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Orwell: Homenaje a Cataluña


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Hojas olvidadas

Orwell: Homenaje a Cataluña


Ya que hemos dedicado una buena parte de este múmero de «CyR» a la figura y la obra de George Orwell, hemos pensado que nada mejor que algunos textos del escritor británico para nuestra sección «Hojas olvidadas».

De todos es conocida la importancia que jugó en la trayectoria de Orwell su presencia en España en la guerra civil. Aquí descubrió la torva faz del totalitarismo y su esencia fundamental, que no es la opresión política, sino la voluntad de someter la verdad a la manipulación ideológica. De este descubrimiento partió toda su tarea literaria posterior.

Ofrecemos a nuestros lectores, por tanto, dos textos, uno de ellos fragmento de Home­naje a Cataluña, y el otro, reproducción parcial de un artículo en el que rememoraba su experiencia vital de aquellos años.

J. T.


1. «HOMENAJE A CATALUÑA»: EL DESCUBRIMIENTO DEL TOTALITARISMO

Al principio yo había ignorado el as­pecto político de la guerra, y sólo por esta época las circunstancias empezaron a obli­garme a prestarle atención. El lector que no se interese por los horrores de los par­tidos políticos, que se salte estas líneas; intentaré comentar los aspectos políticos de mi historia en capítulos independientes precisamente para facilitar esta posibilidad. Pero al mismo tiempo sería imposible es­cribir sobre la guerra española desde un enfoque exclusivamente militar. Por enci­ma de todo fue una guerra política. Nin­guno de sus episodios, por lo menos du­rante su primer año, puede comprenderse sin tener cierta idea de las luchas que en-

frentaron a los partidos en la retaguardia de las líneas del gobierno.

A mi llegada a España, y durante algún tiempo, no sólo no tenía el menor interés por la situación política, sino que ni si­quiera me daba cuenta de ella. Sabía que se estaba librando una guerra, pero no te­nía ni la más remota idea de qué clase de guerra. Si me hubiesen preguntado por qué me había enrolado en la milicia, hu­biese respondido: «Para luchar contra el fascismo»; y si me hubieran preguntado por qué causa estaba luchando, hubiese respondido: «Simplemente por la digni­dad humana.» Yo había aceptado la ver­sión que daban de la guerra el News Chro-


Cuenta y Razón, núm. 17 Mayo-Junio 1984

nicle y el New Statesman; se trataba de defender la civilización contra un motín demencial de un ejército de coroneles Blimps a sueldo de Hitler. El ambiente revolucionario de Barcelona me había cau­sado una profunda impresión, pero no hice ninguna tentativa por comprenderlo, Y en cuanto al calidoscopio de partidos políti­cos y sindicatos, con sus fastidiosos nom­bres —PSUC, POUM, FAI, CNT, UGT, JCI, JSU, AIT—, simplemente me exas­peraban. A primera vista parecía como si España estuviera sufriendo una plaga de iniciales. Sabía que estaba sirviendo en algo llamado POUM (si me había enrola­do en la milicia del POUM y no en otra cualquiera se debía a que llegué a Barce­lona con documento del ILP), pero no comprendía que había graves diferencias entre los partidos políticos. En Monte Pocero, cuando me señalaron la posición que había a nuestra izquierda y me dije­ron: «Estos son los socialistas» (refirién­dose a los del PSUC), me quedé muy con­fuso y pregunté: «¿Es que no somos todos socialistas?» Me parecía idiota que unos hombres que luchaban por sus vidas mili­taran en partidos separados; mi actitud siempre era: «¿Por qué no dejamos correr todas esas bobadas de la política y conti­nuamos la guerra?» Naturalmente, ésta era la actitud «antifascista» más ejemplar, cui­dadosamente difundida por los periódicos ingleses, sobre todo con objeto de impedir que la gente comprendiese la verdadera naturaleza de la lucha. Pero en España, y especialmente en Cataluña, ésta era una posición que nadie podía mantener indefi­nidamente. De grado o por la fuerza todo el mundo acababa, tarde o temprano, por tomar partido. Porque, incluso si a uno le eran completamente indiferentes los parti­dos políticos y sus respectivas «líneas» en pugna, era obvio que el destino personal de cada cual dependía también de estas cuestiones. Un miliciano era un soldado que luchaba contra Franco, pero también un peón de una gigantesca batalla que se estaba librando entre dos teorías políticas. Cuando salía a por leña en la ladera de la montaña y me preguntaba si aquello era una guerra de verdad o un invento del News Chronide; cuando esquivaba las rá­fagas de las ametralladoras comunistas en

los combates de Barcelona; cuando, final­mente, hui de España con la policía pisán­dome los talones, todas estas cosas me pa­saron exactamente de este modo porque estaba sirviendo en la milicia del POUM y no en la del PSUC, ¡Tan grande puede llegar a ser la diferencia entre dos grupos de iniciales!

