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Otra manera de vivir en pareja: Relaciones homosexuales


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Otra manera de vivir en pareja:

Relaciones homosexuales

Por:


José Vico P,

en Liberación sexual y ética cristiana

Ed. Paulinas, Madrid, 1999, 433-495.

El fenómeno de la orientación homosexual y los problemas que entraña se han visto en los últimos años progresivamente tratados en la literatura ética de todas las confesiones cristianas. El hecho se debe, sobre todo, a la toma de conciencia de los nuevos elementos que hay que considerar, teniendo en cuenta los progresos de la biología, de la medicina, de la psicología e, incluso, de la antropología cultural. Una publicación sigue a otra. Sus resultados se corrigen y se complementan mutuamente.


Lo que pasa es que estos resultados son también consecuencia de un profundo análisis de la vida de los hombres de nuestro tiempo, cuya mentalidad va cambiando en lo que se refiere al tema, quizá más lentamente que respecto a otros temas para quienes lo miran desde fuera. Quienes lo viven desde dentro cobran cada día conciencia de su propia identidad, rechazan la clandestinidad y la marginación, y exigen lo que ellos consideran sus propios derechos. La reivindicación de esos derechos es lo que ha dado origen al movimiento de gays y lesbianas, que, desde Estados Unidos fundamentalmente, se ha extendido al mundo entero (1).
1. El fenómeno homosexual
1. 1. Clarificación del término
El término «homosexualidad» aparece en el siglo XIX y se cree que fue introducido por un médico húngaro (2) o uno inglés (3) como contrapuesto al término «heterosexualidad». Sin embargo, a lo largo del tiempo se ha ido cargando de connotaciones peyorativas, lo cual ha motivado que algunos prefieran sustituirlo por otros términos. Así hay quien prefiere hablar de «homofilia», de «homotropía» y de «gay», con cierto carácter reivindicativo (4) . De todas formas, en mi propio planteamiento considero razonable la propuesta de M. Oraison, cuando dice que «el término homosexual es en el fondo el único que conviene para hablar del problema en general (5), ya que «el término que engloba adecuadamente la realidad (de la condición de las personas cuya pulsión sexual se orienta hacia individuos del mismo sexo) es el de homosexualidad (lo mismo que "heterosexualidad" es término adecuado para significar la condición sexual de las personas cuya pulsión sexual se orienta hacia individuos de diferente Sexo» (6).
Lo que ocurre es que se hace necesario evitar los prejuicios éticos a la hora de recurrir a este término. Y ciertamente, hay que reconocer que no siempre se evitan estos prejuicios éticos -ya desde la misma definición- del referente de este término. Por ejemplo, E. Sgreccia, recogiendo otras definiciones, en mi opinión, prejuzga éticamente el fenómeno de la homosexualidad, antes de cualquier análisis y desde la misma definición, hablando de ella como de una «anomalía» y de una «desviación» adquirida por el propio individuo (7). En sentido contrario, también M. Vidal me parece que prejuzga éticamente la «homosexualidad», cuando la define como «la condición humana de un ser personal que en el nivel de la sexualidad se caracteriza por la peculiaridad de sentirse constitutivamente instalado en la forma de expresión exclusiva en la que el partenaire es del mismo sexo » (8).
Desde mi punto de vista, considero que cualquier definición ha de ser la conclusión de un análisis concienzudo del fenómeno a todos los niveles. Quiero decir que no puede ser el punto de partida, sino, más bien, el de llegada. De todas formas, creo que puede ser positivo partir de una noción, lo más amplia posible, en orden a identificar el referente de la terminología empleada. ¿A qué nos referimos, pues, cuando hablamos de homosexualidad? Tratando de ser lo más aséptico éticamente y lo más abarcante posible, diría que la homosexualidad es la manera de ser de una persona que en su vivencia de la sexualidad se siente pulsionado y puede expresarla con personas del mismo sexo.
