idea cristiana de aceptar la propia fragilidad.
¿Cómo eligió a Charlie Cox para el papel de san Josemaría?

Charlie Cox estaba previsto para el papel de uno de esos primeros seguidores de Josemaría. Pero, al hacer su prueba, vi en él una dulzura, un humor, una ligereza que, en mi opinión, también tenía Josemaría.


Y, una vez que lo seleccioné, hice con él como con Robert de Niro en La misión. En aquella película, pedí a un sacerdote de la teología de la liberación que asesorara al actor. Y aquí se lo pedí a un joven sacerdote estadounidense del Opus Dei, John Wauck.
Charlie le podía preguntar lo que quisiera en cada momento, para saber de primera mano cómo actuaría Josemaría, como sacerdote, en tal o cual situación. Establecimos así una serie de minisesiones en las que cada personaje manifestaba su posicionamiento político, por su educación, su familia, etc. De este modo, intentamos conseguir la máxima sensación de veracidad y realismo.

Escogí centrarme en los seres humanos como seres humanos, no como interpretación de manifestaciones ideológicas

chat digital con roland joffe, director de there be dragons y la misión/ www.elmundo.es /miércoles 23 de marzo de 2011
1. ¿Cómo valoraría la experiencia de haberse adentrado en la historia reciente de España y de un personaje tan del siglo XX como Escrivá de Balaguer?

Ha sido algo que realmente me ha hecho pensar mucho.


2. Señor Joffé: He leído que usted es agnóstico. La experiencia de haber dirigido esta película, ¿le ha acercado a Dios? ¿Ha cambiado la opinión que podía tener sobre el fundador del Opus Dei después de conocer su vida? Gracias. Jesús Baiget

Sí, veo a Escrivá de una manera distinta. Conocía muy poco de él antes de hacer la película. Tampoco sabía mucho del Opus Dei. Tenía una idea superficial. A medida que fui investigando, eso cambió. Obviamente, en lo que a mí se refiere, mis creencias religiosas no son lo importante. Para mí, lo más importante es el respeto que ahora tengo hacia las creencias religiosas de los demás. También he tenido que abandonar muchas opiniones superficiales de lo que significa la experiencia religiosa y la religión en sí.


3. ¿Cómo llegó a un titular tan sugerente: "encontrarás dragones"?

El título se basa en algo que es históricamente cierto, que es que en la Edad Media cuando se hacían mapas, cuando llegaban a territorios que no se habían explorado, territorios desconocidos, escribían "Aquí hay dragones". Los dragones representaban lo desconocido y lo misterioso. Por tanto, podemos decir que todos tenemos dragones con los que podemos luchar. Esos dragones pueden ser temores, la ira, complejos de inferioridad, el orgullo.


4. Tal y como esta el auge de la pirateria, ¿es rentable seguir haciendo peliculas? ¿Que se le pasa por la mente cuando ve su pelicula colgada en internet? Gracias y mucha suerte.

Creo que desde luego merece la pena seguir con el proceso creativo. Hay una escala que se puede conseguir en el cine que vale la pena mantener. Y lo más importante es que hay un grupo de personas que ven esa película juntos. Esa experiencia emocional es muy importante y tiene gran poder. Por otra parte, Internet es muy interesante y valioso, pero Internet consigue distintas relaciones psicólogicas entre personas.


5. En sus pases previos de Encontrarás Dragones ¿como reacciona el diferente tipo de publico ante la maldad y la bondad humana que por lo que he leído se retratan en su última cinta? Gracias

No se puede separar a un hombre de su contexto histórico. Debemos recordar que el momento más importante en su vida, en lo que se refiere a su formación, ocurrió durante la Guerra Civil española. Cuando uno ve la película no solo ve a Escrivá sino la España de esa época.


6. ¿Cuál es la escena o secuencia de la película There be dragons de la que se siente más satisfecho, y por qué?

Es una pregunta muy difícil. Es como preguntar a un padre cuál es su hijo favorito. Esto no significa que no me gusten igual todas las escenas de la película, pero una escena muy emotiva es la charla entre Josemaría y sus díscipulos después de ver a un cura asesinado. Creo que la interpretación de los actores en esa escena es maravillosa. Podría decirse que es el corazón de la película, el momento en que todos tienen que enfrentarse a lo mejor y a lo peor de la humanidad. Y los jóvenes tienen que luchar para mantener su humanidad.


7. ¿El Opus Dei le ha sugerido meter escenas o a eliminar alguna? ¿Se ha visto forzado en algun momento por miembros del Opus Dei que han finanziado la pelicula?

No. Justo lo contrario. Los productores me dijeron que yo tenía la responsabilidad de lo que se decía en la película. La responsabilidad es abrumadora, pero inevitable. No hay ninguna escena que haya tenido comentario o opinión de alguien del Opus Dei. De todas formas, no sé qué conoces del Opus Dei. Recuerda que el Opus Dei no tiene una opinión institucional. El Opus Dei no es una instituación en ese sentido, cada persona que pertenece a esa asociación amplia es responsable de sus propios actos y opiniones.