Para comprender la situación política del bando gubernamental hay que recordar cómo empezó la guerra. Cuando se inició la lucha, el 18 de julio, es probable que todos los antifascistas de Europa sintieran un temblor de esperanza. Porque, al me­nos en apariencia, por fin se veía a la de­mocracia enfrentada al fascismo. En los últimos años, los países llamados democrá­ticos habían estado cediendo terreno al fascismo a medida que éste avanzaba. Se había permitido que los japoneses hicieran lo que quisiesen en Manchuria. Hitler ha­bía escalado el poder y se había dedicado a asesinar a todos sus oponentes políticos de cualquier matiz ideológico que fuesen. Mussolini había bombardeado a los abisi-nios mientras cincuenta y tres naciones (me parece que eran cincuenta y tres) emi­tían piadosos ruidos mirándoselo desde la barrera. Pero cuando Franco trató de derribar a un gobierno de frente popular, la izquierda española, contra toda previ­sión, se levantó contra él. Parecía, y posi­blemente así era, que la marea había cam­biado de dirección.

Pero había varios aspectos que escapa­ron a la mayoría de la gente. En primer lugar, que Franco, en rigor, no podía com­pararse con Hitler y Mussolini. Su levan­tamiento fue una sublevación militar, res­paldada por la aristocracia y la Iglesia, y, en líneas generales, sobre todo al comien­zo, más que imponer el fascismo se pro­ponía restaurar el poder de la oligarquía. Ello significaba que Franco tenía enfrente no sólo a la clase obrera, sino también a diversos sectores de la burguesía laboral... precisamente el tipo de personas que apo­yan el fascismo cuando aparece en una for­ma más moderna. Pero aún más importan­te que esto era el hecho de que la clase obrera española, como es verosímil que su­cediese en Inglaterra, no se opuso a Fran­co en nombre de la «democracia» y del statu quo; su resistencia fue acompañada

—aunque mejor sería decir que consis­tió— de un verdadero estallido revolucio­nario. Los campesinos se adueñaron de la tierra; los sindicatos se incautaron de mu­chas fábricas y de la mayor parte de los transportes; las iglesias fueron incendiadas y los sacerdotes expulsados o asesinados. El Daily Mail, entre las aclamaciones del clero católico, pudo así presentar a Franco como a un patriota que salvaba a su país de las hordas satánicas de los «rojos».

En los primeros meses de la guerra, el verdadero enemigo de Franco no fue el gobierno, sino los sindicatos. Apenas se produjo el alzamiento, los organizadores obreros de las ciudades replicaron primero con una huelga general y luego exigiendo y, después de cierto forcejeo, apoderándose de las armas de los arsenales. De no haber obrado espontáneamente y de un modo más o menos independiente, es muy posi­ble que Franco no hubiese encontrado re­sistencia. Claro está que en esta cuestión nadie puede tener una certeza absoluta, pero por lo menos hay buenas razones para imaginar que hubiese sido así. El go­bierno había hecho muy poco o casi nada para impedir el alzamiento, que algunos habían previsto con bastante anticipación, y cuando empezó la lucha, su actitud fue débil y vacilante, hasta el punto de que España tuvo nada menos que tres prime­ros ministros en un solo día1. Además, la única decisión que podía salvar del peli­gro inmediato, armas a los obreros, sólo se tomó muy en contra de su voluntad y para aplacar los violentos clamores popu­lares. Sin embargo, se distribuyeron las armas y, en las grandes ciudades del Este de España, los franquistas fueron derrota­dos a costa de un grandioso esfuerzo, prin­cipalmente por la clase obrera, ayudada por parte de las fuerzas armadas (guardias de asalto, etc.), que habían permanecido fieles al gobierno. Fue ese tipo de esfuerzo que probablemente sólo podían hacer quienes luchaban con unos propósitos re­volucionarios, es decir, creyendo que lu­chaban por algo mejor que el statu quo. En los diversos focos de la rebelión se calcula que en un solo día murieron tres



1 Casares Quiroga, Martínez Barrio y Giral. Los dos primeros se negaron a dar armas a los sindi­catos.

mil personas en las calles. Hombres y mu­jeres, sin más armas que unos cartuchos de dinamita, atravesaban a todo correr, y a cuerpo descubierto, las plazas para ata­car edificios de piedra defendidos por sol­dados bien adiestrados con ametralladoras. Los nidos de ametralladoras, que los fran­quistas habían emplazado en lugares estra­tégicos, eran desruidos por taxis que se lanzaban contra ellos a noventa kilóme­tros por hora. Aun sin haber oído hablar de la colectivización de la tierra por los campesinos, de la creación de soviets loca­les, etc., resultaba difícil creer que los anarquistas y los socialistas, que eran la espina dorsal de la resistencia, estaban haciendo todo aquello para mantener la democracia capitalista, la cual, desde el punto de vista de los anarquistas, no era más que una estafa centralizada.

Entre tanto, los obreros disponían de armas, e incluso en esta fase de la guerra se negaron a devolverlas (todavía un año más tarde se calculaba que, en Cataluña, los anarcosindicalistas poseían treinta mil fusiles). Las propiedades de los grandes terratenientes profranquistas en muchos casos habían pasado a manos de los cam­pesinos. Paralelamente a la colectivización de la industria y de los transportes, hubo una tentativa de instaurar un rudimenta­rio gobierno de obreros por medio de co­mités locales, patrullas obreras que sus­tituyeran a las antiguas fuerzas de policía procapitalistas, milicias obreras basadas en los sindicatos, etc. Desde luego este pro­ceso no fue uniforme, y en Cataluña tuvo un desarrollo mucho mayor que en los de­más lugares. Hubo zonas en las que las instituciones del gobierno local quedaron casi intactas y otras en las que coexistie­ron con los comités revolucionarios. En unos pocos puntos se crearon comunas anarquistas independientes, y algunas de ellas aún seguían existiendo al cabo de un año, cuando el gobierno las suprimió to­das por la fuerza. En Cataluña, en los primeros meses, casi todo el poder efectivo estuvo en manos de los anarcosindicalistas, que controlaban la mayoría de las indus­trias clave. De hecho, lo que estaba ocu­rriendo en España no era tan sólo una guerra civil, sino el comienzo de una re­volución. Esto fue lo que la prensa anti-

