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Otros hijos, sin embargo, son más atravesados y terminan por causar la ruina de sus padres. Así sucedió a Venancio, otro vecino, el del tercero. El capricho de los dioses le estaba aguardando desde antiguo


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Otros hijos, sin embargo, son más atravesados y terminan por causar la ruina de sus padres. Así sucedió a Venancio, otro vecino, el del tercero. El capricho de los dioses le estaba aguardando desde antiguo. Había encarnado en su propia sangre para encelarle mejor y rematarle indefenso. Venancio fue un cordero sacrifical, una víctima propiciatoria, para los que sepan y no sepan griego, un eirón.

Venancio era Subteniente jubilado. Viudo tambien. Y de aquel matrimonio tenía un hijo, Modesto, un punk de unos veinte tacos. El mílite se había casado más bien tarde, pasados los cincuenta.

Recuerdo con cariño a aquel vejete bajito y con tripa. Era un buenazo incapaz de matar a una mosca. Lo que más me intrigaba de todo era que fuese profesor de canto. Un suboficial, me dirán vds, la médula de la disciplina militar, cito a San Martín, más o menos: ¿canto?

Pues sí. Venancio trató de ser cantante, fracasó en el empeño y se quedó en suboficial de carrera, un chusquero cómo con cierta crueldad decíamos los señoritos en la mili. El defendía siempre a su profesión y al Estado. El único militar bien pagado, gruñía, es el mercenario. De todas formas, mejor que lo de la música no lo supiera el mando. Parece poco propio en el cuartel ¿sabe vd?

Y tanto. Andaba yo loco por enterarme de más detalles. Un sargento jilguero. ¡Menudo hallazgo para la fauna nacional! Pero la comunicación era difícil. El sujeto era parco en referencias artísticas. Tampoco descendía al ejemplo. Nunca. Al llegar el momento de la verdad se rajaba indefectiblemente. Osea, estábamos de palique y en un momento el decía: La Tabernera del Puerto, ¿sabe vd? Cuando llega X y canta...

Y tomaba aire...hinchaba el pecho...y yo contenía la respiración, ahora, ahora por fin voy a oirle el timbre, la tesitura, el ataque...y qué va, Venancio se deshinchaba y volvía al discurso. En si bemol, ¿sabe vd? Es de aquí, se señalaba el estómago. De diafragma. Muy difícil. Muy difícil, repetía con convicción. Vamos, no hubo manera de que le oyese ni el la.

Lo de los intérpretes otro desencuentro permanente. Sí, Teresa Riquelme, muy nombrada, habrá oído vd hablar de ella, seguro. Estudió con Don Francisco Muro en Teruel, sí. Su Doña Manolita estupenda, de lo mejor. La ponderó mucho en un artículo de La Voz de Murcia Don Eustaquio Lopez, el profesor del Conservatorio. El de “Las coplas de mi ventana”, ese que hizo un estudio sobre la juventud del Maestro Benítez, el autor de “Tris tras”.

Yo, corrido y en bolas. Lo dejé por imposible. Otro mundo.

Los alumnos, una pasada. Uy, tal había hecho un carrerón. Y ese otro, bueno, ni le digo. Y yo, claro, imaginaba, no sé, pues una Liu en la Scala, o un Arrigo en el Met o una Butterfly en el Covent Garden...y qué va, qué va. Su fior d´allievo estaba en el coro de una revista muy bien vestida del Maestro Tal. Sí, en Zamora.

Yo atacaba por lo profesional a ver si por allí sacaba algo en limpio. Cómo había estado en Transmisiones me dejaba caer con lo de mis amplificadores, los McIntosh. Una maravilla ¿no? Tubos cómo los Mullard ya no se hacían. Una lástima. Yo tenía todavía dos cajas sin abrir, un tesoro. ¿Quería verlos? ¿Qué prefería, válvulas o transistores? Tíos, ni idea. No sabía de lo que estaba hablando. Hizo bien el General con lo de la neutralidad. Macho, entramos en guerra con gente así a cargo de Transmisiones y las órdenes terminan por pasarlas con tam tam.

Lo que sí me contó fue cómo interferían Radio España Independiente, la emisora del PCE que estaba en Bucarest.

El equipo lo pusieron los americanos pero en España no había quien lo supiese manejar. Por lo visto no traía instrucciones para el uso, así que las cajas se quedaron en un hangar a verlas venir.

Los yankis, ya moscas, preguntaban: tíos de qué va el carnaval, que los rojos siguen largando el serial todas las noches y se oye guay a pesar del equipo Made in USA. ¿Qué pasa, se os han fundido los fusibles? ¿Faltan piezas? Que a una de estas los rojos montan un concurso radiofónico para los oyentes.

Pero en el Glorioso aquello no lo sabía echar a andar nadie. Y tampoco tenían huevos para entrar en el OK Corral y darse al guiri. El orgullo nacional, que se dice.