1.2. En la realidad no hay “homosexualidad”, sino “homosexuales”
De todas formas, conviene advertir –como reconoce E. Sgreccia– que “el término homosexual es una determinación bastante global y vasta dentro de la cual se puede recoger diversas graduaciones” (9). Y es que:
“Bajo una misma denominación, sin embargo, pueden encerrarse comportamientos muy diferentes. Como en medicina, habría que decir que no existe la homosexualidad, sino personas homosexuales y evidentemente cada una llegará a vivir de manera distinta, según sus rasgos personales. Tal vez un concepto demasiado unívoco y abstracto ha absolutizado ciertos signos específicos que a lo mejor no corresponden sino a un grupo determinado y concreto. Esto explicaría los dogmatismos existentes” (10).
De ahí que, en la actualidad, la mayoría de las ciencias que estudian el fenómeno se sientan obligadas a hablar de “homosexualidades” (en plural) en vez de referirse a una sola constelación de normas, comportamientos y enfoques (11), porque el fenómeno de la homosexualidad difícilmente se deja abarcar en una única categoría. Es un fenómeno pluriforme. Y como tal debemos considerarlo. “No todos los homosexuales son iguales, al igual que no lo son todos los heterosexuales (es decir, no son iguales en absoluto), ni todos son homosexuales en el mismo grado, ni se sienten de igual manera respecto a su homosexualidad” (12).
Desde esta perspectiva es importante que tengamos en cuenta dos aspectos fundamentales a saber: la manera de ser del homosexual y la forma de vivir y expresar la homosexualidad.
Diferentes maneras de ser homosexual
A la hora de analizar el fenómeno de la homosexualidad, de modo crítico y diferenciado, lo primero que hay que decir es que no todo lo que culturalmente se identifica con maneras de ser homosexuales lo es en realidad. Así, por ejemplo, aunque a veces se dan características de comportamiento –timbre de voz, gestos o movimientos– típicos, según la propia cultura, de las del otro sexo (varones afeminados o mujeres varoniles), no se puede decir por eso, sin más, que tales personas son homosexuales. Lo mismo puede decirse de determinados roles, que algunas personas pueden asumir con gusto, y que chocan con los que la cultura dominante establece para el otro sexo: no por eso son homosexuales. Ser homosexual o no serlo, no depende simplemente de los san benitos que la cultura cuelga sobre las personas para catalogarlas y, en el peor de los caos, para marginarlas. Ser homosexual es una manera de ser de la persona en su propia orientación sexual.
Además, hay que reconocer también, de entrada, que ser homosexual no implica –ni siempre, ni necesariamente– encontrarse a disgusto en la propia piel por el género al que se pertenece. Sólo los transexuales sienten este disgusto, hasta el punto de que harán cuanto les sea posible para transformarse en su propia identidad genérica hasta conseguir adecuarla a lo que perciben de sí mismos.
Por otra parte, ser homosexual no implica, en todos los casos, serlo totalmente y en exclusividad. La experiencia acumulada en el tratamiento de las personas aconseja establecer que consideran la homosexualidad a modo de contiuum, con siete grados que van de la heterosexualidad total a la homosexualidad total, con cinco grados intermedios entre la una y la otra (preponderantemente heterosexual y esporádicamente homosexual; preferentemente heterosexual y más que esporádicamente homosexual; tan heterosexual y más esporádicamente homosexual; tan heterosexual como homosexual; preferentemente homosexual y más que esporádicamente heterosexual; preponderantemente homosexual y esporádicamente heterosexual). Estos siete grados marcan, al menos de manera orientativa, la complejidad de esta orientación de la pulsión sexual (13). No es raro encontrar personas con tendencias homosexuales y que, sin embargo, tiene una actuación heterosexual, estén o no casadas, tengan o no tengan hijos. La actuación sexual es una cosa y la orientación sexual otra. Esta es una manera de ser, se esté casado o célibe, se tenga (14) actividad sexual o no.