fascista de fuera de España puso el mayor empeño en disimular. El conflicto se ha­bía simplificado en la fórmula «fascismo contra democracia», y el aspecto revolucio­nario se ocultó todo lo posible. En In­glaterra, donde la prensa está más centra­lizada y el público es más fácil de engañar que en cualquier otro país, sólo pudieron difundirse dos versiones de la guerra es­pañola: la versión derechista de los patrio­tas cristianos, que se oponían a los sangui­narios bolcheviques, y la versión izquer-dista de los caballeros republicanos sofo­cando un levantamiento militar. Se había conseguido escamotear el conflicto central. Hay varias razones que lo explican. En primer lugar, las grandes exageraciones acerca de las atrocidades que cometía la República, y de las que se hacía eco la prensa profascista, indudablemente impul­saron a los propagandistas bienintenciona­dos a suponer que ayudaban al gobierno español negando que España se había «vuelto roja». Pero la razón principal fue la siguiente: exceptuando a los pequeños grupos revolucionarios que existen en to­dos los países, el mundo entero estaba de­cidido a evitar que se produjera la revolu­ción en España. Sobre todo el Partido Co­munista, y tras él la Rusia soviética, ha­bía puesto en juego toda su influencia para impedir la revolución. Se trataba de la teoría comunista de que la revolución en esta fase tendría consecuencias desas­trosas, y que en España el objetivo no era el gobierno de los trabajadores, sino la democracia burguesa. No es necesario in­sistir en las causas que guiaron a la opi­nión capitalista «liberal» a seguir la mis­ma línea. Había mucho capital extranjero invertido en España. La Barcelona Trac-tion Company, por ejemplo, representaba diez millones de capital británico; y, por el momento, los sindicatos se habían in­cautado de todos los medios de transporte de Cataluña. Si la revolución seguía ade­lante, no habría indemnizaciones, o muy escasas; si la República capitalista conse­guía prevalecer, las inversiones extranjeras estarían a salvo; y dado que la revolución había sido aplastada, simplificaba mucho las cosas afirmar que no había habido nin­guna revolución. De este modo pudo tergi­versarse el significado real de todos los he-

chos; toda cesión de poder de los sindica­tos al gobierno central podía ser presenta­da como un paso necesario hacia la reor­ganización militar. La situación que se ori­ginó fue extremadamente curiosa. Fuera de España eran muy pocos los que se da­ban cuenta de que se trataba de una revo­lución; dentro de España nadie dudaba de ello. Incluso los periódicos del PSUC, con­trolados por los comunistas y más o menos orientados hacia una política antirrevolu-cionaria, hablaban de «nuestra gloriosa re­volución». Y, entre tanto, la prensa comu­nista de los países extranjeros proclamaba que en el país no había ni el menor indi­cio de revolución. La incautación de fábri­cas, la creación de comités obreros, etc., era algo inexistente o bien existía, pero «carecía de significado político». Según el Daily Worker (6 agosto 1936), los que decían que el pueblo español estaba lu­chando por la revolución social o por al­guna otra causa que no fuese la democra­cia burguesa eran «unos cochinos embus­teros». Por otra parte, Juan López, miem­bro del gobierno de Valencia, declaró, en febrero de 1937, que «el pueblo español vierte su sangre no por la República de­mocrática y su constitución de papel, sino por... una revolución». O sea, que, al pa­recer, entre los cochinos embusteros figu­raban miembros del gobierno en favor del cual se nos invitaba a luchar. Algunos de los periódicos extranjeros antifascistas des­cendieron incluso hasta la lamentable men­tira de asegurar que las iglesias sólo eran atacadas cuando se las usaba como forta­lezas franquistas. En realidad, las iglesias eran saqueadas en todas partes y como la cosa más natural del mundo, puesto que se daba por supuesto que la Iglesia espa­ñola formaba parte del tinglado capitalista. En seis meses en España sólo vi dos igle­sias intactas, y hasta alrededor de julio de 1937 no se permitió que ninguna iglesia se abriera al culto, excepto una o dos igle­sias protestantes de Madrid.