Pero héte aquí que los de la II Sección (por algo se llama Inteligencia) tenía fichado a un nazi en Andorra. Un antiguo oficial de las SS que ni podía volver a Alemania ni ofrecer sus servicios a los aliados. Pueden imaginarse el curriculum del pavo.

Pues le liaron. Vino para Iberia, le encontró escapado el hueso de la risa al invento, lo montó, dejó dicho cómo funcionaba y...no se las piró, no. Se quedó en la hospitalaria España y puso una empresa de transportes. Adivinen cual.

Coño, me dije. ¡Fíjate que pequeño es el mundo! Osea que este tipo bajito es el hijoputa que me dejaba sordo con el pitido aquel de marras. El autor del zumbido que intentaba parar la Historia así con mayúscula, el verdugo de mis noches estudiantiles.

¡Qué noches las de Radio España Independiente cuando yo era crío!

Vaya, es que yo subía al observatorio de mi padre con el corazón en la boca, tíos, palpitante, cómo los héroes de la Resistencia. El transistor bajo el brazo podía haber sido el Rayo de la Muerte o la Máscara de Fantomas. Pensaba que Franco tenía una sala cómo los Gabinetes de Guerra de las pelis en blanco y negro. Un sótano de techo altísimo lleno de chicas en uniforme que entraban y salían llevando mensajes a oficiales de camisa azul con yugo y flechas. La operación se desarrollaba sobre una pantalla transparente. Y en la pantalla signos en clave. Emisores, receptores, puntos de retransmisión, códigos...

Todos esperaban en silencio el inicio de la transmisión clandestina. El kapo era un sujeto con mandíbula cuadrada, parche en el ojo y nariz griega. Llevaba al cuello una Cruz de Hierro de la División Azul. Le faltaba una mano.

Por fin se oía la sintonía de la libertad. El kapo aplastaba la colilla, hacía un gesto y los sicarios se afanaban por conocer la orientación exacta del mensaje. En el techo se ponía en marcha un Identificador Trifásico de Secuencias Operativas y poco a poco empezaba a girar hasta dar con el haz de ondas. Entonces salía del tejado la antena infame y un ustachi croata le daba al zumbido de marras. Menos mal que está al loro la espía de los buenos, una chica polaca, disfrazada de SS.

Imagínense. El sótano, los ustachis y la espía polaca con cara de Carole Lombard. Nada, dos castizos, uno de ellos además profesor de canto. Llegaban con el termo al cuartel, fichaban, a las buenas noches, qué tal el cupón de la semana pasada, por una decena, ¿eh?, fresquito venía el invierno...

Y hala, a las diez le daban al botón de la chatarra, destapaban el termo, se ponían la radio para el concurso de la noche y hasta que Stalin dijese basta.

Sigo, que lo del matrimonio, paternidad y viudedad de Venancio es capítulo aparte: verán.

Venancio ya saben, todo lo que fuese música vocal le tiraba más que a un tonto una tiza y frecuentaba las Misas Mayores de la parroquia por aquello de currarse un poco el tímpano con el gorgorito. Un día le oyó el Agnus Dei a una soprano paisana y le privó el timbre. Pegó un toque al cura, se dejó caer, cómo quien dice, y su gozo en un pozo. La artista, por voto de no sé qué, gastaba hábito del Carmen y consagraba su body a Dios en las alturas. Venancio plegó velas y a seguir mandando en el cuartel por las mañanas y en la Academia de Canto por las tardes.

Pero, y en este pero está la madre del cordero, Cupido al loro, compas, que no está la vida cómo para dejar que la parroquia se escape de rositas.

La soprano de marras, una tal Carmen, vivía con su madre aquí al lado, en la calle Relatores, y la pareja tenía taller de costura y pensión. Con tal motivo, hostelero quiero decir, por allí se desplomaba todo el Reino, la basca más distinguida del Ruedo Ibérico. Viajantes, mucho viajante, sobre todo de ropa, funcionarios en comisión, curas y frailes sin Obispo ni convento, artistas de varietés, maletillas, monosabios de novilladas cutres y demás. La marea itinerante y bronca de una patria todavía mal asentada.

Uno de los permanentes trapicheaba en vino. Iba y venía cómo un zarandillo. Hacía favores, movía encargos, y a base de pastelitos, zalemas, chistes e historietas tenía a la madre encandilada. Ya saben, en el pais de los ciegos el tuerto es rey. En casa sin hombre el marica es garañón.

Una tarde que la vieja escampó a la novena, el viajante tiró de moscatel, convidó a la novicia a tragos y cuando la vio reirse por tonteras se le echó encima y la tumbó en un sofá de cretona.

Hasta donde llegó el escarnio y si la cosa quedó en tocamiento o pasó a mayores no creo se llegue a saber. Es público que Doña Carmen recurrió al párroco y que éste, bajo secreto de confesión (ya ven qué secreto es ese) tuvo la brillante idea de devolver el toque al Subteniente.