El Opus Dei no ha financiado la película. Hay miembros del Opus Dei que han invertido en la película como individuos particulares porque querían honrar a Josemaria Escrivá, porque creían que era una buena historia o porque querían ganar dinero. Cada inversor tiene sus razones para poner dinero para una película. Creo que fueron muy valientes porque no sabían qué es lo que iba a hacer.
8. ¿Qué recuerdo se lleva del personaje Josemaria Escrivá?

Sobre todo su sentido del humor, su amor por la vida, su amor por la gente. Creo que realmente amaba a la gente. Tenía una especie de diario donde apuntaba cosas durante la Guerra Civil, guardado en la Embajada de Honduras, y es muy conmovedor lo que escribe. Estaba luchando con sus propias dudas, lo que se puede esperar en una guerra, se preguntaba dónde estaba Dios. Pero escribe algo muy bonito acerca de los jóvenes con los que estaba trabajando: "Algunos de ellos están tomando decisiones que creo que están equivocados, pero sus propias elecciones y se les tiene que permitir elegir lo que quieran, independientemente de lo que piense". Ahí se ve su amor por los jóvenes. Siempre me quedaré con eso.


9. En primer lugar, gracias por su cine que es una maravilla. Según he leído su película presenta dos personales contrapuestos: un tal Manuel y Escrivá de Balaguer. En otras películas suyas ha usado el mismo recurso de enfrentar a dos personajes: ¿lo hace por que es un buen medio para dar un mensaje o bien para ensalzar a uno de los personajes?

Ambas cosas. Es una muy buena pregunta. Hay una expresión en inglés escrita por el poeta John Donne que dice "Ningún hombre es una isla, algo completo en sí mismo. Todo hombre es un fragmento del continente, una parte del conjunto". Es necesario representar a las personas en su contexto, el contexto suelen ser otras personas. Podríamos llamarlo geografía personal en lugar de geografía física.


10. ¿Por qué dice que no aspira al Oscar?

El Oscar un reconocimiento muy bonito, pero no debe convertirse en el objetivo del trabajo de un director. La meta de uno debe ser la verdad y contar una buena historia con grandes personajes y momentos. Eso en sí es recompensa suficiente.


11. ¿En qué países vas a proyectar la película?

En todo el mundo.


12. Enhorabuena, Roland. He visto la película en un pase previo y me ha encantado. ¿Cuál de los personajes de la película te refleja mejor?

Una pregunta muy penetrante. Me encantaría decir que es Josemaría, pero probablemente no lo sea. Podría ser Manolo, pero creo que sus experiencias sus muy diferentes a la mía. Creo que sería Ildico, aunque sea mujer tiene una inocencia acerca de la vida, una inocencia que ojalá no tuviese yo, pero es algo psicológicamente innato e inevitable para mí.


13. ¿Qué dice a quienes dudan de que su respeto al cristianismo, y más concretamente a Josemaría, sea imparcial?

Tienen razón. Es imposible abordar algo de forma completamente imparcial. Cada uno tiene que escoger un sesgo. Yo escogí centrarme en los seres humanos como seres humanos, no como expresiones de las interpretaciones ideológicas. Mi sesgo es el de la humanidad de todos los seres humanos.


14. Las personas que no tengan relación con el Opus Dei o no estén familiarizados con la religión, ¿disfrutarán de esta película? ¿cree que les quedarán cabos sueltos? Gracias, Ana.

Sí, por supuesto que lo disfrutarán. Yo no soy religioso ni estoy relacionado con el Opus Dei. Me centro en los seres humanos. Lo que he descubierto es fascinante. Y uno de los héroes de la película es un ateo.


15. De verdad, me ha impresionado que usted que es agnóstico haya hecho una película así, ¿cómo lo ha podido hacer?. Es muy impresionante. Es un gran ejemplo para mucha gente. Se lo agradezco. Otra pregunta, ¿quiso cambiar el guión en algún momento? ¿lo hizo?. Gracias

Sí, eso ocurre constantemente. El guión es como un mapa. Pero una vez reúnes a los actores y tienes la escena delante de ti, las cosas cambian. Otra cosa que debemos recordar acerca de hacer una película es que hay tres momentos clave. El guión es la idea inicial. El rodaje supone recoger todos los requisitos necesarios para llegar a esa idea, recoge todas las imágenes que el guión exige. Pero realmente es en la sala de montaje donde la película toma forma. Allí es donde tenemos que ver cómo aquello que tienes en la mente se traduce en la realidad. Puedes jugar con la estructura, líneas, equilibrio... Hay cosas que eliminas porque hay demasiado énfasis, intentas clarificar cosas que no están del todo clara y si tienes un productor fuerte, como debería ser, luchas contra contra tu instinto natural de no mostrárselo a nadie y empiezas a hacer pruebas. La idea es hacer la historia cada vez más clara, más eficiente y más emotiva.