Pero, al fin y al cabo, esto no era más que el comienzo de una revolución, no la revolución propiamente dicha. Incluso cuando los obreros, sin duda alguna en Cataluña y posiblemente en otros lugares también, tenían poder suficiente para con­seguirlo, ni derribaron al gobierno ni lo

sustituyeron por completo. Evidentemente no podían hacer tal cosa cuando Franco estaba llamando a la puerta y una parte de la clase media estaba junto a ellos. El país se encontraba en un estado de tran­sición que tanto podía derivar hacia el so­cialismo como volver a una república capi­talista al uso. Los campesinos ocupaban la mayor parte de la tierra y estaban dis­puestos a conservarla a menos que Franco ganase; toda la gran industria había sido colectivizada, pero el que siguiese colecti­vizada o se volviera al sistema capitalista dependería en último término del grupo que consiguiese predominar al final. Al principio, tanto del gobierno central como de la Generalitat de Cataluña (el gobierno catalán semiautónomo) podía decirse que representaba inequívocamente a la clase obrera. El gobierno estaba presidido por Largo Cabañero, socialista del ala izquier­da, y en él figuraban ministros que repre­sentaban a la UGT (los sindicatos socialis­tas) y a la CNT (los sindicatos controlados por los anarquistas). Durante un tiempo, la Generalitat de Cataluña fue virtualmen-te sustituida por un Comité de Defensa antifascista, que comprendía principalmen­te a delegados de los sindicatos. Más tarde, el Comité de Defensa fue disuelto, y la Generalitat se reconstituyó de modo que representara a los sindicatos y a los diver­sos partidos izquierdistas. Pero cada uno de los subsiguientes reajustes del gobierno fue un paso hacia la derecha. Primero, el POUM fue excluido de la Generalitat; seis meses después, Largo Caballero fue reemplazado por el socialista de derecha Negrín; poco después se eliminó a la CNT del gobierno; luego a la UGT; más tarde se excluyó a la CNT de la Generalitat; fi­nalmente, al cabo de un año del comienzo de la guerra y de la revolución, el gobier­no estaba compuesto enteramente por so­cialistas de derechas, liberales y comu­nistas.

El bandazo general hacia la derecha data poco más o menos de octubre-noviembre de 1936, cuando la URSS empezó a pro­porcionar armas al gobierno y el poder empezó a pasar de manos de los anarquis­tas a las de los comunistas. Excepto Rusia y México, ningún país había tenido la decencia de acudir en ayuda del gobierno,

y México, por razones obvias, no estaba en condiciones de proporcionar grandes cantidades de armas. Por lo tanto, los ru­sos podían imponer condiciones. Casi sin ningún género de dudas, estas condiciones fueron en sustancia: «Que se evite la revo­lución, o no hay armas»; y es casi seguro que la primera maniobra contra los ele­mentos revolucionarios, la expulsión del POUM de la Generalitat de Cataluña, se llevó a cabo cumpliendo órdenes de la URSS. Se ha negado que el gobierno ruso ejerciera una presión directa, pero este de­talle no tiene una gran importancia, ya que los partidos comunistas de todos los países pueden considerarse como ejecutores de la política rusa, y nadie ha negado que el Partido Comunista fue el principal ins­tigador, primero de la lucha contra el POUM, luego de la lucha contra los anar­quistas y contra el ala socialista a la que pertenecía Largo Caballero, y en general contra una política revolucionaria ... ...

ÉÍ 15-16 de junio el POUM fue disueíto y declarado una organización ilegal. Esta fue una de las primeras decisiones que tomó el gobierno de Negrín, que subió al poder en mayo. Una vez encarcelado el comité ejecutivo del POUM, la prensa co­munista proclamó que había descubierto pruebas de un inmenso complot fascista. Durante un tiempo, la prensa comunista de todo el mundo armó un gran escándalo con artículos semejantes a éste (Daily Worker del 21 de junio, resumen de di­versos periódicos comunistas españoles):

«LOS TROTSKISTAS ESPAÑOLES CONSPI­RAN EN FAVOR DE FRANCO

Como consecuencia de la detención de gran número de dirigentes trotskis-tas en Barcelona y otras ciudades... en el pasado fin de semana, se han descu­bierto detalles de uno de los casos de espionaje más abominables de entre to­dos los que se han producido en tiempo de guerra y de la más nefasta traición trotskista conocida hasta hoy... Docu­mentos que obran en poder de la poli­cía, y a los que hay que añadir las confesiones de unos doscientos deteni­dos, demuestran, etc.»

Por lo visto, todo esto «demostraba» que los dirigentes del POUM estaban co­municando secretos militares al general Franco por radio, que estaban en contacto con Berlín y que actuaban en colaboración con la organización secreta fascista de Ma­drid. Había además detalles sensacionales sobre mensajes secretos en tinta simpática, un misterioso documento firmado con la letra N. (por Nin), y otras muchas pruebas por el estilo.

En definitiva, la consecuencia fue ésta: seis meses después de los hechos, cuando estoy escribiendo estas líneas, la mayor parte de los dirigentes del POUM siguen en la cárcel, pero no se les ha sometido a juicio, y las acusaciones de comunicar con Franco por radio, etc., no se han con­vertido en cargos formales. De haber sido realmente culpables de espionaje hubiesen sido juzgados y fusilados en una semana, como tantos espías franquistas lo habían sido anteriormente. Pero no se ha podido presentar ni sombra de una prueba contra ellos, exceptuando las afirmaciones gratui­tas de la prensa comunista. En cuanto a las doscientas «confesiones», que, en caso de haber existido, hubiesen bastado para inculpar a todos, no ha vuelto a oírse ha­blar de ellas. En realidad, fueron doscien­tos esfuerzos de la imaginación de alguien.