La prudencia pastoral del sacerdote dio sus frutos. Venancio ya, ni Agnus Dei ni nada, directamente en Gloria in Excelsis. Dispensa de voto, himeneo hoy mejor que mañana y a la santa coyunda que es gerundio.

Vino Modesto, no se sabe muy bien si del sofá o del sacramento y aquí paz y después gloria. Quiero decir, Gloria supuesta la misericordia del Altísimo, porque la señora tarifó pero por la posta. Que si me siento débil, que si unas inyecciones de vitaminas aquí mismo en el Ambulatorio...y allí mismo en el Ambulatorio una jeringuilla infectada, hepatitis, cirrosis...y a cantar a Dios en las alturas. ¿Creerán vds que el médico responsable se cortó? Ni un pelo. Inventó esta hermosa metáfora para explicar el homicidio: “eso es cómo si vas a un partido de fútbol, pasa una paloma volando por encima de los cincuenta mil espectadores, se hace, y te da a ti la cagada en el ojo”

Modesto, ya me dirán, creció en la calle y entre ratas. El desayuno se lo ponía la Almiranta, comer dónde le pillaba, y cenar, eso sí, cuando a Venancio no le tocaba servicio de interferencia, en el hórreo de los Xunta.

De todas formas parece que al pavo se le veía venir desde pequeñito. Un Aníbal en choro. La primera fue con Visi, la panadera.

Ello es que la buena mujer se daba a todos los diablos porque no le salían las cuentas. Tíos, tiraba de chines y allí faltaban rubias. Mientras tanto Modesto en plan Rotschild tirando de pelas mogollón. Vamos, que se permitía invitar a cigalas a la Almiranta en una marisquería pera de aquí al lado. El, cómo todavía era un crío, pasaba el marisco con gaseosa.

Algo debía de recelar la vieja, pero ¡pregunta tu con con la colita de cigala en la boca! Pibes, a tirar de cáscara y qué buenas que están. ¿Si? Pues otra de lo mismo, y venga y dale.

El chaval, entero, en plan adulto, explicaba que los del babero tenían el sótano hecho unos zorros y que le daban propinas por menearles los muebles viejos.

A todo esto Modesto venga panadería para arriba y para abajo. Venga a mercar panes, panecillos, sotobollos, pringues, sobaos y demás mandanga cerealera. Ya la vieja, Visi, un dia, tanto ir y venir a no puedo más, se mosqueó. En casa de Venancio no hay nadie, no se hace compra, y es que este chaval da con el trigo de Crimea, un suponer. ¡Qué raro! ¡Cómo no sea que aprovisionen al cuartel!

Y Modesto, hormiguita, barra a barra, pistola a pistola, currusco a currusco, que daba el pavo con el cereal, que lo fundía, el pan llevar que decía mi abuela.

Y todo era agacharse, atarse los cordones de los zapatos, me pica el pie...Visi, que andaba ya con la mosca detrás de la oreja, chis, tira un día del cajón de las perras y le pilla al titi la manita. In fraganti que se dice. Había hecho un agujero en la madera con el berbiquí, ingenio de mangui y a extraer petróleo de la mina.

Se montó un pollo del carajo, vino Pancracio, el municipal, y en medio del cortejo de basca morbo y ociosa llevó el delicuente al domicilio familiar y le consignó al derecho de corrección del padre mílite.

¿Qué diran vds que pasó? Que se desmayó. El padre, Venancio, sí. Cómo lo oyen. Un ahogo. Un mal rato. Una congestión. Un pálpito. Me lo contaba él, se cogía la laringe con las dos manos y apretaba, ag, ag, un ahogo. ¡Y tan ahogo! Por poco se me traspone y le tengo que llevar a la Casa de Socorro.

Cuando llegué yo a la buhardilla Modesto era ya el Billy el Niño del barrio. Tenían todos claro que acababa mal. Unos le veían rajado en un basurero. Otros, hecho bloque de hormigón. En fin, un predestinato. Salió de macarra y todo cómo personaje de un comic marginal. Un héroe del hampa, vamos, un hombre.

Y lo que es el amor padre/madre. Todos, todos lo veían chungo menos Venancio. El tipo estaba lo que se dice colado por el hijo, veía por sus ojos, bebía los vientos por él, lo tenía chocho, encoñado. Bueno, horas le he visto yo al pobre esperar al despojo aquel de Modesto. Una cañita, soñaba en tomarse una cañita con el hijo, un pinchito de atún, lo que fuese. Era su hijo ¿qué menos, hombre?

Yo lo llevaba mal, me daba pena. Hubo días que Venancio guardó la puerta desde la media tarde. Primero para el café. Luego para la cerveza. Luego para la cena. Luego para la copa. Y Modesto cada vez peor, cada vez más tirado, cada vez más punk, en malos pasos, y el vejete allí de plantón, y encima sonriendo y disculpando: calaveradas, locuras de juventud, decía. Ya tendrá tiempo para sentar la cabeza.