Despedida

Quisiera dar las gracias por estar conmigo, por tantas buenas preguntas. Me encanta esta película y me encantaría que la vierais, es una forma de seguir conversando. Espero que sintáis que estoy compartiendo algo que amo profundamente con vosotros, que puede ser entretenido y valor para los espectadores. Muchas gracias.
Fuente: http://www.elmundo.es/encuentros/invitados/2011/03/4673/

Josemaría Escriva, un puente entre dos orillas en la España de 1930

Conferencia de  santiago martínez sánchez, profesor de historia contemporánea y director del centro de documentación y estudios Josemaría escrivá de balaguer de la universidad de navarra / biblioteca pública andalucía / granada, lunes 21 marzo 2011
Ira de hermanos, ira de diablos. En agosto de 1936, procedentes de Sevilla, las tropas sublevadas combatían y asesinaban a sospechosos en su camino por Extremadura. No podían quedar sospechosos en la retaguardia: había mucha prisa y mucho odio. Al terminar la guerra, el alcalde de Reina, un pequeño pueblo de Badajoz, respondía así una petición del fiscal instructor de la Causa General en esa provincia:
«En el sitio Valle de la Zuranga cerca del Cordel y a la derecha del Arroyo y a la izquierda de la carretera en una zanja fueron enterrados los cadáveres de siete hombres una zanja y en el mismo cordel uno. En la Humbría [sic] de la Alcornocosa también se encuentra enterrado otro hombre. Detrás del cortijo de Malpica y en un cerro se hallan enterrados los cadáveres de dos hombres. En el Arroyo de Malpica y en dirección por cima de la Fuente se encuentran enterrados los cadáveres de cinco hombres. Y en un cerro junto al Molino de la Lobita existe igualmente enterrado el cadáver de otro hombre. Los cadáveres a que me refiero fueron enterrados en el mes de agosto de 1936 en zanjas que fueron abiertas para este fin y desde entonces hasta la fecha no hay noticias de que a las sepulturas mencionadas les [sic] haya tocado nadie […]. Dios guarde a V. S. muchos años. Reina 26 de Mayo de 1941. El Alcalde»[1].
Tampoco tuvo suerte el cura Celestino Gallego Sánchez en aquel verano de 1936. En la recta final de la República, su vida no estaba siendo nada fácil en el pueblo donde vivía. Alarmado, el sacerdote escribió a su obispo de Madrid porque las cosas se le complicaban. Así decía, el día 28 de junio de 1936:
«Después de haber pintado las fachadas del Templo y Casa Rectoral con infamantes rótulos, como Muera el clero, abajo los curas, muera la religión […], después de sufrir miles de improperios, insultos y provocaciones sin que yo conteste una sola palabra, sin haber tenido el más pequeño rozamiento con nadie en los años que aquí ejerzo la cura de almas, en esta fecha he recibido por correo una carta anónima cuyo texto literalmente dice:
»“Madrid, 27-6-36. Camarada cura ésta [es] para comunicarte que antes del día 5 de Julio tienes que marcharte de Paracuellos sino [sic] por consiguiente nosotros nos encargaremos de ponerte cuatro bombas en tu casa. Te lo advertimos y toma nuestro consejo, sino [sic] por el contrario ya sabes lo que te espera. Porque somos fieles a nuestra promesa. Ya lo sabes[,] si quieres bien tu pellejo coge los trastos y nada más”»[2].
El Obispo Eijo Garay sólo escribió a lápiz en la carta: “que envíe el anónimo original”. Ni que huyera del pueblo, ni que denunciara las amenazas, ni que las investigara él. Quería el anónimo. Pero el cura no se lo envío. Tampoco cogió sus trastos y se fue de Paracuellos, como le pedían. Durante la guerra civil 334 sacerdotes de la diócesis de Madrid-Alcalá fueron asesinados por quienes se llamaban a sí mismos camaradas.  En la ciudad que había recibido ilusionada a la nueva República cinco años atrás, ser cura se había convertido en un oficio mortal.
Este relato habla de un sacerdote que sobrevivió a la guerra: Josemaría Escrivá. Alguien al que la época le influyó mucho. Alguien que pudo influir poco en la marcha general de las cosas durante esos años. Y alguien que, como veremos, adoptó ante la agitación del momento una actitud sorprendente que merece la pena conocer e imitar.
2. Madrid

El Madrid de 1927 iba camino del millón de habitantes. Por cierto, allí y en todo el país, se fumaba y se conducía sin límites. Aunque el hábito de fumar estaba mucho más extendido y era mucho más barato que el de conducir, claro. De ahí que los madrileños utilizasen más el económico tranvía o las dos únicas líneas del metro, Sol-Ventas y Sol-Cuatro Caminos[3].