Más aún, la mayoría de los miembros del gobierno español han afirmado que no daban ningún crédito a las acusaciones que se hacían al POUM. Recientemente, el ga­binete decidió, por cinco votos contra dos, poner en libertad a los presos políticos antifascistas; los dos votos en contra co­rrespondieron a los ministros comunistas. En agosto, una delegación internacional, presidida por James Maxton, M. P., fue a España para hacer averiguaciones respecto a los cargos qu existían contra el POUM y la desaparición de Andrés Nin. Prieto, ministro de Defensa Nacional; Irujo, mi­nistro de Justicia; Zugazagoitia, ministro del Interior; Ortega y Gasset, procurador general; Prat García y otros, estuvieron todos de acuerdo en rechazar como falsa la idea de que los dirigentes del POUM fuesen culpables de espionaje. Irujo aña­dió que él había examinado el expediente del caso; que ninguna de las supuestas pruebas resistía el análisis, y que el docu-

mento que se suponía firmado por Nin «carecía de valor» (es decir, que era una falsificación). Prieto consideró a los diri­gentes del POUM como responsables de los sucesos de mayo en Barcelona, pero descartó la idea de que fueran espías fran­quistas. «Lo más grave -—añadió— es que la detención de los dirigentes del POUM no fue decidida por el gobierno, y que la policía llevó a cabo estas detenciones por su cuenta. Los responsables no son los jefes de la policía, sino las personas que les rodean, entre los que se han infiltrado los comunistas siguiendo su habitual tác­tica.» Citó otros casos de detenciones ile­gales por la policía. Irujo declaró, asimis­mo, que la policía se había convertido en «semiindependiente», y que, en realidad, obedecía órdenes de elementos comunistas extranjeros. Prieto dio a entender con bas­tante claridad a la delegación que el go­bierno no podía ofender al Partido Comu­nista mientras los rusos le estaban propor­cionando armas. Cuando otra delegación, presidida por John McGovern, M. P., fue a España en el mes de diciembre, recibió aproximadamente las mismas respuestas que la anterior, y Zugazagoitia, el minis­tro del Interior, repitió la insinuación de Prieto en términos aún más claros: «He­mos recibido ,ayuda de Rusia y nos hemos visto obligados a permitir ciertas acciones que no nos gustan.» Como ejemplo de la autonomía de la policía es interesante con­signar que, aun con una orden firmada por el director de Prisiones y el ministro de Justicia, McGovern y sus acompañantes no pudieron tener acceso a una de las «cárce­les secretas» que mantiene el Partido Co­munista en Barcelona.

Creo que esto basta para dejar bien claro todo el asunto. La acusación de es­pionaje contra el POUM descansaba exclu­sivamente en artículos de la prensa comu­nista y en las actividades de la policía se­creta controlada por los comunistas. Los jefes del POUM y centenares o millares de seguidores suyos siguen aún en la cárcel, y en los últimos seis meses la prensa co­munista ha seguido exigiendo la ejecución de los «traidores». Pero Negrín y los de­más se han mantenido firmes y se niegan a organizar una matanza general de «trots-kistas». Teniendo en cuenta las presiones

que se han ejercido sobre ellos, después de todo lo que he citado, se hace muy difícil creer que el POUM fuese verdaderamente una organización de espionaje a sueldo del enemigo, a menos que también se crea que Maxton, McGovern, Prieto, Irujo, Zuga-zagoitia y todos los demás están también a sueldo de los franquistas.

Finalmente está la acusación de que el POUM era «trotskista». Esta palabra se usa ahora en sentidos muy diversos y ex­tremadamente desorientadores, y a menu­do se emplea precisamente para desorien­tar. Vale la pena detenerse a definirla. El término trotskista se utiliza para aludir a tres cosas diferentes:


  1. Alguien que, como Trotski, preco­
    niza la «revolución mundial» y se mani­
    fiesta contrario al «socialismo en un solo
    país». De un modo más general, un revo­
    lucionario extremista.

  2. Un miembro de la organización
    cuyo jefe es Trotski.

  3. Un fascista camuflado que finge ser
    revolucionario y que en la URSS actúa de
    un modo especial por medio del sabotaje,
    pero, en general, dividiendo y socavando
    las fuerzas izquierdistas.

En la primera acepción, el POUM pro­bablemente podría describirse como trots­kista. Lo mismo que el ILP inglés, el SAP alemán, los socialistas de izquierda franceses y otros grupos semejantes. Pero el POUM no tenía relación alguna con Trotski ni con la organización trotskista («bolchevique-leninista»). Cuando estalló la guerra, los trotskistas extranjeros que acudieron a España (quince o veinte en total), al principio colaboraron con el POUM, ya que era el partido más afín a sus propias opiniones, pero sin hacerse miembros del partido; más tarde, Trotski ordenó a los suyos que atacaran la política del POUM, y los trotskistas fueron expul­sados del partido, aunque en la milicia quedaron algunos. Nin, el jefe del POUM después de la captura de Maurín por los franquistas, había sido secretario de Trots­ki, pero le había dejado hacía ya varios años y había formado el POUM amalga­mando diversos comunistas de la oposición con un partido preexistente, el Bloque Obrero y Campesino. La antigua relación de Nin con Trotski ha sido utilizada en

la prensa comunista para demostrar que eí POUM era, efectivamente, trotskista. Pero argumentando de este modo también po­dría decirse que el Partido Comunista in­glés es, en realidad, una organización fas­cista, ya que Mr. John Strachey, en su tiempo, estuvo asociado con Sir Oswald Mosley.