Yo esperaba el desenlace macabrón pero en cualquier momento. Y se estaba cociendo.

Modesto había hecho sociedad con el Puti, el hijo del limpia, y por aquel entonces vivían de un truquillo curioso, una choricería inocente, el tragaperras del mesón Goliat.

Verán: lo de la lotería no es nada comparado con el Nuevo Ciego, pero eso tampoco fue nada comparado con el bingo, que ya, es que arrastra multitudes y embelesa a las masas. Pero el despiporre fue la máquina. Cómo ven vamos bajando. Cuanto más barato el ticket mayor la hinchada. A la máquina juega todo Dios, tíos, que la calderilla nos quema en el bolsillo, hala a meter diez duros y a bajar la palanca. Ahí juega ya hasta el mendigo, el marginal, el que se escapa del asilo, el ama de casa, el crío...bueno, todos. No hay reglas, no hay que esperar al sorteo, no hay croupier...cómo la Polaroid, tira y saca.

Pues las máquinas son cómo las señoras, cada cierto tiempo tienen la regla. ¡Se les va a escapar eso a los gatos! Allí estaban Modesto y el Puti, en consorcio con un camarero del Goliat para enchufar duros a la máquina cuando al invento le faltaba poco, osea, estaba con el síndrome premenstrual. Iban, le echaban las perras, vaciaban las cosa y sesión de Consejo para la lectura de Balance y reparto de beneficios.

Pero al camarero le pillaron en no sé qué cosa de costo y ¿vds le han visto? Yo tampoco. El coro fue unánime: mala gente, mala gente, murmuraron durante varios días los clientes de Hermógenes. Y con el mala gente me quedé.

Al camarero aquel le sustituyó un tal Benito, un jayán que venía de Leon, del Bierzo. ¡Menudo angelito el menda! Un armario el gachó, un tipo cuadrado, sobre los dos metros, hecho a desayunar patatas con chorizo y torreznos. Más bruto que un arado. Había sido camarero en un bar de carretera; luego hizo la mili en Ferrocarriles. El pensaba quedarse allí, entre las vías de la Siberia castellana, pero no le quisieron los de la RENFE. Debía de ser que tenían mucho dónde escoger. Y hala, a la capital, al Palacio de la Tapa y del Expreso, esta su casa, Cafetería Goliat.

Ya tienen a los personajes. De una parte los dos perdis, Modesto y el Puti. De la otra Benito. Imagínense la escena. Los rockeros tratando de convencer al camarero de las excelencias de novar el contrato de pufo para gozar de la capital guapo que tal.

Pasa, tu, tron, tu que controlas el avión, la maquineta, nos hacemos un dil guay pero por el morro, colegui, tu cantas el décimo, me guipas tal que así, ¿no? o lo que mole y aquí el consorte diquela, se la menea al traga y a repartir, hacemos un mojo y a partir molón.

Nada, Benito que se hace el longuis. ¡Coño, qué raro! ¿no? ¡Je! no se creerán vds que Benito iba de sheriff. La ley y el orden se la traían al pairo. No. Que el tipo tenía ya su banda y había montado el negocio por su cuenta.

Y Modesto, no sé con qué artes le come el coco al papi para que le arregle la movida. Y Venancio que sí y monta una de buticlán de la taba, de la taba en serio, dura mogollón, con dos colegas de su quinta, y hala, los tres se ponen el mono de bonito, vulgo uniforme, y al Goliat a dar el cante.

La aparición de los sujetos dejó a todos lo que se dice traspuestos. Tres momias, tíos, pero de cachava y chata, con unos uniformes que parecían pues, no sé, una peli colonial. Había por allí por un enterado, y le dijo a un compa: son extras de la tele. Están rodando una aquí al lado una serie. Tres Lanceros Bengalíes, comentó un chusco. Por los años podía ser, dijo otro al loro. Y el más borde cerró: sí, pero de Bengala nada. De cerilla y vale.

Jo, la qué montó el trío. Este uniforme es sagrado y por él han dado la vida muchos héroes. Tengamos la fiesta en paz y discúlpense que vamos a por todas. Se cortaron los chistosos, macho, un respeto.

Nada más concluir el incidente, palmetazos sobre el mostrador y a apartar la mara a codazos. A ver esa cerveza, tu, patrón, que aquí no se sirve. A gritos.

El dueño no se lo creía. Pero ¿qué quieren estos vejestorios? Vienen a provocar y a su edad, menudo compromiso. Ellos nada, enteros, cómo duros de western que putean al al salón. Dále a la máquina Seve. ¿No estará esto ilegal, eh? ¡Pues a lo mejor, quien sabe! Aquí lo que se necesita es una inspección. Y de reojo a Benito y con segundas: cuidado con los de la quinta anterior que son los primeros en movilizarse. Sobre todo los de Ferrocarriles. Está la pelota en el alero.

