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Papini y España antonio lago carballo


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Papini y España
ANTONIO LAGO CARBALLO*


Aprimeros de diciempre pasado el novelista José María Gironella, en unas declaraciones a un diario madri­leño, reconocía que Giovanni Papini era uno de sus grandes maestros y añadía: "Es una pena que esté olvidado".
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«Entre nosotros el Papini

más conocido años atrás se

correspondía con el escritor

que a sus cuarenta años de

edad había vivido una

radical conversión religiosa,

tras una larga etapa de

descreencia y aun

nihilismo .
n un reciente artículo publicado en "La Nación" de Buenos Aires (24-diciembre-1995), el cardenal Antonio Quarracino recordaba que Jorge Luis Borges, pocos años después de la muerte del gran escritor italiano, había afirmado: "Sospecho que Papini ha sido inmerecidamente olvida­do". El arzobispo de Buenos Aires comentaba en su artículo otro de Umberto Eco publicado hace pocos meses en el mismo dia­rio porteño, y en el que Eco se lamentaba de que en las librerías italianas le hubiese sido imposible hallar Gog, si bien tenía noticias ulteriores según las cuales se pre­paraba una reedición en la nueva colección de Giunti. Por mi parte, hace tan sólo cinco meses pude comprobar en dos grandes librerías de Florencia la imposibilidad de encon­trar el libro de Papini Dante vivo.
Sospecho que si esto ocurre en Italia no sería mejor una indagación semejante en nuestra tie­rra. Con Gironella y con Borges hay que conve­nir que el escritor florentino está olvidado o, por lo menos, no cuenta para las actuales genera­ciones. Y sin embargo fue uno de los autores más leídos y discutidos hace sesenta o setenta años. Sus obras fueron traduci­das al español y algunas de ellas — Historia de Cristo, Los operarios de la viña, San Agustín, Las cartas del papa Celestino VI a los hombres— alcan­zaron varias ediciones, porque entre nosotros el Papini más conocido años at.años u& wuau ^.,.. ,/ido una radical conversión religiosa, tras una larga etapa de descreencia y aun nihilismo, que arrancaba de una niñez triste sin cariño ni caricias, con un padre agresivamente ateo.
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« En Gog son ficticiamente entrevistados Ramón Gómez de la Serna y un inventado duque Almagro Hermosilla Salvatierra.»
as al lado de sus libros religiosos están otros, también traducidos y editados en Madrid y Bar­celona o en Buenos Aires y México, tan signifi­cativos de su personalidad intelectual como Hombre acabado, Gog, Dante vivo, El libro más negro, Bufonadas...
En unos y otros se refleja su talante de polemista apasionado, de espíritu anhelante de encon­trar la verdad, de agudo observador de su tiem­po, un tiempo de crisis y confrontación. Se sentirá defraudado el lector que bus­que sosiego y evasión en los textos papinianos. Él fue un hombre de contradicción y agonía, complejo y paradógi-co: "Un hombre, por excelen­tísimo que sea, no es jamás todo de una pieza y todo de un color y, al lado de los ges­tos magnánimos, pueden encontrarse los traspiés de la debilidad", escribió a propósito del Dante.
Sin duda alguna el libro más expresivo de su estilo y esencia intelectual es Gog, publicado en 1931, y que continuaría veinte años después con el titulado El libro negro. En ambos inventa la existencia de Gog, un loco extravagante multi­millonario, cuya fortuna y caprichos le llevan a viajar por el mundo para encontrarse y dialogar con genios y celebridades, subvencionar artis­tas, coleccionar textos inéditos y autógrafos... Las apócrifas conversaciones de Gog con los grandes de su tiempo —Einstein, Freud, Gandhi, Wells, G.B. Shaw, Ford, Lenin, Edison, Wrigth, Marconi, Paul Valery...— permiten a Papini pasar revista y criticar las entonces vigentes ideas económicas, estéticas, filosóficas, 'La conversación con Ford —escribía
Umberto Eco en su artículo— predice el desa­rrollo neocapitalista y la sociedad de consumo; la visita a Lenin anuncia reflexiones sobre los gulags futuros; la visita a Edison prevé con exactitud la era de las computadoras y de la ingeniería genética. Sorprende de estos breves capítulos la facilidad visionaria y la capacidad de entretener y luego despreciar ideas sobre las cuales otros gastarán una vida y construirán una carrera".

