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P. joselo mayo de festejo


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P. JOSELO Mayo de festejo

Hace 25 años, recibía la imposición de manos de Juan Pablo II. Empezó su experiencia sacerdotal en el Juan XXIII, estuvo en el Centro de Exalumnos Monseñor Lasagna, estudió Filosofía en Roma, practicó la docencia en la Casa de Formación, estuvo 7 años en la Parroquia de Colón y ahora volvió a la casa que lo vio nacer. En el Año de la Fe, Joselo Morillo festeja su 25º aniversario de sacerdocio.

Con muchas inquietudes y ganas de continuar el camino, Joselo cumple este 8 de mayo su cuarto de siglo como cura. Para él, “implica reconocer que el tiempo pasa muy rápido, que la vida se va muy rápido y hay que aprender a vivirla bien, con intensidad, y de la mejor manera. Personalmente, me encuentro en uno de los momentos más lindos a nivel espiritual. Me veo en una etapa de la vida de síntesis y de proyección. Ya tengo 25 años de sacerdocio vivido, que me hicieron pasar por el tamiz de la realidad. De los sueños vocacionales de la juventud, de cura joven con entusiasmo, que aún lo tengo ahora, un poco más cansado por el paso de los años, me encuentro con más realismo y experiencia. Me siento más asentado en eso. Justamente coincide con un momento lindo a nivel espiritual, de síntesis y también de necesidad de buscar y encontrar a Dios en esta etapa. Y de ofrecer a los jóvenes una experiencia espiritual”.

En constante trabajo con los jóvenes, desde distintas experiencias ha aportado sus vivencias y enfoque durante toda su trayectoria. Hoy, Joselo tiene una meta muy puntual y a su vez muy desafiante. “Por un lado, me doy cuenta que la distancia ya no es la misma, porque los jóvenes me ven las canas y ya me miran como un abuelo. Pero tiene de positivo que los jóvenes te consideran como una persona madura, que puede ser una referencia. No es tanto el modelo juvenil cercano que contagia, pero creo que es una etapa en la que estoy madurando en la paternidad espiritual. Yo me veo con distancia y ellos te ven más grande. De las cosas que creo más afectan a los jóvenes hoy, es la ausencia de padres. Por eso, creo que el sacerdocio puede brindar una ayuda preciosa en ese sentido. No de sustituir, sino de complementar una referencia paterna: ellos la buscan”.



Viviendo momentos muy diversos a lo largo de su vida, en 2008 sufrió una meningitis que lo hizo replantearse muchas cosas. “Me sentía inmortal y, a partir de ese momento, me sentí frágil. Volví a Dios de una manera diferente y con más realismo sobre mi propia vida. Eso estuvo bueno y fue un gran golpe de gracia”. Destaca la confesión con los jóvenes, como uno de los momentos más disfrutables. “De los años que llevo de sacerdote, las experiencias más hermosas, lo que más plenitud me da, es la celebración de la reconciliación con jóvenes. Ese es uno de los momentos más sagrados para el Salesiano. Ser Salesiano es descubrir y contemplar cómo Dios trabaja y se va revelando a los jóvenes. Ayudar a que se pueda revelar. Ese es el momento en el cual el joven abre el corazón, se da a conocer y uno puede entrar en ese misterio: es lo máximo”.

La búsqueda de mayor profundidad espiritual y del modo de inculcarla a los jóvenes, es una de las cuestiones que Joselo siente importantes en esta etapa como cura. “Siento, y es una autocrítica, que los jóvenes que están con nosotros son un reflejo de lo que nosotros somos. Si somos activistas, hacemos, hacemos y hacemos, sin darnos cuenta, les trasmitimos eso. Entonces, después se dice que los Salesianos son del ‘chin pun-chin pun’ y pura fiesta y alegría. Y la profundidad de la fe muchas veces no está. Y yo siento que tenemos que dar a los jóvenes mayor profundidad espiritual: ellos la están buscando, y hay muchos movimientos que recogen esa necesidad. Sin dejar ‘el hacer’ Salesiano, creo que hay que trabajar mucho este punto”.


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