Por último, hay que considerar los cambios evolutivos de la persona a lo largo de su vida (15). A veces, puede haber en una misma persona etapas de homosexualidad, junto a otras de heterosexualidad. El fenómeno es más frecuente en la adolescencia, cuando la persona busca su propia identidad a través de la exploración, pero no excluye otros momentos de la vida.
Diferentes maneras de vivir y expresar la homosexualidad
También respecto a la forma de vivir y expresar esta manera de ser homosexual se trata de un fenómeno plurifacético y multiforme (16). Los psicólogos más críticos correlacionan diversas medidas para ofrecernos una tipología lo más adecuada posible a la realidad de la experiencia. Nos hablan de cinco maneras de vivir y expresar la homosexualidad, que, por otra parte, no son tan dispares de las maneras de hacerlo en la orientación heterosexual: el primer modo de vivir ha sido denominado «emparejados cerrados», y se corresponde con el grupo de homosexuales que viven en pareja con una relación casi matrimonial; el segundo, está formado por los «emparejados abiertos» que se caracterizan fundamentalmente por una insatisfacción en sus vidas de pareja; el tercero, lo forman los llamados «funcionales», a los que corresponde el tener un gran número de compañeros sexuales, así como escasa pesadumbre por el hecho de ser homosexual; el cuarto, lo constituyen los llamados «disfuncionales», y presentan también un gran número de compañías sexuales, pero, a diferencia de los anteriores, puntúan muy alto en pesadumbre por ser homosexuales así corno en problemas de tipo sexual; y, por último, el quinto, lo forman los «asexuales», que puntúan muy bajo en nivel de actividad sexual y muy alto en problemas sexuales, así como en pesadumbre por el hecho de ser homosexuales.
A estas maneras de vivir y expresar la homosexualidad se podrían añadir otras, que salen a la luz, cuando se vive de cerca esta manera de ser (17). De todas formas, en la homosexualidad, como en la heterosexualidad, tienen cabida los tres componentes, que propone R. J. Sternberg (18), como «triángulo del amor» –que recogimos en el capítulo tercero, al cual me remito ahora–: la intimidad, la pasión y el compromiso. Si se dan estos tres elementos unidos, bien trabados y ensamblados en la relación interpersonal, considero que se puede hablar con toda propiedad de «amor homosexual», mientras que si falta cualquiera de ellos no se puede hablar así, si no se quiere traicionar el lenguaje. A pesar de las palabras que se utilicen, también entre homosexuales puede darse simplemente, según la tipificación de R. J. Sternberg (19), «cariño o afecto», «encaprichamiento», «amor vacío», «amor romántico», «compañerismo» o «amor fatuo».
1.3. Origen de las homosexualidades
Una de las cuestiones más importantes que se proponen hoy acerca de este fenómeno es precisamente cuál sea su origen (20): ¿son las diversas formas de homosexualidad algo congénito o adquirido? ¿Su origen es endógeno o exógeno? Para responder correctamente a estas preguntas, considero que es necesario centrar la cuestión en su lugar adecuado.
Y, según mi propio punto de vista, lo primero que hay que decir es que esta cuestión no se refiere a la actividad de las personas homosexuales, sino típicamente a su manera de ser, es decir, a su condición de homosexuales. En este sentido, tal y como la planteo, la problemática acerca del origen de las homosexualidades se refiere a lo dado, no a lo elegido. Por eso, creo que se han de ver las influencias de los factores psicológicos, biológicos y sociales en la aparición de la homosexualidad, puesto que son estos los que -como señalaba en el capítulo tercero– hacen al hombre varón o mujer, aunque, con razón,