En la segunda acepción, la única precisa-e inequívoca, el POUM no tenía nada que ver con el trotskismo. Es importante hacer esta distinción, porque la mayoría de los comunistas suele dar por supuesto que un trotskista, en la segunda acepción de la palabra, es siempre un trotskista en la tercera acepción, es decir, que toda la or­ganización trotskista es, pura y simple­mente, un servicio de espionaje fascista.. El «trotskismo» sólo fue conocido por el gran público en la época de los procesos rusos por sabotaje, y llamar trotskista a alguien, en la práctica equivale a llamarle asesino, agente provocador, etc. Pero, al mismo tiempo, cualquiera que critique la política comunista desde un ángulo iz­quierdista, se expone a ser denunciado-corno trotskista. ¿Significa esto que todos los que son partidarios del extremismo re­volucionario están a sueldo del fascismo?

En la práctica, es así o no es así, según las conveniencias locales. Cuando Maxton fue a España con la delegación que ya he mencionado, Verdad, Frente Rojo y otros periódicos comunistas españoles Inmediata­mente le denunciaron como «trotskista-fascista», espía de la Gestapo, etc. Sin em­bargo, los comunistas ingleses se guardaron, mucho de repetir esta acusación. En la prensa comunista inglesa, Maxton se con­vierte simplemente en un «reaccionario-enemigo de la clase obrera», lo cual es prudentemente vago. Naturalmente, la cau­sa no es otra que el hecho de que la pren­sa comunista inglesa ha recibido ya varias severas lecciones que le han inspirado un cierto temor por la ley de difamación. El hecho de que la acusación no se repita en un país en el que hubiera tenido que pro­barse, basta ya como demostración de que no es más que una mentira.

Puede parecer que he discutido las-acusaciones que se han hecho contra el POUM con más extensión de lo que era necesario. Al lado de las inmensas des-

gracias de una guerra civil, esas luchas in­testinas entre partidos, con sus inevitables injusticias y falsas acusaciones, pueden pa­recer triviales. En realidad no lo son. Creo que las calumnias y las campañas de pren­sa de esta clase, con el tipo de mentalidad que implican, pueden causar gravísimos perjuicios a la causa antifascista.

Cualquiera que conozca mínimamente el tema sabe que esa táctica comunista de desembarazarse de sus oponentes políticos trompeteando acusaciones no es nada nue­vo. Hoy la palabra clave es «trotskista-fascista»; ayer era «social-fascista». Han pasado sólo seis o siete años desde que los procesos oficiales rusos «demostraron» que los dirigentes de la Segunda Internacional, incluyendo, por ejemplo, a León Blum y a eminentes miembros del Partido Labo­rista inglés, estaban preparando un gigan­tesco complot cuyo fin era la invasión mi­litar de la URSS. Sin embargo, hoy los •comunistas franceses se declaran muy sa­tisfechos de tener a Blum como jefe, y los •comunistas ingleses están moviendo cielo y tierra para meterse en el Partido Labo­rista. Dudo de que esta clase de actitudes •sean beneficiosas, incluso desde un puntó de vista sectario. Y, entre tanto, de lo que no hay duda es del odio y las disensiones que está causando la acusación de «trots-kista-fascista». Los militantes comunistas "de todo el mundo están siendo empujados a una insensata y fanática persecución de -«trotskistas», y partidos como el POUM se ven reducidos a la terrible y estéril po­sición de no ser más que partidos anti-

* comunistas. Este es ya el comienzo de una


peligrosa división en el movimiento mun-


- contra el POUM y las diferencias pueden

llegar a hacerse irreconciliables. La única esperanza es que la controversia política se mantenga en un plano en el que la dis­cusión exhaustiva sea posible. Entre los comunistas y los que están o dicen estar a su izquierda hay una diferencia real. Los comunistas sostienen que el fascismo pue­de ser derrotado aliándose con sectores de la clase capitalista (el Frente Popular); sus oponentes sostienen que esta maniobra sólo contribuye a preparar el terreno al fascismo. La cuestión no ha sido zanjada; equivocadamente puede significar siglos enteros de semiesclavitud. Pero mientras no se esgrima más argumentos que el grito de «¡trotskista-fascista!», la discusión no puede ni empezar. A mí, por ejemplo, me sería imposible discutir acerca de las res­ponsabilidades de los sucesos de Barcelona con un miembro del Partido Comunista, porque ningún comunista —me refiero a ningún «buen comunista»— puede admitir que he hecho un resumen fiel de lo suce­dido. Si seguía la «línea» de su partido con toda escrupulosidad tendría que afir­mar o que miento o que, en el mejor de los casos, estoy totalmente equivocado, y que cualquiera que echara un vistazo a los titulares del Daily Worker a mil quinien­tos kilómetros de escenario de los aconte­cimientos conoce mejor lo que ocurría en Barcelona que yo. En estas circunstancias, no se puede argumentar; falta una base mínima de acuerdo. ¿Qué fines se persi­guen diciendo que hombres como Maxton están a sueldo de los fascistas? Sólo el fin de hacer imposible una discusión seria. Es como si en medio de un campeonato de ajedrez uno de los jugadores de pronto se pusiera a vociferar que el otro es cul­pable de incendio y de bigamia. El punto más importante sigue intacto. La calumnia no aporta ninguna solución.