El dueño no diquelaba un pito. ¿Qué hacían allí aquellos tres Fantasmas de la Zarzuela, que a Opera no llegaban, dando caña al chiringuito y meneando el tragaperras a tope?

Y Venancio a lo suyo. Otra tapa que esta está mala. Y ésta no me gusta. Y ésta fría. Y la cerveza sin presión. Y el vaso sucio: un número.

Total, que el dueño entendió el mensaje. Venancio era suboficial jubilado, tenía agarres en el Ayunta y bueno, pues para qué follones. La máquina emigró a un Pub que el dueño tenía en las inmediaciones y hasta la próxima. Que no la hubo porque Venancio palmó mil duros tirando de la palanquita y el escarmiento se le quedó en las neuronas.

Y, segunda parte de la tragedia, nuestros personajes ya tienen motivos para querer buscarse las cosquillas porque con tanta intimidación y tanta órdiga, el momio ni para unos ni para otros. Se acabaron los gabis de Modesto y de Puti y los extras de Benito.

Osea que un día, así, cómo por casualidad, Modesto va y me cierra el paso en la escalera y yo me digo, tíos, este viene a darme un palo. Porque tenían que haber visto el modelito del manús. Bueno. Unos vaqueros de aquí te espero, jirones, una camiseta que parecía una regadera por lo agujereada, un cinturón de cuero con adornos de metal y cinta roja al pelo de marine suicida. Parecía un figurín de peli heavy. Daba espanto. Una imagen cómo de Drácula punk, un fin del mundo de la moda.

El andoba me tranquiliza. Una consultilla, una cossa, tiene un colega en apuros, una ruina, tal, no sabría yo algo, un mogollón de jaco que le ha caído encima, chunga, chunga, unos sudacas, que si le han metido el marrón, que si se lo va a comer él solo...

A mi me salva la campana, osea la colegiación. Tío, no estoy colegiado, no hay nada que hacer, no sé cómo decirte Modesto, solidaridad, toda. Consejo legal, poco.

El tipo habla cómo un libro. Un diccionario de la

quinquería. Algo así cómo: que esto es mu chungo, mu chungo. El marrón jumea va tu, que la maría no la guindó el colegui, ¿diquelas?, y el madaleno, maricona perdida, por cubrir a su microbio, al chinorri, un pringao, va y se lo mete a él que no va de eso, ni menos de burro, que él es de droga y de dex, le va el acelerao, el pico para los albañiles, que dice, de verdad.

Traducción: un poli maricón le ha cargado a un amigo un sumario por robo de una caja de caudales y tráfico de heroína para proteger al delincuente de verdad, su amante, un crío. Y el amigo de Modesto, por supuesto es inocente. Le da miedo inyectarse y además lo que le gusta son los excitantes, la anfetamina y el ácido.

Aquí un amigo. No todo va a ser Quasimodo y e.e. cummings. La cárcel tambien es un lenguaje, ¡te digo!

Llegamos al final y Modesto larga: yo me pabro (por “me abro”) Y en estas se le cae una chuta de la manga.

Me quedo frío. La recoge y explica con sonrisa cómplice: esta no, joder, que es la del SIDA.

¡Leche! Debí de quedarme más blanco que el neon del ultramarinos.

- ¿Qué SIDA?-dije yo.

- ¿Cuál va ser?- contesta él. El de un colega de las tapias.

- ¿Y qué haces tu con eso por la vida? Tío que te ligas la Pelona, un respeto.

- ¿Yo?-pa chasco. Los guiris.

- No me digas que das palos con eso.

- Tu mismo. Mejor que la chusca. Así no es atraco.

-¿Cómo que no? Robo, tío, robo con intimidación.

-¿Con qué?

- Con violencia, con acojone, hombre. Eso es cómo si llevases un 45. No te quita la Perpetua ni tu padre.

- Pesa menos, tío. En la manga cómo el Derringer en las de vaqueros.

Y el mandarria se naja sin más.

Al poco leí en el periódico que operaba por los alrededores un tipo al que llamaban el Loco de la Jeringuilla. El interfecto asaltaba a todo Cristo, pero todo, hombres, mujeres y niños con la dichosa jeringa. A alguna tía tambien parece que le dio un par de tientos pero sin pasar de ahí. Normal. Con el jaco que se metía el Fantomas aquel, me parece a mí que violar, lo que se dice violar, cómo no violase la correspondencia...

En el barrio están ya hechos a todo, no sé si me entienden. A los tironeros les pagan rondas de cañas, los conocen por el apodo, en Navidad les mandan cestas. Sí, de verdad. Con los trileros se van de copas. Los espadistas ni les digo, la aristocracia. Por montar timba con ellos hay tortas. Pero lo de la jeringa...¡qué mal lo llevaba el pueblo soberano!