La ciudad se agitó con la marcha de Miguel Primo de Rivera en 1930. Un sarampión de republicanismo salpicó entonces a la clase política, que engrosó aprisa nuevas formaciones antidinásticas surgidas como setas en un humedal. Alfonso XIII se quedó solo, sin mejor opción que confiar el gobierno a militares, el general Berenguer primero y luego el almirante Aznar, que procedía geográficamente de Cartagena y políticamente de la luna, según escribió alguien con sorna y malicia. La República que vino en abril del 31 se aplaudió y recibió con euforia en Madrid.
El Madrid obrero se alojaba en el extrarradio: en Tetuán, Puente de Vallecas, Peñuelas o Cuatro Caminos. Por esas calles embarradas, llenas de charcos y luego de insultos, Josemaría Escrivá anda en sus primeros años en la capital (llegó allí en 1927), para atender y consolar a enfermos y pobres en casuchas, chabolas y tugurios, o en los hospitales donde se hacinaban los enfermos entre olores a orina, excrementos y cuerpos malolientes.
Los emigrantes llegados con la esperanza de prosperar vivían allí hacinados en viviendas insalubres, muchas veces sin empleo. Sus colocaciones precarias no les aseguraban ni a ellos ni a sus hijos el pan, la escuela o la más básica atención médica. El hambre, más que el analfabetismo, era moneda corriente en el cinturón obrero de Madrid, donde campaban a sus anchas socialistas y anarquistas de la CNT. Todos odiaban a los ricos y a sus cómplices (el clero) a la espera del desquite. En esos barrios se recibió con entusiasmo desbordante la llegada de la II República el 14 de abril de 1931.
3. España

El Gobierno provisional que tomó las riendas de la joven República no perdió el tiempo. En unas pocas semanas acometió una extensa labor legislativa: una gigantesca poda para poner en marcha el Estado sobre bases nuevas. España, en efecto, necesitaba reformas. Los problemas eran innegables: desigualdades económicas; injusticias sociales; un ejército desmesurado; la unión entre Iglesia y Estado, que parecía un dogma de fe y era sólo una herencia de viejos tiempos, que no tenían porqué ser eternos; un Estado centralista que apenas dejaba autonomía a las regiones del país; etc.


Muchas diferencias había entre los anarquistas y los socialistas, y entre éstos y los liberales de centro izquierda de Azaña. Pero todos compartían una premisa: que el proyecto de una España nueva, a la altura del momento y de las realidades europeas, pedía enterrar la vieja España clerical. La Iglesia era tan cosa del pasado como la Monarquía. Si España ya no era un reino, debía dejar de ser católica. El resultado –se prometía– sería un oasis, una España moderna y dinámica, a la altura de países como Rusia, Francia o Inglaterra (según el modelo de cada cual).
Así pues, las nuevas autoridades elevaron a política de Estado su beligerancia anticatólica. La Iglesia era el enemigo: si antes, con la Monarquía, hubo armonía y facilidades (aunque también no pocos roces con los monarcas españoles o sus gobiernos y ministros) ahora, con la República, habría colisión y enfrentamiento y, de vez en cuando, hasta buena voluntad.
La luna de miel de la República acabó con los incendios de templos en Madrid y otras ciudades españolas los días 10 y 11 de mayo del 31. Sobre esos incendios se han escrito ríos de tinta. Baste decir que hubo dos perspectivas opuestas, hostiles e irreconciliables ya desde el principio. Por ejemplo, la revista satírica La Traca escribió a raíz de los incendios:
«No queremos analizar si los incendios fueron obra de los extremistas o de los agentes monárquicos; lo que sí afirmamos es que esas inmundas madrigueras, albergue de vagos, focos de sensualidad, centros de vicio y corrupción, tiempo ha que debieron ser desalojadas, desinfectadas y convertidas en escuelas. En el siglo de la velocidad, la vida contemplativa no tiene razón de ser»[4].
¿Cuál era la otra visión, diametralmente opuesta? Pues se escribió, por ejemplo, en El Siglo Futuro, también en estas fechas:
«Los elementos perturbadores, los incendiarios, los profanadores del templo del Señor, los destructores de las imágenes y de los vasos sagrados, son nuestros feroces e irreconciliables enemigos. Por anticatólicos y por perturbadores del orden público y de la tranquilidad social»[5].
Con su pasividad en defender los templos –que no merecían la sangre de un solo republicano, dijo Azaña– la República se enemistó a los católicos, que comprobaron que ya había acabado la época en que el Estado resolvía sus problemas. Más bien, a la Iglesia le venían las dificultades del nuevo poder, al identificar éste, con torpeza, República y anticatolicismo como algo consustancial.
La Constitución anticlerical de diciembre de 1931. En 1932, la expulsión de los jesuitas, la ley del divorcio, y la secularización de los cementerios. En 1933, la ley de confesiones y congregaciones religiosas. La revolución de Asturias en 1934 y la crispación de la primavera del año 36, con varios centenares de muertos en riñas políticas. Todos esos eventos persuadieron a los católicos españoles de la incompatibilidad entre aquella República y su religión. La vida pública, que se volvía más y más agresiva, más y más violenta, dificultaba al católico de a pie a seguir los consejos del padre dominico Gafo, de 1931: «la mansedumbre, la no resistencia al mal y la predisposición al martirio o al aniquilamiento silencioso […]. Todo, antes que el menor episodio […] de guerra santa, eso, nunca»[6].
Entre 1931 y 1936, entre la ilusión y el colapso, los demonios de la pasión andaban ya sueltos por el cuerpo de España. Y la ola de odio que se expandió por aquel Madrid como un voraz incendio, estrujó con su fuerza a muchos, entre ellos a Celestino Gallego, el párroco de Paracuellos asesinado en aquel pueblo el 28 de julio del 36[7].
Por desgracia, el odio no se cebó sólo con el clero y los católicos. Dos Españas se odiaron a muerte en la guerra, queriendo saldar cuentas pendientes. Y así, obreros, sindicalistas, masones, nacionalistas vascos, etc. fueron también perseguidos y asesinados por españoles de orden. Por desgracia, el rencor ni cesó en 1936 ni tampoco en 1939, al final de una guerra cainita que muchos miopes –a derecha e izquierda– vieron como la mejor ocasión de purificar España de sus enemigos.
4. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei

En este clima cada vez más enrarecido aparece Josemaría Escrivá. A aquel Madrid que mudaba de piel llegó Josemaría Escrivá en 1927. Lo hizo para emprender sus estudios de doctorado en Derecho por la universidad central. Era el cabeza de su familia tras la muerte de don José, su padre. Por eso, su madre y hermanos emigraron también a la capital de España en el otoño de aquel año 27. La etapa que comenzó entonces en Madrid, al fundar un año después el Opus Dei importa aquí por la mutua influencia del contexto social español en la persona de Josemaría Escrivá y en el inicio del Opus Dei entre los jóvenes que le rodeaban.


¿Quiénes le rodeaban, exactamente? Sabemos que Josemaría llegó a Madrid como un forastero más: esto es, con pocos recursos y apenas contactos. Que primero fue conociendo a otros curas, que vivían con él en la residencia sacerdotal de la calle Larra, o que veía por la calle o en la facultad de Derecho. Que, como capellán del Patronato de Enfermos, llevó consuelo espiritual y humano a miles de personas pobres y marginales. En definitiva, que al principio estuvo rodeado de gente sin hacienda –por eso, también muy cercanos a él– y que, tras fundar el Opus Dei en 1928 comenzó a buscar personas jóvenes, universitarios, convencido de que podían entender y expandir más rápidamente un mensaje, el del Opus Dei, que era para todos, incluidos los barrios marginales que tan bien conocía.

Católicos y anticlericales del momento creían por igual que la realidad se mejoraría desde arriba, con leyes que guiasen los hábitos sociales. El Estado y su conquista lo era todo. Por el contrario, Josemaría Escrivá comenzó a divulgar un mensaje que acentuaba lo singular, lo concreto: el católico, cada católico, ha de hacer un esfuerzo serio por alcanzar la santidad en sus actividades diarias. ¿Se entiende así que no se arrimase a formaciones o personajes políticos o eclesiásticos destacados? También por eso eludió la carrera académica en la universidad. Por eso no escribió en un periódico o lanzó «un “escrito programático” exponiendo, por ejemplo, la situación del cristianismo en general, el de la Iglesia Romana en particular y las medidas que se deberían tomar para promover una entrega total de los laicos, sobre todo teniendo en cuenta la situación especial en España y considerando también los consejos evangélicos, [etc. etc.]»[8]. Tenía talento para el trato social, la universidad o la prensa. Pero prescindió de esas iniciativas legítimas porque quería influir en la sociedad mediante personas convencidas, una a una, de un mensaje que entonces sonaba muy raro a la gente de a pie, el de la santidad personal.


El 2 de octubre de 1928, solía decir, vio el Opus Dei. No está muy claro el contenido de ese ver, salvo que lo que Dios quería, debía querer hacerlo él. ¿Vio una realidad hecha, acabada, como la vemos nosotros hoy: el Opus Dei extendido por todo el mundo, entre toda clase de gentes? No lo sabemos. De hecho, eso lo vio (o volvió a ver…) más tarde, el 21 de enero de 1933: «Terminada la clase, fui a la capilla con aquellos muchachos, tomé al Señor sacramentado en la custodia, lo alcé, bendije a aquellos tres…, y yo veía trescientos, trescientos mil, treinta millones, tres mil millones… blancos, negros, amarillos, de todos los colores, de todas las combinaciones que el amor humano puede hacer»[9], nos dice él mismo.
Escrivá, en definitiva, vivirá y explicará a sus seguidores que un Dios vivo, que actúa y les protege, era más decisivo que hechos tan fortísimos como el anticlericalismo de las leyes o el odio salvaje de la guerra civil.

