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P. Clemente Sobrado C. P. 20 de febrero de 2011


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¿A QUIÉN AMAMOS?
Domingo 7 a del tiempo ordinario
P. Clemente Sobrado C.P.
20 de febrero de 2011.





Hablamos mucho del amor. Pero ¿qué es para nosotros el amor? ¿A quién amamos? Porque el amor que pone medidas, no es amor. El amor selectivo, no es amor. El amor que excluye, no es amor. El amor o es universal o no es verdadero amor. El amor no necesita que alguien merezca ser amado. La amistad puede ser selectiva. Pero no el amor.

Por eso mismo Dios ama a todos, buenos y malos.

La violencia es desamor.

La venganza trata de expresar el poder.

La exclusión habla de corazones de recortados.

La selección habla de corazones estrechos.

Mientras el amor universaliza, la violencia y la venganza estrecha el horizonte de la humanidad.

El amor es capaz fortalecer y de dar vida incluso en los momentos más difíciles, incluso cuando uno es tratado injustamente.
Quiero copiarte la experiencia del psiquiatra Viktor Frank desde el campo de concentración. Los campos nazis no eran precisamente espacios para despertar el amor en el corazón humano, sino deseos de venganza, que era lo que en el fondo sentía también Frank. Tomo el texto del librito Maktub de Paulo Coelho:

“… en medio del castigo humillante, un preso dijo: “¡Ah, qué vergüenza si nuestras mujeres nos viesen así!” El comentario me hizo recordar el rostro de mi esposa y, en el mismo instante, me sacó de aquel infierno. La voluntad de vivir volvió, diciéndome que la salvación del hombre es para y por el amor.

Allí estaba yo, en medio del suplicio y, aún así, capaz de entender a Dios, porque podía contemplar mentalmente el rostro de mi amada.

El guardia nos mandó pasar a todos, pero no obedecí, porque no estaba en el infierno en aquel momento. Aunque no pudiese saber si mi mujer estaba viva o muerta, eso no cambiaba nada. Contemplar mentalmente su imagen me devolvió la dignidad y la fuerza. Incluso cuando se lo quitan todo, un hombre aún tiene la bienaventuranza de recordar el rostro de quien ama, y esto salva”.


La venganza, el “ojo por ojo” no soluciona problema alguno y agrava más la situación. La venganza es como la herida que se raspa y se va agrandando cada día. Las ofensas y las injusticias solo tienen una respuesta: Amar a pesar de todo.

Me viene a la mente aquello del famoso escritor José María Gironella quien, en plena guerra civil española, viviendo en Gerona, sintió que peligraba su vida. No tomó las amas para defenderse, aunque fuese, como suele decirse “en legítima defensa”. El 6 de diciembre de 1936, decidió huir por los montes a Francia. En la frontera, los gendarmes franceses lo detuvieron y revisan todos sus bolsillos. Y cuál fue su sorpresa cuando los gendarmes encuentran en el bolsillo del pantalón un papelito muy pequeño que ni él sabía que estaba allí. Su padre Don Joaquín, a escondidas, le había escrito: “Hijo, no mates a nadie”.


Don Joaquín, comenta Martín Descalzo, sabía lo que era la verdad: “matar es más mortal que morir. Se mueren mucho más los que matan que los que caen muertos” Y añade: “Don Joaquín quería que su hijo volviera, pero no quería que regresara con el alma muerta”.

Porque cuando alguien mata siempre mueren dos: el que mata y el que ha caído muerto.


Jesús conocía muy bien el corazón humano. Y conocía también la antigua ley del “ojo por ojo”. Pero no sólo conocía el corazón humano capaz de llenarse de odio, de rencor y resentimiento y de venganza. También conocía que, cuando se ha descubierto el amor de Dios, el corazón humano es capaz de amar incluso a quienes han sido o son un peligro para él.
Víctor Frank cambió su corazón con el simple recordar el semblante de su esposa que ni siquiera sabía si estaba viva o muerta. Pero abrió su corazón a la vida y a la esperanza y al amor.
Por algo Jesús, cuando nos pide una actitud distinta a la violencia, a la venganza, a la selectividad, y nos propone el amor a todos, sabía que cuando el creyente es capaz de comprender aquello de “tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo”, nos propone el ideal de Dios, aparentemente un ideal imposible: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. Olvidémonos de las mejillas. Y vayamos al fondo del Evangelio y del corazón humano: el amor, y un amor universal como es el amor de Dios. Sólo así, y no a bofetadas, podremos crear ese mundo nuevo que se llama “Reino de Dios”.

Clemente Sobrado C. P.



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