Varios españoles aparecen en estos dos libros. En Gog son ficticiamente entrevistados Ramón Gómez de la Serna y un inventado duque Almagro Hermosilla Salvatierra. Al primero lo encuentra en el café del Pombo, rodeado de siete jóvenes que escuchaban "en éxtasis al maestro de las greguerías". Ramón le habla entusiasmado de las tesis del más grande hombre de cien­cia de la India, Jagadis Chan­dra Bose, una de cuyas tesis es que las plantas y los mine­rales tienen alma, y de cómo, alentado por las ideas de Bose, él, Ramón, está decidi­do a fundar la "Liga para los derechos de los minerales".


Al duque Hermosilla de Salvatierra, atrabiliario aristócrata, Gog lo visita en su palacio de Bur­gos, donde no hay mobiliario alguno y donde el duque conserva las máscaras y maniquíes de sus antepasados, con los vestidos y ropajes de su respectiva época, y cuyas vidas narra fervorosa­mente el duque a su alucinado visitante, a quien confiesa: "Un solo pensamiento me entristece. Soy el último de la familia: ¿quién pensará en colocarme en medio de mis muertos? ¿Los dejarán, solos para siempre, en este palacio? ¿O tal vez una revolución de la canalla plebeya o una invasión de bárbaros arrojará a la inmundi­cia esta asamblea de seres nobles que figuraron, durante cinco siglos, entre los dueños de la Tierra?".
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«En El libro negro son más

numerosos los testimonios

de la atracción que ejercía

España en Papini: Gog se

encuentra y conversa con

Federico García Lorca en

una corrida de toros; con

Salvador Dalí en una

exposición en Barcelona;

con Pablo Picasso en su

residencia de Antibes...»
n El libro negro son más numerosos los testi­monios de la atracción que ejercía España en Papini: Gog se encuentra y conversa con Fede­rico García Lorca en una corrida de toros; con Salvador Dalí en una exposición en Barcelona; con Pablo Picasso en su residencia de Anti-bes... En Toledo asiste a una representación teatral en donde presencia una rebelión de los actores contra un reducido y romo público que no entiende ni comparte el argumento de la obra y a quien expulsan del local los actores que siguen representando sólo para ellos —y para Gog escondido en un palco— la obra; en un imaginado pueblo vasco, —Arbuela tras los Montes— Gog tiene la oportunidad de asistir en el amanecer del Viernes Santo a una extrañí­sima ceremonia llamada La Venganza, último testimonio de "una devoción medieval que en el día de la Crucifixión de Nuestro Señor, quie­re simbolizar la muerte de los siete pecados capitales".

Las ficticias entrevistas de Gog con García Lor­ca, Dalí y Picasso son muestra expresiva del ta­lento y agudeza de Papini para penetrar en la personalidad esencial de estos creadores. El poeta granadino le da su interpretación del mito del toro y de la fiesta según la cual "la corrida, en sí, a pesar de sus acompañamientos acrobáti­cos y espectaculares, es en realidad un misterio religioso, un rito sacro ¿Qué es lo

que representa el toro en la conciencia de los hombres? La energía primitiva y salvaje, y al mismo tiempo la ultrapotencia fecundadora. Es el bruto con toda su potencia os­cura; el macho con toda su fuerza sexual. Pero el hombre, si quiere ser verdaderamente hombre, debe disciplinar y conducir la fuerza con la inte­ligencia, debe ennoblecer y sublimar el sexo con el amor". Y la conclusión del poeta es clara: "La corrida es la representación pública y solemne de esa victoria de la virtud humana sobre el instinto bestial".

A Dalí lo encuentra en el fondo de la última sala de la galería donde expone, "figura central de una reunión de adolescentes imberbes y vie­jas señoras teñidas y reteñidas. Me dijeron que aquel era su auditorio predilecto: el de los que todavía no habían comenzado a vivir y el de las personas que ya habían dejado de vivir". Dalí lo recibe desdeñoso y altivo; sabe quién es Gog, su afán por encontrarse con hombres originales e inteligentes. "Yo estoy muy por encima de la originalidad puesto que represento lo nuevo en lo eterno... yo estoy por encima de la inteligen­cia dado que soy el genio absoluto, el genio tout court". Y Dalí concluye: "Solamente mi genio puede imponer una segunda y más auténtica visión del universo. Dios ha dejado su creación a medio hacer, corresponde ahora a Salvador Dalí completarla y terminarla".