 

5. Una decisión sorprendente



De entre los muchos testimonios de gente que le trató en los años 30, tenemos éste, de un estudiante universitario, Pedro Casciaro. Nos revela a un Escrivá ni traumatizado por la responsabilidad de cumplir una misión divina, ni encogido por las circunstancias adversas de tiempo y lugar. Nos dice Casciaro sobre su primer encuentro con él en 1935: «me esperaba un curita espiritualista y algo raro, […], y me encontré con un sacerdote joven, de treinta y tres años, vigoroso, cordial, simpático, muy espontáneo y natural, que me infundió, desde el primer momento, una gran confianza y, al mismo tiempo, un respeto muy superior al propio de su edad»[10].
También José Romeo, uno de sus primeros seguidores en el Opus Dei, menciona su «carácter abierto, el aspecto cordial y la simpatía arrolladora que caracterizaron su personalidad durante toda su vida»[11].
Habría entonces que preguntarse si san Josemaría no era consciente de cómo estaba el patio o, si se quiere, si los acontecimientos de fuera le cambiaron por dentro. Y, a la vista de los siguientes tres episodios (entre muchos otros que nos relata él mismo) ocurridos en el verano de 1931, hay que concluir que sabía perfectamente qué pasaba y que las cosas le influían muy directamente:
Primero. Camino al cementerio de la Almudena, unas madres con sus chiquillos llenaban de agua sus cántaros y botijos. Un niño le vio y gritó: “¡un cura, vamos a apedrearlo!”. «Cerré el breviario, que leía [–nos cuenta–], y me encaré con ellos: «“¡sinvergüenzas! ¿eso os enseñan vuestras madres?”»[12].
Otro. Por esas mismas fechas, en la calle Lista, relata que un obrero le dijo al verle pasar: «“una cucaracha ¡hay que pisarla!”. Muchas veces voy haciendo los oídos sordos al insulto. Esta vez no pude. “¡Qué valiente –le dije–, meterse con un señor que pasa a su lado sin ofenderle! ¿ésa es la libertad?”. Le hicieron callar los demás dándome sin palabras, la razón. Unos pasos adelante, otro albañil quiso de alguna manera explicarme el porqué de la conducta de su compañero. “No está bien, pero, ¿sabe usted?, es el odio”. Y se quedó tan tranquilo»[13].
El último. En la plaza de Chamberí, alguien «me tiró a la cabeza un puñado de barro, que casi me tapó una oreja. No chisté. // Más: el propósito, de que vengo hablando, es apedrear a esos pobres odiadores con avemarías. Creí que el tal propósito era muy firme, pero antes de ayer por dos veces falté, armando jaleo, en lugar de tener mansedumbre»[14].
Su fuerte temperamento protestaba con estas réplicas callejeras, indignadas y dolidas, que se concentran en los primeros meses del nuevo régimen. Lo significativo no es que se enfadara (eso, más bien, parece comprensible), sino este propósito, del 18 de septiembre de 1931:
«Tengo que agradecer a mi Dios un notable cambio: hasta hace poco, los insultos y burlas que, por ser sacerdote, me dirigían desde la venida de la república (antes, rarísima vez) me ponían violento. Acordé encomendarles, con una avemaría, a la Ssma. Virgen, cuando oyera groserías o indecencias. Lo hice. Me costó. Ahora, al oír esas palabras innobles, se me enternecen las entrañas, por regla general, considerando la desgracia de esa pobre gente, que, si obra así, cree hacer una cosa honrada, porque, abusando de su ignorancia y de sus pasiones, le han hecho creer que el sacerdote, además de ser un vago parásito, es su enemigo, cómplice del burgués que los explota. ¡Tu Obra, Señor, les abrirá los ojos»[15].
Estas palabras son una clave de la conducta personal de Escrivá durante la República. Esas nuevas y amargas experiencias le hicieron reflexionar y rezar, decidiendo ser más sosegado y comprensivo. En adelante, tratará de actuar así y de enseñarlo a sus primeros seguidores y amigos. Estamos, pues, ante alguien que doma su carácter en unas circunstancias completamente adversas. Alguien cuyo carácter evoluciona.
Este esfuerzo por ponerse en el lugar del otro, para hacerse cargo de su background, por encontrar un rayo de luz donde otros veían solo enemigos implacables, debió de costarle no poco, por su temperamento impetuoso. Pero ese aprendizaje le fue muy útil. A base de esfuerzo y oración, pudo transmitir esa actitud, persuasiva y eficazmente, a las personas que se relacionaban con él, en su mayor parte, jóvenes universitarios a partir de 1931. Muchos le hicieron caso pero Josemaría Escrivá no logró cambiar las voluntades politizadas de algunos de aquellos chicos, como veremos.
En definitiva, Escrivá intentó superar un análisis estrictamente político-religioso de los acontecimientos españoles. Secundando el mensaje recibido sobre la santidad personal al alcance de todos, procuraba actuar enseñar a actuar según otra mentalidad, más elevada: la de ver a Dios detrás de los acontecimientos, por incomprensibles y dolorosos que fueran. De ese modo la política religiosa del momento no le conducía a la crítica, a la indignación, a la pasividad o, por el contrario, a un activismo desenfrenado que apartaba de cumplir los propios deberes: sacerdotales en su caso, o profesionales en el de los chicos con los que hablaba. Ante esos hechos intentó rezar y comprender, y así procuró enseñarlo a otros.
6. “Estacazo y tentetieso”

El Opus Dei, según escribe, “abriría los ojos” a los anticlericales… pero no solamente a ellos. En agosto de 1932 dos estudiantes a los que dirigía espiritualmente, Adolfo Gómez y José Manuel Domenech, acabaron en la Cárcel Modelo por participar en un frustrado Golpe de Estado monárquico. Allí les visitaba san Josemaría con frecuencia. En enero del 33 ingresaron también en la prisión algunos anarquistas, de posturas políticas y religiosas diametralmente opuestas. El joven sacerdote animó a Domenech y a Gómez a «hacer amistad con ellos. Siguieron su consejo y los dos grupos terminaron jugando al fútbol [en el patio de la cárcel], no unos contra otros sino en equipos mezclados.