«en general, se puede afirmar que un individuo se va descubriendo en un determinado momento homosexual y con una orientación definida hacia sujetos del mismo sexo. Dicha tendencia, en muchos casos, no es fruto de una "elección" personal, sino de un proceso a lo largo de la construcción de su personalidad. Por tanto, la distinción entre persona que tiene una condición (orientación) homosexual y la que puede realizar actos homosexuales es importante, ya que esta última puede tener o no una orientación homosexual» (21).


Por otra parte, dado que la homosexualidad es un fenómeno pluriforme, creo que no conviene hablar de «causas», sino de «factores» que pueden influir en la aparición de esa orientación. Estos factores, efectivamente, pueden predisponer, pero puede también que no determinen, sin más ni más, la aparición de la homosexualidad en una relación de causa a efecto. En este sentido, hemos de ser prudentes para no extraer conclusiones precipitadas de las afirmaciones de las ciencias que abordan el tema.
Factores psicológicos en ciertas homosexualidades
Quizá el psicoanálisis sea uno de los que más han estudiado el origen de la homosexualidad. Para S. Freud la homosexualidad es algo adquirido, aunque nunca negó posibles factores de orden constitucional. Uno de los datos «más revolucionarios en la concepción freudiana sobre la homosexualidad viene dado por la afirmación de su carácter universal; es decir, por la afirmación de que la sexualidad de todo sujeto humano entraña como una dimensión esencial lo homosexual. La disposición a la homosexualidad no constituye, por tanto, ninguna excepción, sino que forma parte también de la constitución denominada normal. De ahí se deriva el hecho de que todo individuo tenga que afrontar un cierto grado de homosexualidad biológica y psíquica que determinará, en gran parte, su futura orientación sexual, así como su grado de estabilidad psicológica. De las diversas soluciones que, según la constitución y el ambiente, se aporten a esta dimensión homo-

sexual, dependerá que se desemboque finalmente en una situación de homosexualidad manifiesta, de neurosis o de normalidad" (léase en este momento heterosexualidad)» (22).


