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Padre Esteban Gumucio: «Un auténtico discípulo misionero de Jesucristo»


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Padre Esteban Gumucio: «Un auténtico discípulo misionero de Jesucristo»
Texto completo de la homilía del Cardenal Francisco Javier Errázuriz, Arzobispo de Santiago, durante la Misa con motivo de los traslados de los restos mortales del Padre Esteban Gumucio ss.cc., a la parroquia San Pedro y San Pablo, el sábado 27 de septiembre de 2008.

Heb 12, 1-2; 13, 7-8; 20-21

Jn. 10, 11-18
Saludo cordialmente al P. Sergio Pérez de Arce, Superior de la Congregación de los Sagrados Corazones, así como a todos los hermanos de esta querida comunidad, al P. Jorge Orellana, Párroco de San Pedro y San Pablo, y a todos los sacerdotes presentes.

Saludo al Sr. Alcalde de La Granja, a quien agradecemos todas las facilidades que ha proporcionado para realizar esta celebración litúrgica.



Saludo a los queridos familiares del P. Esteban Gumucio sscc., a las queridas religiosas, diáconos permanentes y esposas, hermanos y hermanas de las parroquias San Pedro y San Pablo y Damián de Molokai, y a todas las personas que guardan de él una imborrable memoria.
Con inmensa gratitud al Señor y a cada uno de Uds., nos reunimos en esta tarde para acoger los restos mortales de nuestro venerado hermano, el P. Esteban Gumucio ss.cc., quien hoy “vuelve a casa” como dicen con cariño los que han organizado este encuentro lleno de afecto y de sentido. Les confieso que no soy ajeno a esta iniciativa, pues siempre pensé que el mejor lugar para que reposaran sus restos mortales era esta Parroquia que él fundara en 1964, de la cual fuera su primer Párroco hasta el año 1972 y su Vicario Parroquial desde 1990 hasta el día de su pascua ocurrida al atardecer el día 6 de Mayo de 2001. Por algo, la calle en que está situada la Parroquia, gracias al parecer unánime del Honorable Concejo Municipal, se llama Padre Esteban Gumucio Vives; quedando así la parroquia en la esquina de las calles del recordado P. Esteban y del querido Cardenal Raúl Silva Henríquez. En verdad, me conmueve ver cómo la figura de dos grandes pastores marca el corazón de La Granja.
“Mamá, papá ¿quién fue el Padre Esteban?” preguntarán con seguridad los niños del futuro. ”¿Por qué esta calle lleva su nombre?” No me cabe duda que muchos de ellos se acercarán con devoción a esta tumba cavada en la tierra, rezarán un Padre Nuestro y un Ave María, mientras escuchen hermosos relatos sobre el “Tata Esteban”, como cariñosamente se llama en estos barrios a este sacerdote “cuenta cuentos”, como él mismo se definía con humor.
Nosotros podríamos decirle a los niños y los jóvenes de hoy, que nos hemos reunido a recordar la vida y la presencia de un sacerdote que creció en amor y cercanía a Jesús, hasta vivir “fijos los ojos en el Señor que inicia y consuma nuestra fe” como nos señala la carta a los Hebreos. Eso no es para quedarnos con los ojos vueltos al pasado. Al contrario, tal como nos dice el mismo texto: “tengan presente a quienes los han guiado y enseñado la Palabra de Dios. Recuerden el desenlace de su vida para imitar su fe, pues Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13, 7-8)
Hoy hacemos memoria del desenlace de la vida de un gran sacerdote quien, gracias a esa fe sólida y transparente que aflora al recordarlo y en todos sus escritos, se dejó moldear por el Señor hasta convertirse en un signo del Buen Pastor entre nosotros. Un varón enamorado de Jesús que contaba su vocación, diciendo “sigo a un Hombre que me cogió por el centro de mi vida”… Un santo varón que quiso entregar su vida hasta el último momento, celebrando la Santa Misa sentado junto al altar de la parroquia, con su voz que se hacía más tenue pero nunca menos potente, regalándonos, textualmente, la fortaleza de Dios que brilla en nuestra debilidad.
Un Pastor cercano y visionario
El Padre Esteban fundó esta Parroquia como fruto de la Gran Misión del año 1963. Antes de eso, vino y se quedó junto a dos hermanos sacerdotes en una humilde casa del barrio. No era un sacerdote desconocido para la Iglesia en Santiago. Ya había sido profesor de muchos en el Colegio de los Sagrados Corazones de Alameda, conocido por su bondad y por sus cuentos. Lo conocían los jóvenes que daban las primeras misiones escolares, interpretando las parábolas teatralizadas por el P. Esteban. Era conocido también como formador en el Noviciado de Los Perales, y por los primeros cantos con letras bíblicas en ritmos campesinos y populares que se cantaron años antes del Concilio Vaticano II. Eran “La Oración”, “La Calzada de Emaús”, “Canción de Adviento” y tantas otras, así como los salmos en castellano, traducidos por el P. Beltrán Villegas, su hermano de comunidad.
Más tarde, de su mano surgirían los “Encuentros Matrimoniales” y decenas de parejas renovarían su alianza de amor gracias a los equipos que él formara. Y no contento con eso, seguiría organizando retiros para el encuentro con Cristo, evangelizaría con otras tantas historias, y abriría su corazón anciano para ayudar a los adultos mayores a asumir con alegría su propia situación. Incluso le hablaría a la muerte cara a cara para advertirle que sólo se llevaría sus restos porque su vida le pertenecía únicamente a Dios.
No pretendo ni sabría describir la historia de su vida, pero no puedo ocultar mi asombro ante tanta creatividad y fecundidad apostólicas, realizadas desde una tremenda humildad, desde un hombre que se estimaba en poco y nada ante el Señor. ¡Un auténtico discípulo misionero!
¿Qué haría hoy el Padre Esteban? ¿Cuál sería el fruto creativo de su seguimiento del Señor? ¿Cuáles serían sus cantos, cuáles sus poemas?
No podemos dejar de hacernos estas preguntas pues hoy como ayer – y más que ayer – estamos a las puertas de una Misión Continental. Hoy más que ayer, sabemos que tenemos que cantar y contar los Santos Evangelios en las lenguas en que los jóvenes puedan comprenderlos y amarlos. Hoy como ayer – y más que ayer – necesitamos de iniciativas que toquen el corazón de los cónyuges y de sus queridas familias. Y necesitamos discípulos misioneros que se pongan al servicio del Señor para que nuestro pueblo en Él tenga Vida.
Y el Padre Esteban fue maestro en asumir, desde su encuentro con Cristo, estas y otras realidades de manera creativa, humilde, sencilla y perseverante. No tenía más recursos que los que tenemos hoy día. Diría incluso que tenía muchos menos. Pero, tenía grabada en el alma la Palabra del Evangelio: el Buen Pastor da su Vida por los suyos. Y el Tata Esteban la dio sin mezquinarle al Tata Dios los talentos que él le había concedido.
Cuando nos acerquemos a su tumba no dejemos de preguntarle su secreto. Ni dejemos de preguntarle lo que él habría seguido haciendo en estos días en los barrios y poblaciones de estas queridas comunidades parroquiales.
Un hombre de fe y de amor por la Iglesia
Conocido, escuchado y admirado ha sido el Cántico a la Iglesia del Padre Esteban, llamado “La Iglesia que yo amo”. Él lo envió desde Perú al Cardenal Silva como homenaje a los cuarenta años de sacerdocio del querido Pastor. Es, sin duda, uno de los himnos más hermosos dedicados a la Iglesia y, en particular, a nuestra Iglesia de Santiago, nacido de la pluma de un poeta, pastor y profeta.
El poema refleja el alma eclesial de quien lo escribe. Ama a la Iglesia de sus padres y a la Iglesia de Rosenda que, en su casa, pela las cebollas al ritmo del Ave María. Ama a la Iglesia de los Papas y a la Iglesia de los teólogos de hoy en día, que escriben libros que no se quedan en librerías. Ama a la Santa Iglesia Conciliar que va de la mano de la Santa Iglesia Tradicional. Ama a la Iglesia de Maestros y Doctores y a la Iglesia que construyen los pobres mientras, caminan tras la huella de sus santos preferidos.
“Y lo que no estaba, ni está ni estará