2. «MIRANDO HACIA ATRÁS A LA GUERRA ESPAÑOLA»: EL RECUERDO DE LA EXPERIENCIA BÉLICA

Tengo pocas pruebas directas de las atrocidades en la guerra civil española. Sé •que algunas fueron cometidas por los re­publicanos y muchas más (aún continúan) por los fascistas. Pero lo que rne impre­sionó entonces y sigue impresionándome desde entonces es que se les concede o no •crédito según las convicciones políticas. Todos creen en las atrocidades del enemi­go y no en las de su bando, sin preocu­parse por las pruebas. Recientemente re­dacté una lista de atrocidades entre 1914 y el presente; nunca hubo un año en que no se cometiesen en un sitio o en otro y apenas hubo algún caso en que la izquier­da y la derecha creyesen las mismas histo­rias simultáneamente. Aún más raro, en cualquier momento puede invertirse la si­tuación, y la atrocidad suficientemente probada ayer se convierte en una ridicula mentira sólo porque el paisaje político ha cambiado.

En la guerra actual (la Segunda Mun­dial) nos hallamos en la curiosa situación de que nuestra «campaña de atrocidades» fue realizada en gran parte antes de que la guerra empezase y principalmente la hi­cieron las izquierdas, es decir, los que suelen jactarse de su incredulidad. En el mismo período, las derechas —o sea, los fraguadores de atrocidades en 1914-18— contemplaban la Alemania nazi y se nega­ban a ver algo malo en ella. Luego, en cuanto estalló la guerra fueron los pro­nazis de ayer los que repetían las histo­rias de horror, mientras que los antinazis dudaban ya de que existiera la Gestapo...

La lucha por el poder entre los partidos republicanos españoles fue un asunto des­graciado y lejano que no deseo revivir en estas fechas. Solamente lo menciono para decir: no crea usted nada o casi nada de lo que lea sobre los asuntos internos de la España gubernamental. Todo, venga de donde venga, es propaganda partidista, o sea, mentiras. La verdad sobre aquella guerra es muy sencilla. La burguesía espa­ñola vio la oportunidad, de aplastar al mo­vimiento obrero y la aprovechó ayudada

por los nazis y por las fuerzas reacciona­rias de todo el mundo. Es dudoso que llegue a aclararse más que eso.

Recuerdo haberle dicho una vez a Ar-thur Koestler: «La Historia se detuvo en 1936», e inmediatamente hizo un gesto de asentimiento. Ambos pensábamos en el totalitarismo en general, pero más con­cretamente en la guerra civil española.

Ya con anterioridad había notado yo que nunca se informa correctamente de acontecimiento alguno en un periódico, pero fue en España donde por primera vez vi informaciones periodísticas sin re­lación alguna con los hechos, ni siquiera la relación implícita en una mentira co­rriente. Leí relatos de grandes batallas que no habían tenido lugar en absoluto y total silencio cuando habían muerto cen­tenares de hombres. Vi tropas que habían luchado con valentía y, no obstante, se las llamó cobardes y traidoras, y otras que ni siquiera habían disparado un tiro y, sin embargo, quedaron ensalzadas como heroínas de imaginarias victorias, y vi pe­riódicos de Londres recoger esas mentiras y anhelantes intelectuales levantando su­perestructuras emotivas sobre aconteci­mientos que nunca habían ocurrido. Vi, en realidad, historias escritas no en función de lo sucedido, sino de lo que debía haber ocurrido según varias «líneas de partido».

Pero en cierto modo, por importante que esto fuese, carecía de importancia. Se refería tan sólo a resultados secundarios, es decir, la lucha por el poder entre el Komintern y los partidos izquierdistas es­pañoles y a los esfuerzos del gobierno ruso para evitar la revolución en España. Pero la visión general de la guerra que le presentaba al mundo el gobierno español no era mentira. Las principales líneas eran las que se decían. En cambio, ¿cómo po­drían los fascistas y sus sostenedores refe­rirse a sus principales objetivos? Su ver­sión de la guerra era una pura fantasía, y en aquellas circunstancias no podía haber sido de otro modo.

La única propaganda que cabía a los



nazis y fascistas era presentarse como patriotas cristianos que salvaban a Espa­ña de una dictadura rusa. Lo cual impli­caba dar por cierto que la vida en la Es­paña gubernamental era una prolongada matanza (véanse el Catholic Herald o el Daily Mail: estas versiones eran juego de niños comparadas con la prensa fascista continental) y también exagerar inmensa­mente la escala de la intervención rusa. Permítaseme tomar un solo ejemplo de la inmensa pirámide de mentiras que levantó la prensa católica y reaccionaria del mun­do: la presencia en España de un ejército ruso. Los devotos partidarios de Franco creían todos ellos en eso; los cálculos de esas fuerzas se elevaban a medio millón. Pues bien, no hubo ejército ruso en Es­paña. Puede haber habido unos aviadores y otros técnicos —como más, unos pocos centenares—, pero un ejército ruso jamás lo hubo. Miles de extranjeros que lucha­ron en España, por no hablar de millones de españoles, eran testigos de ello. Pero esos testimonios no hicieron impresión al­guna en los propagandistas de Franco, ninguno de los cuales había estado en la España gubernamental. Al mismo tiem­po, esa gente se negaba a admitir la inter­vención alemana o italiana, a la vez que la prensa germano-italiana se jactaba de sus «legionarios». He elegido sólo un punto, pero, en realidad, toda la propagan­da fascista de la guerra se hallaba a este nivel.