Esta postura respecto del punto de partida de la homosexualidad de S. Freud es hoy comúnmente aceptada. En el desarrollo psicológico de la identidad sexual, el punto de partida es de una cierta ambigüedad en la persona por los «representantes hormonales y psicológicos del otro sexo que no somos», de tal forma que, si bien es verdad que «casi todos los seres humanos nacemos y evolucionamos decididamente marcados hacia uno de los sexos, pero esto no invalida el que algunos, biológica y psicológicamente, estén más indeterminados y que por lo tanto se juegue en ellos, con mayor crudeza e incluso tragedia, la gran aventura de dar forma concreta a la masa plástica de lo sexual » (23) y esto implique que, por múltiples causas, no se dé una resolución armónica del proceso de ambigüedad (24)»
¿Cuáles son para S. Freud los elementos que hacen que una persona esté orientada fundamentalmente hacia la homosexualidad? Es cierto que él no estudió el fenómeno en toda su amplitud, pero si hizo afirmaciones importantes al respecto.
«Sintetizando las motivaciones principales de tal orientación homosexual tenemos, pues, en primer lugar la adherencia a la madre que conduce hasta la identificación con ella y, a partir de ahí, una elección narcisista de objeto por la que el sujeto busca en el otro su propia imagen, al mismo tiempo que elude la angustia de castración. En segundo lugar aparece el Edipo invertido por el que el padre (o la madre en la niña) se convierte en el objeto primario del deseo. Por último, existe según Freud, otro tipo de motivación enlazado con la problemática de la agresividad, bien eludiendo la rivalidad de un tercero o bien por transformación de los impulsos hostiles en cariñosos hacia una persona del mismo sexo. En cuanto a la mujer, aparecen como elementos específicos el complejo de masculinidad y la consiguiente envidia del pene» (25).
Todas estas motivaciones orientaban la investigación hacia la constitución familiar de la persona homosexual. Por eso, una buena parte de los psicólogos y psiquiatras, sobre todo de la corriente psicoanalítica (26), afirmarán que la orientación homosexual puede tener su origen, en muchos casos, durante la fase de la primera infancia o bien durante las fases posteriores de la evolución de la personalidad, como consecuencia en una detención en el desarrollo, provocado, a veces, por el tipo de la relación padres-hijo/a (27). De todas formas, las posiciones no están unificadas respecto a las consecuencias de esta detención en el desarrollo personal.
Para unos, el resultado de esta «detención en el desarrollo» hará de la homosexualidad una patología perversa. Esta es la postura, por ejemplo, de G. V. Bartolo (28) , quien, partiendo de un prejuicio muy extendido entre los psicoanalistas según el cual «la homosexualidad, como cualquier otra patología sexual, es una herida profunda a nivel de las energías» (29) afirma que «se calcula que sólo un mínimo tanto por ciento de la expresión homosexual puede atribuirse a una base biológica; el resto es la expresión de una patología de la relación, que se remonta a la que es fundamental: la que se establece con los padres […] ya que la anámnesis de la homosexualidad saca a la luz una falsedad en la relación que remonta a la primerísima infancia, si es que no a la vida intrauterina» (30).
Otros, en cambio, después de clarificar lo que para S. Freud significa el término «perversión», aplicado a la homosexualidad a lo largo de toda su obra, y de criticar las deformaciones y olvidos de los post-freudianos (31), afirman que «en la medida en la que un o una homosexual puede gozar de una vida armoniosa, creativa y satisfactoria, en la medida en que, como cualquier heterosexual, pueda trabajar y amar, llevar a cabo un proyecto de vida y relacionarse amorosamente con los otros desde la libertad y la diferencia, el psicoanálisis no verá en la homosexualidad un conflicto psíquico a resolver» (32). No todos los casos son iguales. Sin embargo, según su parecer, la orientación homosexual quedaría «como una fijación o estancamiento en un período del desarrollo evolutivo y no como un conflicto neurótico o una enfermedad» (33).
Por consiguiente, no toda homosexualidad es algo perverso y patológico, aun cuando pueda haberlas en ella, como, por otra parte puedan encontrarse en la heterosexualidad. La «detención en el desarrollo» no hipoteca, en todos los casos, el futuro de la persona, ni hace «perversa» su orientación sexual, como si se tratara de una «alteración sociopática de la personalidad», de una desviación o de una enfermedad mental. En esta postura está la Asociación Americana de Psiquiatría que, desde 1974, dejó de incluir la homosexualidad en la lista de los trastornos mentales (34).
Factores biológicos en ciertas homosexualidades
El factor cromotímico en la homosexualidad. Hoy se es bien consciente de que la sexualidad humana tiene una base biológica, que no se debe olvidar. En concreto, no se puede olvidar que, en cuanto al «sexo cromosómico», la persona viene marcada por la dotación XX, si es mujer, y por XY en el caso del varón.
«Sin embargo, se conocen médicamente una serie de situaciones intermedias. Las más conocidas son en el hombre: los tipos XYY (en el que, hablando simplificadamente, los caracteres masculinos se encuentran acentuados) y los XXY, donde existe una atenuación en sentido contrario de los caracteres propios del varón. En la mujer se conocen los tipos XO y XXX donde hay que decir en general que puede hablarse de una intensificación de los rasgos característicos del sexo femenino. En los cuatro casos citados se desarrollan las gónadas sexuales masculinas o femeninas, aunque puedan estar en situación atrófica (sobre todo en los XXY y XO).
Además, hay que referirse a los múltiples casos de mosaicismo, es decir, a individuos con dos líneas celulares distintas, por ejemplo XX/XY; XY/XO; XXY/XXXY, etc. En estos casos, la imprecisión entre la masculinidad y la feminidad se acentúa: existen casos en que los órganos genitales externos deben calificarse por su ambigüedad como "intersexuales", y otros en que hay que hablar de un auténtico hermafroditismo, es decir, de

la coexistencia de testículos y ovarios en el mismo individuo» (35).