Picasso, que "es no sólo un hombre feliz sino también un hombre inteligente", recibe a Gog en su villa de la Costa Azul y le revela con cinis­mo que "para un pintor, la celebridad significa ventas, ganancias, fortuna, riqueza. Ahora, como ya lo sabe usted, soy célebre y soy rico. Mas, cuando estoy a solas conmigo mismo no tengo valor para considerar­me un artista en el sentido grande y antiguo de la pala­bra. Verdaderos pintores fue­ron Giotto y Ticiano, Rem-brandt y Goya; yo no soy más que un amuseur public, que ha comprendido su tiempo y ha aprovechado lo mejor que ha sabido hacerlo la imbecili­dad, la vanidad y la ambición de sus contemporáneos".



«De dos españoles más, y

españoles excepcionales, da

testimonio el protagonista

de la fábula papiniana:

Miguel de Cervantes y

Miguel de Unamuno.»

De dos españoles más, y españoles excepcionales, da testi­monio el protagonista de la fábula papiniana: Miguel de Cervantes y Miguel de Unamuno. El multimillonario Gog —según cuenta Papiíjii en las líneas introductorias al Libro negro— había comprado en Londres una colección de autógrafos que había! sido de un imaginado Lord Everett. Entre esos manuscritas había uno de Cervantes, tjitulado Mocedades de Don Quijote, en el que el alcalaíno narra la infancia de Alonso Qujano — nacido en una noble familia venida a menos— quien estudia en Salamanca, se enamora de una hermosa muchacha, sufre desengaños, es novicio en un convento de caimelitas que abandona sin que cuaje su aparente ¡vocación, y se embarca en una expedición a las Indias, de donde volverá contristado al ver los a|busos y crueldades de soldados y capitanes, que denuncia al Consejo de Indias sin resultado porque es denunciado a su vez como visionario ¿alumniador y desatinado loco. De nuevo en su basa se refugia en el reino de la fantasía heroica y poética, en los libros de caballerías... "Quien no conoce la juventud de Alonso Quijano — dice Papini por boca de Gog— no puede comprender al Don Quijote de la Mancha ya maduro".

El manuscrito de dor| Miguel de Unamuno se titula El Primero y el \ Último y sólo contiene el esbozo de la primera escena. Comienza la acción cuando el miando está a punto de ser destruido y la vida ha concluido sobre la tierra: "En la inmensa soledad hay dos seres vivientes —¿sobrevivientes o resucitados?—, se encuen­tran y se reconocen: el Primer Hombre o sea Adán, y el Último Iflombre, que ni siquiera tiene un nombre al ekilo antiguo, sino que es una especie de autónjata viviente, identificado con una sigla grabada en una medalla que le cuelga sobre el pecho: W.S. 347926".
Entre ambos taciturnos seres aparece un gigantesco ser velludo: Hanuman, el dios de los monos y amigo de los nombréis, quien reprocha a ambos su extraño silencio. Los dos defienden su causa ante Hanu­man, quien se ve asistido por el ángel Ariel y por el demo­nio Belfegor. En un muy una-munesco debate el primer y último hombre y el ángel y el demonio exponen sus argu­mentos, quedando interrumpi­do el encuentro dialéctico sin que se sepa ni pueda aventu­rarse lo que hubiese sido el desarrollo y final del apócrifo drama.

Todos los testimonios relativos a autores y temas españoles son muy significativos del inte­rés y amor que Papini sintió por España. Ya en uno de sus primeros libros —casi autobiográfi­co— Un uomo finito (1912), confesaba que en su juventud la literatura que más le atrajo fue la menos conocida y estimada: la española. "La literatura



española fue mi última aventura de compilador y de docto".

Y sin embargo Papini no conoció España. En 1949 —seis años antes de su muerte— fue invi­tado a participar en el curso de Problemas Con­temporáneos que, dirigido por Pedro Laín Entralgo, patrocinaba el Instituto de Cultura Hispánica en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. En su respuesta, Papini se disculpaba por no poder aceptar la invitación porque tenía que dedicar aquel mes de agosto a corregir las pruebas de su libro sobre Miguel Ángel, que debía aparecer en octubre. Y con­cluía su carta manuscrita diciendo: "Ho deside-rato tutta la vita di vedere la Spagna —che ammiro ed amo fin dalla prima gioventú— e sempre sonó impedito, alas!".


El 8 de julio del año que comienza se cumplirá el 40 aniversario de la muerte de este gran escri­tor italiano que no llegó a visitar España, pero que tan bien conocía. No será un aniversario sonado, pero ojalá sea motivo para leer y releer a este testigo excepcional de nuestro tiempo.




*Profesor de la Escuela Diplomática. Madrid.


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