Hermógenes maldecía entre vaso y vaso. Las loteras en un grito. La Almiranta ni les cuento. Esa todo lo achaca a falta de autoridad. Por ella se fusilaba hasta en Navidad. Lo de la jeringuilla ya es el Juicio Final, Sodoma y Gomorra, la democracia, claro. Hasta el buenazo de Venancio abominaba el azote. Un día me ve en el portal y me dice compungido: ¿ha visto vd esto del Loco de la Jeringuilla? ¡Qué horror, donde vamos a parar! Yo le pasaba por las armas sin más. ¡Sumarísimo y al hoyo!

Y yo, en mi maldad inocente y cómo si no supiese quien era el Practicante enloquecido le dije.

- ¿Qué, esperando al hijo para tomar una caña?

- Pues sí. ¿Quiere vd acompañarnos?

- Es vd muy amable pero tengo unos capítulos atrasados. Gracias de todos modos.

Fíjense. ¡Cómo si yo no hubiese sabido quien era el Tempranillo del Aguijón y lo tenía más controlado que a la tarjeta de crédito!

¡Tíos y el desenlace estaba al caer!

La tragedia estalló una tarde de sábado. La Plaza estaba de bote en bote, la peña tomando cañas en las terrazas de las Cafeterías cuando cómo a eso de las seis aparece una gorda dando gritos: que me han robado, la jeringuilla, ¡ay, que me han pinchado, el SIDA, el SIDA...!

Y en plena arenga le da un patatús y se traspone. Hala, rodando por el suelo que te crió, venga bragas al aire, un espectáculo.

Animación en el respetable, dos o tres señores educados se levantan y socorren a la víctima. En estas que la

vieja se recupera, más o menos, y se sacude a manotazos a los benefactores. ¡Déjenme, déjenme que ya estoy bien!-aseguraba con la espuma en los labios. Que estoy bien.

Y al darse la media vuelta y todavía mientras se arreglaba la falda, otra escandalera: ellos, ellos, han sido esos, esos...

Ya se imaginan, Puti y Modesto que se habían ido a celebrar el palo con unas cañas.

Bueno, la peña que los tiene al alcance de la mano, para que quieres más, todos a ellos. Pero Modesto, un carácter, un hombre hecho y derecho, enarbola el pico y tíos, al que se mueva lo clavo. La basca se arruga. El SIDA todavía acojona, no sé cómo decirte.

Vds pensarán: la del humo y les están buscando. ¡Qué va, qué va! Que en vez de abrirse pillan la moto y atraviesan la Plaza con ella. Así, titis, por el morro. Delante del personal y sin cortarse. En línea recta, zas. Lo que se dice cómo una moto. Nada más justo.

Llegan al otro lado de la Plaza y cuando ya la plaza estaba apalancándose y comentando la jugada, osea: qué puntilla más fea la de la braga, ¿no?. El chaval del pico tenía un polvo, a mi me va ese músculo heavy, tío. La moto, sin embargo, una ruina, qué poco profesionales, les pilla el primer municipal que se curre un poco el gas, el país no es serio, qué quieres que te diga, ya ni los manguis son legales etc...al Puti se le cruzan los cables y con la emoción del momento que no se abre, que no, que pega un grito cómo una catedral y se arranca a embestir al respetable.

¡Joder con la Plaza cuando vió de qué iba la vaina! ¡Gayumbos para que os quiero! A tope de soleta, unas carreras lo que se dice vertiginosas. Se abrió la mara en abanico y a escapar, a esquivar, hala.

Bueno, allí a Puti le dio por echarse a las tías. Detrás de todas, a por la inyección dura. El tipo se enceló con una rubita de vaqueros y fue un número. La seguía, la chavala se ponía detrás de una mesa, el otro amagaba, ay, te doy, a qué no, a qué sí, tal, cual, hasta que por fin la nena, zas, en un esquive un hostión, y el respetable, ¡aaaaaah! , un grito de horror.

Pero la tía había caído entre sillas y Puti derivó para otros lares.

Dos mozos retiraron a la chavala en brazos...tíos, entre aplausos, increíble. El vecindario en los balcones celebrando la faena. ¡Valiente!-gritó un jubilado. ¡Olé tus tetas!-dijo otro ya puesto.

Una jamona tuvo peor suerte. La enfilaron por derecho y cuando le metieron el pincho toda la Plaza, ¡ay!, un lamento corto y duro, de muerte.

El rectángulo se calentaba. El amoto dio media vuelta y pareció que se najaba. Dos valientes les siguieron gritando puño en alto: ¡hijoputas, hijoputas!

¡Tú, cuando vieron que volvían a por ellos! Cómo galgos le pegaban al pinrel, un remolino. Y van dos temerarios y para ayudar a los que levantaban campo, citan: jeee, toro, toro.