Más aún, no solo hay que considerar el número de cromosomas sexuales sino también su composición genética. Hay biólogos que se preguntan si existirán genes o conjuntos de genes, que puedan causar la homosexualidad o predisponer a ella (36).
La pista la dio la comparación de los gemelos. Comparando parejas de gemelos, mono y dizigóticos, en donde uno de ellos era homosexual y que habían vivido en un mismo medio familiar, F. J. Kallmann (37) pudo constatar que mientras en los gemelos dizigóticos, si uno de los hermanos era heterosexual, el otro lo era igualmente en el 29,5% de los casos, la coincidencia en la tendencia homosexual se eleva a casi el 70,5% en los gemelos monozigóticos. Las experiencias de E. J. Kallmann fueron criticadas y se les dio poco crédito (38). Sin embargo, las investigaciones recientes parecen haberle dado la razón, en parte al menos. En concreto, D. H. Hamer y sus colaboradores (39) utilizaron 22 marcadores moleculares del cromosoma X y los estudiaron en 40 pares de hermanos varones ambos homosexuales. El resultado de su estudio fue que había cinco marcadores pertenecientes a la región Xq28 que, en 33 de los 40 pares de hermanos analizados, tenían relación con la orientación homosexual. A pesar de que estos datos parecían confirmar los planteamientos de E. J. Kallmann, los investigadores fueron muy prudentes y críticos con sus propios resultados, afirmando entre otras cosas que el papel de los genes en la orientación sexual puede ser más de predisponer que de determinar (40). Posteriormente se ha llevado a cabo otra investigación y se ha comprobado que la región Xq28 contiene una información genética que influye en la variación individual en la orientación sexual de los varones, pero no en la de las mujeres (41).
«Desde el punto de vista científico, dos conclusiones parecen importantes: una, que los genes pueden predisponer más que determinar la conducta homosexual; otra, que aun cuando los rasgos genéticos y neuroanatómicos parecieran estar correlacionados con la orientación sexual, la relación causal no está ni mucho menos conocida» (42).
–El factor hormonal en la homosexualidad. Ciertamente, no se ha confirmado la hipótesis inicial de que la causa de la predisposición homosexual esté en la relación directa con la dotación hereditaria que recibe el individuo. De lo que no se duda es de que está condicionada por las hormonas sexuales masculinas y femeninas que hay en el organismo. Y esto desde el desarrollo embrionario.
Para que se constituya un individuo de sexo masculino tiene que acontecer o que añadirse «algo». Este «algo» es la hormona sexual masculina, la testosterona, producida por el incipiente testículo fetal. Ya son antiguas las experiencias de A. Jost (43) consistentes en castrar a un feto de conejo del sexo masculino antes de 18 días de su gestación: se desarrolla en dicho caso un individuo cuyos genitales externos son similares a los de una hembra de dicha especie.
La situación que acabamos de describir se puede presentar de una manera espontánea en la especie humana en el llamado «síndrome de resistencia a los andrógenos». En esta situación los tejidos de un embrión de sexo masculino no «responden» a la acción de la testosterona que comienza a ser producida por el testículo fetal. Como consecuencia de ello, nacerá un ser cuyos genitales externos serán femeninos, aunque se trate de un individuo XY desde el punto de vista cromosómico y posea testículos en lugar de ovarios. Normalmente se le asignará el sexo femenino, será educado como una niña y desarrollará una psicología femenina, aunque obviamente no podrá ser madre.
Puede darse también una inversión en sentido contrario. Una mujer embarazada que produzca una excesiva cantidad de andrógenos puede masculinizar total o parcialmente a un embrión del sexo femenino que se está desarrollando en ella. Se trata del llamado síndrome adrenogenital, que puede originar en casos extremos el nacimiento de un ser cuyos órganos genitales externos serán indiscutiblemente masculinos y a quien se le asignará dicho sexo, aunque se trate de un individuo XX y posea ovarios (44).
–El factor cerebral en la homosexualidad. Parece que el riego hormonal no solo afecta a la morfología sexual, sino también a la sexualización del cerebro, en el que está implicada toda la psicología de la persona, puesto que la psicología depende entre otras cosas del cerebro (45).
«Las investigaciones de Dórner en las ratas son claramente significativas: por ejemplo, ha conseguido el desarrollo de homosexualidad masculina o femenina administrando estrógenos o andrógenos a ratas machos o hembras.
Dórner considera que determinados desequilibrios de las hormonas sexuales durante el período crítico del desarrollo del cerebro humano lleva a cambios estructurales y/o bioquímicos de las regiones cerebrales asociadas con el comportamiento y la orientación sexual. La sexualización del cerebro acontece en los meses 4º. a 6º. del desarrollo embrionario humano. Como consecuencia de estos cambios, el investigador alemán concluye que las deficiencias de andrógenos en fetos masculinos o una cantidad excesiva en los fetos femeninos, durante ese período crítico, pueden causar homo o bisexualidad en el varón o en la mujer » (46).
Cerrando ya este apartado, parece que se impone esta conclusión: que, a lo mejor, «hay que afirmar que tanto el comportamiento sexual general, como también el homosexual,