oficialmente inscrito y refrendado:

el Pueblo de la Iglesia sin puertas,

la Iglesia ancha de las cien mil ventanas,

y el aire del espíritu católico

circulando en libres espirales,

y los pobres construyendo catedrales

de paja, desperdicio y leño

con ojivas de pizarreño,

y lo mejor de su pobreza”.


Este hermoso poema refleja el alma eclesial del Padre Esteban, forjada junto a sus padres y hermanos muy queridos, con el Rosario en el velador de su madre y la mano firme de su padre.
Es la Iglesia del Colegio y del Noviciado de los Sagrados Corazones. Es la Iglesia de VII Sínodo de Santiago, la de las Comunidades eclesiales y pequeñas comunidades de base. Iglesia Maestra e Iglesia discípula. Iglesia de los presbíteros y de las religiosas e Iglesia de los diáconos permanentes que ayudó a formar con su acompañamiento, así como la Iglesia de los Ministros Laicos y de las Comunidades Juveniles. La Iglesia de la Eucaristía y la Iglesia de la Palabra Viva proclamada y musitada por el corazón y los labios de este hombre bueno.
Distraído, podía olvidar nombres de pila y perder lápices, agendas y fechas de compromisos. Pero nunca perdería el texto bíblico ni la resonancia actual de la Palabra de Dios. Quienes lo escucharon predicar, humilde, sabiamente y con humor, saben muy bien que era un gozo reunirse a celebrar con él.
En estos tiempos en que no es raro encontrar personas que aman al Señor pero no se entienden con la Iglesia, ¡qué bueno es tener a este hermano que supo conjugar esos amores, que finalmente no son sino un solo y mismo amor. Es el amor por Jesús encarnado… que escandaliza a los que sólo quieren verlo entre las nubes y atrae a quienes lo ven presente en los amores cotidianos, hecho de carne y hueso, presente en la persona de los pobres y olvidados.
Así, su presencia y su vida nos enseñan a decir con sus palabras:

“amo a la Iglesia de Jesucristo,

construída sobre firme fundamento,

y en ella quiero vivir

hasta el último momento”.
Un varón de oración esperanzada
El P. Esteban, como buen poeta, era un hombre con alma de artista, dotado de una profunda sensibilidad. Esta misma le hacía percibir con intensidad los dolores y las alegrías de la gente, y también las suyas propias. Tenía el don de una escucha profunda y de una gran empatía. Esto lo recuerdan de manera muy viva las muchísimas personas que buscaban su amistad, su acompañamiento espiritual o sólo un buen corazón para ir a desahogar sus desazones.
A él le tocó vivir muchas horas de dolor, como le tocaron a sus hermanos sacerdotes y a la gente con quien compartía con alma de vecino. Recuerdo con nitidez cuando en tiempos de gran cesantía describió con maestría el alma de la mujer de nuestro pueblo que es sostén en su hogar, que atiende a sus hijos, apuntala a su esposo, concurre a la Escuela y a la Catequesis y busca pololitos para “parar la olla” en un relato en que, en medio de su admiración, mostraba que “el amor también se cansa”… En las horas de dolor de nuestra Patria sus oraciones y sus versos se tornaron apremiantes y dejaron escapar su ira, siempre al lado de Jesús. Y por eso, no pierde la esperanza porque tiene fe “en que detrás de la bruma el sol espera… y que en esta noche oscura duermen las estrellas”. (Cantata de los Derechos Humanos)
En verdad, si sólo hubiese dado curso a su sensibilidad, habría podido ser depresivo y menos expresivo. Sin embargo, en todo momento de su vida buscó el encuentro vivo y personal con Jesús, su Amigo, su Maestro, su Señor, e invocó a la Santísima Virgen con nombres tan expresivos como “madre de los cansados” o “señora de los pañales” y tantos otros que sólo muestran que su alma delicada vibra al unísono con el alma de la Madre del Señor.
En sus “Cartas a Jesús” aparecen sus angustias y temores: ante la fragilidad de su vida, ante su incapacidad para mostrarle a los novicios la hermosura de la consagración, ante los días tenebrosos en que era más fácil callar que hablar, e incluso ante el anuncio de la muerte que ya golpeaba su puerta… Y en todos esos momentos, deja hablar su corazón, le habla a Jesús y, sobre todo, se dedica a escuchar su amor. Y así aflora en él un ministerio profundamente esperanzado.
Me limito a repetir una oración en que le cuenta al Señor cómo quisiera vivir su sacerdocio:

Jesús,


“Quisiera vivir de tal manera

que llegue a ser cristal transparente.

Que te vean en la sencillez de mi persona:

simplemente ser “yo-mismo-con-otros”,

que haga aparecer tu misterio y tu gracia, Jesús de Nazaret.

No, no es desde mi ventana

donde puedo escrutar los signos de tu venida hoy.
Es al caminar al interior de lo que cada día

le pasa a mi hermano y me pasa a mí;

le pasa a mi pueblo y me pasa a mí.

Vivir de tal manera

que cualquier hombre puede decir: “Ahí quepo yo”.

Vivir de tal manera

que suene a Buena Noticia.
Dame unos ojos alegres

que se iluminen desde la verdad de mi corazón

Dame un corazón alegre

que te esté cantando siempre,

porque tú eres maravillosamente amable.
Vivir de tal manera

que yo mismo y todo el mundo reconozca tu Espíritu.

ahora presente, dando vida, actuando.

Vivir de tal manera

que el Evangelio se refleje hasta en las manos operantes.

Haz de mí una parábola al alcance de los sencillos.


Vivir de tal manera

que me pregunten por ti, mi amigo Jesús.

Vivir de tal manera

que cada noche pueda decirte:

“mañana trataré de estar más atento a mis hermanos”.
Ésa es la oración que también quisiéramos escuchar desde la boca de los sacerdotes, las religiosas, los diáconos y los laicos, cada uno según su vocación, al pasar horas, días y a veces meses de desasosiego o simplemente de falta de entusiasmo.
El Señor es… el Señor. El es el Pastor. Él, quien da la vida. Nosotros sólo somos sus humildes servidores.
Oración final
Concluyo estas palabras, seguro de que habría tanto más que decir y que aprender. Ya tendremos tiempo, en los días, las mañanas y las tardes, en que junto a la tumba del P. Esteban hagamos memoria futura de su presencia y de su vida.
Hoy venimos a poner en la tierra la semilla de un gran Sembrador, esperando que el Señor la haga fructificar para bien del pueblo cristiano. Lo hacemos con esperanza y con la intuición de que nos encontramos ante un auténtico bienaventurado. Esa palabra se la dejamos con cariño a Dios y a su querida Iglesia con la Oración que desde hoy diremos al recordarlo:
“Y si es tu voluntad [Señor],

que lo reconozca tu Iglesia

entre los bienaventurados de Jesús,

junto a María “madre de los cansados”

y a los santos y santas de todos los tiempos”.

Amén.


† Francisco Javier Errázuriz Ossa

Cardenal Arzobispo de Santiago





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