Allí se fue el Puti por el que tenía más cerca. Pero el tipo ni echó a correr ni se protegió detrás de una silla ni nada. Se quedó cómo amuermado, esperando. Tíos, todos contuvimos la respiración, le dábamos por muerto, por lo menos un pinchazo en los pulmones y un revolcón seguro, tenía encima la moto, le cogía, le cogía, fijo, estaba ya el lance...y no, no, el chaval, elegante, valiente, compuesto, alzó despacio un brazo, dejó caer la chaqueta con el otro brazo, se apoyó en una sombrilla y cuando ya se confundían en un abrazo él y la moto se dejó caer sobre el mástil y giró. Giró muy lentamente, muy, muy lentamente, cómo una revolera de tejido pesado que nunca deja de caer en el viento y extendió ese bellísimo recorrido circular en una vuelta que no terminaba de terminar, que se hacía aire y asombro, un instante que pareció durar horas y que fijó la luz y el tiempo en un bloque inmóvil para siempre. Se borró hasta el silencio y cuando la moto marró el blanco y volvimos todos a la tarde y a la vida no podíamos creer que se hubiese producido aquel milagro, aquel increíble encuentro resuelto cómo un trance de eternidad en apenas un segundo.

¡Fu!-respiramos todos al mismo tiempo.

Puti se revolvió, paró la moto y por un segundo todos admiramos la grandeza del encuentro. De una parte la moto, hosca, brutal, rugiente, cabalgada por dos aurigas salvajes. De la otra un chavalín, casi un niño, sin más arma que su valentía y su instinto.

Arrancó entonces el héroe solitario. Midió el campo, ocupó su terreno con autoridad y andando por derecho hacia el monstruo, cómo si la pareja hubiese sido el blanco y no el atacante, se dispuso a hacer frente a la embestida.

Volvimos a contener la respiración. Ahora no había sombrilla que valiese. Era un encuentro de poder a poder. Los manguis habían aprendido la lección y esta vez esquivarlos parecía excusado.

Pero el desconocido tampoco era ya un crío temerario. Era un hombre cabal que era todos nosotros y la fuerza de la Plaza y nuestro ánimo. Queríamos que triunfase y estoy seguro de que él sentía nuestro calor en sus huesos. Estaba cómo iluminado por una dignidad que contrastaba con sus pocos años.

Puti metió gas a fondo y cargó a tumba abierta.

Y cuando ya era imposible el quiebro y el grito nos quemaba la garganta el joven alzó los brazos, adelgazó la cintura cómo si fuese a iniciar un paso de baile y así fue, un amago de ir a la izquierda que descontroló al conductor y una victoriosa media vuelta a la derecha que hurtó el cuerpo a la embestida. Y otra vez saltó el silencio y se fijaron las horas, obedientes al gesto bellísimo e hipnótico del atleta, en aquella tarde trigo y miel ya de sombras alargadas.

Y soltamos todos el grito. No podíamos más, nos venía del vientre y nos abrasaba y lo escupimos al aire. ¡Oooooleeeeee! Un olé de liberación y de angustia. Y el mozo, con un salto ágil salvó las mesas y desapareció bajo los soportales.


Bueno, el público enloquecido. ¡Figura!-le gritaban de los balcones. ¡Tío macho, olé tus cojones! ¡Viva la madre que te parió!-dijo una vieja. Querían más, coleguis, la basca despellejándose las manos a aplausos. Una señora tiró unas flores de geranio y un contable jubilado una bota. El delirio, tarde de triunfo en la Plaza.

Pasa en esto el mancebo de la lechera por el rectángulo, y el pavo que no se había enterado de la fiesta, inmutable, currándose el pavimento cómo si nada, con la cesta en la cabeza y mirando al tendido. ¡Buah!-que se tira histérico Puti, le arrolla, Modesto que le pica hasta la bola y ¡ahhhh!, la concurrencia frenética en plan morbo...y ¡leche!, cuando ven al crío espatarrado entre los triángulos de cartón van y se descojonan de la risa, un escándalo. El pobre lechero no entendía nada. Y se arrascaba el culo cómo un mono del zoo.

Dos mendas se quitaron la chaqueta y empezaron a jugar a la vaquilla con la moto. ¡Eh!-provocaban al Puti, ¡je!

De los balcones llovían gritos de ánimo. ¡Animo valientes! ¡Corre que te pilla! ¡Cuidado! ¡Por ahí no, qué te coge! ¡Métete detrás de la columna, de la columna! ¡Ay!

Y ya, el disloque. Puti ve al lechero por los suelos y a la basca desmelenada y cómo que le da el ataque, se le cruzan los cables y a por todas. ¡Allí fue ella! Cada uno por su lado, una bronca increíble, el personal rojo cómo tomates, sudorosos y provocando a los punkies en plena carrera: pínchame a mi, hijoputa, a mí que tengo el culo de hormigón, maricones, con las nenas podeís, venid aquí si teneís cojones...