dependen fundamentalmente de factores educativos o culturales, pero al mismo tiempo debe insistirse que quedan pendientes no pocos interrogantes que no excluyen una raíz bio-

lógica de la homosexualidad» (47), ya que, desde esa raíz, se detecta «la presencia de una serie de casos intermedios entre la "plena" masculinidad y la "plena" feminidad » (48).
Factores sociales y culturales en ciertas homosexualidades
Aún reconociendo que el recurso a la biología es muy necesario para conocer el origen de ciertas homosexualidades, sin embargo este recurso no explicaría –tomado en exclusividad– la extensión de todas las variedades que presenta el fenómeno de la homosexualidad. No explica, por ejemplo, que haya habido épocas de la historia y regiones de la geografía donde el fenómeno se ha extendido de manera espectacular (49).
Por eso, además de estos factores internos de la identidad personal, tenemos que reconocer que influyen también directamente en el origen de la homosexualidad otros factores ex-

ternos, sociales o culturales (50). Así se explica, por ejemplo, la homosexualidad practicada en ciertos internados, en cárceles, campamentos y otros ambientes cerrados. En estos casos, la actividad homosexual frecuentemente tiene carácter sustitutivo, prueba de ello es que, cuando el ambiente se abre, terminan para muchos las prácticas de homosexualidad. No obstante, tratándose de individuos más jóvenes o más influenciables, las experiencias homosexuales pueden evolucionar en el sentido de una verdadera orientación homosexual. No conviene olvidar que la persona se va orientando sexualmente al ritmo de sus elecciones particulares, que le van posicionando en una dirección determinada. En este sentido, en el origen de ciertas orientaciones homosexuales puede estar una seducción (51) o una violación, confirmada después por el comportamiento personal del propio interesado.


También una cultura rabiosamente ideológica acerca la virilidad, que va unida al antifeminismo –o viceversa: un feminismo rabiosamente antimasculino–, conduce con frecuencia a potenciar la orientación homosexual. En aquellas sociedades en las que el machismo, el culto a la virilidad, el valor, el heroísmo y el espíritu guerrero toman la categoría de virtudes supremas, se constata generalmente la existencia de una infravaloración de lo femenino y, paralelamente, inclinaciones homosexuales en un más amplio sector de la población masculina. La amistad íntima con el héroe puede ser considerada como la forma suprema del amor (52). Es claro que este fue el origen de la proliferación de la homosexualidad en la antigua civilización greco-romana. De la misma manera, un feminismo radical, que no solo reivindica los justos derechos de las mujeres sino que fomenta el desprecio de lo masculino, puede estar en el origen de ciertas formas de homosexualidad femenina.
La influencia de los factores culturales puede ser enorme. Tanto que el sentirse varón o mujer depende en buena parte del rol genérico asignado por los cuidadores en la primera infancia. La identificación con comportamientos masculinos o femeninos está sumamente condicionada por factores psicosociales y por el contexto cultural. «Una orientación sexual hacia el propio género puede influir en la adopción de roles socialmente identificados con el otro género; a la inversa, una aculturación predominante hacia roles genéricos que coinciden con los del otro género podría disponer a la homosexualidad» (53).
A modo de
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