Estas cosas me dan miedo, pues mu­chas veces tengo la impresión de que el mismo concepto de verdad objetiva va des­apareciendo del mundo. Después de todo, es probable que esas mentiras, o por lo menos mentiras parecidas, pasen a la his­toria. ¿Cómo se escribirá la Historia de España? Si Franco sigue en el poder, los nombrados por él escribirán los libros de historia y (ateniéndome al ejemplo que puse) llegará a ser un hecho histórico ese ejército ruso que nunca existió y los niños de la escuela lo seguirán aprendiendo dentro de unas generaciones. Pero supon­gamos que el fascismo acaba siendo derro­tado y que un gobierno democrático de alguna clase se implanta en España en un futuro bastante próximo; incluso enton­ces, ¿cómo va a escribirse la historia de

la guerra española? ¿Qué clase de docu­mentos dejará Franco? Supongamos que incluso puedan ser recobrados los docu­mentos del gobierno; incluso así, ¿cómo va a escribirse una fidedigna historia de la guerra? Pues, como ya he señalado, también el gobierno ha mentido mucho. Desde el punto de vista antifascista se podría escribir una historia verdadera de la guerra en líneas generales, pero sería partidista e inexacta en los detalles. De todos modos, se escribirá alguna historia, y cuando los que recuerden la guerra ha­yan muerto, esa versión será aceptada um­versalmente. Así que, para fines prácticos, la mentira se habrá convertido en verdad. Sé que está de moda decir que la ma­yoría de los datos históricos son mentira. Estoy dispuesto a creer que la historia es en su mayor parte inexacta y partidista, pero eso es característico de nuestra épo­ca, es decir, dejar de creer que la historia puede ser escrita de modo verídico. En el pasado mentía la gente deliberadamen­te, o teñían sin darse cuenta lo que escri­bían, o se esforzaban por alcanzar la ver­dad sabiendo que iban a cometer muchos errores; pero en cada caso se creía que «los hechos» existieron y podían descu­brirse más o menos. En la práctica había siempre una considerable cantidad de he­chos con los que estarían de acuerdo casi todos. Por ejemplo, si se lee en la Enci­clopedia Británica la historia de la guerra mundial anterior encontraremos que una gran cantidad de material procede de fuentes alemanas. Un historiador británico y otro alemán podían estar en desacuerdo respecto a muchas cosas, incluso funda­mentales. Pero quedaba, como si dijéra­mos, una gran masa de hechos neutrales en los que los unos no se contradecían seriamente a los otros. Precisamente el totalitarismo destruye esa base común de acuerdo basada en dar por cierto que los seres humanos pertenecen todos ellos a una especie animal. La teoría nazi niega concretamente que exista «la verdad». Por ejemplo, no hay eso que se llama «ciencia». Sólo la «ciencia alemana», la «ciencia judía», etc. El objetivo implícito de esta manera de pensar es un mundo de pesadilla en que el Conductor, o algu­na pandilla gobernante, controla no sólo

el futuro, sino el pasado. Si el Conductor dice que tal o cual acontecimiento «nunca ocurrió», pues es lo mismo que si, efecti­vamente, nunca hubiese ocurrido. Y si dice que dos y dos son cinco..., pues bue­no, serán cinco. Esta perspectiva me asus­ta mucho más que las bombas, y después de nuestras experiencias en los años re­cientes, no es ésa una afirmación frivola. Pero ¿no es quizás infantil o morboso aterrarse así con visiones de un futuro totalitario? Antes de borrar al mundo to­talitario como una pesadilla que se puede convertir en realidad, basta recordar que en 1925 el mundo de hoy habría parecido una pesadilla que no podía convertirse en realidad. Contra ese fantasmagórico y cambiante mundo en el que lo negro pue­de ser mañana blanco y el tiempo que hizo ayer puede cambiarse por decreto, sólo hay en realidad dos salvaguardias: una es que, por mucho que se niegue la verdad, ésta sigue existiendo, por decirlo así, a nuestras espaldas y, en consecuen­cia, no podemos violarla de modo que impidan la eficacia militar. La otra es que



mientras algunas partes de la tierra con­tinúen inconquistadas, la tradición liberal puede mantenerse viva. Pero si el fascis­mo, o posiblemente incluso una combina­ción de los varios fascismos, conquista a todo el mundo, esas dos condiciones ya no existirán. Aquí en Inglaterra suele ignorarse el peligro de ello porque nues­tras tradiciones y nuestra pasada segun­dad nos han dado la creencia sentimental de que todo acaba arreglándose al final y que lo que más se teme nunca llega a ocurrir. Alimentados durante centenares de años por una literatura en la cual triunfa invariablemente la derecha en el último capítulo, creemos casi instintiva­mente que el mal siempre se destroza a sí mismo a la larga. Así, el pacifismo está fundado en gran parte en esa creencia. No resistamos al mal, que él se destruirá a sí mismo. Pero ¿por qué va a desapare­cer?, ¿qué prueba hay de que desaparez­ca? ¿Y qué ejemplo tenemos de un Esta­do moderno industrializado hundiéndose por sí solo si no lo vence una fuerza mili­tar desde fuera?


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