Juan Jiménez Vargas había hablado una vez con Josemaría Escrivá en 1932, en la calle Martínez Campos, a la salida del metro. La conversación fugaz le causó buena impresión, pero nada más. A Vargas le preocupaba la situación del país, como a tantos jóvenes católicos. Por eso –nos dice–, «“la actitud exclusivamente religiosa de don Josemaría no resultaba demasiado atractiva para gentes de pocos años [como él mismo] que consideraban la situación de España como un grave problema religioso (…), pero que no veían otra solución que la política, y por eso estaban metidos de lleno en un activismo orientado a la solución violenta de todo»[16]. Pasó un año entero sin que ambos volvieran a verse, hasta que charlaron por segunda vez el 4 de enero de 1933: luego Jiménez Vargas fue al primer círculo, empezó a charlar regularmente con él y a rezar, a dar catequesis a la barriada de Los Pinos y pidió su admisión en el Opus Dei. Y el fogoso Vargas, que militaba en la AET (Asociación Escolar Tradicionalista), asumió poco a poco que un católico no debía arreglar los problemas a tiros o a mamporros.
Pero algunos de sus amigos no pensaban del mismo modo. Su compañero de clase Vicente Hernando Bocos (Boquitos le llamaba cariñosamente san Josemaría) también asistió al primer círculo en enero de 1933. Según recuerda, el sacerdote «nos disuadía a los estudiantes para que no nos polarizáramos en la política, pues le daba pena “que jóvenes tan buenos nos dedicáramos principalmente a la política, porque la política agostaba”. Me decía, como consejo personal, que tenía que estudiar mucho, para llegar a ser algo. […]». Y prosigue: «Fue aquella época años de dura lucha política, incluso violenta. D. Josemaría nos decía: “hay que ser tenaces y constantes en lo que se siente, pero sin herir a nadie”. Yo le decía: “No me convence lo que Vd. dice, porque yo lo que quiero es 'estacazo y tentetieso’”»[17].
Ricardo Fernández Vallespín recordaba muy bien su primera charla con s. Josemaría, el 29 de mayo del 33: «El Padre me habló de las cosas del alma, no de los problemas políticos; me aconsejó, me animó a ser mejor; pienso que también recibió mi confesión […]. Recuerdo perfectamente, con una memoria visual, que antes de despedirme, el Padre se levantó, fue a una librería, cogió un libro [La Historia de la Pasión, de Luis de la Palma] que estaba usado por él y en la primera página puso a modo de dedicatoria: que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo»[18].
En esas fechas finales de mayo de 1933 en España los católicos sólo hablaban de la ley de confesiones y congregaciones religiosas que, entre otras disposiciones, impedía que las órdenes religiosas pudieran dedicarse a la enseñanza. La ley ya estaba aprobada por el Parlamento y debía ser sancionada por el presidente de la República, Alcalá Zamora, que parecía remiso a hacerlo. Y esa incertidumbre agigantaba los rumores. En tales circunstancias, es tan llamativo que san Josemaría sólo le hablase de “las cosas del alma” como coherente con el mensaje que predicaba. Sin embargo, ¿es que no le importaban las duras consecuencias que tendría la ley para la Iglesia y su influencia social, que era lo que la ley quería eliminar de cuajo? ¿Estamos ante una persona insensible al drama que se estaba representando? En realidad, hacía lo que estaba en su mano por ayudar a la Iglesia, que era formar en las virtudes cristianas a los jóvenes que tenía en sus manos, y tratar de evitar con su consejo y con su ejemplo que cayeran en radicalismos tan propios de la juventud y del tiempo que corría.
Una prueba de lo que digo es la misma residencia DYA, Derecho y Arquitectura. DYA comenzó a funcionar en diciembre de 1933, en la calle Luchana de Madrid, tras las segundas elecciones generales de la República ganadas por la derecha. Es muy interesante que el sacerdote colocase bien a la vista en la sala de estudio de la Academia las palabras de Jesús: “un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros”. Trabajar y comprender a los demás por amor a Dios. Eso es lo que ofrecía a los estudiantes de los años 30 Josemaría Escrivá. Así llegarían a Dios y así evitarían caer en el sectarismo maniqueo del momento –de izquierdas y de derechas– con final de trayecto en el odio y con paradas en la indiferencia o en el rencor.
Ricardo Fernández Vallespín, su primer director, decía de DYA que «tenía un ambiente “de paz, de amor de Dios y de serenidad ante las circunstancias adversa del ambiente político y social”»[19]. Por eso, Escrivá les decía a los estudiantes que allí no se hablaba de política y que DYA era un lugar de encuentro de gentes de tendencias políticas diversas[20]. Él mismo no hablaba de política. Acogía a gentes de un espectro ideológico plural. Enseñaba a valorar la diversidad, a rechazar el espíritu de cuerpo, a huir de soluciones únicas. Y esto, a contracorriente de la propaganda del momento, que machaconamente insistía en la unidad obligada de los católicos en la arena política.
Como se dijo, no todos los jóvenes con que hablaba san Josemaría compartían su primacía del estudio y de la oración. En la residencia DYA vivían personas muy variadas. Uno de sus residentes en el curso 1935/1936 era Alberto Ortega Arranz, muy comprometido en actividades de la Falange. San Josemaría nunca le aconsejó en cuestiones políticas, pero intentaba que el chico fuera menos impulsivo. Y el joven se debatía entre el respeto al sacerdote y sus actividades. El 13 de marzo del 36, Ortega participó en el atentado contra Luis Jiménez de Asúa, vicepresidente de las Cortes y destacado socialista. Fue asesinado uno de los escoltas.
Por su cooperación (conducía uno de los coches de los agresores), Ortega fue detenido en su domicilio de la residencia de Ferraz. Antes, pidió a los Guardias de Asalto que le permitieran confesarse con san Josemaría. Así fue. Luego, fue condenado a 30 años de prisión y encarcelado en el penal de El Dueso, en Santoña. Las autoridades, sin embargo, no clausuraron la residencia de Ferraz, puesto que no era un centro de conspiraciones políticas. De haber existido la más mínima duda al respecto, la residencia habría tenido sus días contados en la primavera de 1936. Por su parte, en los primeros días de la guerra civil Alberto Ortega fue lanzado al mar con una piedra al cuello.
7. Conclusiones