¡Qué tarde! Pero estaba claro que aquello finiquitaba. La banda le estaba perdiendo el respeto al pincho. Se acercaban a la pareja, les acorralaban, los manguis maniobraban cada vez mas torpemente, tambien ellos estaban cansados, se les acababa el resuello y todos veíamos ya que la chuta de Modesto tenía el pico más doblado que el alambre de un plomero.

Y al bureo saltó Benito. ¡Anda que no le tenía ganas ni nada a Modesto! Le había jodido el chollo de la máquina, se imaginan. Lo odiaba. Y era ahora o nunca. Así que con la chaquetilla puesta y mientras se secaba las manos con el delantal Benito citó aplomado y desde lejos.

Nadie entendía nada. Pero al ver pararse la moto y aceptar de entrada el lance todos se quedaron quietos y luego, poco a poco, formaron cómo sin querer un círculo en derredor de los contendientes. Se hizo un silencio respetuoso. El público intuía la presencia de un agravio y había comprendido que ese era el momento de su resolución.

Puti arrancó cómo un diablo. Cargaba con la cara baja, sin mirar, para ofrecer menos resistencia al viento. Pero aquellos pobres no eran enemigos para Benito, curtido en mil capeas. Cuando el leonés los tuvo cerca los engañó con un quiebro de banderillero y al hilo del flanco que le ofrecían lanzó un patadón que dejó a los aurigas dando vueltas por el suelo.

Con el castañazo hubiera bastado para que la bofetada fuese de UVI. Pero ¡quia!, Benito tenía que consumar aun su venganza. Se lió a patadas con Modesto pero unas patadas, vamos, las que se dan a un saco de paja para que quepa más. Una masacre.

El pueblo soberano que vió a la bestia en tierra, macho, para qué quería más día de fiesta. Cómo en el Hondo Sur, la Ley de Lynch, los trituraba.

Puñetazos, mordiscos, patadas...valía todo. Le quitaron la presa a Benito, para ellos solos que querían a las víctimas. Los inmolaban. ¡Ah!, llegó la gorda de los berridos y del desmayo. Tenían que haberla visto. Se hizo paso a codazos, pero unos codazos de lucha libre, se levantó las faldas hasta la cintura, de verdad, ahora sí que se le veían las bragas, ni pudor ni órdigas, y se lió a darles de taconazos. Estaba histérica la tía, se reía, lloraba, sudaba, y venga a dar patadas, yo creía que se nos quedaba en el rapto. Se congestionó cómo en un síncope, se meaba y todo. Gritaba, se le caían los mocos...para mi que incluso se corrió.

Llegó la bofia con el pitorro puesto y nada, que la banda no cejaba en el hule. La madera a por todas. Quisieron entrar a codazos y ni por esas. Tíos, cómo una jauría que ha hecho carne y ha llegado a las tripas. No había manera. Bueno, tiraron de porra y es que se hincharon a cascar. Sonaba aquello cómo palos en pellejo. Ni por esas. Al hierro, de verdad. Desenfundaron y a currar el aire a tiros. ¡Qué chusma, Dios, qué plebe!

Dos días estuvo la sangre sobre el pavimento hasta que u

na noche la limpió la lluvia.

Venancio, con el disgusto, se quedó cómo amuermado de costo barato, idiota.

Empezó a gastar el hábito de su mujer, el Carmen. Una mortaja más que otra cosa. Iba por la calle cómo alma en pena. A veces Pancracio le seguía por ver de evitar una desgracia. Pero estaba escrito. Que le pasaba algo antes o despues, fijo. Hermógenes resumió la situación con su sensibilidad habitual: “este tío canta a ciprés la hostia”

El párroco que le había buscado pareja, le buscó tambien un Asilo. Uno muy bueno de Salamanca, en la Peña de Francia, creo. Pero antes de que llegase el día se lo cargó un buga en Atocha.

Cuando atardece y es día de sol los coches que vienen por la calle no ven nada, les ciega el crepúsculo. Pero no se piensen que por eso frenan. Al contrario: meten gas y a por la bola de fuego. El síndrome de Ícaro que le llamo yo.

Venancio no estaba para trances de tanto empeño cómo atravesar Atocha a esa hora. Se lo dijimos todos. Tenga vd cuidado que va en serio. Se lo llevan por delante a poco que se descuide. Se descuidó y apagatis lucis. Una tarde de Junio, sobre las seis, un administrativo de no sé qué Mutua.



Bueno, pues ya se imaginan. Otro tanto para el enano de la pajarita, Valentín, el contable de la Inmobiliaria. Y para el Almirante, claro. Y hasta para la economía nacional, leche, que la especulación es cómo la anfetamina de la oferta mobiliaria ¿a que sí?






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