Josemaría Escrivá –como tantos millones de españoles de uno y otro signo– afrontó la tentación del fanatismo, de la exclusión y del odio durante aquel tiempo. Su ejemplo de serenidad prendió en los primeros del Opus Dei en esos años difíciles. En la intensidad del drama y en la posibilidad de la muerte, Josemaría luchó por sobrevivir sin odiar. Una actitud de amor a todos (sólo hay una clase, la clase de los hijos de Dios), que le ayudó para no exigir a los vencidos ningún ajuste de cuentas.


Josemaría animó a sus amigos y familiares a superar la crispación del momento. Lo importante era el esfuerzo por trabajar bien cada día, por cumplir los deberes de cada uno. Lo decisivo, entonces, no era la política ni la agitación social. Cuando lo urgente era un activismo generalizado, su apuesta parecía menos útil a corto plazo, pero fue una opción más constructiva a larga vista para la sociedad española.
Como otras personas honestas de uno y otro bando (y como los santos en la historia), san Josemaría tuvo en aquellos difíciles tiempos recursos humanos y espirituales para superar sus propios dragones, en la vida cotidiana y en la guerra civil. Dragones hoy día contra los que todos luchamos.
Para más información: smartinez@unav.es
[1] Francisco Espinosa Maestre, “Julio de 1936. Golpe militar y plan de exterminio”, en Julián Casanova (coord.), Morir, matar, sobrevivir. La violencia en la dictadura de Franco. Barcelona, Crítica, 2002, 79.

[2] José Luis González Gullón, El clero en la Segunda República. Madrid 1931-1936, Burgos, Monte Carmelo, 2011, 415.

[3] http://es.wikipedia.org/wiki/Historia_del_Metro_de_Madrid, consultado 10-III-2011.

[4] José Luis González Gullón, “El clero en Madrid durante la segunda República”, tesis doctoral defendida en la Universidad de Navarra, 2007, 246.

[5] José Luis González Gullón, El clero en la Segunda República, 280.

[6] José Luis González Gullón, El clero en la Segunda República, 282.

[7] Antonio Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, Madrid, BAC, 1961, 808.

[8] Peter Berglar, Opus Dei. Vida y obra del Fundador Josemaría Escrivá de Balaguer. Madrid, Rialp, 1988, 81.

[9] John F. Coverdale, La fundación del Opus Dei. Barcelona, Ariel, 2002, 113.

[10] Pedro Casciaro, Soñad y os quedaréis cortos. Madrid, Rialp, 1994, 23.

[11] José Romeo, testimonial.

[12] Andrés Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei. Vol. I, ¡Señor, que vea! Madrid, Rialp, 1997, 361.

[13] Andrés Vázquez de Prada, El Fundador, 361.

[14] Andrés Vázquez de Prada, El Fundador, 364.

[15] Andrés Vázquez de Prada, El Fundador, 365; John F. Coverdale, La fundación, 80.

[16] Peter Berglar, Opus Dei, 133.

[17] Testimonial de Vicente Hernando Bocos.

[18] Pedro Rodríguez, Camino. Edición crítico-histórica. Madrid, Rialp, 2002, 539-540.

[19] John F. Coverdale, La fundación, 149.

[20] Cfr. John F. Coverdale, La fundación, 129.


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